A una alumna

Fue mi primer grupo. Mis primeros alumnos y alumna (s). La primera clase que di durante mi paso por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, tarea que realicé incluso después de egresar.

Emocionado, conocí a un grupo de segundo semestre que a la fecha me trae muchos recuerdos, de entrada porque fue de las últimas generaciones que, considero, tuvieron una participación y gusto por la clase, pese al profesor, cuyo interés por ellos era nulo, –dado que impartía sólo una hora de clase (las asignaturas en Políticas duran dos en promedio) y les daba el examen ¡con las respuestas!–.

Sin embargo, yo hacía mi parte y ellos la suya. Daba los contenidos en la medida de lo posible y ellos participan y entregaban las tareas…, en la medida de lo posible. Sin duda, haber estado con ellos, me trae gratos recuerdos.

Situaciones, preguntas, y rostros vienen a mi memoria, en particular uno, el de una joven que sólo era bajita de estatura, porque de actitud e ímpetu, era bastante alta: Jessica Lisouli Vázquez Jácome. De carita singular, con pequeñas cicatrices como salpicaduras, era la que se dirigía a mí con mayor cercanía, de joven a joven, y no de profesor adjunto a alumna. Seguramente porque era mayor que yo.

–¿Qué pedo con las exposiciones, güey?– recuerdo que me llegó a reclamar por los trabajos dejados por el maestro. Mi respuesta se la daba con una invitación a quedarse a recibir la otra hora que no daba el maestro. Ella fue de las entusiastas que se quedaba para aclarar dudas, en compañía de varios de sus compañeros, debo confesar con gusto que era la mayoría.

Mi paso por esa materia concluyó; puedo decir que ella, Lisouili, fue de las personas con quien mejor me llevé, incluso después de que egresé. Cuando la encontraba entre pasillos platicábamos. Recuerdo muy bien su tono de voz y lo coloquial con lo que me hablaba de sus compañeros, de sus materias y de sus amigos. Siempre fue una persona que tuvo mi aprecio, por ser tan sincera, tan ‘derecha’, como se le conoce a ese tipo de gente.

Hace unos días me enteré de su sensible fallecimiento. Quedé estupefacto, atónito, no sabía cómo responder a la pregunta “’¿la conocías?”. Aparentemente fue atropellada en Eje Central por alguien que todavía no se conoce; su caso no se ha resuelto, ni siquiera en lo elemental, pues pareciera que busca ser archivado entre las múltiples investigaciones de la Procuraduría de la Ciudad.

Por ello, estas líneas, más que un homenaje póstumo a una sencilla, pero directa compañera, es un llamado de atención a las autoridades para que esclarezcan los hechos y se encuentre al o responsables de esta situación que despojó de la vida a una mujer que siempre respeté y de quien llevo memorias sólidas.

En este día, que se conmemora en México el día del estudiante, quiero sumarme al llamado de justicia por esta situación, pero, sobre todo, para que las autoridades cumplan con lo único que deben hacer: su trabajo.

Hasta siempre Jessica Lisouli Vázquez Jácome, mi primera alumna.


Nota de editor

Alrededor de la una de la mañana del pasado domingo, 14 de mayo, Jessica Lisouli Vázquez Jácome fue atropellada; el culpable se dio a la fuga. Los hechos ocurrieron en el Eje Central, a la altura de la Plaza de las Tres Culturas.

Amigos y familiares de la joven solicitan información a todo aquel testigo de los hechos, donde lamentablemente Lisouli falleció. Si lo presenciaste o conoces a alguien que lo haya hecho, favor de comunicarse a:

amigoslisoulijacome@gmail.com

A los celulares: 044 5545 6475 99 y 044 6651 3302 68.

O en la página de Facebook: Justicia para Lisouli Jácome.

#HastaSiempreLisouli

#HoyPorLiso


 

Sin consecuencias para nadie

A estas alturas del mes, es ajeno para muy pocas personas lo ocurrido con Lesvy Berlín Osorio, la joven de 22 años que fue encontrada sin vida en las instalaciones de Ciudad Universitaria.

El hecho indignó a muchos sectores, no sólo por ser un feminicidio, sino por la torpeza de la Procuraduría capitalina que buscó dar “señales de su compromiso con la justicia” al dar de manera innecesaria datos sobre el estilo de vida de la universitaria. Esto provocó la indignación de muchas jóvenes que desataron su ira en redes sociales y dentro de CU.

La situación desató un sinfín de discusiones y debates en varios niveles y en diferentes aristas. Desde aquellas que sin fundamento se vertieron en redes sociales, hasta quienes dedicaron espacios en medios de comunicación tradicionales y virtuales. Todos para asumir una postura, la mayoría apostó a ser políticamente correcto y solidarizarse con Lesvy aunque en el fondo no muchos lo creyeran en realidad.

Pero más allá del feminicidio ocurrido en la UNAM, puesto que el hecho por sí mismo es escandaloso y más si ocurrió dentro de las instalaciones de la institución, lo que preocupa es la impunidad en todos los sectores, en todos los sentidos, para todas las situaciones.

Empecemos por los feminicidios. De acuerdo con reportes del Inegi, publicados por Animal Político y el Economista, del 2000 al 2014 se registaron 26 mil 267 crímenes de género en México, de los cuales, menos del 20 por ciento de los asesinatos son reconocidos en México, según datos de Mexicanos contra la Corrupción y la Impunidad (MCCI), en colaboración con la plataforma CONNECTAS y el Centro Internacional para Periodistas (ICFJ, por sus siglas en inglés).

Otro sector duramente lastimado en el país son los periodistas. Del 2000 a la fecha fueron asesinadas 104 personas dedicadas a este oficio, situación que ubica a México en el nivel de países como Afganistán y Somalia, según el New York Times. Y no sólo esa es la principal señal de alarma, sino la cantidad de casos resueltos, pues de 117 casos revisados por entidades federales, sólo se investigaron ocho y únicamente se resolvió uno.

Así podríamos pasar cuartillas enumerando a los sectores vulnerables y sus cifras, sin embargo, aunque todos tienen diferencias considerables, hay un problema en común: la impunidad.

Y es que esta situación provoca no sólo la desconfianza hacia las autoridades, sino el incremento de los crímenes y las faltas, pues ya no hablamos de investigaciones contra Humberto Moreira, Roberto Borge o César Duarte, sino de la ausencia de castigo al delito común, lo que aumenta la desconfianza en la justicia mexicana.

Pero esto es sabido por muchas personas, sin embargo, sobre lo que no se ha querido reflexionar a profundidad es sobre esa impotencia que se convierte en el generador perfecto de un círculo vicioso, cuyos patrones se reproducen desde las faltas más pequeñas, desde aquellas que son meramente administrativas, hasta los delitos más rapaces y dañinos para sociedad.

Y es que, deténgamonos en esto un momento, pues si la corrupción es la lepra contemporánea, la impunidad es la influenza. La sociedad esta sumida en esta gripe mientras se le hacen llagas grandes repletas de pus. Y la lista de víctimas sigue con nombre y apellido; Lesvy Berlín Osorio ya es parte de ese horror.

Así que mientras estas prácticas se reproduzcan de manera común, viviremos en una sociedad enferma cuya única cura no son las expresiones de furia contra paredes, vidrios o autos, sino las exigencias de justicia ante quienes nos representan para que dejen de ser timoratos, omisos y brinden paz a este país que está tan lejos de conocer el verdadero significado de ese concepto.

Lepra contemporánea

Hace un par de semanas, una policía de tránsito me detuvo a escasas seis cuadras de casa. La situación ocurrió tras darme una vuelta prohibida con mi auto, sin embargo, la relevancia del suceso se debió a lo ocurrido después de una discusión de casi una hora, con ocho patrulleros rodeándome y el arrastre de mi coche hasta el corralón de Avenida Talismán y Gran Canal (muy lejos).

Insisto, el hecho por sí mismo es intrascendente, dado que tan sólo en 2016 se registraron 455 mil multas, según datos de Hiram Almeida, secretario de Seguridad Pública de la Ciudad de México.

Lo importante viene con las reacciones de gente con la que convivo a diario, pues sus comentarios iban encaminados al porqué no le di una “mordida” a la oficial, dado que no sólo fueron los más de 2 mil pesos de multa (un exceso desmedido) sino el tiempo que perdí para recoger mi carro hasta el depósito de vehículos.

Me puse a reflexionar acerca de esos comentarios, porque la mayoría eran en tono de reclamo por negarme a sobornar a la gendarme en cuestión. Con ello, me di cuenta del arraigo que tenemos tratándose de prácticas deshonestas y la facilidad con la que las aplicamos. Pareciera que traemos en nuestro ADN la costumbre de practicar cotidianamente refranes como “el que tranza no avanza” o el popular “el año de Hidalgo, chingue a su madre el que deje algo”.

Y es que esa manera de vivir se ha vuelto tan necesaria que nos sorprende (incluso apenan) aquellos que actúan con honestidad; nos es irreconocible un policía que no pida su “mochada”; se nos hace utópico (irrisorio, ingenuo y hasta condenable) un político cuyo único interés sea el de servir con honor a su cargo y no enriquecerse a costa del presupuesto. Y a pesar de ello, desdeñamos la corrupción, la señalamos, la vemos como lo que es: la lepra de las sociedades contemporáneas.

¿Pero cómo sacar la suciedad de la casa si nuestros zapatos están llenos de estiercol? Justo a finales de enero de este año se dio a conocer el Índice de Percepción de la Corrupción 2016 de Transparencia Internacional en el que se ubicó a México como uno de los países más corruptos: es la posición 123 de 176. Escándalos vinculados con el presidente Peña Nieto, así como desvíos y monstruosidades de gobernadores salientes, hicieron que México cayera 28 posiciones, con respecto a 2015.

Es obvio que nos indigna, agobia y nos hace perder la credibilidad en las instituciones la impunidad de estos casos, sin embargo, no nos molesta ¨darle para su refresco¨ al policía; jamás nos cuestionamos sobre la procedencia de la mercancía vendida en varios tianguis, pese a tener una certeza de su origen ilegal; no dejamos de aprovecharnos de las “oportunidades” de recibir algo del gobierno a cambio de regalar nuestro voto. Y así podríamos seguir con una eterna lista, señalada por muchos, pero corregida por muy pocos.

Y aunque suene idealista e ingenuo, prefiero pagar lo que me cueste mi falta, no porque me sobre el dinero (dudo que a muchos millenial les sobre) es más por una situación de ética, de valores, pues ¿cómo señalar a los Duarte, a los Borge, a los Romero Deschamps o a los Moreira, si cuando cometemos alguna falta tratamos de escabullirnos y soslayar el castigo de alguna manera?

