¿Pesadillas?

 

Recuerdo que pasaban las 12 de la noche. No, espera, debió ser antes porque alcancé el último tren. Ingenuo, como niño por viajar sentado en el metro, subí en el último vagón a pesar de estar prácticamente vacío. Mi parada era hasta Taxqueña, así que me acurruqué con mi suéter y mi mochila.

Hacía frío y por más que me tapara no podía acomodarme, aunque fuese para cerrar los ojos.

Era tal la penumbra de la noche que ni siquiera distinguí cuando pasamos (pasábamos) los túneles. Pero no le di importancia. Las cosas se volvieron más extrañas cuando ella se sentó justo en frente de mí. Me llamó la atención sus pies tan blancos. Apenas había diferencia entre sus huaraches y sus dedos.

Trataba de no verla, me compararía con un degenerado, pero de reojo alcancé a notar que su mirada estaba fija, insistente, en el fondo del vagón.

Voltee en la misma dirección que ella y en los asientos no había ni polvo. Agaché la mirada y no vi más las pálidas piernas.

Mi sorpresa fue mayor cuando sus manos rozaron mi brazo izquierdo. De saber lo que pasaría me habría salido por la ventana.

Como en cámara lenta, recorrí su cuerpo hasta llegar a su cara. Su vestido liso, como hojas de papel y sus delgadas manos, donde sus dedos bien podrían ser remplazados por popotes, no me impresionaron.

La sorpresa se dio cuando llegué a su rostro.

Sus facciones de porcelana se iban resquebrajando, y como el nacimiento de un huevo, se iba mostrando una criatura irreproducible.

Ahora su piel era una calle de grietas con pedazos de cartón colgando y ojos color asfalto. En un instante su ropa se volvió harapos momificados y sus pies trozos de carne podrida. Moscas salían de su entrepierna y un olor a desagüe casi logró hacerme desmayar.

Tomó mi muñeca con estridente fuerza y al oído me susurró “No corras, de nada servirá”.

Traté de soltarme pero a medida que luchaba, su mano, ahora convertida en corteza firme, me apretaba más. Cientos de voces y ruidos empezaron a retumbar en mi cabeza.

Las luces de los vagones se apagaban y creí que moriría, sin embargo, las lámparas de la estación iluminaron el tren y éste empezó a detenerse. Las puertas se abrieron y como pude me liberé.

Corrí hasta que el corazón partiera mis venas. El miedo venció el cansancio de días atrasados.

Aun así no podía perderla de vista. Sentía su respiración en mi espalda.

Al final desperté. Nunca volví a soñar eso, pero estuve aterrado mucho tiempo.

—¿Entonces ya no tienes pesadillas sobre eso?

—No, por fortuna duermo tranquilo. Pero fue tanto mi miedo que inclusive oriné mi cama. —Jajajaja, encantadora historia.

—¿De qué te ríes? No es gracioso.

—Para empezar, no lo soñaste, fue real. En segunda, te creo porque yo también vi a esa mujer. Y en tercera, nadie que la ha visto vive para contarlo. También llevo varios años muerto.


Texto publicado en nuestro blog Los ojos del Tecolote. Puedes consultarlo aquí: Pesadillas.

 

Los ex, una realidad alterna

Es casi seguro que todos aquellos que me leen tienen algo en común conmigo: los ex, esos seres con los que, pasado el tiempo, uno no comprende cómo pudo pasar tanto tiempo con ellos o a los que de plano, uno termina por resignarse a extrañar por el resto de sus días, aunque de antemano sepa que de lejitos es mejor.

El texto surrealista de hoy está dedicado a estos individuos que son la sal y la pimienta de nuestra vida sentimental, porque aunque hay una infinidad de ellos, quizá podemos clasificarlos de acuerdo con sus reacciones post-ruptura, pero también en función de algunas obras literarias famosas que seguramente nos han marcado tanto como ellos.

Así que, en un ejercicio de catarsis literaria, recordaremos a cada uno de los ex que nos han dejado con el corazón hecho cachitos, bolita, apachurrado o, de plano, raspado y ensangrentado.

Por supuesto, si ustedes saben de alguna sub-especie que se me haya olvidado, no duden en mencionarlo.

El Pedro Páramo

“Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?”

Simplemente desaparece, es como un mito y tanto él como lo que rodeaba la relación parece cobrar un carácter difuso, etéreo y hasta fantasmagórico. En ocasiones, incluso te hace dudar de que esa relación haya sido verdad, pues desaparece (o deja de postear) de sus redes sociales y si tienes el mal tino de llamarles, o mensajearlos, simplemente no contestan.

Grado de daño: Medio a severo, ya que no tienes ni idea de qué sucedió y te puedes atormentar infinitamente pensando en ello.

El extranjero

“Quizás no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba”

No tiene piedad al terminar, simplemente te dice por qué ya no quiere seguir contigo y en días posteriores lo puedes ver normal, quitado de la pena, como si nada hubiera sucedido. Sigue su vida sin alteraciones, ni más ni menos.

Grado de daño: De severo a bajo, pues aunque quizá sea uno de los que más dolor causa en el momento de la ruptura, con el tiempo es el tipo de relación de la que más aprendes, ya que sabes en qué fallaste para no repetir la historia.

El libro vacío

¿Para qué voy a emprender una batalla que quiero ganar, si de antemano sé que no emprendiéndola es como la gano?

Se le pasa sufriendo y lamentándose por todos los medios, usa las redes sociales como su diario de quejas y espera que sus amigos le hagan comentarios de solidaridad, todo con la finalidad de hacer sentir culpable al otro.

Grado de daño: Medio a bajo, únicamente cuando la otra persona es consciente de cómo sucedieron las cosas y de que, generalmente, la culpa es un 50/50.

El Pascual Duarte

“Yo señor no soy malo aunque no me faltarían motivos para serlo”

Cree que a pesar de todo, él no tiene la culpa; peor aún, responsabiliza a los demás de sus actos. Cuando se ve acorralado y ante la inminente realidad, se justifica ante los demás, mostrándose como la víctima.

Grado de daño: Medio a bajo, mismas razones que en el caso anterior.

El travesuras de la niña mala

“No me preguntes por qué, porque ni muerta te lo voy a decir. Nunca te voy a decir que te quiero aunque te quiera”

No importa cuánto se ofendan, cuánto daño se hagan, cuánto se juren no volverse a ver, siempre regresa, por supuesto, asegurando que “esta será la última vez”, lo peor es que en la mayoría de los casos, para repetir la misma historia.

Grado de daño: Severo, pues no te deja continuar con tu vida y generalmente echa a perder posibles relaciones, aunque claro, eso siempre y cuando tú lo permitas.

El Casi el paraíso

“Las debilidades son lo único bueno que tenemos. Es aburrido ser fuerte, y muy agradable flaquear a solas… y entre dos” 

Al final descubres que todo fue falso, y conforme pasa tiempo de la separación, te das cuenta de un sinfín de mentiras que dijo a lo largo de la relación.

Grado de daño: Medio, mientras no pierdas tiempo investigando más de la cuenta.

El Aura

“¿No te basta mi cariño? Yo sé que me amas; lo siento. No te pido conformidad, porque ello sería ofenderte. Te pido, tan sólo, que veas en ese gran amor que dices tenerme algo suficiente, algo que pueda llenarnos a los dos”

Contigo era como la tía Consuelo, su relación se basaba en discusiones, disgustos y negativas, pero con los demás se muestra tan amable, sonriente y jovial como Aura, tanto así que no puedes creer que se trate de la misma persona. Lo puedes ver publicando post y fotos donde claramente da a entender que después de ti es más feliz y mejor persona, y que por cierto, hace todo lo que contigo “nunca podía”.

Grado de daño: Medio, pues aunque provoca un grado elevado de frustración, si sabes sobrellevar el asunto, pronto te darás cuenta de que tú también puedes seguir sin esa persona.


Después de reír un poco de nosotros mismos y de nuestros sentimientos más bajos, así como de tomar con humor situaciones de pérdida, esperamos que te sientas, si no mejor, al menos tranquilo de saber que todos, hombres y mujeres, hemos pasado por esa misma realidad alterna, universo paralelo, triángulo de las bermudas, túnel sin salida, conocido como los ex, ¿y lo mejor? Todos hemos sobrevivido.

Interruptus, una novela que no interrumpe la muerte

Imaginen que ya no tienen dónde ir; que su única escapatoria es huir tan lejos que nadie se acuerde de ustedes; o tal vez, que la única manera de desaparecer sea morir, quizá por accidente, probablemente, a manos de un policía.

Interruptus, editado por Luzzeta editores, es una novela negra arriesgada que en más de una ocasión confundirá al lector entre su narrativa y sus personajes, particularmente por la vida del doctor Agustín Guerra que en un giro inesperado nos provocará más preguntas que respuestas y que, probablemente, queden sin resolver aun después de concluirla varias veces.

Corrupción, delincuencia organizada e impunidad, son los temas que Josemaría Camacho busca plasmar a lo largo de sus 321 páginas. La ciudad de Córdoba, Veracruz, donde pasó muchos inviernos y primaveras, es el escenario perfecto para mezclar la ficción con la realidad y profundizar, desde la literatura, en el contexto de inseguridad que hace palidecer a la tierra jarocha y en general a todo el país.


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“Traté de innovar en la forma porque no es una novela que se lea de corrido porque justo a la mitad de la novela sucede el acto central y, a partir de la segunda mitad de la novela, comienza una segunda historia donde los personajes se relacionan con la primera parte aunque no son los mismos”, reveló Josemaría, quien buscó concretar una novela de metaficción.

Este proyecto nació como una necesidad que Camacho deseaba realizar para eliminar las dificultades técnicas que él como lector tiene, especialmente, con aquellas obras que tienen una voz narrativa omnisciente pues, aseguró, muchas veces no tienen justificación del porqué están ahí y vuelven torpe el ritmo de la lectura.


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Y aunque personajes y el antro donde se desencadena la historia es ficción, todo lo que ocurre pareciera haber salido de diarios locales que constantemente nos muestran la fragilidad de las instituciones policiacas y la falta de justicia que abunda en el país. Por ello,Interruptus nos tocará fibras que en muchas ocasiones parecieran anestesiadas por la indiferencia.

“Empecé a escribir en forma a los 30”

Con un período de cuatro años de preparación, según sus propias palabras, que dio por resultado las obras Imaginé un pez (Foc, Barcelona, 2013) y Los que hablan a gritos (Tierra adentro, México, 2015), el egresado en Filosofía plástica por la Universidad Panamericana escogió el género de la novela negra al descubrir al estadounidense Dennis Lehane.

“Yo tengo 37 años y aunque mi primera publicación fue con el Fondo Editorial Tierra Adentro en 2013, yo venía escribiendo desde que cumplí 30. Me inscribí a varios talleres y el más importante que tomé fue con autor ecuatoriano de nombre Leonardo Valencia con quien estuve trabajando durante un año mi segundo libro”, confesó Camacho.

Esa formalización de su concepción literaria lo llevó a explorar la novela negra.

“A mí lo que me gusta del formato dentro de la literatura es que parece muy fijo pero no lo es. Porque ese mismo formato te da a ti como escritor retos para hacer algo nuevo a partir de ese formato, a mí me encanta”, aseguró.

Su gusto por el estoicismo se nota en la manera de llevar al personaje principal que en una parte del libro pareciera ya no girar la historia en torno a él, por lo que el lector tendrá que ser muy constante y deberá seguir con la lectura para entender lo que ocurre con los personajes secundarios.

Interruptus ya se encuentra disponible directamente en el portal de la editorial luzzeta.worpress.com


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Sopa de soles, un libro para saborear

Sopa de soles, de Óscar Iván Hernández Carvallo, es un libro fuera de lo común, pues aunque “muchos escritores se han nutrido de la ciencia, pues ésta ofrece siempre temas para el arte y la literatura” como él mismo lo señala en el texto introductorio, esta obra trasciende las simples referencias a la ciencia, se centra en la conexión entre los seres humanos y su lugar en el cosmos.

A lo largo de los 26 relatos que componen la obra, los personajes experimentan una búsqueda existencial, cada uno de ellos va descubriendo los secretos del cosmos, mismos que posteriormente los ayudan a comprender cuál es su lugar en el universo.

Todos estamos hechos de la misma materia, del universo que nos rodea, de esa premisa parte el primer relato de esta Sopa de soles; los mismos átomos que formaron las primeras estrellas del cosmos, son los que ahora nos conforman a cada uno de nosotros, para lo cual, Hernández Carvallo se apoya en citas de algunos científicos reconocidos, lo que ayuda a que el lector comprenda mejor el sentido de cada cuento.

En cada narración existe una conexión entre el microcosmos y el macrocosmos; por ejemplo, el dedo pulgar, con alguna galaxia; las vibraciones de las cuerdas en una sinfonía de Dvorak, con las vibraciones del universo según la Teoría de Cuerdas; la columna vertebral de una mujer que se accidentó, con las placas tectónicas que producen terremotos al reacomodarse…

Otro de los aspectos interesantes de dicho libro, es que a pesar de involucrar teorías científicas, no se aleja de la ficción, lo cual se pone de manifiesto con la presencia de unos “diseñadores de seres”, quienes tienen como misión observar y cuidar que sus creaciones no tengan fallas.

Estos “diseñadores de seres”, en realidad son niños que a través de su imaginación son capaces de crear nuevos mundos y personas, quienes a su vez tienen la capacidad de inventar otros universos. A partir de ello, el autor sitúa al hombre como causa y centro de todo, a pesar de que para la ciencia, el hombre sea sólo una más de las miles de posibilidades existentes, sólo una coincidencia de circunstancias.

Sopa de soles es un libro para saborear, además de que nos demuestra que los relatos sencillos no son sinónimos de trivialidad, pues mediante narraciones concisas, ingeniosas y de gran fluidez, logra enseñarnos un poco de ciencia al mismo tiempo que nos divierte.

¿Cómo se llama y dónde conseguirlo?

Óscar Iván Hernández Carvallo, Sopa de soles. Relatos sobre la conexión entre los seres humanos y su lugar en el cosmos. Felou (Colección Letras Abiertas), 2014; 79 pp.

Librerías tradicionales, Amazon y iTunes.

Turista en mi ciudad

Hace un par de semanas viajé a un Pueblo Mágico y en la terminal de dicho pueblo vi publicidad anunciando viajes y recorridos por la Ciudad de México. “¿A qué querría alguien de provincia ir a la ciudad?”, me cuestioné. “Si yo no viviera aquí, seguramente no sentiría ninguna curiosidad por venir”, también me dije, pensando en el smog, el tráfico, la delincuencia y el ambiente godín que impera en la CDMX.

Al siguiente domingo tuve la suerte de tener que ir a trabajar al Centro Cultural España y se me hizo un poco temprano, así que ya estando cerca de la Catedral, e inmersa en una masa de turistas requemados, me pregunté por qué no entusiasmarme, como ellos, con las danzas prehispánicas, que, por cierto, nunca había visto con detenimiento, o las limpias con copal que tampoco había experimentado.

Usando un poco la imaginación, mi atuendo veraniego me hacía pasar por turista, así que me sumé a los espectadores y comencé a observar las danzas, tomar fotos y caminar con cara de sorpresa. Me posicioné tanto en mi papel de viajera que cooperé las dos veces que pasaron con el caracolito recolector y cuando uno de los danzantes me ofreció una limpia a cambio de una cooperación voluntaria, acepté, sin más.

Siendo chilanga y hasta mis veintisiempre, viví por primera vez una de las principales actividades turísticas de la ciudad. Luego de mi experimento, me fui al trabajo pues ya tenía el tiempo justo. Sólo me faltó subir la selfie en Catedral y hacer el chek in, pues el olor a copal y las buenas vibras ya las traía.

No, no es obra de Bretón, fueron mis vacaciones en la azotea, pero disfrazadas de turismo en la ciudad.

Sobre conocer a los ídolos (o mis minutos con Etgar Keret)

El miércoles 3 de mayo tuve la oportunidad de conocer a Etgar Keret en una firma de libros que sirvió para promocionar su nuevo libro (en realidad es el primero que escribió), editado en México por los de Sexto Piso.

La figura que me había formado de él contrastó con la realidad. Etgar Keret dejó de ser ese personaje israelí de cuentos raros, pero muy chingones, que había visto en la foto de las solapas de sus libros y una que otra entrevista, pero que, en verdad, me resultaba un tanto inclasificable, porque dentro de mi círculo de amistades no abundan los judíos israelitas hijos de padres sobrevivientes al holocausto, como para hacer las comparaciones adecuadas.

Pero, por fin pude desmitificar el mito y comprobar si en verdad era esa personalidad ecléctica que intuía de sus textos; logré verlo como una persona real, o por lo menos tan real como mi nivel de fanatismo me permitió.

Es bajito, de sonrisa nerviosa y con un acento atroz que hacía bastante ininteligible su inglés. Este fue el momento adecuado para cruzarme con él, había empezado a leer su libro de crónicas ‘Los siete años de abundancia’, una semana antes, así que pude reflejar en su persona los comportamientos que narra.

A veces sus admiradores se le acercaban con cara de susto, otras tantas con emoción, y otras más con el semblante lleno de duda por no saber qué hacer. Y es que no es fácil saber cómo comportarte frente a alguien que admiras, ¿le extiendes la mano? -¿qué tal si no le gusta tocar gente porque le tiene miedo a los gérmenes o tu mano está llena de sudor por el nervio de saludar a alguien que idolatras?-; ¿lo saludas con un movimiento de cabeza? -¿qué tal que en su cultura ese mismo movimiento en lugar de un saludo amistoso, significa una mentada de madre?-; ¿le dedicas una sonrisa? -¿qué tal que él no sonríe porque tiene los dientes chuecos y está acomplejado, o peor aún, que tú no te hayas lavado bien los dientes o masticado un chicle apropiadamente y en tu boca solo reluzcan los pedazos de cilantro de los tacos que comiste más temprano?-.

