Un año en la CDMX: Metro Chilango

Como alguien que viene de fuera a quedarse a vivir en esta megalópolis, el Metro se convierte en un reto a superar para ganarse el derecho de poder ser parte, los mitos que se escuchan fuera de la CDMX invitan a todo menos a usarlo, pero tienes que atreverte a comprobar las leyendas y ver si en verdad es como lo pintan, una vez que lo haces, si tienes dos dedos en la frente, te das cuenta de que son ciertas, pero que esconde mucho más entre sus vagones, andenes y estaciones.

Descubres que está lleno de vida, de historias y de almas, algunas con prisa de llegar a algún lado en particular, otras solo vagan esperando encontrar lo que no saben que necesitan; lograr una venta, obtener un beso, encontrar el contacto humano que no se obtiene en otra parte. El metro es un lugar donde la intimidad se crea a pesar de que nadie la quiere y todos se esfuerzan por evitarla, pero fracasan, todos fracasan, y lo seguirán haciendo porque entre el pequeño espacio entre pared de metal y pared de metal, entre asientos de fibra de vidrio y tubos de aluminio, los cuerpos se encuentran, las pieles se rozan y los aromas se mezclan ya que eso es parte inherente de ser habitante de esta ciudad, y lo aprendes a aceptar, a pagar el coste, un peaje diario, un ritual que se repite varias veces al día y no se exenta los fines de semana.

Foto: JM. Mariscal.

El Metro chilango son risas, platicas privadas que se vuelven comunitarias, quejas, ventas, gritos, llantos, compilaciones de música pirata estallando en bocinas colgadas a las espaldas, son suspiros, son besos, son bienvenidas, son rupturas, es amor y odio, son peleas y abrazos, enemigos de un viaje, amistades que se pueden volver eternas, es la ciudad subterránea, a la que accedes con cinco pesos, con sus propias reglas y autoridad, son los túneles que se llenan de oscuridad y claustrofobia, los rieles que chirrean al pasar, las puertas que se niegan a cerrarse bien, el calor contenido y los grafitis que nadie más que el que rayó recuerda.

El Metro chilango lo es todo, y a la vez es nada, es algo físico, pero es mucho más que eso, tiene un componente emocional intangible, es un ente con alma y vida propia, que respira, que se alimenta de todos los que lo operan y lo usan, se nutre de las esperanzas y el tiempo, que tarda más cuando das señales de llevar prisa y recorre las vías a sus anchas cuando no le pones atención al reloj, y que no avanza cuando llueve porque prefiere chapotear en las albercas que se van formando en sus estaciones, en unas gota a gota, en muchas otras a cantaros.

Foto: JM Mariscal.

El Metro lo domina todo y acepta su condición sin reclamo.

Recibe y rara vez expulsa. Puedes ingresar con sueños y penas. Acepta lluvia y calor asfixiante. Asesinos y suicidas son bienvenidos. Ladrones y santos no pueden faltar. El Metro Chilango. Rey subterráneo. Ni bueno ni malo. No juzga ni sesga. La honestidad es su filosofía de vida. Te abre las puertas. Invita a conocer su reino. No promete belleza. Solo invita a la aventura. A que encuentres lo que hay en las profundidades y te encuentres a ti mismo en el proceso.

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Para Siempre (Parte V)

En ese momento, mientras recórdaba, me di cuenta de que había sellado mi alma para siempre a esa bestia demoniaca. Me quedaría atrapada para siempre, en la mancha de donde salió ese monstruo, a su servicio, sin que mis padres, mi hermano ni mi abuela, pudieran ayudarme.

Recé porque ellos pudieran dejar este lugar, incluso, le pedí al monstruo que los dejara libres.

–Siempre y cuando te quedes aquí– dijo el amorfo ser.

–Sí, pero déjalos ir– le dije.

Mi familia cambió la expresión de su cara por completo. Ya no tenían esa expresión de dolor, ni sangre en su cuerpo. Sus ojos se volvieron normales y aprovecharon para tocarme la mejilla. Mi madre se veía preciosa, como nunca. Ellos se fueron tras la pared y yo me quedé con el monstruo a servirle por la eternidad.

Ahora espero a que lleguen otros inquilinos, que aunque ya han pasado varios años y han venido muchas personas, tendré que seguir cobrando suficientes almas para pagar mi deuda y poder reunirme algún día con los míos, con mi familia y en especial, con mi abuela.

Para Siempre (Parte IV)

A la mañana siguiente empacó sus cosas. Mientras le ayudaba a guardar su ropa, me pidió que si tenía alguna otra pesadilla le marcara para que no me sintiera sola, pero como no me vio convencida, me regaló un rosario y una estampita con el arcángel San Gabriel. Yo no quería que fuera, incluso le pedí irme con ella, pero se negó, al argumentar que yo tenía que estar en casa para cuidarlos a todos.

Mi papá la llevó a la central de camiones con mi hermano y volví a sentirme acechada, esta vez con más fuerza. Mamá notó mi aterrador semblante que demostraban mis ojeras y me preguntó que si quería ir al doctor. Me negué por completo, mi problema no era médico, tenía que ver con la casa, le dije, a lo que mi mamá volvió a replicar que esos eran cuentos de chamacos imberbes y que dejara de pensar tonterías.

Ese día estuve esperando toda la tarde la llamada de mi abuelita. Mis papás me invitaron con ellos y mi hermano para pasear en la plaza Reforma 222, pero no quise ir, tenía que hablar con mi abuelita. Al fin sonó el teléfono, era ella pero con un tono de voz diferente.

–¿Qué tienes, abue?

–Sal, sal de ahí ahora– me decía con mucho esfuerzo.

–No te entiendo, abue, qué pasa, me estás asustando.

–Sal, sal…

La llamada se cortó y quise devolvérsela cuanto antes pero estaba fuera de servicio. Marqué muchas veces pero nunca entró. Mis papás llegaron a los pocos minutos, mi mamá llorando y mi hermano tratando de abrazarla entraron corriendo hasta su cuarto.

–¿Qué pasa papá?– pregunté alarmada.

–Tu abuelita tuvo un accidente hace tres horas en la carretera hacia Querétaro. El camión se salió del camino y chocó contra un tráiler. Todos murieron. Ya tus tíos fueron a reconocer el cuerpo, aunque todo indica que era su transporte el que se estrelló.

Me quedé en shock. No podía creerlo, sobre todo porque acababa de hablar con ella. Traté de explicarle a mi papá las palabras que habíamos cruzado hacía unos cuantos minutos pero no me creyó, me pidió que me calmara y que estuviera al pendiete para cuando nos fuéramos al velorio. Me fui corriendo a mi cuarto y me quedé llorando toda la tarde hasta quedarme dormida.

Desperté en medio de la oscuridad. Los focos no encendían y en la casa no se oían ruidos, ni siquiera el llanto de mi mamá que era más fuerte que el mío. En la calle se escuchaba aullar a una jauría de perros, como si me alertaran de algo.

Grité por mi papá, por mi mamá y por mi hermano, pero nadie me respondió. Me paré para buscarlos, pensé por un momento que se habían ido al velorio. Toda la casa estaba oscura, apenas y podía ver con la luz de mi teléfono.

Busqué en las recámaras pero no encontré a nadie. Bajé a la sala y no estaban, así que volví a subir por mis llaves y salir a la calle pero ahí la vi de nuevo, era mi madre, parada de nuevo en frente de nuestra fotografía.

–Ya nos vamos. Todos tenemos que irnos, nadie debe faltar– dijo mi mamá con voz áspera.

Volví la mirada hacia mi cuarto y ahí estaban mi papá y mi hermano, tenían los ojos completamente blancos, la cara pálida y de sus cabezas y cuerpo escurría sangre. De un momento a otro mi madre ya estaba con ellos, justo a su lado.

De pronto, la mancha de la sala comenzó a crecer más y de ahí salió la misma criatura de mis pesadillas. Destrozó la pared como si se tratará de unicel y cuando se puso de pie comenzó a subir las escaleras hasta donde estábamos los cuatro. Despedía un olor pestilente, como a orines y a perro muerto. Era un aroma nauseabundo que me obligaba a tapar mi nariz y boca, aunque sin ningún resultado. La bestía se colocó justo entre mi familia, tocándolos a cada uno con su lengua.

–¡¿Quién eres y qué quieres?!– le grité al monstruo. Con sus garras señaló la misma fotografía que tanto veía mi madre y poco a poco se iba adhiriendo a ella. Su cara y su cuello se deformaron y empezó a hablar en un idioma que no conocía, aunque cambió poco a poco a un español no muy entendible.

–Recuerda, recuerda la navidad– dijo mi madre.

–Recordar qué. No entiendo– respondí.

Sin embargo, cuando vi la fotografía empecé a hacer memoria. Los momentos de ese 24 de diciembre. La tristeza que tuve por completo en esa fecha al enterarnos de que mi abuela había muerto camino hacia la Ciudad de México durante un accidente en la carretera.

Era la primer navidad que estábamos sin ella y no pude superarlo durante todo el año, no quería que llegara otro diciembre, pero llegó. No lo soportaría, no sin ella. Así que busqué hacer contacto para hablarle, aunque fuese sólo una vez. Le pedí a una amiga de la escuela, quien se dedicaba a leer cartas que me ayudara. Ella me llevó a una misa negra donde me dieron una tabla para invocarla en casa, y así lo hice.

Llegué y comencé. Le hablé una y otra vez pero no pude hacer que me respondiera, sólo una esfera en el árbol de navidad se movía, lo hacía como péndulo. Era normal para mí, a través de esa esfera me comunicaba con ella y pasaba horas. Así estuve varios días hasta que mis padres se preocuparon mucho, además, mi hermano veía cosas en la casa y decía que había siluetas blancas que confundía con la abuela.

Las cosas empeoraron y me llevaron a un hospital. Decían que hablaba en otros idiomas y que apestaba como si algo se estuviera descomponiendo dentro de mí, a pesar de que me bañaran diario, a veces hasta en dos ocasiones. Los medicamentos no me hacían mejorar, por el contrario, me ponían más violenta al grado de golpear a mis padres y lastimarlos. De hecho, fue en la última recaída cuando me tuvieron que llevar a urgencias. No respiraba y me estaba ahogando con mi saliva.

Mi familia completa iba en el carro tratando de ayudarme a no morir, un 24 de diciembre. Desafortunadamente no pudieron hacer nada, mi condición me hacía perder la cabeza y me volvía una amenaza por momentos, así fue que los hice chocar y todos murieron, incluyéndome.

Para Siempre (Parte III)

Durante los siguientes días todo empeoró. Las cosas cambiaban de lugar y en el techo de mi cuarto se escuchaba el sonido de canicas y martillos cayendo. A veces, entre los cuartos se escuchaban pisadas como si hubiera un ejército de niños corriendo por toda la casa y en ocasiones algunas siluetas blacas cruzaban entre los cuartos a plena luz del día. Llegué a confundirla con mi mamá pero cuando iba a la recámara de mis padres donde se metía, no había nada, sólo una atmósfera fría.

Procuraba pasar la menor cantidad de tiempo en casa, le inventaba cualquier pretexto a mi mamá para llegar tarde, incluso le decía que tenía que hacer tarea pese a estar ya de vacaciones, sobre todo porque cada vez era más perturbador el hecho de que nadie lo notara. Mi mamá incluso negó haberse parado en aquella noche y lo atribuyó a mi pesadilla, por lo que me recomendó que me portara bien sino quería seguir soñando con eso.


Para siempre Parte I

Tanto a mi papá como a mi hermano les preguntaba seguido si escuchaban lo mismo que yo, pero no, me tachaban de loca y decían que inventaba cosas sólo para asustarlos. Tanto me lo dijeron que hasta les creí.

Llegó el 24 de diciembre y con ello la visita de mi abuelita. Estuve esperándola desde que supe que su camión salía a las 7:00 horas. Ella me creería, no me tildaría de loca y trataría de ayudarme a entender lo que estaba pasando con los ruidos, la sensación de miradas que me perseguían por toda la casa, así como la extraña cosquilla que sentía en mi cabeza y mis hombros cada vez que estaba en la mancha de la sala.

Cuando vi a mi abuelita bajar del taxi corrí para saludarla, sin embargo, en cuanto abrí la puerta ella se quedó parada, petrificada, como si algo le impidiera pasar. Ni siquiera volteó a verme para abrazarme, sus ojos recorrían el marco de la puerta y después los cuartos de la primer planta hasta que se detuvo en la sala, en la mancha.

–Tenemos que irnos de aquí cuanto antes– dijo sin bajar sus cosas.

–¿Qué dices, abue?– respondí sin entender nada.

–Vámonos, ahorita que todavía no está tan fuerte– replicó con susto.

Una mano tocó mi hombro y con sorpresa me di cuenta de que era mi mamá. Ella convenció a mi abuelita de pasar. La tranquilizó un poco, a final de cuentas, sabía cómo tratar a su propia madre a pesar de ser tan diferentes. Mi abuelita, por ejemplo, era fiel creyente de los santos, la religión y el más allá; en cambio mi madre era escéptica por completo y se había reforzado más, según mi propia abuela, cuando estudió piscología en la Universidad de Guanajuato, aunque nunca ejerció debido a que se casó con mi papá en el último semestre.

Nunca había visto a mi abuelita tan nerviosa. La pierna derecha le temblaba tanto que hacía saltar su bolsa de mano. Trataba de tranquilizarse con el té que mi mamá le sirvió, pero era inútil.

–¿Por qué Eduardo te trajo a esta casa, Dulce?– cuestionó mi abuelita.

–Porque no le queda muy lejos del trabajo. Es céntrica esta zona y me da tiempo para tomar natación en la delegación Cuauhtémoc, además estuvo más barata que otras casas, incluso que varios departamentos de por aquí– dijo mi mamá sin ninguna preocupación.

–No debieron venirse para la Ciudad, mucho menos a esta casa. Hay algo que no me gusta de este lugar. Tiene una vibra muy pesada.

–¡Ya vas a empezar, mamá! Tú y tus cosas. Ya te he dicho que no existe eso y ahora hasta Victoria lo cree. Anda inventando historias de que se mueven las cosas, que cambian de lugar y que hasta se pasean personas adentro– replicó mi mamá.


Para siempre II

Mi abuelita sabía quién era su hija. No quiso discutir más y le dijo a mi mamá que quería ir a comprar fruta. Ella se ofreció a acompañarla al Mercado de San Cosme pero mi abuelita prefirió que fuera yo y así lo hicimos. En el camino, me preguntó sobre lo que veía y escuchaba. Puso atención a cada palabra que le conté sin interrumpirme ni una sola vez. Le hablé de cómo se prendían las televisiones a distintas horas y cómo se cerraban las puertas, sobre todo en la noche.

Ya en el mercado, mi abuela fue con una hierbera. Le pidió una botellita de un líquido rosa y unas plantas secas que escondió entre la fruta para que no se diera cuenta mi mamá. De regreso me dijo que fuera fuerte porque yo era más susceptible de ver ese tipo de cosas. Me contó de que, como a mí, a ella nadie le creía cuando hablaba de las sombras que se asomaban entre las criptas del Templo Expiatorio, ni de las personas que veía en los nichos del panteón, muchas veces con los ojos en blanco y la boca seca.

–Me tenía que voltear y sólo así desaparecían. Aunque a veces eso no funcionaba y aunque ya no estuvieran ahí, se ponían justo a mi lado o en frente. Era algo que nunca pude controlar y que a veces todavía veo.

–¿Y cómo le hago para ya no ver?– respondí.

–Ahorita llegando vamos echar esta agüita que sirve para sacar a los malos espíritus, y estas ramitas son para tu cama, las pones abajo y te van a dejar de molestar esos ruidos.

Sus consejos me calmaron y en un momento que mi mamá salió a comprar unas viandas, mi abuelita aprovechó para echar el agua rosa y rezar un “Padre Nuestro” y un “Ave María”.

Esa noche la pasamos muy bien, disfrutamos de la cena y los juegos que hacíamos como cuando estábamos en León. Los siguientes tres días que ella estuvo en la casa también estuvieron normales, como al principio. Mi abuelita dormía conmigo y no sentí más miradas hasta la última noche que ella estuvo.

Eran poco después de la 1 de la mañana cuando me desperté. Vi mi reloj del buró y me alarmó el sentir una presión en el pecho. Voltée a ver a mi abuela y ella seguía dormida. A lo lejos, unos rechinidos se escuchaban, venían de la sala. Lo que hice fue acostarme y taparme con las cobijas, me abracé fuerte a mi abuelita pero cuando la tomé, me di cuenta de que estaba muerta, más que muerta, estaba momificada. Me levanté gritando de inmediato pero just  detrás de mí estaba esa criatura, la misma de mi sueño. El tremendo animal producía unos gemidos extraños y sentía su saliva en mi hombro. Apreté muy fuerte mis ojos pero sentía unas pequeñas hormigas entre mis parpados que me obligaban a verlo, ahí estaba, justo delante de mí.

