A la sombra del jardín

que el polvo

guarde la dicha

      de esta realidad

 

¿realidad cuál?

 

¿la que mece las

jacarandas cuando

roban el aire de mi sueño?

 

que entre

por esta puerta

         a ningún lado

                     el que siente

 

el de a lado

 

el de abajo

 

y si es posible, el de arriba

 

el que se encorva cuando

llueve seco, y las ramas danzan

para alcanzar la luz que perfora su crespa piel

 

es un tanto de cierto

que la tierra del jardín

es el fantasma de la memoria,

 

de mi memoria, creo

 

y se sume, se bambolea

y ruge cuando pasan

las patas del viento

 

pasan los invitados

a la perpetua fiesta

de las hormigas

 

          sangre viva

          de las entrañas

          de mi carne, y la sombra del árbol

 

en el arbusto,

la hoja que come luz

 

               la savia hambrienta

              que arde cuando una cascada de nidos

               se arroja contra el suelo, y se torna en un dulce abono de plumas

 

trato de dibujarme

un poco como los gatos se miran

en la luna mientras duermen

 

así yo lo intento

 

con saliva en mis dedos

 

con el polvo de piedras

en los ojos

 

y queda este rostro

irreconocible

 

apedreado por el lomo del mundo

 

sangre falsa en la carnosidad

 

solo pálida sombra de un pétalo

Eco de lumbre

Et ellu è bellu e radiante cum grande splendore:
de Te, Altissimo, porta significatione…
San Francisco de Asís, “Cantico delle creature”

en un discreto precipicio
una lágrima de oro

 

el dardo apunta
sobre lomos de piedra y concreto

 

piel y espejo de ángel

 

en silencio
guarda su palabra la lluvia

 

grieta en las rama
y rama de grietas

 

raíz de relámpago
en su profunda y lejana distancia

 

inmanencia
de rueda dorada:

 

con delicadeza abre su boca
una naranja de brazos luminosos

 

sombra de su nombre:

 

aquí todo acontece
en la significación de su presencia

 

ritmo de la ventisca
y salto de aire

 

en los corazones de jade
aguarda
la tormenta de su imagen

Akai

la sangre

lleva puesta

una diadema

de agua y tierra

 

es sed

 

azulejo de yerba

inmaculado

 

le cuesta galopar adentro

 

una mujer

en un cuarto

 

sobre su sombra

se mira

 

“calla

que la

entraña

grite sin boca”

 

espejo en un cuenco

 

la tiza del crepúsculo en su rostro

 

dardos

que bailan

entre el eco

 

un enjambre de oscuridad

en su espalda

 

el entrecejo

de una grieta colorada

 

se adormecen

los talones

en la palidez

de la violencia

 

un pétalo

en forma

de manecilla

 

colapsa

 

huele

a hierro húmedo

 

todas las puertas enrojecen

 

un lirio de infinitas raíces

despierta sobre el azulejo

 

aquella mujer

ya no es una sombra

 

es el alba

Cuaderno de viaje III

Nota de la autora: Los siguientes poemas fueron escritos mientras viví en Veracruz como parte de un intercambio académico en la Universidad Veracruzana. Pertenecen a un poemario inédito titulado “Cuaderno de viaje” que se compone de poemas breves y sin título.


Hay veces que me canso
de esta hambre tan cierta del polvo.
Hay veces también en que mi estómago
registra con lentitud los sentimientos
y me quedó inmóvil
un poco piedra
un poco sol de mediodía en el aire
casi en mi mano sobre mi cabeza
las sombras parecen más profundas de lo que son,
casi un abismo.
Hay veces, sólo hay veces.
El resto del tiempo procuro ofrecer mutaciones
continuas de mi ánimo, volver oro el plomo,
en medio del cenit, de camino a casa.

Cuaderno de viaje II

Nota de la autora: Los siguientes poemas fueron escritos mientras viví en Veracruz como parte de un intercambio académico en la Universidad Veracruzana. Pertenecen a un poemario inédito titulado “Cuaderno de viaje” que se compone de poemas breves y sin título.


Aquella ciudad fue un pedazo de lluvia
el perfume del jugo fresco de la mandarina
y la arquitectura mítica de la niebla.
Fue el murmullo de un dios.
Aquella ciudad que fue un caleidoscopio,
una nube derruida,
el olor a tierra durante la lluvia,
la pata de un chapulín entre mis dientes,
el divorcio de la luz y la piedra,
seguirá siendo sólo en mi memoria.

Cuaderno de viaje I

Nota de la autora: Los siguientes poemas fueron escritos mientras viví en Veracruz como parte de un intercambio académico en la Universidad Veracruzana. Pertenecen a un poemario inédito titulado “Cuaderno de viaje” que se compone de poemas breves y sin título.


No ha habido luna en esta tierra de extravíos
la lluvia parte con providencia de verdor
la tibieza de un sol lastimado.
Agradezco las mentiras
esta afirmación que hacen del vacío.
Aquí vienes a esparcir tu cuerpo
a besarme con el blanco de tus ojos,
en esta tierra donde un dios de piel oscura suspira.
Me quedo en una esquina del mundo
siguiendo la luz que se oculta en mis heridas.
Como un ciego o un hambriento
me mantengo a la orilla de las personas:
soy eso que los otros
no saben que han olvidado.
Y no es el tiempo, menos cierto que la niebla,
es la secreta noción de ruptura en aquel café
o el verde del bambú y el lago.
Es saber que sólo habitamos la memoria.

