Las mejores caricaturas de mi infancia (y quizá de la tuya también)

¿Será cierta esa creencia de pensar en la frase todo tiempo pasado fue mejor es síntoma de que uno está envejeciendo? No estoy segura que así lo sea, sin embargo, de lo que sí estoy segura es que mi infancia estuvo marcada por las que, para mí, fueron las mejores caricaturas.

Sí, ya sé que todos pensamos eso, sin embargo, en un intento por persuadirme de que no es vejez, sino convicción, explico por qué para mí Hey, Arnold!, Bob Esponja y 31 minutos, entre otras, son caricaturas tan representativas de una de las últimas generaciones que todavía crecimos con la televisión…

Hey, Arnold!

Cuando era niña no me explicaba cómo hacía esta caricatura para que al terminar generara esa sensación de vacío, y es que sus tramas están tan bien estructuradas, que no podría ser de otra manera. Fue aquí donde experimenté, por primera vez, algo similar a cuando se termina de leer un buen libro, pues todo estaba tan bien conectado y la historia tenía tal redondez, que cada capítulo te obligaba a pensar más allá de lo que veías en pantalla. Así que esperemos que el guion de la película sea igual de bueno.

Ginger

Quizá esta caricatura no era tan popular porque estaba dirigida a las niñas, específicamente, a niñas ñoñis, cero populares y fácilmente buleables, como yo, por lo que generaba empatía a aquellas que, por más que nos esforzábamos, no éramos bonitas ni cool. El valor de la caricatura estaba en que siempre quedaba demostrado que lo realmente importante se hallaba en cosas más trascendentales como la familia, los valores o la amistad verdadera.

Jhonny Bravo

Una de las caricaturas que nos comenzó a empoderar como mujeres. Sin las enseñanzas de Jhonny, quizá nos hubiera costado más aprender que los “piropos” que nos dicen en la calle no están bien y que está bien defenderse ante ellos. Este personaje es el paradigma de un patán al que siempre me divertía ver cómo bateaban por insolente.

Las chicas superpoderosas

Otra de las caricaturas que nos hacía sentir fuertes, ya que mostraba a tres chicas como heroínas, quienes no sólo defendían a una ciudad entera, sino al alcalde, un hombre mayor, indefenso, cobarde y -por qué no decirlo- rabo verde, que no podía hacer más sino recurrir a ellas cuando Townsville corría peligro. Sin duda, se trataba de una caricatura que nos hacía sentir capaces de combatir la adversidad.

Dientes de lata

Se trata de un caso similar al de Ginger, aunque un poco más dirigida hacia adolescentes que a niñas. Dientes de lata, una joven con brackets, se enfrentaba a las burlas de sus compañeras de escuela y a lo molestos que pueden ser los alambres en la boca, lo cual, al final, quedaba demostrado que no es tan malo.

Bob Esponja

Este caso es bipolar, ya que Bob y Patricio son odiados y amados por la gente. Yo estoy en el grupo de quienes los aman por una sencilla razón: tienen frases y chistes bobos para cada ocasión. Quizá eso es lo que molesta a algunos, lo que no ven, me parece, es que a veces sólo hace falta una frase tonta que nos haga reír en momentos complicados.

“Pobre cosita fea”; “¿Qué es más gracioso que veinticuatro? / Veinticinco”; “Era una vez un percebe tan feo que todos se murieron. Fin”; “Puede que sea tonto, pero también es estúpido”.

31 minutos

Uno de los programas de televisión para niños mejor producidos. Al igual que Arnold, su guion es inteligente y tiene aportes de cultura general para los niños y no tan niños. Nunca había pensado por qué me gustaba tanto ese noticiario junto con sus canciones y quizá sea porque con él jugábamos a ser grandes, sin dejar de recordar lo pequeños que siempre seremos.

El valor de un “para siempre”

A Ro, que ya me prometió un por siempre

¿Quién no ha prometido amar por siempre a alguien? ¿O quién no ha jurado estar al lado de aquel que alguna vez fue su mejor amigo? ¿Acaso es tan detestable aquel que no cumple esos por siempre? ¿No se trata de dos palabras demasiado violentas?

Todos en alguna ocasión hemos hecho promesas, en el mejor de los casos, con la convicción que habremos de cumplirlas, mismas que, ya sean de amor, de amistad, de compromiso o de lealtad, a terceros e incluso a nosotros mismos, en buena parte de las veces no logramos cumplir. Y no, no se trata (únicamente) que la persona o la situación carezca de importancia para nosotros, y aunque un poco dolorosa, acaso la respuesta sea sencilla: todo cambia.

Las circunstancias, las personas, las necesidades, nosotros mismos, cambiamos y nos reconfiguramos constantemente, proceso en el que corremos el riesgo de no calificar para la siguiente etapa en la vida de los demás, incluso de aquellos para quienes parecíamos imprescindibles.

