Viaje a Tijuana

E y CH viajan a Tijuana. Los esperan en La Paz. Son los últimos días de diciembre y ellos quieren llegar a su destino antes de fin de año. Merodean algunos días por Ensenada y Valle de Guadalupe. Se empedan, compran un par de cajas de vino y se largan. Toman un camión a Guerrero Negro. Llegan al pueblo a las 7 am y CH tiene la impresión de que está vacío. 5 horas después se da cuenta que no está vacío, pero casi. Esas 5 horas han sido un lastre porque el autobús perdió la maleta de E.

Están varados a mitad de una mañana gris y borrosa. Pero E y CH son jóvenes, tienen el hígado sonriente y el ímpetu de un rinoceronte furioso. Así que deciden hospedarse en un hostal, buscar a las ballenas y tomarse las botellas de tinto para aplacar la sed.

Pasan los días. No hay ballenas y la maleta de E no llega a la pequeña central de autobuses, que es más bien un cuartito despachador de boletos. Están varados a mitad de una semana de fin de año. Se acabaron una caja de botellas y tienen diarrea por el “Callo Mano de León” que se tragaron en ceviche.


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En un extraño giro de las circunstancias, que, por sí mismo es materia de un relato, consiguen una camioneta y la vida vuelve a hacerles cosquillas. Hay tiempo de sobra para llegar con los amigos a festejar la noche vieja. Pueblean y beben vino. La camioneta se descompone apenas entran en Santa Rosalía. Es de madrugada pero consiguen un tipo lo suficientemente necesitado de piedra, para acceder arreglarles el armatoste a cambio de pagar por adelantado una parte.

E y CH saben que existe el riesgo de que don Mecánico fume y luego le valga madre. Pero no hay de otra. Le dan el varo por adelantado y el tipo se larga a comprar su material. Y regresa. Trabaja durante toda la madrugada mientras ellos duermen dentro del vehículo.

Con el primer guiño del amanecer, don Mecánico avisa que ha terminado y pide las llaves para probarlo. E y CH se achican en el asiento y lo dejan maniobrar. La camioneta enciende, jala, entra en carretera, don Mecánico le exige unos cuantos movimientos innecesarios, incluso un derrapón. El cacharro se oye mejor que antes, dice mientras extiende la mano para cobrar el complemento.

E y CH pagan. Tienen el tiempo exacto para llegar a La paz. Se acomodan en el vehículo y se alistan. Antes, don Mecánico los llama. Trae en sus manos una cubeta. Tengan, aquí están las piezas que me sobraron, ya no supe dónde iban, dice.

 

 

Fiestas patrias

Respiraba fascinación y tenía la mirada iluminada por los fuegos artificiales que copaban el cielo. Su sonrisa sólo se entendía por el descubrimiento de la alegría de la vida. Aquella noche la guardaría en la memoria, como el inicio de su gusto por esa fecha: 15 de septiembre, el inicio de las fiestas patrias.

El recuerdo le vino mientras el tiempo era una sopa. La lluvia no paraba. El color gris del cielo le revelaba que no sería un buen día. “Aún hay tiempo para que pare de llover”, pensó con un deseo que a la postre se volvería súplica.

En la estufa, la vaporera chillaba, el calor del interior de su casa contrastaba con el frío que trajo consigo la lluvia. Su mamá salió de la cocina para ver en qué andaba metido Aldo. Lo vio frente al espejo, pintándose dos rayas tricolores en las mejillas. Una descarga de ternura la inundó al grado de querer correr a abrazarlo, se contuvo al ver la determinación del hijo que rondaba los 10 años.

Tras terminar su faena, Aldo se cambió el uniforme escolar. Se dirigió al buró y abrió uno de los cajones para extraer la camiseta verde de México. Se enfundó en ella. Hasta ese momento, no había notado la mirada que su madre le dirigía desde el umbral de la cocina. Giró y se encontró con los ojos de mujer. Ella lo escrutó para descubrir la incertidumbre que envolvía el cuerpo del niño.

-¿Hijo, qué pasa?-, preguntó la mamá

-Está lloviendo y temo que no se quite-, contestó el muchacho agachando la cabeza.

-¿Y qué pasa si no se quita?-, inquirió la mamá.

-Que si no se quita, no iremos al grito-, dijo el niño.

En ese momento, la mamá entendió la preocupación de su hijo. Su mente viajó a la primera vez que lo llevaron a presenciar un grito de 15 septiembre. Estaba fascinado, perdido en el mosaico tricolor que iluminaba el cielo.

-La lluvia se quitará, hijo, no te preocupes-, murmuró la mamá –mejor ayúdame a cortar los rábanos y la lechuga que el pozole ya casi está y tus abuelos están por llegar.

Aldo caminó hacia la cocina. Buscó la tabla de madera, el cuchillo de mango café y la honda bandeja verde. Tomó el respaldo de la silla de madera y la jaló hacia su persona. Se sentó y extendió la mano para coger un ramillete de rábanos. Los despojó del hilo que los unía y se alistó para cortarlos en rodajas, como le había enseñado su papá.

El sonido del cuchillo sobre la tabla inundó la cocina. Su mamá levantó la olla de la vaporera e introdujo una cuchara de mango largo para tentar la carne. El aroma del pozole se desplegó por toda la habitación. Aldo respiró hondo como queriendo apropiarse del olor a hierbas, chile, maíz y pollo.

Por un momento, la incertidumbre que le generaba la persistente lluvia se marchó y su mente se llenó de su imagen embadurnando una tostada con crema e introduciendo la cuchara en el cajete del pozole. En la mesa de su imaginación estaban todos: sus abuelos, sus papás, sus tíos y primos.

