Wannabeat

Me levanto rayando el medio día, el sol se cuela por la ventana golpeando mi maltrecho rostro, restos de anís y caña en sus respectivos envases son mi única compañía. ¡Toc! ¡Toc!, El ruido viene de la puerta, el miedo invade mi espíritu al pensar que se trate de la policía o de algún rufián que viene a cobrarme alguna osadía.

¿Quién llama, ah? Pregunto con voz trémula, el alma me vuelve al cuerpo al oír la voz de mi madre que me pregunta si deseo almorzar. Le digo que sí, pero con la condición de que me sirva la comida fría, un poeta maldito debe mantenerse alejado de ciertas comodidades que puedan inhibir su potencial creativo, siempre me esmero por mantenerme inmerso en la tragedia.

Devoré el almuerzo y después de recibir mi domingo, salí a caminar por las calles del centro, sin rumbo fijo, mientras repensaba algunos pasajes de mi novela En la vereda, una obra posmoderna sobre mis recorridos a través de las doce líneas del metro en las que viajé, siempre pasando debajo de los torniquetes, jamás compré un boleto ni hice una recarga en aquellos dos días que duró el trayecto; esta novela me lanzaría a la fama intelectual, junto con Los vagos del karma.

Sin notarlo, tropecé con un puesto de periódicos, eché un vistazo y cuando vi al dependiente distraído, procedí a robar un ejemplar de Kalimán y otro de Cosmopolitan, al mismísimo estilo de un “investigador incivilizado”. Me repetí durante cuatro cuadras lo sensacional que era y lo afortunados que eran mis amigos de tener a un tipo como yo por coetáneo. Después de algunos minutos de andar sobre Madero, me detuve sin motivo aparente, como si el universo quisiera mostrarme algo.

Miré a mi alrededor y me encontré con puros idiotas, sentía asco y lástima por todas esas personas que se encontraban conmigo y no veían mi genialidad, pobres insectos incapaces de reconocer a un artista, ni siquiera por el sombrero, la chaqueta, el aliento etílico y toda la combinación extravagante.

Pero tranquilo, poeta, algún día, algún día estos bastardos te adorarán, las mujeres se vendrán a chorros sólo con oír tu nombre, y tú, (o sea yo) el último de los poetas malditos, estarás brindando con ajenjo en el más profundo de los infiernos, junto a Baudelaire, Bukowski, y por supuesto, Kerouac… La amargura es mi sombra, la lluvia son mis lágrimas y la noche es mi alma… porque soy el último, el último de los poetas malditos… When a woman, loves a men… la la la la…

Pieza única

Tras casi un año sin salir de la ciudad, Isaac y yo decidimos visitar algún pueblo cercano para despejarnos del diario ajetreo. No habíamos planeado nada, pero ambos teníamos puente en nuestros respectivos trabajos con motivo de los festejos de Día de Muertos, así que improvisamos.

Después de buscar reservaciones disponibles en prácticamente todos los hoteles de Chignahuapan, lugar que ya muchos de nuestros conocidos y amigos nos habían recomendado, encontramos sólo unas cabañas a la orilla de la carretera donde, además de excelentes precios, ofrecían facilidades en cambios de fechas e incluso el desayuno. Eso sí, debíamos hacer la transferencia bancaria completa y no había devolución del dinero. Era nuestra única y cómoda opción, así que no lo dudamos e hicimos el pago.

Gracias a la tecnología llegamos sin imprevistos a nuestro destino y sin perder tiempo, apenas pisamos tierra poblana, nos cambiamos de ropa para ir a las aguas termales. Al volver al auto y encender la marcha, nos dimos cuenta de que éste no arrancaba. Nos irritó un poco toparnos con tal incidente, pues se nos figuró capaz de arruinar nuestras pequeñas vacaciones.

La mujer de la recepción, de unos cincuenta años, bella y con cabello corto, se acercó hasta nuestra ventanilla mientras intentábamos una vez más dar marcha al auto:

—¿Todo bien, pequeños…? No me digan que… —tuvo un gesto de preocupación que me pareció por demás falso—.

Isaac y yo nos quedamos mirando uno al otro al escuchar la palabra “pequeños”. A simple vista, aquella mujer nos pareció una persona común, pero al verla hablar, notamos que sus dientes estaban plagados de sarro y picados, eran amarillos y pequeños, como si no correspondieran a su rostro pálido y terso, con apenas unas cuantas arrugas o con su voz que, a pesar de todo, era dulce y melodiosa.

—No se apuren, ¿iban a bañarse, no? Llegan incluso caminando, no tardarán más que quince minutos y aprovechan para conocer un poco del pueblo. Quizá más tarde haya quien los pueda ayudar con su… problema.

Luego puso sus manos sobre el volante del auto y nos invitó a salir. Sus uñas eran largas y negras, como invadidas por un hongo, lo cual tampoco correspondía con su vivaz mirada verde, como mimetizada con aquel anillo dorado cuya esmeralda incrustada resplandecía con los rayos del sol.

—Gracias —nos limitamos a responder.

Enseguida nos dio la espalda para retirarse, pero apenas se había alejado un par de pasos cuando regresó para dirigirse a mí.

—¿Te gusta?
—¿Perdón?
—El anillo. Mi anillo.
—Ah, sí… —no comprendí cómo lo notó si evité mirar la pieza—; es una pieza increíble.
—Lo es, es una pieza única. Ha pertenecido a mi familia desde el inicio de los tiempos y cuenta la leyenda que esta esmeralda se desprendió de la corona de Satanás cuando fue exiliado del cielo, por eso es tan hermosa. Gracias a ella todo lo veo, nada olvido —y sonrió.

Nos inundó un silencio incómodo, no tenía idea de qué responder ante tanta imaginación. Enseguida bajamos del auto y caminamos hacia la carretera. Era medio día y el calor era ardiente, así que nos pareció que la mujer tenía razón, debíamos caminar después de haber estado sentados durante todo el camino. Con el afán de no cargar demasiado, tomamos únicamente unas chanclas y un par de toallas. Unos metros adelante compramos artesanía, dulces típicos y recuerdos para la familia. Pronto olvidamos a la mujer.

La arquitectura del lugar, donde se hallaban las aguas termales era impactante, desde donde estábamos todo se veía del tamaño de las hormigas, por lo que bajamos quizá mil escalones antes de llegar hasta las albercas. La caminata y la comida fueron deliciosas, así que se nos fue la tarde y olvidamos el incidente del auto.

Al salir del spa, la tarde había caído y nuestros cuerpos resentían más el frío poblano debido a lo tibios que estábamos dentro del vapor. Subimos con dificultad los mil escalones de regreso y al llegar a la carretera, nos resignamos a caminar entre la neblina.

A menos de medio camino, comencé a temblar de frío, mi ropa se había humedecido por el traje de baño, mi cabello estaba empapado y yo respiraba con dificultad. Le pedí a Isaac que nos detuviéramos un momento.

La noche comenzaba a chorrear como tinta sobre el cielo y la luz a extinguirse; la luna menguante alumbraba poco o
nada. No había ni un alma ahí, lo cual nos pareció ilógico; por la tarde éramos miles de personas nadando, comiendo, jugando, ¿y ahora nadie? La mayoría de la gente se subía a sus autos y partía, por lo que ni siquiera había transporte público.

Me senté en un tronco y respiré lo más tranquila que pude antes de subir la pendiente que nos esperaba.

—Tranquila, no hay prisa. Seguimos hasta que estés repuesta, ¿si?
—Gracias, amor —respondí y le di un beso.

Me volví a incorporar para seguir caminando, la niebla apenas nos dejaba mirar dónde pisábamos. Los puestos de madera húmeda que por la tarde llenaban la orilla de la carretera de vida, ahora sólo generaban un ambiente sombrío y desprendían olor a moho. Me sentí absurda caminando en medio del frío con sandalias y ropa veraniega.

La noche cayó por completo y en medio de la bruma escuchamos como un eco y, sin saber de dónde provenía, el grito desesperado de una mujer seguido de una carcajada.

—¿Escuchaste? —le dije a Isaac.

Él titubeó un instante, como si no quisiera reconocerlo.

—Sí… anda, vamos, sigamos caminando. Ya falta poco.

El grito y las carcajadas se volvieron a escuchar con mayor nitidez, así que quise subir más rápido la pendiente y resbalé. Para mi mala suerte, caí en un charco de algo más viscoso que el agua, pero más ligero que el aceite. Me levanté de prisa, luego me limpié las manos y el sudor en la ropa para continuar el trayecto. Sin notarlo, nuestro paso adquirió velocidad y llegamos prácticamente corriendo a las cabañas donde nos alojábamos.

—¿Pero qué paso aquí? —preguntó con asombro un hombre calvo y de baja estatura que estaba detrás de la recepción.
—Sabe, veníamos caminando sobre la carretera y escuchamos… —dijo Isaac con palabras atropelladas. El hombre interrumpió.
—No, no, no. ¿Ya vio a su novia, joven?

Nunca olvidaré la cara de horror de Isaac al mirarme. Enseguida busqué un espejo y me observé las ropas, las manos, la cara llena de sangre todavía fresca. Grité.

—Calma, calma —me dijo Isaac y luego hablándole al recepcionista—; ella cayó en un charco de algo al venir hacia acá, quizás…

Volvió a interrumpir el hombre.

—Oh, ¡ya entiendo! —exclamó despreocupado—. Debió ser eso. Últimamente han aparecido cadáveres de animales cerca de la carretera. Al parecer algún depredador los caza y lo primero que hace es desangrarlos, por lo que se ha vuelto común encontrar charcos de… ustedes saben —agregó, aclarándose la garganta y señalándome—. Pero no se preocupen, todo estará bien. Qué lamentable que hayan pasado por esto, pero ahora verán, dense un baño, les encenderemos la chimenea para terminar con esta desagradable experiencia.

—¿Animales? ¿Está seguro? Cuando ocurrió eso escuchamos los gritos de una mujer.
—Querido… huésped, siempre habrá cosas que no está a nuestro alcance saber —respondió sombrío y se hizo un silencio perturbador—. Y bien, ¿querrán que encienda la chimenea o no?
—Queremos, sí —contesté temblando no sé si de frío o de ansiedad.

Caminamos tras el hombre que, de entre un inmenso juego de llaves, eligió una que abrió la puerta de nuestra habitación.

—Como cortesía, el hotel les ofrece una botella de vino que ya pusimos a enfriar. Que la disfruten. En un momento vuelvo.

Pasaron unos minutos y el hombre regresó con leña. La fogata no tardó en encender y el calor que emanaba de ella me devolvió la estabilidad. Al asegurarnos de que se había ido, Isaac y yo por fin nos dimos un baño. Al salir, nos secamos y casi al instante nos quedamos dormidos.

Horas después despertamos con hambre feroz. El agua, la adrenalina, correr, el frío y el asombro no eran para menos. Miramos nuestros teléfonos, pero ya no tenían batería; el reloj de Isaac marcaba las once.

—No es tan tarde, salgamos a buscar algo de comer. Con suerte encontramos un bar o algún lugar donde tomar una cerveza —lo animé.
—Ya es algo tarde…
—Pero es Día de Muertos, seguro hallamos algo.
—Amor, recuerda que el carro no arranca. Mejor mañana.
—Isaac, tengo hambre, en verdad, mucha hambre.
—Está bien, salgamos a buscar algo cerca, pero si no lo encontramos pronto, volvemos. ¿De acuerdo?
—De acuerdo. Voy por mi chamarra al carro y nos vamos.

Salí y momentos después Isaac me escuchó gritar su nombre, así que salió corriendo.

—¿Qué pasa? ¿Dónde estás?
—¡En el auto! ¡Ven, encendió!

En ese momento apareció de nuevo la recepcionista vespertina, pero ahora enfundada en una bata color marrón y con un gato en el regazo.

—¡Magnifique, su auto encendió! ¿De salida a estas horas?
—Vamos a buscar algo para cenar, tenemos mucha hambre —respondí— ¿usted sabe de algún lugar cerca?
—Ma petite fille! Cerca de aquí no hay nada, todo está hasta el centro… Es una fortuna que su auto ya esté bien, de otra manera, les sería imposible llegar. Es media hora en auto, pero caminando, quizá dos horas por las pendientes, además con esta neblina no sería recomendable… —dijo mientras acariciaba la piedra verde de su anillo.
—Está bien. Nos vamos antes de que se haga más tarde. Gracias.

Algo de esa mujer me provocó escalofríos, no quise seguir hablando con ella. Llegamos al centro sin ningún contratiempo, cenamos, visitamos las ofrendas, incluso asistimos a un concierto al aire libre, tomamos algunas fotografías y finalmente nos decidimos a volver al hotel pasadas las doce de la noche.

De regreso, al pasar por la laguna, el auto se detuvo nuevamente. Isaac intentó encenderlo, se bajó a empujar, intentamos dar marcha mil veces, pero de nada sirvió. De nuevo nos hallamos varados en medio de la carretera desierta. El aire silbaba y por toda luz teníamos la del cuarto menguante.

—Bajemos a orillar el auto —dije— y si es necesario, dormiremos aquí.
—¿O caminamos hasta el hotel?
—No lo sé, no hay nada por aquí, está completamente solo.
—Estamos casi a medio camino, si nos damos prisa, quizá lleguemos pronto.
—Aparquemos el auto y mientras lo pensamos, ¿si?

Isaac descendió del auto para empujarlo mientras yo lo dirigía y al llegar a un pequeño mirador, ambos nos apeamos para inhalar el aire fresco. Apenas decidíamos que era buen lugar para pasar la noche, cuando apareció ante nosotros una furiosa manada de perros. Nos apresuramos a tomar piedras, pero éstos se abalanzaron hacia nosotros, así que no tuvimos más opción que huir. Corrimos lo más rápido que pudimos, pero casi podíamos sentir el aliento de los canes en las pantorrillas.

Los gruñidos de los perros eran distintos a los de cualquier otro animal que hubiéramos escuchado antes, lo que nos aterrorizó, pero a la vez nos hizo correr más rápido y sin parar. Apenas pude mirar la expresión de Isaac, pero sé que él sentía el mismo miedo que yo. Al atravesar la pendiente, vislumbramos las cabañas y corrimos con mayor facilidad, pero eso no fue lo que nos alivió, sino que llegados a ese punto, los perros empezaron a aullar con un dejo de dolor y se alejaron, regresando por el mismo camino por el que nos habían perseguido durante lo que nos parecieron horas.

Aún con la adrenalina, bajamos la pendiente y entramos al hotel, cuyo acceso era únicamente una cerca de madera. Caminamos por la terracería, con el corazón agitado y temblor en las piernas, hacia nuestra cabaña, que era la del fondo. Debíamos bajar un pequeño sendero y doblar a la derecha.

Al llegar a la cabaña abrimos deprisa y nos apresuramos a entrar. Por fin nos sentimos seguros, tuvimos un breve ataque de risa y nos recostamos. Había sido un día tenso, sin duda, no habíamos tenido tiempo para nosotros, así que al fin nos vimos envueltos entre besos y caricias.

El tocador de madera era un mueble grueso e imponente con un espejo gigante en tres piezas móviles, por lo que nos pareció el lugar ideal para entregarnos al placer. El fuego de la fogata, que aún permanecía vivo, y la habitación a media luz eran perfectos; disfruté de Isaac como nunca antes. Justo en el momento del orgasmo quise ver nuestro reflejo en el espejo, pero en vez de eso vi detrás de nosotros a aquella mujer de dientes sarrosos y uñas pútridas fumando un cigarrillo, cuyo olor era tan penetrante que impregnó toda la habitación. Tras soltar una bocanada de humo susurró: “Todo lo veo, nada olvido”.

Grité horrorizada, me levanté y empujé a Isaac.

—¡Esa mujer! ¡Esa mujer! ¿Qué hace aquí? —señalé histérica hacia el lugar donde la había visto, pero ya no había nada.
—¿Quién? ¿Qué mujer?
—¡La mujer, la mujer de la recepción!
—Aquí no hay nadie, no hay nada. Cálmate —me respondió acariciándome el rostro sudoroso.
—Aquí está, yo lo sé. Yo la vi. ¿No hueles?
—Sí, huele a cigarro, pero alguien debe andar afuera fumando, la cabaña tiene muchos orificios…
—No, es ella, está fumando aquí adentro.

Luego se escuchó un maullido.

—¿Escuchaste? ¡Es su gato!
—Amor, tranquilízate, debe haber muchos gatos allá afuera. Ven, vamos a darnos un baño y a dormir, ya es muy tarde y estamos cansados.

Así lo hicimos y en menos de media hora ya estábamos dormidos. Los teléfonos por fin estaban cargados, encima de los burós. Suelo tener el sueño pesado, pero esa noche algo sucedió cuando quisieron abrir la puerta de la cabaña. Isaac y yo nos levantamos de inmediato y nos miramos uno al otro.

—¿Escuchaste? —susurramos al mismo tiempo.

Era obvio que ambos lo habíamos escuchado. Alguien forzaba la chapa de la puerta y, aunque no de manera abrupta, sino suave, como quien pretende entrar a su propia casa, no cesaba en su intento. Isaac se levantó de la cama y tomó el atizador de hierro de la chimenea.

—¿Quién es? —gritó.

El ruido se dejó de escuchar, pero ambos permanecimos a la expectativa.

—Quizá sólo se equivocaron de habitación —espeté después de casi una hora—. Igual venían borrachos o qué sé yo.
—Sí, puede ser. Volvamos la cama, ya son casi las 3.

Apenas apagamos la luz y nos cobijamos cuando un ruido poco común nos despertó. Era el rechinar de la madera del piso, de donde provenía el sonido de uñas rasgándolo. Luego el gato empezó a maullar de manera estrepitosa. Quise prender la luz, pero el apagador no respondió.

—Isaac, prende la luz, esta cosa no sirve.

El sonido se hacía más agudo cada vez y se acercaba más a nosotros hasta encontrarse justo debajo de la cama. Escuché a Isaac pinchar el interruptor varias veces, pero la luz nunca se encendió. Me abracé a él.

—Tampoco éste sirve. Espera, prenderé la luz de la entrada.
—¡No! ¡Estás loco! ¡No te vayas!
—Todo está bien —me contestó con aparente tranquilidad, pero el sudor de manos y frente lo delataba.
—Mejor alumbremos con el teléfono, ¿si?

Tomé mi móvil y lo encendí para prender la lámpara.

—Son las 3:00 en punto.

Entonces volvieron a tratar de abrir la puerta, esta vez con desesperación, como si en ello les fuera la vida. El gato aulló con potencia.

—¡¿Quién es?! —gritó Isaac con todas sus fuerzas y como en señal de respuesta, o quizá de desafío, intentaron girar la perilla dos veces más.

Él se levantó sin pensarlo y tomó el atizador, yo corrí tras él y antes de que abriera la puerta, recorrí las cortinas. Ahí estaba de nuevo la mujer de dientes amarillos, ahora afilados, con las uñas transformadas en largas garras felinas, el rostro cubierto de arrugas y algo semejante a la tierra o al moho. Al vernos soltó una carcajada, que no podía ser sino la misma que escuchamos por la tarde en medio de la carretera, al tiempo que recogió a su gato del piso, y sin quitarme la vista de encima, con el índice se señaló los ojos y luego la sien.

Finalmente escupió una voluta de humo.

A partir de ahí no recuerdo más.

Al día siguiente despertamos en la cama, como si nada hubiera pasado. Encendimos la luz, que funcionaba perfectamente. Ni Isaac ni yo quisimos mencionar nada por temor a que todo hubiera sido un sueño, sin embargo, decidimos que la estancia que teníamos planeada para tres días había llegado a su fin. Hicimos maletas y fuimos en busca del auto. Al entregar las llaves en la recepción apareció una joven de baja estatura y morena.

—Reviso la habitación y se pueden ir.

Con algo de reticencia y mientras la mujer caminaba por la habitación pregunté:

—Acaso… ¿Se encontrará la mujer que nos atendió ayer?

La joven pareció no reparar en mi comentario.

—Sucede que… —titubeé— nos atendió muy bien y quisiéramos dejarle una propina.

Isaac no me quitaba la mirada de encima, invitándome a guardar silencio.

—Aquí no atiende otra mujer más que yo, señorita —agregó seria.
—Verás, la mujer del gato. Quizá es la dueña, o no lo sé, pero ella…
—¿La dueña? La señora Esther murió hace mucho y el patrón no se volvió a casar, así que no. Todo está bien aquí, eso sería todo. Esperamos que vuelvan pronto —sentenció de manera maquinal aquella frase hecha y se fue.

Tomamos un taxi que nos condujo hasta el auto y guardamos las maletas. Teníamos mucho por ver en aquel pueblo, pero definitivamente no estábamos dispuestos a hacerlo.

Isaac manejó directo a casa y casi todo el trayecto permanecimos en silencio; las pocas frases que cruzamos, evitamos el tema, y no fue sino tiempo después que volvimos a comentar el asunto. Semanas más tarde llevamos el auto a lavar y ahí nos entregaron una pieza que se había atascado en su aspiradora. Era el anillo con esmeralda de aquella mujer.

Siempre he coincidido con la creencia de que hay que temer más a los vivos que a los muertos, ¿y saben? Estoy segura de que esa criatura, pieza única, estaba viva.

Una silueta en la ventana: la bruja de Huexotla

1

Corre el año de 1963. Mi padre tiene menos de dos años. Ha empezado el mes de octubre y su cuerpo muestra múltiples hematomas. No es un niño maltratado, sus padres lo procuran y cuidan. La situación es común en la comunidad de Huexotla y empieza a finales de septiembre y se prolonga hasta inicios del invierno.

Mi abuela, Socorro, se sume en la desesperación. La respuesta al maltrato que presenta su hijo se la da su suegra: una bruja.

-El invierno es una prueba de sobrevivencia para las brujas. En el otoño deben devorar el alma de algún mortal para sobrevivir. Siempre buscan almas débiles o inconscientes. Los niños son su presa natural – escucha Socorro.

La explicación es simple, antes de los tres años, los niños no son conscientes de su existencia. Su alma es débil, en ellos aún no se desarrolla la voluntad. Tampoco de manera completa, el sentido de supervivencia. Antes de los tres años el alma de los niños está fresca. Es tierna y dulce como la más deliciosa de las frutas. Un manjar para toda bruja.

La respuesta ante la amenaza, Socorro la ejecuta inmediatamente. El niño debe ser bañado en una solución de agua con sal y ajo. Debe poner debajo de su almohada y colchón un objeto punzocortante remojado con el mismo líquido.

Socorro ejecuta la acción como último recurso. En sus días de niña había escuchado historias de brujas, pero jamás se había enfrentado a una.

Para su sorpresa, en unas cuantas semanas los golpes desaparecen de la piel de su hijo.

2

La explicación más lógica a las bolas de fuego, que se observan por la noche en los montes cercanos a Huexotla, es la de los fuegos fatuos. Un fenómeno que se origina a razón de la inflamación de elementos que están en el aire como el fósforo y metano.

Si caminas por los cerros cercanos al poblado, es común ver cómo, a lo lejos, se elevan las bolas de fuego hasta desaparecer. Con seguridad, se ve al menos una por noche. ¿Es todo un simple fenómeno natural? La explicación científica olvida un hecho relevante, el metano y fósforo son elementos químicos que tienen un origen orgánico, es decir, provienen de la descomposición de compuestos fósiles, animales o vegetales. Lo más común a campo abierto: de la putrefacción de un cuerpo.

Antes de morir, mi abuela me explicó que esos fuegos que se elevan hacia el cielo no son precisamente las brujas.

Lo que observamos, a lo lejos, desde la ventana de nuestro hogar, es cómo una bruja ha tomado el alma de un ser viviente. Cómo la devora y se alimentan de la vida de un animal o persona para prolongar su vida.

3

Los niños no son el único alimento para las brujas. A menudo, comen animales del bosque: coyotes, liebres o zorros. También, es común que se alimenten de mujeres y hombres adultos. No obstante, la lucha es más fuerte.

Los adultos tienen bien desarrollado su sentido de supervivencia. Se aferran a la vida con obstinación. La forma más común de devorarlos es cuando están ebrios. Cuando su mente flaquea.

El único adulto que conocí, que me indicó fue presa de una bruja, se llamó Otilio. Era un ex policía retirado que regresó al pueblo para vivir sus últimos años.

Otilio era un bebedor empedernido, que abusaba del alcohol para acelerar las horas de los días que causaban un gran tedio.

Una noche, cuando estaba completamente ebrio, escuchó a alguien caminar sobre el techo de su casa. Los pasos eran repetidos y parecían estar en círculos. Como si alguien esperara pacientemente a que él cayera rendido por el alcohol.

El ruido lo alteró y privó del sueño. Envalentonado, tomó una vieja escopeta que tenía y empezó a lanzar insultos al techo. Pronto, el sonido de los pasos se detuvo. Otilio pensó que había asustado al ser que se encontraba sobre su casa.

No obstante, en pocos segundos se escuchó un fuerte impacto desde el exterior. Primero fue en uno los muros de la habitación, luego en otro, ininterrumpidamente, hasta que las cuatro paredes fueron golpeadas. Lo que siguió fue presenciar cómo ese impacto provenía del techo. El golpe era tremendo, como si una bola de demolición se impactara contra el concreto.

Todo en la habitación empezó a moverse. Polvo y pequeños escombros empezaron a caer desde el techo, a tal grado que Otilio pensó que la losa se reventaría.

Con miedo y decisión, abandonó la habitación; salió al exterior. Afuera, vio una silueta negra sobre su hogar, medía más de dos metros y era extremadamente larga. Lo único que estaba en discordancia con ese cuerpo dilatado era su cabeza. Una cabeza extraña, con la forma de un ave y un largo pico que acaba en una afilada punta.

-¡Malnacida! – gritó Otilio y disparó con su escopeta directamente a ella.

Para su suerte, la bala pareció dar en el blanco.

Ante el ataque, la sombra corrió sobre el techo y dio un salto enorme para caer a unos cuantos metros de él. Otilio se sorprendió, no entendía qué trataba de hacer el ente. Pensó que lo atacaría pero éste corrió hacia el campo, en dirección a un gran árbol, al que saltó una vez que estuvo a un par de metros de él.

Entre las ramas y la oscuridad de la noche, la sombra se ocultó. Otilio apuntó de nuevo con su escopeta. Le quedaba una bala y sabía que la bruja se encontraba en la copa del árbol. Disparó y cientos de aves volaron de entre las ramas.

No esperó a ver si había dado en el blanco y regresó a su casa.

Al día siguiente, ya con la luz del sol, se acercó al árbol de la noche anterior. Sobre su tronco y ramas había un extraño líquido negro que aún estaba fresco. Tenía un olor desagradable, a azufre. No se atrevió a tocarlo.

4

Durante el año de 1963 tres niños murieron. Un médico del pueblo diagnosticó como causa de su muerte la enfermedad de hemofilia. Pero, ¿era posible que tres niños murieran por esa misma enfermedad en una comunidad tan pequeña como Huexotla?

Socorro decía que mi padre pudo haber sido uno de los niños devorados por las brujas ese año. Sin embargo, se salvó.

5

Respecto a animales sólo tengo la certeza de conocer a un perro que fue devorado por una bruja. Su nombre era “Sancho” y era un perro callejero que todos, en mi colonia, queríamos cuando yo era un niño.

“Sancho” llegó como cachorro a la calle y estuvo entre nosotros hasta que cumplió ocho años y adquirió sarna; su salud tambaleó.

La enfermedad lo atacó y no logramos hacer nada por él. Pronto empezó a verse como un animal demacrado. La última vez que lo vi caminaba con dolor cerca de un camino de tierra cercano a mi casa. A pesar de su mal estado, su piel se veía con vida.

A la mañana siguiente, uno de mis amigos me indicó que habían encontrado a “Sancho” muerto en un terreno baldío. Cuando fui al lugar a ver su cuerpo me sorprendí, parecía una momia canina, la piel estaba completamente pegada al hueso, como si hubieran extraído hasta la última gota de sangre de sus venas.

No nos atrevimos a tocar el cadáver, y en pocos días, se transformó en polvo.

6

La historia entre la bruja y mi padre se prolonga hasta que él cumplió cuatro años de edad. Es extraño porque mi padre me contó un evento que mi abuela negó su existencia o no recordaba haber vivido. Aunque mi padre aseguraba que era verdad y no un sueño como le dijeron en más de una ocasión.

La anécdota se da una noche que él tenía problemas para dormir. En ese entonces, mis abuelos y él vivían en una casa de un solo cuarto, en Huexotla. Su cama estaba al lado de la de sus padres y la habitación sólo tenía una ventana.

Al no poder dormir, mi padre observaba la ventana. Era de noche, había un poco de luz de luna. A lo lejos se veían las ramas de los árboles, hasta que la poca luz, proveniente del exterior, fue eclipsada por una silueta, una igual a la descrita por Otilio, alargada y con cabeza de ave y un pico pronunciado. Por varios minutos se queda inmóvil, fija en ese punto.

Mi padre sintió temor, ¿es real eso que ve, o su mente le está jugando una mala pasada? La respuesta la encontraría pronto, la cabeza de esa sombra se mueve a los lados, como si deseara investigar qué hay al interior de la casa.