Conocer a tus ídolos implica un riesgo tanto por la forma en que tienes que comportarte para no dejarle una mala impresión (como si en verdad fuera a acordarse de ti), tanto como por la muy grande probabilidad de que acabes decepcionado de ellos.

En cuanto a la primera parte, descubrí que lo mejor es dejar que ellos hagan el primer movimiento, así te evitas cualquier mal entendido, si él te extiende la mano, se la estrechas, si te sonríe, le devuelves la mejor de tus sonrisas, si te dice cosas y tú no le entendiste bien por su acento, pero al final de su comentario ríe, tú también te ríes porque lo más seguro es que bromeó contigo. Para la segunda no hay nada que garantice el éxito, hay personas que no son nada interesantes en carne y hueso, por fortuna, no fue el caso de Etgar Keret.

El Keret de carne hueso, parecía estar en otro plano detrás de la mesa, fue curioso observar cómo se desenvolvía con la gente, siempre sonriendo, aceptando posar para algunas fotos, haciendo garabatos en los libros que le acercaban para firmar, asintiendo, sin en verdad entender la historia que le contaba el fan en turno, aceptando firmar más de un libro cuando la persona que tenía en frente se ponía reticente a pesar de las miradas de pocos amigos de los organizadores.

Lo mejor de todo fue observar esos pequeños detalles, las manías y las sonrisas nerviosas, las miradas de cansancio, las poses incómodas o los semblantes plásticos que el autor debe poner cuando el que compra tus libros, a fuerzas, quiere tomarse una selfie contigo, y así poder presumir, en todas sus redes sociales, que te conoce, como si fueran íntimos amigos. Ni modo de negarse, si el que compra tus libros es el que te da de comer, en este mundo hay que saber venderse, y Keret, sabe hacerlo bien.

En mi mente, él ya no es esa entidad extraña e indescifrable, ya no es el escritor de Israel al que admiro sin medida, ahora es Etgar Keret, ser humano bajito que no me llega ni al hombro, que se mueve de manera nerviosa, que escribe unos cuentos bien chingones, al que admiro sin medida.

Foto desenfocada de mi encuentro con Keret, primero me llevé una decepción, luego pensé es Keret, una foto desenfocada con él va más acorde a su universo

Señales

Hace tres décadas, aproximadamente, mi abuelo, apasionado del fútbol, llevó a su equipo a jugar a lo que entonces debía ser una lejana costa veracruzana: Tuxpan, donde encontró a otro joven más o menos de su edad que, al igual que él, era un pambolero entusiasta; con el tiempo, cada uno formó su familia y años después, ambos integraron equipos de futbol con sus hijos. Luego éstos comenzaron a casarse y a tener hijos, por lo que unos y otros se hicieron compadres.

Así se comenzó a tejer una amistad que ha durado más de lo que quizá ellos mismos imaginaban, pues hasta ahora, somos tres generaciones que continúan con esos lazos de afecto, aunque ya no sea el deporte lo que nos une, pues al menos en lo que a mí respecta, es una actividad que no tolero ni de cerca ni de lejos.

Cuando el abuelo hablaba de “el día en que muriera” y de que su voluntad era que lleváramos sus cenizas al mar, nadie lo tomaba en serio, quizá porque nos parecía (al menos a mí, que era niña, así se me figuraba), que el abuelo sería eterno, pues su presencia era tan cotidiana e indispensable en mi vida, que me parecía absurdo pensar que un día él ya no estaría.

Al llegar el momento, su voluntad se respetó y ahora yace en la costa de Tuxpan, pues esa era, según él, la fórmula infalible para asegurarse de que lo visitáramos constantemente. Tras dos años de fallecido, la semana pasada fui a saludarlo y a recordarnos, a él y a mí, que todos los días estamos juntos y que nunca me deja sola, pues siempre está en mis pensamientos, y que le agradezco todos los gustos y tradiciones que me heredó, pero sobre todo, el infinito amor del que siempre me rodeó.

Entré al mar y platiqué con él un poco, aunque no le dije todo lo que habría querido. Al final le pedí que me diera una señal si es que me estaba escuchando. Yo esperaba algo como una ola que me bañara, una parvada de pájaros en el horizonte, una brisa que me despeinara, algo cursi…, lo cierto es que él no era así. Después de un rato, sin que nada fuera de lo común sucediera, me salí del mar.

Antes de irnos de la playa, uno de los amigos que me acompañaban me tomó algunas fotos y en una de ésas, un balón salido de quién sabe dónde, pasó rodando por la arena tan velozmente que yo estuve segura de que saldría como una figura difusa debido al movimiento. Al revisar las fotos, ahí estaba el balón, posando al lado mío.

—Órale, bien futbolera —dijo mi amigo y luego se río.

No cabe duda, mi abuelo sí me estaba escuchando.

El chofer que miraba como Clint Eastwood (al ritmo de Paty Cantú)

Era un viaje normal en autobús hasta que mis audífonos dieron su último suspiro. Que mis audífonos mueran en el momento menos repentino y me priven de escuchar canciones de T. Rex, David Bowie y Lou Reed, es un episodio recurrente para un melómano como yo. Con resignación, retiré los auriculares de mis oídos y me puse escuchar la sinfonía de la ciudad, o más bien, la sinfonía del bus en el que viajaba.

Conversaciones sobre maridos, el chismorreo de unos adolescentes, las risas de un señor que veía vídeos en internet. Pero pronto, los acordes de una melodía llegaron a mis oídos, la voz de la señorita Paty Cantú salía de la radio del camión.

En pocos segundos fui testigo de la increíble habilidad de la señorita Cantú para hacer felices a muchos citadinos. Las señoras que iban atrás de mi dejaron de hablar de las miserias de sus esposos para escuchar la canción. Una púber, de unos dieciocho años, sentada junto a mí, empezó a hacer un performance digno de “The X Factor” (canto y coreografía incluidos). Hasta el chofer empezó a mover la cabeza al ritmo de las frases de la cantante pop.

Esta última imagen, me dejó perplejo, por su singularidad: el chofer del camión era un tipo rudo, de unos cuarenta años, con un bigote al estilo Zapata y una personalidad de un protagonista de la película “Sangre por sangre”.

La extravagancia del cuadro hizo que me quedará perplejo, observando la escena por varios segundos, hasta que el chofer notó mi atención en él. Me miró directamente a los ojos y enfocó con la precisión del viejo Clint Eastwood, en esas películas del género Western que lo hicieron famoso.

En ese punto me sentí intimidado y empecé a mover el cuello para formar parte del encanto de la melodía de Paty Cantú. La mirada de Eastwood se deshizo en un segundo. Me miró y sonrió (¡increíble!) con aprobación.

Han pasado varios días desde este episodio  y mi mente sigue sonando:

«…. No quiero un hombre de cuento,

No busco alguien perfecto…”
Creo que la voy a descargar a mi celular.

El mundo no gira siempre al revés

–¡Oye, qué te pasa cabrón–, dijo tras de darle un puñetazo en la en la quijada.

–Yo qué. No hice nada– respondió extrañado, seguro nunca pensó que ella lo confrontaría. Menos de esa manera.

–No te hagas pendejo. Me manoseaste, ¡por favor, bajen la palanca!

–Yo sólo puse mi mochila así–, aseguraba el tipo de rostro preocupado y ojo izquierdo cerrado mientras hacía ademanes con su bolsa, para, según él, explicar que había sido un malentendido.

Sin embargo, su expresión delataba su culpa. El tartumudear de su parloteo exhibía que estaba acorralado. Y ni la gorra blanca grisácea que usaba, alcanzaba a cubrirlo de todas las miradas de los demás pasajeros y la manera en que la víctima lo enfrentó durante esos dos minutos.

Quizá, toda esa carga social lo hizo desear que ese segundo de “placer” nunca hubiese pasado. Pero ocurrió. Un caso más de violencia contra la mujer en el metro.


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A pesar de ello, el mundo no siempre funciona al revés. Ayer fui testigo de lo que todos los días sucede frente a nosotros, entre nosotros: el acoso callejero y el instinto primitivo de excitación de quien lo realiza, pues ¿por qué otra razón alguien se arriesgaría a hacer algo tan absolutamente carvernicolesco si sabe de las terribles consecuencias?

Y es que no sólo fue el golpe que se llevó o los gritos coléricos de su víctima contra él, sino que todos los usuarios de alrededor se solidarizaron inmediatamente con la joven, quien por su aspecto no pasaba de los 25 años, dado que de alguna u otra forma trataron de ayudarla.

Desde aquel que bajó la palanca hasta quienes impidieron que el atacante se escabullera entre las decenas de personas que pasan a las 8 de la mañana en la estación Balderas, todos ayudaron a que este la acción de este tipo quedara impune.

Los murmullos y uno que otro “no seas puto y aguántate” retumbaban como cañones en la cabeza del sujeto que, por un placer inexplicable, deleznable, absurdo, imbécil, ahora probablemente tenga que pagar una condena necesaria.

Tres policías llegaron y tomaron el brazo de quien, seguramente, pasará muchos días enfrentando a la ley por su lujuria primitiva, obscena, indignante.

El operador del vagón desactivó la palanca de emergencia, las puertas cerraron y la joven se perdió entre los andenes, testigos horizontales de historias que se viven a diario en la gran Ciudad de México.


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Librofest 2017 alista fiesta editorial en la UAM Azcapotzalco

La Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) presentó el Librofest Metropolitano, que se llevará a cabo del 22 al 27 de mayo en su sede de Azcapotzalco. El evento cultural lleva por lema “Lectura, imaginación y conocimiento”, y tendrá como invitados de honor al estado de Hidalgo y a Japón.

Será la cuarta edición del Librofest Metropolitano. En esta ocasión se contará con la participación de 50 editoriales, 60 presentaciones de libros de diversas disciplinas, foros de discusión, cinco conferencias magistrales sobre los invitados, ciclos de cine, 17 talleres gratuitos y 21 cursos con valor curricular.

Dentro de los fondos editoriales universitarios que participarán se encuentran: UAM, UNAM, IPN, El Colegio de México, El Colegio de Michoacán, CIDE y Flacso; además del Fondo de Cultura Económica, Trillas, Siglo XXI, Ghandi, Tax Editores Unidos, Valegra, Fundación ICA, Editores Mexicanos Unidos, El Pórtico de la Ciudad de México, Paraninfo, Horizontum, LSR Libros, entre otros.


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Presentará Japón e Hidalgo legado cultural en LibroFest

Librofest contará con Japón e Hidalgo como invitados de honor. Durante la realización del festival, tanto el país asiático como el estado mexicano, alistan una agenda donde buscan dar a conocer su riqueza cultural.

Datos de la Embajada de Japón en México señalan que la UAM es la cuarta institución de educación pública con mayor número de becarios enviados al país del Sol Naciente, entre 2015 y 2016.

Los asistentes al Librofest podrán disfrutar de un ciclo de cine japones con anime, comedia, drama y documentales. Además, habrá una conferencia magistral sobre la cultura pop en Japón; y un acercamiento al pueblo nipón, a través de la literatura, poesía tradicional, análisis de la conducta, avances tecnológicos y culturales.

Por su parte, el estado de Hidalgo presentará dos conferencias, seis presentaciones literarias, un taller de bordado sobre los Tenangos, exposiciones sobre “El Arte popular de Hidalgo, rituales, usos y creaciones” y “Escultura en piedra”.

Sin quejas

Hace un año me encontraba viviendo mi primera experiencia laboral oficial. Antes había tenido empleos freelance, pero estar diez horas diarias en una oficina es otra cosa, por lo que traté de llevarme bien con todos mis compañeros. Todo marchaba bien hasta que a los cinco meses, más o menos, viví acoso y episodios de violencia por parte de uno de ellos.

Yo sé que mi caso no es único ni se trata de ninguna novedad, soy sólo una de tantas mujeres que a diario viven ese infierno, sin embargo, lo más surrealista del caso estaba por venir.

Tras el enfrentamiento que tuve con el sujeto (llamémoslo O), quien aseguraba que sus conductas se debían a “celos” porque yo convivía más con otros compañeros que con él y porque en su mundo de psicosis, “yo lo había ilusionado”, se fue; sin embargo, días después, en una junta, mi jefa dijo que ya no éramos niños pequeños ni estábamos en la escuela para “andarnos acusando”, con lo cual evidentemente se refería a mí.

Mi primer reacción fue preguntarme, ¿qué debía hacer entonces? Yo no acusé a nadie, únicamente, (y después de darle un montón de vueltas al asunto), decidí que debía avisar a alguna autoridad sobre lo que estaba sucediendo.

¿Cuándo debía hablar para que mis palabras no fueran consideradas como un chisme de oficina? ¿Cuando el tipo se atreviera a golpearme? ¿Cuando no fuera capaz de contener esa rabia con la que me hablaba? ¿Cuando el temblor de sus palabras, quijadas y puño estallaran? ¿Cuando intentara violarme? O mejor, ¿yo no debía hablar, sino mis padres y amigos hasta que estuviera desaparecida?


#NiUnoMás


Qué pena que en un país en el que los #SiMeMatan de cada una de nosotras tiene razón de ser, seamos las mismas mujeres las que minimicemos las señales de alerta. Sí, se trata de homicidios, no de feminicidios, el asesinato de cualquier ser humano es igual de alarmante, pero también es un hecho que nosotras somos más propensas a cierto tipo de violencia, o simplemente se han normalizado situaciones como las que acabo de mencionar, las cuales nos ocurren con mucha más frecuencia a nosotras.

El colmo del mundo al revés es que el viernes pasado, casi antes de salir, O apareció en la oficina, como si nada hubiera pasado y saludando a todos sonrisa en cara. Mi jefa lo había llamado. Volver a darle trabajo es lo que ella considera que este hombre merece, aún cuando ella misma se quejó por haber recibido miradas lascivas de él (aunque a algunos les parezca estúpido sentirse incómoda por algo así) y los mismos compañeros varones lo confirmaron.

Por ahora nada es oficial, no sabemos si este editor volverá de planta o como freelance, lo cierto es que en caso de que la primera opción sucediera, yo pasaré al ejército del desempleo de papá Marx por seguridad y dignidad, pues no pienso convivir con el agresor.

Así, en este México en donde una es culpable por quejarse, por ser amable y hasta porque la maten, les agradeceré sus buenas vibras y sus ofertas de empleo.

Atenderlo es un placer

Hoy tuve que ir al Palacio Municipal de Texcoco a realizar un trámite burocrático. Al llegar ahí, me sorprendió el desconcierto de los trabajadores. Como yo, no tenían la más mínima idea de dónde o con quién podía dirigirme para el documento que necesitaba; su desconcierto me perturbó, parecía que nunca hubieran trabajado ahí. Ante esta situación me transformé en un Padre Brown texcocano, sólo que a diferencia del cura católico de Chesterton, yo no buscaba al criminal más peligroso de Europa, sino a alguien que me diera razón de mi trámite.

Después de interrogar a unos cuantos inocentes, una mujer de mediana edad me dijo:

– Ve con Andrómaca (nombre clave de la susodicha que tenía las respuestas).

Con sus instrucciones llegué al lugar. Ahí, me acerqué y pregunté por Andrómaca, pero una señora de unos sesenta años me contestó:

-Salió, regresa en media hora. – Ante ese comentario miré mi reloj. Tenía tiempo suficiente para ir al supermercado y comprar algo pendiente. -Regreso en 30 minutos – le contesté a esa dama de la tercera edad.


Catolicismo mexicano: el cura Gregorio VII versión mexiquense


Salí del Palacio Municipal. Caminé hasta mi casa. Tomé mi coche. Conduje al supermercado. Compré lo que necesitaba. Regresé y lo dejé en su sitio. Todo eso lo hice con una paz decimonónica. Al ver mi reloj me dije a mi mismo “¡vaya!, ya pasó más de media hora, debo regresar para encontrar a Andrómaca.”

Al pisar de nuevo el Palacio Municipal le pregunté de nuevo a la anciana “¿está Andrómaca?” y ella me contestó con voz de momia:

-Regresa en media hora. – Aquello me sorprendió y decidí sentarme en un silla de esa oficina gubernamental a esperar, quizás regresaría pronto. En ese lapso saqué mi celular, perdí neuronas y tiempo en Twitter, en Facebook; luego saqué un libro que llevaba, leí dos cuentos. Después de varios minutos, una chica más joven apareció en las oficinas, le consulté si era Andrómaca y me contestó: “no, regresa en media hora”.

Ahí me puse a pensar que Cronos conspiraba en mi contra… O la comprensión del tiempo era diferente en esa habitación. Saqué de nuevo mi libro y leí otros dos cuentos. En ese punto me sentí desesperado y me acerqué de nuevo a la anciana y le dije “¿tardará mucho Andrómaca?”, ella me dijo, con la voz de un monje shaolin, “regresa en media hora”.

Abrumado, me senté, ¿podría ver a Andrómaca? ¿Podría realizar mi engorroso trámite burocrático? No obstante, mientras me sumía en mis reflexiones, una chica llegó. La anciana volteó a verme y me dijo “Ella es Andrómaca”. Al parecer los maleficios de Cronos no sólo prolongan el tiempo mortal, también lo acortan, en esa oficina.

En menos de dos minutos le di mi documentación y salí del Palacio Municipal. Al ver la luz del sol sentí cómo esa oficina de gobierno había absorbido toda mi energía vital.