Un poema con la palabra albañil

Hay veces que la ansiedad ancla
en la garganta y uno calla,
porque hablar es ponerla de frente
decirle: existes
y me llevas los ojos por las muñecas,
los ojos afilados como una hoz blanca.

El cenit hiere los dorsos con su ceguera.
Un albañil cuenta las monedas, los billetes,
duplicados en el reflejo inacabable
del deseo y recuenta en murmullos:
los niños, el gas, la luz, el agua,
unos calzones nuevos para su mujer.
Se mira los zapatos cansados de cemento,
la sombra sangrada bajos sus pies
luego se queda quieto,
viendo al vacío como si lo entendiera.


Revive: La eternidad (Adriana Dorantes); La ciudad fabulada (Ulises Paniagua).


 

La ciudad fabulada

Esta es la ciudad del amor, Atentos, Desde las paredes, Entre muros, En besos de tezontle y cantera, Entre perros de ladridos y llamados de gas, Los cuerpos se afianzan, Aferran, Se reconocen en un braille de perfumes, Es la aldea del amor, Las avenidas son brazos en desnudez, Piernas, Corazones que buscan despojarse de sus ropas, Las caricias se propagan en onda, Hace calor en lo vivo, Todos se derrumban sobre sí, Sobre otros, Encima y debajo y en medio de otras, Entre lagartonas, machos mínimos, nocturnos, entre libres, diversos, ñoños o hippies o hipsters, metaleros o amantes del blues, entre podadoras de misterios, misóginos intelectuales y feminazis, Entre los que se refugian del aullido, Los que  muerden con ansia, Los que se extrañan, transparentes, En jardines ahuhuetados y floridos espinajosos, Para ellos las ventanas, Las plazas y sus gemidos, Los bares y los dulces insultos, Los anhelos, Los abrazos. El beso y la frecuencia modulada de caricias. Para ellos. Para todos. Esta ciudad. La ciudad del amor.

Beat del resentido

Resentido, dice madre. Masca vidrios de recuerdos. Muerde rabia. Gimotea. Y me arranca el alma otra vez desde su vientre.

Padre ruge: resentido. Lanza bilis en su honra. Y le estalla (dura infancia. Es cal pura (esa lengua que taladra (que se pudre.

Mis hermanas. Profesores. Mis amigos y mis nuevos enemigos. Los que odian. Los que aguardan. Se rebelan ante tercos mis dolores.

Yo los tengo (hasta el tope (con mis quejas (con mis modos delirantes.

No se angustien. Sobrevivo. No dibujo mis abismos con su sangre. Sólo espero. Sólo espero. A que el mundo vire lleno a su contrario.

La ansiedad, los otros, mi cabeza

(La persiana rota (La ansiedad del sillón (La yerba (Las pastillas que no desayuné (Joyce (Blake (Ginsberg (La mala armonía (El resentimiento (Kafka en tribulaciones (Cervantes en vuelo (Las traiciones de los que restallan lágrimas (Misloz (Huidobro (Di Giorgio (Mis placas dentales (La envidia que respira fuera (La melodía a solas (Lo muy agrio (Plath (Pizarnik (Agustini (Espectros de antiguas novias (Sonrisas grises (Esta jaula podrida de mi esqueleto (La tristeza entre perfumes ciegos (El dolor que no cesa (Este caer desde el silencio (Los disparos desde el vientre de mi madre (Los Libros (El vino como profeta (La muerte que no abordé (Lo que invento y sueño a través del tacto (Lo que soy (Lo que he sido (La bruma de mi corazón cuesta arriba (Cuántos instantes de soledad y muchedumbre ( Cuánto tiempo para odiar ( Para recoger mis despojos con ojos llorosos de rabia

(A pesar de todos y de mí mismo.

 

Retratos

A Diane Arbus

En mis zapatillas

notarás que los cordones

hacen saltar la gordura de mis tobillos.

Soy obesa.

Me alegra pintarme el rostro porque el labial se asienta igual

en flacas o en gordas.

Los trajecitos de bailarina, esos sí,

los confecciono a mi medida.

Y salgo a lucirme apretada dentro la ropa

que me gusta pero me hace ver ridícula.

 

Los hermanos idiotas viven en la casa de enfrente.

Circo de fenómenos.

También son gordos

pero una falla genética los hace lentos y no perciben como yo los propios defectos.

En verano salen de paseo,

muestran sus grotescas enfermedades sin miedo

esbozan una sonrisa que parece auténtica

mas entre los hoyuelos, aunque no requieran la máscara del maquillaje,

se escabulle la tristeza.

 

Recuerdo a las pequeñas gemelas que viven al final de la calle.

Son delgadas y su cerebro parece funcionar con normalidad

pero su perfección no me engaña: sufren.

Viven atrapadas en uniformes lúgubres

arregladas idénticas:

producción en serie.

No necesitan ideas propias.

Parecen sombras perfectas que se inclinan con gracia al tomar sus verduras

fantasmas infantiles que siguen reglas.

Nunca se mueven el moño de la cabeza

Rían a tiempo, niñas, no importa que no lo sientan.

 

Hay un recién nacido que salió de las entrañas de mi hermana,

querubín enojado con el mundo.

Cuando duerme parece que ignora las adversidades de la vida,

llora porque sabe la pudrición a la que fue arrojado.

El pequeño será consolado unos años

y después sabrá que el llanto es el pan de cada día.

 

Y qué más da si me observas y te ríes.

También eres parte de la misma obscena existencia

Un fenómeno con más o menos deformidades.

Somos errores arrojados a una tierra incomprensible.