“¡La sombra es real!”, se dice a sí mismo. De repente, nota que no puede moverse. Ha perdido el control de todos los miembros de su cuerpo. Sólo logra ver fijamente hacia la ventana.

La sombra lo ve directamente a los ojos y atraviesa los vidrios y el muro. Mi padre siente terror y pánico. Trata de mover sus brazos y piernas, pero están congelados. La bruja se acerca hasta postrarse de frente. Extiende dos grandes garras con las cuales parece que va tocarlo pero no siente nada. Las garras están muy pegadas a su piel, mas no lo tocan, él flota a unos centímetros de ellas. La sombra da vuelta y empieza a avanzar de nuevo hacia el punto por el que entró a la habitación.

La desesperación es mayor, el miedo a morir empieza a correr como adrenalina a través de su cuerpo. Pronto logra mover el cuello y voltea a ver la cama donde duermen sus padres. La bruja mueve la cabeza, a él le parece una señal de desaprobación. Empieza a luchar por su vida y ve cómo el cuerpo de la bruja se agita. Su avance se hace cada vez más lento, aunque ya casi llega de nuevo a la ventana. Poco antes de que logré salir, mi padre alcanza a gritar:

-¡Mamáááá! – y quiebra el silencio de la noche.

Mi abuelo se levanta y ve directamente a la sombra. Corre hacía ella para lanzarle un puñetazo. Pero antes de que las manos de mi abuelo la toquen, desaparece.

El niño cae y se estrella contra el piso. Empieza a llorar. Sus padres se acercan y lo abrazan. Los tres están muy asustados. Mi abuelo saca un pequeño revolver que tiene guardado y se acurrucan en su cama. Después de varias horas, logran dormir, mientras mi abuelo se queda en vela.

Al día siguiente, mi padre se despierta aturdido. Su papá ya no está. Su madre está en la cocina preparando el desayuno.

-Volvió la sombra – le pregunta a su madre.
– ¿Qué sombra? – le responde mi abuela.

Se queda perplejo. Nunca más vuelven a hablar de este evento.

#Entrevista a Franco Félix, autor de Kafka en traje de baño

En medio de un fiesta, un chavo le reveló que era “pariente de Franz Kafka”, el comentario le generó risa y a la vez un deseo: escribir un texto ficticio sobre el tema. Así nació Kafka en traje de baño, una crónica sobre los verdaderos familiares del escritor judío.

Óscar Alarcón, integrante del sitio Neotraba, conversó con él sobre las peripecias que llevaron al autor a la confección del libro.

Les dejamos la entrevista íntegra a Franco Félix, autor de Kafka en traje de baño.

Óscar Alarcón. Platícanos cómo surgió Kafka en traje de baño.

Franco Félix. En Hermosillo no pasa mucho, no hay grandes escritores, no hay esta belleza arquitectónica como hay en Puebla, lo único que tenemos que hacer es contar chistes. Estamos diciendo mentiras, somos muy mentirosos, excusados por la idea de que la mentira es literaria.

En una ocasión, bajo esta idea de que no pasa nada, en una fiesta un chavo dijo “Hola, yo soy pariente de Franz Kafka”, jajajaja nos reímos todos, ¡qué tonto! Me pareció que la sola idea de que hubiera un pariente en Hermosillo, donde no hay nada, me pareció un motivo suficiente para realizar un texto ficticio. El calor también me ha hecho daño a mí, por supuesto y me obsesioné pensando que sí tenía que haber un pariente de Kafka, porque sí tenía que haber. Me pasé siete años investigando, dando vueltas, yendo de aquí para allá. Me encontré a los parientes de Kafka que viven en la Ciudad de México, son unos millonarios que tienen una gran colección de arte y una pastelería.

Muy curioso porque vinieron en un barco, la señora que es la sobrina de Kafka, pelando papas y ahora aquí son millonarios y dueños de grandes cadenas de pastelillos. Yo creo que eso fue la absurda idea de querer que algo pasara en Hermosillo, fue el pretexto querer tomar una mentira y volverla realidad hasta que sucedió… Fue una suerte que sucediera, porque también si digo “ahora quiero que haya un pariente de Beckett”, no va a pasar.

ÓA. Para esta investigación, ¿qué tan importantes son las redes sociales? Vemos que dentro del libro aparecen muchas pláticas a través del Facebook con estas personas, ¿es primordial trabajar en las redes sociales o todo debe hacerse en investigación de campo? Por ejemplo Twitter…

FF. Yo me enteré de esta pastelería por un tuitazo, esta niña puso “me estoy comiendo un pan Kafka en la pastelería Bondy”, después descubro que esa pastelería es de los descendientes de Kafka y a uno de los panes le ponen así. Cuando yo empecé queriendo volver realidad esta broma no se usaba tan obsesivamente el Facebook como ahora. Estaba el rumor sobre el chavo que decía que era pariente de Kakfa: “se apellida Manteca, ¡¿cómo?! ¿Manteca y Kafka?, ¿cómo llegó Kafka a convertirse en Manteca?” No los encontraba por ningún lado hasta que justamente se me ocurrió con el tiempo buscarlo en Facebook, ya cuando se estaba usando más.

Puse su nombre “Omar Manteca” y salió un amigo en común. Lo agregué y le puse “hola, soy un tipo muy raro, te voy a hacer preguntas muy raras, ¿eres pariente de Kafka, es cierto?” y me contesta: “sí, tengo entendido que sí, ¿por qué si no es indiscreción?” Es que es que estamos hablando de uno de los mejores escritores que ha tenido la literatura y si eres pariente de Kafka, dime algo, cuéntame todo lo que puedas… No, no puedo contarte nada, mejor con mi hermano. Entonces ya me platico con su hermano y él me dice: “sí yo creo que soy pariente de él pero estoy avergonzado por eso” y entonces se iba poniendo cada vez más crítico el asunto.

¿Por qué un pariente de Kafka en Hermosillo no siente una especie de satisfacción sino todo lo contrario? —recuerda el calor en Hermosillo que cuece las neuronas—, me dice que no puede contarme y me pasa el Face de su tía. Platico con toda la familia y ninguno quiere contarme, pero gracias a esta obsesión de estar fregándolos voy descubriendo cosas externas a esta familia. Al final no sé si sean parientes de Kafka, ya no me importa porque encontré otros… Habría dos parientes de Kafka y eso es todavía más bonito, tendría que sacar otro libro.

Conforme avanza el tiempo me voy apropiando de ciertas redes sociales, en 2008 creo que el Twitter no existía. Poco a poco las voy utilizando más. Ya casi nadie manda mails, yo mando uno y se tardan una semana en contestar, y nada más pongo en Facebook “Hola” e inmediatamente ponen “Ey, hola, ¿cómo estás?” Todo es más inmediato gracias a las redes sociales, eso ha facilitado muchísimo. Creo que habré gente realmente lista, no como yo, que sepa usar las redes sociales para la investigación. Esto es un chiste que se vuelve realidad y va por ahí. El tono del libro es así: nos reímos, estoy diciendo cosas serias pero también es como un chiste. Me crees o no me crees, yo siempre invento nombres de libros y de escritores, y entonces tengo que poner pies de páginas: “esto es un invento, esto es falso” porque me vayan a acusar de fraude.


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ÓA. ¿La figura de Kafka te ha acarreado problemas con los investigadores muy sesudos, y ahora con la portada en donde aparece en traje de baño, por desacralizar la imagen de Franz?

FF. Sí, y justamente en Facebook. Ya he visto al que hace memes, pone por ahí: “Ya los títulos de ahora no tienen respeto” y bueno yo no sé si un día en el futuro voy a morir en 2017 o algo así, y en el 2020 el título sea Franco come nieve o algo así, no me va a importar, aunque tampoco tengo el prestigio de Kafka. Pero se toman muy en serio. Hay una figura del escritor y de la literatura que es muy aburrida, todo tiene que ser muy formal, se defienden esas posturas.

¡Kafka es una de las personas más chistosas que hay! Su literatura es muy chistosa. Hay muy poca gente que puede leer el humor en Kafka. La metamorfosis es el libro que más se ha leído, en la escena en donde le tiran la manzana y se le queda clavada en la espalda a mí me mató de risa… Pero sí es muy triste ver cómo un sujeto está atormentado en la cáscara del bicho.

En El castillo hay mucho humor. Es como si yo llegara a Puebla y quiero dormir en un hotel y ya cuando me voy a acostar me pegan una patada y yo pregunto “¿por qué? Porque no puedes dormir. ¿Pero por qué? Pues porque tienes que pedir permiso al Castillo, a la Universidad antes de que te puedas dormir. ¿No puedo dormir? No, hasta que te dejen dormir”, y es como una cosa rarísima, es un ambiente rarísimo. David Foster Wallace tiene una lectura sobre Kafka que dice que la cosa con Kafka es que no te explica que te acaba de contar un chiste, porque si cuentas un chiste y lo explicas matas el chiste y matas todo. Se llama texto exformativo, es toda la información que eliminas para que funcione el chiste. Así funciona Kafka, hay mucha gracia en él, no creo que si le dijera que le puse un traje de baño me pegue un puñetazo, no creo. No creo que vaya a pasar más allá de un berrinche de un sesudo y la verdad me importa un bledo.

Se pueden tomar ciertas figuras y tonalidades y modificarlas en beneficio de la lectura de esos autores, eso es lo que estoy haciendo.

El autor. Foto: Especial.

ÓA. Hay mucha ironía en el libro que se pone de manifiesto, el hecho de que Kafka muera antes de la Guerra Mundial y que sus hermanas padezcan en los campos de concentración, nos hace pensar “qué mal que se murió Kafka, pero si no se moría de una pulmonía lo iban a matar en un campo de concentración”, lo cual no deja de ser un humor bastante negro, ¿cómo está trazado el humor en tu libro?

FF. Otra cosa: lo del traje de baño, en Hermosillo lo único que puedes hacer es ir a la playa y usamos el traje de baño. Somos como un 1 millón de personas en Hermosillo y cuando vamos a la playa andamos en traje de baño con rayitas como el de la portada. Si Kafka vivió en Sonora ¿a dónde se iba a divertir? Pues a la playa y ahí lo pongo. Es recurrente que en mis sueños aparezca Kafka en traje de baño diciéndome cosas todo el tiempo. Entonces quizá no estoy soñando y es una alucinación… Es el calor.

Las tres crónicas que integran el libro están infectadas de humor. Me parece que hay una nostalgia detrás de la risa. Uno se ríe y en su contraparte hay un costado muy melancólico. Creo que no solo en la literatura sino en la forma de ver la vida. Lo único que tengo es el humor. Vivimos en un país atormentado por masacres y noticias dolorosas, y lo único que uno puede tener es la parte íntima, la parte interiorizada porque el exterior está hecho un desastre, es un caos. Lo único que trata uno es de ver con humor las cosas, sin caer en esta cosa positiva y optimista, más bien una pequeña locura. Todos tenemos nuestras propias locuras, vamos por la calle y volteas a un lado y está pasando algo raro, la cosa es que casi no prestamos atención porque estamos muy ocupados pensando en que tengo que hacer la tarea o que tengo que trabajar para esto, tengo que ver este capítulo de Game of Thrones, tenemos una línea bien identificada.

Hemos perdido la capacidad de observar, y ahora todos estamos viendo la pantallita. Cuando levantas la cabeza, lo que está sucediendo aquí afuera es intenso, yo creo que cada persona tiene un potencial tremendo para hacer absurdo y raro. Los veo a ustedes y me imagino cosas. Eso pasa en las crónicas, en la segunda crónica me pasé como un mes siguiendo a un niño con autismo, ¿un niño? Bueno, tiene mi edad que soy un poco niño. Es un primo mío que siempre fue el niño rarito de la familia, y en algún momento te das cuenta de que es una persona y tiene una vida y tiene muchísimo que generar y muchísimas posibilidades. Lo tratan como si fuera un niño ciego pero sólo tiene autismo. El chavo tiene una vida muy estricta, hace las mismas cosas todos los días y es muy independiente, por ahí vienen la foto. Tiene un aspecto raro, es muy cabezón, una mandíbula grande, la gente se asusta porque es muy tosco, anda con una muñeca Barbie todo el tiempo, es bien raro… Y es mi familiar.

Su papá todos los días le compra una barrita de plastilina y viste a sus muñecas. Aparte es muy avanzado, muy vanguardista en los géneros sexuales: viste a las Barbies de Transformers, por dentro soy femenina y por fuera soy un ser muy masculino y de acero y los congela. Su papá terminó consumido por el niño, él generó toda una casa de juegos, abres los cajones y en lugar de haber tenedores hay muñecos y carritos, no hay comida. Tiene un videojuego descompuesto y siempre está jugando en la oscuridad, no se ve, y gana o no sé si gana el otro, no lo sabemos pero alguien gana y eso es lo importante, nunca queda empate. Todo es una locura increíble. Me encanta que la gente esté loca, que la gente tenga estas fascinaciones y estas obsesiones, creo que todos las tenemos. Cada uno de ustedes la tiene sólo que para ustedes es muy normal, estoy seguro que si les preguntamos ¿por qué haces eso? No lo saben.

Por ahí va la idea del humor, es ver, abrir los ojos a esta cosa absurda que está delante de nosotros y jugar con eso, reírnos. Son tres crónicas que van por ahí. Para empezar son temas descabellados: una es sobre un familiar de Kafka en Hermosillo, otra es sobre un niño con autismo —un niño otra vez—, y en la tercera me interné en un manicomio para buscar una momia —no fue tan difícil que me internaran—, fui a una consulta y me dejaron ahí como cinco días.

Fue muy divertida la experiencia, por un momento me quedé pensando “creo que sí estoy loco”, estás rodeado de gente que está clínicamente loca y te asustas porque te das cuenta de que la barrera entra la locura y la cordura es muy finísima, porque aparte no fue en México fue en Argentina, no había nadie que me sacara. Por ahí tuve un plan, le dije a una coreógrafa que si en 15 días no volvía hiciera algo, que me sacara.

Pasó algo raro, kafkiano. El guardia me preguntó si había rap en México, me decía “contáme, che, decíme bandas para buscarlas en Youtube” y yo le decía “Rip Pap Cluc” porque no conozco a ninguna banda, el rap es uno de mis peores enemigos. Y él me decía “pero me vas a traer un cd con las bandas” y yo le decía que sí, y no sabía qué hacer si rapear o seguir inventando bandas. Fue así como me hice amigo de él, después puse en Facebook “amigos, por favor ayúdenme, díganme nombres de bandas de rap”, ni siquiera sé si se dicen “bandas de rap”, me pusieron nombres y creo que no pasé de la segunda canción, preferí ser una mala persona mexicana y no hice el disco, no soporté escucharlas, porque para hacer el disco tenía que escucharlas y eso significaba lastimar mi espíritu.


Revive: Fernanda Melchor y su Temporada de Huracanes II


ÓA. ¿Cómo llevas esta división tajante que dice que el periodismo no puede ser literatura?

FF. Yo no soy periodista para empezar, estos textos no son para que tú aprendas sobre el autismo, sobre la locura o la genealogía de Kafka. No podría estipularlo como periodista. Pero sí creo que ahora se están reventando las barreras entre los géneros, hay muchos géneros híbridos en donde se escribe una crónica y de repente aparece un poema, y se hace un cuento y una noticia. A mí no me parece genial eso, me parece que se permite porque se está mezclando la información.

Uno entiende mejor lo que pasó en la Segunda Guerra Mundial leyendo libros que tratan sobre eso que con libros de Historia. Uno se acuerda más viendo la película de El Álamo que con la historia. Me parece que estos recursos se deben de aprovechar siempre, es un compromiso de nosotros como generación: “no me dejes todo tan fácil”. Me encanta que se genere un discurso literario. Hay muchos periodistas que lo hacen: Osorno, Almazán, es literatura profunda y es periodismo. Creo que debe seguir funcionando esto.

Yo no tengo la aspiración de ser periodista. ¿A quién le interesa una momia en un manicomio? Esa no es una noticia, para nadie, para mí nomás. Para ser un periodista debes ofrecer información que le interese a una generación y yo siempre hablo de cosas absurdas.

El 19 de septiembre más largo de mi vida

Parecía una pesadilla. Ojalá lo hubiera sido. —¿Ahora sí está temblando?— dijo una voz que a la fecha no tiene dueño; teníamos apenas dos horas con 13 minutos de haber practicado un simulacro. De pronto fue como si un gigante se pusiera de pie, fúrico e implacable, que en un arrebato de ira golpeó una mesa e hizo vibrar todo alrededor, a todos nosotros, todo el octavo piso, todo el edificio, toda la ciudad, la mitad de México.

Los monitores, las sillas, y un cubo de metro y medio que cuelga del techo, comenzó a moverse como si fuera una piñata amarrada a un lazo. Los gritos de pánico empezaron a cimbrarnos tanto como el temblor mismo que no dejaba de sacudir las paredes, varias de ellas hechas de vidrio. Algunas partes del piso y barandales sucumbieron ante el terremoto.

Los rostros en la calle mostraban preocupación, histeria, confusión. Lagrimas y expresiones de asombro empezaban a verse y escucharse con más fuerza a medida que veíamos videos sobre cómo algunos edificios caían tan frágiles como casas de cartas. Seguíamos sin entender lo que había pasado. Tratamos de informar con la calma que brinda la escritura. Un par de equipos salieron a reportear el desastre que a un mes todavía no se alcanza a cuantificar, ni económica ni moralmente. Quise ir con ellos pero tenía que estar de apoyo en la redacción pues casi todos los empleados se fueron a sus casas.

Pasaron muchos minutos para que pudiéramos subir a nuestros lugares y seguir informando sobre lo ocurrido. En televisión y por transmisiones de nuestro equipo, supimos de la solidaridad de la gente. Estaba impaciente por conocer el destino de los míos. Preocupado, redacté notas tan rápido como daban mis dedos y permitía mi mente, en ese momento volcada hacia las principales zonas de desastre, una de ellas donde vivo desde hace casi tres décadas.

Las horas se escurrieron y por fin salí de mi trabajo, ansioso por llegar a casa aunque imposibilitado por el colapso del transporte. La solidaridad de la gente la sentí en carne propia cuando una camioneta nos llevó a mí y a un grupo de gente hasta la estación ‘La bombilla’. Su trayecto fue sobre Insurgentes sur que lucía abandonada, impensable para una vía de tal importancia. Desde ese momento comprendí la magnitud del suceso ante el panorama desolador que reflejaba la avenida. Pocas personas se veían en las banquetas, en las calles. La conmoción era evidente.

Tomé una bicicleta a la altura de Churubusco y pasé por algunas de las zonas derruidas por el sismo, pero como había observado, todo estaba solo, apocalíptico.

Las primeras señalas de movimiento las noté cuando llegué a Obrero Mundial. La gente era una sola: mujeres, jóvenes, adultos, millares, topos, rescatistas, paramédicos, por un momento olvidaron todo para manifestar la nacionalidad de su acta de nacimiento y ayudar al que estaba atrapado bajo los escombros de edificios que alguna vez vi, e incluso, entré.

La desarticulación, provocada por la ausencia de entrenamiento, se armonizaba con un solo movimiento, un brazo extendido con el puño cerrado que se volvió el estandarte de nuestra fuerza.


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Seguí mi curso, pues aunque para entonces ya tenía conocimiento de que mis seres queridos se encontraban a salvo, necesitaba palparlo por mí mismo. En mi trayecto me encontré con decenas de calles cerradas, una de ellas fue Morelia esquina con Tabasco, zona donde transito diario para pasear con mi perro.

Mi corazón se aceleró de tal manera que estuve a segundos de llorar. No podía creer que un edificio en el que soñaba vivir estuviera inclinado, con las puertas dobladas y su pared fuera parte de la acera. Sus inquilinos y dueños sólo lo veían como quien observa a un ser querido en su lecho de muerte, un pequeño coloso cuyos huesos de fierro estaban rotos y su piel de cemento ahora se encontraba descarnada.

Eran las 10:35 cuando llegué a casa. Abracé a mi familia como pocas veces lo hago y me percaté al fin de lo afortunado que era, por fin estaba seguro de que habíamos resistido el 19 de septiembre más largo del que tengo memoria; deseaba que llegara el mañana para ser parte de aquellos que se levantarían de cara al futuro, tal vez más claro que nunca para aquellos que que dudábamos tenerlo.

Fernanda Melchor y su Temporada de huracanes parte II

ÓA. Regresando a Temporada de huracanes, me llama mucho la atención que comienza con el descubrimiento de un cadáver por un grupo de chicos, ¿qué ocurre con la niñez y la muerte? Quizá esos dos conceptos no están tan relacionados cotidianamente, pero hay personas que señalan que encontrarse con un cadáver por primera vez es cuando se acaba tu infancia.

FM. ¡Órale! No lo había pensado así. Quería que la novela empezara con una escena fuerte. Es una escena en donde unos niños están jugando y de repente se topan con un cadáver y además les sonríe. Creo que era un poco jugar con eso: marcar el final de la inocencia empezando la novela.

Ser descubierto por niños es algo inocente. Hay una especie de rito. Hay algo que sucede al inicio. No sé ni cómo surgió. Es de las primeras cosas que aparecieron en la novela. Siempre había unos niños descubriendo. Al principio no era el cadáver de la Bruja, era otro personaje, creo que era Luismi durmiendo la mona en un coche abandonado. Pero quería que empezara con esa imagen de los niños. Fue como una intuición. De esas cosas que tú decides hacer que son calculado y que sientes que es lo correcto.

Si te fijas la novela tiene una especie de simetría. Generalmente en cualquier novela negra o policíaca, si hay un descubrimiento de un cuerpo, sabes que se trata de descubrir quién lo mató, quién es el culpable. En Temporada… las pistas están desde el principio. Tampoco importan mucho. Te dicen cómo fue. Lo que importa es de qué manera el entorno propicia todo esto. Si te fijas, todo el pueblo es quien la mató: la misma dinámica, las fuerzas y los afectos que hay en este pueblo –encarnados en los personajes– son los que ocasionan el asesinato.

Como yo sabía que no era una novela que iba a ir del punto A al punto B, quería que fuera una novela que fuese hacia adentro de los motivos del crimen, profundizando. Si te fijas cada capítulo es una especie de vuelta, de espiral que se va concentrando hasta volver a salir. Finalmente los últimos capítulos son generales. Tenían que existir porque los primeros van entrando y tenía que salir. Pude quedarme adentro.


Fernanda Melchor y su Temporada de Huracanes, primera parte.


ÓA. Esto me emociona porque como lector agradeces que sea transmitido, entras en sintonía. Me da la impresión de que Temporada de Huracanes sí es una espiral, te invade, es un ritmo que te revuelca en una espiral. Daniel Sada lo llega a hacer en algún momento

FM. ¡Claro!, él era una maestrazo. Lo hacía métricamente. No soy gran lectora de Sada, por ahí tengo Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, y alguna vez lo empecé a leer. Leí Una de dos, tengo Albedrío, y quiero empezar con los libros chiquitos. Alguna vez leí un cuento de Sada en una revista Replicante que hablaba de dos familias que vivían en un multifamiliar y de cómo se escuchaba todo. Lo que contaba estaba padre, la manera intrusiva en la que se metía me parecía padrísimo, pero las palabras que usaba para contarlo eran de “wey, a ver, esto está en rima… sí… pero no…”, Sada logra hablarte con un ritmo, sabes que hay algo ahí que está súper medido, como una canción, con una cadencia particular. En Porque parece mentira… está medido el endecasílabo pero en este cuento, no. Y sin embargo la forma de contar, las palabras que eligió, los personajes, me marcaron muchísimo.

No soy la gran lectora de Sada, te lo voy a confesar. Soy más lectora de Rulfo, y es más fácil ser lectora de Rulfo, por la brevedad de su obra es más fácil estudiarla. Tú puedes leer de una sentada Pedro Páramo, y ver las cosas que hizo. Pero Rulfo tiene unos párrafos divinos. Unos párrafos en donde dice la palabra “piedra” y el siguiente dice “piedra” también y no te das cuenta. En cambio, si tú lo estuvieras haciendo dirías “no lo voy a escribir así para que no se repita” y Rulfo lo hace y le queda precioso. Es increíble.

Esta cualidad fenomenológica me encanta. Alguna vez en la maestría leyendo a Jean Mitry, tiene un libro sobre el cine en donde su teoría es que el cine es la mejor de las artes porque pone una subjetividad en movimiento, como la misma realidad en imágenes, tiene una duración y un tiempo, por eso el cine es la mejor de las artes porque logras experimentar la duración de la existencia –se supone–. Y en este caso la literatura sería inferior porque no la estás viendo y además puedes detener el libro y dejar de leerlo. La literatura esculpe al tiempo de manera distinta al cine. Mitry tiene una parte –y supongo que Rulfo y Sada lo lograron y no sé si yo lo he logrado pero lo aspiro– que señala que no es la dimensión nada más de lo que significan las cosas ni la imagen que producen, como en el caso de la poesía cuando hablas del “tigre” como este animal que arde en el bosque de la noche –que esa es  una imagen– sino además la cadencia de las palabras deben de tener un significado.

Pienso en Lorca en “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, hay una parte en donde está el torero agonizando y lo meten, la gente está afuera esperando: “la heridas quemaban como soles/a las cinco de la tarde,/y el gentío rompía la ventanas”, la forma en la que se escucha… Lorca tenía esta dimensión, los poetas la tienen en donde no nada más ves la imagen, no nada más la entiendes sino además la sientes, con ese poder de las palabras.

Yo soy más modesta. A mí me gusta más hablar con lo coloquial. A mí me gusta que cuando un personaje piense en su mundo, lo piense en sus palabras, que no piense “y en ese momento sintió que la iba a amar toda su vida”. No. Yo quiero que piense “y en ese momento se enculó” porque el lenguaje popular es sabio y dentro de sus vulgaridades y sus leperadas hay cosas muy padres. Finalmente es nuestro idioma.

En esta novela en particular, sentí que un narrador que pensara demasiado por los personajes iba a ser un narrador que quería estar por encima de ellos. Quería un narrador que pudiera estar entre ellos, que de repente hablara con sus voces. Que al narrador no le diera pena. Muchas veces, en grandes obras literarias, las del siglo XIX, pienso en Balzac, Flaubert, Dostoievsky, Tolstoi, los personajes que son de muy baja extracción hablan como el narrador o el narrador piensa por ellos y dicen cosas que quizá ellos no sentirían. Con esta novela no quería un narrador omnisciente.

A veces me preocupa hablar de personajes marginales porque desde mi lugar como mujer, clasemediera, universitaria, veracruzana, criollona, no me identifico como indígena, me identifico como mestiza, no me identifico como jarocha, mulata. No. Entonces, ¿cómo hablar de estas personas desde tu lugar de enunciación? Tampoco quería un narrador que fuera despectivo o que se burlara de ellos, o moralmente superior.

La novela sí tiene su moral, finalmente con el epígrafe lo que quiero decir es “wey, no hay nada bonito en matar a alguien, por mucho que tú pienses que matar a alguien es un acto heroico para salvar tu vida y liberarte…” porque finalmente es lo que hace Brando, se quiere liberar de su madre, se quiere liberar de las cadenas de la religión y de su propia represión pero mata a alguien y no hay nada bello en ello y es un acto de cobardes finalmente. Nunca hablo a favor de las cosas que suceden en la novela: describo lo que sucede. Si hubiera tenido a un narrador omnisciente hubieses parecido que veía las cosas desde arriba como si yo fuera mejor o como si yo nunca hubiera tenido esas actitudes.

Quería estar entre ellos, empaparme de esas emociones y estar cerca y no engañarme. Siento que cuando uno escribe su segunda novela –y eso ya me lo habían dicho– te entran nervios porque no quieres repetir la primera y al mismo tiempo tienes las mismas obsesiones: están los chavos, me gusta hablar del negarse a la adultez, el limbo que significa la adolescencia. Y la adolescencia a todas las edades: si te fijas está el Munra que tiene 33 años y sigue siendo un chavorruco. Son temas que todavía tengo, que me gustan, sentía que todavía tenía algo que decir. El amor prohibido. Es un tema muy novelesco. Quería alejarme de los lugares comunes, que no fuera el amor de la pobrecita que se enamora del millonario, quería el amor del chavo machín que está secretamente enamorado de su amigo y el efecto dramático que eso tiene. O el amor prohibido de Norma por su padrastro con todos los bemoles y el pedo edípico y la relación con la mamá.

ÓA. ¿La homosexualidad es un tema que te llama la atención? Aparece en Falsa Liebre y aparece aquí.

FM. Nunca me ha interesado hablar de la homosexualidad. Todos somos gay en parte. Todos somos bisexuales para poder sentir afecto por todos, y de alguna manera nuestro desarrollo nos encamina hacia una o varias de las aristas que existen de la sexualidad.

Creo que a veces la homosexualidad es una metáfora de lo prohibido de una sociedad. Si los personajes no vivieran en una sociedad que sanciona lo gay, muy probablemente tendrían otra transgresión. Lo manejo así porque hablo del amor prohibido en general. Si yo tuviera otro escenario, si hubiese escrito una novela de amor en los campos cañeros del siglo XVII seguramente hubiera pensado en el amor entre una hacendada que se enamora de un esclavo negro. El tema del amor prohibido me parece muy padre porque manejas las cosas entre la atracción irresistible y la contención de la moral. Es padrísimo jugar con esas tensiones porque al final de cuentas una novela es eso: una tensión que tiene que resolverse.