Sus horribles brazos me acechaban y perfecto vi que en las astas de su cabeza estaban los cráneos de mi familia. Grité desesperadamente y traté de ponerme de pie para salir cuanto antes del cuarto y de la casa, sin embargo, en cuanto crucé la puerta me di cuenta que todo el lugar estaba cubierto de sangre, con los cuerpos de todos mis seres queridos tirados en el suelo. La bestía me tomó de la pierna y volví a ver sus ojos rojos, brillantes, puestos al costado de su hocico como de caballo que lo dislocaba cada vez que lo abría.

–Hija, despierta. Tranquila, aquí estoy– me dijo mi abuelita con la cara angustiada –fue un sueño, Vicky, no pasa nada, aquí estoy.

Para Siempre (Parte II)

Esa noche apenas pude dormir. Entre sueños veía una bestia que cambiaba de forma cada vez que volteaba. Era un perro sin pelo con cola de gato en un momento, y en otro, era un pájaro de dos cabezas cuya mirada roja me dejaba inmóvil.

Recuerdo que trataba de salir de un lugar muy parecido a la casa, pero sólo encontraba muros en vez de puertas. La bestía volvía a cambiar mientras me perseguía. Producía sonidos de puercos en matadero, y en momentos, sonaban risas de niños que retumbaban como eco en las paredes.

Por un momento, el engendro desapareció de mi vista. Aproveché para salir tan rápido como daban mis piernas pero antes de llegar a la puerta, me tropezaba con un hoyo en el piso. El ambiente se ponía denso y lo único que se veía claro era la esquina de la sala de donde la bestía mutante salía desesperadamente, sus brazos, ahora como de simio con enormes garras de lobo, trozaban el muro. Me levantaba rápidamente pero al abrir la puerta, ahí estaba. Un error de la naturaleza con forma humanoide que me tomaba de la cara y abría su hocico para devorarme. Entre sus fauces, había pequeñas cabezas ensangrentadas que rezaban mi nombre.

Me desperté mucho antes de lo habitual. Salí corriendo de mi recámara para tomar un poco de agua y eliminar la pesadilla. Crucé el pasillo que dividía los cuartos de mis padres y mi hermano, cuando antes de llegar a mi recamara vi a mi mamá. Estaba parada frente a un muro viendo una foto de nosotros. Me quedé tiesa por unos instantes.

–¿Mamá?– pregunté sin recibir respuesta.

–¡Mamá!– grité de nuevo.

–Ahí están todos– susurraba mi madre.

Mi reacción fue voltear a la imagen. Era una foto que nos tomaron a los cuatro afuera del Expiatorio, unos minutos antes de ir rumbo a la capital. Cuando mi mirada volvió hacia ella, su cuerpo había desaparecido. Caminé rápidamente hacia su cuarto y ahí estaba, dormida, roncando como si nunca se hubiera levantando.


Para siempre parte I.

 

Para siempre (Parte I)

Todo empezó por una esfera:

Llegamos a la casa el 15 de noviembre. Mi papá estuvo buscando dónde vivir desde antes que le avisaran en el trabajo que debía mudarse a la Ciudad de México. Era gerente general de la empresa para la que laboraba desde hacía 15 años. Se dedicaban al ensamble de computadoras para una marca que ya dejó de existir. Nosotros éramos de León. Vivimos durante toda mi infancia y parte de mi adolescencia en la calle Juan Valle, justo a una cuadra antes de llegar al Templo Expiatorio.

Debo decir que nunca antes nos pasó nada parecido en nuestra tierra, pese a que se contaban infinidad de historias sobre las criptas y nichos que había en esa iglesia. Ni siquiera nos llegó a ocurrir algo parecido a lo que una reportera chilanga de nombre Diana Ramírez Luna escribió cuando visitó el panteón San Nicolás.

La nueva casa donde llegamos estaba en la calle de Ignacio Manuel Altamirano, en la colonia San Rafael. Una morada muy normal de dos plantas, fachada azul, ventanas sencillas, piso de lozeta rosa con algunas raspaduras y varias recámaras. Nada salía de lo común. Algunos detalles en las paredes y una mancha con varios tonos de gris y negro en la esquina de la sala, quizá por alguna filtración de agua.

Mi papá buscó una casa donde mi hermano y yo tuviéramos independencia de cuartos; él apenas iba a entrar a la adolescencia y yo ya tenía 17. Definitivamente se cumplieron la mayoría de las cosas que mi mamá pidió. Una cocina grande, dos baños y hasta un balcón donde puso un par de macetas.

En principio no estábamos muy seguros de vivir en la capital. Mi hermano iba a entrar en una secundaria cerca de casa y yo iría a Prepa 4. Hablábamos con acento y sabíamos que no sería del todo fácil pasar desapercibidos entre los nuevos compañeros, sin embargo, por un tiempo todo pareció de lo más cotidiano. Mi mamá hacía las labores de la casa y mi papá siempre llegaba a cenar a las ocho. Teníamos la costumbre de dormirnos temprano; por lo general antes de las 11 ya estábamos en la cama.

Durante tres semanas esa fue nuestra rutina. Hasta nos empezaba a gustar la ciudad pese al trafico, la contaminación y los pelafustanes que me decían cosas obscenas, sola o acompañada por mi mamá, cada vez que me ponía un vestido, un short o simplemente cuando salía a algún mandado.

Llegó la época decembrina. Mi familia tenía todas las tradiciones de las fechas: adornar un árbol, poner nacimiento, arrullar al niño y organizar las posadas cuando vivíamos en Guanajuato. Extrañábamos a mi abuela porque ella nos ayudaba a montar las posadas; añorábamos hacer piñatas y repartir fruta. Con excepción de eso, fueron días normales hasta aquel jueves.

Una vecina invitada por mi mamá estaba sentada junto al árbol. La había pasado a tomar un café y no eran siquiera las siete cuando mi mamá se paró a servirle otro poco. A doña Lety le gustaba ver el nacimiento cada vez que iba y en esa ocasión no fue la excepción. Mientras mi mamá estaba en la cocina, doña Lety veía los detalles de nuestros adornos. Siempre se admiraba, pero aquel día, la sorpresa fue diferente.

–Dulce, esa esfera se mueve– dijo doña Lety con cierta incredulidad.

–¿Cómo que se mueve?– contestó mi mamá.

–Sí, mírala– volvió a decir con cierto susto.

Mi mamá revisó el árbol para creer lo dicho por la señora Leticia. Por un momento creyó que había una corriente de aire pero las ventanas más cerca estaban cerradas. La esfera, en forma de gota, se movía como péndulo de reloj con la misma cadencia como si tuviera energía propia. Mi madre tomó la esfera y la puso en la mesa.

–Mira Dulce, ¡ahora se mueve la otra!– gritó Leticia.

Mi mamá volteó rápidamente para comprobarlo. Su sorpresa aumentó cuando después de quitarla, la esfera contigua también empezaba a moverse. Leticia se puso de pie, histérica ante tal cosa. Mi mamá por su parte se hincó para rezarle al adorno y preguntar si le hacía falta algo.

–Descansa, te pondré una veladora, pero ya no estés entre los vivos– le dijo mi mamá sin quitarla. En automático dejó de moverse, parecía que habían apagado un interruptor. La reunión acabó tan rápido que hasta doña Leticia abandonó su monedero. Y aunque al poco tiempo se acordó, prefirió mandar a su hijo mayor para que lo recogiera.

Durante la cena, el tema de conversación fue el acontecimiento. Mi mamá nos contaba cómo de un momento a otro la palidez en el rostro de doña Leticia se hizo presente. Cuando terminó de contarnos, la puerta del baño de la planta baja se azotó.

Vengador anónimo

“Vámonos Luisa, ya empezó a llover y el tráfico va a estar de a peso”, le dijeron sus compañeros a la empleada de gobierno.

La robusta joven apresuró el paso. Guardó los cosméticos y un chocolate mordido. Alcanzó a sus amigas en la entrada del edificio y se cubrieron con el paraguas de una de ellas.

Sentadas en la parte trasera del autobús, dos de ellas platicaban los chismes y trivialidades de la oficina: desde la nueva amante del jefe hasta la vestimenta de las agraciadas y las no tanto.

Luisa aprovechaba las pausas para probar su golosina empezada y con una discreta mirada alcanzó a notar a un hombre de traje sentado en el asiento derecho del transporte.

A causa de la fuerte granizada, el avance de los coches era más lento de lo normal. La morena oficinista ya no seguía poniendo atención a la plática. Le llamaba más la barba cerrada del otro pasajero y prefería mirarlo. Siempre le gustaron los hombres barbados. Aunque estaba cómoda con ver al tipo, el sueño atrasado de días anteriores cobraban la factura y un cabeceo repentino traicionaba su equilibrio.

Conforme el autobús avanzaba, perdía pasajeros pero no los suficientes para que todos fuesen sentados. En un semáforo a pocas cuadras de la estación de metro donde las tres compañeras bajaban, dos tipos subieron y un grito histérico adelantó lo que ya se esperaba:

—A ver jijos de su puta madre, aflojen los teléfonos y carteras o se los va a cargar la chingada—, gritaba el sujeto armado mientras el acompañante despojaba de las pertenencias a todos.

—Tú sigue manejando culero, y cuidado y te pases de pendejo porque te carga la verga—, amenazaba al chofer sin dejar de apuntar a los demás.

El sueño de Luisa salió corriendo y ella también quiso hacer lo mismo pero no podía. El pánico era igual de intenso que el de sus amigas.

—Cálmate Vero, ahorita se bajan— trataba de consolar a su compañera que tenía un tremendo ataque de pánico.

Mientras la calmaba, veía cómo la pierna del joven sentado a su izquierda temblaba de forma incontrolable.

—A ver cabrón, dale baje a esa pinche gorda culera y a la pendeja que ladra como perro. El cómplice, bañado en sudor, atendió enseguida la orden y fue hacia el asiento.

De pronto un estallido estremeció el camión y Luisa ya no pudo contener los gritos. El tipo encapuchado cayó justo frente a ella, inundó con sangre sus botas y el terror la dejó petrificada.

Tres disparos se volvieron a escuchar y el primer asaltante ya no pudo bajar. Su cuerpo quedó tendido en los escalones de la puerta de subida. Los gritos enmudecieron la tormenta y una voz madura alcanzó a decir: “Váyase antes de que llegue la policía. Aquí nadie lo va a denunciar”.

El hombre abandonó el camión. Luisa alcanzó a ver su traje negro y cómo caminó en sentido contrario de la calle. El chofer orilló la unidad y pidió a todos no delatar al anónimo. La gente se bajó y poco a poco la calma llegó. “Qué bueno que los mataron. Es la tercera vez en el mes que me roban”, confesaba una señora a otra.

Luisa trataba de no recordar la situación. En cuanto pudo metió en un charco su pie derecho y limpió la sangre del asaltante. Recordaba la cara del sujeto. Era muy joven, casi un adolescente. “Se notaba muy nervioso. A lo mejor era su primera vez”, se decía a sí misma.

Entre las víctimas del robo, alcanzó a ver al hombre de barba. Lo miró con desprecio. Creyó que él sería el salvador pero en vez de eso estaba arrinconado, al borde del llanto.

—Tranquilas chicas. No nos quitaron nada.

—Eres muy valiente Luisa—dijo Verónica.

—Seguido me pasa. Por eso ya sólo traigo un celular barato y lo justo para mi pasaje, escondido entre el brasier para agarrar otro camión. Lo malo de todo esto es que nos tenemos que esperar hasta que llegue la policía y no quiero. Ya estoy muy cansada y mañana tenemos mucho trabajo.

Nostalgias infantiles

Andrés se levantó de la cama, no podía dormir. Miró el reloj que su mamá le había comprado con el personaje de caricatura favorito y trato de adivinar la hora. Aún era pequeño pero sus padres se habían empeñado en darle enseñanzas básicas para su futuro; una de ellas había sido aprender la hora que el aparato digital dictaba.

Se colocó al borde de la cama buscando las pantunflas de oso llegadas el diciembre pasado; las encontró y sintió la calidez del material que le recordaba las veces en que mamá lo abrazaba. Se puso de pie y salió del cuarto para ir a la sala.

Dio unos pasos cuando recordó que en la cama se había quedado el changuito de peluche que sus padres le heredaron cuando cumplió un año de nacido; desde aquel pastel de octubre, de hace cuatro otoños, el peluche lo acompañaba a todos los lados que él exploraba.

En la sala de su casa, sentados en el sillón principal, sus padres platicaban con las manos unidas. El televisor rompía la monotonía del ambiente con un sonido que parecía cuchicheo de oficina. Notaron la presencia de su hijo cuando éste se enfiló a ellos con el peluche colgando de su mano. Lo recibieron con la sonrisa más sincera que tenían y lo abrazaron al unísono como queriendo que ese momento se perpetuara en las paredes y en la memoria de la casa.

El teléfono sonó y la madre se levantó a contestar. Andrés se sentó junto a su padre y le enseñó al changuito que para ese entonces ya tenía el overol colgándole del cuerpo.

Mientras la mujer hablaba, Mario recordaba la tarde en que junto a su ahora esposa habían descubierto su fascinación por las máquinas de peluches. Aquel sábado de un julio ya pasado, caminaban tomados de la mano con la alegría del noviazgo jovial. Entre risas se detuvieron al ver un peluche que pareció hablarles con la mirada.

Se acercaron. El objeto en cuestión era un pequeño cerdo rosado con ojos redondos, enormes, y un rostro cargado de la ternura digna de un bebé. Encantados, pegaron el rostro al cristal de la máquina y escudriñaron el aparato en busca de las instrucciones.

En un costado del aparatejo de color amarillo y cristales en cuatro lados, encontraron las indicaciones, el precio y el tiempo que tenían para lograr la hazaña. Los ojos del peluche parecían decir: los espero, y eso los ánimo al grado de sumergir las manos en los bolsillos del pantalón y la cartera del conejo rosado que ella cargaba en busca de una moneda de cinco pesos.

Justo en ese momento, advirtieron la presencia de un changuito de peluche que tenía la mirada cargada hacia la izquierda y una risa enigmática que parecía tierna y maliciosa a la vez, los encantó, aunque la debilidad de ella por los cerditos los convenció.

La moneda se convirtió en un auténtico tesoro que ambos admiraron como si fuera de oro. Él le pidió a ella que fuera quien moviera la palanca que dirigía la garra para rescatar al peluche. Julia entendió el mensaje del novio que se consideraba un vetado por el azar.

Introdujo la moneda y un estruendo fue seguido de música; después vino el conteo de 15 segundos para situar la garra y soltarla. Sin estrategia clara y guiados más por diversión que por convicción, miraban cómo las manos de ella situaron el espolón sobre el peluche. Apretó el botón justo cuando escuchó la voz del novio que veía como el tiempo se consumía.

El aire fue lo único rescatado por aquella garra que regresó a su sitio de descanso ante la incredulidad de la pareja. Sucumbieron ante la descarga de frustración que sólo halló fin cuando decidieron volver a intentarlo.

Antes de introducir la moneda pensaron el lugar hacia donde dirigirían la garra para reducir el margen de error. Un zarpazo de claridad llegó a sus ojos cuando fijaron las pupilas en el changuito que parecía decirles: soy el indicado. Los sedujo su mirada y esa mezcla de ternura que desbordaba por la sonrisa.

Decididos definieron el camino a seguir. Mario introdujo la moneda y Julia se disponía a mover la palanca.

El estruendo se repitió y la música volvió a llenar el espacio, mientras Mario veía su rostro reflejado en el cristal del aparato. Julia movió con destreza la palanca y la colocó debajo del peluche que parecía expectante.

Un “se acaba el tiempo” se apoderó del ambiente, mientras la mujer apretó el botón rojo que soltaba la garra. Ésta descendió y coqueteó con el brazo del peluche que parecía cooperar con esa extensión de mano mecánica.

Mario no paró de reír ante lo que parecía imposible, pero que el azar o el destino hacían visible. El peluche llegó a la orilla y cayó por la rampa que lo sacaba al exterior del mundo que fue su máquina.

Julia lo tomó y lo abrazó como si de un hijo se tratará. Contagiada por la risa de Mario, se dejó llevar por la carga de felicidad mientras admiraba el peluche que ahora tenía en las manos.

Ambos se abrazaron para contemplarse en el cristal del fondo y por sus mentes se imaginaron la escena con un niño entre sus brazos.

Andrés jaló el brazo de su padre como recordándole que de ese momento ya habían pasado 10 años. Mario miró a su hijo y lo cargó entre sus piernas, mientras la madre se acercaba a ellos.