Y claro, es complicado pensarse lejos de quien solía ser tu mejor amigo, imaginar que no tendrás más sus consejos y esas visitas a su casa, o que el amor de tu vida quizá no era el amor de tu vida y cada uno deberá seguir sin volver a mencionar alguno de los ridículos apodos a los que ya se habían acostumbrado.

El peligro de una promesa sin cumplir siempre estará latente, sin embargo, aquellas personas que cruzan en nuestras vidas y nos hacen sentir que incluso el riesgo de un adiós vale la pena con tal de atesorar las experiencias vividas a su lado, son las que dan sentido a eso que somos y, como decía el zorro del Principito, quienes nos domestican, para así dejar de ser uno más en el mundo y convertirnos en únicos para alguien.

Es difícil pensar que el valor de esos por siempre que alguna vez se mencionaron con vehemencia se evapore, pues en algún momento fueron dichos con la genuina convicción de ser cumplidos, pero finalmente aquellas presencias constantes en la vida, las escenas que se repiten una y otra vez sin volverse monótonas, las conversaciones que pueden ser las mismas o distintas y aún así no pierden ese halo de amistad ni nos dejan de reconfortar, aquellas cervezas, cafés o malteadas compartidas que con el paso del tiempo cobran un sabor distinto, son los verdaderos por siempres, aquellos que ni siquiera hace falta pronunciar porque ya están sucediendo.

La mejor fórmula para enloquecer… Detrás de la pluma

¿Qué hay detrás de la pluma de un escritor?

Uno piensa en el camino de vivencias y lecturas que ese ser de letras ha atravesado. A veces su vida, que podría configurarse bohemia y rodeada de intelectuales, se ve opacada por una cosa: la cotidianidad y la supervivencia.

Hoy les escribo desde la Feria del Libro Psicoanalítico. Como se se imginarán, hoy no vengo como ponente, presentadora ni amiga de los autores. No es mi medio.

Hoy vengo como expositora. Llegué. Monté mi mesita con libros. Y me senté a esperar que los lectores llegaran. Pero hubo más detrás…

Salí de casa mucho antes que todos los días, hasta recordé mis días de estudiante. Abordé un metrobús lleno. Transbordé y volví a transbordar para recoger el stock y de ahí venir a la feria, cerca de Reforma.

Y sí, hubo más. Al preparar el stock uno se arrodilla, acaricia libros, los busca y revuelve, sobre todo si hay prisa. Uno se llena las manos de polvo y tierra, porque todo lector debe saber que los libros son un verdadero imán de polvo.

Después, uno mete libros en bolsas y mochilas y los carga en la espalda, en los hombros, y baja o sube escaleras. La condición física también se pone a prueba.

Los escritores somos como los músicos, tenemos esa dualidad de “estrellas en el escenario a acarreador de sus propios instrumentos”. Así sucede con nuestras obras.

Pero, ¿saben qué pienso? Que no hay nada como trabajar con lo que a uno le gustan: los libros.

La mejor fórmula para enloquecer

Hay un sinfín de maneras de enloquecer; mi fórmula consiste en encontrar siempre una distinta. Hoy es viernes 15 de enero del 2016, son las 21:15:50 y el próximo jueves (en teoría, hoy, 21 de enero) se inaugura mi columna para Los ojos del Tecolote, así que entre emocionada, dispersa y un poco nostálgica, comienzo a hacer uso de este espacio de la mejor manera que alguien puede escribir, con las emociones alteradas.

Volver siempre al mismo lugar

Quizá sea la más recurrente de las maneras de comenzar a perder la razón. Volver al mismo lugar es como caminar en círculos en vez de hacerlo hacia adelante, es condenarse a repetir siempre las mismas historias, a pasar por los mismos lugares, a encontrarte con la misma gente, a volver a beber el mismo trago y sí, condenar las nuevas historias a los viejos finales.

Sé que lo que digo no es un hallazgo, nada que el mismo lector no haya pensado en alguna ocasión, mi pregunta es ¿entonces por qué seguimos volviendo siempre al mismo lugar? ¿Por qué si no queremos repetir las mismas consecuencias del pasado, seguimos tomando las mismas decisiones que nos dirigen a ellas?

Podremos creer o no en el destino o en alguna otra entidad dictaminadora, pero sin duda creo que lo que determina nuestro rumbo es un conjunto de ambas, la situación que nos es dada más nuestro propio deseo de arruinarnos. ¿Qué le pasa a Ricardito en Las travesuras de la niña mala? La vida se le va en pagar la condena de haber conocido y coincidido a lo largo de los años con la niña mala, pero también vemos cómo es que a lo largo de toda esa vida se ha dedicado a anhelar y buscar cada uno de esos encuentros. ¿Y qué puede haber más desesperanzador que buscar la propia miseria?

O quizá la mejor manera de enloquecer sea renunciando a aquello que siempre nos ha obsesionado, soltar; porque buscar la cordura es seguramente el indicio más certero de que estamos más lejos de ella que nunca.