ÓA. La primera vez que te entrevisté te habían seleccionado recientemente para estar incluida en la Antología México 20, y ahora El País te menciona en la lista de narradoras consolidadas, ya no pensaría como narradoras emergentes. Más allá de la selección, ¿te da miedo estar incluida?

FM. Es muy raro. En el artículo ni me mencionan. Al final aparecen unos recuadros. Creo que entrevistaron a Claudio López Lamadrid, de Random House en España y yo creo que él dijo que me van a publicar en septiembre allá, creo que lo estaba anunciando. Y no sé si la segunda parte, la de los libros, salió porque dijeron “a ver, tenemos este concepto del Boom latinoamericano que son chicas, a ver qué libro salió”. El primer Boom también fue un pedo comercial. Estos autores ya estaban consolidadones, estaba Fuentes, que no era un jovencito, Vargas Llosa que ya tenía una trayectoria, García Márquez, Donoso… fue un descubrimiento mercantil en España.

Me dan nervios porque siempre es raro salir de tu área de confort. Tengo a mis lectores que son mexicanos, y sé que me hay gente que me ha leído en Estados Unidos o en Centroamérica porque se llevaron Falsa Liebre, porque además mis libros nunca se han vendido en Kindle, sólo Temporada de Huracanes está en electrónico. Escribí este libro pensando en Veracruz, pero no me limité pensando en que no me iban a entender. Un escritor siempre trata de escribir pensando en un público universal: me gusta el lenguaje popular pero no pongo la grabadora sino sería incomprensible hasta para los poblanos… o para los chilangos… entender el caló de Veracruz es algo realmente difícil, pero al mismo tiempo, cuando me empiezan a leer fuera, me da miedo y digo “no me van a entender, no van a entender de qué va la novela o les va a parecer raro o extraño, o hay elementos demasiado locales” ese es siempre el miedo. Y pensar si te va bien allá, qué es lo siguiente que voy a escribir. ¿En qué lector voy a pensar?

Va a salir en España, en Francia, en Italia, Inglaterra, Estados Unidos, Holanda. Qué tal que lo siguiente que escriba no lo quieren, ¿va a ser un fracaso? Pero ya deberían de ser cosas que no deberían importarte. Te vuelves loco. No escribirías jamás nada. Te pasaría como a Rulfo. No puedes pensar en eso. Por ese lado da nervio. Pero por otro, sabes que es una estrategia comercial: ni siquiera es mi libro, si no fuese yo, sería otra.

El hecho de que me traduzcan es lana, y me puedo dedicar a escribir otra novela. No tengo que dedicarme a hacer reseñas, ni dictámenes en chinga para tener pa’ tragar. Puedo darme el lujo de tener otro año para dedicarme a escribir otra novela. Eso aprendí al escribir una segunda novela: tratar de aprender cómo escribes. Necesito tener un chingo de concentración. A lo mejor no me tardé mucho en escribirla pero los meses que la escribí, me aislé por completo de todo, fue muy complicado, incluso a nivel familiar. Me exigió muchísimo.

Falsa Liebre tenía un objetivo muy particular: quería hacer un minuto a minuto, si te fijas es un solo día y acompañamos a los personajes y se van rotando, no lo vemos completamente durante el día, lo vemos en ciertos momentos. El chiste era elegir los momentos claves, y al mismo tiempo quería hablar de lo aburrido y lo monótono y lo descorazonante y desesperante que es vivir en el Veracruz en donde no pasa nada. Puedes pasarte los días fumando mota y cagüameando, viendo a los chavos jugar en el parque porque de verdad es una ciudad inactiva y apática. Sobre todo para esta gente que no tiene chamba ni nada. Quería hacer una novela diferente, no quería ese tipo de narrador. Y sin embargo siempre tienes miedo porque dices cómo le voy a hacer para no escribir Falsa Liebre 2, si me siguen interesando el tema de los chavos, la homosexualidad como trasgresión.

ÓA. El trabajo periodístico que realizaste con Juan Eduardo Flores Mateos, resulta desgarrador, ¿hay un arranque de novela, hay algo que estás trabajando?

FM. Quiero escribir un libro de crónicas sobre este periodo. Estoy revisando Aquí no es Miami, que ya va a salir con Random, sale en enero o febrero, estamos revisando el libro. Estuve a punto de incluir esa crónica en Aquí no es Miami, pero cuando lees el libro queda súper discordante. “¿Qué más le puedes hacer a un muerto si ya lo mataste?” es seis años después de la última crónica. Y seis años después en Veracruz es un chingo de tiempo. “Veracruz se escribe con Z” será la última crónica del libro –tiene un nuevo orden– y se publicó un año antes de los 35 muertos, que aparecieron en la vía pública, en el paso a desnivel. A partir de eso fue otro rollo. Empezaron las balaceras, las desapariciones, los cuerpos mutilados, muchísimo más fuerte. Poner esa crónica y luego dar el salto a esta otra, hay un abismo de “Ok, encontraron 250 fosas” pero no quisiera terminar contando eso. Preferiría empezar otro libro que hable de estos años que faltan, que es algo a lo que Juan se dedicó.

Yo salí en 2012 de Veracruz, Juan está chavo, se quedó y empezó a escribir crónica. Él tiene sus crónicas, de 2011 al 2015… Es otro libro distinto, es otro Veracruz. Es Duarte. Es la decadencia completa, éstas son otras cosas. Esto más bien va de finales de los ’90 en adelante, tratando de entender cómo entraron los Z. De 2011 para adelante es cómo llegaron a la cúspide de su poder y luego cómo fueron expulsados. Y todo tiene que ver con el cambio de gobierno.


Consulta la entrevista original aquí: Entrevista a Fernanda Melchor.


Fernanda Melchor y su “Temporada de huracanes”

“Temporada de Huracanes” es uno de los libros del año. La segunda novela de Fernanda Melchor (Veracruz, 1982), ha sido aclamada por los lectores y causado revuelo entre la crítica.

Al grito de “¡Por Fin!”, el escritor Antonio Ortuño, uno de los más respetados y apreciados autores de México, externó su admiración por esta  novela, en la que la veracruzana nos deslumbra con un estilo ágil, conciso y sucio (en el mejor sentido de las palabra), que ha traído aires refrescantes a la literatura nacional.

Óscar Alarcón entrevistó a la autora y comparte con El Tecolote, esta entrevista sobre su obra y su nuevo libro.


Consulta la entrevista original aquí: Entrevista a Fernanda Melchor.


Óscar Alarcón. En una entrevista anterior, recuerdo que me comentaste que la crónica “La Casa del Estero” de Aquí no es Miami, te estaba dando para escribir una novela. ¿Era Temporada de Huracanes?

Fernanda Melchor. No. Con ese ambiente, tenía pensando hacer un libro con cuatro novelas, a la manera de Different Seasons de Stephen King. Sacó otro libro hace poco que se titula Full dark, no stars, que también son cuatro historias muy oscuras pero no tienen relación una con otra. Yo quería hacer algo así y que la relación estuviera en que ocurrieron en el mismo lugar.

Esta historia empezó como una de esas historias pero creció hasta ser una novela por sí misma. Ya no me vi haciéndola cortita y metiendo otras. Creció a su manera y se convirtió en esto.

ÓA. Como lector transitamos por Temporada de Huracanes y se nota que es una polifonía, es la voz popular, ¿qué tanto nos nutrimos de estas voces?

FM. Bueno, ya sabes que Rulfo es un referente. Para llegar al narrador de esa novela pienso en Se está haciendo tarde de José Agustín, que me gustó muchísimo. Que tiene este narrador que anda viendo todo pero al mismo tiempo entra en cada personaje, en unos más que en otros. Ahora que releí esa novela –la releí antes de escribir Temporada de Huracanes– siempre tuve la impresión de que el personaje protagonista es Rafael, que es el que lee las cartas y el que tiene todo el malviaje, pero si te pones a ver en realidad el narrador –que es omnisciente– es el que pasa más tiempo con él en sus momentos interiores. Pero la novela empieza contando la historia de Virgilio; si te fijas, el protagonista es Virgilio; incluso a Gladys, a Paulhan y a Francine, la gringa loca, de alguna manera se les mete. A mí me gusta mucho esa forma de trabajar.

Pienso también en Armando Ramírez, en Noche de Califas, las crónicas de Tepito, que también están contadas como un chisme. De hecho, Chin Chin el teporocho es una confesión: es este chavo que encuentra al teporocho y le empieza a contar su historia. Y Noche de Califas es la historia de un chavo que se vuelve periodista pero antes se juntaba mucho con unos chichifos, con unos padrotes, y es la historia que él cuenta. Está contándotela. Siempre son tonos muy confesionales. Y creo que la literatura mexicana abreva muchísimo.

ÓA. Ahora que mencionas a Armando Ramírez, recuerdo mucho Violación en Polanco…

FM. Esa novela es un poco más extraña porque es lo que ocurre en el cine, lo que ocurre en el camión y siempre hay alguien viéndolos, que es el cuate que es Armando Ramírez o un escritor que vuelve con ellos y recuerda lo que pasaba en el cine. Siempre hay una especie de diálogo.

Me interesaba sobre todo jugar con esa forma, ver cuáles son las estrategias que usa el chisme para mantener el interés de los lectores y emplearlo de una forma distinta. Obviamente no es lo mismo. La novela es algo que se alarga por muchísimas páginas. Y un chisme sería imposible de contar.

ÓA. No quise utilizar la palabra “chisme” porque generalmente se usa en tono despectivo, no podría decir “tu novela es un chisme” pero tu novela se vale del recurso del chisme.

FM. Sí, se vale de estos recursos. Digamos que las formas verbales de conversación también lo utilizan. Son variadas. Se trata de involucrar al lector a través de la emoción y de la dosificación de la tensión para crear en él la sensación de que te lo están contando. Tú te involucras emocionalmente, aunque no te ocurre a ti, te involucras por la forma en la que te lo cuentan por la tensión.

Creo que una novela que está bien escrita, tiene esta forma. Igual y aquí el uso del habla popular es la que lo acentúa más.

ÓA. Y en la escritura no puede tener fallas de estructura, que en el chisme sí se pueden cambiar.

FM. Son distintos. Cuando tú platicas algo es distinto: tienes cacofonías, interrumpes la narración, haces digresiones, haces flash backs para contar antecedentes. Es usar esas estrategias pero de una forma menos espontánea, como el chisme. Aunque si te pones a pensar, el chisme no es para nada espontáneo. Quien sabe contar una buena historia, ya la contó muchas veces y ya sabe en dónde detenerse, qué puntos explotar, ya sabe qué debe de contar con un estilo de diálogo indirecto.

Por ejemplo, mi ex marido, Jorge Guevara, sale mucho en mi libro Aquí no es Miami, porque él me contó muchas de estas historias. Y lo cuento en “La Casa del Estero”, él tenía una manera muy peculiar de contar sus cosas: era muy literario a pesar de su realidad. Todo era muy intuitivo. Creo que le aprendí mucho a él en ese sentido.

En el caso de “La Casa del Estero” aprovechaba los elementos de la literatura de terror. Si de por sí toda novela debe de tener una tensión, la novela de terror, la novela de intrigas y la novela de suspenso, exacerban estas sensaciones. Te da hasta ansiedad: quieres saber qué va a pasar… o no quieres saber qué va a pasar. Juega con esa misma tensión.

ÓA. Te preguntaba al inicio por “La Casa del Estero” porque en Temporada de Huracanes aparece la casa de la Bruja, que se convierte en una especie de recinto mágico, un recinto secreto, prácticamente inviolable, ¿qué sucede con estos lugares que se vuelven lugares de memoria, qué tanto te interesa conocer este tipo de lugares?

FM. Yo juego con la imagen y con los elementos estéticos de este tipo de casas. Por ejemplo, la casa de la Bruja era una casa en obra negra. La Casa del Diablo también estaba en obra negra. Era una casa incompleta. ¿Cuántas veces hemos pasado por una casa que lleva años en construcción y que pensamos que es algo tenebroso?

Aunque en realidad nunca me interesó hablar de lugares verdaderos. Lo que quería era jugar con el carácter impenetrable de la casa, con lo maldito, con lo misterioso. Lo que sucede al interior de la casa es sórdido pero al final es banal, no hay brujería. A lo mejor estoy espoileando la historia pero en realidad no importa. Yo quería generar esta tensión de qué chingados pasa en esa casa, las orgías deben de ser la cosa más impactante y satánica del mundo… y al final lo que sucede en la casa es que son pedas y karaoke. Finalmente es hasta la parte de Brando cuando se empieza a rebelar todo esto.

La Bruja Chica ni siquiera es bruja, es alguien que le tocó tener ese destino, tener ese papel. Forma parte de su identidad hacia afuera. Dudo mucho de que en realidad se sienta con esos poderes. Más bien creo que es algo de lo que se aprovecha. Es un juego de las apariencias. Comienza hablando de los mitos que representa la bruja, de lo que ocurre alrededor de ella para ir desenmascarando lo que significa para muchas personas: lo que la Bruja representa para las primas de Luismi, lo que significa para Norma, lo que significa para el Munra. Desmitificarla. Hasta que resulta que es una pobre persona que le tocó una vida desgraciada.

ÓA. ¿Por qué es importante contar una novela como Temporada de Huracanes cuando ya nos dijiste que no se trata de una novela de misterio sino de la vida cotidiana?

FM. Yo quería jugar. Había leído muchos cuentos de hadas, y quería jugar con las estrategias de los cuentos de hadas. En el fondo quería reflexionar en el feminicidio y en cómo muchas veces este tipo de crímenes se recubren, y se dice “¿por qué la mataron? Ah porque andaba sola, vestida de tal manera, porque tomaba, estaba loca, le gustaba la mala vida”, entonces al final de cuentas son mitologías que la gente se inventa pero no sabemos qué es lo que desencadena un crimen.

En este caso quería reflexionar sobre qué hay más allá del “la mató porque le estaba haciendo brujería”. Y si sí, qué significa para las personas. Pero no estoy muy segura de que cuando pienso en escribir una novela diga: “ah esta novela va a reflexionar sobre este tema”, en realidad pienso en términos de personajes. Antes de pensar en “voy a hacer una historia de un feminicidio”, pienso en “ah quiero hacer una historia que matan… ¿por qué? Se irá descubriendo poco a poco”.

Su anterior novela, “Aquí no es Miami”.

ÓA. ¿Por qué matan a las mujeres en México?

FM. Hay muchos factores: la violencia machista en general. La gente piensa en el término “feminicidio” y conozco mucha gente que ha dicho “ese término está mal y no debería existir porque cada vez que maten a una mujer es un feminicidio”. La cuestión del feminicidio es cuando te matan por el hecho de ser mujer, cuando te matan porque creen que eres propiedad de alguien. O que alguien piense que matarte no va a tener gran consecuencia. Que es lo que sucede en el estudio del acoso sexual en el Metro: 90% de las personas tienen trabajo, tienen pareja y lo hacen conscientemente –no estaban ni borrachos ni drogados– porque saben que no les va a pasar nada.

Todo el tiempo hay momentos de misoginia. Las mismas mujeres a veces no están contentas de ser mujeres. Sienten que hay una condición de inferioridad por el hecho de ser mujeres. Muchas lo sienten y deben de rebelarse. Viven una vida al margen de la sociedad porque no empatan con el estereotipo de ser mujeres. Era algo que me interesaba hablar en la novela. No me interesaba tanto reflejar una realidad sino ponerlo en escena, dramáticamente, qué sale de eso.

ÓA. Y en Temporada de Huracanes se mencionan los asesinatos de los travestis, que si bien los feminicidios a veces se ocultan, los asesinatos de los travestis son más oscuros.

FM. Creo que todavía es peor. Los transexuales femeninos son mujeres porque lo eligen. Es peor. Creo que un macho bruto dice “son mujeres, son inferiores. Los hombres somos los chingones pero el transexual es peor: porque lo elige, quiere ser mujer, debe de haber algo peor en él”, quizá por eso mucha gente piense que por eso merece un trato peor incluso que las mujeres.

Creo que toda fobia es una especie de filia oculta. Las personas que son intensamente homofóbicas es porque le temen a sus propios impulsos sexuales, y les angustian tanto que la única manera de resolverlos es siendo violentos con las personas homosexuales.

ÓA. ¿Es parte de la cultura del centro o está en todo el país? ¿Qué pasa con los muxes en Oaxaca que son respetados?

FM. Está en todo el país… Y en el caso de los muxes es contradictorio porque tienes que asumir el rol como mujer. Naces hombre y el género que desempeñas es mujer pero no tienes la libertad de casarte siendo muxe. No puedes casarte porque tu función es la de quedarte a cuidar a tus papás y organizar fiestas. Siendo muxe no puedes vestirte de hombre, “¡eres muxe y te vistes de vieja!” y sufren una serie de represiones por ser mujeres.

No domino del todo el tema pero tengo la impresión de que la cultura es igual de machista porque además hay una partición de los roles: porque tú eres muxe, tú te quedas a cuidar a los papás y porque tú eres muxe, tú eres el que peina, el que arregla y dedicarte a estas cosas. Porque aunque naciste varón, eres mujer. Y perteneces al género femenino. La división rígida del género se reproduce: estás obligado a vestirte de mujer y a tener todos los patrones de comportamiento femenino.

Tengo que estudiar más del tema. Supongo que debe tener muchos beneficios siendo muxe, como no estar obligado a casarte debe ser interesante. No veo muchas libertades. Ser Queer por ejemplo. Dejarte la barba y vestirte de mujer. O que a las mujeres se les permita eso siendo hombres.

En Alvarado, Veracruz, cerca de octubre hacen una fiesta que se llama “el encierro de burros”, y todos los hombres del pueblo se visten de mujeres y salen a desfilar en burros. Es una cosa que viene de la Colonia: los mulatos se burlaban de los españoles, hacían sus cabalgatas con burros, vestidos de mujeres. Se visten de mujeres pero a la gente gay no se le permite, vestirse de mujer sólo es para hombres. Y las mujeres no pueden vestirse de hombres ese día. Es una mofa. No se visten de mujer para liberar algo dentro, del todo. Si te portas muy joto hay un castigo social: “no, compadre, se está pasando de joto” y a las mujeres no se les permite hacerlo.

Pueden ser rasgos culturales trasgresores pero en el fondo no lo son. En el fondo asumen las diferencias de los sexos como las diferencias de los géneros.


Consulta la entrevista original aquí: Entrevista a Fernanda Melchor.


 

Y volver, volver

No es la primera ocasión en la que escribo acerca de volver. Se puede volver a ser el de antes, a tropezar con las mismas piedras, a los lugares donde uno fue feliz, a donde amó, a donde odió y a donde sufrió, pero quizá mejor que nada sea volver a donde uno aprendió y creció.

Y es que creo que para mí no hay ejemplo más emblemático que el de la UNAM, pues es donde me formé como profesionista y como persona, y sí, también donde experimenté las más intensas sensaciones.

Hace un par de semanas volví, tras más de un año de haber dejado por completo las aulas, tanto como alumna como profesora adjunta, y sentí la nostalgia universitaria quemándome la piel. Fue al mismo tiempo una herida abierta y el ungüento.

Y es que volver a subir la rampa de la facultad es recordar las cálidas tardes en las que obligaba a mis piernas a ir más rápido para llegar a tiempo.

Foto: Diana Ramírez.

Pasar por el kiosco es volver a sentir el despertar del apetito cuando llegaba a la facultad después de una sesión de entrenamiento.

Recorrer el jardín digital es sentir la emoción de ver las mejoras de la facultad y sentarme a organizar trabajos en equipo o a comer con alguna amiga, a platicarnos nuestros planes que aún parecían tan lejanos.

Mirar las bancas de piedra es recordar viejos amores que se han ido y que pensé, durarían para siempre.

Caminar por los pasillos es evocar a aquella adolescente de nuevo ingreso cuyo temor más grande era elegir un camino errado.

Foto: Diana Ramírez.

Ir a la Ciudad Universitaria en viernes, por su parte, fue un resueno de la importancia del tiempo, una advertencia de que no vuelve y de lo veloz que corre.

Volver a las islas es quizá el recordatorio más grande de lo que se siente no traer dinero en la bolsa y tener mucha, mucha hambre de mundo, de vida, de todo.

Mi visita a la universidad fue corta, sin embargo, no hubo segundo en el que dejará de reflexionar acerca de lo que soy y lo que fui, de lo que quiero ser y de lo inmensa que es mi UNAM en todos los sentidos. Me sentí abrumada en más de una ocasión, pero al final del día llegué a la única conclusión a la que se puede llegar después de un día pletórico de nostalgia y recuerdos: es preciso volver, volver, volver.

Un año en la CDMX: Metro Chilango

Como alguien que viene de fuera a quedarse a vivir en esta megalópolis, el Metro se convierte en un reto a superar para ganarse el derecho de poder ser parte, los mitos que se escuchan fuera de la CDMX invitan a todo menos a usarlo, pero tienes que atreverte a comprobar las leyendas y ver si en verdad es como lo pintan, una vez que lo haces, si tienes dos dedos en la frente, te das cuenta de que son ciertas, pero que esconde mucho más entre sus vagones, andenes y estaciones.

Descubres que está lleno de vida, de historias y de almas, algunas con prisa de llegar a algún lado en particular, otras solo vagan esperando encontrar lo que no saben que necesitan; lograr una venta, obtener un beso, encontrar el contacto humano que no se obtiene en otra parte. El metro es un lugar donde la intimidad se crea a pesar de que nadie la quiere y todos se esfuerzan por evitarla, pero fracasan, todos fracasan, y lo seguirán haciendo porque entre el pequeño espacio entre pared de metal y pared de metal, entre asientos de fibra de vidrio y tubos de aluminio, los cuerpos se encuentran, las pieles se rozan y los aromas se mezclan ya que eso es parte inherente de ser habitante de esta ciudad, y lo aprendes a aceptar, a pagar el coste, un peaje diario, un ritual que se repite varias veces al día y no se exenta los fines de semana.

Foto: JM. Mariscal.

El Metro chilango son risas, platicas privadas que se vuelven comunitarias, quejas, ventas, gritos, llantos, compilaciones de música pirata estallando en bocinas colgadas a las espaldas, son suspiros, son besos, son bienvenidas, son rupturas, es amor y odio, son peleas y abrazos, enemigos de un viaje, amistades que se pueden volver eternas, es la ciudad subterránea, a la que accedes con cinco pesos, con sus propias reglas y autoridad, son los túneles que se llenan de oscuridad y claustrofobia, los rieles que chirrean al pasar, las puertas que se niegan a cerrarse bien, el calor contenido y los grafitis que nadie más que el que rayó recuerda.

El Metro chilango lo es todo, y a la vez es nada, es algo físico, pero es mucho más que eso, tiene un componente emocional intangible, es un ente con alma y vida propia, que respira, que se alimenta de todos los que lo operan y lo usan, se nutre de las esperanzas y el tiempo, que tarda más cuando das señales de llevar prisa y recorre las vías a sus anchas cuando no le pones atención al reloj, y que no avanza cuando llueve porque prefiere chapotear en las albercas que se van formando en sus estaciones, en unas gota a gota, en muchas otras a cantaros.

Foto: JM Mariscal.

El Metro lo domina todo y acepta su condición sin reclamo.

Recibe y rara vez expulsa. Puedes ingresar con sueños y penas. Acepta lluvia y calor asfixiante. Asesinos y suicidas son bienvenidos. Ladrones y santos no pueden faltar. El Metro Chilango. Rey subterráneo. Ni bueno ni malo. No juzga ni sesga. La honestidad es su filosofía de vida. Te abre las puertas. Invita a conocer su reino. No promete belleza. Solo invita a la aventura. A que encuentres lo que hay en las profundidades y te encuentres a ti mismo en el proceso.

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Para Siempre (Parte II)

Esa noche apenas pude dormir. Entre sueños veía una bestia que cambiaba de forma cada vez que volteaba. Era un perro sin pelo con cola de gato en un momento, y en otro, era un pájaro de dos cabezas cuya mirada roja me dejaba inmóvil.

Recuerdo que trataba de salir de un lugar muy parecido a la casa, pero sólo encontraba muros en vez de puertas. La bestía volvía a cambiar mientras me perseguía. Producía sonidos de puercos en matadero, y en momentos, sonaban risas de niños que retumbaban como eco en las paredes.

Por un momento, el engendro desapareció de mi vista. Aproveché para salir tan rápido como daban mis piernas pero antes de llegar a la puerta, me tropezaba con un hoyo en el piso. El ambiente se ponía denso y lo único que se veía claro era la esquina de la sala de donde la bestía mutante salía desesperadamente, sus brazos, ahora como de simio con enormes garras de lobo, trozaban el muro. Me levantaba rápidamente pero al abrir la puerta, ahí estaba. Un error de la naturaleza con forma humanoide que me tomaba de la cara y abría su hocico para devorarme. Entre sus fauces, había pequeñas cabezas ensangrentadas que rezaban mi nombre.

Me desperté mucho antes de lo habitual. Salí corriendo de mi recámara para tomar un poco de agua y eliminar la pesadilla. Crucé el pasillo que dividía los cuartos de mis padres y mi hermano, cuando antes de llegar a mi recamara vi a mi mamá. Estaba parada frente a un muro viendo una foto de nosotros. Me quedé tiesa por unos instantes.

–¿Mamá?– pregunté sin recibir respuesta.

–¡Mamá!– grité de nuevo.

–Ahí están todos– susurraba mi madre.

Mi reacción fue voltear a la imagen. Era una foto que nos tomaron a los cuatro afuera del Expiatorio, unos minutos antes de ir rumbo a la capital. Cuando mi mirada volvió hacia ella, su cuerpo había desaparecido. Caminé rápidamente hacia su cuarto y ahí estaba, dormida, roncando como si nunca se hubiera levantando.


Para siempre parte I.

 

Para siempre (Parte I)

Todo empezó por una esfera:

Llegamos a la casa el 15 de noviembre. Mi papá estuvo buscando dónde vivir desde antes que le avisaran en el trabajo que debía mudarse a la Ciudad de México. Era gerente general de la empresa para la que laboraba desde hacía 15 años. Se dedicaban al ensamble de computadoras para una marca que ya dejó de existir. Nosotros éramos de León. Vivimos durante toda mi infancia y parte de mi adolescencia en la calle Juan Valle, justo a una cuadra antes de llegar al Templo Expiatorio.

Debo decir que nunca antes nos pasó nada parecido en nuestra tierra, pese a que se contaban infinidad de historias sobre las criptas y nichos que había en esa iglesia. Ni siquiera nos llegó a ocurrir algo parecido a lo que una reportera chilanga de nombre Diana Ramírez Luna escribió cuando visitó el panteón San Nicolás.

La nueva casa donde llegamos estaba en la calle de Ignacio Manuel Altamirano, en la colonia San Rafael. Una morada muy normal de dos plantas, fachada azul, ventanas sencillas, piso de lozeta rosa con algunas raspaduras y varias recámaras. Nada salía de lo común. Algunos detalles en las paredes y una mancha con varios tonos de gris y negro en la esquina de la sala, quizá por alguna filtración de agua.

Mi papá buscó una casa donde mi hermano y yo tuviéramos independencia de cuartos; él apenas iba a entrar a la adolescencia y yo ya tenía 17. Definitivamente se cumplieron la mayoría de las cosas que mi mamá pidió. Una cocina grande, dos baños y hasta un balcón donde puso un par de macetas.

En principio no estábamos muy seguros de vivir en la capital. Mi hermano iba a entrar en una secundaria cerca de casa y yo iría a Prepa 4. Hablábamos con acento y sabíamos que no sería del todo fácil pasar desapercibidos entre los nuevos compañeros, sin embargo, por un tiempo todo pareció de lo más cotidiano. Mi mamá hacía las labores de la casa y mi papá siempre llegaba a cenar a las ocho. Teníamos la costumbre de dormirnos temprano; por lo general antes de las 11 ya estábamos en la cama.

Durante tres semanas esa fue nuestra rutina. Hasta nos empezaba a gustar la ciudad pese al trafico, la contaminación y los pelafustanes que me decían cosas obscenas, sola o acompañada por mi mamá, cada vez que me ponía un vestido, un short o simplemente cuando salía a algún mandado.

Llegó la época decembrina. Mi familia tenía todas las tradiciones de las fechas: adornar un árbol, poner nacimiento, arrullar al niño y organizar las posadas cuando vivíamos en Guanajuato. Extrañábamos a mi abuela porque ella nos ayudaba a montar las posadas; añorábamos hacer piñatas y repartir fruta. Con excepción de eso, fueron días normales hasta aquel jueves.

Una vecina invitada por mi mamá estaba sentada junto al árbol. La había pasado a tomar un café y no eran siquiera las siete cuando mi mamá se paró a servirle otro poco. A doña Lety le gustaba ver el nacimiento cada vez que iba y en esa ocasión no fue la excepción. Mientras mi mamá estaba en la cocina, doña Lety veía los detalles de nuestros adornos. Siempre se admiraba, pero aquel día, la sorpresa fue diferente.

–Dulce, esa esfera se mueve– dijo doña Lety con cierta incredulidad.