Sentados y con el hijo en medio de ellos, ella recordó la tarde en que compró el overol para que el changuito no anduviera desnudo por la vida. Andrés no entendía qué les sucedía a sus padres que parecían dormidos sin cerrar los ojos. Sólo ellos sabían que desde el momento en que tuvieron el peluche entre sus manos y lo bautizaron con el nombre de “changuito”, éste habría de ser el primer regalo que le harían a su hijo. El niño que hoy lo abrazaba como si nunca quisiera separarse de él.


Puedes consultar esta entrada en Los ojos del Tecolote: Nostalgias infantiles.

 

El sueño de viejos tiempos

Es el día esperado. Sé que tendré la oportunidad de hacer lo que desde hace tiempo he soñado. Me preparo y reviso por enésima vez las alineaciones del encuentro. Busco en internet cómo pronunciar los nombres croatas y trato de ensayar el grito de gol. Deseo tanto narrar, gritar un gol mexicano, que llevo días soñando con la jugada que le abrirá la puerta de la victoria al Tricolor.

Para muchos puede parecer una exageración lo que estoy diciendo. Para mí es el momento de materializar un sueño que comenzó en mi infancia. Recuerdo que me tendía en el piso y simulaba un partido de futbol protagonizado por mis juguetes. Completaba mi fantasía, narrando el juego y determinando quién ganaba. Bajo mi batuta, México fue campeón del mundo un sin fin de veces.

Hoy puedo transmitir lo que significa, para mí, la pasión del futbol. Seguramente pensarán que estoy enajenado. Les juro que cuando tenga las palabras perfectas para describir la emoción que me significa ver y narrar un partido se las compartiré. Por lo pronto podré decirles que por 90 minutos las 28 personas (si los dos equipos hacen sus tres cambios) hacen del rectángulo verde una metáfora de la vida. No siempre gana quien merece. No siempre gana el que todos esperan. Pero, ¿no es la vida igual, con vueltas, con esperanzas, sueños y desilusiones?

Así que prometo no decepcionarlos. He practicado mucho y hoy que me dan la oportunidad no pienso desperdiciarla.

Llegó la hora. Tomo las hojas de las alineaciones y me dirijo a donde estará el monitor y el micrófono. Saludo a mi amigo Roberto, quien me acompañará en esta aventura, y doy un vistazo hacia abajo para mirar si ya hay gente.

No puedo contener la emoción al ver a mis padres, hermanos, amigos y algunos vecinos sentados en la plazoleta del palacio municipal. Levantó el índice y mi papá me responde de igual manera. Vaya forma de darme confianza y animarme a empezar.

No, no estoy en el estadio brasileño que arde de pasión ni formo parte de una de las grandes cadenas de televisión, pero sé que es mi día. Y no lo voy a desperdiciar.

Los himnos han sonado y no puedo sentir que estoy en el palco destinado a la prensa. Me lleno los oídos con el canto de los mexicanos y siento adrenalina en el cuerpo. El árbitro se prepara para pitar el inicio del partido y yo me alisto para hacer realidad un sueño de viejos tiempos.


Puedes consultar esta entrada en nuestro blog Los ojos del Tecolote: El sueño de viejos tiempos.

 

¿Pesadillas?

 

Recuerdo que pasaban las 12 de la noche. No, espera, debió ser antes porque alcancé el último tren. Ingenuo, como niño por viajar sentado en el metro, subí en el último vagón a pesar de estar prácticamente vacío. Mi parada era hasta Taxqueña, así que me acurruqué con mi suéter y mi mochila.

Hacía frío y por más que me tapara no podía acomodarme, aunque fuese para cerrar los ojos.

Era tal la penumbra de la noche que ni siquiera distinguí cuando pasamos (pasábamos) los túneles. Pero no le di importancia. Las cosas se volvieron más extrañas cuando ella se sentó justo en frente de mí. Me llamó la atención sus pies tan blancos. Apenas había diferencia entre sus huaraches y sus dedos.

Trataba de no verla, me compararía con un degenerado, pero de reojo alcancé a notar que su mirada estaba fija, insistente, en el fondo del vagón.

Voltee en la misma dirección que ella y en los asientos no había ni polvo. Agaché la mirada y no vi más las pálidas piernas.

Mi sorpresa fue mayor cuando sus manos rozaron mi brazo izquierdo. De saber lo que pasaría me habría salido por la ventana.

Como en cámara lenta, recorrí su cuerpo hasta llegar a su cara. Su vestido liso, como hojas de papel y sus delgadas manos, donde sus dedos bien podrían ser remplazados por popotes, no me impresionaron.

La sorpresa se dio cuando llegué a su rostro.

Sus facciones de porcelana se iban resquebrajando, y como el nacimiento de un huevo, se iba mostrando una criatura irreproducible.

Ahora su piel era una calle de grietas con pedazos de cartón colgando y ojos color asfalto. En un instante su ropa se volvió harapos momificados y sus pies trozos de carne podrida. Moscas salían de su entrepierna y un olor a desagüe casi logró hacerme desmayar.

Tomó mi muñeca con estridente fuerza y al oído me susurró “No corras, de nada servirá”.

Traté de soltarme pero a medida que luchaba, su mano, ahora convertida en corteza firme, me apretaba más. Cientos de voces y ruidos empezaron a retumbar en mi cabeza.

Las luces de los vagones se apagaban y creí que moriría, sin embargo, las lámparas de la estación iluminaron el tren y éste empezó a detenerse. Las puertas se abrieron y como pude me liberé.

Corrí hasta que el corazón partiera mis venas. El miedo venció el cansancio de días atrasados.

Aun así no podía perderla de vista. Sentía su respiración en mi espalda.

Al final desperté. Nunca volví a soñar eso, pero estuve aterrado mucho tiempo.

—¿Entonces ya no tienes pesadillas sobre eso?

—No, por fortuna duermo tranquilo. Pero fue tanto mi miedo que inclusive oriné mi cama. —Jajajaja, encantadora historia.

—¿De qué te ríes? No es gracioso.

—Para empezar, no lo soñaste, fue real. En segunda, te creo porque yo también vi a esa mujer. Y en tercera, nadie que la ha visto vive para contarlo. También llevo varios años muerto.


Texto publicado en nuestro blog Los ojos del Tecolote. Puedes consultarlo aquí: Pesadillas.

 

Los ex, una realidad alterna

Es casi seguro que todos aquellos que me leen tienen algo en común conmigo: los ex, esos seres con los que, pasado el tiempo, uno no comprende cómo pudo pasar tanto tiempo con ellos o a los que de plano, uno termina por resignarse a extrañar por el resto de sus días, aunque de antemano sepa que de lejitos es mejor.

El texto surrealista de hoy está dedicado a estos individuos que son la sal y la pimienta de nuestra vida sentimental, porque aunque hay una infinidad de ellos, quizá podemos clasificarlos de acuerdo con sus reacciones post-ruptura, pero también en función de algunas obras literarias famosas que seguramente nos han marcado tanto como ellos.

Así que, en un ejercicio de catarsis literaria, recordaremos a cada uno de los ex que nos han dejado con el corazón hecho cachitos, bolita, apachurrado o, de plano, raspado y ensangrentado.

Por supuesto, si ustedes saben de alguna sub-especie que se me haya olvidado, no duden en mencionarlo.

El Pedro Páramo

“Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?”

Simplemente desaparece, es como un mito y tanto él como lo que rodeaba la relación parece cobrar un carácter difuso, etéreo y hasta fantasmagórico. En ocasiones, incluso te hace dudar de que esa relación haya sido verdad, pues desaparece (o deja de postear) de sus redes sociales y si tienes el mal tino de llamarles, o mensajearlos, simplemente no contestan.

Grado de daño: Medio a severo, ya que no tienes ni idea de qué sucedió y te puedes atormentar infinitamente pensando en ello.

El extranjero

“Quizás no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba”

No tiene piedad al terminar, simplemente te dice por qué ya no quiere seguir contigo y en días posteriores lo puedes ver normal, quitado de la pena, como si nada hubiera sucedido. Sigue su vida sin alteraciones, ni más ni menos.

Grado de daño: De severo a bajo, pues aunque quizá sea uno de los que más dolor causa en el momento de la ruptura, con el tiempo es el tipo de relación de la que más aprendes, ya que sabes en qué fallaste para no repetir la historia.

El libro vacío

¿Para qué voy a emprender una batalla que quiero ganar, si de antemano sé que no emprendiéndola es como la gano?

Se le pasa sufriendo y lamentándose por todos los medios, usa las redes sociales como su diario de quejas y espera que sus amigos le hagan comentarios de solidaridad, todo con la finalidad de hacer sentir culpable al otro.

Grado de daño: Medio a bajo, únicamente cuando la otra persona es consciente de cómo sucedieron las cosas y de que, generalmente, la culpa es un 50/50.

El Pascual Duarte

“Yo señor no soy malo aunque no me faltarían motivos para serlo”

Cree que a pesar de todo, él no tiene la culpa; peor aún, responsabiliza a los demás de sus actos. Cuando se ve acorralado y ante la inminente realidad, se justifica ante los demás, mostrándose como la víctima.

Grado de daño: Medio a bajo, mismas razones que en el caso anterior.

El travesuras de la niña mala

“No me preguntes por qué, porque ni muerta te lo voy a decir. Nunca te voy a decir que te quiero aunque te quiera”

No importa cuánto se ofendan, cuánto daño se hagan, cuánto se juren no volverse a ver, siempre regresa, por supuesto, asegurando que “esta será la última vez”, lo peor es que en la mayoría de los casos, para repetir la misma historia.

Grado de daño: Severo, pues no te deja continuar con tu vida y generalmente echa a perder posibles relaciones, aunque claro, eso siempre y cuando tú lo permitas.

El Casi el paraíso

“Las debilidades son lo único bueno que tenemos. Es aburrido ser fuerte, y muy agradable flaquear a solas… y entre dos” 

Al final descubres que todo fue falso, y conforme pasa tiempo de la separación, te das cuenta de un sinfín de mentiras que dijo a lo largo de la relación.

Grado de daño: Medio, mientras no pierdas tiempo investigando más de la cuenta.

El Aura

“¿No te basta mi cariño? Yo sé que me amas; lo siento. No te pido conformidad, porque ello sería ofenderte. Te pido, tan sólo, que veas en ese gran amor que dices tenerme algo suficiente, algo que pueda llenarnos a los dos”

Contigo era como la tía Consuelo, su relación se basaba en discusiones, disgustos y negativas, pero con los demás se muestra tan amable, sonriente y jovial como Aura, tanto así que no puedes creer que se trate de la misma persona. Lo puedes ver publicando post y fotos donde claramente da a entender que después de ti es más feliz y mejor persona, y que por cierto, hace todo lo que contigo “nunca podía”.

Grado de daño: Medio, pues aunque provoca un grado elevado de frustración, si sabes sobrellevar el asunto, pronto te darás cuenta de que tú también puedes seguir sin esa persona.


Después de reír un poco de nosotros mismos y de nuestros sentimientos más bajos, así como de tomar con humor situaciones de pérdida, esperamos que te sientas, si no mejor, al menos tranquilo de saber que todos, hombres y mujeres, hemos pasado por esa misma realidad alterna, universo paralelo, triángulo de las bermudas, túnel sin salida, conocido como los ex, ¿y lo mejor? Todos hemos sobrevivido.

Interruptus, una novela que no interrumpe la muerte

Imaginen que ya no tienen dónde ir; que su única escapatoria es huir tan lejos que nadie se acuerde de ustedes; o tal vez, que la única manera de desaparecer sea morir, quizá por accidente, probablemente, a manos de un policía.

Interruptus, editado por Luzzeta editores, es una novela negra arriesgada que en más de una ocasión confundirá al lector entre su narrativa y sus personajes, particularmente por la vida del doctor Agustín Guerra que en un giro inesperado nos provocará más preguntas que respuestas y que, probablemente, queden sin resolver aun después de concluirla varias veces.

Corrupción, delincuencia organizada e impunidad, son los temas que Josemaría Camacho busca plasmar a lo largo de sus 321 páginas. La ciudad de Córdoba, Veracruz, donde pasó muchos inviernos y primaveras, es el escenario perfecto para mezclar la ficción con la realidad y profundizar, desde la literatura, en el contexto de inseguridad que hace palidecer a la tierra jarocha y en general a todo el país.


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“Traté de innovar en la forma porque no es una novela que se lea de corrido porque justo a la mitad de la novela sucede el acto central y, a partir de la segunda mitad de la novela, comienza una segunda historia donde los personajes se relacionan con la primera parte aunque no son los mismos”, reveló Josemaría, quien buscó concretar una novela de metaficción.

Este proyecto nació como una necesidad que Camacho deseaba realizar para eliminar las dificultades técnicas que él como lector tiene, especialmente, con aquellas obras que tienen una voz narrativa omnisciente pues, aseguró, muchas veces no tienen justificación del porqué están ahí y vuelven torpe el ritmo de la lectura.


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Y aunque personajes y el antro donde se desencadena la historia es ficción, todo lo que ocurre pareciera haber salido de diarios locales que constantemente nos muestran la fragilidad de las instituciones policiacas y la falta de justicia que abunda en el país. Por ello,Interruptus nos tocará fibras que en muchas ocasiones parecieran anestesiadas por la indiferencia.

“Empecé a escribir en forma a los 30”

Con un período de cuatro años de preparación, según sus propias palabras, que dio por resultado las obras Imaginé un pez (Foc, Barcelona, 2013) y Los que hablan a gritos (Tierra adentro, México, 2015), el egresado en Filosofía plástica por la Universidad Panamericana escogió el género de la novela negra al descubrir al estadounidense Dennis Lehane.

“Yo tengo 37 años y aunque mi primera publicación fue con el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2013, yo venía escribiendo desde que cumplí 30. Me inscribí a varios talleres y el más importante que tomé fue con autor ecuatoriano de nombre Leonardo Valencia con quien estuve trabajando durante un año mi segundo libro”, confesó Camacho.

Esa formalización de su concepción literaria lo llevó a explorar la novela negra.

“A mí lo que me gusta del formato dentro de la literatura es que parece muy fijo pero no lo es. Porque ese mismo formato te da a ti como escritor retos para hacer algo nuevo a partir de ese formato, a mí me encanta”, aseguró.

Su gusto por el estoicismo se nota en la manera de llevar al personaje principal que en una parte del libro pareciera ya no girar la historia en torno a él, por lo que el lector tendrá que ser muy constante y deberá seguir con la lectura para entender lo que ocurre con los personajes secundarios.

Interruptus ya se encuentra disponible directamente en el portal de la editorial luzzeta.worpress.com


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Sopa de soles, un libro para saborear

Sopa de soles, de Óscar Iván Hernández Carvallo, es un libro fuera de lo común, pues aunque “muchos escritores se han nutrido de la ciencia, pues ésta ofrece siempre temas para el arte y la literatura” como él mismo lo señala en el texto introductorio, esta obra trasciende las simples referencias a la ciencia, se centra en la conexión entre los seres humanos y su lugar en el cosmos.

A lo largo de los 26 relatos que componen la obra, los personajes experimentan una búsqueda existencial, cada uno de ellos va descubriendo los secretos del cosmos, mismos que posteriormente los ayudan a comprender cuál es su lugar en el universo.

Todos estamos hechos de la misma materia, del universo que nos rodea, de esa premisa parte el primer relato de esta Sopa de soles; los mismos átomos que formaron las primeras estrellas del cosmos, son los que ahora nos conforman a cada uno de nosotros, para lo cual, Hernández Carvallo se apoya en citas de algunos científicos reconocidos, lo que ayuda a que el lector comprenda mejor el sentido de cada cuento.

En cada narración existe una conexión entre el microcosmos y el macrocosmos; por ejemplo, el dedo pulgar, con alguna galaxia; las vibraciones de las cuerdas en una sinfonía de Dvorak, con las vibraciones del universo según la Teoría de Cuerdas; la columna vertebral de una mujer que se accidentó, con las placas tectónicas que producen terremotos al reacomodarse…

Otro de los aspectos interesantes de dicho libro, es que a pesar de involucrar teorías científicas, no se aleja de la ficción, lo cual se pone de manifiesto con la presencia de unos “diseñadores de seres”, quienes tienen como misión observar y cuidar que sus creaciones no tengan fallas.

Estos “diseñadores de seres”, en realidad son niños que a través de su imaginación son capaces de crear nuevos mundos y personas, quienes a su vez tienen la capacidad de inventar otros universos. A partir de ello, el autor sitúa al hombre como causa y centro de todo, a pesar de que para la ciencia, el hombre sea sólo una más de las miles de posibilidades existentes, sólo una coincidencia de circunstancias.