-Sino tienes cuidado, te vas a cortar-, le advirtió su mamá.

La voz lo sacó de sus pensamientos y continuó con su labor.

El tiempo se diluyó cual vela. El timbre sonó y Aldo tuvo que salir a abrir la puerta. Con la sombrilla encima de él, se encaminó a la reja blanca. Su abuela descendía del taxi, mientras el abuelo esperaba la llegada del nieto. Sobre la camisa blanca de mangas arremangadas llevaba una diminuta bandera tricolor. La anciana portada un listón, de tintes patrios, que cohesionaba la larga trenza blanca de su cabellera.

Al poco rato, su papá entró a la casa, seguido de dos de sus tíos y tres de sus primos. La familia estaba lo más completa posible y lista para disfrutar de aquella tradición familiar.

La comida transcurrió entre risas y comentarios de halago a la mamá de Aldo. El niño disfrutaba de estas reuniones familiares porque significaban la antesala del espectáculo que habría de ocurrir por la noche. Afuera, la lluvia había cedido, pero una enorme nube gris amenazaba con volver a ensopar la tarde.

Eran las 8 de la noche cuando su papá le preguntó si quería ir a la plaza del pueblo. Los ojos se le iluminaron y respondió que sí.

-Ve por un suéter, hijo –dijo el papá- hace un poco de frío y si no te tapas tu mamá nos va a regañar.

Aldo corrió a su cama para coger una chamarra. Volvió a mirarse en el espejo y tomó la barrita tricolor que le habían comprado un día antes. La destapó y la pasó por sus mejillas. Dudó si cargar con el sombrero de palma, su papá le dijo que se lo llevara por si llovía; lo tomó y corrió hacia donde su familia ya lo esperaba.

La plaza los recibió vestida de manto tricolor. Por los aires colgaban unas tiras de campanas y moños tricolores, mientras sobre el borde abundaban los puestos de comida, cohetes, banderas y demás artilugios. En el centro, el kiosco se levantaba con la inmensidad de su antigüedad, en las escaleras descansaban tres parejas con trajes de mariachi y china poblana, a la espera de recibir la orden para subir y comenzar su acto.

Frente al kiosco, un templete anunciaba la celebración, mientras el palacio municipal era franqueado por dos tiras tricolores. Sobre el balcón lucía la bandera mexicana, aquel lienzo en el que Aldo concentró su atención, recordando la primera vez en que sus ojos quedaron maravillados por su ondear y la iluminación del cielo por los juegos artificiales.

A medida que el tiempo avanzaba, el barullo aumentaba. Aldo miraba fascinado la escena del kiosco. El reloj estaba por marcar las 11 de la noche y la banda de guerra de su escuela comenzó a instalarse a un lado del templete. Se acercaba la hora. En dicho momento cayó en cuenta del olvido: sobre la cama había quedado la bandera que pretendía ondear aquella noche.

-Papá –dijo el niño- olvidé la bandera en mi cama.

-¡Ay, hijo! –, respondió el padre- siempre te debe pasar algo así, te pareces a tu abuelo.

El niño se miró las manos, apenado.

-Corre, ve a comprar una –la voz del papá sonó a salvación.

Aldo corrió hacia el puesto más cercano. Compró una bandera que le llegaba al pecho y regresó a donde su familia se había parapetado para ver el acto.

Una corneta pidió silenció. Frente a la banda de guerra, la escolta escolar se preparaba para tomar la bandera y llevarla hasta el templete. La plaza se llenó de silencio. El taconeó de los zapatos escolares y el dobleteo de los tambores hicieron aumentar la expectativa de la gente.

Frente al templete, la escolta se detuvo. De las bocinas emergieron las primeras notas del himno nacional. Las voces se volvieron una. Por alguna extraña sensación, la piel de Aldo se crispó.

La bandera llegó a las manos del presidente municipal. La tomó pegándola a su pecho. Mientras la expectativa iba en aumento, siguió su andar hasta colocarse frente al micrófono. Con la mirada podía dominar el espacio. Todo era algarabía.

Aldo tomó su bandera, los recuerdos de su primera niñez volvieron a su mente. Los gritos, el ondear de las banderas, la sonrisa de la gente, el retumbar de los cohetes y sus ojos repletos de dicha. Estaba por volver a experimentar esa alegría, aunque un picoteo en el corazón le sugirió que algo no andaría bien.

-Mexicanos… ¡Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad!-, dijo el alcalde.

-¡Vivan! –contestó la gente.

-¡Viva Hidalgo!-

-¡Viva!

Las banderas ondeaban.

-¡Viva Allende!-

-¡Viva!

-¡Viva la Corregidora, Josefa Ortiz de Domínguez!

-¡Viva!

-¡Viva México!-

-¡Viva!, respondía la gente y ondeaban las banderas.

-¡Viva México!- repitió el alcalde al borde de quedarse sin voz.

-¡Viva!- gritaba Aldo, mientras posaba su mirada en el cielo a la espera de que éste se iluminara con los juegos artificiales.

El tronido invadió la plaza. El cielo se iluminó de verde, blanco y rojo. Los gritos iban en aumento, primero de dicha y felicidad, después de miedo y desesperación.

La explosión revolvió todo. La confusión se convirtió en la reina de la plaza, todos corrían, Aldo también. Miró hacia atrás y vio a gente tirada, sufriendo, con la cara ensangrentada y adolorida. Estaba perdido, ausente a la realidad, pensando que todo era una pesadilla, acaso un sueño de terror. ¿Quién se había atrevido?, ¿a quién se le ocurrió manchar ese día?