–¿Cómo que se mueve?– contestó mi mamá.

–Sí, mírala– volvió a decir con cierto susto.

Mi mamá revisó el árbol para creer lo dicho por la señora Leticia. Por un momento creyó que había una corriente de aire pero las ventanas más cerca estaban cerradas. La esfera, en forma de gota, se movía como péndulo de reloj con la misma cadencia como si tuviera energía propia. Mi madre tomó la esfera y la puso en la mesa.

–Mira Dulce, ¡ahora se mueve la otra!– gritó Leticia.

Mi mamá volteó rápidamente para comprobarlo. Su sorpresa aumentó cuando después de quitarla, la esfera contigua también empezaba a moverse. Leticia se puso de pie, histérica ante tal cosa. Mi mamá por su parte se hincó para rezarle al adorno y preguntar si le hacía falta algo.

–Descansa, te pondré una veladora, pero ya no estés entre los vivos– le dijo mi mamá sin quitarla. En automático dejó de moverse, parecía que habían apagado un interruptor. La reunión acabó tan rápido que hasta doña Leticia abandonó su monedero. Y aunque al poco tiempo se acordó, prefirió mandar a su hijo mayor para que lo recogiera.

Durante la cena, el tema de conversación fue el acontecimiento. Mi mamá nos contaba cómo de un momento a otro la palidez en el rostro de doña Leticia se hizo presente. Cuando terminó de contarnos, la puerta del baño de la planta baja se azotó.

El taller

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Siempre supimos que el taller de papá era un enigma. No dejaba entrar a nadie y si alguien lo hacía sin su consentimiento, ¡pobre! Tenía todo tan desordenadamente en su lugar que se percataba si un sólo clavo estaba fuera de su sitio y no tenía reparo en reclamar para, después, investigar quién era el culpable.

 

Con el paso de los años, la madera que cubría algunas paredes del taller se humedeció y comenzó a caer como si se despellejara, por eso daba la impresión de que con cualquier lluvia o ventarrón se desplomaría. En relación con el resto de la casa, a la cual entre mis dos hermanos y yo le hicimos algunas mejoras, el taller parecía haberse estancado en el tiempo, que al parecer, al igual que nosotros también tenía prohibido el paso. Al taller sólo tenían acceso libre el polvo, los perros: El grande, Alfonso, Huker y Barbie; y los gatos: Agapito, Griselda y sus amigos felinos que a veces llegaban buscando dónde pasar la noche.

 

Por supuesto, la presencia de mamá era la más prohibida de todas. Ese huracán de limpieza que le veía semblante de basura a todo aquello que papá consideraba su tesoro y nuestra futura herencia, misma que aún no sabíamos valorar, por lo que era preciso alejar de nuestras manos de estómago.

 

Con el tiempo la curiosidad se nos apagó un poco, aunque no del todo. El taller, no me cabe duda, es como él, incomprensible, sigue lleno de enigmas aun cuando ya conocemos cada tornillo, tuerca, refacción, juguete, herramienta y cualquier otro tipo de objeto extraño que hay ahí.

 

Ese lugar, el lugar de papá, siempre tuvo algo de sombrío, sus paredes grises, ya con el tabique viejo y el olor a humedad, la tierra del piso, la grasa y los cuernos de chivo, cadáver testimonial de cuando mi padre cocinaba barbacoa, colgados en la entrada, le daban un aspecto tétrico, pero con todo, a mi Lucía nunca le provocó ni asomo de miedo. Desde que empezó a caminar le gustaba llevar el banquito de madera que su abuelo le construyó en ese mismo taller y sentarse a verlo trabajar, lo cual no era muy seguido por aquella época porque él siempre estaba de viaje o en el despacho.

 

Aun cuando creció, a Lucía le gustaba ir con su abuelo a conversar, no tengo idea de qué. Cuando terminó el bachillerato hasta estuvo a punto de estudiar Derecho, como mi papá. Pasaban horas juntos y a veces las risas se escuchaban hasta la calle. Ella y yo nunca hemos conversado así, pronto se nos acaban los temas y se abren grietas llenas de silencios incómodos o las charlas amistosas derivan en peleas campales. Eso es algo que tampoco podré comprender de él: cómo, con semejante carácter, logró ganarse el amor de mi niña.

 

Cuando Lucía y su madre se fueron de la casa había ocasiones en las que parecía que más bien ella iba al taller a ver a mi papá y no a mí. De repente los perdía de vista y luego aparecían en el jardín comiéndose un higo o una granada recién cortados o ya venían de la tienda con helados o paletas. A veces pienso que él la hizo tan berrinchuda y consentida como ahora es.

 

Por las noches, cuando ya era hora de llevar a Lucía a su casa, la buscaba por todos lados, hasta encontrarla en la sala de mi padre, tomando café y pan o tostadas con los frijoles refritos que él preparaba cuando sabía que ella vendría, viendo alguna película de Pedro Infante o Tin Tan, o a él transmitiéndole a Lucía la fascinación por los boleros de los Dandys o de los Tres Reyes, gusto que hasta hoy conserva.

 

La presencia de papá siempre fue escandalosa, era imposible que pasara desapercibido. Su voz grave hacía que todos a su alrededor voltearan a verlo. El taller es igual, además, es lo primero que se ve al entrar a la casa: está entre las dos puertas principales, como haciendo guardia, y de frente al jardín, porque a él le encantaba ver sus plantas y árboles frutales: “mi huerta”, decía.

 

Del otro lado del jardín está mi taller y hasta atrás de la casa, el de mis hermanos. Casi de manera inconsciente los construimos lo más lejos posible del de papá para evitar sus constantes regaños, sus “así no se hace”, “no, mijo, no seas pendejo” y sus repentinos cambios de humor.

 

Todos dijeron que un día nos arrepentiríamos de esa lejanía buscada adrede, lo cierto es que hoy que derrumban el taller no podemos sino sentir alivio porque ya no tendremos la zozobra de entender qué nos quiso decir papá durante toda la vida.

 

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Su mirada, la más tierna de mi vida

Sus ojos se posaron sobre los míos. Su mirada tenía un brillo especial, ese que invita a perderse en su profundidad y nadar por sus aguas desconocidas con el deseo de descubrir su esencia. Desde que la conocí, quedé colgado de sus ojos y esos labios convertidos en delirio. Hacía unos meses que la había conocido, un junio de 2011, y ya sentía que la quería.

La noche nos había alcanzado, tras perdernos en las entrañas de la ciudad y del metro. El olor a palomitas, la tarde cayendo sobre la explanada de Bellas Artes, su voz deshaciendo mis silencios, mis ojos colgados de los suyos. Emprendimos el regreso a casa, con la esperanza de volver a vernos el lunes. No prometimos nada, pero una corazonada parecía revelarnos que así sería.

Camino al metro Nezahualcóyotl, rememoré la tarde que la conocí: corría por uno de los costados del auditorio. El silencio daba paso a la voz en el estrado. Su bolso se meneaba al compás del rápido andar. Su cabello era como la nuez a la sombra.

Le resaltaban los labios, apenas rojos, anchos pero delicados. De ojos esquivos y con tendencia al color de la almendra, miraba en busca de un lugar para sentarse. Lo encontró a la mitad del auditorio. Se sentó y giró su cabeza…

Fue un instante, una brisa que alivia el sopor, el cosquilleo estomacal. La necesidad de no apartarse nunca. Fue una mirada, el destino cayendo sobre los hombros. El anhelo del mañana. Fue una sola mirada.


Lee: Deseos de ti


Sonreía. Al llegar a la estación, iniciamos el ritual de la despedida. Me miró. Nos abrazamos y volvió a posar sus ojos sobre los míos. Quizá no había sucumbido a una mirada tan dulce como la de ella, como la de aquella noche de enero de 2012, cuando nuestros caminos comenzarían a juntarse para enfrentar las alegrías y dificultades de la vida.

Abrió sus labios para preguntarme aquello que tanto anhelaba. Le dije que sí, mientras entendía que el brillo de sus ojos, la ternura de su mirada, era la invitación aventurarnos en la más bella perdición del mundo: el amor.

 

La gigante de la montaña

Intenté abrir los ojos, me los tallé con el puñito de la mano para ayudarme a despertar, fue inútil. El calor generaba una atmósfera densa, sofocante, las mismas palmeras parecían padecerlo con sus movimientos lentos y fatigosos, lo que provocaba más pesadez en mis párpados convertidos ya en plomo, tras las horas de viaje en carretera, la estancia en la alberca, los mariscos y la viveza del sol mordisqueando la piel.

 


Conoce: La isla de los lagartos verdesmeralda


 

Intenté que mis pestañas superiores se despegaran de las inferiores, pero estaban como tejidas entre sí. El sueño era muy placentero. Aunque sudaba, el viento generado por el ventilador me golpeaba la espalda y lo sentía en armonía con mi respiración, lenta y profunda. Inhalaba y aspiraba por la nariz, pues sólo cuando hace calor puedo hacerlo sin sentir constipadas las vías respiratorias.

 

Comenzaba a sentir la parte frontal de mi torso sudorosa y eso me generaba comezón. Quería abrir los ojos, moverme para secarme el sudor, pero el aire cálido era tan agradable que en vez de eso, me arrancaba sonrisas, ensoñaciones fantásticas y más ánimos de dormir.

 

Mis manos y pies colgaban, soñaba que era una gigante que tras horas de calurosa caminata y búsqueda del lugar perfecto para morar, se adueñaba de una gran montaña y se tendía a dormir sobre ella, en donde apoyaba su barriga para desentenderse de sus extremidades y dejar de imprimirles fuerza.

 

Al fin me rendí. Mis párpados de plomo y mis pestañas entretejidas no me permitieron despertar, así que lo hice quizá unas horas después o quizá hasta el día siguiente. Cuando volví de aquel mundo de gigantes y montañas, levanté un poco la cabeza y miré a papá que me dedicaba una sonrisa blanca y esa mirada ocre que tanto me gustaba. Sólo supe quitarme el cabello de la cara para verlo mejor y entonces comprendí que no estaba tan equivocada, ahí, extendida sobre la panza de papá, era una gigante que todo lo podía.

La isla de los lagartos verdesmeralda

Era la primera mujer a cargo de la capitanía de un barco y estaba orgullosa de eso. Nos dirigíamos vía terrestre a la costa para zarpar y comenzar la aventura de nuestras vidas: la búsqueda de la isla de los lagartos verdesmeralda. Únicamente en las costas de Tuxpan, Veracruz, se les había visto y, aquellos que habían logrado probar su carne aseguraban que además de ser deliciosa, con sabor agridulce y de una suavidad increíble, tenía efectos alucinógenos, más que cualquier hongo o hierba hasta entonces conocida.

Contaban los nativos que al ponerse en sol, la marea comenzaba a subir y el agua del río, como magnetizada por el mar, descendía para unírsele por un momento. Entonces los lagartos verdesmeralda pasaban corriendo sobre el agua para, segundos después, desaparecer como tragados por el aire. A la sazón se formaban pequeñas islas dentro del inmenso río, y ese era el momento justo para desembarcar y cazar a los lagartos, pero había que ser hábil y ducho, porque el evento no duraba más de quince o veinte minutos, tiempo aleatorio, de tal suerte que el río volvía a llenarse con gran velocidad y presión, como si se tratara de una alberca gigante.

Al llegar a tierra y convidar a la gente de su descubrimiento, el primer hombre que logró atrapar a un lagarto, no se hicieron tardar las expediciones en busca de la codiciada fauna alucinógena. No obstante, ningún marino había podido atrapar más de uno de esos seres, por lo que nuestra expedición era la primera en lanzarse al mar con el equipo necesario para hacer ese viaje de varias leguas hacia el Golfo.

-¿Me pasas la bolsa de papas?

-Aquí la tienes. ¿Quieres refresco?

-Sí, mamá. Por favor.

-Toma. No lo vayas a tirar que hay muchas curvas. Y no comas de más, que la carretera siempre te marea, no queremos que vomites, ¿verdad?

-No, ma…

-Come con cuidado, vienes escribiendo y te puedes marear más fácilmente.

-Y tampoco te duermas, ya falta poco para llegar.

 -¿Cuánto falta, papá?

 –Estamos a media hora de Tuxpan.

Decidimos hacer la expedición con tan sólo diez hombres y once mujeres, además de mí. Mientras viajábamos por tierra en un coche arrastrado por dos caballos color canela, planeábamos qué tipo de provisiones era pertinente llevar, cantidades, la ruta a seguir, el tiempo estimado y todo lo que hace falta saber antes de levar anclas.

Éramos veintidós personas dispuestas a conquistar las islas de los lagartos y nada nos detendría. En la costa ya había hombres esperándonos con un pequeño barco construido por ellos mismos, listo para recibirnos y hacernos a la mar al día siguiente.

Cerca de la media noche llegamos a La Mata, lugar donde hombres y mujeres, amigos del abuelo, nos recibieron con algarabía, nos proporcionaron camas para dormir, comida y baños para despejarnos del viaje de horas que habíamos hecho. Esa noche, la última en tierra, nos pareció eterna. Me atrevo a decir que no fui la única que no durmió, porque en el ambiente se respiraba la densidad de la tensión, de lo desconocido e inesperado, de la aventura y el miedo.

-Ya casi llegamos. ¿Quieres pasar por un helado antes de llegar con tus padrinos?

-¡Sí!

-¿De qué sabor lo vas a querer?

 -De pay de limón, papi.

 -¿Con cubierta de chocolate?

 -Sí, y en una canasta.

 -Perfecto, muñequita. Bájate a ordenar junto con tu mamá y tus tíos mientras yo encuentro un estacionamiento.

En vista del tamaño del barco, tuvimos que disminuir las provisiones que teníamos planeadas para el viaje, así que sólo cargamos con la mitad de lo previsto. Comenzamos con los trabajos a las cuatro de la madrugada y zarpamos a las siete de la mañana, con una brisa estival golpeándonos el rostro, pero no los ánimos. Íbamos en busca de uno de los mayores tesoros jamás imaginados, así que lo que en realidad soltó amarras ese 14 de mayo de 2000, fueron veintidós personas convencidas de que no regresarían si no traían entre sus pertenencias fardos de lagartos verdesmeralda.

-Ya llevamos los refrescos, la botana, los condimentos, el asador y todo lo desechable. ¿Falta algo más, compadre?

-No creo, compadre. Con eso está bien, el paseo no durará más de seis horas, estaremos de vuelta antes del anochecer. Ya nada más faltan mis hijos, siempre sí nos van a acompañar.

-Pues entonces nos vamos en cuanto ustedes digan.

Tardamos media hora más de lo estimado en salir del puerto, esperábamos a tres elementos más que a última hora decidieron incorporarse a la expedición. Era un día de carnaval y la gente nos despidió en el muelle agitando las manos, nos deseó suerte y nos gritaban “¡verdesmeralda, verdesmeralda!”, como bautizaron la nave, mientras nosotros, observándolos, cada vez escuchábamos voces más tenues y más nítido el murmullo del mar.

Nos internamos y navegamos dos días, hasta llegar a la zona donde supuestamente encontraríamos las islas cuando llegara la puesta del sol. Detuvimos el barco y esperamos a que la intersección entre el día y la noche nos alcanzara. Faltaban cerca de dos horas, así que decidimos que era buen momento para comer.

-Niños, ¿les sirvo filetes?

-Sí, por favor, padrino.

-Sí, papá. A nosotros también.

-Aquí tienen, en la hielera pequeña traemos limones para que los preparen y en la grande refrescos.

-Niños, ¿ya se pusieron bloqueador?

-Yaaaa…

-En cuando suba la marea el río quedará vacío, coman para que cuando eso suceda puedan bajar sin problemas.

Con la puesta del sol se avivaron nuestras expectativas. La tripulación entera posó sus miradas sobre esas aguas diáfanas que no tenían principio ni fin, autárquicas y caprichosas. En cuanto el azul del cielo se tornó en ese morado que da paso a la resistencia de la noche, donde pugna por posarse sobre las estrellas, el nivel del río comenzó a descender hasta quedarse casi vacío. Entonces aparecieron las pequeñas islas, como si sólo se tratara de cúmulos de arena en medio de una inmensa playa, cubiertas de conchas y galletas marinas.

La tripulación se quedó estupefacta frente al espectáculo, pero ante mi reacción, como capitana, todos despabilaron y abandonaron el barco para bajar a explorar la zona. Finalmente, teníamos escaso cuarto de hora para cumplir nuestro cometido. Yo fui la primera en pisar tierra, tomé un puño de esa arena tibia y la derramé sobre mis pies sin poder dejar de mirar cómo refulgían las pequeñas partículas de ese polvo casi líquido.

Los demás elementos estaban igual de deslumbrados que yo. Aunque tratara de disimularlo, el brillo de mis ojos me delataba ante los de ellos y eso, a su vez, los hacía sentirse libres de tomar las enormes conchas de quince centímetros de radio y, dentro de ellas, guardar las frágiles y quebradizas galletas de mar.

No transcurrieron más de tres minutos cuando los lagartos verdesmeralda se hicieron presentes y pasaron corriendo sobre el agua. Eran del tamaño de la palma de mi mano, veloces, tornasolados y daban el aspecto de ser elásticos.

Dos de mis hombres los persiguieron en vano, así que corrí por las redes que habíamos preparado y entre varias mujeres la lanzamos cuando vimos un grupo de lagartos corriendo hacia el agua y, acto seguido, los demás elementos de la tripulación imitaron nuestros actos. Atrapamos a cincuenta, quizás, pero entonces comprobamos su elasticidad, pues se estiraron como ligas para escabullirse por los orificios de la red.

Entonces comenzamos a escuchar que el murmullo del agua nos daba un consejo o una orden; era preciso regresar al barco. Hubo unos segundos de quietud y silencio, nos miramos unos a otros y, como esperando que yo respondiera a sus interrogantes, me observaron inquisidores.

-¡Al barco, tripulación!- grité.

-Suban todos a la lancha ya, niños. Está por entrar la noche.

-Padrino, otro ratito.

-No, pequeñuela, ya no se puede.

-Papá, déjanos otro ratito…

-Por hoy no se puede, el río va a regresar a su nivel en unos minutos, pero si se portan bien, mañana podemos volver a la isla de los lagartos verdesmeralda.

 

 

#NuestrosMuertos: Reminiscencias

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“La existencia de la humanidad representa un suspiro en el universo. En ese sentido, la vida de toda mujer u hombre, simboliza mucho menos que un suspiro. A lo más, una posibilidad. “…somos en la tumba las dos fechas, del principio y el término…” dicen los versos del poema “Epitafios” de Jorge Luis Borges. Y en efecto, cuando caminamos por un cementerio no podemos evitar observar placas en las que se marcan los años de paso por el mundo de cientos individuos que se encuentra en esos recintos, con una fecha que marca el inicio de la existencia. Otra, que la termina abruptamente.

En ocasiones se olvida que aquellas placas de concreto guardan en sí la noción de algo infinito, que es la vida de una persona. Desde muy pequeño siempre me gusto la palabra epitafio. No recuerdo la primera ocasión que la escuché, pero puedo rememorar que me quedé desconcertado ante ella. Era una palabra utilizada en ocasiones muy precisas. Y me fascinó descubrir que simboliza un texto que honra a un difunto.

Con el tiempo supe de algunos grandes epitafios escritos para poetas o conquistadores. El de Alejandro Magno dice: “Basta esta tumba, para quien no bastaba el mundo”. O el de José Saramago, sacado de la frase final de su novela “Memorial del Convento” y que está escrito al lado del árbol donde yacen sus cenizas en las costas de Lisboa: “…no subió al cielo, porque pertenecía a la tierra”.

No obstante, a pesar de la grandeza y belleza de los textos de los epitafios, algo que me sobrecoge el corazón es que jamás podrán honrar en su totalidad la vida de una persona. Acaso nos hemos detenido a pensar, ¿cuántos momentos, secretos y misterios guarda nuestro paso por el mundo? ¿Qué hay detrás de esas dos fechas? ¿Qué se esconde en el interior de ese breve texto? La gente olvida que son precisamente esas lapidas las que guardan todos esos enigmas.

En la vida de toda persona se oculta el amor que mereció y aquel que no supo dar. Los sueños realizados y aquellos que se perdieron en el abismo del tiempo. El cariño y afecto que se dio a los que quiso. Los momentos vividos con la pareja, los hijos, nietos y otros tantos familiares. Varios sitios amados. Nuestra fe, nuestro odio, nuestra decepción y nuestro amor. Cuando la vida de una persona se eclipsa se van con ella casi todos sus secretos. Sus pesares y anhelos. Y sólo es en ese momento que aquellos que vemos morir a nuestros seres queridos entendemos lo poco que conocimos a esa persona. Lo poco que compartimos con ella. Y la vida que existió más allá de los momentos en los que coincidimos.

 

Ante esto sólo podemos atarnos a las reminiscencias de nuestra memoria. A esos días que ahora pasaran a ser nuestros recuerdos de alguien que amamos y que fue importante en nuestra vida. Recordamos su olor, su voz, algunas de sus frases…

 

Qué extraño suena de repente decir “cómo decía…” Porque esa frase revela una realidad: pensamos en la compañía de alguien que ya no está presente con nosotros y que nunca más volveremos a ver. Y es por este crudo hecho que logramos entender que la gente que nos deja tiene la fuerza y vida que le damos quienes nos quedamos para recordarlos. En ese sentido, los epitafios jamás podrán honrar la vida de un ser querido. Esa tarea nos corresponde a nosotros. Con nuestra memoria y corazón. Con los recuerdos que tenemos de los que se han ido y ese poco de vida que compartimos juntos.”

Mejores amigas

diana relato

 

Había sido un mal día. De los peores.

 

Discutí con papá porque olvidó que tenía clase –quizá incluso olvidó que ese día me tenía en casa- y se fue a una cita de negocios sin el menor apuro; cuando volvió, ya era tarde para ir a la Facultad, así que me regresaría a casa. No tenía tiempo de llevarme y tuve que viajar en metro, donde hacía un calor equivalente al concentrado de todos los círculos del infierno de Dante. El metro hizo un recorrido estimado para 50 minutos en hora y media y, al salir, vi atisbos de que el cielo, como yo, quería llorar.

 

Decidí que no tomaría taxi, caminaría hasta casa. No, tampoco iría a casa, iría al Miguel Alemán a caminar y tomar un poco de aire. Sonó mi móvil, era Óscar. La noche anterior habíamos discutido por el rumbo que estaba tomando la relación: él me lo dijo claro, no quería una relación seria y si eso era lo que yo buscaba, él no era el hombre correcto. Apagué el teléfono.

 

Mientras caminaba hasta el parque me vinieron a la mente diversas situaciones por las cuales estaba atravesando. El innombrable tema de la tesis, mi recién perdido empleo debido a la quiebra de la editorial, el servicio social que aún no comenzaba, el libro de relatos cuya publicación estaba en el limbo, mi informal relación con Óscar a quién yo ya no sabía si quería u odiaba por llenarme de mimos y caricias, pero siempre sin certezas de ningún tipo, y por Rodrigo, quien tras haber desaparecido sin motivos de mi vida durante medio año, había vuelto con un speech de redención. Además de la situación de mi padre, que a ratos, parecía olvidar que yo existía, aun cuando tuviéramos tan establecidos nuestros horarios para vernos. Jan, una de mis mejores amigas y la que vivía más cerca de mi casa, había dejado el gimnasio y ahora casi no nos veíamos, salvo extrañas casualidades, así que no tenía con quién conversar; la extrañaba mucho.

 

En menos de lo que pensé, ya había llegado al deportivo. Me paré frente a él y vacilé en entrar, pero al final, lo hice. Me senté en una banca y observé a los jugadores de americano, a las chicas del equipo de atletismo, a las parejas que caminaban de la mano. Todos felices. Salí de ahí, no estaba ayudando demasiado el escenario.

 

Comenzaba a oscurecer y en menos de media hora, seguramente, caería la noche, así que opté por sentarme en una banca afuera del deportivo. Miré hacia la avenida, me quedé absorta en nada. Prendí un cigarro.

 

Sentí una mano en la espalda, me espanté. Di un pequeño brinco y giré la cabeza.

 

-¡Vaya! Tengo toda la tarde llamándote, pero me manda a buzón. Supuse que estarías aquí.

-Apagué el teléfono, no quería que me molestaran.

-¿Quién te molesta?

-Bueno, en realidad nadie. Sólo Óscar. Y eso, sin mucho ahínco.

-En ese caso, los demás no tendríamos por qué pagar las consecuencias de lo que hace ese pelele.

-Ya sé. Lo siento.

-Vamos, dame ese cigarro. Mejor te invito un helado, ¿qué dices?

-Digo que está comenzando a llover y no tengo ganas de nada.

-Ay, no seas dramática. Es más, qué te pregunto, vamos.

 

Me tomó de la mano y me arrastró hasta el interior de mi heladería favorita que se encontraba cruzando la calle, sin preguntarme, ordenó un helado doble de triple chocolate. Yo hablaba en serio, no tenía ganas de nada, pero al verlo ahí, frente a mí, no tuve opción. Como siempre, les tentaciones tienen la virtud de arrasar con mi voluntad y esta no fue la excepción.

 

Durante el tiempo que estuvimos sentadas dentro de la heladería, ella no dijo nada, se limitó a sonreírme de vez en cuando y a escuchar con paciencia mi silencio, porque sabía que en cualquier momento se quebraría y sólo entonces ella hablaría.

 

En efecto, comencé a hablar y ella me escuchó atenta.

 

-¿No dices nada?

-Nada, no. Digo lo que ya sabes, pero si quieres que te lo repita, lo hago. En primer lugar, digo que ya conoces a tu padre y no debes tomar las cosas tan a pecho con él, es distraído y un poco desatento, pero eso no quiere decir que no te quiera. Digo que no estás para soportar ninguna situación con la que no estés plenamente feliz y que tú eres capaz de lograr lo que quieras, como lo has demostrado siempre; una tesis no tiene por qué causarte tantos conflictos. Digo que ya hallarás un trabajo mucho mejor y que no te pasará nada que no deba pasarte, pero debes tener paciencia, tesón y orgullo, pero sobre todo, ser consciente de que tú mereces eso que deseas y más.

-¿Tú crees?

-No. Estoy segura. ¿Sabes cuál es tu problema?

-¿Que tengo un periodo de mala suerte?

-¡Claro que no, baby! Que eres demasiado perfecta y hasta a ti misma te cuesta trabajo creerlo. ¿Cómo no quieres que a los demás también les cueste y les horrorice echarse el paquete de una profesionista independiente que se dedica a lo que le apasiona, joven, bonita y además se dedica al deporte?
Entonces me reí. Ella también.

-¿Nos vamos?

 

Salimos de la heladería y las gotas de la breve, pero intensa lluvia ya comenzaban a evaporarse. Miramos hacia el horizonte y vimos un cielo estrellado con una luna roja e inmensa. Al llegar a casa, ambas sacamos nuestras llaves. Antes de introducirla en la cerradura, la abracé con todas mis fuerzas.

 

-Gracias, mamá. Por eso te amo.

Hermanito

Es tu hermanito. Lo veía y no lo creía. Mamá se había ido por dos días y había regresado con un bebé de cabello abundante y lacio, tenía rasgos muy similares a papá. Tienes que cuidarlo porque eres el mayor, dijeron. El niño miraba de un lado al otro, intentando reconocer el nuevo espacio donde estaba.

 

El bebé creció. Mis papás continuaron la tradición de los dos nombres: José Manuel, se llamó. Su cabello crecía junto al parecido con mi papá. Después, flashes, instantes que atesoro en mi cabeza gracias a las fotos de la infancia: fotos junto a otro bebé de su edad, ahora con un uniforme de las Chivas, vestido con traje de cadete, ahora con botas y camisa cuadrada, pasteles de cumpleaños, su pelo siempre revuelto.

 

Me detengo en aquel recuerdo; domingo de fiesta, para facilitar las cosas, nos habían juntado nuestros respectivos cumpleaños. Yo tenía seis, él tres. Dulces, comida y un pastel decorado como si fuera una cancha de futbol. Velitas, fotos, abrazos, mordida, momentos tatuados en papel y que vuelven a mi cabeza cada 24 de mayo.

 

Seguía creciendo. Ahora usaba lentes y estaba a punto de salir de la primaria. Aquella mañana que ese ciclo cerraba, nos dimos cita para verlo recibir sus documentos y derramar algunas lágrimas por los amigos que dejaba atrás.

 

Le tomé fotos por aquí y por allá con la vieja cámara de mi papá. En la secundaria se rebeló como lo tenía que hacer un buen adolescente. Gruñía y confieso que luego trataba de molestarlo para que se enojara más.

 

Después, el mundo nos dio un vuelco cuando en casa comenzó a faltar el dinero. A nuestra forma pusimos cara a la tormenta, pero nos alejamos el uno del otro.

 

Dicen que los hermanos mayores influyen en los gustos musicales de los menores. Eso es parcialmente cierto, pero en mi caso, Manuel cambió los míos; si algo sé, es por él.

 

Nunca se lo dije, pero me fascinaba verlo jugar futbol; a veces escondía el balón con esas jugadas de fantasía que sólo algunos saben realizar. Cierro los ojos y veo aquella playera marcada con el número 6 y su nombre, aquellos tacos tan parecidos a los míos y sus gritos para acomodar a sus compañeros. La verdad es que desearía volver a jugar futbol con él.