Como quiera que sea, creo que podemos dar pasos sencillos para desterrar estas prácticas al asumir nuestras responsabilidades y, sobre todo, dejar de pensar que en este país no hay faltas sin castigos, pues no importa cuántas leyes se hagan, el número de funcionarios públicos que hagan su 3 de 3 ni las denuncias en la prensa si no empezamos a corregir nuestras malas costumbres. Sólo así podremos salir del agujero que cuesta 347 mil millones de pesos al año, según IPC.

De a tuit

Inician las campañas en el Edomex y en la baraja hay un rico, una maestra, una tercerona y el resto ¿hay para escoger o todos son lo mismo?

La no razón de Mars

Definitivamente, desde la masificación de internet hemos tenido acceso a trillones de terabytes. Contenido mega diverso que puede ser de interés, relevante, pero que también puede ser muy vacío, sin mensajes o propuestas de trascendencia colectiva, de mero entretenimiento para acabar pronto. En ese universo virtual se encuentran los videoblogueros, una ‘especie’ de internautas conocidos por acumular varios miles de visitas tras publicar videos divertidos y que, con el paso del tiempo, se convierten en esos entes llamados “influencers” creados con cierta malicia comercial por el marketing.

Desde la aparición del ‘Anticristo 2007’ en Youtube hasta Chumel Torres, decenas de jóvenes (y algunos no tanto) han buscado esta plataforma para dar a conocer sus opiniones sobre varios temas. Algunas muy concienzudas y otras no tanto, cabe señalar. Ahora Facebook e incluso Scorp hacen lo propio y abren la puerta a millenials para que digan y transmitan lo que sea, incluso suicidios. Entre esos ‘botones’ que brotaron de estas redes sociales apareció Mars Aguirre, una joven de Mexicali, Baja California de 16 años nacida el 27 de septiembre quien suele “hacer pendejadas frente a la cámara y hacerte reír ocasionalmente”.

Su fama no la alcanzó por grabar ocasionalmente lo que dice su descripción de su perfil, sino porque aparentemente dejó la escuela en el tercer cuatrimestre de la preparatoria y lo expresó entre sus seguidores. Su video subido la mañana del 22 de marzo ha alcanzado hasta hoy alrededor de 6.4 millones de reproducciones y logró una ola de memes y miles de comentarios furiosos en su contra. Sin embargo, lo que hizo (criticable o no) toca dos puntos importantes que han sido objeto de análisis de esta intermitente columna: la educación en México y la falta de oportunidades que enfrentan los millenials.

El modelo educativo actual ha demostrado que no es apto para las exigencias globales contemporáneas, pues, como ya se ha dicho anteriormente, no permite explotar las habilidades y aptitudes de niños y jóvenes, situación que a la larga se ve reflejada de diferentes maneras, visto en la frustración al momento de buscar empleo. Esto ha permitido que muchos chavos dejen sus estudios bajo los argumentos de que nunca aplicarán lo aprendido, situación que no es falsa, pues muchos comunicólogos (rama que estudié y ejerzo) no aplican fórmulas químicas o el álgebra básica.

La linealidad de la educación mexicana ha creado “idiotas útiles” incapaces de reflexionar sobre su propio entorno, condenados a repetir los errores del pasado y a no tomar en serio el papel que ejercen dentro de la sociedad. Ese esquema ha caducado desde hace tiempo, pero no es hasta hace poco que mostró su falta de viabilidad, pues los jóvenes nacidos del 90 al 2000 son renuentes a seguirlo, situación que los hace ver como personas indiferenes, rebeldes, consumistas y con muy poco sentido de la resposabilidad.

Bajo ese tenor y con la popularización de las redes sociales y los teléfonos inteligentes, estos ciudadanos demuestran (intensionalmente o no) que los esquemas de aprendizaje no son los correctos y que las oportunidades no son suficientes, mas sí, muy deficientes. Año con año leemos que alrededor del 90 por ciento de jóvenes aspirantes a estudiar en universidades públicas son rechazados, en buena medida, por una falta de preparación académica, y en otra, porque el modelo social dicta que para ser alguien deben tener una carrera y por lo tanto tienen que buscar un lugar que probablemente no quieran.

Sin embargo, nadie se pregunta qué pasa con esos que sí concluyeron y que están desempleados, mal pagados o bajo esquemas de trabajo trampozos ante la ley que no cubren sus necesidades básicas. Tal vez si a los jóvenes se les encaminara con otras normas que les permitiera ser tomados en cuenta, se sentirían arropados para continuar con sus estudios y alcanzar sus sueños.

Quizá si eso pasara no hablaríamos de los 75 mil chavos reportados por grupo Cauce Ciudadano que fueron reclutados por el narco; de los 7 de cada 100 embarazos que son entre adolescentes, según el Inegi; de la violencia creciente, de la frustración constante. Probablemente no hablaríamos de Mars porque probablemente su mayor aspiración no sería convertirse en videobloguera, actividad a la que por cierto, muchos se quieren dedicar pues es la única forma en la que se consideran escuchados.

De a tuit

Humberto Moreira, visto por Forbes como uno de los 10 mexicanos más corruptos, busca a ser diputado ¿qué tanto deberá para que quiera fuero?

¿Despertó la generación dormida (millennials)?

El escritor y guionista Bret Easton Ellis escribió en su artículo Generation Wuss (2015) que la generación de los Millennials –milénicos, generación del milenio o como mejor les guste– tiende a sobrereaccionar, a creer que siempre tiene razón, pero sobre todo, que los nacidos en este período (incierto y acomodado al gusto de analistas y especialistas que no definen de manera clara el rango que abarca) son cobardes.

 

Hay cierta razón en esta polémica clasificación para los que nacimos entre la década de 1980 y los 2000, pues en buena medida, podemos entendernos como personas que nos gusta ganar siempre, que hacemos muy poco para profundizar en nuestra argumentación y que, incluso, podemos ser caprichosos en nuestra manera de vivir.

 

En ese tenor, yo mismo he sido muy crítico de nuestra generación. Las pláticas de café entre mis amigos y colegas han servido para desahogar nuestro vómito verbal en contra de lo poco que hacemos para cambiar nuestro entorno, deleznable y podrido gracias a la corrupción, la impunidad y la falta de confianza en las instituciones, pero de ahí no pasamos. Seguimos sin hacer nada.

 

La decepción ha sido una de las banderas de esta generación de mexicanos, acentuada, quizá, desde el fallido #YoSoy132, pues a raíz de la evaporación del movimiento muchos de nosotros quedamos con un mal sabor de boca.

 

Sin embargo, he notado que esa generación que señalé como “apática y somnolienta” no necesariamente tiene esos atributos. Lo comprobé con la reciente movilización de muchos de mis contactos a raíz del escándalo que salió a la luz donde uno mis ex profesores de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales fue acusado de acoso sexual por varias alumnas. Algunas de ellas amigas mías.

 

Más allá del hecho que resulta polémico y muy cuestionable, por decir lo menos, me demostró la fuerza que tiene esta generación que por momentos se ve apacible y, por otros, activista de sillón. Entiendo por completo que la mejor arma/defensa que tenemos son las redes sociales, mismas que no sólo son usadas por una “legión de imbéciles” como calificó Umberto Eco, sino por todas aquellas voces inconformes que no tienen la posibilidad de una mayor resonancia y que por otros medios pasarían desapercibidas y, seguramente, olvidadas al corto plazo

 

Las denuncias (aunque también muchas calumnias y sofismas) abundan en Facebook y Twitter, cuyo éxito se ha reflejado al propiciar la renuncia o destitución de funcionarios de alto nivel –el más reciente ejemplo fue el ex director de TV UNAM, Nicolás Alvarado– pero no es suficiente.

 

Necesitamos virar el timón para dejar de ser “cobardes” o “bravos de la red”, pues, en efecto, tenemos que salir del activimos virtual y pasar a la acción. Es necesario salir del anonimato y dar la cara a nuestros atacantes y a los que sin piedad cometen tropelías sin que nadie los detenga. Las víctimas tienen que dejar el miedo atrás (en el caso de la denuncia contra un profesor de la FCPyS, enfrentar al académico y denunciarlo ante las autoridades, ese será el verdadero testimonio que servirá como ejemplos para aquellas que podrían estar en una situación similar).

 

Basta ya de los simples comentarios en sus perfiles, que si bien son un primer paso, no es suficiente con etiquetar al responsable de los daños. Hay que demostrarles que todas las afectadas tienen nombres, apellidos y rostros, pues si lo que realmente queremos es transformar nuestra realidad y labrarnos un futuro prometedor, tenemos la obligación de ser valientes, de perder el miedo y dejar de señalar al amparo del anonimato que brinda la masa virtual. A final de cuentas, tenemos la responsabilidad de ser mejores de lo que nuestros detractores piensan de nosotros.

Los otros ninis, ¿a quién le importan?

Es bien sabido que una de las grandes deficiencias del modelo educativo público en México es la cultura del emprendimiento. No nos preparan, jamás, para buscar la manera de generar nuestros propios proyectos; nos preparan para ser empleados, simples “objetos” parecidos al unicel o botellas de pet cuya utilidad se mantiene hasta que llegan los nuevos desechables.

 

Así, bajo una inercia impuesta por la economía de mercado, donde cada vez se consume con mayor velocidad, los nuevos cuadros de profesionistas (quizá más capacitados que los de mi generación pero menos interesados por lo que ocurre a su alrdedor) van ocupando espacios con tal fuerza que desplaza no sólo a quienes tienen 30 años en servicio, sino a los que llegan a ser considerados como “obsoletos”, a pesar de estar en plena edad productiva, por algunas empresas mezquinas y que prefieren desecharlos para traer a nuevos trabajadores de menor costo.

 

Este tema ya lo he abordado de manera superficial en el artículo “Becarios… la nueva figura de la esclavitud de los millenials”, sin embargo, lo que importa ahora es entender qué pasa con aquellos que sencillamente no encuentran trabajo y tampoco estudian. Me refiero a los “ninis”, pero no precisamente a los más 7.5 millones de jóvenes que viven en el desamparo y cuyo refugio muchas veces lo encuentran en el crimen organizado, sino a los que terminaron una carrera y trabajaron y ahora no tienen empleo.

 

Si bien, el término se le atribuye de manera generalizada a estos grupos de chavos que abandonaron los estudios o que simplemente no encuentran un trabajo que les permita subsistir de manera suficiente (identificados de manera jocosa en algunos portales de facebook con los nombres de “Brayan” y “Britany”); este problema va más allá de lo que podemos imaginar, dado que no sólo encapsula a esta población, sino a aquella que está en una edad económicamente activa y que se encuentra actualmente desocupada sin obtener ingresos económicos.

 

Es de alarmarse que varios de estos centenares de miles hayan tenido algún tipo de experiencia laboral, pues según cifras del Inegi reportadas en sus Indicadores de ocupación y empleo al segundo trimestre de 2016, al menos un millón 903 mil 013 de los más de 2 millones de desocupados, cuentan con antecedentes laborales. Estamos hablando que más del 90 por ciento de los desempleados ha trabajado al menos una vez en su vida.