El templete estaba reducido a cenizas, por la plaza abundaban personas tiradas. Aldo corría, deseaba huir, escapar de aquel infierno y buscar a sus papás.

Entonces, volteó; miró y quedó con una expresión de horror: la bandera, su bandera, se consumía en el fuego, el fuego generado por aquella bomba…


Entrada publicada en nuestro blog, puedes verlo aquí: Fiestas Patrias.


 

Un día después

Apenas se ve un cúmulo de gente en el zócalo. No usan adornos, disfraces o banderas.

El pequeño escuadron vino a trabajar y no a festejar. No hay motivo para hacerlo, aseguran. Sus uniformes naranja y escobas, dan fe de su labor.

—Qué vamos andar festejando, si lo que queremos es que nos rinda el dinero. De por sí ni tenemos y como para tirarlo en porquerías de ésas, como que no— reprochaba el barrendero con más años en el oficio.

—No se enoje Don Mario, pa’ qué hace bilis. Total, encabronándose ni gana nada— contestó el más joven.

—Tú deberías estar más molesto. Al menos yo estoy viejo y sin perro que me ladre, ¿pero tú?, tienes dos chamacos y la gallina echada. No sé cómo te gusta jugarle al pendejo recogiendo la basura de esta gente cabrona. Hubieras seguido vendiendo discos o estudiando de perdida.

—Eso tampoco deja mucho, jefe. Sácaba mis 400 varos en el metro pero sin seguro, y cuando Rita se embarazó, tuve que meterme aquí para asegurarla.

—Pues yo no sé. Esta gente me cae muy gorda. Bien patriotas en estos días y el resto del año les vale madre el país. Llenos de deudas pero con su teléfono bien caro. Ayer los hubieras visto. Con sus sombreros, llenos de espuma en la cara y gritando como si no pasara nada. Llevamos varios años sobreviviendo con migajas, pero en esta época, las carencias serán mayores. No hay trabajo para ustedes, mucho menos para los que estudian. Les preocupa más la tele que si se convierte el zócalo en estacionamiento para paleros. Hoy cuesta uno y la mitad del otro sacar pa’ un taco. Ya no digamos la luz, la renta o el gas. Cada vez más se convierte la gasolina en un lujo y no en una posibilidad.

Esta gente no tiene remedio y, encima de todo, condenan a los que protestan o están en contra de su gobierno. Los mocosos son cada vez más burros, pero nunca es culpa de los poderosos, sino de los maestros.

Jaja quién diría que el peor enemigo del mexicano es él mismo. Como sea, mejor ponte a trabajar que tienes varias bocas por alimentar.

El joven barrendero tomó un periódico para recoger la basura de las fiestas, en la vieja plana decía “En pobreza 53.3 millones de mexicanos, informa el Coneval”.

 

Para Siempre (Parte V)

En ese momento, mientras recórdaba, me di cuenta de que había sellado mi alma para siempre a esa bestia demoniaca. Me quedaría atrapada para siempre, en la mancha de donde salió ese monstruo, a su servicio, sin que mis padres, mi hermano ni mi abuela, pudieran ayudarme.

Recé porque ellos pudieran dejar este lugar, incluso, le pedí al monstruo que los dejara libres.

–Siempre y cuando te quedes aquí– dijo el amorfo ser.

–Sí, pero déjalos ir– le dije.

Mi familia cambió la expresión de su cara por completo. Ya no tenían esa expresión de dolor, ni sangre en su cuerpo. Sus ojos se volvieron normales y aprovecharon para tocarme la mejilla. Mi madre se veía preciosa, como nunca. Ellos se fueron tras la pared y yo me quedé con el monstruo a servirle por la eternidad.

Ahora espero a que lleguen otros inquilinos, que aunque ya han pasado varios años y han venido muchas personas, tendré que seguir cobrando suficientes almas para pagar mi deuda y poder reunirme algún día con los míos, con mi familia y en especial, con mi abuela.

Para Siempre (Parte IV)

A la mañana siguiente empacó sus cosas. Mientras le ayudaba a guardar su ropa, me pidió que si tenía alguna otra pesadilla le marcara para que no me sintiera sola, pero como no me vio convencida, me regaló un rosario y una estampita con el arcángel San Gabriel. Yo no quería que fuera, incluso le pedí irme con ella, pero se negó, al argumentar que yo tenía que estar en casa para cuidarlos a todos.

Mi papá la llevó a la central de camiones con mi hermano y volví a sentirme acechada, esta vez con más fuerza. Mamá notó mi aterrador semblante que demostraban mis ojeras y me preguntó que si quería ir al doctor. Me negué por completo, mi problema no era médico, tenía que ver con la casa, le dije, a lo que mi mamá volvió a replicar que esos eran cuentos de chamacos imberbes y que dejara de pensar tonterías.

Ese día estuve esperando toda la tarde la llamada de mi abuelita. Mis papás me invitaron con ellos y mi hermano para pasear en la plaza Reforma 222, pero no quise ir, tenía que hablar con mi abuelita. Al fin sonó el teléfono, era ella pero con un tono de voz diferente.

–¿Qué tienes, abue?

–Sal, sal de ahí ahora– me decía con mucho esfuerzo.

–No te entiendo, abue, qué pasa, me estás asustando.

–Sal, sal…

La llamada se cortó y quise devolvérsela cuanto antes pero estaba fuera de servicio. Marqué muchas veces pero nunca entró. Mis papás llegaron a los pocos minutos, mi mamá llorando y mi hermano tratando de abrazarla entraron corriendo hasta su cuarto.