Por suerte, el trámite está ya hecho y vencí a la burocracia:

Aguilar 1

Burocracia gubernamental 0

Agua que no sobra en el mundo al revés

Es bien sabido que desde la subasta de la Ciudad de México a las inmobiliarias, en el sexenio de Marcelo Ebrard, cientos de edificios brotaron a lo largo y ancho de nuestra capital como mala hierba.

Más allá de la contaminación del paisaje, la saturación de las vías y el aumento en la polución, hay un tema que no se trata mucho en los medios de comunicación: la escasez de agua.

Debo decir que en la zona donde vivo, pocas veces falta. El abasto es constante y muchos vecinos, incluso mi propio padre, se dan el lujo de desperdiciarla cada vez que pueden.

Sin embargo, desde hace unos meses, el agua ha empezado a escasear. Durante los 27 años y cinco meses que llevo viviendo en ese lugar, jamás se había tenido que recurrir a la compra de pipas hasta hace un mes.

Alarmados, muchos inquilinos comenzaron a convocar juntas para tomar medidas, pues entre sus argumentos, salió que debido a la constante construcción de departamentos a lo largo de la calle y la colonia, el agua ha dejado de llegar. Cosa que no es incorrecta, aunque tampoco tocaron otro tema.

Resulta que lo surreal del asunto no es la compra del agua o la disminución en nuestros edificio o que personas que llevan décadas viviendo ahí no tengan agua para bañarse, sino que pese a la situación, varios de mis vecinos continúan como el despilfarro de nuestro recurso.

Así es, mientras habitantes de otros departamentos buscaban contratar pipas y poner letreros por la falta de agua, hay señoras que lavan varias veces a la semana, lavan escaleras con cubetadas indiscriminadas y riegan sus plantas poco antes del medio día (cuando es bien sabido que eso se debe hacer en la noche para evitar la evaporación) sin que se inmuten ante tal circunstancia.

Mientras tanto, el letrero sigue ahí, la escasez se agudiza y la consciencia no llega. Historias cotidianas que ocurren en el mundo al revés.

 

El espectáculo del trompo en el Metro de la Ciudad de México

Su grito atrajo la mirada de las personas que viajaban en el metro: ¡Bienvenidos al espectáculo del trompo!, dijo, mientras aventaba el juguete de plástico al suelo. La mayoría de los ojos se posaron en él, como preguntándose, cuál sería el espectáculo prometido.

Entonces, el señor, de unos 45 años, comenzó a realizar suertes con la cuerda del trompo. Aquel juguetillo rosa abandonó el suelo y no lo volvió a tocar de Allende a Pino Suárez. Trucos como el carrusel, el ascensor, la vuelta al mundo, el columpio, el trapecio o la cobra aparecieron para deleite de los usuarios.

Algunos sonreían, como recordando su infancia; otros se tapaban la boca, sorprendidos; y un par más que decidieron obviar el momento, pues parecía que el juego en el celular estaba más entretenido.

El cuasi-mago del trompo lidiaba no sólo con la cuerda y su utensilio, también lo hacía con la mochila que traía sobre la espalda y la gorra, que le servía como sombrero de gala.

Cuando el metro comenzó su ingreso a la estación Pino Suárez, el encanto llegó a su fin. El mago tuvo que dar por finalizado su espectáculo, sino carecería del tiempo necesario para desfilar sobre el vagón y recibir “una moneda que no afecte su economía”.

Mientras el dueño del espectáculo caminaba rumbo al otro vagón, las caras de asombro y los recuerdos estacionados en las épocas de la niñez, se convirtieron en rostros adustos que sabían que el hechizo se había acabado y el camino a casa aún era largo.

 

 

Catolicismo mexicano: el cura Gregorio VII versión mexiquense

Hace unos días asistí a una misa en un pequeño poblado perdido del Estado de México. Nunca me han gustado las ceremonias religiosas católicas, su alienación y, en algunos casos, su mediocridad, pero en este caso el cariño que siento en nombre de quien se realizaba la celebración me hizo asistir a la iglesia.

Al momento que la ceremonia llegó al sermón del cura, éste se postró frente a nosotros y empezó a hablar. En otras ocasiones, he escuchado grandes sermones de sacerdotes que me han dejado satisfecho, como el de un cura que llamó a la solidaridad y la unidad familiar frente a la violencia derivada del narcotráfico, en una pequeña parroquia de Oaxaca.

No obstante, este no era el caso. De la nada, el cura empezó a hablar de la situación en Siria y de los musulmanes. Habló de cómo los moros mataban cristianos en Medio Oriente, e incluso, aseguró haber visto en las noticias masacres contra cristianos.

En ese momento, saqué del bolso de mi pantalón mi celular, quería verificar el día, mes y año. Quizás en esa iglesia había una ruptura del espacio tiempo de las que habla el filósofo David Lewis o la teoría de supercuerdas y habíamos viajado mil años al pasado. Pero, mi celular decía 2017, no 1017.

A pesar de eso, el cura siguió lanzando proclamas contra el Islam. En mi mente, pronto lo vi con el hábito de un Papa del siglo XI. Volteé el rostro para ver la expresión de las demás personas en ese recinto y vi sus rostros llenos de terror y furia. Si ese cura llamaba a la Guerra Santa, estaba seguro que muchos tomarían su espada en aras de la reconquista de Jerusalén.

Ante eso me quede calladito. Sin decir nada y me puse a pensar. Si este Papa medieval llama a la Guerra Santa hay tres razones por las cuales no lo seguiría en su lucha:

  1. Leí “Las Puertas del Paraiso”, de Marcel Schwob, “La Cruzada de los niños”, de Jerzy Andrzejewski y las “Cruzadas vistas por los árabes,” de Amin Maaouf. Para saber que los occidentales podemos ser más salvajes que los árabes, a tal grado de cometer canibalismo y comer bebés, como lo hicieron los cruzados en la ciudad de Maarat.  
  2. Si soy sincero, me vería mejor con un traje de guerrero selyucida, del ejército de Saladín, que con un traje de cruzado, no importa si es de caballero teutón, hospitalario o templario. Mis rasgos árabes y mi barba rizada lo confirman.
  3. No me interesa en lo más mínimo imponer una ideología religiosa sobre otra. Me gusta el catolicismo de San Agustín, en sus confesiones, la idea del amor y el perdón como los más grandes dones del ser humano. No evangelizar con una idea, susceptible de ser falsa, a los demás.

Por suerte, mientras pensaba eso, la misa terminó y salí feliz de la iglesia y de regresar al año 2017. Aunque me temo que muchas personas de la iglesia creyeron como ciertas las proclamas de ese Gregorio VII mexiquense.

Mi pastel de chocolate

Cruzo el Eje central, acabo de comprar un trozo de pastel en el Pasaje américa con lo último que me quedaba de la quincena. Sí, es un acto un poco estúpido: comprar una rebanada de pastel de setenta pesos cuando estás por quedarte sin dinero y las tripas rugen un poco, pero decía mi abuelo que gastar el dinero en comida en realidad no es un gasto.

“Señorita, señorita”, escucho, pero lo ignoro. ¿Cuántas señoritas pueden caber en esas hordas que cruzan de Madero a Juárez en fin de semana? “Señorita, señorita” de nuevo, pero ahora me dan tirones del suéter. Volteo y encuentro a una mujer de menor estatura que yo, lo cual ya es mucho decir, casi anciana, aunque no desvalida ni desnutrida.

—¿Me regala su pan?

“¿Quéeee?”, es lo único que puedo pensar.

—No —le respondo sin pensarlo.

—Gracias —me dice, mientras resbala por su mejilla una lágrima demasiado ensayada para mi gusto.

Mi acompañante le da unas monedas. Lejos de sentirme conmovida, me siento enfadada. En esta ciudad no se puede salir al parque, a comer o a caminar sin enfrentar un episodio de estos, y es quizá esta misma ciudad la que nos ha arrebatado esa sensación de dolor ante la desgracia ajena, pues hay tantas mafias, tanta gente que rehúye a las responsabilidades de vivir en un asilo o simplemente se niegan a trabajar, y aun teniendo casas propias en colonias como Lindavista, deciden que es mejor salir a vivir de los demás.

Nunca sabré si aquella mujer en verdad necesitaba ese trozo de pan más que yo y quizá sólo sufrió las consecuencias de un momento de mi ira combinada con hambre, lo cierto es que si me quiero reivindicar, no será muy complicado, bastará con salir a alguna avenida medianamente transitada y esperar.

No, no es obra de Bretón, es la Ciudad de México.

El taller

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Siempre supimos que el taller de papá era un enigma. No dejaba entrar a nadie y si alguien lo hacía sin su consentimiento, ¡pobre! Tenía todo tan desordenadamente en su lugar que se percataba si un sólo clavo estaba fuera de su sitio y no tenía reparo en reclamar para, después, investigar quién era el culpable.

 

Con el paso de los años, la madera que cubría algunas paredes del taller se humedeció y comenzó a caer como si se despellejara, por eso daba la impresión de que con cualquier lluvia o ventarrón se desplomaría. En relación con el resto de la casa, a la cual entre mis dos hermanos y yo le hicimos algunas mejoras, el taller parecía haberse estancado en el tiempo, que al parecer, al igual que nosotros también tenía prohibido el paso. Al taller sólo tenían acceso libre el polvo, los perros: El grande, Alfonso, Huker y Barbie; y los gatos: Agapito, Griselda y sus amigos felinos que a veces llegaban buscando dónde pasar la noche.

 

Por supuesto, la presencia de mamá era la más prohibida de todas. Ese huracán de limpieza que le veía semblante de basura a todo aquello que papá consideraba su tesoro y nuestra futura herencia, misma que aún no sabíamos valorar, por lo que era preciso alejar de nuestras manos de estómago.

 

Con el tiempo la curiosidad se nos apagó un poco, aunque no del todo. El taller, no me cabe duda, es como él, incomprensible, sigue lleno de enigmas aun cuando ya conocemos cada tornillo, tuerca, refacción, juguete, herramienta y cualquier otro tipo de objeto extraño que hay ahí.

 

Ese lugar, el lugar de papá, siempre tuvo algo de sombrío, sus paredes grises, ya con el tabique viejo y el olor a humedad, la tierra del piso, la grasa y los cuernos de chivo, cadáver testimonial de cuando mi padre cocinaba barbacoa, colgados en la entrada, le daban un aspecto tétrico, pero con todo, a mi Lucía nunca le provocó ni asomo de miedo. Desde que empezó a caminar le gustaba llevar el banquito de madera que su abuelo le construyó en ese mismo taller y sentarse a verlo trabajar, lo cual no era muy seguido por aquella época porque él siempre estaba de viaje o en el despacho.

 

Aun cuando creció, a Lucía le gustaba ir con su abuelo a conversar, no tengo idea de qué. Cuando terminó el bachillerato hasta estuvo a punto de estudiar Derecho, como mi papá. Pasaban horas juntos y a veces las risas se escuchaban hasta la calle. Ella y yo nunca hemos conversado así, pronto se nos acaban los temas y se abren grietas llenas de silencios incómodos o las charlas amistosas derivan en peleas campales. Eso es algo que tampoco podré comprender de él: cómo, con semejante carácter, logró ganarse el amor de mi niña.

 

Cuando Lucía y su madre se fueron de la casa había ocasiones en las que parecía que más bien ella iba al taller a ver a mi papá y no a mí. De repente los perdía de vista y luego aparecían en el jardín comiéndose un higo o una granada recién cortados o ya venían de la tienda con helados o paletas. A veces pienso que él la hizo tan berrinchuda y consentida como ahora es.

 

Por las noches, cuando ya era hora de llevar a Lucía a su casa, la buscaba por todos lados, hasta encontrarla en la sala de mi padre, tomando café y pan o tostadas con los frijoles refritos que él preparaba cuando sabía que ella vendría, viendo alguna película de Pedro Infante o Tin Tan, o a él transmitiéndole a Lucía la fascinación por los boleros de los Dandys o de los Tres Reyes, gusto que hasta hoy conserva.

 

La presencia de papá siempre fue escandalosa, era imposible que pasara desapercibido. Su voz grave hacía que todos a su alrededor voltearan a verlo. El taller es igual, además, es lo primero que se ve al entrar a la casa: está entre las dos puertas principales, como haciendo guardia, y de frente al jardín, porque a él le encantaba ver sus plantas y árboles frutales: “mi huerta”, decía.

 

Del otro lado del jardín está mi taller y hasta atrás de la casa, el de mis hermanos. Casi de manera inconsciente los construimos lo más lejos posible del de papá para evitar sus constantes regaños, sus “así no se hace”, “no, mijo, no seas pendejo” y sus repentinos cambios de humor.

 

Todos dijeron que un día nos arrepentiríamos de esa lejanía buscada adrede, lo cierto es que hoy que derrumban el taller no podemos sino sentir alivio porque ya no tendremos la zozobra de entender qué nos quiso decir papá durante toda la vida.

 

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Del pincel a la palabra, Manuel Arrubarrena

Manuel Arrubarrena, joven artista visual y novel literato, presentó el pasado viernes 17 de marzo su primer novela, Desde el olvido, en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia.  

Ante el escritor Gonzalo Suárez y la actriz Grecia Monroc, Arrubarrena señaló que la confección de su primera novela conllevó la misma meticulosidad que da a su obra visual, disciplina a la que desde hace algunos años se dedica de manera profesional.

Cada acontecimiento y paisaje narrado en la novela, confesó el originario de la Ciudad de México, requirió la misma dedicación y cuidado que el autor da a un cuadro, acaso por ello Desde el olvido tiene un tono romántico, ya que es muy gráfica en cuanto a los lugares donde se desarrolla cada hecho. La novela, calificada por el autor como histórica y thriller, tiene como marco la Batalla de Puebla.

Arrubarrena: cada acontecimiento y paisaje narrado requirió la misma dedicación y cuidado que un cuadro. Foto: Diana Ramírez Luna.

Desde el olvido, obra para salir de la cotidianidad

Gonzalo Suárez destacó la maestría con que las escenas de guerra fueron concebidas y confesó, con sorpresa, que imaginaba a Arrubarrena como una persona mayor por la madurez personal que denota en su prosa.

Desde el olvido, refirió el también escritor, es una obra distinta a aquellas que narran hechos bélicos, ya que más que abordar la Batalla de Puebla desde un punto de vista histórico, lo hace desde la perspectiva de la tropa, es decir, desde un punto de vista humano.


Conoce: Punto de quiebre, la novela política de Liceaga


Resaltó también la importancia de los personajes que aparecen en dicha obra, ya que están en constante cambio, lo que los vuelve entrañables y redondos, así como la inteligencia con que están pensados los diálogos y las reflexiones. “Esta primera producción literaria de Arrubarrena tiene todo lo necesario para trascender y convertirse en una obra clásica de la literatura mexicana”, concluyó.

Por su parte, Grecia Monroc hizo hincapié en que el tema de la guerra pasa a un segundo plano, pues se trata de un libro que habla de la humanidad en ésta o en cualquier época, de la empatía que genera y de la manera en que invita al lector a reflexionar.

Para finalizar su participación, la actriz citó varios fragmentos de la novela que le parecieron importantes, entre ellos, una frase que la impactó: “La guerra es una oportunidad de salir de la cotidianidad”.

Antes de concluir la presentación, el también artista visual habló acerca del proceso creativo de Desde el olvido. Señaló que ésta fue concebida mientras leía dos clásicos: Los hermanos Karamazov de Dostoievski y Los miserables de Victor Hugo, por lo que él considera que se impregnó de ese romanticismo.

También señaló que intentó cuestionar aquello que es considerado como “lo bueno y lo malo” sin dar respuesta, sino más bien abrir interrogantes, ya que uno de sus objetivos era confrontar al lector consigo mismo en cuanto a la parte ética. En lo que respecta a la época en la que situó la novela, confesó que su intención era jugar con los tiempos literarios y a partir de ello eligió un período que ninguno de los lectores hubiera vivido.

Los ejemplares de esta novela publicada por Acribus Editorial ya están a la venta en Amazon.com.

Desde el olvido, la primera novela de Manuel Arrubarrena. Foto: Diana Ramírez Luna.

Poema millennial

Tal vez no soy de memes o gift tiernos,
Quizá no te he dicho suficientes veces “te quiero”,
Seguramente nunca he sido el novio perfecto.
Hemos peleado tanto que ya he perdido la cuenta,
Unas por mi culpa
Y otras porque no te entiendo.

 

Hoy te noto agobiada,
Probablemente aburrida,
Peor aún sería decepcionada.

 

Pero no importa,
Porque yo seguiré para ti hasta el último de mis días,
Hasta que el cielo me alcance
Y la vida se acabe.

 

Porque espero que nunca olvides,
Que pese a mis fallas,
Mis incontables torpezas,
Mis infinitas descortesías,
Y mis absurdas decepciones
Yo te amo.

 

Por cada cosa que eres,
Por cada meta que logras,
Por cada sonrisa que me regalas
Por cada momento que me das,
Por la vida que me inyectas.

 

A ti, amante preciosa
De mejillas rojas,
Gracias infinitas,
Por haber llegado a mi presencia.

Su mirada, la más tierna de mi vida

Sus ojos se posaron sobre los míos. Su mirada tenía un brillo especial, ese que invita a perderse en su profundidad y nadar por sus aguas desconocidas con el deseo de descubrir su esencia. Desde que la conocí, quedé colgado de sus ojos y esos labios convertidos en delirio. Hacía unos meses que la había conocido, un junio de 2011, y ya sentía que la quería.

La noche nos había alcanzado, tras perdernos en las entrañas de la ciudad y del metro. El olor a palomitas, la tarde cayendo sobre la explanada de Bellas Artes, su voz deshaciendo mis silencios, mis ojos colgados de los suyos. Emprendimos el regreso a casa, con la esperanza de volver a vernos el lunes. No prometimos nada, pero una corazonada parecía revelarnos que así sería.

