La hiperrealidad política: el 1-O y la independencia de Cataluña

Diez de octubre de 2017. La luz del sol empieza a ocultarse en la ciudad de Barcelona y toda la población catalana está atenta a un anuncio que dará la Generalitat (gobierno) de la provincia española. En el estrado se visualiza a Carles Puigdemont, máxima autoridad política de Cataluña, quien empieza a dar un discurso. Los nervios de todos están desbordándose en la provincia mediterránea –no, no sólo en la provincia, en todo el Reino de España-.

Se escucha a Puigdemont decir lo siguiente:

“Asumo el mandato del pueblo de que Cataluña se convierta en un Estado independiente en forma de república”.

Su frase es interrumpida por más de treinta segundos de aplausos, “¡ocurrió!”, piensan todos, el Estado español ha sufrido una desintegración y ha perdido una de sus territorialidades más icónicas. “¿Cómo responder a este evento? ¿Qué hacer?” A pesar de que ambas preguntas plantean una encrucijada terrible, no es necesario encontrar una respuesta, ni siquiera empezar a plantearla. Una vez terminados los aplausos, Puigdemont suelta la siguiente frase:

“Propongo que el Parlament suspenda los efectos de la declaración de independencia para que en las próximas semanas emprendamos el diálogo.”

La frase genera la confusión: ¡¿qué demonios ha pasado?!

Esa es la interrogante en la cabeza de todos.

II

Desde el siglo X, Cataluña ha sido una provincia con un ethos social consolidado. Si bien tenía un pasado hispánico, herencia del Imperio Carolingio al que alguna vez perteneció, la provincia desarrolló una lengua, hábitos y rasgos culturales que siempre los han dotado de una identidad. A pesar de esta autonomía e identidad cultural, desde hace más de ocho siglos, su historia ha estado ligada al desarrollo de España como nación. Desde los acuerdos de Ramiro II de Aragón y Ramón Bernguer IV de Barcelona, la ciudad ha formado parte de España. De la Paz de Westfalia, a las Guerras Napoleónicas y el Congreso de Viena. De dos guerras mundiales a la Guerra Civil y el Franquismo, Cataluña es parte de la historia de esa nación.

III

La confrontación hacia lo español en el corazón de los catalanes nace de grandes períodos en los que el gobierno central de Madrid se ha comportado como un cretino con la provincia. El siglo XX representa un período en el que Madrid negó la identidad catalana, hecatombe que alcanza su máxima deslatad en los años del Franquismo, período en que el ataque a esta cultura alcanzó los límites de lo soez.

Durante el franquismo se prohibió la lengua catalana y su uso público. La dictadura presentó una política gubernamental para negar una sociedad y su cultura. El sentimiento de resentimiento acrecentó una emoción y capital que aún en nuestros días es un susceptible de ser manipulado por intereses políticos.

A la par de las groserías de Madrid, Cataluña siempre se ha reconocido a sí misma como una provincia rica y estratégica. Los catalanes sienten un gran orgullo por sus hábitos sociales, por su visión empresarial que ha construido una de las regiones más ricas a orillas del Mar Mediterráneo. Se reconocen a sí mismos como trabajadores, visionarios y ahorradores. En ocasiones, ese auge y riqueza económica los ha hecho tener la idea de que estarían mejor solos que formando parte del Reino de España. He ahí un área de oportunidad para manipular intereses políticos. Para catalizar una crisis política.

IV

“Me parece que el tipo se ha ahogado en un charco del que ya no sabe cómo salir”. Es la opinión que se ve y escucha el día de hoy en boca de un catalán, en un vídeo de un reconocido diario español. Cataluña se proclamó ayer como República independiente. Sin embargo, en menos de un minuto la Generalitat indicó que pedirían suspender esa acción a su parlamento para hacer: ¿un cesionismo más organizado?

El 11 de octubre Cataluña no tiene la más mínima idea de su estatus político como territorio. El gobierno de Madrid ha pedido a Cataluña que aclaré lo que ha pasado el 10 de octubre. La Generalitat no ha externado nada.