 

La cosa se torna más complicada cuando vemos que de los 51 millones de personas que laboran en México, poco más de 185 mil son empleadores, el resto son empleados, trabajan por su cuenta o no son remunerados (cosa que todavía complica más el panorama para al menos 223 mil personas que se ubican en esta categoría).

 

Es claro que nuestra educación viene empaquetada bajo un esquema de contratación, mismo que es inculcado desde antes de pisar un aula de clases, pues muchas veces, en vez de orientar a los hijos para que ellos sean quienes desarrollen sus propios proyectos e ingresos, se les dirige de manera inconsciente que deben ser contratados, en buena medida, porque los padres tampoco tuvieron el conocimiento necesario para crear una empresa.

 

Claro que los candados burocráticos del Estado mexicano son sumamente engorrosos y se vuelven un martirio para aquellos que se arriesgan, sin mencionar que la competencia no es del todo leal en algunos sectores, sin embargo, me parece que muchos universitarios egresados deberían optar por esta vía y no estar a la espera de una vacante que muchas veces no es precisamente justa con su actividad.

 

No descalifico a quienes han logrado encontrar un empleo, por el contrario, celebro a quienes son felices con lo que hacen y que además les alcanza no sólo para sobrevivir, sino para vivir. No obstante, analizo a todos aquellos que viven bajo los enunciados “es que no hay trabajo” o “no estudio porque me rechazaron de la UNAM”, pues más allá del lugar común de sus frases, deberían preguntarse sobre lo que hacen (hacemos) para aplicar los conocimientos obtenidos en su experiencia y en la academia.

 

Para eso, será necesario quitarnos del tímido cuasi genético que traemos muchos mexicanos y arriesgarnos con nuestras ideas, nuestros proyectos. Tal vez eso nos quite de la lista peyorativa que clasifica a quienes no “producen” pero sí “consumen”, y con ello, reduzcamos esa brecha gigante trazada por la desigualdad y la falta de oportunidades.

 

De a tuit:

El cinismo del PRI es olímpico tras suspender los derechos de priistas que no lo eran. Es claro que su idea es la justicia es mediática, no moral, pues hasta ahora ¿alguien sabe dónde está Roberto Borge y por qué no se le aplicó el mismo procedimiento?

Alvarado no sólo cayó por sus dedos, sino por sus acciones

Érase una vez una televisora muy chiquita, llamada TV UNAM, donde existían muchos sueños pese a la desigualdad salarial y la falta de compromiso de parte de muchos de sus trabajadores. Esta historia, lamento decirles, no es una ficción sino una realidad que existió mientras formé parte de sus filas.

 

En ese canal, el cual quiero mucho porque me formó profesional y personalmente hablando, había una clara falta de voluntades en los diferentes niveles de trabajo, que pasaba desde los de intendencia hasta los tomadores de las decisiones importantes.

 

Pero no voy a hablar de lo que fue en ese momento. Cada uno de los que trabajó conmigo en ese periodo sabe lo que hizo, lo que no hizo y sus diferentes por qué. Hablaré de las aspiraciones que tenía este modesto canal cuando su ahora ex director Nicolás Alvarado tomó las riendas.

TV-UNAM-4-1024x556

Desde el jueves 21 de enero que Alvarado llegó para presentarse en las instalaciones, había mucha incertidumbre, misma que fue fabricada por él mismo, pues en vez de dar a conocer su nombramiento en la propia Universidad Nacional, prefirió dar la primicia, el 18 de enero, en Primero Noticias, el extinto noticiero de Carlos Loret de Mola, donde colaboraba con su sección “Primero Cultura”.

 

La presentación con los trabajadores no trascendió, nunca buscó un encuentro individual con los integrantes de la dependencia universitaria, pues sólo se limitó a observar los pasillos de la primera y segunda planta del edificio principal, en esos escasos recorridos donde lo llegué a ver. Soberbio desde el primer día.

 

Lo que vino después ocurre cuando inician nuevos ciclos: el despido de personas para favorecer el proyecto de quienes asumen el control del lugar, entre ellas la subdirectora de Información, destacada líder en todo el sentido de la palabra.

 

Fueron momentos de mucha tensión, de constantes fricciones entre nosotros (los que formábamos parte de esa subdirección) incluso de algunas traiciones causadas por el desconocimiento absoluto del rumbo que tomaría TV UNAM, a pesar que Alvarado puso a alguien que se hiciera cargo de nuestra área y nos “informara”, muy superficialmente, sobre lo que él quería.

 

Sin embargo, se trató de salir adelante, aún sin conocer el propósito real de varias decisiones tomadas, entre ellas, eliminar el “noticierito” Inventario (así de despectivo fue siempre Nicolás Alvarado con lo producido en el canal) que varios reporteros, conductores, realizadores y staff, construyeron durante poco más de 10 años.

 

Pasaron las semanas y los únicos cambios que se veían eran de personal. Cada vez se iban más personas y aumentaba la división, sin importar las promesas de trabajo y los “aumentos” que algún día llegarían. Todo era incertidumbre. Así continúo, incluso después de mi salida del canal, decisión que tomé a motu propio sin ninguna clase de presión.

 

La gente que se quedó, a quienes les guardo un afecto muy especial dado que a varios de ellos los considero mis amigos, siguieron bajo la misma inercia: sin información, sin motivaciones, aunque eso sí, las promesas de una nueva página de internet y de una señal más dinámica nunca faltaron.

 

Se hacían castings y al mismo tiempo se hablaba que el presupuesto no favorecía a los planes para relanzar TV UNAM. Pero nada, sólo se seguía ‘mareando’ a la gente, por lo que algunos incluso prefirieron irse, en especial becarios, ya que se les exigía mucho más de lo pactado por sus 2 mil pesos mensuales.

 

Un par de “cambios” llegaron: la instalación de la Cafetería 3/8 y la desaparición de varios programas, entre ellos Inventario. Pero más allá de eso, nada. Las promesas de la dichosa página sólo se postergaba tanto como el relanzamiento, alegando que la falta de dinero era el principal obstáculo, razón por la que se buscaban co-producciones con facultades y otras dependencias dentro y fuera de la UNAM.

 

Llegó el día de la presentación de TV UNAM. Con bombo y platillo se dijo, el 3 de agosto, que el canal se volvería un productora con 18 horas de contenido semanal. Parecía que Alvarado por fin lograba callar las bocas que lo criticaron por venir de Televisa y estudiar en la Universidad Iberoamericana, y de los sindicalizados, quienes en ligeros intentos de protesta mostraban su rechazo.

 

Para entonces, sus subordinados directos ya habían hecho varias tropelías: despidos y jubilaciones forzadas que fueron parte de los movimientos solapados por el director. Unas ocurrieron apenas esta semana, donde varias personas con plaza de confianza fueron liquidados.

 

Hoy, Nicolás Alvarado Vale fue retirado de su cargo, aparentemente por una columna publicada en Milenio donde mostró su desdén por Juan Gabriel. Pero más allá de eso, Nicolás no le entregó la renuncia al rector Enrique Graue por decir que no le gustaba JuanGa “me irritan sus lentejuelas no por jotas sino por nacas, su sintaxis no por poco literarias sino por iletrada”, más bien, esa declaración fue la gota que derramó el vaso. No sólo cayó por sus dedos, sino por sus acciones.

 

Alvarado le ha salido muy caro a la Universidad (económica y públicamente hablando). La ausencia de humildad, las liquidaciones, los movimientos y la falta de acuerdos, son parte de la factura que hoy le toca pagar a la UNAM, especialmente a aquellos que se quedaron sin trabajo, pues, justificado o no, es un lujo que no se podía dar nuestra casa de estudios en esta época.

 

Así termina otro ciclo para TV UNAM, pero no la historia de esta televisora fundada en 1985, y que durante todo este tiempo ha salido avante pese a las carencias técnicas y económicas, pues ante todo, mucha de su gente ha tenido corazón para producir material para Canal 22, Foro TV y RTC, y ésta vez no será la excepción. Sin duda, vendrán tiempos mejores para el canal cultural de los universitarios.

La democracia adolescente crece

El domingo se llevaron a cabo elecciones en 14 estados, donde se eligieron a 12 gobernadores. Más allá de las campañas repletas de lodo en lugares como Tamaulipas o Veracruz, lo importante fueron los resultados, pese al abstencionismo avasallador.

 

El Partido Revolucionario Institucional auguraba alcanzar nueve de las 12, sólo tuvo cinco. Las demás se las llevaron dos partidos, algunas en alianza y otras el PAN por si solo; que si bien son instituciones enteramente cuestionables en sus procedimientos, sus integrantes y sus gestiones, las actuales y las que han pasado (en específico las dos a nivel federal de Acción Nacional), llama la atención la manera en la que gente castigó al PRI.

 

Reprimenda que le salió barata, pues pudo haber perdido Oaxaca y Zacatecas por un Morena que crece y crece. Sin embargo, se quedó con esas dos, Tlaxcala, Hidalgo (que es casi por antonomasia) y Sinaloa. Lo importante de esto, más allá de los partidos y los inadvertidos independientes, fue la gente. Sin más, dieron muestra de que cuando los mexicanos se lo proponen, puede conseguir un cambio (si quieren sólo de color), pero que le hace la vida menos fácil a los que toman las decisiones.

 

Efectivamente, no hay nada que festejar, sobre todo cuando en la Ciudad de México menos del 30 por ciento participó en la elección para el Congreso Constituyente. Como quiera que sea, el cinco de junio será una fecha para recordar y analizar que pese a nuestra desconfianza, apatía y desánimo (completamente justificado), tenemos la oportunidad de hacer las cosas diferentes.

 

Nuestra responsabilidad es, ahora más que nunca, hacernos presentes en la vida política a través de la información, la exigencia y el compromiso con nuestro papel como ciudadanos, que si bien no tenemos muchas armas, el voto nos permitirá darle un cachetadón a esos que nos “representan”. Felicidades hemanos mexicanos, sigo teniendo esperanza en ustedes, en nosotros.

 

De a tuit:

Ya detuvieron a #lordrollsroyce. Casual que fue después de las elecciones cuando el PRI pierde todo; más casual que Eruviel lo anuncie con tambores en Twitter. ¿Será acaso que EPN ahora más que nunca exige resultados para no perder su joya más preciada el siguiente año?

¿¡Y nosotros por qué!?

Y sí, volvió el tema de la polución en la capital. Otra vez dobles hoy no circula, otra vez saturación en los transportes, otra vez quejas. Todo eso que trae consigo la prohibición del tránsito de, al menos, dos millones de coches.