Obligados a abrir los ojos,

sobrevivimos en el fango de cimientos engañosos

y bellezas falsas de absurdas exigencias.

El jardín

No quería el jardín para vivir

sino para contemplar la belleza de sus seres.

Quería la sombra de sus árboles y la calma de yacer sin pensar.

 

Quedarme quieta como esos frutos listos para devorarse,

esperar como aquellos

rebosantes de vida sin vivirse,

descansar en aguardo del destino,

de una mano que los tome,

una vida que los necesite.

 

Porque también soy un fruto maduro

que la tierra expulsa y debe cumplir su función:

esperar

nutrir

servir.

 

Pero no todos los frutos sirven.

 

El jardín escondía retazos oscuros: frutos secos.

El jardín que yo buscaba no era el de la luz y el color

sino el de la putrefacción.

 

Supe entonces que mi existir entre la espera

formaba parte de otro destino.

 

Yo no estaba hecha para saciar;

mi ser era como el de aquellos de olor rancio y piel seca

yo debía yacer inerte hasta la pudrición.

 

Entonces corrijo:

 

Sí quería el jardín para vivir.

Yo era parte de esa especie en abandono hecha menos.

 

Porque vivir es también esperar y no lograr

esperar y no servir,

esperar y marchitarse.

 

Vivir también es esto: pudrirse.

Destruir el sol

El a está hecho ceniza y brotan cuerpos de un suelo desgastado.

Las manos sangran de vacío,

el tiempo sufre sus propios pasos.

 

Palpé mi vida en la herida abierta al espesor del mundo.

 

Dejé a la deriva los recuerdos:

volvieron con las plumas de pájaros famélicos

bañados de una luz que ciega.

 

Conocí un fuego que ya no abrasa,

me quedé en pausa con los brazos abiertos

y la mirada atenta a la maquinaria del caos.

 

El futuro se desliza entre las fauces de la nada.

 

¿Cómo no encaminarme a mi muerte y no regar lamentos por esta tierra egoísta?

¿Qué hago para que la memoria ilumine más que restos dolientes?

 

Ni las larvas del olvido saben de fallecimiento.

Crecen.

Brillan a través de un halo de sangre disecada.

Domestican la muerte.

 

Destruir el sol no es suficiente.

La eternidad

Sé que desde niña vivo con un reluciente rechazo a la alegría.

Nunca tuve el tacto para amar las ilusiones,

mutilaba flores porque la soledad de su centro era más bello que sus pétalos.

 

Sé que nací con un miedo antiguo:

una angustia enternecida sudando sobre la piel.

 

Heredera de la devastación,

mis pasos aniquilan seres inocentes a causa de mi propio temor.

 

He vivido con manos de piedra y pupilas huecas que conjuran los más grandes peligros.

El mundo pro ere rechazos apenas mi canto les acaricia los cabellos.

 

Y todo eso no es peor que mi verdadera desgracia:

no poder apresurar mi muerte.

 

El fracaso constante a la renuncia es el único fruto que crece sin tregua a cada intento

y que, a costa de mi voluntad, me alimenta.

La primera rama del nido

El nido es un lugar donde se gesta la vida. En el nido, las aves crían a sus polluelos, pero además, es un sitio que construyen por sí mismas, con la dedicación, el amor y el oficio de quien sabe que ésa es una de sus misiones en la vida: proteger y resguardar aquello que ama.

Es por eso que este Tecolote ha comenzado a construir un nuevo nido, un Nido de Poesía que será alojo para las palabras que apenas cobran vida y un punto de encuentro para aquellos poetas que comienzan a volar con sus propias alas.

¿Por qué apostar a la poesía?

En El Tecolote siempre hemos estado abiertos a la diversidad de propuestas, no sólo escritas sino visuales, vamos desde las notas deportivas hasta los cuentos, pasando por los fotorreportajes y las imágenes, en algunos casos excesivamente crudas, de la semana, pues esa fue la semilla de este proyecto: el periodismo narrativo.

Sin embargo, con el tiempo hemos comprobado que en ocasiones el lenguaje narrativo no nos basta y que la propia realidad no alcanza, de manera que consideramos imperiosa la necesidad de nutrirnos de una realidad distinta a la periodística, de la fusión de imágenes con palabras que sólo nos brinda la poesía.

Dice Johannes Pfeiffer en su libro La poesía que “la metáfora poética logra fundir en unidad convincente imágenes que en la experiencia están separadas, y hasta son incompatibles. […] Aquello que para nuestra experiencia está y permanecerá siempre rígidamente separado se une y se mezcla en virtud del hechizo poético”.  

Por ello, creemos que las certezas que ofrece la poesía y esa otra forma de lenguaje son motivo suficiente para abrir este nuevo espacio en el que converjan estilos e ideas, porque es éste el género en el que “todas las dudas desaparecen ante la conciencia de que [algo] es realmente así, de que así y no de otro modo es…”.

Así que en ese intento por conjugar aquello que pareciera inconcebible unir y por dar un respiro estético a nuestros lectores, decidimos poner todo nuestro  esfuerzo en echar a andar este Nido de Poesía.

Porque “basta que se escuchen estas palabras, para que en el mismo instante ocurra una transformación en toda la Existencia”, El Tecolote coloca esta primera rama con toda la confianza y la calidez necesaria para que cada una de las plumas que aquí lleguen en busca de abrigo, lo hagan crecer con sus letras e ideas y, con el tiempo, seguir fortaleciendo esta gran familia de jóvenes y no tan jóvenes que no dejamos de creer que las palabras siempre serán el camino.

