Nos vemos en el infierno (alias el Metro de la Ciudad de México)

Pocas relaciones son tan tormentosas como la que mantiene todo mortal con el Metro de la Ciudad de México. También, pocos sitios muestran tanto lo anormal y surrealista que es nuestra ciudad, con una serie de eventos que son tan cotidianos que el chilango promedio ya cree “naturales”.

Al viajar en el Metro de la CDMX, los extranjeros se asombran de la increíble oferta de productos inservibles que se venden en él; de las paletas de hielo, chocolates y chicles que se pueden adquirir a precios de oportunidad en su vagones; de la división por género de los pasajeros por (al más viejo estilo de ganado) por la falta de valores de los hombres para respetar a las mujeres; de la cantidad de vagos, drogadictos e indigentes que siempre mendigan.

Nada de eso pasa en los metros de Londres, París, Madrid, Tokio o Buenos Aires. Ni siquiera, en las ciudades de Guadalajara o Monterrey, las otras dos grandes urbes del país, que cuentan con un sistema de transporte similar; lo que hace que hasta los foráneos queden anonadados al conocer este sitio.

De todas las singularidades citadas, la que más me sorprende, y me da una anécdota para contar, es la física de su espacio al transportar pasajeros. Ni los más capacitados expertos en moléculas podrían explicar, a través de las teorías de los quarks, neutrinos, o alguna otra partícula elemental, la siguiente pregunta: ¿cómo es posible transportar tanta gente?


Revive: Un año en la CdMx: Metro chilango.


Al hacer este razonamiento, de la nada, rememoro uno de los viajes más arduos de mi vida. El vagón iba lleno, a tal grado, que los camiones que transportan gallinas lo hacen en mejores condiciones. Con tan sólo abrirse las puertas, la presión de cuerpos humanos al interior amenazaba con expulsarte del vagón. Y en cada estación, todo pasajero vivía una lucha individual por no salir del tren.

Pronto, en cada nueva estación, la gente en los andenes veía con resignación el vagón y estoicamente esperaban al siguiente. Y, por unos minutos, sentimos paz quienes íbamos adentro. No obstante, esta paz se interrumpió en Pino Suárez cuando un señor de una panza digna de un cetáceo intentó subir. Con todo su peso comenzó a aventar su cuerpo para abrirse espacio, sin embargo, éste ya no existía. Con dolor, desde adentro del vagón le gritamos “¡No cabes!”. Pero el tipo hizo caso omiso a nuestras plegarias. Cada impacto de su volumen nos llegaba a todos, y los ánimos empezaron a subir a palabras altisonantes “¡No cabes cabrón! ¡Deja de empujar, pendejo!”.

Ante los insultos, el tipo nos vio directamente a la cara y nos gritó:

-Si vamos a caber en el infierno…

La frase despertó una furia interna en todos. Tan sólo escuchar los sonidos que indicaban el cierre del tren, todos los pasajeros, en un acto de solidaridad, usamos nuestra fuerza para empujar afuera al panzón, quien casi va a estrellarse contra el piso. A pesar de nuestro deseo, el equilibrio de sus pies evitó la caída.

Poco antes de que las puertas del vagón se cerraran, el hombre de la panza de cetáceo nos lanzó una mirada de odio. Todos sonreímos felices al interior y una voz le gritó:

  • ¡Nos vemos en el infierno!

Con seguridad, considero, el infierno debe ser un lugar más cómodo que ese día en el metro.

Desde el anonimato de Sarahah

Hace un par de semanas, por cuestiones medianamente ajenas a mí, comencé a colaborar en la escritura de un libro sobre la  equidad y violencia de género, un tema que me apasiona, pero en el que no soy especialista ni mucho menos, así que me dediqué a investigar, leer y documentarme lo mejor posible dentro del margen que me permitía el tiempo.

Leí acerca de aquello que en la universidad leí, pero a lo que nunca está de más volver: los tipos de violencia, cómo se dan las agresiones hacia las mujeres, el acoso, el mal uso del lenguaje y lo agresivo que éste puede llegar a ser, entre otras cuestiones.


De luto.


Irónicamente, por esos días había instalado Sarahah, esa app para recibir mensajes anónimos; el hecho me tenía muy divertida, ya que recibía comentarios acerca de mis cuentos, de gente a la que, supongo, le gusta cómo escribo, en fin, de temas relacionados con mi oficio.

Luego las cosas se torcieron…

Comenzaron a enviar mensajes explícitamente sexuales y violentos, los cuales cometí el error de publicar, en primera instancia para “exponer” a quien lo hubiera hecho y en segunda para que supiera que no me intimidaba.

Luego vinieron otros más, y aunque no todos los publiqué, sí cometí el error de hacerlo con algunos, esperando que el susodicho sintiera un poco de vergüenza al leer el bullying público, pues es obvio que el agresor de Sarahah está entre mis “amigos” de Facebook.

Evidentemente, mi estrategia para evidenciar al atacante fue fallida, él debió estarse agarrando la panza de la risa. Desde la perspectiva que se le vea, yo estaba en una posición desfavorable: el sujeto actuó desde el anonimato, yo desde las vísceras.

Incluso me escribieron, también desde el anonimato que brinda Sarahah, que “sólo estaba buscando llamar la atención”, así que yo misma me cuestioné si ése era el caso. “No —pensé— tengo mejores herramientas para llamar la atención: mi trabajo”.

También sucedió que algunos creyeron que el asunto me daba gracia, lo cierto es que no; al contrario, me generó indignación. Y ésta era contra el o los insolentes que escribieron tales insinuaciones, pero también hacia quienes hacía años no me hablaban ni comentaban absolutamente ningún post y, de pronto, se hicieron presentes, o quienes nunca se interesan por mi trabajo -lo que de verdad genero yo-, en lo que me esfuerzo, lo que represento realmente. Pero también hacía mí, porque mi curiosidad e impertinencia estaba generando más cosas negativas que positivas.