–¿Qué pasa papá?– pregunté alarmada.

–Tu abuelita tuvo un accidente hace tres horas en la carretera hacia Querétaro. El camión se salió del camino y chocó contra un tráiler. Todos murieron. Ya tus tíos fueron a reconocer el cuerpo, aunque todo indica que era su transporte el que se estrelló.

Me quedé en shock. No podía creerlo, sobre todo porque acababa de hablar con ella. Traté de explicarle a mi papá las palabras que habíamos cruzado hacía unos cuantos minutos pero no me creyó, me pidió que me calmara y que estuviera al pendiete para cuando nos fuéramos al velorio. Me fui corriendo a mi cuarto y me quedé llorando toda la tarde hasta quedarme dormida.

Desperté en medio de la oscuridad. Los focos no encendían y en la casa no se oían ruidos, ni siquiera el llanto de mi mamá que era más fuerte que el mío. En la calle se escuchaba aullar a una jauría de perros, como si me alertaran de algo.

Grité por mi papá, por mi mamá y por mi hermano, pero nadie me respondió. Me paré para buscarlos, pensé por un momento que se habían ido al velorio. Toda la casa estaba oscura, apenas y podía ver con la luz de mi teléfono.

Busqué en las recámaras pero no encontré a nadie. Bajé a la sala y no estaban, así que volví a subir por mis llaves y salir a la calle pero ahí la vi de nuevo, era mi madre, parada de nuevo en frente de nuestra fotografía.

–Ya nos vamos. Todos tenemos que irnos, nadie debe faltar– dijo mi mamá con voz áspera.

Volví la mirada hacia mi cuarto y ahí estaban mi papá y mi hermano, tenían los ojos completamente blancos, la cara pálida y de sus cabezas y cuerpo escurría sangre. De un momento a otro mi madre ya estaba con ellos, justo a su lado.

De pronto, la mancha de la sala comenzó a crecer más y de ahí salió la misma criatura de mis pesadillas. Destrozó la pared como si se tratará de unicel y cuando se puso de pie comenzó a subir las escaleras hasta donde estábamos los cuatro. Despedía un olor pestilente, como a orines y a perro muerto. Era un aroma nauseabundo que me obligaba a tapar mi nariz y boca, aunque sin ningún resultado. La bestía se colocó justo entre mi familia, tocándolos a cada uno con su lengua.

–¡¿Quién eres y qué quieres?!– le grité al monstruo. Con sus garras señaló la misma fotografía que tanto veía mi madre y poco a poco se iba adhiriendo a ella. Su cara y su cuello se deformaron y empezó a hablar en un idioma que no conocía, aunque cambió poco a poco a un español no muy entendible.

–Recuerda, recuerda la navidad– dijo mi madre.

–Recordar qué. No entiendo– respondí.

Sin embargo, cuando vi la fotografía empecé a hacer memoria. Los momentos de ese 24 de diciembre. La tristeza que tuve por completo en esa fecha al enterarnos de que mi abuela había muerto camino hacia la Ciudad de México durante un accidente en la carretera.

Era la primer navidad que estábamos sin ella y no pude superarlo durante todo el año, no quería que llegara otro diciembre, pero llegó. No lo soportaría, no sin ella. Así que busqué hacer contacto para hablarle, aunque fuese sólo una vez. Le pedí a una amiga de la escuela, quien se dedicaba a leer cartas que me ayudara. Ella me llevó a una misa negra donde me dieron una tabla para invocarla en casa, y así lo hice.

Llegué y comencé. Le hablé una y otra vez pero no pude hacer que me respondiera, sólo una esfera en el árbol de navidad se movía, lo hacía como péndulo. Era normal para mí, a través de esa esfera me comunicaba con ella y pasaba horas. Así estuve varios días hasta que mis padres se preocuparon mucho, además, mi hermano veía cosas en la casa y decía que había siluetas blancas que confundía con la abuela.

Las cosas empeoraron y me llevaron a un hospital. Decían que hablaba en otros idiomas y que apestaba como si algo se estuviera descomponiendo dentro de mí, a pesar de que me bañaran diario, a veces hasta en dos ocasiones. Los medicamentos no me hacían mejorar, por el contrario, me ponían más violenta al grado de golpear a mis padres y lastimarlos. De hecho, fue en la última recaída cuando me tuvieron que llevar a urgencias. No respiraba y me estaba ahogando con mi saliva.

Mi familia completa iba en el carro tratando de ayudarme a no morir, un 24 de diciembre. Desafortunadamente no pudieron hacer nada, mi condición me hacía perder la cabeza y me volvía una amenaza por momentos, así fue que los hice chocar y todos murieron, incluyéndome.

Para Siempre (Parte III)

Durante los siguientes días todo empeoró. Las cosas cambiaban de lugar y en el techo de mi cuarto se escuchaba el sonido de canicas y martillos cayendo. A veces, entre los cuartos se escuchaban pisadas como si hubiera un ejército de niños corriendo por toda la casa y en ocasiones algunas siluetas blacas cruzaban entre los cuartos a plena luz del día. Llegué a confundirla con mi mamá pero cuando iba a la recámara de mis padres donde se metía, no había nada, sólo una atmósfera fría.

Procuraba pasar la menor cantidad de tiempo en casa, le inventaba cualquier pretexto a mi mamá para llegar tarde, incluso le decía que tenía que hacer tarea pese a estar ya de vacaciones, sobre todo porque cada vez era más perturbador el hecho de que nadie lo notara. Mi mamá incluso negó haberse parado en aquella noche y lo atribuyó a mi pesadilla, por lo que me recomendó que me portara bien sino quería seguir soñando con eso.