Enhorabuena y gracias a todos los poetas que ya forman parte de este proyecto. La redacción les da la bienvenida y los invita a sentirse parte de esta, que ya es su casa.

Poema millennial

Tal vez no soy de memes o gift tiernos,
Quizá no te he dicho suficientes veces “te quiero”,
Seguramente nunca he sido el novio perfecto.
Hemos peleado tanto que ya he perdido la cuenta,
Unas por mi culpa
Y otras porque no te entiendo.

 

Hoy te noto agobiada,
Probablemente aburrida,
Peor aún sería decepcionada.

 

Pero no importa,
Porque yo seguiré para ti hasta el último de mis días,
Hasta que el cielo me alcance
Y la vida se acabe.

 

Porque espero que nunca olvides,
Que pese a mis fallas,
Mis incontables torpezas,
Mis infinitas descortesías,
Y mis absurdas decepciones
Yo te amo.

 

Por cada cosa que eres,
Por cada meta que logras,
Por cada sonrisa que me regalas
Por cada momento que me das,
Por la vida que me inyectas.

 

A ti, amante preciosa
De mejillas rojas,
Gracias infinitas,
Por haber llegado a mi presencia.

Reportaje

–A ver, repite todo desde el principio.

—Pero oficial, ya le dije a su compañero que yo no soy el responsable.

—No te pregunté si tú fuiste el culpable, te pedí que repitas cómo fue. Es la única forma en la que te puedes librar de este problema.

—Está bien.

 

Todo empezó por la televisión. A decir verdad no la enciendo muy seguido pero en esa ocasión me llamó la atención una mancha que escurría. Parecía una especie de baba con ligeros tonos en rojo. Recorría el borde del LCD y terminaba justo antes de llegar al panel de los botones. Tardé mucho tiempo en removerla porque a pesar de notarse seca, se mantenía viscosa.

 

Días después empezaron a ocurrirme situaciones fuera de lo cotidiano. A plena luz del sol, el foco de la cocina se movía como un péndulo. A la fecha sigo creyendo que era una corriente de aire o los pasos de mis vecinos.

 

Fue una etapa muy molesta, porque además de eso, objetos como mis llaves o la cartera, se caían; no importaba qué tan lejos de la orilla estuvieran, se azotaban con mucha fuerza. No le tomaba mucha importancia porque estaba en la investigación de un reportaje para denunciar a un grupo dedicado al tráfico de menores de edad.

 

Este grupo fue detenido por Ecatepec en el momento en que le sacaban los ojos a un pequeño de cinco años. Muchos medios sólo se limitaron a difundir la captura de estos tipos y a dar unas cuantas cifras de sus víctimas. Al menos 18.

 

Las cosas empezaron a empeorar cuando busqué la entrevista con el líder de ese grupo. Aquel día, sólo el cristal de mi ventana se partió por un fuerte aire, además, del baño comenzó a salir un aroma a piel quemada. Cuando salí para verlo en el reclusorio, el mismo aroma me seguía. Estaba impregnado sobre mi ropa. Al llegar con el tipo condenado a cadena perpetua, me miró de una manera retadora, casi sarcástica.

Me senté frente a él y sin decirle nada me dijo: “No tienes idea de lo que preguntarás, ¿cierto?”. Me quedé tieso porque a pesar de haber memorizado el caso, en efecto no sabía por dónde empezar. Aun así traté de no mostrarle mi sorpresa.

 

—Dígame, señor Ortiz ¿Qué lo motivó a…

—El mal.

—Quiere decir que…

—Fue un tributo al mal. Se lo debíamos y estábamos deseosos de probar nuestra devoción. Ustedes se creen inmunes, pero su Dios los ha abandonado.

 

Y soltó una carcajada para después golpearse contra la mesa hasta despedazarse los dientes y el tabique. Los guardias llegaron para detenerlo pero su cara la había convertido en una figura de plastilina. Más que golpes, sus lesiones lucían igual a quemaduras de tercer grado y sus ojos estaban totalmente negros, pero con la textura de pasas podridas.

 

Salí corriendo para poder hablar con los padres del niño, ahora ciego de por vida.

 

Al llegar su casa en la calle de Monterrey, nadie abrió. Estuve cerca de media hora, pero no hubo respuesta, sólo los pisadas de un animal que se acercaba y olfateaba cada vez que tocaba el timbre.

 

Fui a mi departamento para tratar de escribir mis avances, pero constantemente tocaban mi puerta. Creí que era algún bromista pero por más que intenté, no logré atraparlo.

 

Estaba desesperado y salí por un par de cigarros y una coca para mantenerme despierto. Ya de regreso, justo una calle antes de que yo llegara, un pequeño carrito de fricción salió de una puerta, tras él un niño pequeño. Se detuvo y cuando tomó su cochecito, volteó hacía mí. Quedé perplejo al mirar al chiquillo desollado de la cara y sin ojos. Me sonrió y me dijo “Sigue adelante, te estás acercando”.

 

Corrí incrédulo ante tal situación. Quise olvidar aquella imagen pero no podía. Su rostro, rojo como lava volcánica se había impreso en mi pensamiento. Jamás olvidaré el estampado de conejito en su playera verde.