El silencio de la Generalitat se debe a lo cruento y dudoso del proceso. El referéndum se ha dado de una forma oscura y ajena a la idea de la democracia occidental y europea. Desde la petición turbia, en marzo de este año, de material electoral al gobierno central, hasta la aprobación inconstitucional de la Ley del Referéndum por el parlamento catalán el 6 de septiembre, la Generalitat y las instituciones catalanas han demostrado un comportamiento anti transparente para una nación democrática. Han manipulado las instituciones del gobierno y su poder político, violando o ignorando la Constitución Española, en aras de consolidar el mecanismo vinculante que les den la independencia que desean.

El gobierno de Madrid ha reprobado estas acciones, y a pesar del uso de fuerza policiaca el pasado 4 de octubre – que fue muy cuestionado-, algo es tangible para todos respecto al referéndum: se dio en condiciones dudosas, antidemocráticas e inconstitucionales para una república. Los catalanes lo saben. El resto de España también. La Unión Europea y el Consejo de Europa han reprobado este proceso. Las empresas han iniciado una fuga de capitales y el futuro de una Cataluña independiente es ahora oscuro y dudoso, quizás, ahora pinta más negativo que positivo.

El gobierno central de Madrid ha pedido a Puigdemont que aclaré si ha proclamado la independencia o no. De ser así, tendría que operacionalizarse el artículo 155 de la Constitución Española. Si Puigdemont acepta que la independencia se ha proclamado, el gobierno español iniciaría la suspensión de la autoridad de distintas instituciones de la Generalitat por incumplir sus obligaciones con el gobierno central, en pocas palabras, la Generalitat y Parlament estarían a expensas de perder su autoridad política y el gobierno central podría intervenir en Cataluña.

De ahí la lógica del silencio del Puigdemont. De ahí que ahora cada palabra o acción pueda tener una reacción en cadena capaz de destruir en segundos una nación entera, España, de forma semejante a que lo haría un arma nuclear.

El referedum del 1-O nos ha mostrado una nueva posibilidad de la política, el rostro de la hiperrealidad.

Una relectura de Diderot

Dennis Diderot es uno de los pensadores más apasionantes de la modernidad, y sin duda, el más trascendental de la ilustración. Desde la arena del ensayo, la novela, o en su labor de enciclopedista, deslumbra al lector con la agilidad de su estilo, la agudeza de sus argumentos y la fuerza en cada palabra de su escritura.

Mi primera lectura de Diderot se dio con su novela “Jacques, el Fatalista”, contranovela que viola todas las leyes y reglas de este género de la narrativa en pleno siglo XVIII y es una de las pocas obras herederas directas del Quijote. Al estilo de una escritura cervantina, en la que parecen decirse muchas locuras -todas fundamentadas con elegancia, por supuesto-, el francés se ha transformado en uno de los pensadores más subversivos de todos los tiempos.

La semana pasada releí su libro “Pensamientos filosóficos”, y a pesar de que me siguen pareciendo un escritor genial, esta relectura me ha dado nuevas interpretaciones sobre este pensador:

  1.  La razón como pasión: en su juventud Diderot coqueteó la idea de volverse clérigo y dedicarse a una carrera en la iglesia. En el siglo XVIII, la carrera eclesiástica y los estudios en teología eran un camino natural e implícito hacia el conocimiento. No obstante, esa idea es desechada para ir a la universidad y doctorarse en la Universidad de Paris. El giro abrupto de Diderot se da también por su completa transformación a utilizar la razón y el conocimiento como sus principales instrumentos para analizar y cuestionar el mundo.Pronto, toda esa gran sabiduría teológica es utilizada como un recurso para satirizar la fe y las creencias católicas de su país y sociedad. La ironía de Diderot es excelsa en el sentido de saberse un perfecto conocedor de las escrituras bíblicas y detectar cuáles son los puntos endebles de la fe cristiana. No obstante, en el primer apartado de los Pensamientos Filosóficos, cuando él posiciona a la ciencia y la razón como recursos por encima de la fe, se pueden detectar síntomas pasionales hacía este nuevo dogma. Al final, Diderot es un precursor de los valores de la modernidad, un pensador que tiene una fe ciega en el conocimiento positivista (síntoma que crítica de los católicos) y que promueve una ideologización y creación de un nuevo credo y dogma: la ciencia.
  2. El desmantelar las metafísicas como deporte: Diderot es un gran discípulo de Descartes, sus escritos, más allá de querer edificar un dogma o forma de pensamiento, buscan cuestionarlo todo. En su forma de hacer filosofía brilla el recurso de la “duda metódica” del gran pensador holandés. También, este método es de un corte mayéutico y precursor del falsacionismo, Diderot cree que el error debe existir en toda forma de pensamiento para alcanzar el verdadero conocimiento. Y sólo a través de lograr visualizar lo endeble de nuestros razonamientos, podremos lograr alcanzar ideas claras, racionales y certeras.El método de pensamiento crítico de Diderot se refleja en su misión enclopédica dentro la ilustración, que permea en la incipiente nueva ciencia que se gesta en su siglo. Las ciencias aplicadas o duras, como la física y la química, adoptaran con el pasó del tiempo la utilización del error como el fin más efectivo para encontrar respuestas certeras a los problemas que atienden.
  3. El pensamiento y la escritura sin miedo: en el fragmento XIV, de los pensamientos filosóficos, hay un comentario de Diderot que me ha dejado asombrado:

“Pascal mostraba rectitud, pero era miedoso y crédulo. Elegante escritor y razonador profundo, habría esclarecido sin duda el universo, si la Providencia no le hubiese abandonado entre gentes que sacrificaron sus talentos a sus odios. ¡Qué deseable habría sido que hubiera abandonado a los teólogos de su tiempo y se hubiera entregado a la búsqueda de la verdad, sin reservas y sin miedo a ofender a Dios…!”

En mi nueva lectura, el párrafo anterior se ha presentado como una discusión de carácter metaliterario o metaescritura. A través del tiempo, la expresión de nuestras ideas o lo que en verdad pensamos ha sido uno de los debates más fuertes en torno a los límites de la libertad de expresión. Hoy en día, en la era de los opinólogos de las redes sociales y los influencers, la gente se siente con la libertad de expresarlo todo. Estas manifestaciones, con mucha regularidad, exaltan el odio, la segregación o discriminación, y se da el escenario de que muchos individuos piensen que sus opiniones son valiosas – cuando no lo son – y simplemente son válidas en el contexto de una sociedad liberal.

De forma paradójica, las personas que contemplan a la escritura como una parte esencial de su vida, son quienes más temor tienen de plasmar con sinceridad muchas de sus ideas y opiniones.

El texto de Diderot nos revela una realidad tangible en la escritura, que no es otra cosa, que el escribir las cosas desde nuestra subjetividad o visión de la realidad. Nuestro miedo a expresar lo que en verdad sentimos y pensamos, porque reconocemos a la escritura como un acto político, como un acto en el que van inmersas nuestras emociones, orígenes y aspiraciones sociales.

Ernest Hemingway utilizó anécdotas de su vida para escribir “The Sun Also Rises”, su primera novela, con cambios en los nombres de los verdaderos protagonistas de esos relatos, pero sin modificar los hechos. Por esto, fue recriminado por muchos de sus amigos a tal grado que ellos nunca volvieron a dirigirle la palabra. Gabriel García Márquez decía que la vida no sé asemejaba a lo que vivimos, sino a cómo recordábamos lo que vivimos, idea que abre una puerta para modificar las historias que utilizan los autores de ficción a la hora de escribir.

Sin embargo, algo que señala Diderot en ese fragmento es el miedo que experimentamos quienes escribimos. Porque a diferencia de la palabra oral, la escritura es algo que permanece en el tiempo, y la expresión de cualquier idea o emoción en el presente puede volverse contra nosotros en el futuro, cuando por una circunstancia o evento de la vida, entremos en contradicción con lo que alguna vez expresamos en nuestros escritos.