Camino al metro Nezahualcóyotl, rememoré la tarde que la conocí: corría por uno de los costados del auditorio. El silencio daba paso a la voz en el estrado. Su bolso se meneaba al compás del rápido andar. Su cabello era como la nuez a la sombra.

Le resaltaban los labios, apenas rojos, anchos pero delicados. De ojos esquivos y con tendencia al color de la almendra, miraba en busca de un lugar para sentarse. Lo encontró a la mitad del auditorio. Se sentó y giró su cabeza…

Fue un instante, una brisa que alivia el sopor, el cosquilleo estomacal. La necesidad de no apartarse nunca. Fue una mirada, el destino cayendo sobre los hombros. El anhelo del mañana. Fue una sola mirada.


Lee: Deseos de ti


Sonreía. Al llegar a la estación, iniciamos el ritual de la despedida. Me miró. Nos abrazamos y volvió a posar sus ojos sobre los míos. Quizá no había sucumbido a una mirada tan dulce como la de ella, como la de aquella noche de enero de 2012, cuando nuestros caminos comenzarían a juntarse para enfrentar las alegrías y dificultades de la vida.

Abrió sus labios para preguntarme aquello que tanto anhelaba. Le dije que sí, mientras entendía que el brillo de sus ojos, la ternura de su mirada, era la invitación aventurarnos en la más bella perdición del mundo: el amor.

 

La gigante de la montaña

Intenté abrir los ojos, me los tallé con el puñito de la mano para ayudarme a despertar, fue inútil. El calor generaba una atmósfera densa, sofocante, las mismas palmeras parecían padecerlo con sus movimientos lentos y fatigosos, lo que provocaba más pesadez en mis párpados convertidos ya en plomo, tras las horas de viaje en carretera, la estancia en la alberca, los mariscos y la viveza del sol mordisqueando la piel.

 


Conoce: La isla de los lagartos verdesmeralda


 

Intenté que mis pestañas superiores se despegaran de las inferiores, pero estaban como tejidas entre sí. El sueño era muy placentero. Aunque sudaba, el viento generado por el ventilador me golpeaba la espalda y lo sentía en armonía con mi respiración, lenta y profunda. Inhalaba y aspiraba por la nariz, pues sólo cuando hace calor puedo hacerlo sin sentir constipadas las vías respiratorias.

 

Comenzaba a sentir la parte frontal de mi torso sudorosa y eso me generaba comezón. Quería abrir los ojos, moverme para secarme el sudor, pero el aire cálido era tan agradable que en vez de eso, me arrancaba sonrisas, ensoñaciones fantásticas y más ánimos de dormir.

 

Mis manos y pies colgaban, soñaba que era una gigante que tras horas de calurosa caminata y búsqueda del lugar perfecto para morar, se adueñaba de una gran montaña y se tendía a dormir sobre ella, en donde apoyaba su barriga para desentenderse de sus extremidades y dejar de imprimirles fuerza.

 

Al fin me rendí. Mis párpados de plomo y mis pestañas entretejidas no me permitieron despertar, así que lo hice quizá unas horas después o quizá hasta el día siguiente. Cuando volví de aquel mundo de gigantes y montañas, levanté un poco la cabeza y miré a papá que me dedicaba una sonrisa blanca y esa mirada ocre que tanto me gustaba. Sólo supe quitarme el cabello de la cara para verlo mejor y entonces comprendí que no estaba tan equivocada, ahí, extendida sobre la panza de papá, era una gigante que todo lo podía.

La isla de los lagartos verdesmeralda

Era la primera mujer a cargo de la capitanía de un barco y estaba orgullosa de eso. Nos dirigíamos vía terrestre a la costa para zarpar y comenzar la aventura de nuestras vidas: la búsqueda de la isla de los lagartos verdesmeralda. Únicamente en las costas de Tuxpan, Veracruz, se les había visto y, aquellos que habían logrado probar su carne aseguraban que además de ser deliciosa, con sabor agridulce y de una suavidad increíble, tenía efectos alucinógenos, más que cualquier hongo o hierba hasta entonces conocida.

Contaban los nativos que al ponerse en sol, la marea comenzaba a subir y el agua del río, como magnetizada por el mar, descendía para unírsele por un momento. Entonces los lagartos verdesmeralda pasaban corriendo sobre el agua para, segundos después, desaparecer como tragados por el aire. A la sazón se formaban pequeñas islas dentro del inmenso río, y ese era el momento justo para desembarcar y cazar a los lagartos, pero había que ser hábil y ducho, porque el evento no duraba más de quince o veinte minutos, tiempo aleatorio, de tal suerte que el río volvía a llenarse con gran velocidad y presión, como si se tratara de una alberca gigante.

Al llegar a tierra y convidar a la gente de su descubrimiento, el primer hombre que logró atrapar a un lagarto, no se hicieron tardar las expediciones en busca de la codiciada fauna alucinógena. No obstante, ningún marino había podido atrapar más de uno de esos seres, por lo que nuestra expedición era la primera en lanzarse al mar con el equipo necesario para hacer ese viaje de varias leguas hacia el Golfo.

-¿Me pasas la bolsa de papas?

-Aquí la tienes. ¿Quieres refresco?

-Sí, mamá. Por favor.

-Toma. No lo vayas a tirar que hay muchas curvas. Y no comas de más, que la carretera siempre te marea, no queremos que vomites, ¿verdad?

-No, ma…

-Come con cuidado, vienes escribiendo y te puedes marear más fácilmente.

-Y tampoco te duermas, ya falta poco para llegar.

 -¿Cuánto falta, papá?

 –Estamos a media hora de Tuxpan.

Decidimos hacer la expedición con tan sólo diez hombres y once mujeres, además de mí. Mientras viajábamos por tierra en un coche arrastrado por dos caballos color canela, planeábamos qué tipo de provisiones era pertinente llevar, cantidades, la ruta a seguir, el tiempo estimado y todo lo que hace falta saber antes de levar anclas.

Éramos veintidós personas dispuestas a conquistar las islas de los lagartos y nada nos detendría. En la costa ya había hombres esperándonos con un pequeño barco construido por ellos mismos, listo para recibirnos y hacernos a la mar al día siguiente.

Cerca de la media noche llegamos a La Mata, lugar donde hombres y mujeres, amigos del abuelo, nos recibieron con algarabía, nos proporcionaron camas para dormir, comida y baños para despejarnos del viaje de horas que habíamos hecho. Esa noche, la última en tierra, nos pareció eterna. Me atrevo a decir que no fui la única que no durmió, porque en el ambiente se respiraba la densidad de la tensión, de lo desconocido e inesperado, de la aventura y el miedo.

-Ya casi llegamos. ¿Quieres pasar por un helado antes de llegar con tus padrinos?

-¡Sí!

-¿De qué sabor lo vas a querer?

 -De pay de limón, papi.

 -¿Con cubierta de chocolate?

 -Sí, y en una canasta.

 -Perfecto, muñequita. Bájate a ordenar junto con tu mamá y tus tíos mientras yo encuentro un estacionamiento.

En vista del tamaño del barco, tuvimos que disminuir las provisiones que teníamos planeadas para el viaje, así que sólo cargamos con la mitad de lo previsto. Comenzamos con los trabajos a las cuatro de la madrugada y zarpamos a las siete de la mañana, con una brisa estival golpeándonos el rostro, pero no los ánimos. Íbamos en busca de uno de los mayores tesoros jamás imaginados, así que lo que en realidad soltó amarras ese 14 de mayo de 2000, fueron veintidós personas convencidas de que no regresarían si no traían entre sus pertenencias fardos de lagartos verdesmeralda.

-Ya llevamos los refrescos, la botana, los condimentos, el asador y todo lo desechable. ¿Falta algo más, compadre?

-No creo, compadre. Con eso está bien, el paseo no durará más de seis horas, estaremos de vuelta antes del anochecer. Ya nada más faltan mis hijos, siempre sí nos van a acompañar.

-Pues entonces nos vamos en cuanto ustedes digan.

Tardamos media hora más de lo estimado en salir del puerto, esperábamos a tres elementos más que a última hora decidieron incorporarse a la expedición. Era un día de carnaval y la gente nos despidió en el muelle agitando las manos, nos deseó suerte y nos gritaban “¡verdesmeralda, verdesmeralda!”, como bautizaron la nave, mientras nosotros, observándolos, cada vez escuchábamos voces más tenues y más nítido el murmullo del mar.

Nos internamos y navegamos dos días, hasta llegar a la zona donde supuestamente encontraríamos las islas cuando llegara la puesta del sol. Detuvimos el barco y esperamos a que la intersección entre el día y la noche nos alcanzara. Faltaban cerca de dos horas, así que decidimos que era buen momento para comer.

-Niños, ¿les sirvo filetes?

-Sí, por favor, padrino.

-Sí, papá. A nosotros también.

-Aquí tienen, en la hielera pequeña traemos limones para que los preparen y en la grande refrescos.

-Niños, ¿ya se pusieron bloqueador?

-Yaaaa…

-En cuando suba la marea el río quedará vacío, coman para que cuando eso suceda puedan bajar sin problemas.

Con la puesta del sol se avivaron nuestras expectativas. La tripulación entera posó sus miradas sobre esas aguas diáfanas que no tenían principio ni fin, autárquicas y caprichosas. En cuanto el azul del cielo se tornó en ese morado que da paso a la resistencia de la noche, donde pugna por posarse sobre las estrellas, el nivel del río comenzó a descender hasta quedarse casi vacío. Entonces aparecieron las pequeñas islas, como si sólo se tratara de cúmulos de arena en medio de una inmensa playa, cubiertas de conchas y galletas marinas.

La tripulación se quedó estupefacta frente al espectáculo, pero ante mi reacción, como capitana, todos despabilaron y abandonaron el barco para bajar a explorar la zona. Finalmente, teníamos escaso cuarto de hora para cumplir nuestro cometido. Yo fui la primera en pisar tierra, tomé un puño de esa arena tibia y la derramé sobre mis pies sin poder dejar de mirar cómo refulgían las pequeñas partículas de ese polvo casi líquido.

Los demás elementos estaban igual de deslumbrados que yo. Aunque tratara de disimularlo, el brillo de mis ojos me delataba ante los de ellos y eso, a su vez, los hacía sentirse libres de tomar las enormes conchas de quince centímetros de radio y, dentro de ellas, guardar las frágiles y quebradizas galletas de mar.

No transcurrieron más de tres minutos cuando los lagartos verdesmeralda se hicieron presentes y pasaron corriendo sobre el agua. Eran del tamaño de la palma de mi mano, veloces, tornasolados y daban el aspecto de ser elásticos.

Dos de mis hombres los persiguieron en vano, así que corrí por las redes que habíamos preparado y entre varias mujeres la lanzamos cuando vimos un grupo de lagartos corriendo hacia el agua y, acto seguido, los demás elementos de la tripulación imitaron nuestros actos. Atrapamos a cincuenta, quizás, pero entonces comprobamos su elasticidad, pues se estiraron como ligas para escabullirse por los orificios de la red.

Entonces comenzamos a escuchar que el murmullo del agua nos daba un consejo o una orden; era preciso regresar al barco. Hubo unos segundos de quietud y silencio, nos miramos unos a otros y, como esperando que yo respondiera a sus interrogantes, me observaron inquisidores.

-¡Al barco, tripulación!- grité.

-Suban todos a la lancha ya, niños. Está por entrar la noche.

-Padrino, otro ratito.

-No, pequeñuela, ya no se puede.

-Papá, déjanos otro ratito…

-Por hoy no se puede, el río va a regresar a su nivel en unos minutos, pero si se portan bien, mañana podemos volver a la isla de los lagartos verdesmeralda.

 

 

Promover la lectura como motor de vida: 13° Tianguis de libros en CU

Un libro puede salvarte la vida

13° Tianguis de libros en CU
Del 7 al 11 de noviembre, Ciudad Universitaria es sede del 13° Tianguis de libros. Foto: Aideé López Rivera.

Esta semana, el 13° Tianguis de libros de Ciudad Universitaria es sede de varias actividades que promueven la lectura como una manera de resistencia ante la compleja situación social y económica que se vive en el país. Con la afirmación “un libro puede salvar una vida”, la Brigada para Leer en Libertad, organizadora del evento en conjunto con la UNAM, transmite la esperanza de vivir mejor si nos apropiamos del aprendizaje que los libros nos dejan al recorrer sus páginas.

 

Los esfuerzos de muchas personas que están seguros que las presentaciones culturales logran cambios benéficos en la población mexicana se ven reflejados al asistir al Tianguis de libros que comenzó el lunes 7 y será levantado el viernes 11 de noviembre. Estos días, la explanada oriente de la Torre II de Humanidades tiene un ambiente acogedor y atractivo para los que quieran pasar a escuchar música en vivo, acudir a las presentaciones de libros, participar en diálogos culturales y disfrutar del olor a libros viejos y nuevos.

Un libro puede salvarte la vida.
>>Un libro puede salvarte la vida. Foto: Aideé López Rivera.

 

Durante la jornada del miércoles, a la una de la tarde, las reflexiones se enfocaron a enriquecer el pensamiento con la lectura para comprender las situaciones difíciles que viven personas de todo el mundo y que, finalmente, no están alejadas de las nuestras. Los libros nos hacen tomar conciencia de la realidad y, a su vez, enfrentar su crudeza con la magia de trasladarnos. Así lo expresaron Salvador Vázquez y Ezra Alcázar durante la presentación del libro ¿Puedes vivir con un dólar al día?, del periodista italiano Giovanni Porzio. Al final de la presentación, cada asistente recibió como obsequio un ejemplar de la obra cortesía de la brigada Rosa Luxemburg Stiftung y personas que suman sus esfuerzos a la distribución gratuita.

 

A las dos de la tarde, Paco Ignacio Taibo II hizo una amplia reflexión sobre la situación laboral de nuestro país y enlazó experiencias de la crisis actual con historias del movimiento anarcosindicalista de Cataluña, entre 1917 y 1923. De ese movimiento y sus vivencias habla su libro Que sean fuego las estrellas. El escritor ennobleció el poder de la lectura al mencionar el derecho y la obligación que todos tenemos de construir nuestra propia historia con lo que vivimos y lo que leemos.

Paco Ignacio Taibo
Paco Ignacio Taibo II reflexionó sobre la situación laboral de nuestro país, a través de su libro “Que sean fuego las estrellas.”. Foto: Aideé López Rivera.

El Tianguis de Libros es parte de las ferias de libros que se han llevado a cabo este año por conducto de la Brigada para Leer en Libertad. La presentación de libros y su distribución gratuita son atractivos principales pero los objetivos van más allá de adquirir un libro, pues en este espacio se incentiva a los asistentes a compartir sus libros, invitar a sus seres cercanos a leer y permitir que una historia mejore su entorno. No se trata sólo de leer, se trata de valorar esa acción como un tesoro que da vida.

#NuestrosMuertos: Reminiscencias

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“La existencia de la humanidad representa un suspiro en el universo. En ese sentido, la vida de toda mujer u hombre, simboliza mucho menos que un suspiro. A lo más, una posibilidad. “…somos en la tumba las dos fechas, del principio y el término…” dicen los versos del poema “Epitafios” de Jorge Luis Borges. Y en efecto, cuando caminamos por un cementerio no podemos evitar observar placas en las que se marcan los años de paso por el mundo de cientos individuos que se encuentra en esos recintos, con una fecha que marca el inicio de la existencia. Otra, que la termina abruptamente.

En ocasiones se olvida que aquellas placas de concreto guardan en sí la noción de algo infinito, que es la vida de una persona. Desde muy pequeño siempre me gusto la palabra epitafio. No recuerdo la primera ocasión que la escuché, pero puedo rememorar que me quedé desconcertado ante ella. Era una palabra utilizada en ocasiones muy precisas. Y me fascinó descubrir que simboliza un texto que honra a un difunto.

Con el tiempo supe de algunos grandes epitafios escritos para poetas o conquistadores. El de Alejandro Magno dice: “Basta esta tumba, para quien no bastaba el mundo”. O el de José Saramago, sacado de la frase final de su novela “Memorial del Convento” y que está escrito al lado del árbol donde yacen sus cenizas en las costas de Lisboa: “…no subió al cielo, porque pertenecía a la tierra”.

No obstante, a pesar de la grandeza y belleza de los textos de los epitafios, algo que me sobrecoge el corazón es que jamás podrán honrar en su totalidad la vida de una persona. Acaso nos hemos detenido a pensar, ¿cuántos momentos, secretos y misterios guarda nuestro paso por el mundo? ¿Qué hay detrás de esas dos fechas? ¿Qué se esconde en el interior de ese breve texto? La gente olvida que son precisamente esas lapidas las que guardan todos esos enigmas.

En la vida de toda persona se oculta el amor que mereció y aquel que no supo dar. Los sueños realizados y aquellos que se perdieron en el abismo del tiempo. El cariño y afecto que se dio a los que quiso. Los momentos vividos con la pareja, los hijos, nietos y otros tantos familiares. Varios sitios amados. Nuestra fe, nuestro odio, nuestra decepción y nuestro amor. Cuando la vida de una persona se eclipsa se van con ella casi todos sus secretos. Sus pesares y anhelos. Y sólo es en ese momento que aquellos que vemos morir a nuestros seres queridos entendemos lo poco que conocimos a esa persona. Lo poco que compartimos con ella. Y la vida que existió más allá de los momentos en los que coincidimos.