Sopa de soles es un libro para saborear, además de que nos demuestra que los relatos sencillos no son sinónimos de trivialidad, pues mediante narraciones concisas, ingeniosas y de gran fluidez, logra enseñarnos un poco de ciencia al mismo tiempo que nos divierte.

¿Cómo se llama y dónde conseguirlo?

Óscar Iván Hernández Carvallo, Sopa de soles. Relatos sobre la conexión entre los seres humanos y su lugar en el cosmos. Felou (Colección Letras Abiertas), 2014; 79 pp.

Librerías tradicionales, Amazon y iTunes.

Turista en mi ciudad

Hace un par de semanas viajé a un Pueblo Mágico y en la terminal de dicho pueblo vi publicidad anunciando viajes y recorridos por la Ciudad de México. “¿A qué querría alguien de provincia ir a la ciudad?”, me cuestioné. “Si yo no viviera aquí, seguramente no sentiría ninguna curiosidad por venir”, también me dije, pensando en el smog, el tráfico, la delincuencia y el ambiente godín que impera en la CDMX.

Al siguiente domingo tuve la suerte de tener que ir a trabajar al Centro Cultural España y se me hizo un poco temprano, así que ya estando cerca de la Catedral, e inmersa en una masa de turistas requemados, me pregunté por qué no entusiasmarme, como ellos, con las danzas prehispánicas, que, por cierto, nunca había visto con detenimiento, o las limpias con copal que tampoco había experimentado.

Usando un poco la imaginación, mi atuendo veraniego me hacía pasar por turista, así que me sumé a los espectadores y comencé a observar las danzas, tomar fotos y caminar con cara de sorpresa. Me posicioné tanto en mi papel de viajera que cooperé las dos veces que pasaron con el caracolito recolector y cuando uno de los danzantes me ofreció una limpia a cambio de una cooperación voluntaria, acepté, sin más.

Siendo chilanga y hasta mis veintisiempre, viví por primera vez una de las principales actividades turísticas de la ciudad. Luego de mi experimento, me fui al trabajo pues ya tenía el tiempo justo. Sólo me faltó subir la selfie en Catedral y hacer el chek in, pues el olor a copal y las buenas vibras ya las traía.

No, no es obra de Bretón, fueron mis vacaciones en la azotea, pero disfrazadas de turismo en la ciudad.

Sobre conocer a los ídolos (o mis minutos con Etgar Keret)

El miércoles 3 de mayo tuve la oportunidad de conocer a Etgar Keret en una firma de libros que sirvió para promocionar su nuevo libro (en realidad es el primero que escribió), editado en México por los de Sexto Piso.

La figura que me había formado de él contrastó con la realidad. Etgar Keret dejó de ser ese personaje israelí de cuentos raros, pero muy chingones, que había visto en la foto de las solapas de sus libros y una que otra entrevista, pero que, en verdad, me resultaba un tanto inclasificable, porque dentro de mi círculo de amistades no abundan los judíos israelitas hijos de padres sobrevivientes al holocausto, como para hacer las comparaciones adecuadas.

Pero, por fin pude desmitificar el mito y comprobar si en verdad era esa personalidad ecléctica que intuía de sus textos; logré verlo como una persona real, o por lo menos tan real como mi nivel de fanatismo me permitió.

Es bajito, de sonrisa nerviosa y con un acento atroz que hacía bastante ininteligible su inglés. Este fue el momento adecuado para cruzarme con él, había empezado a leer su libro de crónicas ‘Los siete años de abundancia’, una semana antes, así que pude reflejar en su persona los comportamientos que narra.

A veces sus admiradores se le acercaban con cara de susto, otras tantas con emoción, y otras más con el semblante lleno de duda por no saber qué hacer. Y es que no es fácil saber cómo comportarte frente a alguien que admiras, ¿le extiendes la mano? -¿qué tal si no le gusta tocar gente porque le tiene miedo a los gérmenes o tu mano está llena de sudor por el nervio de saludar a alguien que idolatras?-; ¿lo saludas con un movimiento de cabeza? -¿qué tal que en su cultura ese mismo movimiento en lugar de un saludo amistoso, significa una mentada de madre?-; ¿le dedicas una sonrisa? -¿qué tal que él no sonríe porque tiene los dientes chuecos y está acomplejado, o peor aún, que tú no te hayas lavado bien los dientes o masticado un chicle apropiadamente y en tu boca solo reluzcan los pedazos de cilantro de los tacos que comiste más temprano?-.

Conocer a tus ídolos implica un riesgo tanto por la forma en que tienes que comportarte para no dejarle una mala impresión (como si en verdad fuera a acordarse de ti), tanto como por la muy grande probabilidad de que acabes decepcionado de ellos.

En cuanto a la primera parte, descubrí que lo mejor es dejar que ellos hagan el primer movimiento, así te evitas cualquier mal entendido, si él te extiende la mano, se la estrechas, si te sonríe, le devuelves la mejor de tus sonrisas, si te dice cosas y tú no le entendiste bien por su acento, pero al final de su comentario ríe, tú también te ríes porque lo más seguro es que bromeó contigo. Para la segunda no hay nada que garantice el éxito, hay personas que no son nada interesantes en carne y hueso, por fortuna, no fue el caso de Etgar Keret.

El Keret de carne hueso, parecía estar en otro plano detrás de la mesa, fue curioso observar cómo se desenvolvía con la gente, siempre sonriendo, aceptando posar para algunas fotos, haciendo garabatos en los libros que le acercaban para firmar, asintiendo, sin en verdad entender la historia que le contaba el fan en turno, aceptando firmar más de un libro cuando la persona que tenía en frente se ponía reticente a pesar de las miradas de pocos amigos de los organizadores.

Lo mejor de todo fue observar esos pequeños detalles, las manías y las sonrisas nerviosas, las miradas de cansancio, las poses incómodas o los semblantes plásticos que el autor debe poner cuando el que compra tus libros, a fuerzas, quiere tomarse una selfie contigo, y así poder presumir, en todas sus redes sociales, que te conoce, como si fueran íntimos amigos. Ni modo de negarse, si el que compra tus libros es el que te da de comer, en este mundo hay que saber venderse, y Keret, sabe hacerlo bien.

En mi mente, él ya no es esa entidad extraña e indescifrable, ya no es el escritor de Israel al que admiro sin medida, ahora es Etgar Keret, ser humano bajito que no me llega ni al hombro, que se mueve de manera nerviosa, que escribe unos cuentos bien chingones, al que admiro sin medida.

Foto desenfocada de mi encuentro con Keret, primero me llevé una decepción, luego pensé es Keret, una foto desenfocada con él va más acorde a su universo

Señales

Hace tres décadas, aproximadamente, mi abuelo, apasionado del fútbol, llevó a su equipo a jugar a lo que entonces debía ser una lejana costa veracruzana: Tuxpan, donde encontró a otro joven más o menos de su edad que, al igual que él, era un pambolero entusiasta; con el tiempo, cada uno formó su familia y años después, ambos integraron equipos de futbol con sus hijos. Luego éstos comenzaron a casarse y a tener hijos, por lo que unos y otros se hicieron compadres.

Así se comenzó a tejer una amistad que ha durado más de lo que quizá ellos mismos imaginaban, pues hasta ahora, somos tres generaciones que continúan con esos lazos de afecto, aunque ya no sea el deporte lo que nos une, pues al menos en lo que a mí respecta, es una actividad que no tolero ni de cerca ni de lejos.

Cuando el abuelo hablaba de “el día en que muriera” y de que su voluntad era que lleváramos sus cenizas al mar, nadie lo tomaba en serio, quizá porque nos parecía (al menos a mí, que era niña, así se me figuraba), que el abuelo sería eterno, pues su presencia era tan cotidiana e indispensable en mi vida, que me parecía absurdo pensar que un día él ya no estaría.

Al llegar el momento, su voluntad se respetó y ahora yace en la costa de Tuxpan, pues esa era, según él, la fórmula infalible para asegurarse de que lo visitáramos constantemente. Tras dos años de fallecido, la semana pasada fui a saludarlo y a recordarnos, a él y a mí, que todos los días estamos juntos y que nunca me deja sola, pues siempre está en mis pensamientos, y que le agradezco todos los gustos y tradiciones que me heredó, pero sobre todo, el infinito amor del que siempre me rodeó.

Entré al mar y platiqué con él un poco, aunque no le dije todo lo que habría querido. Al final le pedí que me diera una señal si es que me estaba escuchando. Yo esperaba algo como una ola que me bañara, una parvada de pájaros en el horizonte, una brisa que me despeinara, algo cursi…, lo cierto es que él no era así. Después de un rato, sin que nada fuera de lo común sucediera, me salí del mar.

Antes de irnos de la playa, uno de los amigos que me acompañaban me tomó algunas fotos y en una de ésas, un balón salido de quién sabe dónde, pasó rodando por la arena tan velozmente que yo estuve segura de que saldría como una figura difusa debido al movimiento. Al revisar las fotos, ahí estaba el balón, posando al lado mío.

—Órale, bien futbolera —dijo mi amigo y luego se río.

No cabe duda, mi abuelo sí me estaba escuchando.

El chofer que miraba como Clint Eastwood (al ritmo de Paty Cantú)

Era un viaje normal en autobús hasta que mis audífonos dieron su último suspiro. Que mis audífonos mueran en el momento menos repentino y me priven de escuchar canciones de T. Rex, David Bowie y Lou Reed, es un episodio recurrente para un melómano como yo. Con resignación, retiré los auriculares de mis oídos y me puse escuchar la sinfonía de la ciudad, o más bien, la sinfonía del bus en el que viajaba.

Conversaciones sobre maridos, el chismorreo de unos adolescentes, las risas de un señor que veía vídeos en internet. Pero pronto, los acordes de una melodía llegaron a mis oídos, la voz de la señorita Paty Cantú salía de la radio del camión.

En pocos segundos fui testigo de la increíble habilidad de la señorita Cantú para hacer felices a muchos citadinos. Las señoras que iban atrás de mi dejaron de hablar de las miserias de sus esposos para escuchar la canción. Una púber, de unos dieciocho años, sentada junto a mí, empezó a hacer un performance digno de “The X Factor” (canto y coreografía incluidos). Hasta el chofer empezó a mover la cabeza al ritmo de las frases de la cantante pop.

Esta última imagen, me dejó perplejo, por su singularidad: el chofer del camión era un tipo rudo, de unos cuarenta años, con un bigote al estilo Zapata y una personalidad de un protagonista de la película “Sangre por sangre”.

La extravagancia del cuadro hizo que me quedará perplejo, observando la escena por varios segundos, hasta que el chofer notó mi atención en él. Me miró directamente a los ojos y enfocó con la precisión del viejo Clint Eastwood, en esas películas del género Western que lo hicieron famoso.

En ese punto me sentí intimidado y empecé a mover el cuello para formar parte del encanto de la melodía de Paty Cantú. La mirada de Eastwood se deshizo en un segundo. Me miró y sonrió (¡increíble!) con aprobación.

Han pasado varios días desde este episodio  y mi mente sigue sonando:

«…. No quiero un hombre de cuento,

No busco alguien perfecto…”
Creo que la voy a descargar a mi celular.

El mundo no gira siempre al revés

–¡Oye, qué te pasa cabrón–, dijo tras de darle un puñetazo en la en la quijada.

–Yo qué. No hice nada– respondió extrañado, seguro nunca pensó que ella lo confrontaría. Menos de esa manera.

–No te hagas pendejo. Me manoseaste, ¡por favor, bajen la palanca!

–Yo sólo puse mi mochila así–, aseguraba el tipo de rostro preocupado y ojo izquierdo cerrado mientras hacía ademanes con su bolsa, para, según él, explicar que había sido un malentendido.

Sin embargo, su expresión delataba su culpa. El tartumudear de su parloteo exhibía que estaba acorralado. Y ni la gorra blanca grisácea que usaba, alcanzaba a cubrirlo de todas las miradas de los demás pasajeros y la manera en que la víctima lo enfrentó durante esos dos minutos.

Quizá, toda esa carga social lo hizo desear que ese segundo de “placer” nunca hubiese pasado. Pero ocurrió. Un caso más de violencia contra la mujer en el metro.


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A pesar de ello, el mundo no siempre funciona al revés. Ayer fui testigo de lo que todos los días sucede frente a nosotros, entre nosotros: el acoso callejero y el instinto primitivo de excitación de quien lo realiza, pues ¿por qué otra razón alguien se arriesgaría a hacer algo tan absolutamente carvernicolesco si sabe de las terribles consecuencias?

Y es que no sólo fue el golpe que se llevó o los gritos coléricos de su víctima contra él, sino que todos los usuarios de alrededor se solidarizaron inmediatamente con la joven, quien por su aspecto no pasaba de los 25 años, dado que de alguna u otra forma trataron de ayudarla.

Desde aquel que bajó la palanca hasta quienes impidieron que el atacante se escabullera entre las decenas de personas que pasan a las 8 de la mañana en la estación Balderas, todos ayudaron a que este la acción de este tipo quedara impune.

Los murmullos y uno que otro “no seas puto y aguántate” retumbaban como cañones en la cabeza del sujeto que, por un placer inexplicable, deleznable, absurdo, imbécil, ahora probablemente tenga que pagar una condena necesaria.

Tres policías llegaron y tomaron el brazo de quien, seguramente, pasará muchos días enfrentando a la ley por su lujuria primitiva, obscena, indignante.

El operador del vagón desactivó la palanca de emergencia, las puertas cerraron y la joven se perdió entre los andenes, testigos horizontales de historias que se viven a diario en la gran Ciudad de México.


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Librofest 2017 alista fiesta editorial en la UAM Azcapotzalco

La Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) presentó el Librofest Metropolitano, que se llevará a cabo del 22 al 27 de mayo en su sede de Azcapotzalco. El evento cultural lleva por lema “Lectura, imaginación y conocimiento”, y tendrá como invitados de honor al estado de Hidalgo y a Japón.

Será la cuarta edición del Librofest Metropolitano. En esta ocasión se contará con la participación de 50 editoriales, 60 presentaciones de libros de diversas disciplinas, foros de discusión, cinco conferencias magistrales sobre los invitados, ciclos de cine, 17 talleres gratuitos y 21 cursos con valor curricular.

Dentro de los fondos editoriales universitarios que participarán se encuentran: UAM, UNAM, IPN, El Colegio de México, El Colegio de Michoacán, CIDE y Flacso; además del Fondo de Cultura Económica, Trillas, Siglo XXI, Ghandi, Tax Editores Unidos, Valegra, Fundación ICA, Editores Mexicanos Unidos, El Pórtico de la Ciudad de México, Paraninfo, Horizontum, LSR Libros, entre otros.


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Presentará Japón e Hidalgo legado cultural en LibroFest

Librofest contará con Japón e Hidalgo como invitados de honor. Durante la realización del festival, tanto el país asiático como el estado mexicano, alistan una agenda donde buscan dar a conocer su riqueza cultural.

Datos de la Embajada de Japón en México señalan que la UAM es la cuarta institución de educación pública con mayor número de becarios enviados al país del Sol Naciente, entre 2015 y 2016.

Los asistentes al Librofest podrán disfrutar de un ciclo de cine japones con anime, comedia, drama y documentales. Además, habrá una conferencia magistral sobre la cultura pop en Japón; y un acercamiento al pueblo nipón, a través de la literatura, poesía tradicional, análisis de la conducta, avances tecnológicos y culturales.

Por su parte, el estado de Hidalgo presentará dos conferencias, seis presentaciones literarias, un taller de bordado sobre los Tenangos, exposiciones sobre “El Arte popular de Hidalgo, rituales, usos y creaciones” y “Escultura en piedra”.

Sin quejas

Hace un año me encontraba viviendo mi primera experiencia laboral oficial. Antes había tenido empleos freelance, pero estar diez horas diarias en una oficina es otra cosa, por lo que traté de llevarme bien con todos mis compañeros. Todo marchaba bien hasta que a los cinco meses, más o menos, viví acoso y episodios de violencia por parte de uno de ellos.

Yo sé que mi caso no es único ni se trata de ninguna novedad, soy sólo una de tantas mujeres que a diario viven ese infierno, sin embargo, lo más surrealista del caso estaba por venir.

Tras el enfrentamiento que tuve con el sujeto (llamémoslo O), quien aseguraba que sus conductas se debían a “celos” porque yo convivía más con otros compañeros que con él y porque en su mundo de psicosis, “yo lo había ilusionado”, se fue; sin embargo, días después, en una junta, mi jefa dijo que ya no éramos niños pequeños ni estábamos en la escuela para “andarnos acusando”, con lo cual evidentemente se refería a mí.

Mi primer reacción fue preguntarme, ¿qué debía hacer entonces? Yo no acusé a nadie, únicamente, (y después de darle un montón de vueltas al asunto), decidí que debía avisar a alguna autoridad sobre lo que estaba sucediendo.