Ante ese dilema, Diderot propone el pensamiento y la escritura sin miedo, un pensamiento crítico que no tema las recriminaciones – e incluso, persecuciones – de expresar nuestras ideas ante el tiempo y la sociedad.

Ahí está una de las máximas cumbres de este pensador: el razonamiento y la crítica real, sin miedo, como máximos instrumentos de subversión y libertad. Decir lo que en verdad creemos y pensamos, aunque tengamos rendirle cuentas, incluso, a un Dios.

Nacho Padilla, el cuate del Crack

En 2010 viaje a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, fue una de mis primeras salidas en solitario y esa travesía tenía como fin alimentar mi sed de lector y mis vacilaciones de adolescente que deseaba escribir.

Tenía dieciocho años, un año terminado en la universidad y un poco de dinero que había sacado de un verano al trabajar como mesero. En ese tiempo, era un fiel visitante de la Biblioteca Vasconcelos, ubicada en la Colonia Buenavista, de la Ciudad de México, y en ella había descubierto cientos de autores que deseaba conocer en la FIL.

Por los pasillos de la Vasconcelos se cruzaron conmigo los libros de Juan Villoro, Sergio Pitol, Mario Vargas Llosa, Daniel Sada, y algunos poemarios de Juan Gelman. Autores que había leído con mucho beneplácito y que hacían tentadora la idea de viajar al bajío mexicano con tal de poder verlos.

Entre mis lecturas ininterrumpidas y cientos de préstamos bibliotecarios, uno de los descubrimientos más significativos fue “Tres Bosquejos del Mal”, un pequeño volumen editado por Siglo XXI que contenía tres pequeñas novelas de escritores que, para mí, todavía eran desconocidos, la generación del Crack, pero en específico: Ignacio Padilla, Eloy Urroz y Jorge Volpi.

La Generación del Crack. Especial.

Las novelas contenidas en “Tres Bosquejos del Mal” me divirtieron, asombraron e hicieron sentir que estaba en contacto con una literatura desconocida. La prosa y temas de los narradores se me hicieron frescos y pensé que leía a nuevos y desconocidos autores de la literatura mexicana.  No obstante, pronto me enteré que el manifiesto del Crack, con sus cinco novelas significativas, se había publicado en 1996, y que esos autores eran los nuevos “maestros” de la prosa mexicana, de la siguiente generación de escritores nacionales que encabezaba Juan Villoro.

De ahí empezaron mis lecturas de Nacho Padilla, Volpi y Urroz. Por mis ojos pasaron libros suyos como: Amphitryon, En Busca de Klingsor, La Gruta del Toscano, Memorial del Olvido, Un Siglo Detrás de Mí y Fricción.

En mis primeros acercamientos, la generación del Crack me parecía innovadora, sus temas se alejaban de la realidad nacional, no tenían un compromiso netamente político y para ellos primero estaba el compromiso literario y narrativo, antes que nada. Ante los ojos del canon mexicano, se presentaron como un grupo de ruptura, pero el tiempo, y mi opinión, han hecho ver que eran buenos discípulos y continuadores de la tradición solemne mexicana.

A pesar de que cambiaron la tonalidad de sus novelas, había mucho de la tradición de Carlos Fuentes, Sergio Pitol, José Emilio Pacheco, Salvador Elizondo y Augusto Monterroso en sus letras. Juan Villoro era una figura cercana a ellos, pese a que cada uno de ellos intentó forjarse a sí mismo como un nuevo perfil del plano de las letras mexicanas.

De los tres, el que siempre me pareció menos innovador fue Volpi. Desde la lectura de En Busca de Klingsor pensé que ahí estaba una novela que entendía a la perfección el mecanismo de los best-sellers o long-sellers (que hace a un libro amistoso y de pretensiones pedagógicas) pero que se dota de los suficientes atributos y méritos de estilo para no caer en esa clasificación y detentar un “valor literario”. Fórmula que Volpi ha usado de forma ininterrumpida hasta “La Buscadora de Sombras”, última novela que intenté leer de él.