 

Ante esto sólo podemos atarnos a las reminiscencias de nuestra memoria. A esos días que ahora pasaran a ser nuestros recuerdos de alguien que amamos y que fue importante en nuestra vida. Recordamos su olor, su voz, algunas de sus frases…

 

Qué extraño suena de repente decir “cómo decía…” Porque esa frase revela una realidad: pensamos en la compañía de alguien que ya no está presente con nosotros y que nunca más volveremos a ver. Y es por este crudo hecho que logramos entender que la gente que nos deja tiene la fuerza y vida que le damos quienes nos quedamos para recordarlos. En ese sentido, los epitafios jamás podrán honrar la vida de un ser querido. Esa tarea nos corresponde a nosotros. Con nuestra memoria y corazón. Con los recuerdos que tenemos de los que se han ido y ese poco de vida que compartimos juntos.”

Mejores amigas

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Había sido un mal día. De los peores.

 

Discutí con papá porque olvidó que tenía clase –quizá incluso olvidó que ese día me tenía en casa- y se fue a una cita de negocios sin el menor apuro; cuando volvió, ya era tarde para ir a la Facultad, así que me regresaría a casa. No tenía tiempo de llevarme y tuve que viajar en metro, donde hacía un calor equivalente al concentrado de todos los círculos del infierno de Dante. El metro hizo un recorrido estimado para 50 minutos en hora y media y, al salir, vi atisbos de que el cielo, como yo, quería llorar.

 

Decidí que no tomaría taxi, caminaría hasta casa. No, tampoco iría a casa, iría al Miguel Alemán a caminar y tomar un poco de aire. Sonó mi móvil, era Óscar. La noche anterior habíamos discutido por el rumbo que estaba tomando la relación: él me lo dijo claro, no quería una relación seria y si eso era lo que yo buscaba, él no era el hombre correcto. Apagué el teléfono.

 

Mientras caminaba hasta el parque me vinieron a la mente diversas situaciones por las cuales estaba atravesando. El innombrable tema de la tesis, mi recién perdido empleo debido a la quiebra de la editorial, el servicio social que aún no comenzaba, el libro de relatos cuya publicación estaba en el limbo, mi informal relación con Óscar a quién yo ya no sabía si quería u odiaba por llenarme de mimos y caricias, pero siempre sin certezas de ningún tipo, y por Rodrigo, quien tras haber desaparecido sin motivos de mi vida durante medio año, había vuelto con un speech de redención. Además de la situación de mi padre, que a ratos, parecía olvidar que yo existía, aun cuando tuviéramos tan establecidos nuestros horarios para vernos. Jan, una de mis mejores amigas y la que vivía más cerca de mi casa, había dejado el gimnasio y ahora casi no nos veíamos, salvo extrañas casualidades, así que no tenía con quién conversar; la extrañaba mucho.

 

En menos de lo que pensé, ya había llegado al deportivo. Me paré frente a él y vacilé en entrar, pero al final, lo hice. Me senté en una banca y observé a los jugadores de americano, a las chicas del equipo de atletismo, a las parejas que caminaban de la mano. Todos felices. Salí de ahí, no estaba ayudando demasiado el escenario.

 

Comenzaba a oscurecer y en menos de media hora, seguramente, caería la noche, así que opté por sentarme en una banca afuera del deportivo. Miré hacia la avenida, me quedé absorta en nada. Prendí un cigarro.

 

Sentí una mano en la espalda, me espanté. Di un pequeño brinco y giré la cabeza.

 

-¡Vaya! Tengo toda la tarde llamándote, pero me manda a buzón. Supuse que estarías aquí.

-Apagué el teléfono, no quería que me molestaran.

-¿Quién te molesta?

-Bueno, en realidad nadie. Sólo Óscar. Y eso, sin mucho ahínco.

-En ese caso, los demás no tendríamos por qué pagar las consecuencias de lo que hace ese pelele.

-Ya sé. Lo siento.

-Vamos, dame ese cigarro. Mejor te invito un helado, ¿qué dices?

-Digo que está comenzando a llover y no tengo ganas de nada.

-Ay, no seas dramática. Es más, qué te pregunto, vamos.

 

Me tomó de la mano y me arrastró hasta el interior de mi heladería favorita que se encontraba cruzando la calle, sin preguntarme, ordenó un helado doble de triple chocolate. Yo hablaba en serio, no tenía ganas de nada, pero al verlo ahí, frente a mí, no tuve opción. Como siempre, les tentaciones tienen la virtud de arrasar con mi voluntad y esta no fue la excepción.

 

Durante el tiempo que estuvimos sentadas dentro de la heladería, ella no dijo nada, se limitó a sonreírme de vez en cuando y a escuchar con paciencia mi silencio, porque sabía que en cualquier momento se quebraría y sólo entonces ella hablaría.

 

En efecto, comencé a hablar y ella me escuchó atenta.

 

-¿No dices nada?

-Nada, no. Digo lo que ya sabes, pero si quieres que te lo repita, lo hago. En primer lugar, digo que ya conoces a tu padre y no debes tomar las cosas tan a pecho con él, es distraído y un poco desatento, pero eso no quiere decir que no te quiera. Digo que no estás para soportar ninguna situación con la que no estés plenamente feliz y que tú eres capaz de lograr lo que quieras, como lo has demostrado siempre; una tesis no tiene por qué causarte tantos conflictos. Digo que ya hallarás un trabajo mucho mejor y que no te pasará nada que no deba pasarte, pero debes tener paciencia, tesón y orgullo, pero sobre todo, ser consciente de que tú mereces eso que deseas y más.

-¿Tú crees?

-No. Estoy segura. ¿Sabes cuál es tu problema?

-¿Que tengo un periodo de mala suerte?

-¡Claro que no, baby! Que eres demasiado perfecta y hasta a ti misma te cuesta trabajo creerlo. ¿Cómo no quieres que a los demás también les cueste y les horrorice echarse el paquete de una profesionista independiente que se dedica a lo que le apasiona, joven, bonita y además se dedica al deporte?
Entonces me reí. Ella también.

-¿Nos vamos?

 

Salimos de la heladería y las gotas de la breve, pero intensa lluvia ya comenzaban a evaporarse. Miramos hacia el horizonte y vimos un cielo estrellado con una luna roja e inmensa. Al llegar a casa, ambas sacamos nuestras llaves. Antes de introducirla en la cerradura, la abracé con todas mis fuerzas.

 

-Gracias, mamá. Por eso te amo.

Hermanito

Es tu hermanito. Lo veía y no lo creía. Mamá se había ido por dos días y había regresado con un bebé de cabello abundante y lacio, tenía rasgos muy similares a papá. Tienes que cuidarlo porque eres el mayor, dijeron. El niño miraba de un lado al otro, intentando reconocer el nuevo espacio donde estaba.

 

El bebé creció. Mis papás continuaron la tradición de los dos nombres: José Manuel, se llamó. Su cabello crecía junto al parecido con mi papá. Después, flashes, instantes que atesoro en mi cabeza gracias a las fotos de la infancia: fotos junto a otro bebé de su edad, ahora con un uniforme de las Chivas, vestido con traje de cadete, ahora con botas y camisa cuadrada, pasteles de cumpleaños, su pelo siempre revuelto.

 

Me detengo en aquel recuerdo; domingo de fiesta, para facilitar las cosas, nos habían juntado nuestros respectivos cumpleaños. Yo tenía seis, él tres. Dulces, comida y un pastel decorado como si fuera una cancha de futbol. Velitas, fotos, abrazos, mordida, momentos tatuados en papel y que vuelven a mi cabeza cada 24 de mayo.

 

Seguía creciendo. Ahora usaba lentes y estaba a punto de salir de la primaria. Aquella mañana que ese ciclo cerraba, nos dimos cita para verlo recibir sus documentos y derramar algunas lágrimas por los amigos que dejaba atrás.

 

Le tomé fotos por aquí y por allá con la vieja cámara de mi papá. En la secundaria se rebeló como lo tenía que hacer un buen adolescente. Gruñía y confieso que luego trataba de molestarlo para que se enojara más.

 

Después, el mundo nos dio un vuelco cuando en casa comenzó a faltar el dinero. A nuestra forma pusimos cara a la tormenta, pero nos alejamos el uno del otro.

 

Dicen que los hermanos mayores influyen en los gustos musicales de los menores. Eso es parcialmente cierto, pero en mi caso, Manuel cambió los míos; si algo sé, es por él.

 

Nunca se lo dije, pero me fascinaba verlo jugar futbol; a veces escondía el balón con esas jugadas de fantasía que sólo algunos saben realizar. Cierro los ojos y veo aquella playera marcada con el número 6 y su nombre, aquellos tacos tan parecidos a los míos y sus gritos para acomodar a sus compañeros. La verdad es que desearía volver a jugar futbol con él.

 

Lecciones de la vida

El tiempo supo cómo volvernos más cercanos, justo cuando tuvimos que afrontar aquel viacrucis. Habría dado lo que fuera para evitarle ese extraño momento, no pude; pero sé que nunca lo dejaría solo. Si una lección me ha dado la vida es que aún en las peores tormentas, los hermanos están ahí para levantarte, extenderte la mano y ayudarte a seguir. Así fue aquella vez.

 

Las horas me consumían, extrañaba ese humor extraño que le afloraba justo cuando la situación era más tensa. Ya era tarde, el reloj no detenía sus horas y todos lo esperábamos. Salió, imposible evitar el llanto. Se dirigió a nosotros y nos fundimos en un abrazo que recompuso más de un alma.

 

Lo he visto llorar, enojarse, reír, burlarse de todo, gritar, celebrar, cantar, tomar, caer, aprender, levantarse, continuar; en una palabra: vivir. Hoy cumple 23 años. Hoy lo entiendo y agradezco, es mi hermanito.

Reportaje

–A ver, repite todo desde el principio.

—Pero oficial, ya le dije a su compañero que yo no soy el responsable.

—No te pregunté si tú fuiste el culpable, te pedí que repitas cómo fue. Es la única forma en la que te puedes librar de este problema.

—Está bien.

 

Todo empezó por la televisión. A decir verdad no la enciendo muy seguido pero en esa ocasión me llamó la atención una mancha que escurría. Parecía una especie de baba con ligeros tonos en rojo. Recorría el borde del LCD y terminaba justo antes de llegar al panel de los botones. Tardé mucho tiempo en removerla porque a pesar de notarse seca, se mantenía viscosa.

 

Días después empezaron a ocurrirme situaciones fuera de lo cotidiano. A plena luz del sol, el foco de la cocina se movía como un péndulo. A la fecha sigo creyendo que era una corriente de aire o los pasos de mis vecinos.

 

Fue una etapa muy molesta, porque además de eso, objetos como mis llaves o la cartera, se caían; no importaba qué tan lejos de la orilla estuvieran, se azotaban con mucha fuerza. No le tomaba mucha importancia porque estaba en la investigación de un reportaje para denunciar a un grupo dedicado al tráfico de menores de edad.

 

Este grupo fue detenido por Ecatepec en el momento en que le sacaban los ojos a un pequeño de cinco años. Muchos medios sólo se limitaron a difundir la captura de estos tipos y a dar unas cuantas cifras de sus víctimas. Al menos 18.

 

Las cosas empezaron a empeorar cuando busqué la entrevista con el líder de ese grupo. Aquel día, sólo el cristal de mi ventana se partió por un fuerte aire, además, del baño comenzó a salir un aroma a piel quemada. Cuando salí para verlo en el reclusorio, el mismo aroma me seguía. Estaba impregnado sobre mi ropa. Al llegar con el tipo condenado a cadena perpetua, me miró de una manera retadora, casi sarcástica.

Me senté frente a él y sin decirle nada me dijo: “No tienes idea de lo que preguntarás, ¿cierto?”. Me quedé tieso porque a pesar de haber memorizado el caso, en efecto no sabía por dónde empezar. Aun así traté de no mostrarle mi sorpresa.

 

—Dígame, señor Ortiz ¿Qué lo motivó a…

—El mal.

—Quiere decir que…

—Fue un tributo al mal. Se lo debíamos y estábamos deseosos de probar nuestra devoción. Ustedes se creen inmunes, pero su Dios los ha abandonado.

 

Y soltó una carcajada para después golpearse contra la mesa hasta despedazarse los dientes y el tabique. Los guardias llegaron para detenerlo pero su cara la había convertido en una figura de plastilina. Más que golpes, sus lesiones lucían igual a quemaduras de tercer grado y sus ojos estaban totalmente negros, pero con la textura de pasas podridas.

 

Salí corriendo para poder hablar con los padres del niño, ahora ciego de por vida.

 

Al llegar su casa en la calle de Monterrey, nadie abrió. Estuve cerca de media hora, pero no hubo respuesta, sólo los pisadas de un animal que se acercaba y olfateaba cada vez que tocaba el timbre.

 

Fui a mi departamento para tratar de escribir mis avances, pero constantemente tocaban mi puerta. Creí que era algún bromista pero por más que intenté, no logré atraparlo.

 

Estaba desesperado y salí por un par de cigarros y una coca para mantenerme despierto. Ya de regreso, justo una calle antes de que yo llegara, un pequeño carrito de fricción salió de una puerta, tras él un niño pequeño. Se detuvo y cuando tomó su cochecito, volteó hacía mí. Quedé perplejo al mirar al chiquillo desollado de la cara y sin ojos. Me sonrió y me dijo “Sigue adelante, te estás acercando”.

 

Corrí incrédulo ante tal situación. Quise olvidar aquella imagen pero no podía. Su rostro, rojo como lava volcánica se había impreso en mi pensamiento. Jamás olvidaré el estampado de conejito en su playera verde.

 

Me quedé despierto hasta pasadas las cinco de la mañana y algo me motivó para regresar a la morada de la última víctima. Estaba consciente de mi imprudencia pero no pude resistir tener al menos un contacto con los padres. Al llegar a su casa, el zaguán estaba entreabierto desde antes de llegar noté cómo se abría y cerraba muy despacio. Me detuve para tocar, pero volví a ver la misma acción. Tres veces se cerraba y abría con mucha precisión. Cada parte de mí se estremeció y había optado por retirarme lo más rápido posible. Sin embargo un grito histérico me envalentó y abrí la puerta. Sobre el pasillo yacían tres cuerpos irrigados con sangre. Era el pequeño y sus padres. Una voz como suave viento me susurró “llegaste tarde, será mejor que hullas”. Mi primera reacción fue largarme pero la puerta se azotó con tal fuerza, que dobló la chapa principal. El viento gemía y del piso se escuchaban cómo los cuerpos se arrastraban queriendo llegar hasta a mí. Jalé con tal fuerza que corté mis manos hasta que pude abrir.

 

Ahí fue donde los patrulleros me detuvieron y me trajeron aquí.

 

—Tengo una duda.

—Le juro que es toda la verdad.

—Shh. Dices que el niño que viste esa noche tenía una playera de conejos.

—Sí.

—Su cabello era negro y quebrado.

—No tengo idea. Estaba oscuro y no veía nada.

—De casualidad no es el mocoso de esta foto.

—Sí, creo que es él. ¿Por qué tiene una foto del pequeño?

—Por una sencilla razón. Es mi hijo. Se llama Diego y tiene dos años de muerto. Lo ofrecí en tributo como una manera de conseguir mi ascenso; y sabes algo: funcionó.

 

Ahora tú, reporterito verás de cerca lo que comúnmente se le conoce como rito satánico. En cuanto a la miserable familia que viste, digamos que se opusieron a que termináramos con nuestra misión. Por cierto, las patitas que escuchaste, eran de su maldito perro. Me mordió pero compartió el destino de sus dueños.

 

Ahora tú, reporterito de cuarta, verás de cerca lo que comúnmente se conoce como rito satánico. Llévenselo muchachos y asegúrense de que no se desmaye hasta terminado el ritual.

Estatua

Me niego a ver tu rostro, es eso. Paso de largo con la sangre agolpada en el estómago y el frío en la cara. De arriba abajo me recorre el escalofrío de naúsea y sólo se escucha tu silencio de pátina, como un halo de nube helada.

 

Pero debo posarme un momento al lado tuyo, y es un mal que atrapa, no es costumbre ni norma pero llego a ti y me pasmo, aunque huyendo.

 

Es de día y no me parece que el terror pueda revelárseme en el vacío de tus ojos de pátina y en tu gris estampa, no me parece que, como anoche, el mundo se agigante a cada paso que doy para hundirme en la tierra, convertido en un gusano, arrastrándose para huir de tu gesto ahogado.

 

Cruzo la calle y me atrevo a mirarte, poco a poco, hasta que me acostumbro a cada una de tus grotescas formas, pensadas para admirar, para respetar tu recuerdo, pero que la torpeza de unas manos esclavizadas conviertieron en aparición desgraciada.

 

No sé quién eres y cada día te asomas como la sombra que queda de nuestros recuerdos de asco, del camino decadente y desdeñado, del amor que se da por lástima y se quiere olvidar.

No quiero ver tu rostro, me niego a ver tu rostro que es el mío. ¡Mentira! No soy yo quien te mira desde arriba con tus ojos muertos, quien te ve como un gusano que se arrastra ante mi gris estampa. No me temas… no me temas.

Nosotros

Quizá era la emoción del reencuentro, las cenizas que con el viento avivan el fuego o el despertar de un amor que dormía su siesta. Pero estábamos ahí, frente a frente, como tantas tarde de otoños pasados. Te miré hermosa, algo había cambiado y no era el tamaño de tu cabello ni el brazalete que adornaba tu mano. Tenías un brillo distinto, como si el invierno no pasara por ti, como si formara parte de esa corona que rodeaba tu cuerpo.