Como saldo de Sarahah, me quedan los regaños de algunos amigos, quienes con toda razón me hicieron ver (o llevar a la práctica lo que estoy leyendo para mi libro de género) que la violencia es violencia y no se debe tolerar, -frase que escribí y escribí durante las últimas semanas-. También me queda la lección de lo dañino que puede ser un momento de ocio en el que uno decide “jugar” a ver qué te quieren decir los demás y aceptar que, al igual que todos, me equivoco feo.

Donde la puerca tuerce el rabo, el oficio del editor

Soy una editora en formación, así que por ahora soy como los bebés que comienzan a interactuar con el lenguaje: todo lo aprenden. Me siento orgullosa de estarme curtiendo en este oficio que también considero un arte, pues se trata de una labor casi filológica y hermenéutica.

En alguna entrevista me preguntaron qué es lo más difícil de este oficio y no supe qué responder al instante, pero después de reflexionarlo un par de semanas, no me cabe duda de cuál es la parte más engorrosa de esta bonita manera de ganarse la vida.

Uno puede interpretar qué quiso decir el autor, esforzarse buscando las palabras que se adecuen mejor a sus necesidades comunicativas, proponer ideas, hacer revisiones orto-tipográficas, disponer cuadros, gráficas e ilustraciones de la mejor manera, ser muchas personas a la vez, y una larga lista de etcéteras, pero la puerca tuerce el rabo cuando llega el momento de tratar con los autores, porque claro, cual padres orgullosos, están seguros de que su obra es perfecta tal como ellos la confeccionaron y ¿por qué alguien habría de modificarle algo?


Lee: Los ex, una realidad alterna.


Es todo un tema, sin embargo, de eso va precisamente el oficio del editor, quien debe tener la capacidad y los conocimientos, pero también la intuición necesaria para saber qué partes de ese cuerpo, futuro libro, se pueden trastocar y cuáles merecen permanecer intactas. De eso va el oficio del editor, de respetar, siempre respetar, tanto los criterios con que se forma una obra como del mismo texto ajeno al que se enfrenta.

Pero, ¿qué pasa cuando el autor no respeta el oficio del editor, que en innumerables ocasiones desempeña también el papel de corrector de estilo? Como toda relación en la que el respeto sobra, está destinada al fracaso, sin embargo, sucede lo mismo que en aquellos matrimonios que permanecen juntos por los hijos, en este caso por los hijos-libros.

Eso me sucedió, cuando en medio de correcciones. -presión por los tiempos de entrega, cotejos y reclamos por parte de los autores, quienes pedían que se respetaran los textos originales-, recibí un correo de ellos mismos, quienes me enviaron la presentación del libro en un correo (ni siquiera en un Word) y me dejaron una hermosa nota:

Valga decir que se trataba de un libro de texto para secundaria y que recibí el correo a las dos y cuarto de la tarde, por lo que asumo que mientras yo me enfrentaba a un cierre de edición, a plena luz del sol, mi autora se disponía a ser poseída por Morfeo.

No cabe duda, esto no es obra de Bretón… pero de estas anécdotas hay más, así que pronto volveré con alguna de ellas.

Al acecho

Hasta hace algunos años, incluso durante mi infancia, los crímenes de la nota roja me parecían ajenos; algo que aunque existía y sabía que estaba en alguna parte, permanecía suspendido, apartado de la realidad. Era como si existiera un universo alterno que únicamente se había creado para darle vida a esa sección de algunos periódicos o que incluso era como una simulación, una puesta en escena para alimentar el morbo de aquellos vampiros citadinos, ávidos de sangre.

Sin embargo, de un tiempo a la fecha es como si esa sangre hubiera cobrado color y textura, como si su sabor tocara nuestros paladares para provocarnos el escalofrío de la cercanía de la muerte.

Hace poco más de un mes me dirigía al gimnasio y al llegar, encontré a la recepcionista consternada. Me dijo que hace unas horas habían asesinado a una joven enfrente del lugar, yo no pregunté más. La sensación fue extraña, aunque no tanto como cuando me enteré que el padre de la joven es compañero de trabajo de un tío. Se trata del asesinato de Fernanda, de 18 años, quien salió a comprar una pizza en la colonia CTM y fue baleada por dos tipos, uno de 17 y otro de 15 años, quienes fueron capturados esa misma tarde.

La historia más reciente es la de Mariana Joselin, también de 18 años, quien hace un par de semanas fue encontrada sin vida en una carnicería de la unidad Las Américas, en Ecatepec, Estado de México. Ni falta hace decir que ese municipio es uno de los lugares más violentos del país, es algo que todos sabemos e incluso podría volverse un cliché mencionar que ocurrió un asesinato más en el Estado de México, desafortunadamente también hubo un lazo con el hecho: el dueño de la carnicería es amigo de mi padre, quien estuvo presente en el momento en que el comerciante descubrió el cadáver de la joven. En este caso, el asesino no fue detenido, sin embargo, existe la certeza de quién fue.


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Me oprime una sensación de acecho, pues la delincuencia se ha convertido en una plaga que se extiende veloz y nos alcanza. Hechos como los anteriores nos obligan a reflexionar en lo cerca que está el crimen de nosotros, en que quizá estar en el momento equivocado o un mal tino en el tiempo, nos pueden hacer dejar de existir en segundos. Nos llevan a pensar en que, como en el caso de mi padre, se ha estado conviviendo con el asesino. En que tengo una hermana pequeña viviendo en esa zona. En qué hacía yo a los 18 años. En las ganas de vivir que se tiene a esa edad. En la volatilidad de la vida.

Crónica sobre un hombre que abraza un árbol y encuentra la paz

Hoy vi a un hombre abrazar a un árbol.

No entendí por qué lo hacía, pero tampoco me acerqué a preguntarle, sólo me quedé parado a mitad del Parque España, observándolo.

Lo primero que pensé fue este compa está pirata, pero en su gesto se detectaba una determinación que dejaba fuera la locura. Abrazaba un tronco ancho que sus brazos no alcanzaban a abarcar, así que estaba parado ahí, con los brazos extendidos alrededor del tronco, mientras que con las palmas de las manos le hacía caricias circulares a la madera. En su cara estaba dibujada una sonrisa. No socarrona. No propiamente de felicidad. Era una sonrisa llena de ternura, de la clase que le dedicas a la pareja o a un amigo íntimo cuando te está contando sus penas.