Eloy Urroz fue el más experimental de los autores del Crack y el que apostó más a la fórmula de la metamorfosis de la novela. Sus libros trataban de jugar siempre con la estructura narrativa y la forma. Aunque a veces los resultados no son los mejores, hecho evidente en  “Fricción”.

Las descripciones anteriores me llevan finalmente a Nacho Padilla. Sobre su narrativa puedo decir que nunca buscó las fórmulas complacientes y efectivas de Volpi. Y que cada una de ellas, si bien no trato de ser “innovadora” o “subversiva” en sus estructuras, siempre fue original como se ve  Amphitryon y La Gruta del Toscano.

En la FIL de 2010 se iba a presentar el libro “La Isla de las Tribus Perdidas”, un excelente ensayo de Nacho Padilla, que ganó el premio debate de ese año, sobre la ausencia del mar como escenario y tema en la literatura latinoamericana. Planifiqué asistir.

Una noche antes de la presentación del libro de Nacho, en la FIL se vivió la famosa venta nocturna en la que se pueden encontrar viejos ejemplares, rarezas de libros y buenas ofertas para hacerse con un buen botín literario. Entre mis búsquedas asistí al panel de la editorial Siglo XXI con la esperanza de encontrar un volumen de “Tres Bosquejos del Mal”, para hacerlo mío y que Padilla me lo firmará al día siguiente junto con sus dos secuaces, que, con seguridad, asistirían la presentación. Lamentablemente, no encontré el libro.

Al día siguiente, me sorprendí de la poca concurrencia de asistentes a la presentación. Éramos unas quince personas. Volpi, el premio Debate del año pasado, comentaba el libro junto con Nacho en el escenario, mientras Eloy Urroz estaba sentado entre el público.

Al terminar el evento me acerqué a los tres y les externé mi pretensión fallida de encontrar un volumen de “Tres Bosquejos del Mal” el día anterior, así como había descubierto la narrativa de los tres, hacía unos años, en ese volumen. De forma interesante Eloy Urroz se emocionó y empezó a platicar conmigo, Nacho Padilla también, ante lo cual saqué mi ejemplar de “La Isla de las Tribus Perdidas” que terminaron por firmar los tres.

La dedicatoria, que aún conservo, junto con la literatura de Nacho, considero, es un gran reflejo de la persona que fue este escritor en vida.

“Para Juan Manuel, cómplice generoso en tus lecturas y palabras. Con mi amistad,

Nacho Padilla.”

El pasado 20 de agosto se cumplió un año de la muerte de este maravilloso narrador mexicano. Un escritor que muchos extrañamos y tuvimos la fortuna de conocer, pero más que nada, de leer su obra, hecho que le sobrevive y que aún nos hace ver que sigue con nosotros.

La fecha de caducidad de mi playlist

Soy una persona que escucha música todo el tiempo. Cuando me detengo a pensar en las horas del día que me acompañan melodías en mis oídos, contaría de cuatro a cinco. Al caminar, mientras tomo un baño, al manejar, leer o trabajar, necesito de la compañía de mis canciones favoritas.

Con orgullo, en más de una ocasión, me he llamado a mí mismo un melómano. Y la música que escucho explica a menudo mi vida y hace eco de las emociones y situaciones que estoy atravesando. Desde hace ya varios meses integré un playlist en mi celular y las canciones incluidas en él fueron por casi medio año el soundtrack de mi vida.

He perdido el número de ocasiones en que las escuché, y aun hoy, cuando las pongo, siguen diciéndome muchas cosas sobre mí, sólo que ahora en retrospectiva. En esas canciones hay mucha ansiedad e incertidumbre. Emociones que se materializaban en mí y que me dejaban a la deriva a razón de muchos retos que tenía que encarar. También había fe, ilusión y unas terribles ganas de vivir y amar.

Siempre que el tiempo y la intimidad me lo permite, me doy el gusto de gritar las letras que compusieron Jarvis Cocker, David Bowie, Keith Richards o los temas de Arcade Fire. Y siempre, no dejo de maravillarme de esa magia que posee la música, de ese vigor que encontramos en las guitarras y voces de nuestros cantantes favoritos, de esa fuerza que tienen sus composiciones y que nos llenan de energía.