 

Pero mientras escuchaba y leía un sinfín de comentarios llenos de bilis sobre las medidas adoptadas por el impopular Miguel Ángel Mancera, me llegó a la cabeza una pregunta relacionada con el tema y con una declaración desafortunada (por no decir pendeja) de la Secretaria de Desarrollo Agrario Territorial y Urbano, Rosario Robles, con respecto a la movilidad de los mexicanos y que gracias a sus programas, el 80 por ciento de la gente puede llegar a sus trabajos y escuelas en bicicleta.

 

Más allá de la sandez de esta señora y de su absoluto desconocimiento por la vida cotidiana de la perrada, donde todos estamos incluidos, me puse a pensar y contestar sobre por qué tenemos que pagar nosotros ambas situaciones y todo lo que se deriva de ello.

 

Retrocedamos el reloj a unos 15 años atrás. Ustedes y yo ya teníamos uso de consciencia, seguramente no desarrollado del todo, en la mayoría de nuestros casos, pero de mínimo ya contábamos con pleno control de nuestros recuerdos.

 

Apelando a la memoria, me gustaría que se detuvieran un segundo y recordaran cómo era su vida en la primaria. Y no estoy hablando de que hagan un análisis sesudo de la situación política y económica del país en ese entonces. Hablo de que recuerden los trayectos en coche que hacían, la gente que veían en las calles cuando caminaban con sus papás, la “saturación” de las vialidades.

 

Probablemente sus imágenes sean parecidas a las mías, donde en efecto, había tráfico, muchísima gente y hasta me atrevo a decir que hubo veces en una lejana época noventera en la que mis compañeros y yo no salíamos a hacer educación física. Definitivamente el caos es el nombre de pila, sino que hasta el apellido de nuestra ciudad. Pero si nos remitimos a cifras concretas, de acuerdo con el INEGI, de 1900 a 2015 pasó de 700 mil habitantes a 8.9 millones. Y falta lo mejor, en las últimas dos décadas, se incrementó en un millón de nuevos pobladores. Y eso sólo en la capital. No estamos contando a los que vienen todos los días del Estado de México.

 

¿Qué significa eso? Más problemas en la seguridad pública, saturación de vías y transportes, escasez de agua en zonas como Iztapalapa, inestabilidad en los mantos acuíferos por falta de recarga, inundaciones, hundimientos, y bueno, un mil y largo etcétera.

 

Todo esto es consecuencia de una sola cosa: la falta de planificación por parte de autoridades. La responsabilidad, enteramente compartida entre ex presidentes, regentes (ahora jefes de gobierno), delegados y la gente inconsciente de que la situación es insostenible y que pese a ello siguen viniendo a vivir a nuestra ciudad. Así que no importa la cantidad de dobles hoy no circula, ni las veces que uno se queje, si el problema se ataca con soluciones simplistas y no de raíz.

 

Así de noble es el ex Distrito Federal, que pese a estar más cerca de China que de Tenochtitlan, sigue recibiendo a los hijos del éxodo provocado por el narcotráfico, la desigualdad y la pobreza. Mientras tanto, nos toca seguir respirando la contaminación, pues alguien tiene que pagar y quien más que los verdaderos capitalinos.

 

De a tuit:

 

México en su eterna búsqueda de héroes, le da la estafeta a las ladys, sin importar sus valores ni sus pecados.

 

Por: Aldo Rafael Gutiérrez.

¡Ya estoy harto!

En las últimas semanas nos hemos enterado de múltiples casos de abusos contra mujeres. Desde el ataque en la Condesa a la colaboradora de Vice, Andrea Noel, hasta las violaciones de jóvenes ocurridas en Veracruz por hijos de influyentes, lo que nos dan una enorme lista que desafortunadamente todos los días se va nutriendo y que la hace interminable. Cada violación, manoseo, chiflido, mirada, deja en evidencia la falta de civilidad y el absoluto machismo en el que la sociedad mexicana está hundida.

 

Algunas situaciones han superado nuestra propia indiferencia y nos han dejado cicatrices profundas, no sólo a las víctimas, sino a quienes estamos de alguna u otra forma un poco más cerca de ellas, a quienes considero las valientes, las fuertes, las que cambian el país al no callar. En lo particular, casos como el de la editora de El Universal o la estudiante de la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, me ponen a reflexionar sobre lo que estamos haciendo mal y llego a una sola conclusión: todo.

 

Lo digo de esta manera porque en vez de contarrestar, mas no victimizar, muchos “hombres” se han dedicado a sobajarlas y amenazarlas. Pero esto no viene solo. Se da desde pequeñas e inofensivas situaciones como dividir las tareas y atribuciones en casa de acuerdo al género, hasta aquellos que creen tener derecho sobre las mujeres, conocidas y extrañas, quienes por el simple hecho de ser “hombres”, consideran que pueden estar por encima, y por ende, dirigirse a ellas de maneras despectivas, con connotaciones sexuales, o simplemente, con intención de demostrar que ellas no son nadie sin que el género masculino las proteja.

 

Toda esta normalización de la violencia contra la mujer, ha vuelto “invisibles” nuestras reiteradas ofensas hacia ellas, mismas que sin plena consciencia, ocurren entre mujeres y que no se arreglan con un “perdón, no me di cuenta”. Tal vez por eso nos causa tanto revuelo los casos antes señalados, no sólo por las terribles agresiones, sino porque nos hemos dado cuenta de lo cerca que estamos de esas vejaciones y de las monstruosidades de las que somos capaces.

 

En lo particular, estoy harto de que las mujeres vivan con limitaciones en cuanto a su vestimenta y comportamiento, sólo para evitar ser tachadas de “putas”; estoy harto de que los padres de violadores y acosadores señalen, acusen y evadan la responsabilidad de sus críos para decir que ellas son las incitadoras y provocadoras. Considero que debemos tomar partido en todas y cada una de esas acciones, porque definitivamente, todos somos parte de ellas de alguna u otra forma, incluso si nos quedamos callados, pues hasta la omisión nos hace cómplices de la violencia. Quizá si cambiamos eso, lograremos mejorar nuestro entorno, no sólo en ese aspecto, sino en nuestra manera de ser ciudadanos, de ser mexicanos.

Violencia contra la mujer

Becarios… la nueva figura de la esclavitud de los millenials

Tal vez más de uno sepa que trabajé en TV UNAM. Para quienes no, estuve al servicio de la televisora de la universidad por cuatro años como reportero cultural. Renuncié hace un par de semanas, en buena parte por la necesidad de tener oportunidades laborales diferentes y también por falta de claridad en el proyecto actual, pero no ahondaré en esa situación.

 

Resulta que como cualquier desempleado, he tenido que tocar varias puertas para desempeñar mi profesión. En ese andar tuve una entrevista el pasado lunes 28 de marzo. En ella había ocho aspirantes a redactor para una revista cuyo nombre prefiero omitir. La reclutadora, de nombre Cristian, fue en principio clara con quienes estábamos ahí: “No hay promesa de contratación y la vacante es para ser becario”.

 

No me molestó. Por lo general los becarios pueden ganar desde mil 500 hasta siete mil pesos por medio tiempo o menos dependiendo el lugar y las tareas. Lo dramático de esta “vacante” no fueron los 600 pesos mensuales que dan como “apoyo económico” (sí, 600 monedas de a peso por 30 días de trabajo, eso sí, hay que asistir cinco días a la semana y cubrir el turno de cuatro horas si se quiere cobrar), sino la disposición de varios jóvenes por trabajar ahí después de haber oído tal monstruosidad.

 

Mi expresión, interna y externa, fue de absoluto asombro. Insisto, más allá de la miserable paga que ni para los pasajes debe alcanzar, me impresionó la intención de algunos chavos, la mayoría con estudios concluidos (dicho por ellos mismos), de querer trabajar en tan raquíticas condiciones. Una de ellas incluso comentó que venía de San Miguel de Allende, Guanajuato, y que le interesaba mucho incorporarse a la revista.

 

Me vinieron muchas preguntas a la cabeza: ¿por qué los jóvenes deprecian tanto sus conocimientos?, ¿acaso la idea de “empezar desde abajo” les ha borrado de la cabeza el concepto “pago justo”?, ¿es esta la razón por la que los periodistas y comunicólogos en general son vistos como recursos desechables y por ello tantas injusticias laborales, económicas, sociales?

 

Francamente quedé aterrado. En efecto, por la insensibilidad de parte de las empresas por desdibujar la figura del “becario” y verlo como un trabajador más, sólo que más barato, sin prestaciones y por supuesto, sin seguridad social, vaya, un simi trabajador. Por otro lado, me parece inaudito que los jóvenes se prostituyan de esa manera sólo por “hacer experiencia”, como si recibieran un favor de quienes los contratan.

 

En efecto, dependencias públicas y privadas han olvidado a propósito la definición de becario por meros intereses económicos. Lo desesperante es que los millenials (me choca haber pertenecido a esta generación), también olviden que esto debe ser visto como un apoyo y no como un sacrificio. Espero que en el futuro esto pronto se regule por las autoridades correspondientes, porque de seguir bajo esta senda, México está en riesgo de convertirse en un país de becarios/esclavos del siglo XXI.

La era de la paranoia

Hace mas de una semana Andrea Noel, periodista y colaboradora del portal Vice News, fue atacada por un sujeto en la colonia Condesa de la Ciudad de México a plena luz del día. El hecho indignó a muchos sectores de la sociedad, no sólo por el acoso que sufrió la estadounidense, sino por la violencia que se desató en su contra por parte de twitteros y “periodistas” del panfleto llamado “La silla rota”, quienes pusieron en tela de juicio el ataque perpetrado contra Noel.

 

La situación ha sido realmente polémica, porque ha dejado en evidencia que el machismo en México sólo se ha escondido, cual ladrón que espera se calmen las cosas para seguir haciendo de las suyas. Publicaciones de odio, insultos y amenazas se han vuelto una constante en Twitter y Facebook, donde “machos” critican la vestimenta de las féminas y se victimizan por ser producto de la “friendzone”. Sin embargo, no es una situación de peligro hasta el momento en el que pasa a la acción y los derechos de las mujeres son transgredidos en aras del “piropo”.

 

Es un fenómeno delicado por completo, donde los ultras (feministas y machistas) hacen del debate un campo de batalla minado por descalificaciones y flanqueado por posturas radicalistas que nos vuelven paranoicos sin dar soluciones reales. La propia comunicadora Karla Rivera, ha sido objeto de comentarios en mis redes sociales a consecuencia de un video que colgó en su portal Mientras tanto en México, donde ella señalaba como agresores sexuales a todos aquellos que la vieron, sin importar la forma y el tiempo.

 

Tal parece que la era de la paranoia nos alcanzó, no sólo en el sentido de las amenazas y acosos sexuales que sufren principalmente las mujeres, sino en la seguridad pública o la libertad de expresión, por mencionar algunos. Esta situación nos ha vuelto vulnerables por completo y provoca que andemos por las calles a la defensiva, esperando siempre lo peor.