 

Me seguiste, aunque sospechabas que, otra vez, estaba perdido. Anduvimos en busca de una calle extraviada en mi memoria. Hay cosas que no cambian y tu distracción es una de ellas, pensaste. Sin embargo, sabíamos que el destino nos tendría una buena sorpresa.

 

Extendió una carta bastante cuidada. El lugar llamó nuestra atención, tal vez porque somos asiduos a la nostalgia y nos recordó las historias de los abuelos. Entramos. La vieja casona nos recibió con ese halo tan especial del invierno de la capital. Escogimos el patio, tal vez porque los árboles nos conquistaron. Primera mesa a la derecha, debajo de una lluvia de hojas que no cesó en toda esa mañana.

 

Te sentaste frente a mí. No te lo dije, pero era todo lo que deseaba: mirarte. Recorrí palmo a palmo tu rostro, me detuve en tus ojos, los escudriñé buscando una esperanza. Pasé a tu boca y el desfile de recuerdos pobló mis labios. Quería abrazarte, dejar que la tristeza se evaporara y fueras nosotros.

 

El mesero me sacó de las ensoñaciones. Con la carta extendida, pasamos los ojos por aquel documento que describía manjar. Pedimos. Esperamos. Platicamos. El árbol soltaba su lluvia de hojas y tú la brizna de tu sonrisa.

 

Comimos con la alegría del reencuentro. Nos contamos el presente de nuestras vidas, procurando el bienestar del otro. Te conté mis dudas y me platicaste las tuyas y volvimos a ser nosotros. Tal vez por eso la pasamos muy bien. Tal vez por eso, sentí que el presente era una pausa y no el fin. Y todo se explica porque: volvimos a ser nosotros.

Recuerdos

Caminábamos por Reforma e Insurgentes, del circuito interior a la calzada Tacuba y, por último, terminábamos en el Monumento a la Revolución. Con nuestras palmas acallábamos el barullo citadino. Nuestros gritos, brincos y risas, cerraban calles y avenidas enteras. En la espalda cargábamos con el sueño de décadas pasadas, ahora éramos responsables de ese sueño: una visión; era un peso enorme con el que orgullosos cargábamos. Nuestra voz era juiciosa, nos creíamos dueños del bien y del mal, nuestra ética no fallaba. Marchábamos agarrados de las manos, encadenados el uno al otro, nos amábamos y nos cuidábamos pero también peleábamos. Sentimos ser dueños del pasado, presente y del futuro, aunque sólo pudimos apropiarnos del pasado, esa lámina nunca se nos quitaría de encima. Honrábamos e idolatramos a aquellos caídos, queríamos ser como ellos ¡era nuestra responsabilidad! ¡No debía olvidarse!

Recuerdo aquellas discusiones: todos éramos como lobos hambrientos sobre la misma presa. Reñíamos sobre esto, sobre lo otro; cosas así. Pero al terminar, al volver a marchar, seguíamos siendo hermanos.

Una vez más las calles fueron corrientes de pensamiento, una vez más la ciudad se colapsaba y se dividía. Nos apoyaban o nos odiaban, pero de eso nos alimentábamos.

Hubo un día en el que salimos a marchar; los ánimos eran candentes, pisamos Reforma, Circuito, Insurgentes y Revolución, hicimos un círculo sobre la ciudad… como nuestro movimiento, circular, a ningún lado y siempre regresando, siempre a lo mismo. Gritamos sin quedarnos afónicos, ensordecimos a los demás pero no nos escuchaban, y al llegar, una gran tormenta nos recibió. Bailamos en ella. La voz corría diciendo el grandioso presagio que representaba aquella tormenta… pero sólo fue eso, lluvia y nada más.

El pasado, si, el pasado, esa era nuestra preocupación, veíamos nuestra historia con vergüenza. Había partículas de insurrección, las cuales nos llenaban de júbilo y esperanza. El pasado era nuestro tema, no el futuro ni el presente, sólo pensábamos en aquellos fantasmas que una vez más asomaban las narices. Ésa era nuestra verdadera preocupación, esos fantasmas que regresaban o que quizás nunca se marcharon. De tal modo que el movimiento surgió por esos fantasmas, se volvió también un fantasma.

Nos llenamos la cabeza de documentales sobre otras protestas ya ocurridas, de hombres y mujeres que al igual que nosotros cantaron en las calles. De pronto nos sentimos ellos y al verlos ya de viejos, envejecimos con ellos, y la esperanza, de igual forma que sucede con el amoroso, significaba un caminar, una búsqueda sin encontrar ¡bien dicho! Una esperanza. De alguna forma nos volvimos pasado, nos convertimos en tinta para los libros, nos hicimos orgullosos ocupantes de un lugar en el archivo nacional.

Ritual incompleto (2/2)

Consulta la primera parte, aquí

 

Con los ojos llorosos entró nuevamente a su cuarto. Abrió el documento y empezó a leer:

 

“Nunca pude resistir que mi esposa se divorciara de mí. Ni el alcohol, ni la mota, calmaron los días de sufrimiento. Quería que volviera y estar nuevamente con mi hija. Tal vez por eso me acerqué a Dios como nunca. Le pedí perdón por todas mis ofensas y cuestionarlo todo con mis acciones, pero no quiso escucharme; siempre fue díscolo conmigo. No hallaba la manera de acercarme a ellas, ahora felices con el tal Uriel, así que acudí a la santería, a la brujería. Ellos hicieron contacto con distintos seres que me visitaban cada noche. Hablaban conmigo, sobre su manera de ayudarme para volver a tener a mi familia como antes.

 

Pensé que me estaba volviendo loco, así que me recluí en un hospital siquiátrico donde conocí al doctor Javier Suárez. Él trató de ayudarme pero ya no tenía nada más qué hacer, ellos vivían en mí, se alimentaban de mi tristeza y mi depresión, así que tuve que escapar del Instituto Nacional de Psiquiatría para pedirle un último favor al doctor Suárez. Siempre cordial conmigo, me dijo que recurriera a la fe, acercarme a Dios para salvarme. Me prestó un pantalón caqui, una camisa azul y me regresó los lentes con los que ingresé al hospital. Acepté y mientras me llevaba a casa, habló con un cura para que platicara conmigo sobre lo que hice con los chamanes en el panteón Dolores durante 13 noches seguidas. La cara del doctor era de preocupación pero no quiso alarmarme más.

 

Llegamos a mi casa y la grata sorpresa fue ver a mi hija en la puerta. Se había peleado con su madre y quería quedarse conmigo unos días. Ella no sabía todo lo que me estaba pasando y el doctor tampoco quiso preocuparla, así que entramos. Me recosté en la cama mientras que Emilia se quedó sentada viendo la televisión.

 

No tardó mucho en llegar el cura y cuando me vio postrado en la cama, su expresión fue de pánico, quiso salir a toda prisa; le decía al doctor que no estaba capacitado para ayudarme, que él tampoco y que debían salir los tres cuanto antes. Traía una cruz de madera, un rosario y una biblia. El doctor le imploraba que no debía morir igual que su madre, que él se quedaría hasta que llegara con más ayuda. De pronto sentí una presión muy grande en el pecho; se me infló y parecía que explotaría algo dentro de mí.

 

Mi voz cambió, pedía un ritual; mis piernas tronaron y empecé a tirar todo lo que había alrededor. De un golpe voltee la cabeza del doctor Suárez. Mientras el padre huía despavorido, tiró el crucifijo y su rosario, sin embargo, Emilia entró a mi cuarto. Estaba asustada, no sabía lo que pasaba conmigo. Yo estaba tragándome entero el rosario.

 

Cuando la vi, tomé el crucifijo y se lo enterré en el cráneo, justo en el costado izquierdo. Mi hija cayó muerta al instante. Eso logró que me detuviera por unos instantes. Las lágrimas me brotaron; me quería morir por mi crimen, aunque nunca pude tener control sobre mí, sabía que todo era mi culpa.

 

Levanté a mi niña y la puse en el sillón, ése que tanto le gustaba y lo único que mi esposa me dejó sacar de casa. Al doctor lo puse sobre la cama, sabía que alguien lo encontraría ahí tarde o temprano, al igual que a mi pequeña Emilia.

 

Si estás leyendo esto, sabrás que soy culpable de todos los crímenes. Ésta es la última vez que escribo ahora que los demonios soy yo. El rosario lo vomité y lo puse junto a la cruz en una pequeña caja debajo de mi cama. Por favor, dale sepultura a mi hija, al doctor Suárez, pero sobre todo, no me busques, soy un soldado del infierno.

 

Atentamente:
Óscar Andrés Mérida”

 

Hasta ese momento, Andrés recordó cada momento. El día que se recluyó en el psiquiatra; los enfermos que ahí vivían; las historias que le contó el doctor Suárez sobre casos similares; los demonios que en él vivían; que nunca más vería a su hija y que todo el día, desde que tomó el periódico, hasta que regresó a escribir a casa, había sido una alucinación, una última manera de luchar con sus ocupantes.

 

—Te perdono, papá, no fue tu culpa— escuchó de nuevo un susurro.

 

Su rostro se llenó de lágrimas nuevamente, arrepentido de todo lo que hizo. Sabía que lo único que le esperaba era vivir tras las puertas del infierno, mismas que ya lo esperaban desde hacía tiempo.

Ritual incompleto (1/2)

Se necesita encontrar el paradero de Óscar Mérida. Es de estatura media y complexión delgada. La última vez que se le vio, vestía camisa azul, pantalón caqui y llevaba lentes de armazón. Si lo ve, repórtelo al 060 o acuda al policía más cercano.

 

Ya ni la chingan estos periódicos. Cada vez traen más anuncios que notas. Por eso estamos tantos reporteros desempleados o mal pagados. Y todo por culpa de los pinches chamacos que se bajan los calzones a la primera oportunidad que les ofrecen.

 

—¡Ya papá! No me amargues el desayuno en sábado. Eso de escuchar las quejas de mi mamá todos los días, sobre cómo se porta con ella Uriel y que ya no la trata como antes, resulta cansado, para que los días que me toca verte también tenga que escuchar tus broncas.
—Perdóname mija. Pero es que ahora sí ando bien apretado. Todavía no me terminan de liquidar los últimos dos meses que trabajé en Excélsior, y ya nadie quiere darle chamba a un periodista de 45 años. Por eso ando escribiendo un reportaje que mínimo me va a dar lana de aquí a lo que termina el año.
—¿Y cómo vas con eso?
—Ya casi lo termino. De hecho hoy tengo una entrevista con un doctor para que me explique con detalle una variación del síndrome catatónico. Un nuevo tipo de esquizofrenia que se ha manifestado de manera distinta en varios pacientes.
—Entonces ¡¿Me voy a quedar sola?!
—No, si quieres vamos. No me voy a tardar.
—No papá, mejor te espero. Siempre me aburro cuando trabajas.
—Pero si te quedas es para terminar la tarea. Nada de computadora, celular o esas porquerías en internet. Por favor.

 

El desayuno continuó durante 10 minutos hasta que terminaron el cereal y los huevos revueltos hechos la noche anterior. Andrés fue a su cuarto mientras que Emilia se quedó sentada en el sillón viendo la televisión.

 

—Emilia, ¿dónde pusiste los libros que estaban en mi escritorio?
—Yo no tomé nada.
—¡Carajo! Se me va hacer tarde, siempre es lo mismo. Todos los días se pierden las cosas pero esto es el colmo. ¡Emilia, ayúdame chingao!

 

La adolescente se levantó y entre los dos buscaron las notas perdidas. Andrés buscó debajo de su colchón, mientras Emilia revisaba entre el desorden de su padre. Finalmente encontraron los libros y sus recortes dentro de una caja húmeda, casi deshecha, que estaba enterrada entre las herramientas de Andrés. En las cosas se encontraba un crucifijo quebrado de la punta y un rosario manchado con aceite fresco. Parecía de coche.

 

—¿Es tuyo?— preguntó Emilia desconcertada. Sabía que su padre se consideraba laico en extremo y no era común ver imágenes religiosas en su departamento. Ni siquiera cuando vivían juntos.
—No, y francamente no tengo idea de cómo llegaron mis notas ahí. Han pasado cosas muy raras últimamente. Da igual, voy tarde y todavía tengo que venir a escribir el final del reportaje— tomó los libros, las notas y dejó con cierto desdén los menesteres religiosos, justo a lado de su cama. Salió del cuarto aprisa mientras su hija volvió al sillón sin hacer más preguntas.

 

Mientras viajaba en el metro hacia la colonia Roma, Andrés repasaba los testimonios recabados. Párrafo por párrafo, leía a quienes habían tenido contacto con esta enfermedad: pacientes, familiares y doctores.

 

“Parecía que sus manos tenían artritis. De repente su piel era igual a la de un anciano de 70 años. Manchas y arrugas empezaron a cubrir sus dedos, luego sus nudillos y por último sus brazos por completo. Mi hijo de 17 años había envejecido en segundos y sus articulaciones eran como ramas secas. Sus ojos mantenían la mirada fija sobre el rincón de la pared y sus piernas parecían estar separadas de su cuerpo y completamente al revés. Yo le daba los medicamentos pero nada más no pasaba nada. Mi marido y yo estábamos muy desesperados por no poder ayudar a nuestro hijo”.

 

Narraba una entrevistada. Otro testimonio, el de un médico, decía:

 

“El paciente Saúl González, presentaba síntomas muy poco ordinarios. Constantemente tronaban y se fracturaban sus huesos y a los pocos minutos se volvían acomodar. Moretones y sangre molida salía de sus poros cada vez que eso ocurría. De no haberlo escuchado y visto, tal vez nunca le habría creído a las enfermeras lo que pasaba con Saúl.

 

En principio pensé diagnosticarlo con el síndrome del hueso de vidrio, pero en instantes todas las laceraciones, fracturas y contusiones desaparecían. Cuando eso ocurría, Saúl volvía a la normalidad. Muchas veces me pidió que lo diera de alta, pero yo no podía, su condición era realmente frágil”.

 

El único paciente vivo que encontró y logró entrevistar, con voz agonizante, le dijo a Andrés:

 

“Es bien chistoso que la gente no crea en fantasmas, nahuales o la misma brujería. Se lo digo porque yo los he visto. No son como los cuentan en los mitos de las abuelas; a veces hasta parecen personas normales. Rondan en mi cuarto. No respetan si es día o de noche. Si hay gente o estoy solo. Ellos llegan. Se meten entre mis uñas o mis párpados y cuando llegan a mis oídos, parece como si rompieran vidrios adentro, y con las uñas arañaran un pizarrón o algún tubo. Me muero de hambre pero cuando algún nahual no anda de buenas, me aprieta la barriga y clarito siento cómo entra hasta provocarme diarrea y vómito. Por eso ya no como, ya sólo quiero que la patrona me lleve, se lo he pedido pero ellos no la dejan, la amenazan y ella le saca. No la culpo, su olor a perro muerto y su cara repleta de costras abiertas, con sangre negra aguada saliendo de ellas, debe ser la razón por la que no se acerca a ellos. Antes le pedía a la morenita que me perdonara y me dejara descansar, pero ya ni fuerzas tengo para hablarle, total, ni caso me hace”.

 

Andrés recordó que cuando le preguntó más sobre la apariencia de sus alucinaciones, una silueta se dibujó entre las cortinas de su ventana, un vendaval furioso azotó la pared y el paciente, de nombre Jair, desvaneció sus ojos y comenzó a abrir y cerrar la mandíbula con tal fuerza, que después de unos segundos, escupió su lengua como si fuera chicle. Días después se enteró de que Jair había muerto a consecuencia de un paro, aunque una de las enfermeras le dijo a Andrés que cuando lo encontraron en su cama, sus ojos quedaron completamente negros, su mandíbula estaba pegada a su cuello, además, la piel quedó agrietada, seca y con las venas reventadas.

 

Pronto llegó con el doctor Suárez, un médico retirado pero que se especializó en enfermedades mentales durante mucho tiempo. Su convivencia con trastornados mentales desde sus primeros semestres de la carrera, le hicieron fascinarse por tratar a dichas personas. Sin embargo, la verdadera razón por la que el doctor Javier Suárez mantenía tal pasión por encontrar alguna cura, se debía a que su madre había sufrido distintos colapsos nerviosos, que derivaban en flagelaciones a sus genitales y su cara, principalmente. El último episodio ya no sólo contempló un ataque a sí misma, sino que degolló a una de sus trabajadoras domésticas y a otra le arrancó la oreja con sus propias uñas, para después devorarla con tal desenfreno, que hasta se comió las yemas de sus propios dedos. El doctor no tuvo otra salida que internar a su madre en la Clínica San Rafael hasta que murió de inanición.

 

Andrés conocía a la perfección los detalles de la historia, así como los prolíficos estudios que el doctor Suárez emprendió durante 15 años, posteriores al fallecimiento de su mamá.

 

Ya en la casa de Suárez, ubicada en Jalapa 75, Andrés comparaba sus entrevistas con los libros y documentos del doctor, ahora casi inmóvil a causa de la gota y la vejez.

 

—Doctor, ¿Cómo se puede hablar de una nueva enfermedad, si en ninguno de los casos hay patrones de conducta similares?
—Ahí es donde está la lógica de esta patología, en su falta de continuidad. A lo largo de mis investigaciones, noté que este tipo de síndrome mostraba comportamientos distintos entre pacientes. Sin un rango de edad específico y con síntomas que iban desde la contracción de sus articulaciones, cambios de voz, hasta deformaciones en el cuerpo.
—¿Qué tipo de deformaciones?
—Ondulaciones sobre su estómago, piernas y cara; cicatrices largas que aparecían y se desvanecían sin razón aparente. Cambios de pigmentación, similar al vitiligo, pero con manchas negras muy marcadas. Algunos de ellos eran capaces de romper las paredes con la frente, aun con cuadros de importante deshidratación, anemia y debilidad. Lograban partirse el cráneo, exponer su corteza cerebral y seguir golpeándose. En unos casos me percaté de fracturas constantes en vértebras, pero que nunca los dejaron paralíticos. Algo fascinante, pues en esos casos podían patalear, manotear y hasta saltar.
—Doctor, y todo eso ¿lo presentó su mamá?— dijo Andrés.