Desde que inicié el año me había propuesta una meta, ésta se presentó como un reto que se prolongó en el tiempo más de lo que yo mismo esperaba, sin embargo, ha llegado. Está ahora frente a mí y el momento de tomar decisiones llegó.

Nuevos miedos me invaden, nuevos retos, para los que necesitaré valor. Las canciones de mi playlist ya no son la música que necesito en esta etapa. Y esto no significa que dejarán de gustarme, sino que ahora deberé encontrar la música para este nuevo momento.

Junot Díaz: la voz de los dreamers en Estados Unidos

Hace algunos años, en una conferencia en torno a la narrativa de Estados Unidos, escuché un comentario del escritor Francisco Goldman que me dejó marcado:

“Estado Unidos es un país bilingüe, una nación en la que se habla inglés y español, y es un hecho que sus gobernantes, y gran parte de su población, no ha podido aceptar”.

Lo externado por Goldman señala un evento que ha superado la realidad. En Estados Unidos viven más de 40 millones de personas que hablan la lengua española, de acuerdo con el Bureau Census de ese país, es la segunda comunidad de hispanoparlantes más grande del mundo, sólo por detrás de México, y es el único país a nivel global que posee una Academia de la Lengua Española que no ha decretado a ese idioma como una lengua oficial.

No obstante, lo difícil para los hablantes del español, en el vecino del norte, es que, la mayoría de las veces, tienen que recurrir a ese idioma como una expresión de la intimidad, un medio que sólo pueden utilizar con su familia y en espacios personales, a razón de que a un gran sector de la población anglosajona le molesta oír ese idioma en las escuelas, lugares de trabajo, etcétera, ante lo que deben contener el uso de su lengua madre.


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Esa situación me ha puesto a pensar en las ideas de Ferdinand de Sausurre, uno de los padres de la lingüística moderna, quien dice que la lengua es un vehículo vivo, un hecho social que va mutando por quienes que lo encarnan y utilizan en su expresión diaria. Con el paso del tiempo, las lenguas terminan por transformarse y nuevas palabras surgen o cambian de significado, a razón de la nueva connotación que le dan los hablantes, porque el idioma está vivo y mutando, reinventándose y cambiando como un ser viviente.

La expresado por Sausurre se materializa, en nuestro tiempo, en la obra narrativa del escritor Junot Díaz, un inmigrante de República Dominicana que ha reinventado la literatura de Estados Unidos y ha dado voz a quienes han tenido que contener algo innato a su vida diaria e identidad.

En su novela The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, Díaz da voz a un joven de sus características, un joven negro, inmigrante, proveniente de un país inestable (el mismo de su autor), que crece en Estados Unidos y se enfrenta a los problemas del racismo, la identidad y el uso de la lengua.

Del mismo modo que Kafka, y pese a que su lengua materna es el español, Díaz decidió escribir su obra en inglés, como el escritor checo publicó sus libros en Alemán. Y una vez más, la ironía de la historia y la realidad se hace presente, ya que así como Kafka se transformó en el novelista más importante de la lengua alemana del siglo XX, Díaz se ha transformado en uno de los narradores más transcendentes de Estados Unidos, al grado de que el ex presidente Barack Obama, escogió la novela de este autor como uno de sus libros preferidos y que ha marcado su vida.

A pesar de que el libro fue traducido al español, The Brief Wondrous Life of Oscar Wao es un texto que debería leerse en su edición en inglés, pues en ella desfilan palabras y expresiones como “dulce de coco”, “tío Miguel”, “hija”, “cigüapas” o “muchacha del diablo”, con todo lo demás escrito en inglés.


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También, cuando los personajes de la novela hablan en los diálogos, se encuentran frases escritas en inglés, pero con una sintaxis española, como es común que hablen muchas personas de la comunidad migrante de Estados Unidos. Un error típico de los hablantes de la lengua de Cervantes, que al llegar a un país anglosajón, no perciben y puede confundir a quienes tiene como lengua madre al inglés.