 

Lecciones de la vida

El tiempo supo cómo volvernos más cercanos, justo cuando tuvimos que afrontar aquel viacrucis. Habría dado lo que fuera para evitarle ese extraño momento, no pude; pero sé que nunca lo dejaría solo. Si una lección me ha dado la vida es que aún en las peores tormentas, los hermanos están ahí para levantarte, extenderte la mano y ayudarte a seguir. Así fue aquella vez.

 

Las horas me consumían, extrañaba ese humor extraño que le afloraba justo cuando la situación era más tensa. Ya era tarde, el reloj no detenía sus horas y todos lo esperábamos. Salió, imposible evitar el llanto. Se dirigió a nosotros y nos fundimos en un abrazo que recompuso más de un alma.

 

Lo he visto llorar, enojarse, reír, burlarse de todo, gritar, celebrar, cantar, tomar, caer, aprender, levantarse, continuar; en una palabra: vivir. Hoy cumple 23 años. Hoy lo entiendo y agradezco, es mi hermanito.

Nosotros

Quizá era la emoción del reencuentro, las cenizas que con el viento avivan el fuego o el despertar de un amor que dormía su siesta. Pero estábamos ahí, frente a frente, como tantas tarde de otoños pasados. Te miré hermosa, algo había cambiado y no era el tamaño de tu cabello ni el brazalete que adornaba tu mano. Tenías un brillo distinto, como si el invierno no pasara por ti, como si formara parte de esa corona que rodeaba tu cuerpo.

 

Me seguiste, aunque sospechabas que, otra vez, estaba perdido. Anduvimos en busca de una calle extraviada en mi memoria. Hay cosas que no cambian y tu distracción es una de ellas, pensaste. Sin embargo, sabíamos que el destino nos tendría una buena sorpresa.

 

Extendió una carta bastante cuidada. El lugar llamó nuestra atención, tal vez porque somos asiduos a la nostalgia y nos recordó las historias de los abuelos. Entramos. La vieja casona nos recibió con ese halo tan especial del invierno de la capital. Escogimos el patio, tal vez porque los árboles nos conquistaron. Primera mesa a la derecha, debajo de una lluvia de hojas que no cesó en toda esa mañana.

 

Te sentaste frente a mí. No te lo dije, pero era todo lo que deseaba: mirarte. Recorrí palmo a palmo tu rostro, me detuve en tus ojos, los escudriñé buscando una esperanza. Pasé a tu boca y el desfile de recuerdos pobló mis labios. Quería abrazarte, dejar que la tristeza se evaporara y fueras nosotros.

 

El mesero me sacó de las ensoñaciones. Con la carta extendida, pasamos los ojos por aquel documento que describía manjar. Pedimos. Esperamos. Platicamos. El árbol soltaba su lluvia de hojas y tú la brizna de tu sonrisa.

 

Comimos con la alegría del reencuentro. Nos contamos el presente de nuestras vidas, procurando el bienestar del otro. Te conté mis dudas y me platicaste las tuyas y volvimos a ser nosotros. Tal vez por eso la pasamos muy bien. Tal vez por eso, sentí que el presente era una pausa y no el fin. Y todo se explica porque: volvimos a ser nosotros.

Recuerdos

Caminábamos por Reforma e Insurgentes, del circuito interior a la calzada Tacuba y, por último, terminábamos en el Monumento a la Revolución. Con nuestras palmas acallábamos el barullo citadino. Nuestros gritos, brincos y risas, cerraban calles y avenidas enteras. En la espalda cargábamos con el sueño de décadas pasadas, ahora éramos responsables de ese sueño: una visión; era un peso enorme con el que orgullosos cargábamos. Nuestra voz era juiciosa, nos creíamos dueños del bien y del mal, nuestra ética no fallaba. Marchábamos agarrados de las manos, encadenados el uno al otro, nos amábamos y nos cuidábamos pero también peleábamos. Sentimos ser dueños del pasado, presente y del futuro, aunque sólo pudimos apropiarnos del pasado, esa lámina nunca se nos quitaría de encima. Honrábamos e idolatramos a aquellos caídos, queríamos ser como ellos ¡era nuestra responsabilidad! ¡No debía olvidarse!

Recuerdo aquellas discusiones: todos éramos como lobos hambrientos sobre la misma presa. Reñíamos sobre esto, sobre lo otro; cosas así. Pero al terminar, al volver a marchar, seguíamos siendo hermanos.

Una vez más las calles fueron corrientes de pensamiento, una vez más la ciudad se colapsaba y se dividía. Nos apoyaban o nos odiaban, pero de eso nos alimentábamos.

Hubo un día en el que salimos a marchar; los ánimos eran candentes, pisamos Reforma, Circuito, Insurgentes y Revolución, hicimos un círculo sobre la ciudad… como nuestro movimiento, circular, a ningún lado y siempre regresando, siempre a lo mismo. Gritamos sin quedarnos afónicos, ensordecimos a los demás pero no nos escuchaban, y al llegar, una gran tormenta nos recibió. Bailamos en ella. La voz corría diciendo el grandioso presagio que representaba aquella tormenta… pero sólo fue eso, lluvia y nada más.

El pasado, si, el pasado, esa era nuestra preocupación, veíamos nuestra historia con vergüenza. Había partículas de insurrección, las cuales nos llenaban de júbilo y esperanza. El pasado era nuestro tema, no el futuro ni el presente, sólo pensábamos en aquellos fantasmas que una vez más asomaban las narices. Ésa era nuestra verdadera preocupación, esos fantasmas que regresaban o que quizás nunca se marcharon. De tal modo que el movimiento surgió por esos fantasmas, se volvió también un fantasma.

Nos llenamos la cabeza de documentales sobre otras protestas ya ocurridas, de hombres y mujeres que al igual que nosotros cantaron en las calles. De pronto nos sentimos ellos y al verlos ya de viejos, envejecimos con ellos, y la esperanza, de igual forma que sucede con el amoroso, significaba un caminar, una búsqueda sin encontrar ¡bien dicho! Una esperanza. De alguna forma nos volvimos pasado, nos convertimos en tinta para los libros, nos hicimos orgullosos ocupantes de un lugar en el archivo nacional.

Ritual incompleto (2/2)

Consulta la primera parte, aquí

 

Con los ojos llorosos entró nuevamente a su cuarto. Abrió el documento y empezó a leer:

 

“Nunca pude resistir que mi esposa se divorciara de mí. Ni el alcohol, ni la mota, calmaron los días de sufrimiento. Quería que volviera y estar nuevamente con mi hija. Tal vez por eso me acerqué a Dios como nunca. Le pedí perdón por todas mis ofensas y cuestionarlo todo con mis acciones, pero no quiso escucharme; siempre fue díscolo conmigo. No hallaba la manera de acercarme a ellas, ahora felices con el tal Uriel, así que acudí a la santería, a la brujería. Ellos hicieron contacto con distintos seres que me visitaban cada noche. Hablaban conmigo, sobre su manera de ayudarme para volver a tener a mi familia como antes.

 

Pensé que me estaba volviendo loco, así que me recluí en un hospital siquiátrico donde conocí al doctor Javier Suárez. Él trató de ayudarme pero ya no tenía nada más qué hacer, ellos vivían en mí, se alimentaban de mi tristeza y mi depresión, así que tuve que escapar del Instituto Nacional de Psiquiatría para pedirle un último favor al doctor Suárez. Siempre cordial conmigo, me dijo que recurriera a la fe, acercarme a Dios para salvarme. Me prestó un pantalón caqui, una camisa azul y me regresó los lentes con los que ingresé al hospital. Acepté y mientras me llevaba a casa, habló con un cura para que platicara conmigo sobre lo que hice con los chamanes en el panteón Dolores durante 13 noches seguidas. La cara del doctor era de preocupación pero no quiso alarmarme más.

 

Llegamos a mi casa y la grata sorpresa fue ver a mi hija en la puerta. Se había peleado con su madre y quería quedarse conmigo unos días. Ella no sabía todo lo que me estaba pasando y el doctor tampoco quiso preocuparla, así que entramos. Me recosté en la cama mientras que Emilia se quedó sentada viendo la televisión.

 

No tardó mucho en llegar el cura y cuando me vio postrado en la cama, su expresión fue de pánico, quiso salir a toda prisa; le decía al doctor que no estaba capacitado para ayudarme, que él tampoco y que debían salir los tres cuanto antes. Traía una cruz de madera, un rosario y una biblia. El doctor le imploraba que no debía morir igual que su madre, que él se quedaría hasta que llegara con más ayuda. De pronto sentí una presión muy grande en el pecho; se me infló y parecía que explotaría algo dentro de mí.

 

Mi voz cambió, pedía un ritual; mis piernas tronaron y empecé a tirar todo lo que había alrededor. De un golpe voltee la cabeza del doctor Suárez. Mientras el padre huía despavorido, tiró el crucifijo y su rosario, sin embargo, Emilia entró a mi cuarto. Estaba asustada, no sabía lo que pasaba conmigo. Yo estaba tragándome entero el rosario.

 

Cuando la vi, tomé el crucifijo y se lo enterré en el cráneo, justo en el costado izquierdo. Mi hija cayó muerta al instante. Eso logró que me detuviera por unos instantes. Las lágrimas me brotaron; me quería morir por mi crimen, aunque nunca pude tener control sobre mí, sabía que todo era mi culpa.

 

Levanté a mi niña y la puse en el sillón, ése que tanto le gustaba y lo único que mi esposa me dejó sacar de casa. Al doctor lo puse sobre la cama, sabía que alguien lo encontraría ahí tarde o temprano, al igual que a mi pequeña Emilia.

 

Si estás leyendo esto, sabrás que soy culpable de todos los crímenes. Ésta es la última vez que escribo ahora que los demonios soy yo. El rosario lo vomité y lo puse junto a la cruz en una pequeña caja debajo de mi cama. Por favor, dale sepultura a mi hija, al doctor Suárez, pero sobre todo, no me busques, soy un soldado del infierno.

 

Atentamente:
Óscar Andrés Mérida”

 

Hasta ese momento, Andrés recordó cada momento. El día que se recluyó en el psiquiatra; los enfermos que ahí vivían; las historias que le contó el doctor Suárez sobre casos similares; los demonios que en él vivían; que nunca más vería a su hija y que todo el día, desde que tomó el periódico, hasta que regresó a escribir a casa, había sido una alucinación, una última manera de luchar con sus ocupantes.

 

—Te perdono, papá, no fue tu culpa— escuchó de nuevo un susurro.

 

Su rostro se llenó de lágrimas nuevamente, arrepentido de todo lo que hizo. Sabía que lo único que le esperaba era vivir tras las puertas del infierno, mismas que ya lo esperaban desde hacía tiempo.

Ritual incompleto (1/2)

Se necesita encontrar el paradero de Óscar Mérida. Es de estatura media y complexión delgada. La última vez que se le vio, vestía camisa azul, pantalón caqui y llevaba lentes de armazón. Si lo ve, repórtelo al 060 o acuda al policía más cercano.

 

Ya ni la chingan estos periódicos. Cada vez traen más anuncios que notas. Por eso estamos tantos reporteros desempleados o mal pagados. Y todo por culpa de los pinches chamacos que se bajan los calzones a la primera oportunidad que les ofrecen.

 

—¡Ya papá! No me amargues el desayuno en sábado. Eso de escuchar las quejas de mi mamá todos los días, sobre cómo se porta con ella Uriel y que ya no la trata como antes, resulta cansado, para que los días que me toca verte también tenga que escuchar tus broncas.
—Perdóname mija. Pero es que ahora sí ando bien apretado. Todavía no me terminan de liquidar los últimos dos meses que trabajé en Excélsior, y ya nadie quiere darle chamba a un periodista de 45 años. Por eso ando escribiendo un reportaje que mínimo me va a dar lana de aquí a lo que termina el año.
—¿Y cómo vas con eso?
—Ya casi lo termino. De hecho hoy tengo una entrevista con un doctor para que me explique con detalle una variación del síndrome catatónico. Un nuevo tipo de esquizofrenia que se ha manifestado de manera distinta en varios pacientes.
—Entonces ¡¿Me voy a quedar sola?!
—No, si quieres vamos. No me voy a tardar.
—No papá, mejor te espero. Siempre me aburro cuando trabajas.
—Pero si te quedas es para terminar la tarea. Nada de computadora, celular o esas porquerías en internet. Por favor.

 

El desayuno continuó durante 10 minutos hasta que terminaron el cereal y los huevos revueltos hechos la noche anterior. Andrés fue a su cuarto mientras que Emilia se quedó sentada en el sillón viendo la televisión.

 

—Emilia, ¿dónde pusiste los libros que estaban en mi escritorio?
—Yo no tomé nada.
—¡Carajo! Se me va hacer tarde, siempre es lo mismo. Todos los días se pierden las cosas pero esto es el colmo. ¡Emilia, ayúdame chingao!

 

La adolescente se levantó y entre los dos buscaron las notas perdidas. Andrés buscó debajo de su colchón, mientras Emilia revisaba entre el desorden de su padre. Finalmente encontraron los libros y sus recortes dentro de una caja húmeda, casi deshecha, que estaba enterrada entre las herramientas de Andrés. En las cosas se encontraba un crucifijo quebrado de la punta y un rosario manchado con aceite fresco. Parecía de coche.

 

—¿Es tuyo?— preguntó Emilia desconcertada. Sabía que su padre se consideraba laico en extremo y no era común ver imágenes religiosas en su departamento. Ni siquiera cuando vivían juntos.
—No, y francamente no tengo idea de cómo llegaron mis notas ahí. Han pasado cosas muy raras últimamente. Da igual, voy tarde y todavía tengo que venir a escribir el final del reportaje— tomó los libros, las notas y dejó con cierto desdén los menesteres religiosos, justo a lado de su cama. Salió del cuarto aprisa mientras su hija volvió al sillón sin hacer más preguntas.

 

Mientras viajaba en el metro hacia la colonia Roma, Andrés repasaba los testimonios recabados. Párrafo por párrafo, leía a quienes habían tenido contacto con esta enfermedad: pacientes, familiares y doctores.

 

“Parecía que sus manos tenían artritis. De repente su piel era igual a la de un anciano de 70 años. Manchas y arrugas empezaron a cubrir sus dedos, luego sus nudillos y por último sus brazos por completo. Mi hijo de 17 años había envejecido en segundos y sus articulaciones eran como ramas secas. Sus ojos mantenían la mirada fija sobre el rincón de la pared y sus piernas parecían estar separadas de su cuerpo y completamente al revés. Yo le daba los medicamentos pero nada más no pasaba nada. Mi marido y yo estábamos muy desesperados por no poder ayudar a nuestro hijo”.

 

Narraba una entrevistada. Otro testimonio, el de un médico, decía:

 

“El paciente Saúl González, presentaba síntomas muy poco ordinarios. Constantemente tronaban y se fracturaban sus huesos y a los pocos minutos se volvían acomodar. Moretones y sangre molida salía de sus poros cada vez que eso ocurría. De no haberlo escuchado y visto, tal vez nunca le habría creído a las enfermeras lo que pasaba con Saúl.

 

En principio pensé diagnosticarlo con el síndrome del hueso de vidrio, pero en instantes todas las laceraciones, fracturas y contusiones desaparecían. Cuando eso ocurría, Saúl volvía a la normalidad. Muchas veces me pidió que lo diera de alta, pero yo no podía, su condición era realmente frágil”.

 

El único paciente vivo que encontró y logró entrevistar, con voz agonizante, le dijo a Andrés:

 

“Es bien chistoso que la gente no crea en fantasmas, nahuales o la misma brujería. Se lo digo porque yo los he visto. No son como los cuentan en los mitos de las abuelas; a veces hasta parecen personas normales. Rondan en mi cuarto. No respetan si es día o de noche. Si hay gente o estoy solo. Ellos llegan. Se meten entre mis uñas o mis párpados y cuando llegan a mis oídos, parece como si rompieran vidrios adentro, y con las uñas arañaran un pizarrón o algún tubo. Me muero de hambre pero cuando algún nahual no anda de buenas, me aprieta la barriga y clarito siento cómo entra hasta provocarme diarrea y vómito. Por eso ya no como, ya sólo quiero que la patrona me lleve, se lo he pedido pero ellos no la dejan, la amenazan y ella le saca. No la culpo, su olor a perro muerto y su cara repleta de costras abiertas, con sangre negra aguada saliendo de ellas, debe ser la razón por la que no se acerca a ellos. Antes le pedía a la morenita que me perdonara y me dejara descansar, pero ya ni fuerzas tengo para hablarle, total, ni caso me hace”.

 

Andrés recordó que cuando le preguntó más sobre la apariencia de sus alucinaciones, una silueta se dibujó entre las cortinas de su ventana, un vendaval furioso azotó la pared y el paciente, de nombre Jair, desvaneció sus ojos y comenzó a abrir y cerrar la mandíbula con tal fuerza, que después de unos segundos, escupió su lengua como si fuera chicle. Días después se enteró de que Jair había muerto a consecuencia de un paro, aunque una de las enfermeras le dijo a Andrés que cuando lo encontraron en su cama, sus ojos quedaron completamente negros, su mandíbula estaba pegada a su cuello, además, la piel quedó agrietada, seca y con las venas reventadas.

 

Pronto llegó con el doctor Suárez, un médico retirado pero que se especializó en enfermedades mentales durante mucho tiempo. Su convivencia con trastornados mentales desde sus primeros semestres de la carrera, le hicieron fascinarse por tratar a dichas personas. Sin embargo, la verdadera razón por la que el doctor Javier Suárez mantenía tal pasión por encontrar alguna cura, se debía a que su madre había sufrido distintos colapsos nerviosos, que derivaban en flagelaciones a sus genitales y su cara, principalmente. El último episodio ya no sólo contempló un ataque a sí misma, sino que degolló a una de sus trabajadoras domésticas y a otra le arrancó la oreja con sus propias uñas, para después devorarla con tal desenfreno, que hasta se comió las yemas de sus propios dedos. El doctor no tuvo otra salida que internar a su madre en la Clínica San Rafael hasta que murió de inanición.

 

Andrés conocía a la perfección los detalles de la historia, así como los prolíficos estudios que el doctor Suárez emprendió durante 15 años, posteriores al fallecimiento de su mamá.

 

Ya en la casa de Suárez, ubicada en Jalapa 75, Andrés comparaba sus entrevistas con los libros y documentos del doctor, ahora casi inmóvil a causa de la gota y la vejez.

 

—Doctor, ¿Cómo se puede hablar de una nueva enfermedad, si en ninguno de los casos hay patrones de conducta similares?
—Ahí es donde está la lógica de esta patología, en su falta de continuidad. A lo largo de mis investigaciones, noté que este tipo de síndrome mostraba comportamientos distintos entre pacientes. Sin un rango de edad específico y con síntomas que iban desde la contracción de sus articulaciones, cambios de voz, hasta deformaciones en el cuerpo.
—¿Qué tipo de deformaciones?
—Ondulaciones sobre su estómago, piernas y cara; cicatrices largas que aparecían y se desvanecían sin razón aparente. Cambios de pigmentación, similar al vitiligo, pero con manchas negras muy marcadas. Algunos de ellos eran capaces de romper las paredes con la frente, aun con cuadros de importante deshidratación, anemia y debilidad. Lograban partirse el cráneo, exponer su corteza cerebral y seguir golpeándose. En unos casos me percaté de fracturas constantes en vértebras, pero que nunca los dejaron paralíticos. Algo fascinante, pues en esos casos podían patalear, manotear y hasta saltar.
—Doctor, y todo eso ¿lo presentó su mamá?— dijo Andrés.

 

El doctor cambió de expresión de manera radical. Sus ojeras se pronunciaron como si no hubiese dormido en semanas y la mirada quedó estática, sin parpadear, en la repisa de su estudio, justo en una vieja fotografía de su madre.

 

—Mi madre era una santa, grandísimo pendejo— contestó con un agresivo tono de voz. Andrés cerró los ojos por unos momentos al notar la delicadeza de su pregunta y quiso replantear su cuestionamiento, no obstante, el doctor Suárez ya estaba de pie frente a él, pese a su inválida condición.
—Dime, estúpido. Crees que la golfa de tu mujer no piensa que eres un fracasado. Por eso te abandonó y se fue con ese don nadie, pero que la tiene más grande que tú— decía el doctor mientras su boca se desviaba hacia la izquierda.

 

Andrés quedó paralizado ante la situación. Nunca había visto a Suárez de pie, mucho menos lo había visto ser tan agresivo. Por supuesto, jamás le había contado de su situación marital.

 

—De mí no se libra nadie. Ni siquiera la perra en celo que tienes por hija. Iré a tu pocilga, a esa cloaca repleta de mierda a la que llamas casa. Entraré y la violaré hasta matarla y luego…— Andrés asestó un puñetazo en la quijada de Suárez, lo que provocó que cayera en una mesa de centro y la rompiera. Mucha sangre empezó a salir del cuerpo decrépito, mientras Andrés tomó sus cosas y salió de la casa a toda velocidad.
—Ritual— pronunciaba apenas Suárez.
—¿Qué hice?— se preguntaba Andrés una y otra vez mientras corría hacia la estación de Insurgentes.

 

A la espera del tren, Andrés seguía incrédulo ante todo lo ocurrido. El que Suárez estuviera de pie, hablará sobre Emilia y su esposa.

 

—Coincidencia. Delirios de un viejo loco expulsado de la comunidad científica por hacer experimentos con sus pacientes— se decía a sí mismo para justificar su ataque.
El tren llegó y frente a él, un limosnero sin piernas y sin brazo derecho bajaba. Su mirada, andrajosa como todo lo que habitaba en él, recorrió a Andrés de manera rápida, pero detallada. El hedor de sus harapos hicieron que Andrés volteara la mirada y entrara rápidamente al vagón.
—Vas muy tarde. Te esperan desde hace bastante tiempo— dijo el pedigüeño.

 

Andrés reaccionó al escuchar la espeluznante voz, pero antes de que pudiera cruzar palabra con el sujeto, las puertas se cerraron y el mutilado hombre desapareció en el andén.

 

Comenzó a sugestionarse, Emilia estaba sola en casa y su urgencia por llegar se hizo incontenible. Bajó del metro y tomó un taxi para llegar a su casa que se encontraba a unas cuadras.

 

Entró, pero fingiendo serenidad, pues a su hija siempre la había obligado a creer únicamente en lo tangible, gritó:

 

—¡Emilia! Ya volví. ¿Dónde estás?— Al no recibir respuesta la poca tranquilidad que le quedaba desapareció y entró en pánico. Corrió rápido gritando el nombre de su hija, siempre sin recibir respuesta. Volteó su mirada hacia el sillón frente a la televisión y ahí yacía un cuerpo. La palidez en su rostro denotaba que su imaginación lo traicionaba al crear las peores escenas de lo que podría haberle pasado a su hija. Se acercó sigiloso.
—Emilia, mija…— tocó su hombro y la volteó a ver.
—¿Qué pasa, papá?— respondió la adolescente, modorra y con un ojo semi abierto.
Andrés se sentía aliviado. Los peores segundos de su vida se esfumaban.
—Nada, ya llegué. ¿Comiste?
—Tardaste mucho. Dijiste que ibas rápido.
—Perdona, estuve mucho tiempo con el doctor Suárez— a su memoria volvía la manera en la que había terminado.—Te voy a preparar algo de cenar.
—No te preocupes, pa’, no tengo hambre. Mejor acaba tu reportaje para que ya nos vayamos a descansar. Ya no quiero estar aquí, me duele mucho la cabeza— contestaba con los párpados cerrados.
—Bueno, me apuro y nos vamos a dormir— respondió extrañado. Su hija era de buen comer y nunca había sido muy considerada con su trabajo, sin embargo, no discutió la petición. Era un hombre obsesivo y no dejaba las cosas a medias tratándose de trabajo.
Andrés se dirigió a su cuarto y antes de cerrar la puerta, fue interrumpido por Emilia.
—Por cierto, papá. Unas personas vinieron, creo que te estaban buscando.
—¿Y qué querían?— contestó pasando saliva. Sospechaba que por lo ocurrido en casa del doctor Suárez.
—No sé. No les abrí porque ni siquiera tocaron, sólo escuchaba murmullos. Entre sueños escuchaba a una mujer llorando, eso me hizo despertar. Iba a preguntarles sobre qué querían pero se fueron y cuando abrí la puerta ya no había nadie— Decía mientras permanecía acurrucada en el sillón.

 

El nerviosismo de Andrés regresó a su frente, que poco a poco era cubierta por el sudor de lo ocurrido en casa de Suárez. No quiso pensar más en ello y se metió a terminar de escribir su reportaje.

 

A golpe de máquina, Andrés redactaba una cuartilla tras otra. Las ideas llegaban como pequeñas imágenes que sus dedos aprovechaban para dar forma a lo que a su juicio, era una bomba periodística que le devolvería un poco del potencial que nunca terminó de explotar, y cuyo talento, se perdió entre las páginas de periódicos populacheros, amarillistas y tendenciosos.

 

“Pocos casos han capturado tanto la atención de la ciencia y la medicina. El Síndrome Catatónico, se ha encargado de desafiar los patrones de otros tipos de esquizofrenia, demostrando que el sistema de salud público está indefenso ante un problema que va en aumento, y cuyo número de pacientes se mantiene desconocido, ocultos, entre los huecos de la moral y la vergüenza de este siglo. Es quizá la razón por la que se sigue viendo a la religión, como la única forma de robar unos segundos de aliento a la única personificación de la democracia: la muerte”.

 

Al rematar esa oración, un ruido de pequeños pasos se escuchaban bajo la cama. Desde que se había sentado a escribir, los había notado, pero en esta ocasión eran más fuertes. Como si un perro caminara debajo de la cama. Andrés detuvo su labor un segundo y se agachó para encontrar el latoso sonido, no obstante, el pequeño radio que su abuelo le regaló cuando niño, se encendió:

 

“Una noticia espeluznante la que acaba de ocurrir. Se trata del homicidio de una muchacha de aproximadamente 16 años y de un posible doctor de la tercera edad. Las primeras averiguaciones de la procuraduría señalan que se trató de un ataque vinculado a los rituales satánicos que ocurren desde hace semanas en el Distrito Federal y el área conurbada. Hasta el momento no se conoce la identidad de la joven, del doctor, ni de los criminales que terminaron con sus vidas de esa manera”.

 

—¡Diah!— Un grito agudo, recorrió con tal estruendo todos los rincones del departamento, que rompió un par de vidrios del baño. Andrés iba a pararse, pero antes de hacerlo, una pezuña lo sujetó muy fuerte. Andrés trataba de liberarse, pero mientras más jalaba, más ensordecedor se hacía el sonido; de pronto, un brazo comenzaba a asomarse, estaba descarnado. Una segunda pezuña salía de la cama. Andrés seguía luchando para zafarse pero entre el forcejeo, unos ojos color amarillo lo veían profundamente.
—Ritual— decía la voz que del ente emanaba.
—¿Quién eres?— respondía Andrés.
—¡Ritual!— gritaba el monstruo que poco a poco mostraba sus ojos de venado y trompa de tapir. Su cabeza, pequeña como la de un bebé, escurría su cerebro por sus orejas, parecidas a las de un murciélago. Su hedor era igual a la de un animal en descomposición. La criatura sacaba sus piernas, acomodadas con la habilidad de un cangrejo y sus patas eran dedos con garras dispares y chuecas.
—¡Ritual!— seguía gritando el monstruo mientras sus omóplatos se desprendían para formar una especie de alas repletas de sangre. Sus intestinos estaban expuestos y asemejaban pequeñas cabezas humanas.

 

Andrés seguía forcejeando para poder ir con su hija y salir del departamento. Las luces se apagaban y pequeños destellos simulaban rostros con expresión de sufrimiento.

 

—¡Emilia!— gritaba Andrés hasta que logró liberarse.

 

Corrió hasta su hija para revisarla, pero cuando llegó hasta ella, notó que sólo había sangre sobre el sillón. Estaba muy confundido, no sabía qué hacer ni dónde encontrarla. Las luces se encendieron nuevamente y un susurro le dijo al oído:

 

—Revisa lo que escribiste.

 

(2a parte, aquí)

Te lo cambio por una foto

Concluyó el recorrido turístico que el primero de noviembre se realiza en el Panteón de San Nicolás, en León. El grupo de prensa caminó hasta el punto de reunión, cerca de la entrada, y se dispuso a hacer el recorrido de las ánimas que deriva en la Plaza central.

—Viri, ¿me prestarías tu angular, por favor?
—Por supuesto.

Viri lo buscó en su maletín, pero no lo encontró. Rememoró e intentó recordar el itinerario que siguió. ¡Ahí debía haberlo olvidado! Encima de aquella tumba alta y a punto de caerse, aquella que estaba al lado de la más vieja de todo el panteón. Sin pensarlo, echó a correr para recuperar su costoso lente que, si nadie había tomado, debía encontrarse casi hasta el fondo del lugar.

La gente ya salía del sitio, así que Viri caminaba a contracorriente, pero aun así se abría paso entre las personas, además debía apresurarse porque en cinco minutos cerraban el panteón y quedaría desalojado.