¿Cuándo debía hablar para que mis palabras no fueran consideradas como un chisme de oficina? ¿Cuando el tipo se atreviera a golpearme? ¿Cuando no fuera capaz de contener esa rabia con la que me hablaba? ¿Cuando el temblor de sus palabras, quijadas y puño estallaran? ¿Cuando intentara violarme? O mejor, ¿yo no debía hablar, sino mis padres y amigos hasta que estuviera desaparecida?


#NiUnoMás


Qué pena que en un país en el que los #SiMeMatan de cada una de nosotras tiene razón de ser, seamos las mismas mujeres las que minimicemos las señales de alerta. Sí, se trata de homicidios, no de feminicidios, el asesinato de cualquier ser humano es igual de alarmante, pero también es un hecho que nosotras somos más propensas a cierto tipo de violencia, o simplemente se han normalizado situaciones como las que acabo de mencionar, las cuales nos ocurren con mucha más frecuencia a nosotras.

El colmo del mundo al revés es que el viernes pasado, casi antes de salir, O apareció en la oficina, como si nada hubiera pasado y saludando a todos sonrisa en cara. Mi jefa lo había llamado. Volver a darle trabajo es lo que ella considera que este hombre merece, aún cuando ella misma se quejó por haber recibido miradas lascivas de él (aunque a algunos les parezca estúpido sentirse incómoda por algo así) y los mismos compañeros varones lo confirmaron.

Por ahora nada es oficial, no sabemos si este editor volverá de planta o como freelance, lo cierto es que en caso de que la primera opción sucediera, yo pasaré al ejército del desempleo de papá Marx por seguridad y dignidad, pues no pienso convivir con el agresor.

Así, en este México en donde una es culpable por quejarse, por ser amable y hasta porque la maten, les agradeceré sus buenas vibras y sus ofertas de empleo.

Atenderlo es un placer

Hoy tuve que ir al Palacio Municipal de Texcoco a realizar un trámite burocrático. Al llegar ahí, me sorprendió el desconcierto de los trabajadores. Como yo, no tenían la más mínima idea de dónde o con quién podía dirigirme para el documento que necesitaba; su desconcierto me perturbó, parecía que nunca hubieran trabajado ahí. Ante esta situación me transformé en un Padre Brown texcocano, sólo que a diferencia del cura católico de Chesterton, yo no buscaba al criminal más peligroso de Europa, sino a alguien que me diera razón de mi trámite.

Después de interrogar a unos cuantos inocentes, una mujer de mediana edad me dijo:

– Ve con Andrómaca (nombre clave de la susodicha que tenía las respuestas).

Con sus instrucciones llegué al lugar. Ahí, me acerqué y pregunté por Andrómaca, pero una señora de unos sesenta años me contestó:

-Salió, regresa en media hora. – Ante ese comentario miré mi reloj. Tenía tiempo suficiente para ir al supermercado y comprar algo pendiente. -Regreso en 30 minutos – le contesté a esa dama de la tercera edad.


Catolicismo mexicano: el cura Gregorio VII versión mexiquense


Salí del Palacio Municipal. Caminé hasta mi casa. Tomé mi coche. Conduje al supermercado. Compré lo que necesitaba. Regresé y lo dejé en su sitio. Todo eso lo hice con una paz decimonónica. Al ver mi reloj me dije a mi mismo “¡vaya!, ya pasó más de media hora, debo regresar para encontrar a Andrómaca.”

Al pisar de nuevo el Palacio Municipal le pregunté de nuevo a la anciana “¿está Andrómaca?” y ella me contestó con voz de momia:

-Regresa en media hora. – Aquello me sorprendió y decidí sentarme en un silla de esa oficina gubernamental a esperar, quizás regresaría pronto. En ese lapso saqué mi celular, perdí neuronas y tiempo en Twitter, en Facebook; luego saqué un libro que llevaba, leí dos cuentos. Después de varios minutos, una chica más joven apareció en las oficinas, le consulté si era Andrómaca y me contestó: “no, regresa en media hora”.

Ahí me puse a pensar que Cronos conspiraba en mi contra… O la comprensión del tiempo era diferente en esa habitación. Saqué de nuevo mi libro y leí otros dos cuentos. En ese punto me sentí desesperado y me acerqué de nuevo a la anciana y le dije “¿tardará mucho Andrómaca?”, ella me dijo, con la voz de un monje shaolin, “regresa en media hora”.

Abrumado, me senté, ¿podría ver a Andrómaca? ¿Podría realizar mi engorroso trámite burocrático? No obstante, mientras me sumía en mis reflexiones, una chica llegó. La anciana volteó a verme y me dijo “Ella es Andrómaca”. Al parecer los maleficios de Cronos no sólo prolongan el tiempo mortal, también lo acortan, en esa oficina.

En menos de dos minutos le di mi documentación y salí del Palacio Municipal. Al ver la luz del sol sentí cómo esa oficina de gobierno había absorbido toda mi energía vital.

Por suerte, el trámite está ya hecho y vencí a la burocracia:

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Burocracia gubernamental 0

Agua que no sobra en el mundo al revés

Es bien sabido que desde la subasta de la Ciudad de México a las inmobiliarias, en el sexenio de Marcelo Ebrard, cientos de edificios brotaron a lo largo y ancho de nuestra capital como mala hierba.

Más allá de la contaminación del paisaje, la saturación de las vías y el aumento en la polución, hay un tema que no se trata mucho en los medios de comunicación: la escasez de agua.

Debo decir que en la zona donde vivo, pocas veces falta. El abasto es constante y muchos vecinos, incluso mi propio padre, se dan el lujo de desperdiciarla cada vez que pueden.

Sin embargo, desde hace unos meses, el agua ha empezado a escasear. Durante los 27 años y cinco meses que llevo viviendo en ese lugar, jamás se había tenido que recurrir a la compra de pipas hasta hace un mes.

Alarmados, muchos inquilinos comenzaron a convocar juntas para tomar medidas, pues entre sus argumentos, salió que debido a la constante construcción de departamentos a lo largo de la calle y la colonia, el agua ha dejado de llegar. Cosa que no es incorrecta, aunque tampoco tocaron otro tema.

Resulta que lo surreal del asunto no es la compra del agua o la disminución en nuestros edificio o que personas que llevan décadas viviendo ahí no tengan agua para bañarse, sino que pese a la situación, varios de mis vecinos continúan como el despilfarro de nuestro recurso.

Así es, mientras habitantes de otros departamentos buscaban contratar pipas y poner letreros por la falta de agua, hay señoras que lavan varias veces a la semana, lavan escaleras con cubetadas indiscriminadas y riegan sus plantas poco antes del medio día (cuando es bien sabido que eso se debe hacer en la noche para evitar la evaporación) sin que se inmuten ante tal circunstancia.

Mientras tanto, el letrero sigue ahí, la escasez se agudiza y la consciencia no llega. Historias cotidianas que ocurren en el mundo al revés.

 

El espectáculo del trompo en el Metro de la Ciudad de México

Su grito atrajo la mirada de las personas que viajaban en el metro: ¡Bienvenidos al espectáculo del trompo!, dijo, mientras aventaba el juguete de plástico al suelo. La mayoría de los ojos se posaron en él, como preguntándose, cuál sería el espectáculo prometido.

Entonces, el señor, de unos 45 años, comenzó a realizar suertes con la cuerda del trompo. Aquel juguetillo rosa abandonó el suelo y no lo volvió a tocar de Allende a Pino Suárez. Trucos como el carrusel, el ascensor, la vuelta al mundo, el columpio, el trapecio o la cobra aparecieron para deleite de los usuarios.

Algunos sonreían, como recordando su infancia; otros se tapaban la boca, sorprendidos; y un par más que decidieron obviar el momento, pues parecía que el juego en el celular estaba más entretenido.

El cuasi-mago del trompo lidiaba no sólo con la cuerda y su utensilio, también lo hacía con la mochila que traía sobre la espalda y la gorra, que le servía como sombrero de gala.

Cuando el metro comenzó su ingreso a la estación Pino Suárez, el encanto llegó a su fin. El mago tuvo que dar por finalizado su espectáculo, sino carecería del tiempo necesario para desfilar sobre el vagón y recibir “una moneda que no afecte su economía”.

Mientras el dueño del espectáculo caminaba rumbo al otro vagón, las caras de asombro y los recuerdos estacionados en las épocas de la niñez, se convirtieron en rostros adustos que sabían que el hechizo se había acabado y el camino a casa aún era largo.

 

 

Catolicismo mexicano: el cura Gregorio VII versión mexiquense

Hace unos días asistí a una misa en un pequeño poblado perdido del Estado de México. Nunca me han gustado las ceremonias religiosas católicas, su alienación y, en algunos casos, su mediocridad, pero en este caso el cariño que siento en nombre de quien se realizaba la celebración me hizo asistir a la iglesia.

Al momento que la ceremonia llegó al sermón del cura, éste se postró frente a nosotros y empezó a hablar. En otras ocasiones, he escuchado grandes sermones de sacerdotes que me han dejado satisfecho, como el de un cura que llamó a la solidaridad y la unidad familiar frente a la violencia derivada del narcotráfico, en una pequeña parroquia de Oaxaca.

No obstante, este no era el caso. De la nada, el cura empezó a hablar de la situación en Siria y de los musulmanes. Habló de cómo los moros mataban cristianos en Medio Oriente, e incluso, aseguró haber visto en las noticias masacres contra cristianos.

En ese momento, saqué del bolso de mi pantalón mi celular, quería verificar el día, mes y año. Quizás en esa iglesia había una ruptura del espacio tiempo de las que habla el filósofo David Lewis o la teoría de supercuerdas y habíamos viajado mil años al pasado. Pero, mi celular decía 2017, no 1017.

A pesar de eso, el cura siguió lanzando proclamas contra el Islam. En mi mente, pronto lo vi con el hábito de un Papa del siglo XI. Volteé el rostro para ver la expresión de las demás personas en ese recinto y vi sus rostros llenos de terror y furia. Si ese cura llamaba a la Guerra Santa, estaba seguro que muchos tomarían su espada en aras de la reconquista de Jerusalén.

Ante eso me quede calladito. Sin decir nada y me puse a pensar. Si este Papa medieval llama a la Guerra Santa hay tres razones por las cuales no lo seguiría en su lucha:

  1. Leí “Las Puertas del Paraiso”, de Marcel Schwob, “La Cruzada de los niños”, de Jerzy Andrzejewski y las “Cruzadas vistas por los árabes,” de Amin Maaouf. Para saber que los occidentales podemos ser más salvajes que los árabes, a tal grado de cometer canibalismo y comer bebés, como lo hicieron los cruzados en la ciudad de Maarat.  
  2. Si soy sincero, me vería mejor con un traje de guerrero selyucida, del ejército de Saladín, que con un traje de cruzado, no importa si es de caballero teutón, hospitalario o templario. Mis rasgos árabes y mi barba rizada lo confirman.
  3. No me interesa en lo más mínimo imponer una ideología religiosa sobre otra. Me gusta el catolicismo de San Agustín, en sus confesiones, la idea del amor y el perdón como los más grandes dones del ser humano. No evangelizar con una idea, susceptible de ser falsa, a los demás.

Por suerte, mientras pensaba eso, la misa terminó y salí feliz de la iglesia y de regresar al año 2017. Aunque me temo que muchas personas de la iglesia creyeron como ciertas las proclamas de ese Gregorio VII mexiquense.

Mi pastel de chocolate

Cruzo el Eje central, acabo de comprar un trozo de pastel en el Pasaje américa con lo último que me quedaba de la quincena. Sí, es un acto un poco estúpido: comprar una rebanada de pastel de setenta pesos cuando estás por quedarte sin dinero y las tripas rugen un poco, pero decía mi abuelo que gastar el dinero en comida en realidad no es un gasto.

“Señorita, señorita”, escucho, pero lo ignoro. ¿Cuántas señoritas pueden caber en esas hordas que cruzan de Madero a Juárez en fin de semana? “Señorita, señorita” de nuevo, pero ahora me dan tirones del suéter. Volteo y encuentro a una mujer de menor estatura que yo, lo cual ya es mucho decir, casi anciana, aunque no desvalida ni desnutrida.

—¿Me regala su pan?

“¿Quéeee?”, es lo único que puedo pensar.

—No —le respondo sin pensarlo.

—Gracias —me dice, mientras resbala por su mejilla una lágrima demasiado ensayada para mi gusto.

Mi acompañante le da unas monedas. Lejos de sentirme conmovida, me siento enfadada. En esta ciudad no se puede salir al parque, a comer o a caminar sin enfrentar un episodio de estos, y es quizá esta misma ciudad la que nos ha arrebatado esa sensación de dolor ante la desgracia ajena, pues hay tantas mafias, tanta gente que rehúye a las responsabilidades de vivir en un asilo o simplemente se niegan a trabajar, y aun teniendo casas propias en colonias como Lindavista, deciden que es mejor salir a vivir de los demás.

Nunca sabré si aquella mujer en verdad necesitaba ese trozo de pan más que yo y quizá sólo sufrió las consecuencias de un momento de mi ira combinada con hambre, lo cierto es que si me quiero reivindicar, no será muy complicado, bastará con salir a alguna avenida medianamente transitada y esperar.

No, no es obra de Bretón, es la Ciudad de México.

El taller

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Siempre supimos que el taller de papá era un enigma. No dejaba entrar a nadie y si alguien lo hacía sin su consentimiento, ¡pobre! Tenía todo tan desordenadamente en su lugar que se percataba si un sólo clavo estaba fuera de su sitio y no tenía reparo en reclamar para, después, investigar quién era el culpable.

 

Con el paso de los años, la madera que cubría algunas paredes del taller se humedeció y comenzó a caer como si se despellejara, por eso daba la impresión de que con cualquier lluvia o ventarrón se desplomaría. En relación con el resto de la casa, a la cual entre mis dos hermanos y yo le hicimos algunas mejoras, el taller parecía haberse estancado en el tiempo, que al parecer, al igual que nosotros también tenía prohibido el paso. Al taller sólo tenían acceso libre el polvo, los perros: El grande, Alfonso, Huker y Barbie; y los gatos: Agapito, Griselda y sus amigos felinos que a veces llegaban buscando dónde pasar la noche.

 

Por supuesto, la presencia de mamá era la más prohibida de todas. Ese huracán de limpieza que le veía semblante de basura a todo aquello que papá consideraba su tesoro y nuestra futura herencia, misma que aún no sabíamos valorar, por lo que era preciso alejar de nuestras manos de estómago.

 

Con el tiempo la curiosidad se nos apagó un poco, aunque no del todo. El taller, no me cabe duda, es como él, incomprensible, sigue lleno de enigmas aun cuando ya conocemos cada tornillo, tuerca, refacción, juguete, herramienta y cualquier otro tipo de objeto extraño que hay ahí.

 

Ese lugar, el lugar de papá, siempre tuvo algo de sombrío, sus paredes grises, ya con el tabique viejo y el olor a humedad, la tierra del piso, la grasa y los cuernos de chivo, cadáver testimonial de cuando mi padre cocinaba barbacoa, colgados en la entrada, le daban un aspecto tétrico, pero con todo, a mi Lucía nunca le provocó ni asomo de miedo. Desde que empezó a caminar le gustaba llevar el banquito de madera que su abuelo le construyó en ese mismo taller y sentarse a verlo trabajar, lo cual no era muy seguido por aquella época porque él siempre estaba de viaje o en el despacho.

 

Aun cuando creció, a Lucía le gustaba ir con su abuelo a conversar, no tengo idea de qué. Cuando terminó el bachillerato hasta estuvo a punto de estudiar Derecho, como mi papá. Pasaban horas juntos y a veces las risas se escuchaban hasta la calle. Ella y yo nunca hemos conversado así, pronto se nos acaban los temas y se abren grietas llenas de silencios incómodos o las charlas amistosas derivan en peleas campales. Eso es algo que tampoco podré comprender de él: cómo, con semejante carácter, logró ganarse el amor de mi niña.

 

Cuando Lucía y su madre se fueron de la casa había ocasiones en las que parecía que más bien ella iba al taller a ver a mi papá y no a mí. De repente los perdía de vista y luego aparecían en el jardín comiéndose un higo o una granada recién cortados o ya venían de la tienda con helados o paletas. A veces pienso que él la hizo tan berrinchuda y consentida como ahora es.

 

Por las noches, cuando ya era hora de llevar a Lucía a su casa, la buscaba por todos lados, hasta encontrarla en la sala de mi padre, tomando café y pan o tostadas con los frijoles refritos que él preparaba cuando sabía que ella vendría, viendo alguna película de Pedro Infante o Tin Tan, o a él transmitiéndole a Lucía la fascinación por los boleros de los Dandys o de los Tres Reyes, gusto que hasta hoy conserva.