Para siempre Parte I

Tanto a mi papá como a mi hermano les preguntaba seguido si escuchaban lo mismo que yo, pero no, me tachaban de loca y decían que inventaba cosas sólo para asustarlos. Tanto me lo dijeron que hasta les creí.

Llegó el 24 de diciembre y con ello la visita de mi abuelita. Estuve esperándola desde que supe que su camión salía a las 7:00 horas. Ella me creería, no me tildaría de loca y trataría de ayudarme a entender lo que estaba pasando con los ruidos, la sensación de miradas que me perseguían por toda la casa, así como la extraña cosquilla que sentía en mi cabeza y mis hombros cada vez que estaba en la mancha de la sala.

Cuando vi a mi abuelita bajar del taxi corrí para saludarla, sin embargo, en cuanto abrí la puerta ella se quedó parada, petrificada, como si algo le impidiera pasar. Ni siquiera volteó a verme para abrazarme, sus ojos recorrían el marco de la puerta y después los cuartos de la primer planta hasta que se detuvo en la sala, en la mancha.

–Tenemos que irnos de aquí cuanto antes– dijo sin bajar sus cosas.

–¿Qué dices, abue?– respondí sin entender nada.

–Vámonos, ahorita que todavía no está tan fuerte– replicó con susto.

Una mano tocó mi hombro y con sorpresa me di cuenta de que era mi mamá. Ella convenció a mi abuelita de pasar. La tranquilizó un poco, a final de cuentas, sabía cómo tratar a su propia madre a pesar de ser tan diferentes. Mi abuelita, por ejemplo, era fiel creyente de los santos, la religión y el más allá; en cambio mi madre era escéptica por completo y se había reforzado más, según mi propia abuela, cuando estudió piscología en la Universidad de Guanajuato, aunque nunca ejerció debido a que se casó con mi papá en el último semestre.

Nunca había visto a mi abuelita tan nerviosa. La pierna derecha le temblaba tanto que hacía saltar su bolsa de mano. Trataba de tranquilizarse con el té que mi mamá le sirvió, pero era inútil.

–¿Por qué Eduardo te trajo a esta casa, Dulce?– cuestionó mi abuelita.

–Porque no le queda muy lejos del trabajo. Es céntrica esta zona y me da tiempo para tomar natación en la delegación Cuauhtémoc, además estuvo más barata que otras casas, incluso que varios departamentos de por aquí– dijo mi mamá sin ninguna preocupación.

–No debieron venirse para la Ciudad, mucho menos a esta casa. Hay algo que no me gusta de este lugar. Tiene una vibra muy pesada.

–¡Ya vas a empezar, mamá! Tú y tus cosas. Ya te he dicho que no existe eso y ahora hasta Victoria lo cree. Anda inventando historias de que se mueven las cosas, que cambian de lugar y que hasta se pasean personas adentro– replicó mi mamá.


Para siempre II

Mi abuelita sabía quién era su hija. No quiso discutir más y le dijo a mi mamá que quería ir a comprar fruta. Ella se ofreció a acompañarla al Mercado de San Cosme pero mi abuelita prefirió que fuera yo y así lo hicimos. En el camino, me preguntó sobre lo que veía y escuchaba. Puso atención a cada palabra que le conté sin interrumpirme ni una sola vez. Le hablé de cómo se prendían las televisiones a distintas horas y cómo se cerraban las puertas, sobre todo en la noche.

Ya en el mercado, mi abuela fue con una hierbera. Le pidió una botellita de un líquido rosa y unas plantas secas que escondió entre la fruta para que no se diera cuenta mi mamá. De regreso me dijo que fuera fuerte porque yo era más susceptible de ver ese tipo de cosas. Me contó de que, como a mí, a ella nadie le creía cuando hablaba de las sombras que se asomaban entre las criptas del Templo Expiatorio, ni de las personas que veía en los nichos del panteón, muchas veces con los ojos en blanco y la boca seca.

–Me tenía que voltear y sólo así desaparecían. Aunque a veces eso no funcionaba y aunque ya no estuvieran ahí, se ponían justo a mi lado o en frente. Era algo que nunca pude controlar y que a veces todavía veo.

–¿Y cómo le hago para ya no ver?– respondí.

–Ahorita llegando vamos echar esta agüita que sirve para sacar a los malos espíritus, y estas ramitas son para tu cama, las pones abajo y te van a dejar de molestar esos ruidos.

Sus consejos me calmaron y en un momento que mi mamá salió a comprar unas viandas, mi abuelita aprovechó para echar el agua rosa y rezar un “Padre Nuestro” y un “Ave María”.

Esa noche la pasamos muy bien, disfrutamos de la cena y los juegos que hacíamos como cuando estábamos en León. Los siguientes tres días que ella estuvo en la casa también estuvieron normales, como al principio. Mi abuelita dormía conmigo y no sentí más miradas hasta la última noche que ella estuvo.

Eran poco después de la 1 de la mañana cuando me desperté. Vi mi reloj del buró y me alarmó el sentir una presión en el pecho. Voltée a ver a mi abuela y ella seguía dormida. A lo lejos, unos rechinidos se escuchaban, venían de la sala. Lo que hice fue acostarme y taparme con las cobijas, me abracé fuerte a mi abuelita pero cuando la tomé, me di cuenta de que estaba muerta, más que muerta, estaba momificada. Me levanté gritando de inmediato pero just  detrás de mí estaba esa criatura, la misma de mi sueño. El tremendo animal producía unos gemidos extraños y sentía su saliva en mi hombro. Apreté muy fuerte mis ojos pero sentía unas pequeñas hormigas entre mis parpados que me obligaban a verlo, ahí estaba, justo delante de mí.