Luego noté que, a un lado del hombre, sentada en el cemento, viéndolo, estaba una señora con el cabello lleno de canas, lentes gruesos y una chamarra deportiva negra.

La mujer contemplaba al hombre con fascinación, no sonreía, pero dejaba ver que el vínculo entre los dos, era igual de fuerte que el que se había establecido entre el hombre y el árbol que no dejaba de abrazar.

Unos instantes después el hombre abrió los ojos, se separó del árbol sin miramientos, se volteó hacia la mujer, extendió las manos hacia ella, la ayudó a ponerse de pie y luego atravesaron el parque caminando abrazados, el con su brazo derecho rodeando los hombros de ella, ella con el brazo izquierdo alrededor de la cintura de él.

Me dirijo a una banca para tratar de encontrarle un significado a la escena que acabo de presenciar. Pongo a Bowie en los audífonos como para que me guíe con la melodía de Starman. Después estreno una libreta nueva con una pluma vieja y comienzo a escribir este texto.

Observo que a los cuidadores de perros le saca platica a unas morras guapas que paseaban por aquí, ellos aprovechan la ocasión y logran sacarles sus números o su Facebook, que sé yo, no alcanzo a escuchar, pero supongo que lo de usar a tu perro como imán para morras guapas funciona, aunque el perro no sea propiamente tuyo – consíguete un perro a la de ya – ¿Te gustan los tríos? ¿Qué? ¿Te gustan los tríos? La morra que me pregunta no está nada mal, pero la que la viene acompañando no es para nada mi tipo, pero pues…

Miro para todos lados buscando una cámara oculta tratando que me ayude a discernir cual debe ser mi respuesta, pero no logro distinguir nada, aun así, mejor pregunto con precaución. ¿De qué hablas? De los tríos de botana que estamos ofreciendo amigo, somos estudiantes de química de la UNAM y andamos vendiendo estas paletas de chocolate, estas bolsas de palomitas y estas ricas papas enchiladas para juntar el dinero que nos permita ir a un congreso, ¿qué dices amigo, nos ayudas?

Lo único que puedo pensar es qué técnica de marketing tan pinche andan usando y que pura madre les voy a comprar nada.

Ándale amigo, todo es orgánico, envasado al vacío, y lo que manejamos son productos de la más alta calidad. Quisiera, pero ahorita no traigo feria, para la otra será. ¿Y a la otra nos compras las tres? Ajá, a la otra les compro las tres. Bueno amigo, que tengas bonita tarde, adiós. Adiós.

Se acercan a una pareja que estaba abrazada y besándose en una banca a unos pasos más allá de donde estoy yo y los interrumpen, obligándolos a romper el abrazo y separar los labios, para darles un discurso que no les importa sobre productos que no les interesa comprar.

Es ahí cuando me doy cuenta.

Creo lograr comprender al hombre.

Y es que siempre que he abrazado a alguien, lo hago sabiendo que en un momento nos vamos a soltar y dejar ir. Que tal vez dejaremos de ser amigos, pareja o alguno de los dos muera en un punto determinado y no volvamos a estar así jamás. Que nunca voy a tener la certeza de que los brazos que me reconfortan ese instante lo vuelvan a hacer, o inclusive si yo volveré a desear estar entre esos brazos.

Pero el hombre sonreía así porque sabía que ese abrazo con el árbol, si bien no podía ser eterno, iba a estar a su disposición siempre que quisiera, solo tiene que ir al Parque Espala o a cualquier lugar que tenga un árbol y abrazarlo, con la seguridad de que él no se moverá. No le dirá este abrazo ha durado demasiado tiempo ya, que se está volviendo incómodo. Suéltame que tengo que regresar a la oficina. Disculpa, pero se me hace tarde y quedé con Erick para comer. No puedo estar más en una relación a distancia. Esto es algo casual. Te quiero mucho, pero como amigo y nada más. No creo en las relaciones. No estoy buscando nada en este momento. Creo que debemos darnos un tiempo. Necesito estar solo. No eres tú, soy yo.

No.

Abrazar un árbol es un acto seguro, no implica riesgos más allá de ser atacado por una ardilla, tu corazón no está en juego, es ganar-ganar, no conoce de pérdidas o despedidas.

Por eso el acto de abrazar un árbol puede provocar esas sonrisas tan puras y un estado de tranquilidad y paz.

Pero también, es por eso mismo, que tan poca gente lo práctica.

Un año en la CDMX: Metro Chilango

Como alguien que viene de fuera a quedarse a vivir en esta megalópolis, el Metro se convierte en un reto a superar para ganarse el derecho de poder ser parte, los mitos que se escuchan fuera de la CDMX invitan a todo menos a usarlo, pero tienes que atreverte a comprobar las leyendas y ver si en verdad es como lo pintan, una vez que lo haces, si tienes dos dedos en la frente, te das cuenta de que son ciertas, pero que esconde mucho más entre sus vagones, andenes y estaciones.

Descubres que está lleno de vida, de historias y de almas, algunas con prisa de llegar a algún lado en particular, otras solo vagan esperando encontrar lo que no saben que necesitan; lograr una venta, obtener un beso, encontrar el contacto humano que no se obtiene en otra parte. El metro es un lugar donde la intimidad se crea a pesar de que nadie la quiere y todos se esfuerzan por evitarla, pero fracasan, todos fracasan, y lo seguirán haciendo porque entre el pequeño espacio entre pared de metal y pared de metal, entre asientos de fibra de vidrio y tubos de aluminio, los cuerpos se encuentran, las pieles se rozan y los aromas se mezclan ya que eso es parte inherente de ser habitante de esta ciudad, y lo aprendes a aceptar, a pagar el coste, un peaje diario, un ritual que se repite varias veces al día y no se exenta los fines de semana.

Foto: JM. Mariscal.