 

El doctor cambió de expresión de manera radical. Sus ojeras se pronunciaron como si no hubiese dormido en semanas y la mirada quedó estática, sin parpadear, en la repisa de su estudio, justo en una vieja fotografía de su madre.

 

—Mi madre era una santa, grandísimo pendejo— contestó con un agresivo tono de voz. Andrés cerró los ojos por unos momentos al notar la delicadeza de su pregunta y quiso replantear su cuestionamiento, no obstante, el doctor Suárez ya estaba de pie frente a él, pese a su inválida condición.
—Dime, estúpido. Crees que la golfa de tu mujer no piensa que eres un fracasado. Por eso te abandonó y se fue con ese don nadie, pero que la tiene más grande que tú— decía el doctor mientras su boca se desviaba hacia la izquierda.

 

Andrés quedó paralizado ante la situación. Nunca había visto a Suárez de pie, mucho menos lo había visto ser tan agresivo. Por supuesto, jamás le había contado de su situación marital.

 

—De mí no se libra nadie. Ni siquiera la perra en celo que tienes por hija. Iré a tu pocilga, a esa cloaca repleta de mierda a la que llamas casa. Entraré y la violaré hasta matarla y luego…— Andrés asestó un puñetazo en la quijada de Suárez, lo que provocó que cayera en una mesa de centro y la rompiera. Mucha sangre empezó a salir del cuerpo decrépito, mientras Andrés tomó sus cosas y salió de la casa a toda velocidad.
—Ritual— pronunciaba apenas Suárez.
—¿Qué hice?— se preguntaba Andrés una y otra vez mientras corría hacia la estación de Insurgentes.

 

A la espera del tren, Andrés seguía incrédulo ante todo lo ocurrido. El que Suárez estuviera de pie, hablará sobre Emilia y su esposa.

 

—Coincidencia. Delirios de un viejo loco expulsado de la comunidad científica por hacer experimentos con sus pacientes— se decía a sí mismo para justificar su ataque.
El tren llegó y frente a él, un limosnero sin piernas y sin brazo derecho bajaba. Su mirada, andrajosa como todo lo que habitaba en él, recorrió a Andrés de manera rápida, pero detallada. El hedor de sus harapos hicieron que Andrés volteara la mirada y entrara rápidamente al vagón.
—Vas muy tarde. Te esperan desde hace bastante tiempo— dijo el pedigüeño.

 

Andrés reaccionó al escuchar la espeluznante voz, pero antes de que pudiera cruzar palabra con el sujeto, las puertas se cerraron y el mutilado hombre desapareció en el andén.

 

Comenzó a sugestionarse, Emilia estaba sola en casa y su urgencia por llegar se hizo incontenible. Bajó del metro y tomó un taxi para llegar a su casa que se encontraba a unas cuadras.

 

Entró, pero fingiendo serenidad, pues a su hija siempre la había obligado a creer únicamente en lo tangible, gritó:

 

—¡Emilia! Ya volví. ¿Dónde estás?— Al no recibir respuesta la poca tranquilidad que le quedaba desapareció y entró en pánico. Corrió rápido gritando el nombre de su hija, siempre sin recibir respuesta. Volteó su mirada hacia el sillón frente a la televisión y ahí yacía un cuerpo. La palidez en su rostro denotaba que su imaginación lo traicionaba al crear las peores escenas de lo que podría haberle pasado a su hija. Se acercó sigiloso.
—Emilia, mija…— tocó su hombro y la volteó a ver.
—¿Qué pasa, papá?— respondió la adolescente, modorra y con un ojo semi abierto.
Andrés se sentía aliviado. Los peores segundos de su vida se esfumaban.
—Nada, ya llegué. ¿Comiste?
—Tardaste mucho. Dijiste que ibas rápido.
—Perdona, estuve mucho tiempo con el doctor Suárez— a su memoria volvía la manera en la que había terminado.—Te voy a preparar algo de cenar.
—No te preocupes, pa’, no tengo hambre. Mejor acaba tu reportaje para que ya nos vayamos a descansar. Ya no quiero estar aquí, me duele mucho la cabeza— contestaba con los párpados cerrados.
—Bueno, me apuro y nos vamos a dormir— respondió extrañado. Su hija era de buen comer y nunca había sido muy considerada con su trabajo, sin embargo, no discutió la petición. Era un hombre obsesivo y no dejaba las cosas a medias tratándose de trabajo.
Andrés se dirigió a su cuarto y antes de cerrar la puerta, fue interrumpido por Emilia.
—Por cierto, papá. Unas personas vinieron, creo que te estaban buscando.
—¿Y qué querían?— contestó pasando saliva. Sospechaba que por lo ocurrido en casa del doctor Suárez.
—No sé. No les abrí porque ni siquiera tocaron, sólo escuchaba murmullos. Entre sueños escuchaba a una mujer llorando, eso me hizo despertar. Iba a preguntarles sobre qué querían pero se fueron y cuando abrí la puerta ya no había nadie— Decía mientras permanecía acurrucada en el sillón.

 

El nerviosismo de Andrés regresó a su frente, que poco a poco era cubierta por el sudor de lo ocurrido en casa de Suárez. No quiso pensar más en ello y se metió a terminar de escribir su reportaje.

 

A golpe de máquina, Andrés redactaba una cuartilla tras otra. Las ideas llegaban como pequeñas imágenes que sus dedos aprovechaban para dar forma a lo que a su juicio, era una bomba periodística que le devolvería un poco del potencial que nunca terminó de explotar, y cuyo talento, se perdió entre las páginas de periódicos populacheros, amarillistas y tendenciosos.

 

“Pocos casos han capturado tanto la atención de la ciencia y la medicina. El Síndrome Catatónico, se ha encargado de desafiar los patrones de otros tipos de esquizofrenia, demostrando que el sistema de salud público está indefenso ante un problema que va en aumento, y cuyo número de pacientes se mantiene desconocido, ocultos, entre los huecos de la moral y la vergüenza de este siglo. Es quizá la razón por la que se sigue viendo a la religión, como la única forma de robar unos segundos de aliento a la única personificación de la democracia: la muerte”.

 

Al rematar esa oración, un ruido de pequeños pasos se escuchaban bajo la cama. Desde que se había sentado a escribir, los había notado, pero en esta ocasión eran más fuertes. Como si un perro caminara debajo de la cama. Andrés detuvo su labor un segundo y se agachó para encontrar el latoso sonido, no obstante, el pequeño radio que su abuelo le regaló cuando niño, se encendió:

 

“Una noticia espeluznante la que acaba de ocurrir. Se trata del homicidio de una muchacha de aproximadamente 16 años y de un posible doctor de la tercera edad. Las primeras averiguaciones de la procuraduría señalan que se trató de un ataque vinculado a los rituales satánicos que ocurren desde hace semanas en el Distrito Federal y el área conurbada. Hasta el momento no se conoce la identidad de la joven, del doctor, ni de los criminales que terminaron con sus vidas de esa manera”.

 

—¡Diah!— Un grito agudo, recorrió con tal estruendo todos los rincones del departamento, que rompió un par de vidrios del baño. Andrés iba a pararse, pero antes de hacerlo, una pezuña lo sujetó muy fuerte. Andrés trataba de liberarse, pero mientras más jalaba, más ensordecedor se hacía el sonido; de pronto, un brazo comenzaba a asomarse, estaba descarnado. Una segunda pezuña salía de la cama. Andrés seguía luchando para zafarse pero entre el forcejeo, unos ojos color amarillo lo veían profundamente.
—Ritual— decía la voz que del ente emanaba.
—¿Quién eres?— respondía Andrés.
—¡Ritual!— gritaba el monstruo que poco a poco mostraba sus ojos de venado y trompa de tapir. Su cabeza, pequeña como la de un bebé, escurría su cerebro por sus orejas, parecidas a las de un murciélago. Su hedor era igual a la de un animal en descomposición. La criatura sacaba sus piernas, acomodadas con la habilidad de un cangrejo y sus patas eran dedos con garras dispares y chuecas.
—¡Ritual!— seguía gritando el monstruo mientras sus omóplatos se desprendían para formar una especie de alas repletas de sangre. Sus intestinos estaban expuestos y asemejaban pequeñas cabezas humanas.

 

Andrés seguía forcejeando para poder ir con su hija y salir del departamento. Las luces se apagaban y pequeños destellos simulaban rostros con expresión de sufrimiento.

 

—¡Emilia!— gritaba Andrés hasta que logró liberarse.

 

Corrió hasta su hija para revisarla, pero cuando llegó hasta ella, notó que sólo había sangre sobre el sillón. Estaba muy confundido, no sabía qué hacer ni dónde encontrarla. Las luces se encendieron nuevamente y un susurro le dijo al oído:

 

—Revisa lo que escribiste.

 

(2a parte, aquí)

Te lo cambio por una foto

Concluyó el recorrido turístico que el primero de noviembre se realiza en el Panteón de San Nicolás, en León. El grupo de prensa caminó hasta el punto de reunión, cerca de la entrada, y se dispuso a hacer el recorrido de las ánimas que deriva en la Plaza central.

—Viri, ¿me prestarías tu angular, por favor?
—Por supuesto.

Viri lo buscó en su maletín, pero no lo encontró. Rememoró e intentó recordar el itinerario que siguió. ¡Ahí debía haberlo olvidado! Encima de aquella tumba alta y a punto de caerse, aquella que estaba al lado de la más vieja de todo el panteón. Sin pensarlo, echó a correr para recuperar su costoso lente que, si nadie había tomado, debía encontrarse casi hasta el fondo del lugar.

La gente ya salía del sitio, así que Viri caminaba a contracorriente, pero aun así se abría paso entre las personas, además debía apresurarse porque en cinco minutos cerraban el panteón y quedaría desalojado.

Llegó a la tumba en cuestión y el lente ya no estaba ahí. Echó maldiciones contra sí misma por ser tan descuidada con su equipo de trabajo, pero ya no había nada qué hacer, miles de personas habían estado ahí. Era caso perdido intentar recuperarlo, así que caminó de vuelta al punto de reunión. La puesta del sol era hermosa, el cielo rojo cubría las lápidas y cada uno de los nichos; Viri, como buena periodista, tomó su cámara y realizó algunas fotos como si el tiempo no apremiara. Luego la noche cayó y aprovechó el cambio de luz para hacer unas cuantas más, así lograría tomas únicas que ninguno de sus colegas habrían captado.

Tras más de un centenar de fotografías caminó hacia la salida y al llegar notó que ya no había nadie, pero además ya estaba cerrado. Buscó su teléfono y vio la hora, 7:23 y 1% de pila. Casi en automático, se apagó.

—¡No puede ser que haya perdido así la noción del tiempo!

Volvió a maldecirse, tenía que salir de ahí y llegar a la caminata, era el evento más importante del Festival de la Muerte y no podía perder la cobertura. Recordó que había visto otras salidas, así que decidió buscarlas. Otra posibilidad era que en el camino encontrara al panteonero y éste la dejara salir. Intentó mantener la calma y hallar una solución.

Rodeó el panteón y todas sus entradas estaban no sólo cerradas sino desiertas, toda la gente debía estar ya, al menos, a medio camino entre ella y la Plaza central, punto de arribo de las ánimas.

—¡Shhh! ¡Cállate! —susurraba alguien conteniendo la risa a otra persona que también lo hacía.
—Eso intento, pero no puedo —apenas si pudo entender Viri.
—¡Cállate o alguien nos va oír!

Viri intentó escuchar de dónde provenían las voces y una vez que localizó a las personas caminó hacia ellos. Se trataba de una pareja sentada en una banca de madera, una chica de piel muy blanca y cabellos muy negros, bella y espigada; él era de belleza no muy pronunciada, también de piel blanca y complexión media, barbón y sonriente. Conforme se acercaba se dio cuenta de que la mujer tenía entre las manos su angular.

—Qué tal, chicos, buenas noches… —un breve silencio— saben, ese lente es mío, hace unos momentos lo olvidé encima de una tumba, donde supongo lo encontraron. Es parte de mi equipo de trabajo, así que quiero pedirles que me lo devuelvan.

El hombre se adelantó y no dejó que la mujer contestara.

—¿Tu equipo de trabajo? ¿Qué haces con él? ¿A qué te dedicas?
—Lo ocupo para tomar fotografías, soy periodista y vengo del Distrito Federal a cubrir el Festival de la Muerte. Por cierto, ¿ustedes saben cómo puedo salir de aquí? No he encontrado al panteonero y todas las salidas están cerradas.
—Ya veo. ¿Y qué dirás de León? —omitió su consulta.

Viri no esperaba tal pregunta, no supo qué contestar. En realidad aún no sabía qué enfoque le daría a su nota, así que inventó algo para salir del paso.

—Hablaré de la manera en la que los leoneses construyen su propia tradición. Me parece que…
—Oye, oye, entonces dime, ¿para qué sirve esta cosa? —dijo señalando el lente que a Viri le hubiera gustado arrebatarle.
—Sirve para hacer fotos panorámicas y captar mayor porción del paisaje en la imagen, así que como te imaginarás, lo necesito mucho para las fotos que debo hacer. ¿Sí me lo podrían devolver, por favor?
—No lo sé, esta cosita me gustó mucho. Había pensado darle otros usos diferentes a los que tú me dices…
—¡No! Es que no tiene otros usos, ese lente es para lo que te digo y ya, además es muy caro…

La pareja se miró y ella se mostró piadosa ante la petición de Viri. Ladeó su cabeza y le sonrió al hombre. Viri no supo si esa sonrisa era de bondad o de ironía.

—Está bien, te lo devuelvo. Bueno, no sería devolver, te lo cambio por una foto.IMG_9391-1024x682
—¡Por supuesto que sí! Ustedes elijan el lugar donde la quieren y yo la tomo.
—Aquí. Aquí la queremos.

Siguieron abrazados y sonrieron a la cámara. El flash ahogó esa parte del panteón con su luminiscencia.

—¿Podrían levantarse ahora?

Y ellos se levantaron. Tras una pequeña sesión de fotos donde aparecían no sólo los enamorados sino el lente, ellos se lo devolvieron. Viri quedó muy agradecida y les tendió la mano con una tarjeta donde venían sus datos y el nombre del medio en el que publicaría las imágenes.

—Aquí pueden encontrar las fotos y con suerte quizá también en su versión impresa pueda colocarlas.
—Hombre, pues gracias. Te acompañamos a la salida, si gustas.
—¿Creen que ya esté abierta?
—Seguro que sí. Vamos.

Al llegar, los candados del panteón San Nicolás ya no impedían la salida.

—¡No lo puedo creer! Es una fortuna que esté abierto, ¿también ustedes se dirigen a la caminata?
—Gracias, no; nosotros nos quedamos, ¿verdad, amor?
—Como gusten, yo debo irme. Gracias de nuevo por la devolución y por acompañarme.
—Esta es tu casa, vuelve cuando así lo desees.

Viri, sin notar que el hombre hablaba como si se tratara de su casa y no de un panteón, pidió una última fotografía bajo los arcos del San Nicolás. Al disparar el flash, la pareja se disipó en el aire que se llenó de partículas grisáceas, recordándole a Viri que polvo somos y en polvo hemos de convertirnos.

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Un nuevo mundo

Por: Juan Pedro Salazar
@juaninstantaneo

 

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Se prepara para ascender. Tiene un poco de miedo, pero la curiosidad lo impulsa a seguir. Pone el pie izquierdo en el primer escalón, apoya la mano derecha en el barandal y se impulsa para colocar el otro pie. Comienza a subir y siente que el cielo está a su alcance.

 

Después de diez escalones en vertical, viene el paso más importante, aquel que lo separará de los demás niños de su familia. Por primera vez subiría al techo. El nerviosismo le asalta los pies, haciéndolo temblar; trata de calmarse, se detiene para sentarse en el borde de la escalera. Entonces, mira hacia el frente, ve la puerta de color azul y las cazuelas de la abuela que adornan una de las paredes. De pronto lo ve, siempre había estado ahí pero, por primera vez, toma consciencia de su existencia.

 

Un mar de preguntas le asalta la mente, la imaginación le vuela y se convierte en cosquilleo de curiosidad. ¿Podrá ir, sus papás querrán llevarlo? Por un momento olvida su misión; sus pensamientos son invadidos por la imagen del cerro, aquel montón de piedras, tierra y árboles que formaban un mosaico verde.

 

-¿Qué haces ahí, te vas a caer?- la voz de su madre lo regresó a la realidad.

 

-No, mamá, no me caigo; es que estoy viendo el cerro- contestó, esbozando la sonrisa que le borraba la mirada triste.

 

-Sólo ten cuidado, hijo-, sentenció la madre que para ese entonces movía la cortina que protegía la puerta de su casa.

 

El niño se dispuso a terminar la misión que se había impuesto la tarde en que vio a su papá brincar de un techo a otro. Se levantó y extendió una mano para sostenerse del borde de la azotea. Descendió un escalón para darse la vuelta y terminar de subir.

 

En el último instante colocó el pie izquierdo en el borde de la escalera, se impulsó. La rodilla derecha tocó tierra prometida y un suspiro de alivio le recorrió el pecho. Lo había conseguido.