Sus horribles brazos me acechaban y perfecto vi que en las astas de su cabeza estaban los cráneos de mi familia. Grité desesperadamente y traté de ponerme de pie para salir cuanto antes del cuarto y de la casa, sin embargo, en cuanto crucé la puerta me di cuenta que todo el lugar estaba cubierto de sangre, con los cuerpos de todos mis seres queridos tirados en el suelo. La bestía me tomó de la pierna y volví a ver sus ojos rojos, brillantes, puestos al costado de su hocico como de caballo que lo dislocaba cada vez que lo abría.

–Hija, despierta. Tranquila, aquí estoy– me dijo mi abuelita con la cara angustiada –fue un sueño, Vicky, no pasa nada, aquí estoy.

Vengador anónimo

“Vámonos Luisa, ya empezó a llover y el tráfico va a estar de a peso”, le dijeron sus compañeros a la empleada de gobierno.

La robusta joven apresuró el paso. Guardó los cosméticos y un chocolate mordido. Alcanzó a sus amigas en la entrada del edificio y se cubrieron con el paraguas de una de ellas.

Sentadas en la parte trasera del autobús, dos de ellas platicaban los chismes y trivialidades de la oficina: desde la nueva amante del jefe hasta la vestimenta de las agraciadas y las no tanto.

Luisa aprovechaba las pausas para probar su golosina empezada y con una discreta mirada alcanzó a notar a un hombre de traje sentado en el asiento derecho del transporte.

A causa de la fuerte granizada, el avance de los coches era más lento de lo normal. La morena oficinista ya no seguía poniendo atención a la plática. Le llamaba más la barba cerrada del otro pasajero y prefería mirarlo. Siempre le gustaron los hombres barbados. Aunque estaba cómoda con ver al tipo, el sueño atrasado de días anteriores cobraban la factura y un cabeceo repentino traicionaba su equilibrio.

Conforme el autobús avanzaba, perdía pasajeros pero no los suficientes para que todos fuesen sentados. En un semáforo a pocas cuadras de la estación de metro donde las tres compañeras bajaban, dos tipos subieron y un grito histérico adelantó lo que ya se esperaba:

—A ver jijos de su puta madre, aflojen los teléfonos y carteras o se los va a cargar la chingada—, gritaba el sujeto armado mientras el acompañante despojaba de las pertenencias a todos.

—Tú sigue manejando culero, y cuidado y te pases de pendejo porque te carga la verga—, amenazaba al chofer sin dejar de apuntar a los demás.

El sueño de Luisa salió corriendo y ella también quiso hacer lo mismo pero no podía. El pánico era igual de intenso que el de sus amigas.

—Cálmate Vero, ahorita se bajan— trataba de consolar a su compañera que tenía un tremendo ataque de pánico.

Mientras la calmaba, veía cómo la pierna del joven sentado a su izquierda temblaba de forma incontrolable.

—A ver cabrón, dale baje a esa pinche gorda culera y a la pendeja que ladra como perro. El cómplice, bañado en sudor, atendió enseguida la orden y fue hacia el asiento.

De pronto un estallido estremeció el camión y Luisa ya no pudo contener los gritos. El tipo encapuchado cayó justo frente a ella, inundó con sangre sus botas y el terror la dejó petrificada.

Tres disparos se volvieron a escuchar y el primer asaltante ya no pudo bajar. Su cuerpo quedó tendido en los escalones de la puerta de subida. Los gritos enmudecieron la tormenta y una voz madura alcanzó a decir: “Váyase antes de que llegue la policía. Aquí nadie lo va a denunciar”.

El hombre abandonó el camión. Luisa alcanzó a ver su traje negro y cómo caminó en sentido contrario de la calle. El chofer orilló la unidad y pidió a todos no delatar al anónimo. La gente se bajó y poco a poco la calma llegó. “Qué bueno que los mataron. Es la tercera vez en el mes que me roban”, confesaba una señora a otra.

Luisa trataba de no recordar la situación. En cuanto pudo metió en un charco su pie derecho y limpió la sangre del asaltante. Recordaba la cara del sujeto. Era muy joven, casi un adolescente. “Se notaba muy nervioso. A lo mejor era su primera vez”, se decía a sí misma.

Entre las víctimas del robo, alcanzó a ver al hombre de barba. Lo miró con desprecio. Creyó que él sería el salvador pero en vez de eso estaba arrinconado, al borde del llanto.

—Tranquilas chicas. No nos quitaron nada.

—Eres muy valiente Luisa—dijo Verónica.

—Seguido me pasa. Por eso ya sólo traigo un celular barato y lo justo para mi pasaje, escondido entre el brasier para agarrar otro camión. Lo malo de todo esto es que nos tenemos que esperar hasta que llegue la policía y no quiero. Ya estoy muy cansada y mañana tenemos mucho trabajo.

Nostalgias infantiles

Andrés se levantó de la cama, no podía dormir. Miró el reloj que su mamá le había comprado con el personaje de caricatura favorito y trato de adivinar la hora. Aún era pequeño pero sus padres se habían empeñado en darle enseñanzas básicas para su futuro; una de ellas había sido aprender la hora que el aparato digital dictaba.