El Metro chilango son risas, platicas privadas que se vuelven comunitarias, quejas, ventas, gritos, llantos, compilaciones de música pirata estallando en bocinas colgadas a las espaldas, son suspiros, son besos, son bienvenidas, son rupturas, es amor y odio, son peleas y abrazos, enemigos de un viaje, amistades que se pueden volver eternas, es la ciudad subterránea, a la que accedes con cinco pesos, con sus propias reglas y autoridad, son los túneles que se llenan de oscuridad y claustrofobia, los rieles que chirrean al pasar, las puertas que se niegan a cerrarse bien, el calor contenido y los grafitis que nadie más que el que rayó recuerda.

El Metro chilango lo es todo, y a la vez es nada, es algo físico, pero es mucho más que eso, tiene un componente emocional intangible, es un ente con alma y vida propia, que respira, que se alimenta de todos los que lo operan y lo usan, se nutre de las esperanzas y el tiempo, que tarda más cuando das señales de llevar prisa y recorre las vías a sus anchas cuando no le pones atención al reloj, y que no avanza cuando llueve porque prefiere chapotear en las albercas que se van formando en sus estaciones, en unas gota a gota, en muchas otras a cantaros.

Foto: JM Mariscal.

El Metro lo domina todo y acepta su condición sin reclamo.

Recibe y rara vez expulsa. Puedes ingresar con sueños y penas. Acepta lluvia y calor asfixiante. Asesinos y suicidas son bienvenidos. Ladrones y santos no pueden faltar. El Metro Chilango. Rey subterráneo. Ni bueno ni malo. No juzga ni sesga. La honestidad es su filosofía de vida. Te abre las puertas. Invita a conocer su reino. No promete belleza. Solo invita a la aventura. A que encuentres lo que hay en las profundidades y te encuentres a ti mismo en el proceso.

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Los ex, una realidad alterna

Es casi seguro que todos aquellos que me leen tienen algo en común conmigo: los ex, esos seres con los que, pasado el tiempo, uno no comprende cómo pudo pasar tanto tiempo con ellos o a los que de plano, uno termina por resignarse a extrañar por el resto de sus días, aunque de antemano sepa que de lejitos es mejor.

El texto surrealista de hoy está dedicado a estos individuos que son la sal y la pimienta de nuestra vida sentimental, porque aunque hay una infinidad de ellos, quizá podemos clasificarlos de acuerdo con sus reacciones post-ruptura, pero también en función de algunas obras literarias famosas que seguramente nos han marcado tanto como ellos.

Así que, en un ejercicio de catarsis literaria, recordaremos a cada uno de los ex que nos han dejado con el corazón hecho cachitos, bolita, apachurrado o, de plano, raspado y ensangrentado.

Por supuesto, si ustedes saben de alguna sub-especie que se me haya olvidado, no duden en mencionarlo.

El Pedro Páramo

“Qué haré ahora con mis labios sin su boca para llenarlos? ¿Qué haré de mis adoloridos labios?”

Simplemente desaparece, es como un mito y tanto él como lo que rodeaba la relación parece cobrar un carácter difuso, etéreo y hasta fantasmagórico. En ocasiones, incluso te hace dudar de que esa relación haya sido verdad, pues desaparece (o deja de postear) de sus redes sociales y si tienes el mal tino de llamarles, o mensajearlos, simplemente no contestan.

Grado de daño: Medio a severo, ya que no tienes ni idea de qué sucedió y te puedes atormentar infinitamente pensando en ello.

El extranjero

“Quizás no estaba seguro de lo que me interesaba realmente, pero, en todo caso, estaba completamente seguro de lo que no me interesaba”

No tiene piedad al terminar, simplemente te dice por qué ya no quiere seguir contigo y en días posteriores lo puedes ver normal, quitado de la pena, como si nada hubiera sucedido. Sigue su vida sin alteraciones, ni más ni menos.

Grado de daño: De severo a bajo, pues aunque quizá sea uno de los que más dolor causa en el momento de la ruptura, con el tiempo es el tipo de relación de la que más aprendes, ya que sabes en qué fallaste para no repetir la historia.

El libro vacío

¿Para qué voy a emprender una batalla que quiero ganar, si de antemano sé que no emprendiéndola es como la gano?

Se le pasa sufriendo y lamentándose por todos los medios, usa las redes sociales como su diario de quejas y espera que sus amigos le hagan comentarios de solidaridad, todo con la finalidad de hacer sentir culpable al otro.

Grado de daño: Medio a bajo, únicamente cuando la otra persona es consciente de cómo sucedieron las cosas y de que, generalmente, la culpa es un 50/50.

El Pascual Duarte

“Yo señor no soy malo aunque no me faltarían motivos para serlo”

Cree que a pesar de todo, él no tiene la culpa; peor aún, responsabiliza a los demás de sus actos. Cuando se ve acorralado y ante la inminente realidad, se justifica ante los demás, mostrándose como la víctima.

Grado de daño: Medio a bajo, mismas razones que en el caso anterior.

El travesuras de la niña mala

“No me preguntes por qué, porque ni muerta te lo voy a decir. Nunca te voy a decir que te quiero aunque te quiera”

No importa cuánto se ofendan, cuánto daño se hagan, cuánto se juren no volverse a ver, siempre regresa, por supuesto, asegurando que “esta será la última vez”, lo peor es que en la mayoría de los casos, para repetir la misma historia.

Grado de daño: Severo, pues no te deja continuar con tu vida y generalmente echa a perder posibles relaciones, aunque claro, eso siempre y cuando tú lo permitas.

El Casi el paraíso

“Las debilidades son lo único bueno que tenemos. Es aburrido ser fuerte, y muy agradable flaquear a solas… y entre dos” 

Al final descubres que todo fue falso, y conforme pasa tiempo de la separación, te das cuenta de un sinfín de mentiras que dijo a lo largo de la relación.

Grado de daño: Medio, mientras no pierdas tiempo investigando más de la cuenta.

El Aura

“¿No te basta mi cariño? Yo sé que me amas; lo siento. No te pido conformidad, porque ello sería ofenderte. Te pido, tan sólo, que veas en ese gran amor que dices tenerme algo suficiente, algo que pueda llenarnos a los dos”

Contigo era como la tía Consuelo, su relación se basaba en discusiones, disgustos y negativas, pero con los demás se muestra tan amable, sonriente y jovial como Aura, tanto así que no puedes creer que se trate de la misma persona. Lo puedes ver publicando post y fotos donde claramente da a entender que después de ti es más feliz y mejor persona, y que por cierto, hace todo lo que contigo “nunca podía”.