 

Echó un vistazo. Contempló el piso y trató de guardar en sus recuerdos los habitantes del nuevo mundo que descubría. Posó sus ojos en un aparatejo que parecía deshacerse; se acercó para mirarlo de cerca y descubrió que era su primer bicicleta. El asiento estaba a un lado y la llanta tenía el color café que anticipa el fin de los metales.

 

Siguió su andar y supo que debajo de sus pies estaba el cuarto de sus abuelos, el domo que miraba y se aprestaba a tocar se lo confirmaba. El temblor se volvió apropiar de su cuerpo cuando recordó la habitación oscura de los santos dolorosos.

 

Caminó más rápido y posó los ojos en el horizonte, la imagen lo conmovió, sabía que no volvería a ser el mismo. A lo lejos, con su vestido blanco y su aire de eternidad, los volcanes lo saludaban.

Tenerte

Por: Sor Filotea

 

Llamarte o escribirte, hoy daría igual.
El único fin que persigo es
dibujarme en tu piel.

 

Sé que entenderías la solicitud perversa de mi voz o letras…
Secuestraría sólo un par de horas de tu vida,
las suficientes para escudriñar tus sábanas y,
tal vez, hurgar tu alma en silencio.

 

Disculpa el impulso sórdido de mi cuerpo,
la inconsciencia de mi razón por gozar tus caricias,
por abandonarme en tu pasión, en mi deseo.

 

Sólo es mi adicción por tu desnudez,
la necesidad de mi vientre
por tenerte hoy.

Suspiro

Por: Guadalupe Fernández

 

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Lanzó un gran suspiro que se desvanecía en el aire frío del bosque. Comenzó a angustiarse. Sólo se oía un llanto estruendoso, como si se fuera asfixiar por la desesperación ¿Dónde estaba su niña, su bebé? Se echaba la culpa, si no la hubiera llevado en el asiento de adelante en aquél automóvil negro…, tal vez ya la hubiera encontrado. Desolada, Rosario comenzó a buscar entre los arbustos, entre las yerbas y hasta por debajo de las piedras, literalmente. Nada. No estaba, se la había llevado el viento. Su mente comenzó a nublarse. Sus enormes piernas, ahora llenas de moretones, se debilitaban; su piel blanca palidecía cada vez más. Estaba a punto de desmayarse.

 

Todo fue por una pequeña distracción. Casi moría por un accidente automovilístico. Rosario miraba cómo su hija de un año jugaba con su sonaja y sus delicados labios esbozaron una ligera sonrisa. Entró a un camino de dos carriles. Apenas veía los cerros y los árboles de alrededor del camino a través de una espesa neblina.

 

Entonces, una enorme camioneta Pick up roja se cruzó en su camino. Por quererla esquivar, cayó en una depresión fuera de la carretera, tal vez de un par de metros de profundidad. El auto se había volcado. Durante un instante recorrió su vida entera y en su mente pudo ver a la muerte cerca como una sombra fría y seca que se alejaba sin previo aviso.

 

Tuvo suerte. Despertó de unos minutos de inconsciencia, se talló sus pequeños ojos castaños de pestañas largas. Se quitó su largo cabello negro de la cara. El parabrisas estaba totalmente roto y el techo abollado. Delgada, como era, logró escurrirse por una de las ventanas para intentar salir del Tsuru. Apenas podía moverse. Descansó un momento sobre la tierra, no podía más. De pronto recordó a su hija, Alicia, ¿dónde estaba? Debió haber salido por el frente, o tal vez quedó aplastada por el vehículo…

 

Rosario olvidó sus propios golpes y la posibilidad de haber muerto, eso ya no era importante. Ahora, su sepultura sería representada por la desaparición de su pequeña hija. Alicia estaba en peligro por una causa antinatural provocada por el descuido de su propia madre.

 

No supo cuánto tiempo la buscó pero ella sintió que fue toda una eternidad, hasta que por fin cayó inconsciente. Un golpe en la cabeza le produjo un sueño instantáneo. Dentro de él comenzó a delirar: monstruos la perseguían, dedos la señalaban, insultos le decían “Inmunda, no deberías ser madre”. Deseaba estar encarcelada porque creer que el accidente era un terrible asesinato cometido por ella misma.

 

Por fin llegaron los paramédicos que bien parecían ángeles con sus uniformes blancos, ellos podrían regresarle el alma, regresarla a la vida ¿Pero de qué servía sin Alicia? De pronto un llanto infantil se escuchó. Podía ser un milagro. No, era más que eso.

 

Los médicos la habían encontrado a la bebé a unos cuantos metros delante del accidente, situación inexplicable porque la madre había recorrido mucho más. La niña estuvo inconsciente por el mismo tiempo que Rosario la había buscado, por ello no había escuchado los gritos de su hija. Alicia abrió sus ojos infantiles, sus signos vitales funcionaban bastante bien. El pequeño rostro estaba rojo por el llanto. Alicia se ahogaba en lágrimas y Rosario en culpa. Su cuerpo estaba en buenas condiciones, salvo algunos moretones escondidos por gruesas capas de mugre y dos costillas rotas que dificultaban un poco su respiración y su llanto.

 

Ambas se fueron en la ambulancia. Sólo parecía haber sido un largo susto, más bien, un suplicio. En medio de doctores, máquinas y medicamentos, Rosario recordó de nuevo el peligro en el que estuvo su bebé y su mente comenzó a nublarse. Le llegó el mismo llanto estruendoso que tenía durante la búsqueda y la taquicardia. No podía respirar, sus signos vitales se desvanecían. No importaba, su hija ya estaba bien, con vida, a salvo. Rosario sentía que ahí terminaba todo. Un suspiro se desvaneció en aquella ambulancia.

 

Memorias de Tlateyork

Por: Emiliano Ruiz Villalba

 

Tlatelolco

 

David es un niño de 6 años que gusta ir a visitar a su abuela que vive en el edificio Miguel Hidalgo de Tlatelolco. A él le gusta ver, desde que sale de la estación, los puestos que lo reciben con dulces, chicles y papitas. También le divierte observar que en las jardineras cercanas al metro juegan niños a las escondidas, perros que son paseados por sus amos y jóvenes que juegan futbol.

 

Teresa, su mamá, usa pantalones de mezclilla, botas y una camisa de flores, un paliacate en la cabeza adorna su revoltosa y rizada cabellera. A David le agrada usar la chamarra azul cielo que le regalaron, pantalones como los de su madre y unos zapatitos también de charol que brillan con la luz del Sol. Él piensa que son mágicos y que lo transporta a distintos lugares.

 

Ir con su abuela se convierte en una aventura de la cual David es partícipe. Cuando camina de la mano de su mamá se percata que el olor a tierra, arbustos verdes y cemento, se vuelven fuertes al pasar por las jardineras y los grandes pasillos que constituyen Tlatelolco. El pequeño le ha dicho a su madre que donde vive su abuela es un laberinto lleno de hojas y techos anaranjados.

 

Si caminan un poco más, encontrarán un puente de piedra que conduce a David a una gran montaña azul, la cual, con ayuda de sus zapatos mágicos, podrá subir fácilmente. Le divierte ascender por la parte donde no hay escalones, así su imaginación vuela. Mientras sube mira hacia arriba e imagina la vida de las personas que habitan los departamentos que se logran ver a lo lejos. En la punta de la montaña, David le pide a Teresa que lo cargue para ver los coches pasar en la Avenida Manuel González.

 

Aún no había Metrobús. La avenida grandísima se llena de bochitos de todos los colores: azul, verde, rojo, amarillo, negro. Algunos autos son modelos más modernos, aunque David no conozca las marcas de ellos. Las personas se ven más chiquitas, como pulgas.

 

El momento esperado llega con emoción. Es hora de bajar corriendo el puente de piedra, una montaña imaginada por el niño con zapatos de charol. David suelta a Teresa con entusiasmo. Teresa le advierte que pise con cuidado. David no escucha, se le ve feliz por correr de bajada y sentir el frenesí del aire en el cabello largo y chino.
David espera a su madre. Se asoma al puesto de revistas de un costado. Las caras de los famosos son casi desconocidas para él. Finge conocer a todos y ríe al tratar de imitar los rostros de las modelos de una revista de moda.

 

Teresa le toma la mano para cruzar hacía el Miguel Hidalgo. En la jardinera, frente el local del servicio telegráfico, está un anciano que vende dulces típicos. Sus manos son venosas y llena de arrugas. La joroba le pesa, como si de los años se tratara. El suéter café y la barba blanca hacen juego con una cara morena, serpenteada por la edad. Unos ojos tristes provocan el mismo sentimiento a David.

 

En la barra de concreto, el señor de los dulces expone cocadas anaranjadas con un tono negro en la superficie; gomitas de rompope amarillas y llenas de azúcar; tamarindos envueltos en papel celofán; habas cubiertas de chile piquín, semillas en bolsitas que apenas pueden verse; dulces de leche; jamoncillo…

 

A David siempre le ha dado mucha tristeza el señor. Imagina que llega la tarde y el frío hace que éste se quede congelado en medio de la jardinera. También piensa que nadie le compra y que espera mucho tiempo para conseguir dinero. Siente angustia al ver esos ojos tristes que imploran unos pesos para su camión de regreso.

 

Siempre que David va a casa de su abuela, el señor está ahí. Por eso, desde que vio esos ojos apagados, decidió que pasaría con los ojos hacia el suelo; así no vería la cara sucia y arrugada, y se concentraría en sus zapatitos de charol.

 

Teresa le dice buenas tardes al señor de los dulces mexicanos. El señor hace una reverencia con su cabeza. David pasa sin ver, con la mirada baja. Teresa y David siguen caminando hacia la entrada del edificio. El niño voltea para corroborar que el anciano no llore por no haberle comprado nada, pero lo que logra ver es a un hombre que le sonríe y le dice adiós con esas manos pesadas…

La despedida

Por Emiliano Villalba

No tuve nada qué decir. Estaba hecho. Te habías ido.

Esta mañana no fue diferente a las anteriores. Quizá dormí mejor, ya nadie roncaba en la casa. Serví café, vi las noticias. La rutina sin ninguna alteración. Salí de casa.

Crucé la calle y con ahínco llegué a la entrada del metro Insurgentes, la glorieta estaba completamente vacía. Algo extraño porque era lunes. Extraño porque siempre te quejabas de que había tanta gente en la calle. Dichoso porque llegaría a tiempo al trabajo. En el vagón tampoco había gente. Sonreí, pensé que esto debía ser algo tan bueno para ser real.

En el trabajo alguien había ocupado mi puesto. Recordé lo que me dijiste aquel día cuando lloraba en mi almohada: “algún día alguien estará en tu lugar, y sabrás cuánto esfuerzo haces” tal vez la alegoría de una persona sentada en mi lugar no representaba aquél dicho que dijiste, pero se acercaba un poco . No hubo rencores: tomé una silla y me acomodé al otro lado de la habitación.

En la oficina había un silencio espectral. Casi inhumano. Mis compañeros miraban la pantalla, todo era un trabajo mecánico. Yo no lograba concentrarme. A pesar de saber que ya no te volvería a ver, seguía representando tu sonrisa en mi cabeza. Taladro que hizo que me doliera hasta la hora de salida.

En la calle nada. En mi oficina ni notaron que estaba ahí, ni el chico nuevo pudo saludarme y disculparse por haber tomado mi lugar. ¿Molesto? Un poco, nada que no se pase con un buen baño y cervezas por la noche. Pasó un rato, llegué a casa. Todo estaba como lo había dejado en la mañana.

El cielo anunciaba una tormenta. Confirmé el rumor. Irías al bar que frecuentábamos con la nueva persona que (también) ocupaba mi lugar. No lo tomé a mal ni por sorpresa. Después de lo que pasó… hasta yo me hubiera conseguido algo mucho mejor. Nada nuevo, siempre pasa. Tropecé con un libro de Rosario Castellanos. Quise huir. Lo mejor fue que me vestí, me puse mi gabardina verde y salí hacia ese bar.

Ya sé, no quería incomodarte. Ni mucho menos armar una escena de celos. Sólo tenía curiosidad por saber quién era y si te hacía feliz como yo lo hice. La calle vacía, sonreí. Caminé hacía Reforma y tomé el autobús que me deja en metro Hidalgo. Fue curioso que en el bus sólo viajaba yo y que el conductor parecía algo transparente. Quise explotar al recordar todo lo que habíamos hecho hace casi ya dos años de haberte conocido.

Nada. Absolutamente nada. Quizá te sorprenda que recalque este vació citadino que me acompañó todo el camino. Pero, en realidad, no sabía qué pasaba y tampoco sabía por qué no había gente. No temí, me sentía tranquilo. Tampoco me angustié porque al fin podía disfrutar la ciudad vacía, sin nadie, tal como a ti te gustaba.

Llegué a Bellas Artes y ahí vi a personas pero todas en silencio. Sólo se oía el soplar del viento y las hojas de los abedules moviéndose. Tenía frío. Hacía frío. Caminé. Entré en calor. Mis venas bombearon más rápido al llegar al bar en la calle de Cuba.

Empezó a llover. Te vi entrar con él. Lo sé: es estúpido haber venido, pero tenía que verlo con mis propios ojos.

Me han dicho que es tu nuevo amigo. E incluso me he preguntado si te ama tanto como yo lo hice. Ya está, no hace falta explicármelo. Puedo verlo. Temo que bailaré toda la noche sin que te des cuenta que estoy ahí. Rimel, tequila, diamantina. Entré al bar y me perdí entre la gente que bailaba callada, sin expresión en su rostro.

Choqué con varios amigos que no parecieron reconocerme. ¿Tan mal me veo? ¿Hace mucho que no te veía? ¿Cómo estás? Tan lejos y tan cerca. Las luces se apagan y la música sube. Estaba parado del otro lado de la gran sala de baile. Te vi besarlo. PUM. Comencé a bailar. Solo. No me importaba que nadie me viera, comprendí que esa noche yo no sería a quien llevaras a casa y le hicieras el amor.

Desaparecí. Sé que eres feliz y me aparto. Debí haberme ido esa noche. Debí haberme ido cuando lloraste por mi cuerpo inconsciente. Debí haberme ido cuando supe que ya no volvería. Fuiste tú quien se fue. Aún me siento vivo, aunque esté tres metros bajo tierra.

 

La Quinta

Por Jazmin Alejandra Luna Orrante

Los nietos de doña Tencha, los de don Emeterio y los de doña Chente, siempre fuimos los mejores amigos, los mejores cómplices y la mejor pandilla. La calle empedrada de la Quinta siempre fue nuestra cancha de juego, nuestro punto de reunión. Vacaciones, días festivos o simplemente un fin de semana, bastaban para encontrarnos ahí, buscar unos ladrillos, unas piedras grandes y sacar un balón.

La hora perfecta era cuando el Sol comenzaba a ocultarse, en ese momento todos salíamos de casa y nos disponíamos a jugar. Los más grandes formaban los equipos y ponían las reglas del juego; los más chiquitos eran de ‘chocolate’, el que lloraba se salía del juego y el victorioso, salvaba a todo su equipo.

Un, dos, tres por mí y por todos mis amigos, escuchó cientos de veces la puerta blanca de la casa de la abuela, esa puerta que con un gran estruendo revelaba que alguien había salido bien librado. Podíamos pasar largas horas haciéndola retumbar y mirando cómo se ensuciaba, víctima de nuestros juegos.

Escondernos debajo de los autos no nos causaba conflicto, aunque la verdadera dificultad era la de nuestras madres cuando intentaban limpiar nuestras ropas, ya que nunca regresábamos limpios después de estar en la Quinta, pues la tierra, el polvo y las hojas por doquier, hacían nuestros juegos aún más divertidos. Ventanas, autos y uno que otro descalabrado, fueron víctimas de los juegos de la pandilla.

No hubo momento en que se escuchara, “estoy cansado” o “ya no quiero jugar”, todos éramos como superhéroes que no se cansaban, no lloraban y siempre estaban dispuestos a “rifársela por el equipo”, aunque eso involucrara revolcarse en el suelo, golpearse con piedras o rasparse las manos y rodillas con el suelo áspero.

El abuelo José, don Emeterio y don Toño, siempre fueron la mejor porra, los mejores cuidadores de secretos y los más traicioneros reveladores de escondites.

Siempre sentados en sus sillas de madera, frente a la puerta de sus casas, cumplían la labor de cuidarnos, claro, si el sueño se los permitía y no se quedaban dormidos en pleno partido de futbéis o a la mitad del torneo de escondidillas. Aunque no era realmente necesario su cuidado, pues con el grito de “carro”, sabíamos que debíamos correr a la banqueta y resguardarnos.

Nunca escucharemos peor grito que el de las abuelas con su frase “vengan a cenar”, pues eso implicaba entrar a casa, cenar y esperar a que un nuevo día llegara para salir a jugar.

No encuentro mejores momentos que no haya pasado en la Quinta. Cuando estábamos ahí, no queríamos que la tarde terminara, no nos importaba el calor que hacía en las tardes de verano o el frío en las tardes de invierno. El clima era siempre perfecto.

Éramos parte de una familia, una familia que no se olvidará, que llevaremos en el pensamiento y la cual recordamos las vacaciones, los días festivos o fines de semana que regresamos a la calle Quinta.

Pared

Descuelga la ventana en la pared,
tierno bloque de cal y arena, cómplice
de noctámbulos deseos sin ápice
de amor y sueños tejidos en red.

 

Dispara tus ojos llenos de sed
en figura femenina de lince,
sin bondad ni malicia, sólo vértice
de amores ajenos a nuestra merced.

 

Torna tu etérea presencia y figura
en cumbres ligeras de historia endeble,
en mí, forma retráctil sin premura.

 

Ni caricia ni palabra indeleble
ni beso con vida, ergo sepultura
mental. Indiferencia indestructible.