 

La presencia de papá siempre fue escandalosa, era imposible que pasara desapercibido. Su voz grave hacía que todos a su alrededor voltearan a verlo. El taller es igual, además, es lo primero que se ve al entrar a la casa: está entre las dos puertas principales, como haciendo guardia, y de frente al jardín, porque a él le encantaba ver sus plantas y árboles frutales: “mi huerta”, decía.

 

Del otro lado del jardín está mi taller y hasta atrás de la casa, el de mis hermanos. Casi de manera inconsciente los construimos lo más lejos posible del de papá para evitar sus constantes regaños, sus “así no se hace”, “no, mijo, no seas pendejo” y sus repentinos cambios de humor.

 

Todos dijeron que un día nos arrepentiríamos de esa lejanía buscada adrede, lo cierto es que hoy que derrumban el taller no podemos sino sentir alivio porque ya no tendremos la zozobra de entender qué nos quiso decir papá durante toda la vida.

 

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Del pincel a la palabra, Manuel Arrubarrena

Manuel Arrubarrena, joven artista visual y novel literato, presentó el pasado viernes 17 de marzo su primer novela, Desde el olvido, en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia.  

Ante el escritor Gonzalo Suárez y la actriz Grecia Monroc, Arrubarrena señaló que la confección de su primera novela conllevó la misma meticulosidad que da a su obra visual, disciplina a la que desde hace algunos años se dedica de manera profesional.

Cada acontecimiento y paisaje narrado en la novela, confesó el originario de la Ciudad de México, requirió la misma dedicación y cuidado que el autor da a un cuadro, acaso por ello Desde el olvido tiene un tono romántico, ya que es muy gráfica en cuanto a los lugares donde se desarrolla cada hecho. La novela, calificada por el autor como histórica y thriller, tiene como marco la Batalla de Puebla.

Arrubarrena: cada acontecimiento y paisaje narrado requirió la misma dedicación y cuidado que un cuadro. Foto: Diana Ramírez Luna.

Desde el olvido, obra para salir de la cotidianidad

Gonzalo Suárez destacó la maestría con que las escenas de guerra fueron concebidas y confesó, con sorpresa, que imaginaba a Arrubarrena como una persona mayor por la madurez personal que denota en su prosa.

Desde el olvido, refirió el también escritor, es una obra distinta a aquellas que narran hechos bélicos, ya que más que abordar la Batalla de Puebla desde un punto de vista histórico, lo hace desde la perspectiva de la tropa, es decir, desde un punto de vista humano.


Conoce: Punto de quiebre, la novela política de Liceaga


Resaltó también la importancia de los personajes que aparecen en dicha obra, ya que están en constante cambio, lo que los vuelve entrañables y redondos, así como la inteligencia con que están pensados los diálogos y las reflexiones. “Esta primera producción literaria de Arrubarrena tiene todo lo necesario para trascender y convertirse en una obra clásica de la literatura mexicana”, concluyó.

Por su parte, Grecia Monroc hizo hincapié en que el tema de la guerra pasa a un segundo plano, pues se trata de un libro que habla de la humanidad en ésta o en cualquier época, de la empatía que genera y de la manera en que invita al lector a reflexionar.

Para finalizar su participación, la actriz citó varios fragmentos de la novela que le parecieron importantes, entre ellos, una frase que la impactó: “La guerra es una oportunidad de salir de la cotidianidad”.

Antes de concluir la presentación, el también artista visual habló acerca del proceso creativo de Desde el olvido. Señaló que ésta fue concebida mientras leía dos clásicos: Los hermanos Karamazov de Dostoievski y Los miserables de Victor Hugo, por lo que él considera que se impregnó de ese romanticismo.

También señaló que intentó cuestionar aquello que es considerado como “lo bueno y lo malo” sin dar respuesta, sino más bien abrir interrogantes, ya que uno de sus objetivos era confrontar al lector consigo mismo en cuanto a la parte ética. En lo que respecta a la época en la que situó la novela, confesó que su intención era jugar con los tiempos literarios y a partir de ello eligió un período que ninguno de los lectores hubiera vivido.

Los ejemplares de esta novela publicada por Acribus Editorial ya están a la venta en Amazon.com.

Desde el olvido, la primera novela de Manuel Arrubarrena. Foto: Diana Ramírez Luna.

Poema millennial

Tal vez no soy de memes o gift tiernos,
Quizá no te he dicho suficientes veces “te quiero”,
Seguramente nunca he sido el novio perfecto.
Hemos peleado tanto que ya he perdido la cuenta,
Unas por mi culpa
Y otras porque no te entiendo.

 

Hoy te noto agobiada,
Probablemente aburrida,
Peor aún sería decepcionada.

 

Pero no importa,
Porque yo seguiré para ti hasta el último de mis días,
Hasta que el cielo me alcance
Y la vida se acabe.

 

Porque espero que nunca olvides,
Que pese a mis fallas,
Mis incontables torpezas,
Mis infinitas descortesías,
Y mis absurdas decepciones
Yo te amo.

 

Por cada cosa que eres,
Por cada meta que logras,
Por cada sonrisa que me regalas
Por cada momento que me das,
Por la vida que me inyectas.

 

A ti, amante preciosa
De mejillas rojas,
Gracias infinitas,
Por haber llegado a mi presencia.

Su mirada, la más tierna de mi vida

Sus ojos se posaron sobre los míos. Su mirada tenía un brillo especial, ese que invita a perderse en su profundidad y nadar por sus aguas desconocidas con el deseo de descubrir su esencia. Desde que la conocí, quedé colgado de sus ojos y esos labios convertidos en delirio. Hacía unos meses que la había conocido, un junio de 2011, y ya sentía que la quería.

La noche nos había alcanzado, tras perdernos en las entrañas de la ciudad y del metro. El olor a palomitas, la tarde cayendo sobre la explanada de Bellas Artes, su voz deshaciendo mis silencios, mis ojos colgados de los suyos. Emprendimos el regreso a casa, con la esperanza de volver a vernos el lunes. No prometimos nada, pero una corazonada parecía revelarnos que así sería.

Camino al metro Nezahualcóyotl, rememoré la tarde que la conocí: corría por uno de los costados del auditorio. El silencio daba paso a la voz en el estrado. Su bolso se meneaba al compás del rápido andar. Su cabello era como la nuez a la sombra.

Le resaltaban los labios, apenas rojos, anchos pero delicados. De ojos esquivos y con tendencia al color de la almendra, miraba en busca de un lugar para sentarse. Lo encontró a la mitad del auditorio. Se sentó y giró su cabeza…

Fue un instante, una brisa que alivia el sopor, el cosquilleo estomacal. La necesidad de no apartarse nunca. Fue una mirada, el destino cayendo sobre los hombros. El anhelo del mañana. Fue una sola mirada.


Lee: Deseos de ti


Sonreía. Al llegar a la estación, iniciamos el ritual de la despedida. Me miró. Nos abrazamos y volvió a posar sus ojos sobre los míos. Quizá no había sucumbido a una mirada tan dulce como la de ella, como la de aquella noche de enero de 2012, cuando nuestros caminos comenzarían a juntarse para enfrentar las alegrías y dificultades de la vida.

Abrió sus labios para preguntarme aquello que tanto anhelaba. Le dije que sí, mientras entendía que el brillo de sus ojos, la ternura de su mirada, era la invitación aventurarnos en la más bella perdición del mundo: el amor.

 

La gigante de la montaña

Intenté abrir los ojos, me los tallé con el puñito de la mano para ayudarme a despertar, fue inútil. El calor generaba una atmósfera densa, sofocante, las mismas palmeras parecían padecerlo con sus movimientos lentos y fatigosos, lo que provocaba más pesadez en mis párpados convertidos ya en plomo, tras las horas de viaje en carretera, la estancia en la alberca, los mariscos y la viveza del sol mordisqueando la piel.

 


Conoce: La isla de los lagartos verdesmeralda


 

Intenté que mis pestañas superiores se despegaran de las inferiores, pero estaban como tejidas entre sí. El sueño era muy placentero. Aunque sudaba, el viento generado por el ventilador me golpeaba la espalda y lo sentía en armonía con mi respiración, lenta y profunda. Inhalaba y aspiraba por la nariz, pues sólo cuando hace calor puedo hacerlo sin sentir constipadas las vías respiratorias.

 

Comenzaba a sentir la parte frontal de mi torso sudorosa y eso me generaba comezón. Quería abrir los ojos, moverme para secarme el sudor, pero el aire cálido era tan agradable que en vez de eso, me arrancaba sonrisas, ensoñaciones fantásticas y más ánimos de dormir.

 

Mis manos y pies colgaban, soñaba que era una gigante que tras horas de calurosa caminata y búsqueda del lugar perfecto para morar, se adueñaba de una gran montaña y se tendía a dormir sobre ella, en donde apoyaba su barriga para desentenderse de sus extremidades y dejar de imprimirles fuerza.

 

Al fin me rendí. Mis párpados de plomo y mis pestañas entretejidas no me permitieron despertar, así que lo hice quizá unas horas después o quizá hasta el día siguiente. Cuando volví de aquel mundo de gigantes y montañas, levanté un poco la cabeza y miré a papá que me dedicaba una sonrisa blanca y esa mirada ocre que tanto me gustaba. Sólo supe quitarme el cabello de la cara para verlo mejor y entonces comprendí que no estaba tan equivocada, ahí, extendida sobre la panza de papá, era una gigante que todo lo podía.

La isla de los lagartos verdesmeralda

Era la primera mujer a cargo de la capitanía de un barco y estaba orgullosa de eso. Nos dirigíamos vía terrestre a la costa para zarpar y comenzar la aventura de nuestras vidas: la búsqueda de la isla de los lagartos verdesmeralda. Únicamente en las costas de Tuxpan, Veracruz, se les había visto y, aquellos que habían logrado probar su carne aseguraban que además de ser deliciosa, con sabor agridulce y de una suavidad increíble, tenía efectos alucinógenos, más que cualquier hongo o hierba hasta entonces conocida.

Contaban los nativos que al ponerse en sol, la marea comenzaba a subir y el agua del río, como magnetizada por el mar, descendía para unírsele por un momento. Entonces los lagartos verdesmeralda pasaban corriendo sobre el agua para, segundos después, desaparecer como tragados por el aire. A la sazón se formaban pequeñas islas dentro del inmenso río, y ese era el momento justo para desembarcar y cazar a los lagartos, pero había que ser hábil y ducho, porque el evento no duraba más de quince o veinte minutos, tiempo aleatorio, de tal suerte que el río volvía a llenarse con gran velocidad y presión, como si se tratara de una alberca gigante.

Al llegar a tierra y convidar a la gente de su descubrimiento, el primer hombre que logró atrapar a un lagarto, no se hicieron tardar las expediciones en busca de la codiciada fauna alucinógena. No obstante, ningún marino había podido atrapar más de uno de esos seres, por lo que nuestra expedición era la primera en lanzarse al mar con el equipo necesario para hacer ese viaje de varias leguas hacia el Golfo.

-¿Me pasas la bolsa de papas?

-Aquí la tienes. ¿Quieres refresco?

-Sí, mamá. Por favor.

-Toma. No lo vayas a tirar que hay muchas curvas. Y no comas de más, que la carretera siempre te marea, no queremos que vomites, ¿verdad?

-No, ma…

-Come con cuidado, vienes escribiendo y te puedes marear más fácilmente.

-Y tampoco te duermas, ya falta poco para llegar.

 -¿Cuánto falta, papá?

 –Estamos a media hora de Tuxpan.

Decidimos hacer la expedición con tan sólo diez hombres y once mujeres, además de mí. Mientras viajábamos por tierra en un coche arrastrado por dos caballos color canela, planeábamos qué tipo de provisiones era pertinente llevar, cantidades, la ruta a seguir, el tiempo estimado y todo lo que hace falta saber antes de levar anclas.

Éramos veintidós personas dispuestas a conquistar las islas de los lagartos y nada nos detendría. En la costa ya había hombres esperándonos con un pequeño barco construido por ellos mismos, listo para recibirnos y hacernos a la mar al día siguiente.

Cerca de la media noche llegamos a La Mata, lugar donde hombres y mujeres, amigos del abuelo, nos recibieron con algarabía, nos proporcionaron camas para dormir, comida y baños para despejarnos del viaje de horas que habíamos hecho. Esa noche, la última en tierra, nos pareció eterna. Me atrevo a decir que no fui la única que no durmió, porque en el ambiente se respiraba la densidad de la tensión, de lo desconocido e inesperado, de la aventura y el miedo.

-Ya casi llegamos. ¿Quieres pasar por un helado antes de llegar con tus padrinos?

-¡Sí!

-¿De qué sabor lo vas a querer?

 -De pay de limón, papi.

 -¿Con cubierta de chocolate?

 -Sí, y en una canasta.

 -Perfecto, muñequita. Bájate a ordenar junto con tu mamá y tus tíos mientras yo encuentro un estacionamiento.

En vista del tamaño del barco, tuvimos que disminuir las provisiones que teníamos planeadas para el viaje, así que sólo cargamos con la mitad de lo previsto. Comenzamos con los trabajos a las cuatro de la madrugada y zarpamos a las siete de la mañana, con una brisa estival golpeándonos el rostro, pero no los ánimos. Íbamos en busca de uno de los mayores tesoros jamás imaginados, así que lo que en realidad soltó amarras ese 14 de mayo de 2000, fueron veintidós personas convencidas de que no regresarían si no traían entre sus pertenencias fardos de lagartos verdesmeralda.

-Ya llevamos los refrescos, la botana, los condimentos, el asador y todo lo desechable. ¿Falta algo más, compadre?

-No creo, compadre. Con eso está bien, el paseo no durará más de seis horas, estaremos de vuelta antes del anochecer. Ya nada más faltan mis hijos, siempre sí nos van a acompañar.

-Pues entonces nos vamos en cuanto ustedes digan.

Tardamos media hora más de lo estimado en salir del puerto, esperábamos a tres elementos más que a última hora decidieron incorporarse a la expedición. Era un día de carnaval y la gente nos despidió en el muelle agitando las manos, nos deseó suerte y nos gritaban “¡verdesmeralda, verdesmeralda!”, como bautizaron la nave, mientras nosotros, observándolos, cada vez escuchábamos voces más tenues y más nítido el murmullo del mar.

Nos internamos y navegamos dos días, hasta llegar a la zona donde supuestamente encontraríamos las islas cuando llegara la puesta del sol. Detuvimos el barco y esperamos a que la intersección entre el día y la noche nos alcanzara. Faltaban cerca de dos horas, así que decidimos que era buen momento para comer.

-Niños, ¿les sirvo filetes?

-Sí, por favor, padrino.

-Sí, papá. A nosotros también.

-Aquí tienen, en la hielera pequeña traemos limones para que los preparen y en la grande refrescos.

-Niños, ¿ya se pusieron bloqueador?

-Yaaaa…

-En cuando suba la marea el río quedará vacío, coman para que cuando eso suceda puedan bajar sin problemas.

Con la puesta del sol se avivaron nuestras expectativas. La tripulación entera posó sus miradas sobre esas aguas diáfanas que no tenían principio ni fin, autárquicas y caprichosas. En cuanto el azul del cielo se tornó en ese morado que da paso a la resistencia de la noche, donde pugna por posarse sobre las estrellas, el nivel del río comenzó a descender hasta quedarse casi vacío. Entonces aparecieron las pequeñas islas, como si sólo se tratara de cúmulos de arena en medio de una inmensa playa, cubiertas de conchas y galletas marinas.

La tripulación se quedó estupefacta frente al espectáculo, pero ante mi reacción, como capitana, todos despabilaron y abandonaron el barco para bajar a explorar la zona. Finalmente, teníamos escaso cuarto de hora para cumplir nuestro cometido. Yo fui la primera en pisar tierra, tomé un puño de esa arena tibia y la derramé sobre mis pies sin poder dejar de mirar cómo refulgían las pequeñas partículas de ese polvo casi líquido.

Los demás elementos estaban igual de deslumbrados que yo. Aunque tratara de disimularlo, el brillo de mis ojos me delataba ante los de ellos y eso, a su vez, los hacía sentirse libres de tomar las enormes conchas de quince centímetros de radio y, dentro de ellas, guardar las frágiles y quebradizas galletas de mar.

No transcurrieron más de tres minutos cuando los lagartos verdesmeralda se hicieron presentes y pasaron corriendo sobre el agua. Eran del tamaño de la palma de mi mano, veloces, tornasolados y daban el aspecto de ser elásticos.