Lo importante de la publicación de The Brief Wondrous Life of Oscar Wao, hace ya diez años, es lo que representa. En 2007 se alzó con el premio Pulitzer y fue elegida como la mejor novela del año por varios medios literarios de Estados Unidos.

Si un fundamentalista del idioma inglés leyera el texto se horrorizaría, sólo vería un texto en el que hay palabras extranjeras y nefastos errores de concordancia gramatical. No vería lo que hemos visto muchos, y lo que debería ver toda la población de Estados Unidos: un texto innovador, producto de la multiculturalidad, un pedazo de la lengua viva a la que se refirió Sausurre, y un producto que está transformando la cultura de una nación.  Pero más que nada, una novela que ha dado voz a millones de personas, en un país, donde aún no se ha aceptado a su idioma como un producto innato de la identidad de Estados Unidos.

Nacionalidades (o cuando no saben de qué país vienes)

Uno de los eventos más divertidos al viajar ha sido el que confundan mi país de origen. En más de una ocasión he sido identificado como un connacional de diferentes latitudes del mundo, desde Sudamérica hasta el Medio Oriente, la personas han jugado “el adivina de dónde soy” conmigo. He aquí los más interesantes.

Venezolano: pasó en la ciudad de Logroño, en la provincia de la Rioja, España. Resulta que hace varios años tenía una novia que me invitó a pasar con ella dos meses al país ibérico. Una tarde fuimos a comer las famosas “patatas bravas” de la región, que sus amigos aseguraban picaban, incluso, para un mexicano.

Cuando las bravas estuvieron frente a mí, me llevé una inmediatamente a la boca. La patata estaba recién horneada y ardía, me quemé de forma horrible el paladar. En ese punto, mientras agonizaba por el ardor y hacia muecas de dolor, un simpático riojano se acercó a mí y me abrazó, una vez que su brazo estaba sobre mis hombros gritó al cocinero “¡tráeme una bravas igual de picosas que las que diste a mi amigo venezolano!”

Resulta que la gastronomía venezolana tiene una base de sabores dulces, he ahí el origen de que me adjudicaran como un hijo de la cuenca del Orinoco.


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Indio: fue en Lisboa, poco antes de que mi primera visita a ese país terminara, me metí a una tienda de “souvernirs”. Una vez que tuve los suficientes recuerdos para todos los seres queridos fui a la caja y le pedí al dueño de la tienda que los envolviera. El vendedor era un chico de unos treinta años de origen indio, mientras envolvía cada regalo me miraba de reojo con un poco de curiosidad; de repente me preguntó: “¿de qué provincia eres?”.

En mi rostro se dibujó la extrañeza. Le dije que era de la Ciudad de México (es un lio tremendo explicar a los extranjeros que existe una Ciudad, un Estado y un país llamado México). Ante mi respuesta empezó a carcajearse. “¡Hubiera jurado que eras de la India!”. Pronto me comentó que venía de Kolkata, llevaba quince años en Portugal y me dijo que si algún día viajaba a la India, en el aeropuerto me recibirían al grito de “Welcome Home!”.

Mi amigo indio, llamado Aryam, tenía un hobby: coleccionar billetes de diferentes países. En su mostrador tenía de Sudáfrica, Nueva Zelanda, Argentina, Rusia y Afganistán, añadí a su colección un billete de cincuenta pesos, con la imagen de Morelos “el siervo de la nación”. Le expliqué que era un héroe de la independencia de México, sonrió feliz y me estrechó la mano con mucho cariño antes de salir de la tienda.

Brasileño: fue un gritó que escuché en la calles de Porto. Empezaba a anochecer y las calles se llenaban de personas en busca de diversión y de un poco de vida nocturna. Había un bar donde ponían música latinoamericana que empezaba a llenarse y unos chicos afuera hacían promoción para invitar a los transeúntes a pasar. Casi cuando caminaba frente a la puerta del bar una chica me gritó con emoción: “¡Brasil!”.

Lo único que hice fue mirar a los lados, diez segundos después, entendí que me lo había dicho a mí. Le dije que era mexicano y se sonrojó por el error.