Grado de daño: Medio, pues aunque provoca un grado elevado de frustración, si sabes sobrellevar el asunto, pronto te darás cuenta de que tú también puedes seguir sin esa persona.


Después de reír un poco de nosotros mismos y de nuestros sentimientos más bajos, así como de tomar con humor situaciones de pérdida, esperamos que te sientas, si no mejor, al menos tranquilo de saber que todos, hombres y mujeres, hemos pasado por esa misma realidad alterna, universo paralelo, triángulo de las bermudas, túnel sin salida, conocido como los ex, ¿y lo mejor? Todos hemos sobrevivido.

Turista en mi ciudad

Hace un par de semanas viajé a un Pueblo Mágico y en la terminal de dicho pueblo vi publicidad anunciando viajes y recorridos por la Ciudad de México. “¿A qué querría alguien de provincia ir a la ciudad?”, me cuestioné. “Si yo no viviera aquí, seguramente no sentiría ninguna curiosidad por venir”, también me dije, pensando en el smog, el tráfico, la delincuencia y el ambiente godín que impera en la CDMX.

Al siguiente domingo tuve la suerte de tener que ir a trabajar al Centro Cultural España y se me hizo un poco temprano, así que ya estando cerca de la Catedral, e inmersa en una masa de turistas requemados, me pregunté por qué no entusiasmarme, como ellos, con las danzas prehispánicas, que, por cierto, nunca había visto con detenimiento, o las limpias con copal que tampoco había experimentado.

Usando un poco la imaginación, mi atuendo veraniego me hacía pasar por turista, así que me sumé a los espectadores y comencé a observar las danzas, tomar fotos y caminar con cara de sorpresa. Me posicioné tanto en mi papel de viajera que cooperé las dos veces que pasaron con el caracolito recolector y cuando uno de los danzantes me ofreció una limpia a cambio de una cooperación voluntaria, acepté, sin más.

Siendo chilanga y hasta mis veintisiempre, viví por primera vez una de las principales actividades turísticas de la ciudad. Luego de mi experimento, me fui al trabajo pues ya tenía el tiempo justo. Sólo me faltó subir la selfie en Catedral y hacer el chek in, pues el olor a copal y las buenas vibras ya las traía.

No, no es obra de Bretón, fueron mis vacaciones en la azotea, pero disfrazadas de turismo en la ciudad.

Señales

Hace tres décadas, aproximadamente, mi abuelo, apasionado del fútbol, llevó a su equipo a jugar a lo que entonces debía ser una lejana costa veracruzana: Tuxpan, donde encontró a otro joven más o menos de su edad que, al igual que él, era un pambolero entusiasta; con el tiempo, cada uno formó su familia y años después, ambos integraron equipos de futbol con sus hijos. Luego éstos comenzaron a casarse y a tener hijos, por lo que unos y otros se hicieron compadres.

Así se comenzó a tejer una amistad que ha durado más de lo que quizá ellos mismos imaginaban, pues hasta ahora, somos tres generaciones que continúan con esos lazos de afecto, aunque ya no sea el deporte lo que nos une, pues al menos en lo que a mí respecta, es una actividad que no tolero ni de cerca ni de lejos.

Cuando el abuelo hablaba de “el día en que muriera” y de que su voluntad era que lleváramos sus cenizas al mar, nadie lo tomaba en serio, quizá porque nos parecía (al menos a mí, que era niña, así se me figuraba), que el abuelo sería eterno, pues su presencia era tan cotidiana e indispensable en mi vida, que me parecía absurdo pensar que un día él ya no estaría.

Al llegar el momento, su voluntad se respetó y ahora yace en la costa de Tuxpan, pues esa era, según él, la fórmula infalible para asegurarse de que lo visitáramos constantemente. Tras dos años de fallecido, la semana pasada fui a saludarlo y a recordarnos, a él y a mí, que todos los días estamos juntos y que nunca me deja sola, pues siempre está en mis pensamientos, y que le agradezco todos los gustos y tradiciones que me heredó, pero sobre todo, el infinito amor del que siempre me rodeó.

Entré al mar y platiqué con él un poco, aunque no le dije todo lo que habría querido. Al final le pedí que me diera una señal si es que me estaba escuchando. Yo esperaba algo como una ola que me bañara, una parvada de pájaros en el horizonte, una brisa que me despeinara, algo cursi…, lo cierto es que él no era así. Después de un rato, sin que nada fuera de lo común sucediera, me salí del mar.

Antes de irnos de la playa, uno de los amigos que me acompañaban me tomó algunas fotos y en una de ésas, un balón salido de quién sabe dónde, pasó rodando por la arena tan velozmente que yo estuve segura de que saldría como una figura difusa debido al movimiento. Al revisar las fotos, ahí estaba el balón, posando al lado mío.

—Órale, bien futbolera —dijo mi amigo y luego se río.

No cabe duda, mi abuelo sí me estaba escuchando.

El chofer que miraba como Clint Eastwood (al ritmo de Paty Cantú)

Era un viaje normal en autobús hasta que mis audífonos dieron su último suspiro. Que mis audífonos mueran en el momento menos repentino y me priven de escuchar canciones de T. Rex, David Bowie y Lou Reed, es un episodio recurrente para un melómano como yo. Con resignación, retiré los auriculares de mis oídos y me puse escuchar la sinfonía de la ciudad, o más bien, la sinfonía del bus en el que viajaba.

Conversaciones sobre maridos, el chismorreo de unos adolescentes, las risas de un señor que veía vídeos en internet. Pero pronto, los acordes de una melodía llegaron a mis oídos, la voz de la señorita Paty Cantú salía de la radio del camión.

En pocos segundos fui testigo de la increíble habilidad de la señorita Cantú para hacer felices a muchos citadinos. Las señoras que iban atrás de mi dejaron de hablar de las miserias de sus esposos para escuchar la canción. Una púber, de unos dieciocho años, sentada junto a mí, empezó a hacer un performance digno de “The X Factor” (canto y coreografía incluidos). Hasta el chofer empezó a mover la cabeza al ritmo de las frases de la cantante pop.