 

El resultado de esta situación es que movimientos nobles y honestos como el feminismo, sea denostado a un simplista término de “feminazis”. En buena medida por algunas de sus simpatizantes, quienes en busca de la equidad y la igualdad de oportunidades han radicalizado el discurso, desdibujado sus principios y criminalizado cualquier manifestación de acercamiento entre hombres y mujeres.

 

La responsabilidad recae en tres aspectos: el machismo enraizado como mala hierba desde la colonia, quizá desde antes; las instituciones, quienes han sido omisas y su actuar ha sido precario ante la conciencia que deben promover en la población para evitar este tipo de conflictos; y la educación dada a las personas desde el núcleo familiar donde, todavía hoy, aplican modelos de conducta de género distintos para niños y niñas.

 

Sin duda, es un problema del que todos somos responsables y en el que debemos tomar cartas en el asunto, escuchar todas las partes para plantear soluciones, si queremos combatir las agresiones sexuales, la falta de oportunidad e igualdad hacia las mujeres y la radicalización de los movimientos, pues como dijo la artista plástica feminista, “ojalá algún día deje de existir el feminismo, porque entonces se habrá alcanzado la igualdad en nuestra sociedad”.

Las fiestas de los poderosos, las cruces de los pobres

invitados-jefe-diego

Primero que nada me quiero disculpar. Llevo varias semanas sin publicar nada y si hay algo que critico en cantidad es la falta de constancia. Sin más, el circo regresa y traerá funciones cada semana.

 

Es curioso como la ingenuidad (no le llamemos estupidez) de los políticos hacen que caigan por su propio dedo y conexión a internet. Resulta que el fin de semana, Diego Fernández de Cevallos festejó su cumpleaños 75. El ex senador, ex diputado y ex candidato a la presidencia decidió hacer una fiesta con la crema y nata nacional donde políticos de todas las facciones, ex presidentes, empresarios, gobernadores y periodistas, se dieron cita para celebrar a “El Jefe Diego”.

 

El festejo se dio a conocer gracias a Xochitl Gálvez Ruiz, delegada de Miguel Hidalgo, quien mediante Periscope mostró a los invitados. Entre los asistentes figuran Carlos Slim, Carlos Salinas de Gortari, Carlos Navarrete, Felipe Calderón Carlos Marín y Ciro Gómez Leyva, por mencionar algunos.

 

La fiesta per se no importa. Cualquiera tiene el derecho a celebrar su cumpleaños e invitar a quien mejor le plazca. Es más, ya no sorprende siquiera que políticos de ideologías “opuestas” se reúnan tan abiertamente. Lo que indigna, lo de siempre, es la desfachatez con la que estos, los de arriba, los que deciden, se exhiban en comidas rimbombantes para demostrar que México está controlado por cínicos cuya relación simbiótica les permite estar en ese lugar.

 

Simplemente y, de acuerdo con cifras publicadas en 2015 por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), el porcentaje de población en pobreza subió de 45.5 a 46.2 por ciento. En el mismo informe se menciona que en 2014 el poder de compra de las familias por hogar se redujo, desde 2012, a un 3.5 por ciento.

 

Y no hablemos del desempleo, que si bien de acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), las tasas de desocupación descendieron a 4.1 por ciento, no ha sido suficiente para crear siquiera la mitad de los trabajos que el país necesita.

 

Eso sí, los poderosos se siguen reuniendo bajo esquemas de inmunidad e impunidad, demostrando que en México lo que falta no es dinero sino igualdad. Y mientras más largas sean las fiestas, más pesada será nuestra cruz.

Evaluaciones, reformas y hasta educación

En las últimas semanas se llevó a cabo la evaluación para los maestros en distintas partes del país, derivada de la mal llamada reforma educativa. En algunos estados y como era de esperarse, la evaluación tuvo muchas complicaciones al momento de aplicarse. No obstante, la Secretaría de Educación Pública dijo que la evaluación fue exitosa y que la participación de más de 131 mil docentes demostró su efectividad.

 

Sin embargo, líderes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE), Francisco Bravo, ex secretario general del magisterio y Enrique Enríquez, secretario general de la sección 9 de Michoacán, reprocharon que no se dieron las condiciones necesarias para una correcta aplicación.

 

Pero mientras los bandos permanecen polarizados y lanzan argumentos como flechas, dirigidos a la opinión pública para que se sumen de uno u otro lado, la realidad es que ni el gobierno ni los sindicatos de profesores se ha preocupado por la sustancia medular de esto: la educación de los jóvenes.

 

Lo digo porque mientras unos se preocupan por no perder sus privilegios y otros le apuestan al pragmatismo numérico para demostrarle a la OCDE que los mexicanos no son tan ignorantes como lo reflejan sus exámenes, ninguno ha lanzado propuestas reales para mejorar la educación de nuestros jóvenes.

 

De entrada, y ahí entra la mayor responsabilidad del gobierno, es darles de comer a los estudiantes y empleo a sus padres (el orden de los factores no altera el producto). De aquí es de donde se originan todos los problemas de aprovechamiento, estancamiento, deserción, frustración y un muy largo etcétera que más de uno ya conoce. Combatiendo el desempleo, los padres no tendrán pretexto para que obliguen a sus hijos a ir trabajar.

 

La alimentación de los jóvenes es trascendental para la aplicación de una buena reforma, pues mientras tengan el estómago lleno, el cerebro podrá trabajar de manera óptima ante cualquier tarea y desafío.

 

Combatiendo eso, se podrá diseñar e implementar un plan que de manera exponencial mejore y revele las aptitudes y capacidades de los niños, adolescentes y jóvenes. Si algo ha demostrado el modelo actual es que no a todos les gusta las matemáticas y no todos son buenos para el español, a final de cuentas, todos somos diferentes como personas aunque seamos iguales ante las leyes. Por ello, ¿por qué no apuntalar una reforma que durante los primeros 12 años de vida del niño, se le muestren sus cualidades, se le cuiden sus gustos y pasiones, y después, se le dirija para ser el mejor en lo que las evaluaciones lo coloquen en determinada área?

 

Si algo hemos debido aprender a lo largo de la historia de la humanidad, es que no todos podremos ser cerebro; en algunos casos nos tocará ser mano, brazo, pierna, uña o cabello. Es evidente que entre más científicos haya en un país, habrá un mejor desarrollo, ese tema no está a debate, pero por qué no establecer vías completamente dirigidas para las futuras generaciones donde se les explote sus talentos, con una educación gratuita y laica, lo que derivará en algunos casos en excelentes ingenieros, economistas, médicos, escritores, agricultores, deportistas, artistas o vendedores.

 

Habrá que pulir muchas de estas ideas a través de un decálogo, pero mientras eso llega en el próximo año, estamos a buen tiempo de apostarle a una sola cosa, la educación de nuestros niños, pues como diría mi padre: el único trabajo que ellos tienen es el de ir a la escuela y seguir aprendiendo.

 

Nos leemos en 2016.

Entre frivolidades y civismo

Han pasado poquito más de tres años desde que el hijo pródigo de Atlacomulco, Enrique Peña Nieto, subió a la primer magistratura de nuestro país.

 

Durante este trienio, el poder ejecutivo ha dejado mucho que desear. Por enumerar algunos datos están sus reformas, que no han dado los resultados pregonados durante su negociación y promulgación; la inseguridad, que si con Felipe Calderón fue un tema que costó miles de muertos, Peña Nieto no ha hecho más que tapar el sol con verdades históricas; la corrupción, donde casas blancas, OHL y conflictos de interés, han desnudado la incapacidad de este gobierno ante esta situación; la economía, donde el dólar alcanzó máximos históricos, durante buena parte de este 2015.

 

Y así podríamos continuar con el desplegado de horrores, capaces de ignorar en muchas ocasiones las leyes de la física, pues esas acciones, aparentemente, no han generado reacciones igual de fuertes pero en sentido contrario.

 

Pero, más allá de estas desalentadoras cifras que son un momento al estancamiento, la desigualdad y la indiferencia, este gobierno se ha caracterizado por una cosa en particular: la frivolidad.

 

Y es que mientras el país ha tenido verdaderas situaciones de crisis, Enrique Peña Nieto y los suyos han estado de placeres en distintos países de Europa. Comiendo con reyes, yendo de compras, siempre con una pulcra imagen, pues el maquillista no podía quedarse en México ¿Qué pensarían de nosotros como pueblo si tenemos una primera dama fea?

 

Al presidente, más que importarle el país, le importa su imagen, cómo se viste su prole y hasta cómo viaja, no por nada el mandatario vuela en uno de los aviones particulares más costosos del mundo.

 

Su sexenio se reduce a la pobreza, no de su pueblo, sino de su calidad humana, pues mientras Angélica Rivera y Peña compartían los desaires, los feminicidios, las desapariciones, la corrupción, afloraba como mala hierba.

 

No obstante, no todo está perdido. Pues mientras el país se desmorona, pequeños destellos iluminan el paraje brumoso nacional. El pasado domingo 6 de diciembre, los habitantes de la delegación Cuauhtémoc salieron a las calles para votar en contra del Corredor Cultural Chapultepec. Obra de carácter privado que sin pies ni cabeza, pretendía edificar un segundo piso peatonal con fines lúdicos y de esparcimiento, cuyos costos y beneficios estuvieron empañados desde el primer momento. La respuesta de los ciudadanos fue no. Y su rechazo ordenado, pacífico y puntual, fue respaldado por poco más de 14 mil votantes.

 

Ahora, los habitantes de las colonias donde se tenía pensado levantar una obra que nadie pidió, están a la espera de la confirmación por parte de las autoridades capitalinas sobre la declinación de este proyecto.

 

Así pues, en la sociedad navega entre mares turbios y ríos caudalosos.

De ciclistas y otras circunstancias

Activistas-luchan-por-el-uso-de-la-bicicleta-en-Mexico
Se necesita repensar la consciencia y civismo de los citadinos. Especial.

 

Una horda de automóviles espera a que cambie el semáforo a verde. En el extremo derecho, personas aguardan, al igual que varios ciclistas quienes hacen lo propio.

 

Ríos de vehículos cruzan, uno tras otro, hasta que el color por fin cambia. No ha pasado un segundo cuando los carros, desesperados, pitan al de enfrente para que avance, pues hay prisa de por medio. Peatones, seguidos por ciclistas, se atraviesan pese a que no han terminado de pasar los coches. Así es un día en las calles de la Ciudad de México: un campo de batalla.

 

Y saco el tema a colación, porque en la última semana se ha levantado la polémica a raíz de dos accidentes donde usuarios de bicicletas fallecieron tras ser atropellados.