Dos de mis hombres los persiguieron en vano, así que corrí por las redes que habíamos preparado y entre varias mujeres la lanzamos cuando vimos un grupo de lagartos corriendo hacia el agua y, acto seguido, los demás elementos de la tripulación imitaron nuestros actos. Atrapamos a cincuenta, quizás, pero entonces comprobamos su elasticidad, pues se estiraron como ligas para escabullirse por los orificios de la red.

Entonces comenzamos a escuchar que el murmullo del agua nos daba un consejo o una orden; era preciso regresar al barco. Hubo unos segundos de quietud y silencio, nos miramos unos a otros y, como esperando que yo respondiera a sus interrogantes, me observaron inquisidores.

-¡Al barco, tripulación!- grité.

-Suban todos a la lancha ya, niños. Está por entrar la noche.

-Padrino, otro ratito.

-No, pequeñuela, ya no se puede.

-Papá, déjanos otro ratito…

-Por hoy no se puede, el río va a regresar a su nivel en unos minutos, pero si se portan bien, mañana podemos volver a la isla de los lagartos verdesmeralda.

 

 

Promover la lectura como motor de vida: 13° Tianguis de libros en CU

Un libro puede salvarte la vida

13° Tianguis de libros en CU
Del 7 al 11 de noviembre, Ciudad Universitaria es sede del 13° Tianguis de libros. Foto: Aideé López Rivera.

Esta semana, el 13° Tianguis de libros de Ciudad Universitaria es sede de varias actividades que promueven la lectura como una manera de resistencia ante la compleja situación social y económica que se vive en el país. Con la afirmación “un libro puede salvar una vida”, la Brigada para Leer en Libertad, organizadora del evento en conjunto con la UNAM, transmite la esperanza de vivir mejor si nos apropiamos del aprendizaje que los libros nos dejan al recorrer sus páginas.

 

Los esfuerzos de muchas personas que están seguros que las presentaciones culturales logran cambios benéficos en la población mexicana se ven reflejados al asistir al Tianguis de libros que comenzó el lunes 7 y será levantado el viernes 11 de noviembre. Estos días, la explanada oriente de la Torre II de Humanidades tiene un ambiente acogedor y atractivo para los que quieran pasar a escuchar música en vivo, acudir a las presentaciones de libros, participar en diálogos culturales y disfrutar del olor a libros viejos y nuevos.

Un libro puede salvarte la vida.
>>Un libro puede salvarte la vida. Foto: Aideé López Rivera.

 

Durante la jornada del miércoles, a la una de la tarde, las reflexiones se enfocaron a enriquecer el pensamiento con la lectura para comprender las situaciones difíciles que viven personas de todo el mundo y que, finalmente, no están alejadas de las nuestras. Los libros nos hacen tomar conciencia de la realidad y, a su vez, enfrentar su crudeza con la magia de trasladarnos. Así lo expresaron Salvador Vázquez y Ezra Alcázar durante la presentación del libro ¿Puedes vivir con un dólar al día?, del periodista italiano Giovanni Porzio. Al final de la presentación, cada asistente recibió como obsequio un ejemplar de la obra cortesía de la brigada Rosa Luxemburg Stiftung y personas que suman sus esfuerzos a la distribución gratuita.

 

A las dos de la tarde, Paco Ignacio Taibo II hizo una amplia reflexión sobre la situación laboral de nuestro país y enlazó experiencias de la crisis actual con historias del movimiento anarcosindicalista de Cataluña, entre 1917 y 1923. De ese movimiento y sus vivencias habla su libro Que sean fuego las estrellas. El escritor ennobleció el poder de la lectura al mencionar el derecho y la obligación que todos tenemos de construir nuestra propia historia con lo que vivimos y lo que leemos.

Paco Ignacio Taibo
Paco Ignacio Taibo II reflexionó sobre la situación laboral de nuestro país, a través de su libro “Que sean fuego las estrellas.”. Foto: Aideé López Rivera.

El Tianguis de Libros es parte de las ferias de libros que se han llevado a cabo este año por conducto de la Brigada para Leer en Libertad. La presentación de libros y su distribución gratuita son atractivos principales pero los objetivos van más allá de adquirir un libro, pues en este espacio se incentiva a los asistentes a compartir sus libros, invitar a sus seres cercanos a leer y permitir que una historia mejore su entorno. No se trata sólo de leer, se trata de valorar esa acción como un tesoro que da vida.

#NuestrosMuertos: Reminiscencias

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“La existencia de la humanidad representa un suspiro en el universo. En ese sentido, la vida de toda mujer u hombre, simboliza mucho menos que un suspiro. A lo más, una posibilidad. “…somos en la tumba las dos fechas, del principio y el término…” dicen los versos del poema “Epitafios” de Jorge Luis Borges. Y en efecto, cuando caminamos por un cementerio no podemos evitar observar placas en las que se marcan los años de paso por el mundo de cientos individuos que se encuentra en esos recintos, con una fecha que marca el inicio de la existencia. Otra, que la termina abruptamente.

En ocasiones se olvida que aquellas placas de concreto guardan en sí la noción de algo infinito, que es la vida de una persona. Desde muy pequeño siempre me gusto la palabra epitafio. No recuerdo la primera ocasión que la escuché, pero puedo rememorar que me quedé desconcertado ante ella. Era una palabra utilizada en ocasiones muy precisas. Y me fascinó descubrir que simboliza un texto que honra a un difunto.

Con el tiempo supe de algunos grandes epitafios escritos para poetas o conquistadores. El de Alejandro Magno dice: “Basta esta tumba, para quien no bastaba el mundo”. O el de José Saramago, sacado de la frase final de su novela “Memorial del Convento” y que está escrito al lado del árbol donde yacen sus cenizas en las costas de Lisboa: “…no subió al cielo, porque pertenecía a la tierra”.

No obstante, a pesar de la grandeza y belleza de los textos de los epitafios, algo que me sobrecoge el corazón es que jamás podrán honrar en su totalidad la vida de una persona. Acaso nos hemos detenido a pensar, ¿cuántos momentos, secretos y misterios guarda nuestro paso por el mundo? ¿Qué hay detrás de esas dos fechas? ¿Qué se esconde en el interior de ese breve texto? La gente olvida que son precisamente esas lapidas las que guardan todos esos enigmas.

En la vida de toda persona se oculta el amor que mereció y aquel que no supo dar. Los sueños realizados y aquellos que se perdieron en el abismo del tiempo. El cariño y afecto que se dio a los que quiso. Los momentos vividos con la pareja, los hijos, nietos y otros tantos familiares. Varios sitios amados. Nuestra fe, nuestro odio, nuestra decepción y nuestro amor. Cuando la vida de una persona se eclipsa se van con ella casi todos sus secretos. Sus pesares y anhelos. Y sólo es en ese momento que aquellos que vemos morir a nuestros seres queridos entendemos lo poco que conocimos a esa persona. Lo poco que compartimos con ella. Y la vida que existió más allá de los momentos en los que coincidimos.

 

Ante esto sólo podemos atarnos a las reminiscencias de nuestra memoria. A esos días que ahora pasaran a ser nuestros recuerdos de alguien que amamos y que fue importante en nuestra vida. Recordamos su olor, su voz, algunas de sus frases…

 

Qué extraño suena de repente decir “cómo decía…” Porque esa frase revela una realidad: pensamos en la compañía de alguien que ya no está presente con nosotros y que nunca más volveremos a ver. Y es por este crudo hecho que logramos entender que la gente que nos deja tiene la fuerza y vida que le damos quienes nos quedamos para recordarlos. En ese sentido, los epitafios jamás podrán honrar la vida de un ser querido. Esa tarea nos corresponde a nosotros. Con nuestra memoria y corazón. Con los recuerdos que tenemos de los que se han ido y ese poco de vida que compartimos juntos.”

Mejores amigas

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Había sido un mal día. De los peores.

 

Discutí con papá porque olvidó que tenía clase –quizá incluso olvidó que ese día me tenía en casa- y se fue a una cita de negocios sin el menor apuro; cuando volvió, ya era tarde para ir a la Facultad, así que me regresaría a casa. No tenía tiempo de llevarme y tuve que viajar en metro, donde hacía un calor equivalente al concentrado de todos los círculos del infierno de Dante. El metro hizo un recorrido estimado para 50 minutos en hora y media y, al salir, vi atisbos de que el cielo, como yo, quería llorar.

 

Decidí que no tomaría taxi, caminaría hasta casa. No, tampoco iría a casa, iría al Miguel Alemán a caminar y tomar un poco de aire. Sonó mi móvil, era Óscar. La noche anterior habíamos discutido por el rumbo que estaba tomando la relación: él me lo dijo claro, no quería una relación seria y si eso era lo que yo buscaba, él no era el hombre correcto. Apagué el teléfono.

 

Mientras caminaba hasta el parque me vinieron a la mente diversas situaciones por las cuales estaba atravesando. El innombrable tema de la tesis, mi recién perdido empleo debido a la quiebra de la editorial, el servicio social que aún no comenzaba, el libro de relatos cuya publicación estaba en el limbo, mi informal relación con Óscar a quién yo ya no sabía si quería u odiaba por llenarme de mimos y caricias, pero siempre sin certezas de ningún tipo, y por Rodrigo, quien tras haber desaparecido sin motivos de mi vida durante medio año, había vuelto con un speech de redención. Además de la situación de mi padre, que a ratos, parecía olvidar que yo existía, aun cuando tuviéramos tan establecidos nuestros horarios para vernos. Jan, una de mis mejores amigas y la que vivía más cerca de mi casa, había dejado el gimnasio y ahora casi no nos veíamos, salvo extrañas casualidades, así que no tenía con quién conversar; la extrañaba mucho.

 

En menos de lo que pensé, ya había llegado al deportivo. Me paré frente a él y vacilé en entrar, pero al final, lo hice. Me senté en una banca y observé a los jugadores de americano, a las chicas del equipo de atletismo, a las parejas que caminaban de la mano. Todos felices. Salí de ahí, no estaba ayudando demasiado el escenario.

 

Comenzaba a oscurecer y en menos de media hora, seguramente, caería la noche, así que opté por sentarme en una banca afuera del deportivo. Miré hacia la avenida, me quedé absorta en nada. Prendí un cigarro.

 

Sentí una mano en la espalda, me espanté. Di un pequeño brinco y giré la cabeza.

 

-¡Vaya! Tengo toda la tarde llamándote, pero me manda a buzón. Supuse que estarías aquí.

-Apagué el teléfono, no quería que me molestaran.

-¿Quién te molesta?

-Bueno, en realidad nadie. Sólo Óscar. Y eso, sin mucho ahínco.

-En ese caso, los demás no tendríamos por qué pagar las consecuencias de lo que hace ese pelele.

-Ya sé. Lo siento.

-Vamos, dame ese cigarro. Mejor te invito un helado, ¿qué dices?

-Digo que está comenzando a llover y no tengo ganas de nada.

-Ay, no seas dramática. Es más, qué te pregunto, vamos.

 

Me tomó de la mano y me arrastró hasta el interior de mi heladería favorita que se encontraba cruzando la calle, sin preguntarme, ordenó un helado doble de triple chocolate. Yo hablaba en serio, no tenía ganas de nada, pero al verlo ahí, frente a mí, no tuve opción. Como siempre, les tentaciones tienen la virtud de arrasar con mi voluntad y esta no fue la excepción.

 

Durante el tiempo que estuvimos sentadas dentro de la heladería, ella no dijo nada, se limitó a sonreírme de vez en cuando y a escuchar con paciencia mi silencio, porque sabía que en cualquier momento se quebraría y sólo entonces ella hablaría.

 

En efecto, comencé a hablar y ella me escuchó atenta.

 

-¿No dices nada?

-Nada, no. Digo lo que ya sabes, pero si quieres que te lo repita, lo hago. En primer lugar, digo que ya conoces a tu padre y no debes tomar las cosas tan a pecho con él, es distraído y un poco desatento, pero eso no quiere decir que no te quiera. Digo que no estás para soportar ninguna situación con la que no estés plenamente feliz y que tú eres capaz de lograr lo que quieras, como lo has demostrado siempre; una tesis no tiene por qué causarte tantos conflictos. Digo que ya hallarás un trabajo mucho mejor y que no te pasará nada que no deba pasarte, pero debes tener paciencia, tesón y orgullo, pero sobre todo, ser consciente de que tú mereces eso que deseas y más.

-¿Tú crees?

-No. Estoy segura. ¿Sabes cuál es tu problema?

-¿Que tengo un periodo de mala suerte?

-¡Claro que no, baby! Que eres demasiado perfecta y hasta a ti misma te cuesta trabajo creerlo. ¿Cómo no quieres que a los demás también les cueste y les horrorice echarse el paquete de una profesionista independiente que se dedica a lo que le apasiona, joven, bonita y además se dedica al deporte?
Entonces me reí. Ella también.

-¿Nos vamos?

 

Salimos de la heladería y las gotas de la breve, pero intensa lluvia ya comenzaban a evaporarse. Miramos hacia el horizonte y vimos un cielo estrellado con una luna roja e inmensa. Al llegar a casa, ambas sacamos nuestras llaves. Antes de introducirla en la cerradura, la abracé con todas mis fuerzas.

 

-Gracias, mamá. Por eso te amo.

Hermanito

Es tu hermanito. Lo veía y no lo creía. Mamá se había ido por dos días y había regresado con un bebé de cabello abundante y lacio, tenía rasgos muy similares a papá. Tienes que cuidarlo porque eres el mayor, dijeron. El niño miraba de un lado al otro, intentando reconocer el nuevo espacio donde estaba.

 

El bebé creció. Mis papás continuaron la tradición de los dos nombres: José Manuel, se llamó. Su cabello crecía junto al parecido con mi papá. Después, flashes, instantes que atesoro en mi cabeza gracias a las fotos de la infancia: fotos junto a otro bebé de su edad, ahora con un uniforme de las Chivas, vestido con traje de cadete, ahora con botas y camisa cuadrada, pasteles de cumpleaños, su pelo siempre revuelto.

 

Me detengo en aquel recuerdo; domingo de fiesta, para facilitar las cosas, nos habían juntado nuestros respectivos cumpleaños. Yo tenía seis, él tres. Dulces, comida y un pastel decorado como si fuera una cancha de futbol. Velitas, fotos, abrazos, mordida, momentos tatuados en papel y que vuelven a mi cabeza cada 24 de mayo.

 

Seguía creciendo. Ahora usaba lentes y estaba a punto de salir de la primaria. Aquella mañana que ese ciclo cerraba, nos dimos cita para verlo recibir sus documentos y derramar algunas lágrimas por los amigos que dejaba atrás.

 

Le tomé fotos por aquí y por allá con la vieja cámara de mi papá. En la secundaria se rebeló como lo tenía que hacer un buen adolescente. Gruñía y confieso que luego trataba de molestarlo para que se enojara más.

 

Después, el mundo nos dio un vuelco cuando en casa comenzó a faltar el dinero. A nuestra forma pusimos cara a la tormenta, pero nos alejamos el uno del otro.

 

Dicen que los hermanos mayores influyen en los gustos musicales de los menores. Eso es parcialmente cierto, pero en mi caso, Manuel cambió los míos; si algo sé, es por él.

 

Nunca se lo dije, pero me fascinaba verlo jugar futbol; a veces escondía el balón con esas jugadas de fantasía que sólo algunos saben realizar. Cierro los ojos y veo aquella playera marcada con el número 6 y su nombre, aquellos tacos tan parecidos a los míos y sus gritos para acomodar a sus compañeros. La verdad es que desearía volver a jugar futbol con él.

 

Lecciones de la vida

El tiempo supo cómo volvernos más cercanos, justo cuando tuvimos que afrontar aquel viacrucis. Habría dado lo que fuera para evitarle ese extraño momento, no pude; pero sé que nunca lo dejaría solo. Si una lección me ha dado la vida es que aún en las peores tormentas, los hermanos están ahí para levantarte, extenderte la mano y ayudarte a seguir. Así fue aquella vez.

 

Las horas me consumían, extrañaba ese humor extraño que le afloraba justo cuando la situación era más tensa. Ya era tarde, el reloj no detenía sus horas y todos lo esperábamos. Salió, imposible evitar el llanto. Se dirigió a nosotros y nos fundimos en un abrazo que recompuso más de un alma.

 

Lo he visto llorar, enojarse, reír, burlarse de todo, gritar, celebrar, cantar, tomar, caer, aprender, levantarse, continuar; en una palabra: vivir. Hoy cumple 23 años. Hoy lo entiendo y agradezco, es mi hermanito.

Reportaje

–A ver, repite todo desde el principio.

—Pero oficial, ya le dije a su compañero que yo no soy el responsable.

—No te pregunté si tú fuiste el culpable, te pedí que repitas cómo fue. Es la única forma en la que te puedes librar de este problema.

—Está bien.