Esta última imagen, me dejó perplejo, por su singularidad: el chofer del camión era un tipo rudo, de unos cuarenta años, con un bigote al estilo Zapata y una personalidad de un protagonista de la película “Sangre por sangre”.

La extravagancia del cuadro hizo que me quedará perplejo, observando la escena por varios segundos, hasta que el chofer notó mi atención en él. Me miró directamente a los ojos y enfocó con la precisión del viejo Clint Eastwood, en esas películas del género Western que lo hicieron famoso.

En ese punto me sentí intimidado y empecé a mover el cuello para formar parte del encanto de la melodía de Paty Cantú. La mirada de Eastwood se deshizo en un segundo. Me miró y sonrió (¡increíble!) con aprobación.

Han pasado varios días desde este episodio  y mi mente sigue sonando:

«…. No quiero un hombre de cuento,

No busco alguien perfecto…”
Creo que la voy a descargar a mi celular.

El mundo no gira siempre al revés

–¡Oye, qué te pasa cabrón–, dijo tras de darle un puñetazo en la en la quijada.

–Yo qué. No hice nada– respondió extrañado, seguro nunca pensó que ella lo confrontaría. Menos de esa manera.

–No te hagas pendejo. Me manoseaste, ¡por favor, bajen la palanca!

–Yo sólo puse mi mochila así–, aseguraba el tipo de rostro preocupado y ojo izquierdo cerrado mientras hacía ademanes con su bolsa, para, según él, explicar que había sido un malentendido.

Sin embargo, su expresión delataba su culpa. El tartumudear de su parloteo exhibía que estaba acorralado. Y ni la gorra blanca grisácea que usaba, alcanzaba a cubrirlo de todas las miradas de los demás pasajeros y la manera en que la víctima lo enfrentó durante esos dos minutos.

Quizá, toda esa carga social lo hizo desear que ese segundo de “placer” nunca hubiese pasado. Pero ocurrió. Un caso más de violencia contra la mujer en el metro.


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A pesar de ello, el mundo no siempre funciona al revés. Ayer fui testigo de lo que todos los días sucede frente a nosotros, entre nosotros: el acoso callejero y el instinto primitivo de excitación de quien lo realiza, pues ¿por qué otra razón alguien se arriesgaría a hacer algo tan absolutamente carvernicolesco si sabe de las terribles consecuencias?

Y es que no sólo fue el golpe que se llevó o los gritos coléricos de su víctima contra él, sino que todos los usuarios de alrededor se solidarizaron inmediatamente con la joven, quien por su aspecto no pasaba de los 25 años, dado que de alguna u otra forma trataron de ayudarla.

Desde aquel que bajó la palanca hasta quienes impidieron que el atacante se escabullera entre las decenas de personas que pasan a las 8 de la mañana en la estación Balderas, todos ayudaron a que este la acción de este tipo quedara impune.

Los murmullos y uno que otro “no seas puto y aguántate” retumbaban como cañones en la cabeza del sujeto que, por un placer inexplicable, deleznable, absurdo, imbécil, ahora probablemente tenga que pagar una condena necesaria.

Tres policías llegaron y tomaron el brazo de quien, seguramente, pasará muchos días enfrentando a la ley por su lujuria primitiva, obscena, indignante.

El operador del vagón desactivó la palanca de emergencia, las puertas cerraron y la joven se perdió entre los andenes, testigos horizontales de historias que se viven a diario en la gran Ciudad de México.


Revive: El espectáculo del trompo en el metro


 

Sin quejas

Hace un año me encontraba viviendo mi primera experiencia laboral oficial. Antes había tenido empleos freelance, pero estar diez horas diarias en una oficina es otra cosa, por lo que traté de llevarme bien con todos mis compañeros. Todo marchaba bien hasta que a los cinco meses, más o menos, viví acoso y episodios de violencia por parte de uno de ellos.

Yo sé que mi caso no es único ni se trata de ninguna novedad, soy sólo una de tantas mujeres que a diario viven ese infierno, sin embargo, lo más surrealista del caso estaba por venir.

Tras el enfrentamiento que tuve con el sujeto (llamémoslo O), quien aseguraba que sus conductas se debían a “celos” porque yo convivía más con otros compañeros que con él y porque en su mundo de psicosis, “yo lo había ilusionado”, se fue; sin embargo, días después, en una junta, mi jefa dijo que ya no éramos niños pequeños ni estábamos en la escuela para “andarnos acusando”, con lo cual evidentemente se refería a mí.

Mi primer reacción fue preguntarme, ¿qué debía hacer entonces? Yo no acusé a nadie, únicamente, (y después de darle un montón de vueltas al asunto), decidí que debía avisar a alguna autoridad sobre lo que estaba sucediendo.

¿Cuándo debía hablar para que mis palabras no fueran consideradas como un chisme de oficina? ¿Cuando el tipo se atreviera a golpearme? ¿Cuando no fuera capaz de contener esa rabia con la que me hablaba? ¿Cuando el temblor de sus palabras, quijadas y puño estallaran? ¿Cuando intentara violarme? O mejor, ¿yo no debía hablar, sino mis padres y amigos hasta que estuviera desaparecida?


#NiUnoMás


Qué pena que en un país en el que los #SiMeMatan de cada una de nosotras tiene razón de ser, seamos las mismas mujeres las que minimicemos las señales de alerta. Sí, se trata de homicidios, no de feminicidios, el asesinato de cualquier ser humano es igual de alarmante, pero también es un hecho que nosotras somos más propensas a cierto tipo de violencia, o simplemente se han normalizado situaciones como las que acabo de mencionar, las cuales nos ocurren con mucha más frecuencia a nosotras.

El colmo del mundo al revés es que el viernes pasado, casi antes de salir, O apareció en la oficina, como si nada hubiera pasado y saludando a todos sonrisa en cara. Mi jefa lo había llamado. Volver a darle trabajo es lo que ella considera que este hombre merece, aún cuando ella misma se quejó por haber recibido miradas lascivas de él (aunque a algunos les parezca estúpido sentirse incómoda por algo así) y los mismos compañeros varones lo confirmaron.