 

Incidentes lamentables porque en los últimos años el ánimo de la gente va cambiando, cada vez se voltea a ver más a este medio de transporte como una alternativa de movilidad eficiente ante la saturación vehicular. No obstante, el fallecimiento de una joven de 21 años y el de un hombre de 60, hacen que se replantee la posibilidad de utilizar la bicicleta para recorrer la ciudad.

 

¿Pero replantear qué?: ¿la saturación en el Distrito Federal por una pésima planeación de urbanización?, ¿las condiciones deplorables del transporte público?, ¿el aumento brutal del parque automovilístico?, ¿la inclusión de los ciclistas en reglamento de tránsito que los sancione más allá de una amonestación verbal? No señores. Se necesita repensar la consciencia y civismo de los citadinos.

 

Cuántas personas (sin excepción) no hemos sufrido un percance, menor o mayor, cuando nos desplazamos a nuestras escuelas, trabajos u hogares. Desde los empujones en el metro, hasta los que se ven envueltos en una imprudencia de un conductor. Todos somos responsables porque en muchos momento somos más victimarios que víctimas. Y esto incluye al chófer que juega carreras con los pasajeros y las personas que por costumbre (por no decir pereza) se atraviesan a mitad de avenidas.

 

Nunca nos hemos puesto a pensar sobre la necesidad del otro, ¿para qué?, si lo que yo quiero es llegar porque se me hizo tarde.

 

Estas situaciones sólo dejan en claro que la ciudadanía capitalina es completamente egoísta, pues cada persona, desde su trinchera (transporte en este caso), ocupa el lugar que “merece” sin pensar en el de a lado.

 

Evidentemente no eximo de ninguna responsabilidad a los gobiernos de esta ciudad. Ellos han sido los principales promotores del uso desmedido de los carros, pues prefieren hacer segundos pisos, pasos a desnivel o súper vías, a invertir en programas de educación vial, reglamentos de tránsito eficientes y mejoramiento del transporte público.

 

Algunos defensores del auto aseguran que las bicis no son para recorridos largos, pero, ¿acaso se resolverá si bajamos a los ciclistas y los ponemos a conducir? Los pro bici aseguran que la culpa de todo es de los automovilistas. Los peatones, que la culpa es de todos, menos de ellos. Y así podemos andar de queja, sin embargo, toda la gente que se pone en algún extremo, no entiende que el problema, no es un transporte u otro, sino quiénes lo conducen. Hasta que no entendamos las reglas de convivencia y civilidad, no nos daremos cuenta que tarde o temprano, a todos nos toca andar a pie, bici, transporte o automóvil particular.

El Chaleco de Mc Fly

Por: Hebert Camacho

 

back-to-the-future-marty

 

¿Coincidencia fílmica? ¿Noticia soft? Estados Unidos se encarga de involucrarnos en un documento de ficción que hoy conmemora una propuesta visionaria y de un futuro que, aquellos que vivimos en la década de 1980, veíamos muy lejos.

 

La historia la escriben los vencedores y nosotros, como vencidos, queremos ser coparticipes de esa historia. El 21 de 0ctubre de 2015, es la fecha marcada por la película de ficción Back to The Future como su idea del futuro. Esto ha servido de excusa para que la mayoría de medios de comunicación hablen de semejante suceso apocalíptico, mientras otros lo vemos como un proceso de integrado, por supuesto, parafraseando a Umberto Eco.

 

Dichos medios ven lo futurista, aquello que despierta las comparaciones, por supuesto los autos voladores y la ropa autoajustable –que es lo más gracioso-. Pero Estados Unidos no comenta nada sobre el posible combustible generado a través de la basura.

 

Estamos de acuerdo que en la película, Marty McFly (Michael J. Fox) y el doctor Emmett Brown (Christopher Lloyd) no podían ir muy lejos; querían ver a los padres Mc Fly aún vivos, no visión del futuro que todos nos negamos a ver: la muerte.

 

La reflexión gira en torno a vernos hace 30 años, cuando nunca pensamos en ser viejos. Más aún: la generación de los 80’ nunca quiso ser vieja, mientras la de los 90’ no se ha dado cuenta que ya lo es.

 

Y es que ya se nos preparaba para vivir del yo. El escenario nos señalaba. Ahora, nosotros señalamos al escenario; queremos dominarlo todo. El escenario no es nada si no estamos nosotros. Insertamos nuestro rostro emocionalmente cómodo en eternas selfies limitadas de horizonte y entorno.

 

¿Pegarnos a un anciano, científico medico loco? Sí, de acuerdo, pero sólo mientras no tenga familia ni hijos de los qué hacerse cargo. ¿Escuchar un consejo de algún anciano y, más aún, hacernos amigo de él? No, ni futuro ni presente puede generarnos esta idea.

 

Mientras Huey Lewis and The News cantaba el tema principal de la película y nos hacía creer en el poder del amor, los que vivimos en 1985 sabíamos que la música cambiaría el mundo. Entonces, hace 30 años juramos que Live Aid acabaría con la maldita hambre mundial a través de la música; esto significaba terminar con el hambre y los problemas reales para seguir alimentando nuestra eterna fiesta de llorar por la mujer que no nos hacía caso.

 

Según la propuesta fílmica de Robert Zemeckis: Si éramos jóvenes y pensábamos en un futuro -por supuesto muy divertido-, ansiamos llegar a él para ayudar a nuestros decrépitos pero exitosos padres.

 

Todos apuestan por lo que se ve, no por lo que se siente. Patinetas voladoras, ropa ajustable, comida que crece, un Michael J. Fox que jamás envejece, una Lea Thompson de labios delgados que nunca nos la imaginamos desnuda, pues sólo nos basta esa cara angelical de ayuda y apoyo que muchas veces pensamos encontrar en una pareja. Ningún elemento social está ajustado por algún contrato tecnológico.

 

El futuro soy yo, y lo que más adoro soy yo. Cuando Mc Fly regresó a su época, no lo hizo en un auto volador, sino en una camioneta 4 x4 con luces para niebla; sin embargo, nunca cambiaría su imagen del eterno adolescente americano: un par de tenis Nike, los infaltables jeans y, por supuesto, ese juvenil chaleco naranja anti sudor, anti frio, anti calentamiento global… y siempre útil para cualquier inmigrante: el inseparable chaleco de Mc Fly.

Darwinismo periodístico ¿la única alternativa?

Por: Aldo Rafael Gutiérrez // Circo de tres pistas
@aldorafaello

 

la union hace la fuerza

 

–¿Y tú qué vendes?

 

–Bueno, le doy difusión a la cultura y…

 

–No, pero en si, ¿qué es lo que vendes? Para que me entiendas ¿qué ganancia generas?

 

–Pues…

 

Con esa pregunta mi cabeza giró durante varias semanas y me puse a reflexionar sobre la utilidad del periodista y su importancia en este siglo. Una idea suelta (descabellada, absolutamente debatible si quieren, por su esencia mercantilista como mínimo), pero que me parece una de las claves sobre el porqué la gran mayoría de reporteros y periodistas ejercemos nuestra profesión en condiciones precarias.

 

Y es que el mundo global nos ha insertado en una dinámica de consumo, donde si no produces algo que pueda venderse (objeto o servicio), no eres de utilidad, por el contrario, representas un gasto y tu presencia en las empresas es innecesaria.

 

Esa dinámica nos ha reducido a simples números, recursos similares a las botellas de pet que pueden ser desechados o, en el mejor de los casos, reutilizados en otras áreas de trabajo. No es fortuito que las redacciones cuenten con un mínimo de personal, capaz de desempeñar diferentes funciones en las distintas áreas periodísticas: prensa escrita, radio y televisión.

 

Con la llegada de las nuevas tecnologías y la creación de los portales multimedia, las empresas comenzaron a exigir que sus filas de trabajadores conocieran o se adaptaran a los modos ‘multi tareas’: capacidad para redactar, hacer locución, salir a cuadro y manejar software especializado en la edición de audio o video.

 

De esta manera, el embudo de las contrataciones se hizo más estrecho, dejando a muchos fuera del cono, mientras los que se lograron colar, tuvieron que lidiar con jovencitos cuyas ganas fueron utilizadas como armas de control: pocos cobraban un sueldo decoroso y los nuevos costaban infinitamente menos, hacían más cosas y respondían positivamente a una mayor cantidad de horas de trabajo. Perfectos para los contratantes, granadas para los miembros de la vieja escuela.

 

Esto nos dejó en un limbo donde si “no cuentas con las capacidades” para enfrentar las exigencias a las que los medios de comunicación se enfrentan, sencillamente no tienes lugar. Olvídate de aspirar a un contrato colectivo, eso murió con el estado de bienestar mexicano. El trabajo dura mientras el proyecto siga, es decir, mientras trabajes, aguantes y no reclames.

 

Por ello, tenemos la obligación de hacerle ver a nuestras respectivas sociedades que somos necesarios. Que no sólo somos megáfonos de distintos tamaños cuya función es la de crear ecos con diferentes alcances. No somos computadoras o celulares con nuevos procesadores que sirven para todo y nada; somos periodistas diseñados para investigar, indagar, denunciar y dar a conocer historias de interés y relevancia pública.

 

Sin embargo, tampoco podemos caer en la soberbia de realizar nuestra labor de una sola manera. Debemos conocer las herramientas y plataformas de este siglo. Sumergirnos en las eternas y profundas aguas de la actualización.

 

En entrevista dada a El País, publicada el 31 de marzo de 2014, Tom Wolfe señaló “Una de las cosas buenas del periodismo es que te fuerza a hacer cosas atípicas pero a la vez te obliga a mantenerte cuerdo”, y es cierto. Tenemos que estar cuerdos para no enfrentarnos a lo nuevo, por el contrario, debemos hacernos sus amigos para conocerlo, estudiarlo, aprenderlo y adoptarlo. Las redes sociales son una fracción de lo mucho que debemos saber utilizar actualmente.

 

Necesitamos entender que el avasallador poder que alguna vez tuvo nuestro modus vivendi, capaz de destituir presidentes, ha desaparecido. Lo absorbió la era digital. No en balde las derrotas de profesionales como Carmen Aristegui o los periodistas de Canal 22, quienes quisieron utilizar flechas en una época atómica. Al final, su fracaso fue inminente pues entre los pecados cometidos, incurrieron en uno capital entre nosotros: asegurar hechos sin tener fuentes, que es igual a boxear sin saber ponerse los guantes.

 

Es necesario que diseñemos nuevos mecanismos; estilos novedosos para atraer a los públicos perdidos entre la inmundicia que ofrece la red. Sólo de esta manera, podremos desafiar el destino que se le augura a la prensa hoy en día, pues de seguir por la actual brecha pronto seremos un pasaje más en las páginas de un texto olvidado.

Del autoritarismo a la democracia ¿qué tanto se extraña a Porfirio Díaz?