 

Me quedé despierto hasta pasadas las cinco de la mañana y algo me motivó para regresar a la morada de la última víctima. Estaba consciente de mi imprudencia pero no pude resistir tener al menos un contacto con los padres. Al llegar a su casa, el zaguán estaba entreabierto desde antes de llegar noté cómo se abría y cerraba muy despacio. Me detuve para tocar, pero volví a ver la misma acción. Tres veces se cerraba y abría con mucha precisión. Cada parte de mí se estremeció y había optado por retirarme lo más rápido posible. Sin embargo un grito histérico me envalentó y abrí la puerta. Sobre el pasillo yacían tres cuerpos irrigados con sangre. Era el pequeño y sus padres. Una voz como suave viento me susurró “llegaste tarde, será mejor que hullas”. Mi primera reacción fue largarme pero la puerta se azotó con tal fuerza, que dobló la chapa principal. El viento gemía y del piso se escuchaban cómo los cuerpos se arrastraban queriendo llegar hasta a mí. Jalé con tal fuerza que corté mis manos hasta que pude abrir.

 

Ahí fue donde los patrulleros me detuvieron y me trajeron aquí.

 

—Tengo una duda.

—Le juro que es toda la verdad.

—Shh. Dices que el niño que viste esa noche tenía una playera de conejos.

—Sí.

—Su cabello era negro y quebrado.

—No tengo idea. Estaba oscuro y no veía nada.

—De casualidad no es el mocoso de esta foto.

—Sí, creo que es él. ¿Por qué tiene una foto del pequeño?

—Por una sencilla razón. Es mi hijo. Se llama Diego y tiene dos años de muerto. Lo ofrecí en tributo como una manera de conseguir mi ascenso; y sabes algo: funcionó.

 

Ahora tú, reporterito verás de cerca lo que comúnmente se le conoce como rito satánico. En cuanto a la miserable familia que viste, digamos que se opusieron a que termináramos con nuestra misión. Por cierto, las patitas que escuchaste, eran de su maldito perro. Me mordió pero compartió el destino de sus dueños.

 

Ahora tú, reporterito de cuarta, verás de cerca lo que comúnmente se conoce como rito satánico. Llévenselo muchachos y asegúrense de que no se desmaye hasta terminado el ritual.

Estatua

Me niego a ver tu rostro, es eso. Paso de largo con la sangre agolpada en el estómago y el frío en la cara. De arriba abajo me recorre el escalofrío de naúsea y sólo se escucha tu silencio de pátina, como un halo de nube helada.

 

Pero debo posarme un momento al lado tuyo, y es un mal que atrapa, no es costumbre ni norma pero llego a ti y me pasmo, aunque huyendo.

 

Es de día y no me parece que el terror pueda revelárseme en el vacío de tus ojos de pátina y en tu gris estampa, no me parece que, como anoche, el mundo se agigante a cada paso que doy para hundirme en la tierra, convertido en un gusano, arrastrándose para huir de tu gesto ahogado.

 

Cruzo la calle y me atrevo a mirarte, poco a poco, hasta que me acostumbro a cada una de tus grotescas formas, pensadas para admirar, para respetar tu recuerdo, pero que la torpeza de unas manos esclavizadas conviertieron en aparición desgraciada.

 

No sé quién eres y cada día te asomas como la sombra que queda de nuestros recuerdos de asco, del camino decadente y desdeñado, del amor que se da por lástima y se quiere olvidar.

No quiero ver tu rostro, me niego a ver tu rostro que es el mío. ¡Mentira! No soy yo quien te mira desde arriba con tus ojos muertos, quien te ve como un gusano que se arrastra ante mi gris estampa. No me temas… no me temas.

Un nuevo mundo

Por: Juan Pedro Salazar
@juaninstantaneo

 

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Se prepara para ascender. Tiene un poco de miedo, pero la curiosidad lo impulsa a seguir. Pone el pie izquierdo en el primer escalón, apoya la mano derecha en el barandal y se impulsa para colocar el otro pie. Comienza a subir y siente que el cielo está a su alcance.

 

Después de diez escalones en vertical, viene el paso más importante, aquel que lo separará de los demás niños de su familia. Por primera vez subiría al techo. El nerviosismo le asalta los pies, haciéndolo temblar; trata de calmarse, se detiene para sentarse en el borde de la escalera. Entonces, mira hacia el frente, ve la puerta de color azul y las cazuelas de la abuela que adornan una de las paredes. De pronto lo ve, siempre había estado ahí pero, por primera vez, toma consciencia de su existencia.

 

Un mar de preguntas le asalta la mente, la imaginación le vuela y se convierte en cosquilleo de curiosidad. ¿Podrá ir, sus papás querrán llevarlo? Por un momento olvida su misión; sus pensamientos son invadidos por la imagen del cerro, aquel montón de piedras, tierra y árboles que formaban un mosaico verde.

 

-¿Qué haces ahí, te vas a caer?- la voz de su madre lo regresó a la realidad.

 

-No, mamá, no me caigo; es que estoy viendo el cerro- contestó, esbozando la sonrisa que le borraba la mirada triste.

 

-Sólo ten cuidado, hijo-, sentenció la madre que para ese entonces movía la cortina que protegía la puerta de su casa.

 

El niño se dispuso a terminar la misión que se había impuesto la tarde en que vio a su papá brincar de un techo a otro. Se levantó y extendió una mano para sostenerse del borde de la azotea. Descendió un escalón para darse la vuelta y terminar de subir.

 

En el último instante colocó el pie izquierdo en el borde de la escalera, se impulsó. La rodilla derecha tocó tierra prometida y un suspiro de alivio le recorrió el pecho. Lo había conseguido.

 

Echó un vistazo. Contempló el piso y trató de guardar en sus recuerdos los habitantes del nuevo mundo que descubría. Posó sus ojos en un aparatejo que parecía deshacerse; se acercó para mirarlo de cerca y descubrió que era su primer bicicleta. El asiento estaba a un lado y la llanta tenía el color café que anticipa el fin de los metales.