 

Todo empezó por la televisión. A decir verdad no la enciendo muy seguido pero en esa ocasión me llamó la atención una mancha que escurría. Parecía una especie de baba con ligeros tonos en rojo. Recorría el borde del LCD y terminaba justo antes de llegar al panel de los botones. Tardé mucho tiempo en removerla porque a pesar de notarse seca, se mantenía viscosa.

 

Días después empezaron a ocurrirme situaciones fuera de lo cotidiano. A plena luz del sol, el foco de la cocina se movía como un péndulo. A la fecha sigo creyendo que era una corriente de aire o los pasos de mis vecinos.

 

Fue una etapa muy molesta, porque además de eso, objetos como mis llaves o la cartera, se caían; no importaba qué tan lejos de la orilla estuvieran, se azotaban con mucha fuerza. No le tomaba mucha importancia porque estaba en la investigación de un reportaje para denunciar a un grupo dedicado al tráfico de menores de edad.

 

Este grupo fue detenido por Ecatepec en el momento en que le sacaban los ojos a un pequeño de cinco años. Muchos medios sólo se limitaron a difundir la captura de estos tipos y a dar unas cuantas cifras de sus víctimas. Al menos 18.

 

Las cosas empezaron a empeorar cuando busqué la entrevista con el líder de ese grupo. Aquel día, sólo el cristal de mi ventana se partió por un fuerte aire, además, del baño comenzó a salir un aroma a piel quemada. Cuando salí para verlo en el reclusorio, el mismo aroma me seguía. Estaba impregnado sobre mi ropa. Al llegar con el tipo condenado a cadena perpetua, me miró de una manera retadora, casi sarcástica.

Me senté frente a él y sin decirle nada me dijo: “No tienes idea de lo que preguntarás, ¿cierto?”. Me quedé tieso porque a pesar de haber memorizado el caso, en efecto no sabía por dónde empezar. Aun así traté de no mostrarle mi sorpresa.

 

—Dígame, señor Ortiz ¿Qué lo motivó a…

—El mal.

—Quiere decir que…

—Fue un tributo al mal. Se lo debíamos y estábamos deseosos de probar nuestra devoción. Ustedes se creen inmunes, pero su Dios los ha abandonado.

 

Y soltó una carcajada para después golpearse contra la mesa hasta despedazarse los dientes y el tabique. Los guardias llegaron para detenerlo pero su cara la había convertido en una figura de plastilina. Más que golpes, sus lesiones lucían igual a quemaduras de tercer grado y sus ojos estaban totalmente negros, pero con la textura de pasas podridas.

 

Salí corriendo para poder hablar con los padres del niño, ahora ciego de por vida.

 

Al llegar su casa en la calle de Monterrey, nadie abrió. Estuve cerca de media hora, pero no hubo respuesta, sólo los pisadas de un animal que se acercaba y olfateaba cada vez que tocaba el timbre.

 

Fui a mi departamento para tratar de escribir mis avances, pero constantemente tocaban mi puerta. Creí que era algún bromista pero por más que intenté, no logré atraparlo.

 

Estaba desesperado y salí por un par de cigarros y una coca para mantenerme despierto. Ya de regreso, justo una calle antes de que yo llegara, un pequeño carrito de fricción salió de una puerta, tras él un niño pequeño. Se detuvo y cuando tomó su cochecito, volteó hacía mí. Quedé perplejo al mirar al chiquillo desollado de la cara y sin ojos. Me sonrió y me dijo “Sigue adelante, te estás acercando”.

 

Corrí incrédulo ante tal situación. Quise olvidar aquella imagen pero no podía. Su rostro, rojo como lava volcánica se había impreso en mi pensamiento. Jamás olvidaré el estampado de conejito en su playera verde.

 

Me quedé despierto hasta pasadas las cinco de la mañana y algo me motivó para regresar a la morada de la última víctima. Estaba consciente de mi imprudencia pero no pude resistir tener al menos un contacto con los padres. Al llegar a su casa, el zaguán estaba entreabierto desde antes de llegar noté cómo se abría y cerraba muy despacio. Me detuve para tocar, pero volví a ver la misma acción. Tres veces se cerraba y abría con mucha precisión. Cada parte de mí se estremeció y había optado por retirarme lo más rápido posible. Sin embargo un grito histérico me envalentó y abrí la puerta. Sobre el pasillo yacían tres cuerpos irrigados con sangre. Era el pequeño y sus padres. Una voz como suave viento me susurró “llegaste tarde, será mejor que hullas”. Mi primera reacción fue largarme pero la puerta se azotó con tal fuerza, que dobló la chapa principal. El viento gemía y del piso se escuchaban cómo los cuerpos se arrastraban queriendo llegar hasta a mí. Jalé con tal fuerza que corté mis manos hasta que pude abrir.

 

Ahí fue donde los patrulleros me detuvieron y me trajeron aquí.

 

—Tengo una duda.

—Le juro que es toda la verdad.

—Shh. Dices que el niño que viste esa noche tenía una playera de conejos.

—Sí.

—Su cabello era negro y quebrado.

—No tengo idea. Estaba oscuro y no veía nada.

—De casualidad no es el mocoso de esta foto.

—Sí, creo que es él. ¿Por qué tiene una foto del pequeño?

—Por una sencilla razón. Es mi hijo. Se llama Diego y tiene dos años de muerto. Lo ofrecí en tributo como una manera de conseguir mi ascenso; y sabes algo: funcionó.

 

Ahora tú, reporterito verás de cerca lo que comúnmente se le conoce como rito satánico. En cuanto a la miserable familia que viste, digamos que se opusieron a que termináramos con nuestra misión. Por cierto, las patitas que escuchaste, eran de su maldito perro. Me mordió pero compartió el destino de sus dueños.

 

Ahora tú, reporterito de cuarta, verás de cerca lo que comúnmente se conoce como rito satánico. Llévenselo muchachos y asegúrense de que no se desmaye hasta terminado el ritual.

Estatua

Me niego a ver tu rostro, es eso. Paso de largo con la sangre agolpada en el estómago y el frío en la cara. De arriba abajo me recorre el escalofrío de naúsea y sólo se escucha tu silencio de pátina, como un halo de nube helada.

 

Pero debo posarme un momento al lado tuyo, y es un mal que atrapa, no es costumbre ni norma pero llego a ti y me pasmo, aunque huyendo.

 

Es de día y no me parece que el terror pueda revelárseme en el vacío de tus ojos de pátina y en tu gris estampa, no me parece que, como anoche, el mundo se agigante a cada paso que doy para hundirme en la tierra, convertido en un gusano, arrastrándose para huir de tu gesto ahogado.

 

Cruzo la calle y me atrevo a mirarte, poco a poco, hasta que me acostumbro a cada una de tus grotescas formas, pensadas para admirar, para respetar tu recuerdo, pero que la torpeza de unas manos esclavizadas conviertieron en aparición desgraciada.

 

No sé quién eres y cada día te asomas como la sombra que queda de nuestros recuerdos de asco, del camino decadente y desdeñado, del amor que se da por lástima y se quiere olvidar.

No quiero ver tu rostro, me niego a ver tu rostro que es el mío. ¡Mentira! No soy yo quien te mira desde arriba con tus ojos muertos, quien te ve como un gusano que se arrastra ante mi gris estampa. No me temas… no me temas.

Nosotros

Quizá era la emoción del reencuentro, las cenizas que con el viento avivan el fuego o el despertar de un amor que dormía su siesta. Pero estábamos ahí, frente a frente, como tantas tarde de otoños pasados. Te miré hermosa, algo había cambiado y no era el tamaño de tu cabello ni el brazalete que adornaba tu mano. Tenías un brillo distinto, como si el invierno no pasara por ti, como si formara parte de esa corona que rodeaba tu cuerpo.

 

Me seguiste, aunque sospechabas que, otra vez, estaba perdido. Anduvimos en busca de una calle extraviada en mi memoria. Hay cosas que no cambian y tu distracción es una de ellas, pensaste. Sin embargo, sabíamos que el destino nos tendría una buena sorpresa.

 

Extendió una carta bastante cuidada. El lugar llamó nuestra atención, tal vez porque somos asiduos a la nostalgia y nos recordó las historias de los abuelos. Entramos. La vieja casona nos recibió con ese halo tan especial del invierno de la capital. Escogimos el patio, tal vez porque los árboles nos conquistaron. Primera mesa a la derecha, debajo de una lluvia de hojas que no cesó en toda esa mañana.

 

Te sentaste frente a mí. No te lo dije, pero era todo lo que deseaba: mirarte. Recorrí palmo a palmo tu rostro, me detuve en tus ojos, los escudriñé buscando una esperanza. Pasé a tu boca y el desfile de recuerdos pobló mis labios. Quería abrazarte, dejar que la tristeza se evaporara y fueras nosotros.

 

El mesero me sacó de las ensoñaciones. Con la carta extendida, pasamos los ojos por aquel documento que describía manjar. Pedimos. Esperamos. Platicamos. El árbol soltaba su lluvia de hojas y tú la brizna de tu sonrisa.

 

Comimos con la alegría del reencuentro. Nos contamos el presente de nuestras vidas, procurando el bienestar del otro. Te conté mis dudas y me platicaste las tuyas y volvimos a ser nosotros. Tal vez por eso la pasamos muy bien. Tal vez por eso, sentí que el presente era una pausa y no el fin. Y todo se explica porque: volvimos a ser nosotros.

Recuerdos

Caminábamos por Reforma e Insurgentes, del circuito interior a la calzada Tacuba y, por último, terminábamos en el Monumento a la Revolución. Con nuestras palmas acallábamos el barullo citadino. Nuestros gritos, brincos y risas, cerraban calles y avenidas enteras. En la espalda cargábamos con el sueño de décadas pasadas, ahora éramos responsables de ese sueño: una visión; era un peso enorme con el que orgullosos cargábamos. Nuestra voz era juiciosa, nos creíamos dueños del bien y del mal, nuestra ética no fallaba. Marchábamos agarrados de las manos, encadenados el uno al otro, nos amábamos y nos cuidábamos pero también peleábamos. Sentimos ser dueños del pasado, presente y del futuro, aunque sólo pudimos apropiarnos del pasado, esa lámina nunca se nos quitaría de encima. Honrábamos e idolatramos a aquellos caídos, queríamos ser como ellos ¡era nuestra responsabilidad! ¡No debía olvidarse!

Recuerdo aquellas discusiones: todos éramos como lobos hambrientos sobre la misma presa. Reñíamos sobre esto, sobre lo otro; cosas así. Pero al terminar, al volver a marchar, seguíamos siendo hermanos.

Una vez más las calles fueron corrientes de pensamiento, una vez más la ciudad se colapsaba y se dividía. Nos apoyaban o nos odiaban, pero de eso nos alimentábamos.

Hubo un día en el que salimos a marchar; los ánimos eran candentes, pisamos Reforma, Circuito, Insurgentes y Revolución, hicimos un círculo sobre la ciudad… como nuestro movimiento, circular, a ningún lado y siempre regresando, siempre a lo mismo. Gritamos sin quedarnos afónicos, ensordecimos a los demás pero no nos escuchaban, y al llegar, una gran tormenta nos recibió. Bailamos en ella. La voz corría diciendo el grandioso presagio que representaba aquella tormenta… pero sólo fue eso, lluvia y nada más.

El pasado, si, el pasado, esa era nuestra preocupación, veíamos nuestra historia con vergüenza. Había partículas de insurrección, las cuales nos llenaban de júbilo y esperanza. El pasado era nuestro tema, no el futuro ni el presente, sólo pensábamos en aquellos fantasmas que una vez más asomaban las narices. Ésa era nuestra verdadera preocupación, esos fantasmas que regresaban o que quizás nunca se marcharon. De tal modo que el movimiento surgió por esos fantasmas, se volvió también un fantasma.

Nos llenamos la cabeza de documentales sobre otras protestas ya ocurridas, de hombres y mujeres que al igual que nosotros cantaron en las calles. De pronto nos sentimos ellos y al verlos ya de viejos, envejecimos con ellos, y la esperanza, de igual forma que sucede con el amoroso, significaba un caminar, una búsqueda sin encontrar ¡bien dicho! Una esperanza. De alguna forma nos volvimos pasado, nos convertimos en tinta para los libros, nos hicimos orgullosos ocupantes de un lugar en el archivo nacional.

Ritual incompleto (2/2)

Consulta la primera parte, aquí

 

Con los ojos llorosos entró nuevamente a su cuarto. Abrió el documento y empezó a leer:

 

“Nunca pude resistir que mi esposa se divorciara de mí. Ni el alcohol, ni la mota, calmaron los días de sufrimiento. Quería que volviera y estar nuevamente con mi hija. Tal vez por eso me acerqué a Dios como nunca. Le pedí perdón por todas mis ofensas y cuestionarlo todo con mis acciones, pero no quiso escucharme; siempre fue díscolo conmigo. No hallaba la manera de acercarme a ellas, ahora felices con el tal Uriel, así que acudí a la santería, a la brujería. Ellos hicieron contacto con distintos seres que me visitaban cada noche. Hablaban conmigo, sobre su manera de ayudarme para volver a tener a mi familia como antes.

 

Pensé que me estaba volviendo loco, así que me recluí en un hospital siquiátrico donde conocí al doctor Javier Suárez. Él trató de ayudarme pero ya no tenía nada más qué hacer, ellos vivían en mí, se alimentaban de mi tristeza y mi depresión, así que tuve que escapar del Instituto Nacional de Psiquiatría para pedirle un último favor al doctor Suárez. Siempre cordial conmigo, me dijo que recurriera a la fe, acercarme a Dios para salvarme. Me prestó un pantalón caqui, una camisa azul y me regresó los lentes con los que ingresé al hospital. Acepté y mientras me llevaba a casa, habló con un cura para que platicara conmigo sobre lo que hice con los chamanes en el panteón Dolores durante 13 noches seguidas. La cara del doctor era de preocupación pero no quiso alarmarme más.

 

Llegamos a mi casa y la grata sorpresa fue ver a mi hija en la puerta. Se había peleado con su madre y quería quedarse conmigo unos días. Ella no sabía todo lo que me estaba pasando y el doctor tampoco quiso preocuparla, así que entramos. Me recosté en la cama mientras que Emilia se quedó sentada viendo la televisión.

 

No tardó mucho en llegar el cura y cuando me vio postrado en la cama, su expresión fue de pánico, quiso salir a toda prisa; le decía al doctor que no estaba capacitado para ayudarme, que él tampoco y que debían salir los tres cuanto antes. Traía una cruz de madera, un rosario y una biblia. El doctor le imploraba que no debía morir igual que su madre, que él se quedaría hasta que llegara con más ayuda. De pronto sentí una presión muy grande en el pecho; se me infló y parecía que explotaría algo dentro de mí.

 

Mi voz cambió, pedía un ritual; mis piernas tronaron y empecé a tirar todo lo que había alrededor. De un golpe voltee la cabeza del doctor Suárez. Mientras el padre huía despavorido, tiró el crucifijo y su rosario, sin embargo, Emilia entró a mi cuarto. Estaba asustada, no sabía lo que pasaba conmigo. Yo estaba tragándome entero el rosario.

 

Cuando la vi, tomé el crucifijo y se lo enterré en el cráneo, justo en el costado izquierdo. Mi hija cayó muerta al instante. Eso logró que me detuviera por unos instantes. Las lágrimas me brotaron; me quería morir por mi crimen, aunque nunca pude tener control sobre mí, sabía que todo era mi culpa.

 

Levanté a mi niña y la puse en el sillón, ése que tanto le gustaba y lo único que mi esposa me dejó sacar de casa. Al doctor lo puse sobre la cama, sabía que alguien lo encontraría ahí tarde o temprano, al igual que a mi pequeña Emilia.

 

Si estás leyendo esto, sabrás que soy culpable de todos los crímenes. Ésta es la última vez que escribo ahora que los demonios soy yo. El rosario lo vomité y lo puse junto a la cruz en una pequeña caja debajo de mi cama. Por favor, dale sepultura a mi hija, al doctor Suárez, pero sobre todo, no me busques, soy un soldado del infierno.

 

Atentamente:
Óscar Andrés Mérida”

 

Hasta ese momento, Andrés recordó cada momento. El día que se recluyó en el psiquiatra; los enfermos que ahí vivían; las historias que le contó el doctor Suárez sobre casos similares; los demonios que en él vivían; que nunca más vería a su hija y que todo el día, desde que tomó el periódico, hasta que regresó a escribir a casa, había sido una alucinación, una última manera de luchar con sus ocupantes.

 

—Te perdono, papá, no fue tu culpa— escuchó de nuevo un susurro.

 

Su rostro se llenó de lágrimas nuevamente, arrepentido de todo lo que hizo. Sabía que lo único que le esperaba era vivir tras las puertas del infierno, mismas que ya lo esperaban desde hacía tiempo.