Por: Aldo Rafael Gutiérrez
@aldorafaello

 

Hace unos años colaboré en la publicación de un libro. El título de la investigación y su posterior publicación es irrelevante en este momento; sin embargo, durante esos meses recurrimos a un estudio cuyo contenido resulta más polémico conforme pasa el tiempo: “La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos” publicado en 2004 por el Programa de las Naciones Unidas Para el Desarrollo (PNUD), revelaba entre otras cosas, que la preferencia de los ciudadanos por un sistema democrático es relativamente baja.

 

El análisis aseguraba que los latinos preferían el desarrollo económico y social, por encima de la democracia, donde, incluso, retirarían el apoyo a sus representantes elegidos por la vía electoral la grado de aceptar a un autoritario siempre y cuando éste resolviera sus problemas financieros.

 

Es interesante cómo este sistema aristotélico empieza a ser desdeñado por personas que, en su mayoría, pertenecen a grupos cuya educación se encuentra por debajo del nivel básico, además, sintieron en carne propia los estragos de ser gobernados por dictadores y, por ende, la transición en sus respectivos países de un sistema a otro.

 

Pero ¿qué pasa con los mexicanos donde en papel siempre hubo un sistema democrático? Sí, todos sabemos las consecuencias del priismo y la designación de los sucesores mediante la “dedocracia”. No obstante, entrando en este siglo, después de la alternancia, los focos de retornar a un modelo dictatorial empezaron a encenderse como nunca. Empezó a extrañarse a una figura de suficientes claro oscuros: Porfirio Díaz.

 

Desconocida por cierto, porque la historia oficial (escrita por mano y pluma de los hijos de la revolución) lo pintó como todo un antihéroe, capaz de personificar los peores vicios de un sistema que asesinó, sometió y esclavizó a un pueblo hambriento de justicia, igualdad y libertad para elegir.

 

Hace un poquito más de 100 años que José de la Cruz Porfirio Díaz Mori yace exiliado de la tierra que lo vio nacer. Después de un centenario, el general que participara en la guerra contra la intervención francesa; aquel que quiso asumir la presidencia como una forma de evitar la reelección de Benito Juárez mediante el Plan de la Noria; el personaje capaz de terminar con la pugna entre liberales y conservadores que, entre otras cosas, tuvo como consecuencia la pérdida de territorio y una volatilidad bélica en la nación; el hombre que pese a su mano dura, modernizó y estabilizó a su país, sigue siendo objeto de discusión.

 

Con esto no quiere decir que beatifico o excomulgo el porfiriato, pues, más allá de los seminarios de la UNAM, los libros o los documentales de Krauze sobre Díaz, lo cierto es que no fue ni bueno ni malo, simplemente, fue un servidor público que encarnó la figura del héroe/villano, víctima de las circunstancias y el poder.

 

Aún con la documentación presente, no podemos aventarnos un juicio que califique de manera completa su gestión, y mucho menos su persona.

 

Me resulta muy confuso que pidamos algo que francamente desconocemos. Y lo desconocemos como consecuencia de salir de un molde inoperante en estos tiempos, que siempre nos ha vendido a México como un lugar donde buenos y malos han peleado. Como si fuera tan sencillo delimitar así a los hijos de este país y todos aquellos que han desfilado sobre su tierra.

 

Definitivamente, hablar de este personaje, es hablar de una parcialidad establecida en una postura, la que sea. Lo favorezca o no, el hombre está muerto y pedir el retorno de un personaje que siga los pasos del porfiriato, sólo nos demuestra que estamos todavía muy lejos de entender la democracia y sus vicisitudes como forma de gobierno.

De exámenes y reprobados: ¿cuál será el verdadero interés de la CNTE?

Por: Aldo Rafael Gutiérrez.

Circo de tres pistas

Llevamos un buen rato desde que los miembros de la Coordinadora Nacional de los Trabajadores de la Educación (CNTE), han hecho de las suyas (desde los 80 cuando su lucha era legítima). Las marchas y mítines no han iniciado únicamente por la evaluación que, se supone, se está llevando a cabo en estos días.

 

La CNTE se ha distinguido por ser un grupo de choque muy grande, amén de lo que me digan. Los denomino de esta manera porque no se le puede llamar profesores a una serie de personas incongruentes que cobran por algo que no hacen y, por lo tanto, dejan en el abandono académico a miles de niños y jóvenes que toman clases en algunas de sus escuelas.

 

Sí, algunos me alegarán que luchan por sus derechos, que incluso, ellos son los únicos que dan la cara contra las imposiciones del gobierno, pero ¿no sería más sólido su discurso si, ademas de marchar, hacer plantones y afectar el comercio en las zonas donde se establecen, desairaran a la Secretaria de Educación Pública (SEP) al momento de recibir su cheque y no fuera cobrado?

 

Digo, porque por muy disidentes no han dejado de llevarse la lana que, aseguran, les corresponde por derecho. Aquí es donde se endurece el dilema moral y ético por el cual yo no soy partidario de sus expresiones ni de su causa.

 

La evaluación que se desprende de la reforma “educativa” (para mí siempre será laboral en el sector educativo porque de educativa no tiene nada), ha erizado a muchos, pero en específico a todos aquellos que buscan heredar, vender o aspirar a una plaza magisterial sin el debido proceso de selección. ¿No se supone que estamos hasta la madre de que en la política estén sólo los productos de palancas y no las personas más capacitadas para ejercer el cargo? Entonces por qué no competir y mantener el nivel académico y todo lo que eso implica ante las exigencias del siglo XXI.

 

En situaciones así es que me atrevo a asegurar que la gran mayoría de estos agremiados, sólo son utilizados como una sabana cuya función es cubrir el lodazal de intereses de un grupo muy específico. Sobrados casos demuestran que mientras los paristas acampan en explanadas, un limitado sector se hospeda en hoteles además de que no viajan en autobuses que bien podrían pasar por un camión de redilas. ¿A quién más podría afectar esta reforma, sino es a los mismos que dirigen la CNTE y que no necesariamente son maestros?

 

Por otro lado, podemos ver la relación sucia y rancia del Partido Revolucionario Institucional (PRI) con estos grupos. Sí, porque sin importar las veces que el secretario de Educación Pública, Emilio Chuayfet, asegure ante los senadores que la evaluación no se suspendió a causa de las elecciones, la realidad es tal cual la vemos: un cúmulo de “favores” otorgados, con tal de no entorpecer las elecciones que, por cierto, favorecieron al partido en el poder.

 

Por cosas así es que me permito la osadía de hablar de sus intereses, que por supuesto, en su mayoría radican en lo económico y lo político. Sólo nos falta saber los nombres de las sombras, ocultas tras las necesidades de nuestros paisanos chiapanecos, guerrerenses y oaxaqueños, principalmente.

 

No estoy descubriendo el hilo negro, de eso estoy seguro, pero también estoy seguro de que si su prioridad fuera la educación, se buscaría disolver a toda costa el actual sistema educativo que encuartela a las generaciones de estudiantes, quienes nunca explotan sus habilidades y fortalezas, por tener una buena calificación en materias que en su vida profesional y laboral nunca utilizarán.

 

¿Por qué no apostar por sacar al máximo las pasiones y sueños de los educandos en vez de enraizarlos a todos en los mismos métodos?, ¿es que acaso son tan miopes que no entienden que no toda la gente tiene las mismas capacidades y, por lo tanto, su manera de aprender es distinta?

 

En este costal de farsas no sólo cabe la CNTE, aquí entra la partidocracia, el legislativo y definitivamente el ejecutivo, donde todos arguyen que sus decisiones son en pro de la educación, a pesar de estar siempre en los últimos lugares en nivel de lectura, matemáticas y un muy largo etcétera.

 

Insisto, mientras se mantenga la misma inercia de ser parte del problema y no de la solución, la cual radica en una compleja unión de voluntades que permita elevar la calidad de estudiantes, planes de estudio e instalaciones, alumnos y maestros seguirán estando reprobados.

¿Votar o no votar? El dilema

Por: Aldo Rafael Gutiérrez
@aldorafaello

 

Estamos a nada de los comicios intermedios donde los cargos para diputados, alcaldes, jefes delegacionales, e incluso algunos gobernadores, estarán en disputa el próximo siete de julio. Ante esta situación, instituciones, intelectuales, columnistas, periodistas y gente de las redes sociales, se han dado a la tarea de mostrar su postura sobre la utilidad del sufragio y si se debe o no votar.

 

Desde esta trinchera, y sin afán de dar por su lado a ambas tesis, les garantizo que las dos tienen razón y las dos están equivocadas. Pero lo importante no es eso, sino entender el porqué de mi respuesta.

 

Para ser francos, todo se reduce a un problema de origen, que va más allá de la década de 1990 cuando nació el Instituto Federal Electoral (IFE), ahora mutado en Instituto Nacional Electoral (INE), hace poco menos de 500 años. Desde la conquista de estas tierras, se establecieron diferencias sociales muy marcadas, en buena medida por el mestizaje. Una amplia cantidad de castas se originaron y con ello prevaleció una jerarquía entre unos y otros.

 

Ese rechazo y menosprecio a las clases populares nunca se borró, pese al movimiento de independencia, la Guerra de Reforma o la Revolución Mexicana; estuvo ahí siempre. En principio se remitió sólo al color de piel, después se amplió a todo aquel que fuera miembro de los sectores más humildes. Esos que jamás salieron de la fosa común donde los poderosos los enterraron para todo, excepto para una cosa: el voto. A alguien había que venderle patrañas a precio de oro para que siguiera trabajando de forma esclavizada, sin aspiraciones, sin alma.

 

Pero México no podía seguir poblado por ‘sombrerudos’ mientras los demás países forjaban sus industrias. Había que crear una ilusión tan grande como sus santos, y sobre todo, demostrar al mundo que el país tenía la altura para enfilarse en la ruta de la modernidad. De esa forma nació la democracia y debía ser encabezada por un símbolo tan similar a su bandera, que nunca podría ser olvidado. Así fue como los hijos de la revolución forjaron un sistema dictatorial tan perfecto que hasta parecía democracia. Había elecciones, otros candidatos, incluso otros partidos, pero nunca ganaría nadie que no fuera soldado del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

 

Llegó el nuevo siglo y con él otro truco de magia llamado alternancia. Parecía que al fin se hacía notar la voz del pueblo y podía elegir: nos equivocamos. Al final sólo se mostraron las mismas prácticas pero con la cara roja pintada por cientos de miles de muertos.

 

Este recorrido lo hice por dos razones: la primera porque la mayoría de nosotros carecemos de memoria histórica casi por completo y creemos que la razón de la situación actual sólo se debe a la partidocracia, cuando ellos no han sido los únicos que han colocado ladrillos a esa barda. Nosotros también hemos sido albañiles de tan horrible monumento; en segundo lugar, y más importante, porque creemos que con aceptar o rechazar una elección ya estamos ejerciendo nuestra cultura política sin antes analizar todos los traumas que traemos individual y colectivamente. El derrotismo que nos vence antes de iniciar la carrera o el paternalismo son algunos de los síntomas que padecemos.