 

Siguió su andar y supo que debajo de sus pies estaba el cuarto de sus abuelos, el domo que miraba y se aprestaba a tocar se lo confirmaba. El temblor se volvió apropiar de su cuerpo cuando recordó la habitación oscura de los santos dolorosos.

 

Caminó más rápido y posó los ojos en el horizonte, la imagen lo conmovió, sabía que no volvería a ser el mismo. A lo lejos, con su vestido blanco y su aire de eternidad, los volcanes lo saludaban.

Tenerte

Por: Sor Filotea

 

Llamarte o escribirte, hoy daría igual.
El único fin que persigo es
dibujarme en tu piel.

 

Sé que entenderías la solicitud perversa de mi voz o letras…
Secuestraría sólo un par de horas de tu vida,
las suficientes para escudriñar tus sábanas y,
tal vez, hurgar tu alma en silencio.

 

Disculpa el impulso sórdido de mi cuerpo,
la inconsciencia de mi razón por gozar tus caricias,
por abandonarme en tu pasión, en mi deseo.

 

Sólo es mi adicción por tu desnudez,
la necesidad de mi vientre
por tenerte hoy.

Hasta entonces

Con palmadas escasas sobre tu recuerdo
busco el surco de tu ahora solitaria filantropía
innecesaria en el incluyente inframundo
que ahora funge como tu morada,
la de mis pares y también enemigos.

Lanzo vacíos suspiros a tu in memoriam
para no despertar tu hipersueño.
Y aunque inadvertidos ante la expresión de los nuestros
espero algún día corrompan tu salvaje espíritu
para que se digne a recoger los pedazos de mi alma
ahora cristalizados con la sal de mis lágrimas
vertidas sobre cada letra de tu lápida.

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Como muere una flor

Por Oscar Baez

Cómo aceptar que he de morir,
que muero a cada instante,
que el tiempo me consume,

a cada instante.

Que al final no es la muerte,
sino la muerte compañera siempre de la vida.

-Como una nube entre las manos se me va la vida.
Cómo apresarla, cómo hacerla mía.-

Como una flor colorida y perfumada en primavera
he nacido en este mundo,
y como esa flor marchita en verano
he de morir.

Porque la muerte es el movimiento necesario del universo
para generar vida.

Y la flor de jacaranda tendrá que caer para fertilizar la tierra.
Para volver a nacer, tengo que volver a morir.

Pero un temor invade mi alma al pensar en mi muerte,
y de lo que de la vida he de dejar.
Como ha de doler a la flor desapegarse de su árbol,
como me ha de doler en el alma desapegarme de la vida.

Pero la flor,
siempre con sabiduría y serenidad, cae azotando en la tierra
haciendo un leve susurro para anunciar al mundo que ha muerto,
su ciclo ha terminado para comenzar una nueva vida,
después de deleitarnos con su perfume y color.

Cómo aprender a morir,
como muere una flor.

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En su latir de barro

Por Sergio Heriberto Pérez Ortiz

Esta mañana debería escribir algo tristísimo, una prosa que estuviera a tiempo, en sorbos. No me escondo, inconfesadamente, espero sorprendido. Alguna fe me falla, me ha negado el vilo, no sé hablar. Espero un sorbo, ¡otro mensaje desde el polvo! No sé hablar, eso ha quedado claro: he reposado en el anzuelo, espero un eco. La amo, pero al mencionarla, sólo toco una luciérnaga que se desangra:

La amo, pero escurro, no me espero a mí, ya no me espero.

Tu desnudez

Por: Sor Filotea

 

 

Aunque sé que tu camino transita por el sendero donde se respira un halo de libertad, mis pasos infieren que rondar la frontera de tu espacio es una faena que desembocaría en una guerra perdida capaz de arrastrarme al pie de tu cama para palpar tu cuerpo, escrudiñándolo, hasta arrancar de él un gemido ahogado de placer.

 

 

Por eso, huir me ha quedado como último recurso porque es más digno replegarse que sucumbir ante tu desnudez que duerme en mis sábanas.

 

 

Desnudez que me reveló la soledad de tu alma, que se llenaba de calor al profanar tu cama.

 

 

Evitábamos el amor, reconociendo sus artimañas en un abrazo, en una sonrisa, en una frase. Lo reconocí en tus besos, en las caricias pausadas que ganaron terreno al desenfreno obsceno de las primeras semanas.

 

 

Te despedí de mi cotidianidad, pero no te desterré de mi vientre ni de mis entrañas.

 

 

Tu libertad es un bálsamo de emociones encontradas y tu desnudez estandarte de todas mis batallas que ondea implacable en el rincón más oscuro de mi alma.

Mar

Con las olas de tu nombre,
me arriesgo a dibujar la sonrisa
del sol perpetuo de tu persona.

 

Ardiente amante
haces de tus dedos
pinceles proyectores de pasiones.

 

El hablar de tus ojos
grita un lenguaje desconocido por los hombres,
ese dialecto que ni tú dominas
estremece a portentosos ingenuos
e inexpertos Don Juanes.

 

Cuándo regresará el día aquel
donde tú, amante engreída,
me regalaste el lienzo del sueño
para guardarlo en la profundidad
de la penumbra de mis recuerdos.

La mala estrategia

Por: Diana Ramírez Luna

 

Casi tiembla, casi llueve.
Despacio camino sobre tus olas incansables,
móviles de tus ojos inalcanzables
en el hueco vacío de este espacio.