Se colocó al borde de la cama buscando las pantunflas de oso llegadas el diciembre pasado; las encontró y sintió la calidez del material que le recordaba las veces en que mamá lo abrazaba. Se puso de pie y salió del cuarto para ir a la sala.

Dio unos pasos cuando recordó que en la cama se había quedado el changuito de peluche que sus padres le heredaron cuando cumplió un año de nacido; desde aquel pastel de octubre, de hace cuatro otoños, el peluche lo acompañaba a todos los lados que él exploraba.

En la sala de su casa, sentados en el sillón principal, sus padres platicaban con las manos unidas. El televisor rompía la monotonía del ambiente con un sonido que parecía cuchicheo de oficina. Notaron la presencia de su hijo cuando éste se enfiló a ellos con el peluche colgando de su mano. Lo recibieron con la sonrisa más sincera que tenían y lo abrazaron al unísono como queriendo que ese momento se perpetuara en las paredes y en la memoria de la casa.

El teléfono sonó y la madre se levantó a contestar. Andrés se sentó junto a su padre y le enseñó al changuito que para ese entonces ya tenía el overol colgándole del cuerpo.

Mientras la mujer hablaba, Mario recordaba la tarde en que junto a su ahora esposa habían descubierto su fascinación por las máquinas de peluches. Aquel sábado de un julio ya pasado, caminaban tomados de la mano con la alegría del noviazgo jovial. Entre risas se detuvieron al ver un peluche que pareció hablarles con la mirada.

Se acercaron. El objeto en cuestión era un pequeño cerdo rosado con ojos redondos, enormes, y un rostro cargado de la ternura digna de un bebé. Encantados, pegaron el rostro al cristal de la máquina y escudriñaron el aparato en busca de las instrucciones.

En un costado del aparatejo de color amarillo y cristales en cuatro lados, encontraron las indicaciones, el precio y el tiempo que tenían para lograr la hazaña. Los ojos del peluche parecían decir: los espero, y eso los ánimo al grado de sumergir las manos en los bolsillos del pantalón y la cartera del conejo rosado que ella cargaba en busca de una moneda de cinco pesos.

Justo en ese momento, advirtieron la presencia de un changuito de peluche que tenía la mirada cargada hacia la izquierda y una risa enigmática que parecía tierna y maliciosa a la vez, los encantó, aunque la debilidad de ella por los cerditos los convenció.

La moneda se convirtió en un auténtico tesoro que ambos admiraron como si fuera de oro. Él le pidió a ella que fuera quien moviera la palanca que dirigía la garra para rescatar al peluche. Julia entendió el mensaje del novio que se consideraba un vetado por el azar.

Introdujo la moneda y un estruendo fue seguido de música; después vino el conteo de 15 segundos para situar la garra y soltarla. Sin estrategia clara y guiados más por diversión que por convicción, miraban cómo las manos de ella situaron el espolón sobre el peluche. Apretó el botón justo cuando escuchó la voz del novio que veía como el tiempo se consumía.

El aire fue lo único rescatado por aquella garra que regresó a su sitio de descanso ante la incredulidad de la pareja. Sucumbieron ante la descarga de frustración que sólo halló fin cuando decidieron volver a intentarlo.

Antes de introducir la moneda pensaron el lugar hacia donde dirigirían la garra para reducir el margen de error. Un zarpazo de claridad llegó a sus ojos cuando fijaron las pupilas en el changuito que parecía decirles: soy el indicado. Los sedujo su mirada y esa mezcla de ternura que desbordaba por la sonrisa.

Decididos definieron el camino a seguir. Mario introdujo la moneda y Julia se disponía a mover la palanca.

El estruendo se repitió y la música volvió a llenar el espacio, mientras Mario veía su rostro reflejado en el cristal del aparato. Julia movió con destreza la palanca y la colocó debajo del peluche que parecía expectante.

Un “se acaba el tiempo” se apoderó del ambiente, mientras la mujer apretó el botón rojo que soltaba la garra. Ésta descendió y coqueteó con el brazo del peluche que parecía cooperar con esa extensión de mano mecánica.

Mario no paró de reír ante lo que parecía imposible, pero que el azar o el destino hacían visible. El peluche llegó a la orilla y cayó por la rampa que lo sacaba al exterior del mundo que fue su máquina.

Julia lo tomó y lo abrazó como si de un hijo se tratará. Contagiada por la risa de Mario, se dejó llevar por la carga de felicidad mientras admiraba el peluche que ahora tenía en las manos.

Ambos se abrazaron para contemplarse en el cristal del fondo y por sus mentes se imaginaron la escena con un niño entre sus brazos.

Andrés jaló el brazo de su padre como recordándole que de ese momento ya habían pasado 10 años. Mario miró a su hijo y lo cargó entre sus piernas, mientras la madre se acercaba a ellos.

Sentados y con el hijo en medio de ellos, ella recordó la tarde en que compró el overol para que el changuito no anduviera desnudo por la vida. Andrés no entendía qué les sucedía a sus padres que parecían dormidos sin cerrar los ojos. Sólo ellos sabían que desde el momento en que tuvieron el peluche entre sus manos y lo bautizaron con el nombre de “changuito”, éste habría de ser el primer regalo que le harían a su hijo. El niño que hoy lo abrazaba como si nunca quisiera separarse de él.


Puedes consultar esta entrada en Los ojos del Tecolote: Nostalgias infantiles.