 

Me extraña que muchos de nosotros queramos hablar de democracia cuando ni siquiera hemos sido capaces de quitarnos las vendas y dejar los atavismos de aquel pueblo aplastado por años de lástima y un cretino dicho que nos condena al “aquí nos tocó vivir”.

 

Consideramos que por criticar los comentarios o acciones de gobernantes, aspirantes o representantes de instituciones, a través de Twitter o Facebook, ya estamos forjando una cultura política. Permítanme decirles que no señores. Por la sencilla razón de que es nuestro sistema el que no sirve, pero no sólo no funciona por su mañosa construcción, sino porque seguimos creyendo que es la obligación de alguien salvarnos y, principalmente, porque somos conformistas y no queremos salir de la zona de confort para arriesgarnos, total, el chiste es sacar hoy pa’ la comida, mañana Dios dirá.

 

Es cierto, si no votas, alguien más elige por ti, pero si votas, continuas dando de comer a la hidra de cabezas con diferentes colores. ¿Qué hacer entonces? Lo ideal es la organización desde el núcleo de la familia, desde los suyos. ¿Cómo quieren hablarle a la gente de ir a una marcha para exigir respeto de lo que sea cuando no saben respetar a su propia sangre? Es necesario que antes de ir a la guerra, en los sentidos metafórico y literal, primero deben aprender a cuidarse entre ustedes, escucharse, enseñarse y aprender.

 

Yo no tengo las respuestas, pero estoy seguro que tenemos que empezar a ser autocríticos sobre el lugar donde estamos parados y qué hacemos para hacerlo más habitable. Una vez aprendida la lección, podremos forjar las condiciones para ser ciudadanos y exigir lo que nos merecemos como nación.

Entre spots y dádivas

Circo de tres pistas

 

Por: Aldo Rafael Gutiérrez

 

 

Y bueno, empezó el diluvio de spots por parte de los partidos, rumbo a los comicios del siete de julio. Ustedes, fanáticos del radio y la televisión, se van digerir (deseo no se empachen) 11 millones 356 mil 254 spots.

 

De ese titipuchal de comerciales, el PRI tendrá el 22.4% (algo así como 2 millones 983 mil 501 de anuncios); al PAN le toca el 18.6%; PRD 13.8%; 6.1% dedicados al Verde; el PT tendrá 5.2%; Movimiento Ciudadano 4.8%; Panal 4.9% y los “menos afortunados”, dígase Morena, Partido Humanista, Encuentro Social y candidatos independientes, les tocará el 2.3% del pastel mediático, esto de acuerdo con la dirección de pautado del Instituto Nacional Electoral (INE).

 

Como se pueden dar cuenta, habrá desayuno, aperitivo, comida, cena y hasta antojos en materia de spots. Pero bueno, no escribí para recordarles (y a mí de paso) lo miserable que será la vida en estos meses si no se tiene Netflix, o ya de perdida Dish.

 

De lo que vengo a hablarles tiene que ver con el contenido de los mensajes. Y sí, no es novedad que muestren anuncios de “denuncia” sobre determinados relojes de funcionarios o los viajes del presidente, eso tiene nombre y apellido. No, lo que a mí me interesa es hablar del discurso que tratan de mostrar algunos partidos.

 

De plano esa gente cree que los habitantes de este país somos una bola de sombrerudos analfabetos, incapaces de discernir sobre nada. Empezando por los que disque no gastan en anuncios, seguidos por aquello donde se utilizan palabras altisonantes para hacer alusión a las cualidades de las madres mexicanas, o también, para evidenciar los excesos de toda la clase política y los más cínicos, donde se habla de muertos en un sexenio cuando las entidades donde gobiernan hubo y sensibles desapariciones.

 

Desde esta grada, el gallinero si quieren, lo único palpable en esa atascada cantidad de comerciales es la falta de congruencia. Y miren que no hablo de ideología o esas cosas en las que los raros todavía creemos. Me refiero a una inconsistencia dentro de su mensaje y el reiterado uso del lugar común para “convencer” a los votantes.

 

Creen que con decir “es una chingadera”, “se rompe la madre” o “a huevo” mostrarán su apertura en este milenio cuando sus estructuras mantienen prácticas arcaicas como la compra y condicionamiento de votos. Y no sólo el tricolor lo hace: el verde y sus tarjetas, el PRD con depensas y hasta Morena (que no me sorprende del todo) pues anda dando 200 varos. Así mantienen la creencia cuasi dogmática de la repartición de migajas.

 

Definitivamente se nos sigue viendo la cara de pendejos, y aunque el sistema democrático impartido desde la partidocracia tiene más vicios que Oceanía, la realidad es que los únicos responsables somos NOSOTROS. Así es, para todos hay lugar en ese costal de estiércol.

 

Cuántos no andan esperando al candidato para ver si alcanzan las limosnas. Claro, ya no son centavos, pan o láminas de cartón, se modernizaron y ahora dan monederos electrónicos. Y esto lo saco porque a pesar de que pareciera que ya me fui por otro lado, lo cierto es que no.

 

Los mensajes son los mismos, porque seguimos conformándonos con lo mismo, la diferencia radica en el led de sus pantallas touch y la banda magnética de sus tarjetas.

 

Es necesario cambiar a los políticos, de eso no hay duda, pero necesitamos dejar de lado las actitudes que nos tienen atados a un pasado que está soldando a nuestra médula. Para nombrarlas ya habrá tiempo, por lo pronto, busquen otro canal donde no escuchen y vean tanta cosa mal hecha.

 

Así las cosas y ya nos estaremos leyendo el próximo martes, si el internet lo permite.

De Bond a Santana ¿cuántas marchas hay de distancia?

Por: Aldo Rafael Gutiérrez
@aldorafaello

Antes de iniciar el comentario, me presento. Me llamo Aldo Rafael Gutiérrez Salinas; no soy ningún boot, ni estoy a favor de nada ni de nadie en particular (estrictamente hablando de política). Soy reportero con enormes aspiraciones de ser un periodista y al igual que mucha gente, tengo algo que decir. Dependerá de ustedes, seguidores de este portal, si vale la pena o no lo que se muestre aquí cada martes.

Dicho lo anterior, arranquemos:

Desde hace un par de semanas (desde el 19 de marzo para ser exactos), arrancó la filmación de la ya esperada, por muchos, nueva película del 007. Spectre se ve que será un éxito en taquilla (debo reconocer mi gusto por las últimas tres entregas de esta saga protagonizadas por Daniel CraIg), sin embargo, la queja no son las películas o que nuestro país sea elegido para las piruetas de James Bond.

Y es que el rodaje ha estado envuelto en polémica desde antes del cierre del Centro Histórico. Por ahí salió una filtración de un pago hecho por autoridades mexicanas con un monto de 14 millones de pesos, para modificar el guión (a mí se me hace poco) y así mostrar el lado “bonito y moderno” de la ciudad.

Pero bueno, la estocada no va por ahí, porque ya sabemos que las cámaras, gobierno e instituciones están llenas de moralinos a quienes les da cosa que alguien de fuera les restriegue la podredumbre cotidiana que, según ellos, están transformando.

Mi comentario y enojo va por la siguiente senda: la gente no hizo rabietas porque cerraron su Zócalo. Para nada. Es más, hasta le sacaban fotos a las enormes calaveras que estuvieron en la calle de Tacuba. Algunos con más suerte recibieron mil pesos por ser extras, así que todo estuvo de pelos.

¡Ah! Pero no se diga una marcha porque despotrican hasta por los codos (los electrónicos y los de hueso), y se vuelven indiferentes ante ‘N’ cantidad de situaciones que no voy a mencionar porque ya las conocen. Y si no, de verdad díganme en dónde viven para pedirles asilo y ya no enterarme de nada.

Mi coraje no acaba ahí. Resulta que por el concierto de Carlos Santana en el Ángel de la Independencia (por quien también confieso mi gusto), las autoridades del gobierno del Distrito Federal optaron, de nueva cuenta, por cerrar parte de la avenida Reforma. Río Rhin y Florencia para evitar controversias.

No me molestan los conciertos (y menos gratis pues he asistido a muchos), lo que vuelve a ser una piedra en mi gastado teni es la incongruencia mexicana. Esa que se combina con un Alzheimer social y los mantiene en un estado de letargo cíclico, del cual son incapaces de despertar y, por el contrario, exigen no ser sacados.

Otra vez, la indiferencia cancerígena hace de las suyas. Para colmo, las personas que aguantaron lluvia, pisotones, toqueteos y apretujones de todo tipo, no sabían siquiera porqué sufrían ese calvario (palabra tan ad hoc en estas fechas). Lo digo porque de 15 personas a quienes les pregunté si Santana había tocado “Jingo”, sólo cuatro me supieron decir que sí. Algunos “sólo llegaron”.

Y bueno, ¿para qué toda esta letanía?, sencillo: porque ya me cansó el mal del “Candil de la calle”. Ese donde el mexicano es bien cuate y solidario con causas externas pero sordo, mudo y tonto cuando se trata de barrer la casa.

Estos datos seguro ya los vieron entre comentarios, o los más exquisitos, se echaron un clavado a las columnas de renombradas plumas en diferentes diarios. Lo que no sé si se ha entendido es que como ciudadanos hemos perdido la capacidad de mostrar nuestro disgusto ante lo que pasa, que no es poca cosa, y, efectivamente, afecta a todos.

Y sí, coincido en que un comentario en Facebook o Twitter no trasciende más allá del timeline de su propietario y sus contactos. También concuerdo en que una marcha sólo hace eco entre automovilistas, quienes de “amable” manera, mientan madres a los inconformes.

¿Qué hacer entonces?, dirán ustedes. No lo sé, es mi respuesta. Lo digo con toda consciencia porque dar una contestación universal ante lo que ocurre en estos tiempos, en todos los frentes, es caer en el absurdo y el ridículo, por usar los términos más diplomáticos.

Lo que sí sé que hace falta entre la gente, es la congruencia. Basta de mal mirar la suciedad de alguien más, si no se tienen los zapatos y el baño limpios. Dejemos esa actitud mediocre de bajar a los que suben con dichos como “envidia de la buena” o “crítica constructiva”.

Me parece que así y sólo así, tendremos la sensibilidad suficiente para unirnos a loables causas, y sobre todo, señalar con los 20 dedos al gobierno y sus cínicos despilfarros, que si nos tiene en la situación actual con precariedades infames mientras ellos viven como jeques árabes, es sencillamente porque desde abajo se ha permitido pisar al de lado.

Así las cosas y ya nos estaremos leyendo el próximo martes, si el internet lo permite.