Llegó a la tumba en cuestión y el lente ya no estaba ahí. Echó maldiciones contra sí misma por ser tan descuidada con su equipo de trabajo, pero ya no había nada qué hacer, miles de personas habían estado ahí. Era caso perdido intentar recuperarlo, así que caminó de vuelta al punto de reunión. La puesta del sol era hermosa, el cielo rojo cubría las lápidas y cada uno de los nichos; Viri, como buena periodista, tomó su cámara y realizó algunas fotos como si el tiempo no apremiara. Luego la noche cayó y aprovechó el cambio de luz para hacer unas cuantas más, así lograría tomas únicas que ninguno de sus colegas habrían captado.

Tras más de un centenar de fotografías caminó hacia la salida y al llegar notó que ya no había nadie, pero además ya estaba cerrado. Buscó su teléfono y vio la hora, 7:23 y 1% de pila. Casi en automático, se apagó.

—¡No puede ser que haya perdido así la noción del tiempo!

Volvió a maldecirse, tenía que salir de ahí y llegar a la caminata, era el evento más importante del Festival de la Muerte y no podía perder la cobertura. Recordó que había visto otras salidas, así que decidió buscarlas. Otra posibilidad era que en el camino encontrara al panteonero y éste la dejara salir. Intentó mantener la calma y hallar una solución.

Rodeó el panteón y todas sus entradas estaban no sólo cerradas sino desiertas, toda la gente debía estar ya, al menos, a medio camino entre ella y la Plaza central, punto de arribo de las ánimas.

—¡Shhh! ¡Cállate! —susurraba alguien conteniendo la risa a otra persona que también lo hacía.
—Eso intento, pero no puedo —apenas si pudo entender Viri.
—¡Cállate o alguien nos va oír!

Viri intentó escuchar de dónde provenían las voces y una vez que localizó a las personas caminó hacia ellos. Se trataba de una pareja sentada en una banca de madera, una chica de piel muy blanca y cabellos muy negros, bella y espigada; él era de belleza no muy pronunciada, también de piel blanca y complexión media, barbón y sonriente. Conforme se acercaba se dio cuenta de que la mujer tenía entre las manos su angular.

—Qué tal, chicos, buenas noches… —un breve silencio— saben, ese lente es mío, hace unos momentos lo olvidé encima de una tumba, donde supongo lo encontraron. Es parte de mi equipo de trabajo, así que quiero pedirles que me lo devuelvan.

El hombre se adelantó y no dejó que la mujer contestara.

—¿Tu equipo de trabajo? ¿Qué haces con él? ¿A qué te dedicas?
—Lo ocupo para tomar fotografías, soy periodista y vengo del Distrito Federal a cubrir el Festival de la Muerte. Por cierto, ¿ustedes saben cómo puedo salir de aquí? No he encontrado al panteonero y todas las salidas están cerradas.
—Ya veo. ¿Y qué dirás de León? —omitió su consulta.

Viri no esperaba tal pregunta, no supo qué contestar. En realidad aún no sabía qué enfoque le daría a su nota, así que inventó algo para salir del paso.

—Hablaré de la manera en la que los leoneses construyen su propia tradición. Me parece que…
—Oye, oye, entonces dime, ¿para qué sirve esta cosa? —dijo señalando el lente que a Viri le hubiera gustado arrebatarle.
—Sirve para hacer fotos panorámicas y captar mayor porción del paisaje en la imagen, así que como te imaginarás, lo necesito mucho para las fotos que debo hacer. ¿Sí me lo podrían devolver, por favor?
—No lo sé, esta cosita me gustó mucho. Había pensado darle otros usos diferentes a los que tú me dices…
—¡No! Es que no tiene otros usos, ese lente es para lo que te digo y ya, además es muy caro…

La pareja se miró y ella se mostró piadosa ante la petición de Viri. Ladeó su cabeza y le sonrió al hombre. Viri no supo si esa sonrisa era de bondad o de ironía.

—Está bien, te lo devuelvo. Bueno, no sería devolver, te lo cambio por una foto.IMG_9391-1024x682
—¡Por supuesto que sí! Ustedes elijan el lugar donde la quieren y yo la tomo.
—Aquí. Aquí la queremos.

Siguieron abrazados y sonrieron a la cámara. El flash ahogó esa parte del panteón con su luminiscencia.

—¿Podrían levantarse ahora?

Y ellos se levantaron. Tras una pequeña sesión de fotos donde aparecían no sólo los enamorados sino el lente, ellos se lo devolvieron. Viri quedó muy agradecida y les tendió la mano con una tarjeta donde venían sus datos y el nombre del medio en el que publicaría las imágenes.

—Aquí pueden encontrar las fotos y con suerte quizá también en su versión impresa pueda colocarlas.
—Hombre, pues gracias. Te acompañamos a la salida, si gustas.
—¿Creen que ya esté abierta?
—Seguro que sí. Vamos.

Al llegar, los candados del panteón San Nicolás ya no impedían la salida.

—¡No lo puedo creer! Es una fortuna que esté abierto, ¿también ustedes se dirigen a la caminata?
—Gracias, no; nosotros nos quedamos, ¿verdad, amor?
—Como gusten, yo debo irme. Gracias de nuevo por la devolución y por acompañarme.
—Esta es tu casa, vuelve cuando así lo desees.

Viri, sin notar que el hombre hablaba como si se tratara de su casa y no de un panteón, pidió una última fotografía bajo los arcos del San Nicolás. Al disparar el flash, la pareja se disipó en el aire que se llenó de partículas grisáceas, recordándole a Viri que polvo somos y en polvo hemos de convertirnos.

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Suspiro

Por: Guadalupe Fernández

 

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Lanzó un gran suspiro que se desvanecía en el aire frío del bosque. Comenzó a angustiarse. Sólo se oía un llanto estruendoso, como si se fuera asfixiar por la desesperación ¿Dónde estaba su niña, su bebé? Se echaba la culpa, si no la hubiera llevado en el asiento de adelante en aquél automóvil negro…, tal vez ya la hubiera encontrado. Desolada, Rosario comenzó a buscar entre los arbustos, entre las yerbas y hasta por debajo de las piedras, literalmente. Nada. No estaba, se la había llevado el viento. Su mente comenzó a nublarse. Sus enormes piernas, ahora llenas de moretones, se debilitaban; su piel blanca palidecía cada vez más. Estaba a punto de desmayarse.

 

Todo fue por una pequeña distracción. Casi moría por un accidente automovilístico. Rosario miraba cómo su hija de un año jugaba con su sonaja y sus delicados labios esbozaron una ligera sonrisa. Entró a un camino de dos carriles. Apenas veía los cerros y los árboles de alrededor del camino a través de una espesa neblina.

 

Entonces, una enorme camioneta Pick up roja se cruzó en su camino. Por quererla esquivar, cayó en una depresión fuera de la carretera, tal vez de un par de metros de profundidad. El auto se había volcado. Durante un instante recorrió su vida entera y en su mente pudo ver a la muerte cerca como una sombra fría y seca que se alejaba sin previo aviso.

 

Tuvo suerte. Despertó de unos minutos de inconsciencia, se talló sus pequeños ojos castaños de pestañas largas. Se quitó su largo cabello negro de la cara. El parabrisas estaba totalmente roto y el techo abollado. Delgada, como era, logró escurrirse por una de las ventanas para intentar salir del Tsuru. Apenas podía moverse. Descansó un momento sobre la tierra, no podía más. De pronto recordó a su hija, Alicia, ¿dónde estaba? Debió haber salido por el frente, o tal vez quedó aplastada por el vehículo…

 

Rosario olvidó sus propios golpes y la posibilidad de haber muerto, eso ya no era importante. Ahora, su sepultura sería representada por la desaparición de su pequeña hija. Alicia estaba en peligro por una causa antinatural provocada por el descuido de su propia madre.

 

No supo cuánto tiempo la buscó pero ella sintió que fue toda una eternidad, hasta que por fin cayó inconsciente. Un golpe en la cabeza le produjo un sueño instantáneo. Dentro de él comenzó a delirar: monstruos la perseguían, dedos la señalaban, insultos le decían “Inmunda, no deberías ser madre”. Deseaba estar encarcelada porque creer que el accidente era un terrible asesinato cometido por ella misma.

 

Por fin llegaron los paramédicos que bien parecían ángeles con sus uniformes blancos, ellos podrían regresarle el alma, regresarla a la vida ¿Pero de qué servía sin Alicia? De pronto un llanto infantil se escuchó. Podía ser un milagro. No, era más que eso.

 

Los médicos la habían encontrado a la bebé a unos cuantos metros delante del accidente, situación inexplicable porque la madre había recorrido mucho más. La niña estuvo inconsciente por el mismo tiempo que Rosario la había buscado, por ello no había escuchado los gritos de su hija. Alicia abrió sus ojos infantiles, sus signos vitales funcionaban bastante bien. El pequeño rostro estaba rojo por el llanto. Alicia se ahogaba en lágrimas y Rosario en culpa. Su cuerpo estaba en buenas condiciones, salvo algunos moretones escondidos por gruesas capas de mugre y dos costillas rotas que dificultaban un poco su respiración y su llanto.

 

Ambas se fueron en la ambulancia. Sólo parecía haber sido un largo susto, más bien, un suplicio. En medio de doctores, máquinas y medicamentos, Rosario recordó de nuevo el peligro en el que estuvo su bebé y su mente comenzó a nublarse. Le llegó el mismo llanto estruendoso que tenía durante la búsqueda y la taquicardia. No podía respirar, sus signos vitales se desvanecían. No importaba, su hija ya estaba bien, con vida, a salvo. Rosario sentía que ahí terminaba todo. Un suspiro se desvaneció en aquella ambulancia.

 

Memorias de Tlateyork

Por: Emiliano Ruiz Villalba

 

Tlatelolco

 

David es un niño de 6 años que gusta ir a visitar a su abuela que vive en el edificio Miguel Hidalgo de Tlatelolco. A él le gusta ver, desde que sale de la estación, los puestos que lo reciben con dulces, chicles y papitas. También le divierte observar que en las jardineras cercanas al metro juegan niños a las escondidas, perros que son paseados por sus amos y jóvenes que juegan futbol.

 

Teresa, su mamá, usa pantalones de mezclilla, botas y una camisa de flores, un paliacate en la cabeza adorna su revoltosa y rizada cabellera. A David le agrada usar la chamarra azul cielo que le regalaron, pantalones como los de su madre y unos zapatitos también de charol que brillan con la luz del Sol. Él piensa que son mágicos y que lo transporta a distintos lugares.

 

Ir con su abuela se convierte en una aventura de la cual David es partícipe. Cuando camina de la mano de su mamá se percata que el olor a tierra, arbustos verdes y cemento, se vuelven fuertes al pasar por las jardineras y los grandes pasillos que constituyen Tlatelolco. El pequeño le ha dicho a su madre que donde vive su abuela es un laberinto lleno de hojas y techos anaranjados.

 

Si caminan un poco más, encontrarán un puente de piedra que conduce a David a una gran montaña azul, la cual, con ayuda de sus zapatos mágicos, podrá subir fácilmente. Le divierte ascender por la parte donde no hay escalones, así su imaginación vuela. Mientras sube mira hacia arriba e imagina la vida de las personas que habitan los departamentos que se logran ver a lo lejos. En la punta de la montaña, David le pide a Teresa que lo cargue para ver los coches pasar en la Avenida Manuel González.

 

Aún no había Metrobús. La avenida grandísima se llena de bochitos de todos los colores: azul, verde, rojo, amarillo, negro. Algunos autos son modelos más modernos, aunque David no conozca las marcas de ellos. Las personas se ven más chiquitas, como pulgas.

 

El momento esperado llega con emoción. Es hora de bajar corriendo el puente de piedra, una montaña imaginada por el niño con zapatos de charol. David suelta a Teresa con entusiasmo. Teresa le advierte que pise con cuidado. David no escucha, se le ve feliz por correr de bajada y sentir el frenesí del aire en el cabello largo y chino.
David espera a su madre. Se asoma al puesto de revistas de un costado. Las caras de los famosos son casi desconocidas para él. Finge conocer a todos y ríe al tratar de imitar los rostros de las modelos de una revista de moda.

 

Teresa le toma la mano para cruzar hacía el Miguel Hidalgo. En la jardinera, frente el local del servicio telegráfico, está un anciano que vende dulces típicos. Sus manos son venosas y llena de arrugas. La joroba le pesa, como si de los años se tratara. El suéter café y la barba blanca hacen juego con una cara morena, serpenteada por la edad. Unos ojos tristes provocan el mismo sentimiento a David.

 

En la barra de concreto, el señor de los dulces expone cocadas anaranjadas con un tono negro en la superficie; gomitas de rompope amarillas y llenas de azúcar; tamarindos envueltos en papel celofán; habas cubiertas de chile piquín, semillas en bolsitas que apenas pueden verse; dulces de leche; jamoncillo…

 

A David siempre le ha dado mucha tristeza el señor. Imagina que llega la tarde y el frío hace que éste se quede congelado en medio de la jardinera. También piensa que nadie le compra y que espera mucho tiempo para conseguir dinero. Siente angustia al ver esos ojos tristes que imploran unos pesos para su camión de regreso.

 

Siempre que David va a casa de su abuela, el señor está ahí. Por eso, desde que vio esos ojos apagados, decidió que pasaría con los ojos hacia el suelo; así no vería la cara sucia y arrugada, y se concentraría en sus zapatitos de charol.

 

Teresa le dice buenas tardes al señor de los dulces mexicanos. El señor hace una reverencia con su cabeza. David pasa sin ver, con la mirada baja. Teresa y David siguen caminando hacia la entrada del edificio. El niño voltea para corroborar que el anciano no llore por no haberle comprado nada, pero lo que logra ver es a un hombre que le sonríe y le dice adiós con esas manos pesadas…

La despedida

Por Emiliano Villalba

No tuve nada qué decir. Estaba hecho. Te habías ido.

Esta mañana no fue diferente a las anteriores. Quizá dormí mejor, ya nadie roncaba en la casa. Serví café, vi las noticias. La rutina sin ninguna alteración. Salí de casa.

Crucé la calle y con ahínco llegué a la entrada del metro Insurgentes, la glorieta estaba completamente vacía. Algo extraño porque era lunes. Extraño porque siempre te quejabas de que había tanta gente en la calle. Dichoso porque llegaría a tiempo al trabajo. En el vagón tampoco había gente. Sonreí, pensé que esto debía ser algo tan bueno para ser real.

En el trabajo alguien había ocupado mi puesto. Recordé lo que me dijiste aquel día cuando lloraba en mi almohada: “algún día alguien estará en tu lugar, y sabrás cuánto esfuerzo haces” tal vez la alegoría de una persona sentada en mi lugar no representaba aquél dicho que dijiste, pero se acercaba un poco . No hubo rencores: tomé una silla y me acomodé al otro lado de la habitación.

En la oficina había un silencio espectral. Casi inhumano. Mis compañeros miraban la pantalla, todo era un trabajo mecánico. Yo no lograba concentrarme. A pesar de saber que ya no te volvería a ver, seguía representando tu sonrisa en mi cabeza. Taladro que hizo que me doliera hasta la hora de salida.

En la calle nada. En mi oficina ni notaron que estaba ahí, ni el chico nuevo pudo saludarme y disculparse por haber tomado mi lugar. ¿Molesto? Un poco, nada que no se pase con un buen baño y cervezas por la noche. Pasó un rato, llegué a casa. Todo estaba como lo había dejado en la mañana.

El cielo anunciaba una tormenta. Confirmé el rumor. Irías al bar que frecuentábamos con la nueva persona que (también) ocupaba mi lugar. No lo tomé a mal ni por sorpresa. Después de lo que pasó… hasta yo me hubiera conseguido algo mucho mejor. Nada nuevo, siempre pasa. Tropecé con un libro de Rosario Castellanos. Quise huir. Lo mejor fue que me vestí, me puse mi gabardina verde y salí hacia ese bar.

Ya sé, no quería incomodarte. Ni mucho menos armar una escena de celos. Sólo tenía curiosidad por saber quién era y si te hacía feliz como yo lo hice. La calle vacía, sonreí. Caminé hacía Reforma y tomé el autobús que me deja en metro Hidalgo. Fue curioso que en el bus sólo viajaba yo y que el conductor parecía algo transparente. Quise explotar al recordar todo lo que habíamos hecho hace casi ya dos años de haberte conocido.

Nada. Absolutamente nada. Quizá te sorprenda que recalque este vació citadino que me acompañó todo el camino. Pero, en realidad, no sabía qué pasaba y tampoco sabía por qué no había gente. No temí, me sentía tranquilo. Tampoco me angustié porque al fin podía disfrutar la ciudad vacía, sin nadie, tal como a ti te gustaba.

Llegué a Bellas Artes y ahí vi a personas pero todas en silencio. Sólo se oía el soplar del viento y las hojas de los abedules moviéndose. Tenía frío. Hacía frío. Caminé. Entré en calor. Mis venas bombearon más rápido al llegar al bar en la calle de Cuba.

Empezó a llover. Te vi entrar con él. Lo sé: es estúpido haber venido, pero tenía que verlo con mis propios ojos.

Me han dicho que es tu nuevo amigo. E incluso me he preguntado si te ama tanto como yo lo hice. Ya está, no hace falta explicármelo. Puedo verlo. Temo que bailaré toda la noche sin que te des cuenta que estoy ahí. Rimel, tequila, diamantina. Entré al bar y me perdí entre la gente que bailaba callada, sin expresión en su rostro.

Choqué con varios amigos que no parecieron reconocerme. ¿Tan mal me veo? ¿Hace mucho que no te veía? ¿Cómo estás? Tan lejos y tan cerca. Las luces se apagan y la música sube. Estaba parado del otro lado de la gran sala de baile. Te vi besarlo. PUM. Comencé a bailar. Solo. No me importaba que nadie me viera, comprendí que esa noche yo no sería a quien llevaras a casa y le hicieras el amor.

Desaparecí. Sé que eres feliz y me aparto. Debí haberme ido esa noche. Debí haberme ido cuando lloraste por mi cuerpo inconsciente. Debí haberme ido cuando supe que ya no volvería. Fuiste tú quien se fue. Aún me siento vivo, aunque esté tres metros bajo tierra.

 

La Quinta

Por Jazmin Alejandra Luna Orrante

Los nietos de doña Tencha, los de don Emeterio y los de doña Chente, siempre fuimos los mejores amigos, los mejores cómplices y la mejor pandilla. La calle empedrada de la Quinta siempre fue nuestra cancha de juego, nuestro punto de reunión. Vacaciones, días festivos o simplemente un fin de semana, bastaban para encontrarnos ahí, buscar unos ladrillos, unas piedras grandes y sacar un balón.

La hora perfecta era cuando el Sol comenzaba a ocultarse, en ese momento todos salíamos de casa y nos disponíamos a jugar. Los más grandes formaban los equipos y ponían las reglas del juego; los más chiquitos eran de ‘chocolate’, el que lloraba se salía del juego y el victorioso, salvaba a todo su equipo.

Un, dos, tres por mí y por todos mis amigos, escuchó cientos de veces la puerta blanca de la casa de la abuela, esa puerta que con un gran estruendo revelaba que alguien había salido bien librado. Podíamos pasar largas horas haciéndola retumbar y mirando cómo se ensuciaba, víctima de nuestros juegos.

Escondernos debajo de los autos no nos causaba conflicto, aunque la verdadera dificultad era la de nuestras madres cuando intentaban limpiar nuestras ropas, ya que nunca regresábamos limpios después de estar en la Quinta, pues la tierra, el polvo y las hojas por doquier, hacían nuestros juegos aún más divertidos. Ventanas, autos y uno que otro descalabrado, fueron víctimas de los juegos de la pandilla.

No hubo momento en que se escuchara, “estoy cansado” o “ya no quiero jugar”, todos éramos como superhéroes que no se cansaban, no lloraban y siempre estaban dispuestos a “rifársela por el equipo”, aunque eso involucrara revolcarse en el suelo, golpearse con piedras o rasparse las manos y rodillas con el suelo áspero.

El abuelo José, don Emeterio y don Toño, siempre fueron la mejor porra, los mejores cuidadores de secretos y los más traicioneros reveladores de escondites.

Siempre sentados en sus sillas de madera, frente a la puerta de sus casas, cumplían la labor de cuidarnos, claro, si el sueño se los permitía y no se quedaban dormidos en pleno partido de futbéis o a la mitad del torneo de escondidillas. Aunque no era realmente necesario su cuidado, pues con el grito de “carro”, sabíamos que debíamos correr a la banqueta y resguardarnos.

Nunca escucharemos peor grito que el de las abuelas con su frase “vengan a cenar”, pues eso implicaba entrar a casa, cenar y esperar a que un nuevo día llegara para salir a jugar.

No encuentro mejores momentos que no haya pasado en la Quinta. Cuando estábamos ahí, no queríamos que la tarde terminara, no nos importaba el calor que hacía en las tardes de verano o el frío en las tardes de invierno. El clima era siempre perfecto.

Éramos parte de una familia, una familia que no se olvidará, que llevaremos en el pensamiento y la cual recordamos las vacaciones, los días festivos o fines de semana que regresamos a la calle Quinta.

Pared

Descuelga la ventana en la pared,
tierno bloque de cal y arena, cómplice
de noctámbulos deseos sin ápice
de amor y sueños tejidos en red.

 

Dispara tus ojos llenos de sed
en figura femenina de lince,
sin bondad ni malicia, sólo vértice
de amores ajenos a nuestra merced.

 

Torna tu etérea presencia y figura
en cumbres ligeras de historia endeble,
en mí, forma retráctil sin premura.

 

Ni caricia ni palabra indeleble
ni beso con vida, ergo sepultura
mental. Indiferencia indestructible.

Miedo

Por: Salvador Mecalco Valle

 

Tengo miedo, esta noche tengo miedo.
Las nubes dibujan garras, rostros malignos.
Una sensación de arena se aloja en mi boca.
Los aullidos, ladridos y demás
[sonidos de la noche,
anuncian un mal acechante.
Siento el miedo de esas criaturas,
un miedo desconocido.

 

Es momento del estallido,
la explosión es inminente,
alguien susurra, asecha en la hierba
[mojada…
Toda la noche anuncia un panorama incierto,
[de insomnio;
La noche no es bella, es incierta
La naturaleza es monstruosa,
[peligrosa.
¿Cuál es el mal venidero?

 

¡Ah! ¿Por qué creer en mi intuición?
¿Por qué limitar esta fuerza?
Esta vez la razón no es autoridad.
La razón es miedo: el hombre es miedo.
¡Repugnante ego del hombre!
Creer que la naturaleza nos da señales
o nos presagia algo,
no significa más que nuestro eterno fracaso.

Apariciones del barrio

Todo el mundo dice que los fantasmas salen horas antes de las 12 de la noche, al menos aquí, en la Romita, mi barrio. Para mí es una gran mentira. Nunca he visto a uno solo con todos esos adornos que supuestamente traen.

Según mi abuela, ninguno se parece y todos tienen algo distintivo. Su comadre, asegura, lleva a la fecha el mandil con el que se limpió después de masticar uno de los tamales que ella misma hacía. Pecado mortal para los comerciantes, pues nunca deben probar lo que venden.

También me llegó a contar que don Rafael, primer dueño de la vecindad donde ella vive, sigue llevando el mismo sombrero café donde guardaba los billetes de la cobranza.

Como sea, todas esas leyendas son algo inverosímil. Quién en su sano juicio creería que el espectro de una vecina lleva cada mañana el jabón Foca y aparta los lavaderos.

Sin embargo, y aunque me rehuso a creer en las palabras de mi mamá la grande, siempre salgo bien abrigado. Según ella, si caminas tapado desde antes de la puesta de sol, evitas el saludo o la mirada de alguno de ellos porque siempre tienen calor y, el simple hecho de ver un suéter, les provoca un sudor agonizante y los convierte en vapor o vaho de niño.

En una ocasión acompañé a mi primo Samuel a comprar unas quesadillas con doña Lety. Mi mamá no tenía ganas de cocinar y nos pidió traer la cena. Como siempre me puse mi chaleco y mi gorro de estambre. Samuel, al ser un año más grande se sentía más maduro y no quiso hacer caso de las advertencias de la abuela.

—¡Ay mamá!, cómo puedes pensar que por un saludo nos vamos a convertir en fantasmas y estaremos condenados a ser parte de la Romita para siempre.

Tomó el dinero y salió sin escuchar réplicas. Corrí tras él no sin antes tomar la gabardina de mi Abuelo.

—Ten, póntelo. Has caso.

—Ya crece, Andrés. Deja de creer en tonterías.

—Pero…

—Ya güey, si me vas a estar molestando mejor vete a la casa.

Y siguió hasta el puesto de Lety. Como nunca, me puse nervioso por las historias que, conforme avanzaban los minutos, hacían eco en mi cabeza. Samuel estaba muy tranquilo. Parecía que realmente no le afectaban los mitos con los que crecimos durante 15 años.

Nos entregaron el pedido y regresamos a la casa. La oscuridad caía como tonel y cada vez más bultos cobraban forma. Las sombras se volvían personas y poco a poco se delineaban sus rostros, que empezaban por la boca y concluían con los ojos. Trataba de no voltear a verles, mucho menos cruzar palabra. Samuel seguía tranquilo.

En la esquina para entrar al callejón que daba directo a la vecindad, Samuel giró primero; se adelantó por dos segundos y ya no estaba. No había nadie. Entré en pánico y comencé a gritarle. Trataba de calmarme a mí mismo y pensar en que era una broma como muchas de las que me hacía con su palomilla.

Los postes daban una tenue luz cenital pero mientras más trataba de llegar a ellos, parecía que avanzaban. Casi veía sus risas burlándose de mí.

Una mano tocó mi hombro, no quería voltear pero cuando escuché la voz me tranquilicé mucho.

—¿Dónde estabas?, ¿no que no quieres volverte uno de ellos? Anda, vamos a dejar las quecas que ya se están enfriando.

Caminamos hasta la casa. Mi abuela ya estaba un poco desesperada pero no nos llamó la atención.

—Chamacos estos, siempre tan mal mandados. Órale Andrés que ya hace hambre.

Mi mamá ya había puesto la mesa. Mientras acomodaba el último mantel, vi la marca de su anillo de matrimonio. Tenía cinco años de no llevarlo puesto. Se me hizo raro y en eso voltee a ver a mi abuela; sus huaraches eran los mismos que mi padre le había regalado antes de irse a Estados Unidos, los cuales tiró cuando le pidió que si quisiera nos echara porque ya tenía otra familia.

—¿Qué te pasa?— Me dijo Samuel con una sonrisa que asomaba el diente de metal que le pusieron a los cuatro años a causa de los dulces.

—¡Todos son fantasmas!

—Sí, también tú.

—Eso no es cierto.

—Pero claro que lo es— interrumpió mi mamá.

—Abuela, esto no es verdad.

—Lo es, hijo.

—¿Pero cuando pasó, en las quesadillas?

—Oh no. Hace tiempo cuando saliste a jugar con tus amigos. Recogiste el balón en el techo de don Fernando y en cuanto te lo dio te volviste. ¿Ya recuerdas?

—¿Pero por qué me decías esas historias?

—Teníamos que prepararte.

—Entonces, ¿ya no sirve de nada mi chaleco?

—Nunca sirvió— dijo mi mamá —Para evitar a los fantasmas tenías que salir completamente abrigado y tú salías con los brazos descubiertos.

Me senté a comer e hice memoria. Ahora ando destapado siempre, la verdad, no me quiero convertir en vapor de ningún tipo.

Carta para una hermana de concreto

Por: Javier Gallardo Peralta

 

Cortesía: Cultura Colectiva.
Cortesía: Cultura Colectiva.

 

Crecimos sobre ti. El viento te ha desgastado poco a poco; las piedras de tu cuerpo lucen viejas y sucias. De aquellas letras que alguna vez pintamos en tu superficie, ya sólo quedan trazos difíciles de ver. Hace tiempo que te abandonamos, pero la alegría de nuestra infancia se encuentra intacta en el corazón.

Todavía recuerdo cuando nos sentamos por primera vez en el frío de tu concreto. Nos diste calor. Te acababan de pintar y sólo quedaba rotularte el número y nombre de la calle. Tu construcción duró varios días, ya que te reforzaron con varillas y tabiques gruesos… Pero nosotros tardamos nada más 12 horas para rayarte con plumones permanentes. Escribimos el apodo de cada integrante del grupo, formado por una decena de traviesos niños.

Desde ahí, te convertiste en nuestro refugio. Cuando el cansancio nos ganaba la batalla, íbamos ante ti, nos poníamos de espalda al suelo y alguien más aventaba agua para refrescarnos. “Ay, niños, todo el día se la pasan aplastados ahí; ¿no tienen nada mejor qué hacer?”, preguntaban con frecuencia los vecinos. Y, en realidad, no teníamos mucho qué hacer, además de ir a la escuela.

Un día decidiste que eras nuestra hermana. No había niñas en el grupo, porque sus mamás decían que éramos mala influencia y que jamás debían juntarse con nosotros. A una mujer se le debe tratar con respeto y cuidar que nadie se le acerque con agresividad: lo mismo hacíamos con nuestro territorio. Entonces prometimos vigilarte y defenderte de los intrusos que quisieran sentarse sobre ti sin nuestro consentimiento.