 

El sueño de viejos tiempos

Es el día esperado. Sé que tendré la oportunidad de hacer lo que desde hace tiempo he soñado. Me preparo y reviso por enésima vez las alineaciones del encuentro. Busco en internet cómo pronunciar los nombres croatas y trato de ensayar el grito de gol. Deseo tanto narrar, gritar un gol mexicano, que llevo días soñando con la jugada que le abrirá la puerta de la victoria al Tricolor.

Para muchos puede parecer una exageración lo que estoy diciendo. Para mí es el momento de materializar un sueño que comenzó en mi infancia. Recuerdo que me tendía en el piso y simulaba un partido de futbol protagonizado por mis juguetes. Completaba mi fantasía, narrando el juego y determinando quién ganaba. Bajo mi batuta, México fue campeón del mundo un sin fin de veces.

Hoy puedo transmitir lo que significa, para mí, la pasión del futbol. Seguramente pensarán que estoy enajenado. Les juro que cuando tenga las palabras perfectas para describir la emoción que me significa ver y narrar un partido se las compartiré. Por lo pronto podré decirles que por 90 minutos las 28 personas (si los dos equipos hacen sus tres cambios) hacen del rectángulo verde una metáfora de la vida. No siempre gana quien merece. No siempre gana el que todos esperan. Pero, ¿no es la vida igual, con vueltas, con esperanzas, sueños y desilusiones?

Así que prometo no decepcionarlos. He practicado mucho y hoy que me dan la oportunidad no pienso desperdiciarla.

Llegó la hora. Tomo las hojas de las alineaciones y me dirijo a donde estará el monitor y el micrófono. Saludo a mi amigo Roberto, quien me acompañará en esta aventura, y doy un vistazo hacia abajo para mirar si ya hay gente.

No puedo contener la emoción al ver a mis padres, hermanos, amigos y algunos vecinos sentados en la plazoleta del palacio municipal. Levantó el índice y mi papá me responde de igual manera. Vaya forma de darme confianza y animarme a empezar.

No, no estoy en el estadio brasileño que arde de pasión ni formo parte de una de las grandes cadenas de televisión, pero sé que es mi día. Y no lo voy a desperdiciar.

Los himnos han sonado y no puedo sentir que estoy en el palco destinado a la prensa. Me lleno los oídos con el canto de los mexicanos y siento adrenalina en el cuerpo. El árbitro se prepara para pitar el inicio del partido y yo me alisto para hacer realidad un sueño de viejos tiempos.


Puedes consultar esta entrada en nuestro blog Los ojos del Tecolote: El sueño de viejos tiempos.

 

¿Pesadillas?

 

Recuerdo que pasaban las 12 de la noche. No, espera, debió ser antes porque alcancé el último tren. Ingenuo, como niño por viajar sentado en el metro, subí en el último vagón a pesar de estar prácticamente vacío. Mi parada era hasta Taxqueña, así que me acurruqué con mi suéter y mi mochila.

Hacía frío y por más que me tapara no podía acomodarme, aunque fuese para cerrar los ojos.

Era tal la penumbra de la noche que ni siquiera distinguí cuando pasamos (pasábamos) los túneles. Pero no le di importancia. Las cosas se volvieron más extrañas cuando ella se sentó justo en frente de mí. Me llamó la atención sus pies tan blancos. Apenas había diferencia entre sus huaraches y sus dedos.

Trataba de no verla, me compararía con un degenerado, pero de reojo alcancé a notar que su mirada estaba fija, insistente, en el fondo del vagón.

Voltee en la misma dirección que ella y en los asientos no había ni polvo. Agaché la mirada y no vi más las pálidas piernas.

Mi sorpresa fue mayor cuando sus manos rozaron mi brazo izquierdo. De saber lo que pasaría me habría salido por la ventana.

Como en cámara lenta, recorrí su cuerpo hasta llegar a su cara. Su vestido liso, como hojas de papel y sus delgadas manos, donde sus dedos bien podrían ser remplazados por popotes, no me impresionaron.

La sorpresa se dio cuando llegué a su rostro.

Sus facciones de porcelana se iban resquebrajando, y como el nacimiento de un huevo, se iba mostrando una criatura irreproducible.

Ahora su piel era una calle de grietas con pedazos de cartón colgando y ojos color asfalto. En un instante su ropa se volvió harapos momificados y sus pies trozos de carne podrida. Moscas salían de su entrepierna y un olor a desagüe casi logró hacerme desmayar.

Tomó mi muñeca con estridente fuerza y al oído me susurró “No corras, de nada servirá”.

Traté de soltarme pero a medida que luchaba, su mano, ahora convertida en corteza firme, me apretaba más. Cientos de voces y ruidos empezaron a retumbar en mi cabeza.

Las luces de los vagones se apagaban y creí que moriría, sin embargo, las lámparas de la estación iluminaron el tren y éste empezó a detenerse. Las puertas se abrieron y como pude me liberé.

Corrí hasta que el corazón partiera mis venas. El miedo venció el cansancio de días atrasados.

Aun así no podía perderla de vista. Sentía su respiración en mi espalda.

Al final desperté. Nunca volví a soñar eso, pero estuve aterrado mucho tiempo.

—¿Entonces ya no tienes pesadillas sobre eso?

—No, por fortuna duermo tranquilo. Pero fue tanto mi miedo que inclusive oriné mi cama. —Jajajaja, encantadora historia.

—¿De qué te ríes? No es gracioso.

—Para empezar, no lo soñaste, fue real. En segunda, te creo porque yo también vi a esa mujer. Y en tercera, nadie que la ha visto vive para contarlo. También llevo varios años muerto.


Texto publicado en nuestro blog Los ojos del Tecolote. Puedes consultarlo aquí: Pesadillas.