Por ahora nada es oficial, no sabemos si este editor volverá de planta o como freelance, lo cierto es que en caso de que la primera opción sucediera, yo pasaré al ejército del desempleo de papá Marx por seguridad y dignidad, pues no pienso convivir con el agresor.

Así, en este México en donde una es culpable por quejarse, por ser amable y hasta porque la maten, les agradeceré sus buenas vibras y sus ofertas de empleo.

Atenderlo es un placer

Hoy tuve que ir al Palacio Municipal de Texcoco a realizar un trámite burocrático. Al llegar ahí, me sorprendió el desconcierto de los trabajadores. Como yo, no tenían la más mínima idea de dónde o con quién podía dirigirme para el documento que necesitaba; su desconcierto me perturbó, parecía que nunca hubieran trabajado ahí. Ante esta situación me transformé en un Padre Brown texcocano, sólo que a diferencia del cura católico de Chesterton, yo no buscaba al criminal más peligroso de Europa, sino a alguien que me diera razón de mi trámite.

Después de interrogar a unos cuantos inocentes, una mujer de mediana edad me dijo:

– Ve con Andrómaca (nombre clave de la susodicha que tenía las respuestas).

Con sus instrucciones llegué al lugar. Ahí, me acerqué y pregunté por Andrómaca, pero una señora de unos sesenta años me contestó:

-Salió, regresa en media hora. – Ante ese comentario miré mi reloj. Tenía tiempo suficiente para ir al supermercado y comprar algo pendiente. -Regreso en 30 minutos – le contesté a esa dama de la tercera edad.


Catolicismo mexicano: el cura Gregorio VII versión mexiquense


Salí del Palacio Municipal. Caminé hasta mi casa. Tomé mi coche. Conduje al supermercado. Compré lo que necesitaba. Regresé y lo dejé en su sitio. Todo eso lo hice con una paz decimonónica. Al ver mi reloj me dije a mi mismo “¡vaya!, ya pasó más de media hora, debo regresar para encontrar a Andrómaca.”

Al pisar de nuevo el Palacio Municipal le pregunté de nuevo a la anciana “¿está Andrómaca?” y ella me contestó con voz de momia:

-Regresa en media hora. – Aquello me sorprendió y decidí sentarme en un silla de esa oficina gubernamental a esperar, quizás regresaría pronto. En ese lapso saqué mi celular, perdí neuronas y tiempo en Twitter, en Facebook; luego saqué un libro que llevaba, leí dos cuentos. Después de varios minutos, una chica más joven apareció en las oficinas, le consulté si era Andrómaca y me contestó: “no, regresa en media hora”.

Ahí me puse a pensar que Cronos conspiraba en mi contra… O la comprensión del tiempo era diferente en esa habitación. Saqué de nuevo mi libro y leí otros dos cuentos. En ese punto me sentí desesperado y me acerqué de nuevo a la anciana y le dije “¿tardará mucho Andrómaca?”, ella me dijo, con la voz de un monje shaolin, “regresa en media hora”.

Abrumado, me senté, ¿podría ver a Andrómaca? ¿Podría realizar mi engorroso trámite burocrático? No obstante, mientras me sumía en mis reflexiones, una chica llegó. La anciana volteó a verme y me dijo “Ella es Andrómaca”. Al parecer los maleficios de Cronos no sólo prolongan el tiempo mortal, también lo acortan, en esa oficina.

En menos de dos minutos le di mi documentación y salí del Palacio Municipal. Al ver la luz del sol sentí cómo esa oficina de gobierno había absorbido toda mi energía vital.

Por suerte, el trámite está ya hecho y vencí a la burocracia:

Aguilar 1

Burocracia gubernamental 0

Agua que no sobra en el mundo al revés

Es bien sabido que desde la subasta de la Ciudad de México a las inmobiliarias, en el sexenio de Marcelo Ebrard, cientos de edificios brotaron a lo largo y ancho de nuestra capital como mala hierba.

Más allá de la contaminación del paisaje, la saturación de las vías y el aumento en la polución, hay un tema que no se trata mucho en los medios de comunicación: la escasez de agua.

Debo decir que en la zona donde vivo, pocas veces falta. El abasto es constante y muchos vecinos, incluso mi propio padre, se dan el lujo de desperdiciarla cada vez que pueden.

Sin embargo, desde hace unos meses, el agua ha empezado a escasear. Durante los 27 años y cinco meses que llevo viviendo en ese lugar, jamás se había tenido que recurrir a la compra de pipas hasta hace un mes.

Alarmados, muchos inquilinos comenzaron a convocar juntas para tomar medidas, pues entre sus argumentos, salió que debido a la constante construcción de departamentos a lo largo de la calle y la colonia, el agua ha dejado de llegar. Cosa que no es incorrecta, aunque tampoco tocaron otro tema.

Resulta que lo surreal del asunto no es la compra del agua o la disminución en nuestros edificio o que personas que llevan décadas viviendo ahí no tengan agua para bañarse, sino que pese a la situación, varios de mis vecinos continúan como el despilfarro de nuestro recurso.

Así es, mientras habitantes de otros departamentos buscaban contratar pipas y poner letreros por la falta de agua, hay señoras que lavan varias veces a la semana, lavan escaleras con cubetadas indiscriminadas y riegan sus plantas poco antes del medio día (cuando es bien sabido que eso se debe hacer en la noche para evitar la evaporación) sin que se inmuten ante tal circunstancia.

Mientras tanto, el letrero sigue ahí, la escasez se agudiza y la consciencia no llega. Historias cotidianas que ocurren en el mundo al revés.

 

El espectáculo del trompo en el Metro de la Ciudad de México

Su grito atrajo la mirada de las personas que viajaban en el metro: ¡Bienvenidos al espectáculo del trompo!, dijo, mientras aventaba el juguete de plástico al suelo. La mayoría de los ojos se posaron en él, como preguntándose, cuál sería el espectáculo prometido.