La primera pelea contra otros muchachos ocurrió porque intentaron ponerse en tu dura superficie. Eso jamás. Apenas comprendíamos el valor del honor. La sangre de nuestro amigo quedó regada en tu cuerpo y las lágrimas se secaron en el concreto, pero comenzaron a respetarnos. Era lo que importaba. Pero dicen que el tiempo lo daña todo… y, tal vez, en nosotros se volvió ley.

 

De a poco, las inocentes travesuras se convirtieron en acciones que terminaban ante un juzgado. O bajo una tumba. Sobre tu cuerpo frío quedó el cuerpo frío de “Gio”. Aquella noche de octubre todo terminó. La alegría de dos días de fiesta concluyó en una dolorosa llaga atravesada en el corazón de nuestro hermano. Estuviste presente. Cuando se desvaneció, tú lo atrapaste y cobijaste hasta que dio el último suspiro.

 

También nos has visto ser felices. ¿Recuerdas cuando pusimos mantas en ti y decidimos que ahí dormiríamos? Teníamos 10 años. Corrieron a nuestro hermano de su casa, y como muestra de solidaridad decidimos irnos todos a la calle. Nos refugiamos en tu concreto. Al siguiente día, nos arrepentimos y regresamos a nuestros hogares.

 

A veces te convertías en carretera para nuestros autos de juguete o en ring de lucha libre. Eres angosta, pero te adaptabas a cualquier juego que se nos ocurría. Fuiste testigo de la primera botella de alcohol que bebimos. Era de madrugada. La luna alumbraba un poco. Esperamos a que los vecinos apagaran sus luces y levantamos el primer vaso.

 

Hemos vivido al revés. Jugábamos como niños, pero hablábamos como adultos. Nunca veíamos las caricaturas. Tampoco forrábamos nuestros cuadernos con el personaje de moda. Preferíamos correr tras un balón, brincar a las azoteas de las casas ajenas… Preferíamos todo, menos estar en casa. Después, cuando fuimos más grandes y tuvimos que conocer el mundo, muchos decidieron que era hora de retirarse y hoy viven enclaustrados frente a un televisor.

 

Estás triste. Las noches son frías como tu cuerpo de concreto. Los más grandes del grupo se han casado; otros, tenemos una vida un tanto desequilibrada pero feliz; algunos más se encuentran tras las rejas de algún penal o en camino para salir de las adicciones. ¿Es triste? No lo sabemos. Lo indudable es que los mejores años los pasamos sobre ti.

 

Hace 15 largos años que pintamos nuestros nombres en tu superficie. El viento los quiere borrar. Sólo quedan recuerdos. Las piedras, sucias y viejas, nos extrañan. Algún día, quizá, nuestros murmullos regresen y los niños que viste crecer sean ya unos viejos Mientras tanto, cuida nuestro honor, banqueta querida, hermana de concreto.

Medusa

Por: Javier Gallardo Peralta

 

Medusa

 

No tiene cabellos de serpiente ni colmillos de jabalí. Sus manos son del mismo color que el resto de los mortales. Tampoco puede volar, como lo hiciera la hermana de Esteno y Euríale. Es un ser mitológico de carne y hueso. Igual que la medusa griega, ella aprovecha la luz de sus ojos, negros y brillantes, para petrificar a aquellos que la miran de frente.

 

Hoy está triste. Su risa estruendosa y aguda se convirtió en susurros apenas palpables. Ya no golpea a las personas que tiene a su lado cada que hay bromas. Prefiere ir a su casa y dormir. El sueño se ha convertido en su aliado más preciado. La música la acompaña al ritmo de guitarras, baterías y sintetizadores. Perseo le cortó la cabeza.

 

Hasta hace unos días, Medusa aprovechaba su belleza para burlarse del amor. Primero detectaba a la víctima; después, paso a paso se acercaba al susodicho y, sin que éste se diera cuenta, ella lo miraba fijamente… Entonces ocurría el esperado final: el hombre no podía más que quedar atónito ante los haces de luz creados por los ojos de la cazadora.

 

Medusa prefiere la ropa en colores oscuros y tenis claros. Como parte de su ritual, una Coca Cola se posa la mayoría del tiempo en sus manos. En la bolsa que carga al hombro hay un tubo de plumas de colores, cuadernos, un labial y dulces “Pecositas”: cosas elementales, cerebro complejo.

 

Odia el amor. Ya lo aborrecía antes. Todavía recuerda el sabor de la victoria cuando logró su primera misión. Aquel muchacho indeciso y nervioso se vio reducido ante el rostro apiñonado, labios rojos y cabello negro de la mujer.

 

Con su sonrisa lo atrapó, en una especie de hipnosis sin retroceso.

 

A Medusa no le importa expresarse de manera vulgar y directa. De esa misma forma escribe sus cuentos y anécdotas. Encuentra en el lenguaje más libre su mejor forma de comunicarse. Prefiere ver Dragon Ball, que películas románticas; prefiere dejar a un lado las cursilerías y mostrar su lado más espinoso.

 

Después del primer sabor de la victoria, no pudo detenerse. Los chicos se convirtieron en el juguete más preciado cuando había que salir de la cotidianidad. Pensó que siempre sería la medusa de los ojos petrificantes, hasta que conoció al hombre que le cortó la cabeza.

 

Perseo era un joven apuesto, inteligente y sensato. Descubrió el juego de Medusa sin que ella lo supiera. Él también era un conquistador al acecho; sabía las tácticas de lucha. Ese día, la mujer de ojos negros no se imaginó que terminaría con lágrimas sobre las mejillas. La flechó, la enredó en el juego y se alejó. Nadie, jamás, le había hecho eso. Impensable.

 

Lo buscó, como nunca había hecho. Él le aceptó una salida. Entonces, ella pensó que ya lo tenía en sus manos. Se equivocó. Volvió a flecharla, enredarla en el juego… y se alejó. Medusa pensó que su encanto había terminado, que nunca volvería a atrapar a nadie con su mirada, que estaría destinada a la soledad.

 

Hoy está triste. La cama es el lugar donde quiere pasar el tiempo. La fuerza de su personalidad se convirtió en un frágil objeto de barro. Su risa ya no se escucha a metros de distancia, sólo mueve los labios hacia los lados hasta que en sus mejillas se dibujan pequeños agujeros.

 

Perseo jugó con ella. Ella comenzó a imaginarse la vida junto a él. Con su inteligencia, él entró hasta la mente de Medusa, la llenó de frases poéticas, le hizo entender el valor de los obsequios, la hizo sentir la más bella de entre todas… y luego, cuando sus ojos dejaron de brillar y no podrían petrificar más, se fue. La dejó. Sin cabeza.

Ícaro

Por Jorge Jaramillo Villarruel

 

Yo voy detrás del ardiente sol
(Santa Sabina, “El cielo”)

La primera vez que pensó en construirse unas alas fue a los seis años, al contemplar a los bomberos apagar un fuego y rescatar a los niños de la escuela en llamas. Era un espectáculo admirable: esos hombres valientes y sus alas mecánicas que batían el aire como polillas atraídas por el fuego, salvando vidas mientras arriesgaban las suyas propias. Pero Altair no quería ser bombero. Él se creía capaz de hazañas mucho más heroicas. Yo lo sé, porque fui su mejor amigo.

Nos conocimos en las clases de astronomía. Teníamos siete años, él un par de meses mayor, y éramos como dos opuestos: yo estaba enamorado del cielo y el telescopio, y Altair prefería matar el tiempo con sus novelas de aventuras y hacer trampa en los exámenes. No era flojo o tonto, simplemente se aburría. Era evidente para todos que Altair era más inteligente que el resto de los estudiantes, y también más sensible e imaginativo.

Nuestras diferencias de carácter no impidieron que nos volviéramos los mejores amigos al instante. Al salir de la escuela, íbamos a jugar al parque. Montados en los columpios, yo le hablaba de las constelaciones y los planetas, y él me contaba las aventuras del perro Buck, el cazador Quartermain, el doctor Ferguson, el pirata John Silver, y todos sus personajes favoritos.

Con el transcurso del tiempo había creado muchos juegos de alas distintas, la mayoría de ellas inútiles. Pero también había obtenido algunos buenos resultados. A los trece, él mismo armó el uniforme completo para el equipo de wingball. Ese año, la escuela «Jack London» se coronó campeona estatal, y Altair se convirtió en el héroe de la localidad. También ganó un par de trofeos en torneos de ingeniería y mecánica estudiantil, que le valieron una beca para estudios de bachillerato tecnológico en la Academia Leonardo da Vinci, una de las más prestigiosas de su ramo.

Poco a poco, iba perfeccionando sus creaciones, pero también aumentaba el riesgo con cada avance. Con motivo de su cumpleaños número quince, y haciendo uso de los recursos que le facilitaba la Academia, se interesó en probar un nuevo juego de alas que, él pensaba, le servirían para elevarse hasta las nubes. El equipo consistía en lona blanca y alambre de cobre para darle soporte y ligereza al mismo tiempo, arneses de cuero para la flexibilidad, un juego de pedales, engranes y poleas de cadena, una hélice para el vuelo vertical que giraba con una manivela a gran velocidad gracias al tamaño distinto de los dos engranes, una aleta de lona controlada con palancas de mano y cuerdas para la dirección, y un propulsor de vapor para el impulso inicial.

Le ayudé a colocarse el equipo, qué otra opción tenía, para eso son los amigos, para ayudarte a que te mates. Se puso el gorro de aviador y las gafas, y sonreía feliz, más feliz que nunca, y un minuto después se arrojó por el risco, a poco más de veinte metros de altura. Por un instante parecía que lo iba a lograr. Incluso grité emocionado. Pedaleaba con vigor y planeaba a gran velocidad, el vapor del propulsor escapaba emitiendo un sonido de tetera, pero a cada momento perdía altitud. Miré aterrado por el borde, la hélice comenzó a girar y a elevarse velozmente, pero sólo ella; el resto del armatoste bajaba en caída libre y pensé que mi amigo estaba muerto.

Cuando llegaron los rescatistas, Altair aún respiraba. Lo visité en el hospital y me saludó con una sonrisa desdentada. Se hallaba sujeto a la cama como si fuera la víctima de un inquisidor loco, lo cual era irónico, considerando que él mismo estaba un poco deschavetado. Unos hilos de metal sujetaban sus miembros en posiciones singulares. Era el único arnés que usaría durante los siguientes meses.

—Es para que las astillas de los huesos rotos no perforen ninguna arteria y me muera de una hemorragia interna —dijo Altair con la misma expresión con que te invitaría a tomar un café—. Todo esto mantiene mis huesos relajados y los músculos tensos e inmóviles.

Pensamos que era el fin de las aventuras voladoras de Altair, todos excepto él mismo, pues en cuanto se recuperó después de siete meses en cama y cuatro más en silla de ruedas, comenzó a preparar una versión mejorada del equipo blanco, como le llamaba ahora a ese conjunto de chatarra que casi le cuesta la vida.

La mayor parte de ese tiempo lo dediqué a mis exploraciones con telescopio, pero ahora en vez de mirar al cielo, lo hacía a las ventanas de mis vecinas. La belleza de los astros es bien conocida, pero nada se compara a una estudiante de ciencias naturales recién salida de la ducha. Su nombre era Elizabeth y me sentí muy afortunado cuando ella aceptó salir conmigo.

No dejé de contemplar el cielo por completo, sin embargo. Me habitué a mirar las estrellas durante la noche mientras pensaba en Elizabeth. También pensaba en Altair. Después de todo, éramos amigos y no podía negar que tenía preocupación por él. A veces venía en su silla y hablábamos un poco, yo en la ventana y él, en la calle. Se veía un poco triste, obligado a guardar ese reposo durante tanto tiempo, y yo me compadecía un poco de él, pero en secreto, aunque no demasiado; mientras duró su recuperación, se dedicó a leer aún más de lo habitual. Los libros lo mantenían vivo y de buen ánimo.

En el fondo, el telescopio y los libros no eran tan diferentes. Ambos lo hacíamos como una forma de salirnos de la realidad, sobre todo cuando ésta era difícil. Pero lo de sus alas… eso no lo comprendía. Yo no tenía nada que pudiera parecerse a eso.

Finalmente, mi amigo se recuperó y volvió a las andadas.

Durante los años siguientes, la obsesión de Altair no disminuyó ni un poco. Ya no le extrañaba a nadie verlo revoloteando por ahí, aunque él se encontraba insatisfecho, lo que era comprensible, pues no había logrado su propósito de llegar a la altura de las nubes. Pero pensábamos que lo conseguiría pronto, pues desde su recuperación, y quizá motivado por el encierro y la inmovilidad del hospital, sus aparatos habían mejorado considerablemente. No había tenido ningún accidente de gravedad y lograba mantenerse en el aire durante todo el tiempo que las piernas se lo permitían. Pensaba que solucionaría el problema cuando resolviera la cuestión de la automatización; de momento, ésta sólo era posible mediante un motor de vapor, pero su peso, sumado al de un hombre, hacía imposible no sólo la suspensión, sino el mismo despegue. Era viable construir unas alas tan grandes que el peso de un motor y una persona no significarían nada, pero no tenía los recursos suficientes para una empresa de tal magnitud.

Al concluir los estudios de bachillerato, consiguió un trabajo en una planta de ensamblaje de aeróstatos. Yo trabajaba en el negocio de telas de la familia y pasaba cada vez más tiempo con Elizabeth, ya no estaba tan cerca de Altair como en otros tiempos, pero todavía me mantenía informado de sus avances. Por esa época, comencé a leer con relativa frecuencia, tratando de entender el significado que él le daba a su sueño de vuelo.

A nadie parecía interesarle lo que Altair hacía, tan habituada estaba la comunidad a sus excentricidades que ya no las veían con malos ojos. Pero para él seguía siendo todo tan nuevo, tan atractivo, como ese día en que la escuela primaria se incendió y el cuerpo de bomberos hizo su faena frente a los ojos admirados de un niño de seis años.

Quienes no eran tan benévolos con él eran sus supervisores en la planta de ensamblaje. Cuando lo descubrieron usando las herramientas para su propio fin, lo castigaron cambiándolo de sección y asignándole tareas aburridas y laboriosas, como inventarios y acomodo de cajas. El único tiempo libre que le quedaba durante el trabajo, era la comida, y al terminar la jornada estaba tan cansado que sólo quería dormir. Renunció menos de dos meses después, llevándose consigo todos sus planos y proyectos. La compañía le ofreció reinstalarlo en su puesto original, pero Altair rechazó la oferta, no por orgullo sino porque realmente necesitaba ese tiempo para él mismo. Para ganarse la vida, siempre podía dedicarse a trabajos mecánicos para el pueblo. Aunque todos somos dependientes de la tecnología en mayor o menor medida, sólo unos pocos entienden cómo funciona.

Al terminar unos trabajos para mi padre, Altair me presentó el proyecto más ambicioso de su vida hasta entonces: un manto con una envergadura de veinte metros, completamente articulado y fácilmente manipulado con las manos y los pies mediante el mismo principio que una bicicleta, aunque mucho más complejo con todas las cadenas y engranes para cada articulación. Pedalear hacía que los apéndices se batieran a distintas velocidades, el manubrio se encargaba de la dirección, y el tamaño de las alas no sólo permitía una mayor elevación que cualquiera de las creaciones anteriores, también servía para el descenso, al extenderse por completo permitían planear y perder altura lenta y suavemente. Lo más difícil era el despegue, como siempre, pero Altair pensaba que si se arrojaba de una altura de unos cien metros aproximadamente, lo conseguiría sin problemas. El equipo se complementaba, me explicó, con un casco conectado a unos tanques de oxígeno, y un traje térmico para soportar las temperaturas bajas del cielo.

—¡Con esto podría llegar al sol! —exclamó entusiasmado.

Mis intentos para disuadirlo de semejante locura resultaron inútiles. Lo sabía, pero mi responsabilidad como amigo desde la infancia me obligaba a hacer la prueba.

—No me pasará nada, Boris —me dijo. Nunca me había llamado por mi nombre cuando hablaba conmigo. La gente normal no se llama por su nombre.

—Como quieras —respondí seriamente—. Pero esta vez no voy a ayudarte a que te mates.

Altair me miró con tristeza. Pensé que diría algo, pero guardó silencio. Para romper la tensión, le confesé algo:

—Me voy a casar con Elizabeth.

Se sorprendió. Después de las felicitaciones y palmadas en la espalda, le insistí en que no olvidara acudir a la fiesta. Sería algo sencillo, íntimo, para unas cuantas personas, amigos y familia.

—Me siento feliz por ti —dijo. Le creí, aunque sabía que él no era de esas personas que le encuentran sentido a una realidad indiferente mediante las cosas sencillas de la vida (el amor, el trabajo, la fiesta). Él buscaba otra clase de trascendencia y suponía que podía alcanzarla mediante esos saltos de loco.

Esa noche, mientras bebía un vaso de leche, sentado en mi sillón favorito, mirando por la ventana de mi departamento, vi una extraña ave sobrevolando la ciudad. Parecía un buitre, uno bien grande, pero cuando alcancé el telescopio ya se había ido. Al contemplar las espirales de bruma, pensé en mi vida, en la gente que había conocido, y me sentí afortunado.

Altair desapareció. Esa primera noche, fui a su casa, pero no había nada que me hiciera adivinar su paradero y todos nos preocupamos. Había multitud de notas, esbozos de planos, recortes, daguerrotipos, libros, herramienta, pero ni una sola pista. Temí pasar por alto algún detalle, pero no me atreví a llevarme sus cosas. Si hiciera falta, los investigadores ya revisarían todo con calma sin desordenarlo como lo haría yo. No podía dormir, intenté leer pero mi mente divagaba.

La noche del segundo día, se organizó un grupo de búsqueda. No nos habíamos percatado de que Altair era un miembro querido e importante en la comunidad hasta que lo habíamos perdido, algunos recordaban sus hazañas en el wingball.

En la plaza del pueblo estábamos reunidas unas cuarenta y cinco personas, discutiendo el plan de buscar a Altair. Aún no se formaban los equipos cuando Altair apareció. Bajó del cielo en vuelo rampante, tan alegre como siempre, ignorante de la conmoción que había causado. Aunque recibió una buena reprimenda de mi parte, la verdad es que todos nos sentimos aliviados de verlo, sonriente, arrastrando sus alas enormes y con el rostro sucio. Prometió que no desaparecería así de nuevo y todo quedó en un jugoso chisme.

Al aproximarse la fecha de mi boda, Altair y Arkady, mi hermana, se conocieron. Ella era especialista en aves, tenía un título en ornitología de la Academia Universitaria Galileo Galilei y había regresado a casa para la boda. Yo pensaba que si conocía a una mujer agradable, eso le haría bien y abandonaría sus locos proyectos. No era lo que tenía en mente, pero aunque fuera celoso con mi hermana mayor, me dio gusto por ambos.

Durante unos meses las tentativas de mi amigo disminuyeron bastante. Todo marchaba muy bien, aunque debo confesar que se sentía un dejo de melancolía al ver el cielo despejado, sin la presencia del hombre volador que ya era un distintivo de este pueblo. No es que lamentara que Altair ya no anduviera por ahí agitando un nuevo par de alas, era sólo la nostalgia que acompaña a un cambio de hábito.

Poco tiempo después, Arkady me dio la noticia: “me iré a vivir con Altair”. No se casaron, se fueron a vivir en concubinato, lo cual escandalizó a mis padres, pero ella siempre había sido independiente para que le preocupara, y mis padres sabían que si la presionaban o calificaban duramente, lo único que iban a lograr es que ella se alejara de ellos de forma indefinida.

Por mi parte, siempre he sido más tradicionalista, para mí una vida en conjunto debe ser mediante el vínculo matrimonial, de otro modo no se puede considerar seriamente. Pero no iba a comenzar a juzgarlos ahora, ya tenía bastante con mis propios planes.

Llegó el día de la boda. Se realizó en mi departamento, y pensé que Altair no vendría. Me equivoqué. Llegó algo tarde, trajo un regalo hecho por él, incluso hizo el esfuerzo de arreglarse para una ocasión formal y nos burlamos un poco. En realidad, fue una buena fiesta. Música, comida, cerveza, baile, plática agradable, buenos amigos.

Mi padre nos regaló un tándem y, ni tardos ni perezosos, fuimos a estrenarlo al jardín. Por supuesto que nos caímos y en nuestra caída derribamos a varios de nuestros amigos. Después, bebimos, bailamos y jugamos a esos juegos que sólo se practican en las bodas y otras celebraciones similares.

Cuando fui en busca de una botella de vino, descubrí a Altair besando a mi hermana, sentí un poco de celos, no estaba seguro de si porque mi amigo me había quitado a mi hermana o ella a mi amigo. Un poco de ambas, supongo.

Me contaron que estaban trabajando en un nuevo juego de alas. Arkady le estaba ayudando a mejorarlas, me dijo él. “Con su ayuda, pude construir un juego de cuarenta metros”. No quería saberlo. Ni siquiera cuando me comentaron que podrían hacer una versión para dos personas. Mi hermana no podía arriesgarse así. No lo iba a permitir. Pero esa noche no, era mi boda y me lo tomaría todo a la ligera. Pensé que ya tendría tiempo de hablar con ella. Fui un tonto, debí llevarla a parte de inmediato y alejarla de ese loco.

Antes de la medianoche, Elizabeth y yo nos retiramos.

—Amigos, están en su casa. Disfruten la fiesta y nos vemos dentro de una semana.

Mi padre se ofreció a cuidar el departamento mientras Elizabeth y yo nos íbamos de luna de miel. Altair nos alcanzó y nos abrazó a ambos, deseándonos un feliz viaje. Nos subimos al coche tirado por caballos, no rentamos un coche de motor porque el ruido nos resultaba insoportable a ambos, y el golpeteo de los caballos sobre los caminos de adoquín nos parecía de lo más romántico.

El viaje consistió principalmente en recorrer pequeños pueblos turísticos, lugares de costumbres pintorescas donde las personas y la vida son más sencillas. Recorrimos valles y ríos, escalamos una pequeña montaña y nos hospedamos en una posada cerca del mar. Viajamos en bote de velas a una pequeña isla donde tuvimos una cena excelente. Fueron cinco días perfectos, pero no podían durar para siempre. Yo tenía que regresar al trabajo y Elizabeth no podía perder más clases.

Mi padre me recibió en la puerta. Supe de inmediato que algo andaba mal. Me dijo que Altair se había esfumado. Arkady estaba bien, es decir, teniendo en cuenta la desaparición de su novio, claro está.

—…nuevas alas que había estado trabajando en secreto con ayuda de tu hermana —fue lo único que entendí. Me alarmé y mi primera intención fue correr a buscarlo a los hospitales, pero mi padre me detuvo.

»Se arrojó de lo alto de la torre de la planta de ensamblaje —me explicó.

—¿Está muerto?

—¡Te digo que no lo sabemos!

Altair había llevado todo su equipo a la planta de aeróstatos, la conocía bien y eso explicaba que no tuviera problemas para entrar y llegar a la azotea, aunque era de noche, la misma noche de mi boda. Una vez ahí, según afirman los pocos testigos, incluyendo al guardia de la planta, extendió las alas y se arrojó al vacío. La oscuridad no permitió verlo por mucho tiempo, pero cuentan que voló sobre la ciudad durante un rato, antes de perderse de vista.

Me sentí molesto con él. Estaba preocupado pero eso no evitaba mi enojo. En la noche de mi boda, ¡Dios mío!, ¿en qué diablos pensabas? En mi mente se repetía impasible una pregunta: ¿por qué me has hecho esto? En ese momento no me parecía absurdo considerar su desaparición como un acto dedicado a mí. ¿Tal vez porque al casarme tendría nuevas responsabilidades y dejaríamos de vernos durante temporadas más y más largas? Era injusto de su parte, él también tenía a Arkady, ¿por qué no me dejaba vivir mi propia vida a mi manera? No logré contenerme más y me encerré a llorar.

Elizabeth me despertó. Mi hermana había venido a verme. Era una noche helada y llevaba el gorro de piloto de Altair, el mismo con el que casi se mata una vez. Me dijo que en cuanto Elizabeth y yo nos retiramos de la fiesta, Altair hizo lo propio sólo unos minutos más tarde. Eso parecía confirmar que se trataba de un mensaje para mí.

—Me prometió que nos veríamos de nuevo —dijo ella, tratando inútilmente por contener el llanto.

Durante un tiempo traté de ocupar mi mente en otras cosas. Era probable que Altair volviera a buscar a Arkady y todo regresara a la normalidad, ya había sucedido algo parecido anteriormente. El mismo pueblo se sentía extraño. La comunidad en general se sentía preocupada, pero a la vez confiada en el regreso de su miembro más singular.

Yo también lo pensaba, eso y en el reclamo que le haría por abandonar así a Arkady. Cada vez que escuchaba ruidos de lonas rasgarse o el golpeteo de alambres, mi corazón saltaba y la decepción me inundaba cuando, al asomarme por la ventana, lo único que había ahí eran las máquinas para cortar la tela.

Elizabeth me daba alegría, es cierto, pero la sombra de melancolía desde la desaparición de Altair no se disipaba. ¿Por qué lo extrañaba tanto? Ya no éramos tan unidos como antes.

—Supongo que tenemos que acostumbrarnos a esta clase de cosas —le dije sin mucha convicción.

A la mía se sumaba la tristeza de Arkady. La veía casi todas las noches. A veces se quedaba a cenar en nuestro hogar, una casa que habíamos adquirido entre Elizabeth y yo. Era amplio y acogedor, incluso tenía una chimenea, algo que cada vez se ve menos. El mundo se olvida de estas cosas y se enfoca en el pragmatismo.

—Si quieres —le ofrecí—, puedes vivir con nosotros. Cuando Altair regrese, podrás volver con él.

Arkady rechazó mi proposición. Pensaba que debía permanecer en su casa, esperando, decía que eso era lo único leal que podía hacer. No me había dado cuenta de cuánto amaba mi hermana a mi amigo ni de lo mucho que sufría por ese abandono, porque fuera lo que fuese, ella lo vivía de esa manera, como un abandono. No quise martirizarla con mis propias reflexiones al respecto.

Me aficioné a mirar las estrellas otra vez. Esa soledad, ese silencio allá arriba, lejos, me daba un poco de paz. Mientras contemplaba el universo tan lejano, tan cercano, me olvidaba del dolor de Arkady y, sobre todo, del mío. Allá arriba viajaban los cometas y todos los astros, sin prestar atención a nuestras pequeñas desgracias. A veces quisiera ser tan indiferente.

Con el paso del tiempo, Elizabeth y yo decidimos tener un hijo. Eso alegraría nuestras vidas. Lo planeamos bien y unos meses más tarde, pudimos confirmarles a nuestras familias y amigos que estábamos esperando un bebé.

El tiempo pasó plácidamente y nuestro bebé nació sin complicaciones. Fue una niña. Le pusimos Estrella pues su presencia nos daba calor y esperanza.

El avance del tiempo es veloz, un día miras tu reflejo sobre una lámina de cromo y ves tu cabello escaso y gris, y te das cuenta de que todas las personas que conoces han cambiado. Ahora no había muchas máquinas de vapor, el petróleo se había convertido en el principal de los combustibles y ya no había coches tirados a caballo. Las chimeneas habían sido proscritas y la calefacción era eléctrica. Muchos decían que era magia; a mí me parecía brujería. Todo pasó sin darnos cuenta. La gente podía volar en grandes máquinas de motor llamadas aeroplanos, ya nadie usaba globos o dirigibles, y menos aún arneses con alas sujetas de la espalda.

Ya nadie se acordaba de Altair y, si lo hacían, nadie hablaba de él. Yo tampoco. Excepto Arkady, quien aunque se había marchado a otro pueblo hacía unos años, se llevó consigo todas las cosas de Altair.

Estrella se aficionó a la astronomía, como era natural. Hicimos el esfuerzo para comprar un mejor telescopio y casi todas las noches, dedicábamos un rato a contemplar el espacio en silencio. Elizabeth trabajaba para una gaceta científica, y junto a los ingresos proveniente del negocio de telas heredado de mi padre, vivíamos cómodamente. Una noche, Estrella me indicó que había descubierto algo raro en el cielo, me asomé al telescopio y no podía creer lo que veía: era Altair.

—Debe ser basura espacial —mentí. No quería que mi hija tuviera pesadillas ni pensamientos perturbadores o tristes.

La idea de mi amigo muerto, girando en órbita alrededor del mundo, congelado, con sus alas destrozadas, era desconcertante. Opté por no decírselo a nadie.

De vez en cuando volvía la mirada hacia el punto donde sabía que lo encontraría. Me sorprendió mucho cuando, unos años después, algo había cambiado: Altair seguía girando como un satélite a nuestro alrededor pero ahora había un segundo par de alas junto a él y, aunque la luz era escasa pude contemplar otro cuerpo, unido al suyo en un abrazo que duraría para siempre.