 

Llevo el aire falso de tu cansancio
como vapor que emanan los cristales,
cual felicidad de años juveniles
que miro desvanecerse despacio.

 

Casi miro el eco de nuestra brisa
colando en mí largo eco de nostalgia
y de ti desprendiendo la sonrisa.

 

¿En dónde perdimos la extraña magia?
Voy a buscar debajo de la cornisa,
la ceniza y de la mala estrategia.

Huída

Yo por eso huyo. Porque las raíces

atan manos y pies, truncan bondad.

Así no creo más que en tu maldad

que me llevó de pie a caer de bruces.

 

En esto creo, nada de felices

futuros; promesas. Serenidad,

tranquila atengo mi calamidad.

Huyo homogénea; no quiero raíces.

 

Yo no siempre fui inmóvil y liviana,

pero ahora creo en tardes nubladas,

en la impermanencia y en la desgana.

 

Huyo, porque en este bosque sin hadas

no soy única de raíces huérfana.

Y hasta las memorias están cansadas.

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Deseos (de ti)

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Deseos de ti

 

 

De hallarte junto a la almohada,
y se encuentren las miradas,
deseosas de mancillar la madrugada
con besos y caricias que toquen el alma.

 

Amor en una palabra,
letras escritas sobre tu espalda;
deseo es la llamada
que hago a esa estrella solitaria.

 

Tu ausencia su transformación marca
en sueños que desafían la eternidad del mañana,
un cálido abrazo persigue el centenar de noches de tu distancia
hasta que despertar se convierte en daga,
arma que sangra el filamento de mi nostalgia.

 

Pero el deseo se alimenta de esperanzas,
del recuerdo de la sonrisa en tu rostro,
fuego que alimenta mi hoguera,
corazón le llaman.

 

Restituyo el deseo (sin uvas),
lo abrazo y llevo al pecho,
¡extiéndanse por el cielo,
transfórmense en versos!

 

Deseos de ti que buscan ser poesía.

Cielo líquido

Ir vaciando el cielo en tus ojos,
bañarte con un líquido beso,
tocarte como la espuma,
desintegrarme al contacto con tu piel.

 

Construir versos desmadejando tu mirada
y de tu barba tejer sueños.

 

Llevar el mar a tus manos de ola inasible,
a tus labios frescos la brisa de día y noche,
y a tus mejillas el sol con que me iluminas.

 

Derramar la miel de tu voz, escucharla siempre.
Y siempre la brisa y el sol en mi vida
y mi cielo líquido en el tuyo.
Tus ojos de noche y estrella. Siempre.

 

Que en tus pupilas se reflejen las mías, siempre
y tus ojos no se cansen de mirarme
y me lleves a todas partes.
Que tu sonrisa nunca me falte…

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Es puro ardor

Por: Salvador Mecalco Valle

 

¿Qué me calme? Por qué, porque tengo que tranquilizarme; quiero explotar, sólo puedo sentir ira. Tengo mucho coraje –mucho-. Así es amorcito, soy un amargado, un maldito amargado. Estas dos últimas semanas ha pasado estupidez tras estupidez, pendejadas, mías, tuyas, de mi familia y en todos lados debo clamarme; nadie me sabe decir otra cosa. ¡Pues escúchenme bien, hijos de la chingada! No me voy a calmar, quiero explotar, quiero enojarme cada vez más. Quiero enojarme como nunca y manotear, gritar, escupir, llorar, lo que sea.

 

¡Al demonio todos! ¿Y por qué? Pues porque sí ¡Chingada madre! Porque intento cambiar mi carácter, intento comportarme de manera que no haga daño a nadie pero no me sale; de algún modo se sienten mal a mi lado o se quejan de algo: -que si dije, que si no dije, que si hice o no hice- de todos modos siempre hay algún problema.

 

Así es amorcito mío, no voy a serenarme, soy un amargado, no me gusta nada, a todo le veo lo malo, el error y lo malvado pero esto ya no me interesa. El corazón se me hace como hoja de papel arrugada, quisiera sacármelo y escupirlo, doblarlo y apretarlo, hacerlo pedazos pero como moriría inmediatamente y no podría cubrir esa necesidad.

 

¡Quiero matar a alguien! Sí, a un maldito, a un maldito que veo diario en los espejos o en cualquier cosa que se refleje. Quiero golpearme, darme la putiza de mi vida, no por placer al dolor, ¡no soy masoquista!, porque hasta cuando me clavo una astilla me duele hasta la madre. No, no es por placer al dolor, es porque tengo tanta ira que quiero desquitarme sea como sea, pero soy muy cobarde para matar a alguien, no me queda más remedio que desquitarme conmigo mismo.

 

Por qué te quedas callada, por qué no dices nada, por qué siempre haces eso… No me respondes, no peleas conmigo, ¡ahora te vas! Claro, es lo único que sabes hacer, eso y tu respuesta de siempre “no sé”; nunca sabes nada. ¿Qué comprenda? ¿Qué tenga criterio?

 

¿Sabes qué?, ¡al demonio!, vete, vete y duerme en paz, déjame solo… ja, ja, ja, hasta que te enojas, ¡que gusto!