Entonces, el señor, de unos 45 años, comenzó a realizar suertes con la cuerda del trompo. Aquel juguetillo rosa abandonó el suelo y no lo volvió a tocar de Allende a Pino Suárez. Trucos como el carrusel, el ascensor, la vuelta al mundo, el columpio, el trapecio o la cobra aparecieron para deleite de los usuarios.

Algunos sonreían, como recordando su infancia; otros se tapaban la boca, sorprendidos; y un par más que decidieron obviar el momento, pues parecía que el juego en el celular estaba más entretenido.

El cuasi-mago del trompo lidiaba no sólo con la cuerda y su utensilio, también lo hacía con la mochila que traía sobre la espalda y la gorra, que le servía como sombrero de gala.

Cuando el metro comenzó su ingreso a la estación Pino Suárez, el encanto llegó a su fin. El mago tuvo que dar por finalizado su espectáculo, sino carecería del tiempo necesario para desfilar sobre el vagón y recibir “una moneda que no afecte su economía”.

Mientras el dueño del espectáculo caminaba rumbo al otro vagón, las caras de asombro y los recuerdos estacionados en las épocas de la niñez, se convirtieron en rostros adustos que sabían que el hechizo se había acabado y el camino a casa aún era largo.

 

 

Catolicismo mexicano: el cura Gregorio VII versión mexiquense

Hace unos días asistí a una misa en un pequeño poblado perdido del Estado de México. Nunca me han gustado las ceremonias religiosas católicas, su alienación y, en algunos casos, su mediocridad, pero en este caso el cariño que siento en nombre de quien se realizaba la celebración me hizo asistir a la iglesia.

Al momento que la ceremonia llegó al sermón del cura, éste se postró frente a nosotros y empezó a hablar. En otras ocasiones, he escuchado grandes sermones de sacerdotes que me han dejado satisfecho, como el de un cura que llamó a la solidaridad y la unidad familiar frente a la violencia derivada del narcotráfico, en una pequeña parroquia de Oaxaca.

No obstante, este no era el caso. De la nada, el cura empezó a hablar de la situación en Siria y de los musulmanes. Habló de cómo los moros mataban cristianos en Medio Oriente, e incluso, aseguró haber visto en las noticias masacres contra cristianos.

En ese momento, saqué del bolso de mi pantalón mi celular, quería verificar el día, mes y año. Quizás en esa iglesia había una ruptura del espacio tiempo de las que habla el filósofo David Lewis o la teoría de supercuerdas y habíamos viajado mil años al pasado. Pero, mi celular decía 2017, no 1017.

A pesar de eso, el cura siguió lanzando proclamas contra el Islam. En mi mente, pronto lo vi con el hábito de un Papa del siglo XI. Volteé el rostro para ver la expresión de las demás personas en ese recinto y vi sus rostros llenos de terror y furia. Si ese cura llamaba a la Guerra Santa, estaba seguro que muchos tomarían su espada en aras de la reconquista de Jerusalén.

Ante eso me quede calladito. Sin decir nada y me puse a pensar. Si este Papa medieval llama a la Guerra Santa hay tres razones por las cuales no lo seguiría en su lucha:

  1. Leí “Las Puertas del Paraiso”, de Marcel Schwob, “La Cruzada de los niños”, de Jerzy Andrzejewski y las “Cruzadas vistas por los árabes,” de Amin Maaouf. Para saber que los occidentales podemos ser más salvajes que los árabes, a tal grado de cometer canibalismo y comer bebés, como lo hicieron los cruzados en la ciudad de Maarat.  
  2. Si soy sincero, me vería mejor con un traje de guerrero selyucida, del ejército de Saladín, que con un traje de cruzado, no importa si es de caballero teutón, hospitalario o templario. Mis rasgos árabes y mi barba rizada lo confirman.
  3. No me interesa en lo más mínimo imponer una ideología religiosa sobre otra. Me gusta el catolicismo de San Agustín, en sus confesiones, la idea del amor y el perdón como los más grandes dones del ser humano. No evangelizar con una idea, susceptible de ser falsa, a los demás.

Por suerte, mientras pensaba eso, la misa terminó y salí feliz de la iglesia y de regresar al año 2017. Aunque me temo que muchas personas de la iglesia creyeron como ciertas las proclamas de ese Gregorio VII mexiquense.

Mi pastel de chocolate

Cruzo el Eje central, acabo de comprar un trozo de pastel en el Pasaje américa con lo último que me quedaba de la quincena. Sí, es un acto un poco estúpido: comprar una rebanada de pastel de setenta pesos cuando estás por quedarte sin dinero y las tripas rugen un poco, pero decía mi abuelo que gastar el dinero en comida en realidad no es un gasto.

“Señorita, señorita”, escucho, pero lo ignoro. ¿Cuántas señoritas pueden caber en esas hordas que cruzan de Madero a Juárez en fin de semana? “Señorita, señorita” de nuevo, pero ahora me dan tirones del suéter. Volteo y encuentro a una mujer de menor estatura que yo, lo cual ya es mucho decir, casi anciana, aunque no desvalida ni desnutrida.

—¿Me regala su pan?

“¿Quéeee?”, es lo único que puedo pensar.

—No —le respondo sin pensarlo.

—Gracias —me dice, mientras resbala por su mejilla una lágrima demasiado ensayada para mi gusto.

Mi acompañante le da unas monedas. Lejos de sentirme conmovida, me siento enfadada. En esta ciudad no se puede salir al parque, a comer o a caminar sin enfrentar un episodio de estos, y es quizá esta misma ciudad la que nos ha arrebatado esa sensación de dolor ante la desgracia ajena, pues hay tantas mafias, tanta gente que rehúye a las responsabilidades de vivir en un asilo o simplemente se niegan a trabajar, y aun teniendo casas propias en colonias como Lindavista, deciden que es mejor salir a vivir de los demás.

Nunca sabré si aquella mujer en verdad necesitaba ese trozo de pan más que yo y quizá sólo sufrió las consecuencias de un momento de mi ira combinada con hambre, lo cierto es que si me quiero reivindicar, no será muy complicado, bastará con salir a alguna avenida medianamente transitada y esperar.

No, no es obra de Bretón, es la Ciudad de México.