Cosas de niños

Por: JCM

 

cosas de niños

 

Nunca nos llevamos muy bien que digamos. Recuerdo que cuando íbamos al kinder sus arreglos de rafia sólo podían competir con los que hacía mi mamá (aunque siempre sospeché que su mamá también hacía los suyos). Nunca faltaban en clase los monótonos “Diana esto”, “Diana lo otro”; todas las maestras veían en ella algo especial que yo nunca llegué a comprender (a pesar de que yo sacaba mejores notas).

 

Lo peor de todo era el receso -siempre el receso- que para nosotros fue una constante y casi eterna guerra de mutuo dominio. En el patio había sólo dos columpios (sin contar los nuevos que, aunque a todos les gustaban porque eran nuevos, a mí me quedaban muy grandes y me daban miedo) y de esos dos, uno estaba roto. Y ¿adivinen qué?, a ella también le gustaba ese columpio. Como era muy malo para hacer amigos, pasaba gran parte de mi tiempo en ese columpio, cuyo vaivén me debió haber dejado el mal hábito de rumiar todo en mi cabeza -aunque siempre fue muy entretenido-.

 

La clase anterior al recreo era matemáticas, materia que se convirtió en un verdadero rally pues, para salir al receso antes que ella, había que luchar con un sinfín de sumas y restas hasta que estuvieran bien resueltas y así escuchar el glorioso “Puedes salir al recreo”, tomar de forma previamente calculada el sándwich a medio envolver y el jugo, y correr al único columpio que, además, siempre fue un castillo y una manta de invisibilidad infalible.

 

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Sin embargo, no siempre tenía la suerte de salir antes que ella y no pocos días me vi relegado a la estúpida banca en la que todo tipo de orangutanes llegaban a hacerte la vida imposible. Es cierto, los niños pueden llegar a ser muy crueles.

 

A pesar de que sabía que a ella le pasaba lo mismo, no podía poner en juego mi futuro bienestar psicológico, dejándome agredir por los otros niños; aunque muchas veces miré conmovido la forma en la que la molestaban, no podía vacilar y cederle tan sólo un poco de poder, porque ambos sabíamos que eso sería fatal. Y así, entre emociones encontradas y recesos conflictivos, terminó el preescolar.

 

Para mi buena suerte, la primaria, secundaria, y preparatoria pasaron desapercibidas. Nunca tuve algún tipo de conflicto mayor con la gente y rara vez llegaba aparecer competencia significativa para mí. De vez en cuando me parecía escuchar su nombre en los pasillos, o la veía esfumarse entre la gente, pero la tranquilidad fue noble conmigo y no la vi en todo este tiempo hasta el día de hoy.

 

Sí, ahí está. Siento su aura empoderada emanar de su nuevo color rojizo de cabello. Ha cambiado bastante desde que tenía el típico peinado mal arreglado de kinder; sin embargo, sigue haciendo surgir al Genghis Khan dentro de mí junto con su caballería arrebatada de mangudais contra los chinos.

 

Me acercaré a ella y le diré lo bien que me fue en la escuela en todos estos años, le hablaré de mi excelente historial académico y de las tantas cosas que he aprendido a hacer a lo largo de este tiempo. Le contaré de los idiomas que hablo y de los lugares que he visitado, y de mi última relación con una chelista de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de México…

 

-¡Hola! Oye, ¿de pura casualidad no eres Diana? Ibas en el Kinder “Emiliano Zapata”, en 3°A, con la maestra Karen, ¿no? ¿Te acuerdas de mí? Juan, íbamos en el mismo salón.

-¡Hola! Sí, sí me acuerdo. ¿Cómo olvidar las caras de desprecio que me hacías cuando te ganaba el columpio?

-¡Ay no es cierto!… Yo nunca te vi así de feo.

-¿Cómo no? Obviamente no te gustaba y me veías bien feo. Aunque, bueno, eran cosas de niños. Jaja.

-Sí… ¿y qué ha sido de ti? ¿Sigues estudiando?

-Ya casi acabo, sólo me falta la tesis, nada más que ando terminando un proyecto de unos cuentos y nomás no le veo fin.

-¡Ah! ¿Entonces te gusta escribir?

-Sí, ¿tú escribes?

-Sí, al menos intento.

-¿Y qué escribes?

-Poesía, o algo así.

-¿Y te gustan Los Contemporáneos?

-¡Sí!, me gustan mucho… Oye, ¿puedo sentarme?

-Claro. Mira, ahí venden un helado bien rico.

-Gracias. ¿De qué trata el cuento en el que trabajas?

-Pues son varios, pero el último es de un chico que por fin va a acostarse con la chica que le gusta y…

Como bobina de auto

Por: Ilse Becerril Bobadilla

 

como bobina de auto

 

Recuerdo el primer coche importante en mi vida: un Renault 18, verde con blanco. En él viajamos diez horas a Acapulco. Apenas dejamos atrás la carretera del sol cuando hicimos la primera parada porque el motor se había calentado. Teníamos que acarrear agua para que se enfriara. En los paseos llevábamos a una de mis primas, a quien apodaban “La Negra”. Ella era mayor que yo. De camino, “La Negra” aprovechaba cada parada para hacer lo que tenía que hacer.

 

De ahí viene a mi cabeza la primera vez que la vi. En mi mente solía decirle güerita color llanta, pues ya se imaginarán el color que se cargaba. Nació en Veracruz. En la escuela solían molestarla porque siempre apestaba a marisco mezclado con lo que yo mismo he dado el nombre de pasoco: patas, sobaco, cola. Ese olor un poco extravagante provenía de la semana y media que llevaba sin bañarse, pues mi tío se lo prohibía. Más flaca que un palillo, dientes chuecos y risa de hiena. Así era “La Negra”

 

No tenía ni catorce años, pero cómo le gustaba cotorrear. Me acuerdo que parecía un carro de juguete, con sólo apachurrar un botón se accionaba. El Renault era flamante y lento, “La Negra” rápida y fogosa. No, en ese tiempo no pensaba ni en la defensa ni en la cajuela de una mujer, tal vez debió ser porque aún no sabía cómo se usaba la palanca de velocidades. Sin embargo, en mi vida adulta he aprendido bien cómo se calienta el motor. Lo cierto es que a mis diez años no podía decir qué tan bien formada estaba “La Negra”.

 

Me acuerdo que una mañana me obligaron a acompañarla a hacer el mandado. Necesitaba unos panes, papas, leche, jamón y frutas. Y yo, como todo buen hombre, no le ayudé a cargar absolutamente nada, con el pretexto de ir cuidando que nadie le quitara las bolsas.

 

Me imagino que sintió un gran placer cuando nos detuvimos en una esquina para que descasara los brazos. Mi mamá sabía bien que la negra estaba ganosa, pues un día la cachó dándose un poco de amor con un objeto grotesco y negro que hasta ahora sé que se llama vibrador. Sí, lo escucharon bien, tienen derecho a dudar si es el caso, pero a sus escasos doce años la negra ya pensaba en aquello. Fue hasta tiempo después que la diagnosticaron como una persona sexópata, yo la llamo cochina. Después de lo que me hizo, me darán la razón.

 

Como ya había mencionado, yo tenía diez años y por lo tanto ningún encuentro cercano con lo que era una erección. Sólo recuerdo que una vez, a los siete, amanecí con la pistola bien parada y sentía rico poniéndome boca abajo y rozando mis partes íntimas con la cama y las sábanas.

 

El día del mandado, mientras “la negra” estiraba los brazos que parecían chorizos por las marcas de las bolsas, me miró como si pudiera ver los calzoncitos de Tarzán que me hacía usar mi madre a la fuerza. Supe de inmediato que eso estaba mal, porque si aquí en la Ciudad de México está mal visto, imagínense en Aguascalientes.

 

La cosa es que lo que dijo lo hizo en sus cinco sentidos. Te voy a estimular un poco para que aprendas hacer valer tu lugar como hombre –mencionó “La Negra”- En un santiamén se subió la falda y se bajó los calzones, al ratito noté cómo me empezó a tallar con una fuerza que solo creí posible en Dragon Ball Z. Qué carajos se iba a acordar “La Negra” de mi inocencia.

 

Se quedó callada unos segundos. Supe, en ese momento que ya estaba del otro lado de la línea, esa que nos divide entre ser niños y ser hombres, entre jugar a la pelota y jugar en pelotas, entre empujar un carro manualmente y usar la palanca de velocidades manualmente.

 

Realmente he perdido la cuenta del número de veces que lo hicimos, pero quiero decir que desde ese día, acompaño al mercado a “La Negra” todos los sábados a las nueve de la mañana.

Amistad Erótica

Por: Sor Filotea

 

Tendida sobre la cama, con la mira perdida en la ventana, el desencuentro de la noche anterior consumía su alma.

 

El desasosiego la invadió, entendió sin preámbulos que su corazón se coló al banquete del placer, ¡impensable! La rabia la dominó, no entendió que el erotismo fugaz sólo confluye al descanso de los cuerpos, intolerable para aquel incipiente amor que le profesaba a Julio.

 

-Encontré la definición perfecta para este dulce cinismo- exclamó Isabela, cierta de que lo que la ataba a esa piel morena era la batalla de dos cuerpos abstractos en el éxtasis que les proporcionaba su encuentro semanal.

 

-¿Cuál? -Sonrió Julio desde la cocina.

 

-Tenemos una amistad erótica, como describe Milán Kundera en La insoportable levedad del ser, cuando se encuentra con su preferida-, le guiñó desde el sofá.

 

-Excelente -jadeó Julio en su oído, insinuación que bastó a Isabela para replegar su cuerpo hacía él, lo que los llevó a la lucha continúa por el placer.

 

El ritual era casi siempre el mismo: saciar el dominio por el otro a través de la implacable lujuria que los cegaba en cualquier rincón del apartamento, charlas, risas, café y un “nos hablamos”.

 

Aquella noche no. Isabela quería más. Se sintió con el derecho de pedirlo.

 

-Mañana a las 8:00, después de que…

 

Julio no la dejó terminar y advirtió: mañana es viernes, día vetado para nuestra amistad erótica, -le soltó con sarcasmo-. El lunes por supuesto que eres más que bien recibida, sentenció.

 

-¿Por qué? -Exclamó con un dejo de reclamo- Quiero estar contigo.

 

-No, Isabela, por favor, los fines de semana no.

 

Isabela no quería o no podía entender lo que escuchaba. Necesitaba estar con él, afianzarse a su carne, a su cuerpo, a su sexo, a su sudor, a sus fluidos; se lo exigía su libido, pero también su intimidad emocional que se había enganchado aquel hombre de ojos tristes y alma nómada.

 

-Julio, por favor -suplicó Isabela; abrazándolo por la espalda.

 

-No. No es que me dé lo mismo no verte, pero esta vez no; añadió en tono sereno.

 

Isabela lo soltó, sintió una profunda vergüenza. Disfrazó su desacuerdo y tristeza, sin embargo, continuó con el rito: el abrazo cálido de aquel hombre, el café, la charla; un taxi a las 22 más 45…que cumplían a cabalidad con los canones de esa amistad erótica.

El sopla nucas

Por: Ilse Becerril Bobadilla

 

Esta historia comienza por el final. Cuando ya nada restaba por añadir ni por quitar. Se llamaba Eulalio. Fue el novio de mi prima Lupe, digamos un hombre ocasional, de esos que pasan por la vida de modo fugaz. Hoy sí, mañana no. Se notaba a leguas que se las sabía de todas, todas, vamos, desde su forma de caminar hasta la de subirse a la micro.

 

-Ganarías más siendo mi chalán en la obra que de repartidor de refrescos, me decía siempre que venía a la casa para ver a la Lupe.

 

Pero él no sabía que mi máxima ambición era ser chofer de un camión de refrescos por dos ventajas: la primera, podría usar el camión para pasear el fin de semana a mi vieja y la segunda porque tendría todo el poder de autoprestarme cuanta bebida quisiera.

 

Así que me apresuré a buscar trabajo de chofer. Salí a la calle, arrastrando el ánimo como un teporocho arrastra su cobija hecha jirones. Me dispuse a recorrer todas las líneas del metro y apuntar los teléfonos de los anuncios que se encontraban pegados en los vagones. Pero Lupe, mi prima, siempre andaba de chile frito y en todos lados aparecía. Ese día no fue la excepción.

 

A ella siempre le gustaba presumirme sus galanes. Era como una vieja costumbre. Se sentaba y me traía fotos de ellos en cueros. La Lupe era feita pero siempre tuvo buen gusto por los hombres. Total, en la foto, al Eulalio se le veía como un macho al que las mujeres calificarían como “bien chulo”. Lo único que yo le miré fue el pitote que se cargaba, y no por morbo, sino por envidia.

 

-Ya te dijo el Eulalio, vete a trabajar con él, además estamos en familia. Cuatro horas al día no son nada, te conviene. Márcale a su celular y dile que te animas.

 

Le llamé muy temprano, diciéndole que aceptaba su gran propuesta, sin ni siquiera acordarme la chinga que sería aguantar un saco de cemento o las carretillas de arena.

 

Me dijo que me presentara luego, luego, porque mañana tendrían su primer colado.

 

Al día siguiente iba hecho la madre que ni tiempo me dio de despedirme de Rosita, mi vieja. La relación con ella no era formal, la veía muy poco por su dichosa vendimia de Avon y Tupperware, pero cada vez que le comunicaba que tenía trabajo se comportaba más cariñosa de lo habitual, me mandaba mensajes y me checaba todo el tiempo. La Lupe me decía que era porque tenía miedo que me gastara la quincena con otras viejas.

 

Cuando menos, recorrí veinte cuadras de mi casa a la obra. Un lugar en el que ni Dios se atrevería a pisar. Entonces vi al Eulalio con una pantalón apretadísimo y una camisa que dejaba ver sus tantísimos pelos que tenía en el pecho.

 

-¿Ves esas varillas de allá?, ponte a córtalas, cabrón, y cuando termines se las pasas a La picha para que arme los castillos.

 

Los albañiles tenían sus palabras consentidas cuando pasaba una mujer delante de ellos: pedorrón, chichis, chula y, la más preferida, cola. El Eulalio, a pesar de que yo era su primo porque andaba con la Lupe, no se abstenía de gritarles a las mujeres que pasaban frente a su vista, hasta un día se atrevió a decirme que le gustaba la Magdita, que era la hija de los dueños de la casa y la que siempre contoneaba sus caderas.

 

-Na’ más no le digas a la Lupe, pero yo sí le andaba dando pa’ sus tunas a la Magdita.

 

A estas alturas yo no estaba para ser el vocero de todo lo que hacía el novio de mi prima, así que nada mas reía con él.

 

En la chamba había días en los que no podía ni respirar de todo lo que mandaban a hacer; era el “ibm” para todos: y veme a traer una segueta, y veme a traer un chesco y veme a traer un cincel. Los momentos que más disfrutaba era cuando entraba al baño, sólo se podía si llegabas temprano o te ibas después de todos. Ahí me la vivía casi siempre. Me quedaba hasta que sentía hormiguitas en el culo por todo el tiempo que duraba aplastado.

 

Cierto día, como charro en pleno jaripeo, mi estomago comenzó a rechinar, así que sin más penumbra decidí, sacrificadamente, pasar al baño. Desde las cuatro paredes de mi oficina preferida, oí acercarse al bisonte que mi prima llamaba novio. No me asusté, ni sentí remordimiento por saber que escucharía mis pronunciadas flatulencias y seguí observando el poster que traen las revistas TVyNovelas.

 

-Tienes el camino A y el camino B-, me dijo Eulalio con la bragueta abierta y azotando la puerta.

 

Francamente, me torné espantado, pero sólo pude mencionar:

 

-Ya wey, cierra la puerta y deja de chingar.

 

-Es enserio lo que te digo, tienes dos caminos-, contestó.

 

Alguna vez sospeché de su sexualidad; incluso en el trabajo se decía que el Eulalio tragaba más riata que un pozo, pero yo, en ese momento, dejé que mi cerebro se entretuviera en tonterías, así que pensé en Rosita.

 

Luego sentí cómo me la dejaron ir por atrás. Lo único que alcancé a ver, en ese instante, fueron sus ojos con un brillo homicida. Me abría cada vez más para abrazarlo con todas mis extremidades, haciendo más fuerte su gesto de arrebato. Estábamos tan cerca que ya nada podía parar. Terminó dentro de mi culo, pero yo aún tenía la pistola bien parada, así que decidí no salir hasta después de un buen rato.

 

Naturalmente, Eulalio enmudeció. Y yo también. Me empecé a preguntar si era correcto lo que habíamos hecho. Había veces que llegué a pensar que hasta estaba dormido, soñando, porque para soñar hasta despierto lo haces, pensando pendejadas o lo que te preocupa, pero si fue sueño, éste merecía la pena, como aquellos que se confunden con la realidad y de los que son necesarios dormir a piernas suelta.

 

¿Que si pienso en él? Nunca había pensado en nadie, por eso no conozco la sensación, pero como es justamente algo nuevo puede ser que así se sienta, la verdad me da igual.

La casa de los abuelos

Por: Juan Pedro Salazar
@juaninstantaneo

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He vuelto al sitio donde crecí, me hice y formé: la casa de mis abuelos. Salvo pequeños cambios, la esencia persiste. No es que pasara mucho tiempo sin visitarla, sólo que hoy lo miro con otros ojos, con aquellos que están reservados cuando la nostalgia comienza apoderarse de nuestros sentidos, de nuestros años.

 

Bajé de la bicicleta que el abuelo nos había regalado, aquella de manufactura alemana y placas del municipio, me paré frente a la puerta azul y me dispuse a jalar el lacito de alambre que sostiene la campana. Cuando era niño, aquel tintinar anunciaba la llegada de papá. Hoy hacía el llamado para que mi abuelo saliera y abriera la puerta.

 

Su abrazo me sumergió en el mundo que de niño tanto amaba. Recordé aquellas tardes cuando subía la escalera de metal, llegaba al techo de la casa y me sentaba a mirar el par de volcanes que reinan el cielo. Podía pasar las horas así: mirándolos, pensando en qué pasaría cuando explotaran o si un día los habría de visitar.

 

Uno de tantos días, mi hermano y yo disputábamos el partido del siglo con el temor de no romper las plantas de nuestra abuelita o de mamá. En otras ocasiones, junto con mis primos, corríamos en busca del mejor escondite, mientras el conteo de las escondidillas llegaba a su fin.

 

Mientras caminaba por aquel pasillo de color gris, perdí los ojos en la carretilla que años antes fue la acompañante laboral de mi abuelo. El ritual era el siguiente: el noticiero de las cinco de la mañana, en la radio, lo despertaba, se calzaba las botas negras, el suéter desgastado y cada vez más deshilachado, y salía al patio por su costal, las tijeras, el machete, la escoba y la máquina para cortar el pasto; todo ese kit lo montaba en su armatoste azul.

 

El recuerdo se acabó al levantar la cortina de la ahora casa de mis abuelos. Cuando vivíamos ahí, hace como 10 años, en ese cuarto, de unos 6×6 metros, teníamos dos camas, un buró enorme y un ropero que servía, a la vez, para sostener el televisor, el vhs y la radio. Era como un huevito, un lugar pequeño, pero cómodo. Hoy lo extraño.

 

Tras el saludo de mi abuelita, nos perdimos en recuerdos de mi infancia. Por momentos, una lágrima salía de mis ojos. No sé si fue mi imaginación o tenía el cuerpo bañado por la sensibilidad, pero sentí cómo una parte se desprendía de mí: la vi correr, subiendo, otra vez, la escalera, después bajaba y pateaba la pelota hasta que la llamada a comer de mamá, la dirigía a la cocina, ese sitio donde ahora revivía mi niñez.

 

Miré el reloj, la hora de partir había llegado; sí, otra vez, partir, porque parece que estamos destinados a partir de los sitios o de las personas que amamos. ¿Pero es necesario? ¿acaso no podemos volver y construir nuevas historias? Anhelé mi pasado, los tiempos difíciles que se volvieron los mejores, en esa casa, en tantos sitios y con personas que sé, son más especiales de mi vida.

 

Entonces, rememoré. El día que partimos, pasamos la mañana recogiendo nuestras cosas y llevándolas al camión que habría de enviarlas a la casa que a papá le habían dado una en la nueva zona habitacional. No estábamos encantados, pero sabíamos que debíamos hacerlo. El lugar que dejaríamos sería ocupado por mis abuelos y mis tíos se instalarían en el otro sitio.

 

En ese momento, sentí que una etapa de mi vida llegaba a su fin, no volvería a ser el mismo. Una especie de nube cubrió mis ojos y generó lluvia en ellos. La vida que llevaba cambiaría de manera radical; no volvería a ver a mis abuelos antes de ir a la escuela, ni escucharía el “ya vamos a comer” o “vamos a desayunar” de mi abuelo.

 

Tampoco habría más tardes subiendo las escaleras para mirar el volcán o el cerro con forma de elefante. Por las noches, papá ya no tocaría la campana que anunciaba su llegada, ni mamá llenaría el patio con la ropa que había lavado.

 

Todo había terminado y entonces supe lo que era la nostalgia: esa presión en el pecho que se convierte en nudo en la garganta, en miradas perdidas sobre el horizonte y el deseo de regresar el tiempo, la esperanza de revivir y reencontrar a las personas que uno más amó en los lugares donde realmente vivió.

 

Un año después, mi abuelo nos confesaría que, ese día, pensó pegarle a mi papá por dejarlos. Yo pensé en llorar porque extrañaba esa pequeña casa de paredes blancas y pesada oscuridad; aquella donde la familia se reunía para las fiestas y al final quedábamos los de siempre: mis padres, hermanos y abuelos.

El hijo de Gonzalo

Por: Miguel Torres Caudillo

 

Durante seis meses, Ed fue mi mejor amigo. Nos conocimos cuando yo tenía ocho años, en la boda de la tía Euclides con su cuarto marido. “El mero mero bueno”, presumía ella, sin recordar que en su momento también dijo lo mismo de sus tres ex esposos.

 

En fin, en medio de la algarabía, el nuevo tío Gonzalo nos reunió a sus recién descubiertos sobrinos y nos presentó a sus “chamacos”, como los llamaba él, esas ínfimas criaturas que, de tan feos que eran, desconocíamos si eran adoptados o sólo unos pobres diablos. A pesar de su carencia de gracia, había algo en el pequeño grupo que inspiraba cierta simpatía hacia ellos.

 

Eso fue lo que me atrajo de Ed, esa chispa en su mirada que pedía a gritos caridad, una desazón que rimaba bien con su piel estriada y su papada derretida. De inmediato, hubo una conexión entre ambos, esa clase de lazo instantáneo que sólo los niños saben teorizar, quizá porque, en el fondo, también yo era un niño que exigía otro tipo de limosnas.

 

El tío Gonzalo era una persona de orígenes humildes. Tan humildes que sólo eso le sabía dar de comer a sus chamacos. Y esa clase de nutrición cobraba réditos en el aspecto de su progenie. Ed y sus hermanos eran varillas clavadas en la tierra, casi al borde de la inanición.

 

Por tal motivo, a los sobrinos se nos inscribió en el programa “Adopta a tu miserable favorito”; yo escogí, sin dudarlo, a Ed. Después de horas de labor de convencimiento, mis padres por fin escucharon mis súplicas de recibir a un nuevo miembro en la familia, situación que aceptaron con algo de reticencia y sólo bajo ciertas condiciones; la más importante: que debía comprometerme al cien por ciento en mi papel de hermano mayor.

 

Ed era curioso y juguetón, pero conmigo era muy llevado al principio. Si me acercaba demasiado o intentaba quitarle su comida, me clavaba sus garras en la piel. Así era su carácter. Muy volátil. Su comportamiento mejoró conforme se sentía más a gusto en la casa, incluso llegó a saber lo que me hacía sentir mejor, cosa difícil porque ni yo sé qué es lo que me hace sentir bien.

 

Como siempre fui hijo único, la presencia de Ed era bien apreciada. Hasta antes de su llegada, a los únicos que recibía en mi alcoba eran a mis amigos imaginarios, que de imaginarios no tenían ni jota, ya que se llamaban Power Ranger Verde y Mujer Maravilla Hombre.

 

De esta manera, Ed fue mi fiel compañero de cuarto. A pesar de que mi casa era del tamaño de un huevo (forma que para él no resultaba extraña, sino familiar), los espacios se ensanchaban con su sola presencia. Esas cuatro paredes se tornaron lo más parecido a un hogar gracias a Ed y a nuestras travesuras juntos: esconder la peluca de la abuela, robar manzanas del mercado, defecar en los sillones, hacer jirones la Biblia de mi padre.

 

Cuando no estábamos en alguna aventura, pasábamos largos ratos conversando a moco tendido. Él tenía el don de saber escuchar, lo que fue raro para mí, ya que antes de Ed no sabía que tuviera mucho que decir: Power Ranger Verde y Mujer Maravilla Hombre eran unos narcisistas que pocas veces me daban la oportunidad de hablar.

 

El asunto que más los inquietaba a mis padres era la alimentación de Ed; incluso llegué a creer que ellos se preocupaban más por la comida de mi amigo que la mía, tal vez esto se debía a la condición de palo en la que mi amigo arribó.

 

En fin, mis padres se propusieron la tarea de salvar a Ed, así que lo sometieron a un régimen alimenticio muy riguroso. Funcionó. En cuestión de días, éste pasó a ser un globo de Cantoya. Justo cuando pensaba que no podía ser más feliz, una tarde lluviosa nos visitó el nuevo tío Gonzalo. Venía por Ed. Mi amigo no lo recibió gustoso.

 

¡Y cómo no iba a suceder esto! Detrás del semblante de tormenta del tío Gonzalo, cargaba un martillo en su mano derecha. Sin advertencia ni misericordia, azotó el mango en la frente de mi mejor amigo. Al instante, falleció.

 

Lloré inconsolable durante horas. Los seis meses de hermandad desaparecieron bajo el golpe de un martillo. No más triturar Biblias ni ocultar pelucas ni defecar en sillones. No más aventuras.

 

A mitad de mi depresión, mamá entró a mi habitación con un tazón; lo dejó en una cómoda y me besó en la frente. Guiado por los aullidos de mi estómago, di un sorbo al tazón. Un calor recorrió mi garganta. Era caldo de guajolote. ¡Maldito Edberg, pájaro ruin, lo hiciste otra vez! Sólo tú sabes cómo hacerme sentir mejor.

 

20101125-112833

Tu nombre

Por: Guadalupe Fernández Escobedo

 

Parece que aún escucho tus gritos y tus histerias porque no guardaba, como tú querías, mis plumas de colores. Te veo despertándote a las seis de la mañana para barrer el patio, aun cuando tu casa estuviera construida sobre terracería y no se pudiera hacer nada para mantenerla realmente limpia. Siento el frío matutino cuando me despertabas, para que te ayudara a poner todo en orden. Me llamabas floja, contestona, malcriada. Sepa Dios cuántas palabrotas no te habré dicho yo para ver si con eso te callaba la boca, pero ningún término te definía de verdad.

 

Como nunca me permitiste decirte por tu nombre, nunca supe cómo llamarte. Incluso, hasta ahora no sé cómo hacerlo.
Recuerdo cómo deseaba tener una amiga a quien contarle lo que no podía decirle a mi mamá. Esperaba que me mimaras, que me dijeras que era adorable o que te interesara un poco lo que habría aprendido en la escuela. Una persona que me leyera cuentos y que no se molestara cuando yo escribía, porque “era una pérdida de tiempo”. Necesitaba a alguien que me preparara un chocolate caliente y que yo pudiera decirle como el nombre de la caja: abuelita.

 

Así viví con la imagen tuya de una mujer déspota y desequilibrada. Una persona amargada porque no había tenido oportunidad de ser libre, de decidir qué quería, de desprenderse de un hogar, de 12 hijas y de las labores interminables de un claustro. Nunca supe entenderte ni tampoco intenté hacerlo.

 

Aprendí a callar cuando te dirigías a mí; a ignorarte cuando fuera necesario; a perder la batalla contra ti porque eras lo más sagrado de mi propia madre. Trataba de no decirte ningún apodo, palabra cariñosa o adjetivo, por temor a que te molestaras. Cuando tenía que hacerlo me quedaba con un “disculpe, usted” y se me hacía raro que alguien se dirigiera a ti de otro modo. Quizá por eso no supe cómo reaccionar cuando recibí la noticia.

 

Después que mis padres fueron a visitarte, mis hermanos y yo preferimos quedarnos a resolver nuestras actividades académicas y laborales, abrí el mensaje de texto que mi padre envió, después de tantas llamadas perdidas que no escuché con anterioridad, decía: “Lupe, lamento informarte que mamá Trini ha fallecido”.

 

Me quedé muda, sin expresión. No estoy segura qué era lo que pesaba más: la impresión de la noticia o la relación de ésta con tu nombre y el cariño con el que mis padres se expresaban de ti. De pronto hubo una revolución: sentí que te extrañaba. Nunca supe por qué; sigo sin saberlo.

 

A partir de ese momento, con los ojos humedecidos de recuerdos, dejé de imaginarte sólo con tus defectos. Ahora incluyo la forma en que podías unir a toda la familia. La fortaleza, como nunca la había visto, de una mujer que no se dejaba amedrentar por nadie, mucho menos por mí. La forma en que pretendías tener todo en orden a pesar de las dificultades, a pesar de mi caos. Tu manera de tener fe, de expresarla todas las mañanas mientras arreglabas la casa.

 

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