 

¿Que deje de estar chingando? ¿Que si tanto sufrimiento y molestia por qué no me mato y ya? Ja, ja, ja, qué bien linda, tienes buenas garras. Pues te contesto: porque soy un maldito cobarde, aún no tengo el motivo suficiente para dejar de estar chingando –como bien dices- y pensándolo bien: ¿por qué no me lo das tú? Dame ese motivo, dime que te vas, dime que conociste a otro, a otra, que no entiendes nada y que por eso te largas…

 

Dime lo que sea, no importa que sea mentira, pero dímelo ya. Dame esa estocada final –pues, amorcito mío, lo haces- poco a poco, porque hasta para matarme eres prudente, lenta, poquitera.

 

Éntrale al ruedo, mata al toro y sé aplaudida…, pero no lo vas a hacer ¿Y así pides que me calme? ¡Otra vez! Mejor, ya lárgate.

 

¿Para qué quieren que me calme? Yo sé que me hace daño, sé que estoy mal, que el único que va a perder soy yo, lo sé, maldita sea; pero al demonio, los odio a todos y odio a los que dicen quererme –como tú o mi madre- las odio más porque me piden que no me lastime, porque me piden que deje de ser yo. Y yo soy un neurótico: quiero molestarme, a ver hasta cuándo aguanto, morirme de coraje; quiero tensarme tanto hasta quedar completamente rígido y no sentir nada más, sólo mi propio enojo. No importa que no deje huella para el hombre, ¡al diablo el hombre! Y si dejara algo o pudiera decir algo, me gustaría concentrar, en mí, todo el odio, la desesperación, la angustia y el coraje del mundo entero para que cuando fallezca, ustedes, el mundo, se la vivan locos y cagados de la risa.

 

Sí, qué bueno que ya te fuiste; estoy bien así: yo y mi conmiseración, pues es cómodo tirarme para ya no hacer nada; así es, qué comodidad tan barata, al demonio con todos, me tiro y ya no me levantaré, y si se escribiera sobre ésta rabieta terminaría con: “puto el que lo lea”, aunque se escuche cómico y le reste seriedad ¡me vale madres! Porque a mí me gustaría reírme con las rabietas de un mediocre amargado.

Soy

Soy
la nostalgia de un intenso pasado,
el recuerdo de noches desenfrenadas,
la esencia de un beso
diluido en el viento,
palabras tiradas al cajón del fuego.

 

Soy
la esperanza que pierde la batalla,
la luna dominada
y el sol que anuncia su retirada.

 

Soy
el instante que guardas,
bajo el cobijo de la fría almohada.

 

Soy
el sueño,
suspiro del viento,
incipiente momento
que se pierde con el tiempo.

Poema chilango

Por: Aldo Rafael Gutiérrez
@aldorafaello

Cimientos de agua guardan
el secreto
Del esplendor eterno de la
ciudad que habito.

 

Con casi 700 años cumplidos,
Tu juventud seduce a propios y
extraños.

 

Tremenda habilidosa te has
vuelto
Y en constante mutación
mantienes tu figura
Ahora, irreconocible para tus
primeros hijos.

 

¿Cuántos secretos guardas y
cuántos más te contarán?
Testigo de incontables
historias,
Musa de soberbias leyendas,
Objeto de constantes mitos.

 

Por tus calles han desfilado
Conquistadores de varias
nacionalidades.

 

Algunos con éxito, cambiaron
tu rostro cristalino.
Lo volvieron de piedra.
Otros izaron su bandera en tu
corazón y te separaron de tus
familiares del norte.
Los más nobles sólo se
atrevieron a esculpir el inicio de tu picaresca madurez.

 

De tu vientre han nacido los
mejores hombres.
Por tu piel se han enfrentado
los justos y los traidores.

 

Y a pesar de verte violentada y
observar el paso de la revolución o el asesinato de
tus jóvenes estudiantes,
Permaneces impoluta y das
siempre la mejor cara de un
país heterogéneo.

 

Los tatuajes de Siqueiros o
Rivera,
Plasmados en la belleza de
Tu histórico pecho
O la escultural arquitectura de tu cuerpo,
Mantienen atónitos a
cualquiera.

 

Tú, sede de olímpicos
y mundiales, no olvidas tu
pasado mesoamericano.
Orgullosa de esas raíces
morenas,
Muestras con honra y sin pena
Lo que fuiste, lo que eres y lo
que serás.

 

Tu Merced, Xochimilco y
Chapultepec, los combinas
perfecto con tu sobrenombre
de “Ciudad los palacios” y la
visión cosmopolita que hoy te
impone la globalización.

 

Las colonias, calles y lagos
son el mejor testimonio del
triángulo equilibrado que has
alcanzado.

 

Y aunque no ha sido fácil
llegar hasta el peldaño que
ocupas,
El tiempo ha sido benevolente
contigo. Lo sabes.
Esa es la causa de tu
soberbia.

 

Los ríos convertidos en
viaductos y avenidas,
Pagaron el costo de tu
vanidad.

 

Tal vez por eso tú y los tuyos,
Son susceptibles de burlas y
críticas
Por parte de tus hermanos
mexicanos.

 

Pero a pesar ello, recibes a tus
sobrinos,
No escatimas en espacio,
aunque no tienes
Y das alojo a quien te lo pide.

 

Así se narran los colores de la
gente, las texturas de tus
paisajes, los sabores de tu
metro, los sonidos de tus
bosques.

 

Diversidad es tu apellido.

 

Tus habitantes
Son el reflejo de lo que en ti
podemos encontrar a diario.
José Emilio Pacheco, Carlos
Monsiváis, Chava Flores o
Rockdrigo González, no se
equivocaron en los pregones y
crónicas que te dedicaron.

 

A ti capital de los museos y de
la libertad de género
Te debemos el sueño de
considerarnos, aunque sea
dormidos, primer mundo.