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Pakistaní: me lo dijeron como pasajero de un taxi en Dusseldorf, Alemania. Camino al aeropuerto, varios chicos del grupo de mochileros decidimos viajar en auto para llevar más cómodamente el equipaje. Yo iba sentado en el asiento del copiloto, el chofer era de rasgos árabes y me empezó a decir que extrañaba Azab Kashmir, región de la que era originario. Me preguntó si no me pasaba lo mismo, si iba a viajar para visitar a la familia en el Levante. Con simpatía le dije que viajaba a la Ciudad de México, al igual que Aryam, me miró sorprendido.

Colombiano: fue en Montevideo, cuando revisaba los anaqueles en una librería de segunda mano. Un señor veía a mi acompañante y a mí con simpatía; hizo la consulta “¿Son colombianos?” Al decirle que veníamos del país de los aztecas y los mayas nos contó las maravillas de la Rivera Maya y las “mejores vacaciones de su vida”, hacía unos años.

Por fin….Mexicano: apenas alguien acertó el año pasado en Londres.  Caminaba junto a mi madre y mi hermana sobre el puente Westminster, hacia el barrio de Lambeth, cuando un vendedor de souvenirs me gritó “¡viva México!”. Sorprendido lo volteé a ver, quizás, hasta se me iluminó la cara. Era un buen vendedor, fue tan buena su estrategia de venta y su encanto que los tres le acabamos por comprar un souvenir.

Epilogo

Con el tiempo me he dado cuenta que soy un mexicano de aspecto particular. La primera vez que entré en razón de esto fue cuando viajé a Zacatecas, a los dieciocho años. La recepcionista quedó maravillada conmigo, me dijo que tenía fisonomía de veracruzano, la estatura de un sonorense y el acento de un chilango. Entre varias bromas me dijo “eres el jarocho más alto que he visto”.

También, desde la universidad mis amigos me nombraban árabe y hacían broma respecto a ese hecho. Todas estas piezas encajan para explicar las nacionalidades que se me adjudicaron alrededor del mundo.

Debo decir que me sentí feliz cuando ese londinense por fin dio en el clavo. ¿Había algo diferente que percibió ese británico que no habían notado los demás? La respuesta es sí. En ese viaje a Reino Unido estrenaba mi barba de viajero. Mis recorridos anteriores habían sido como un imberbe o perfectamente rasurado adolescente. Mientras me reía de sus bromas y me mostraba una sudadera que terminé por comprarle, me preguntaba cómo había descubierto mi nacionalidad, en un segundo encontré la clave “debe ser por el bigote”.

Sí, a veces los clichés de la Revolución Mexicana son afortunados.

Infamia y miseria: lo eterno en el arte

 

En el tercer tomo de En busca del Tiempo perdido: el mundo de los Guermantes, Marcel Proust señala una acepción que por su aplicabilidad y vigencia a cualquier contexto artístico pareciera una regla o axioma eterno a cumplirse. El gran novelista francés indica  que siempre que un conjunto de hombres se congreguen en torno a una disciplina, podrá vislumbrarse en ese contexto atisbos de envidia, descrédito, celos, rabia, rivalidad y deshonra. Es decir, imágenes humanas de la infamia y la miseria. Y es que en esos dos conceptos puede resumirse una gran parte de la historia y el comportamiento humano, debido a que ambos tienden a complementarse y a coexistir en todos los escenarios que enfrentamos en la vida, que pueden ir desde la esfera familiar, laboral, sentimental y artística.

En ese sentido, se puede argumentar que tanto la miseria e infamia no son sólo motores del arte, sino que son grandes catalizadores de toda renovación en cualquier campo de la sociedad.

Para explicar esto de forma más clara tendremos que detallar qué representa cada una de las palabras y el sentido que se le da, además de citar algunos ejemplos. Para empezar, mencionaremos que la infamia representa la noción de lo establecido. Aquello que se ha perfeccionado e institucionalizado en el tiempo, al grado de que cada sentencia o juicio que emane de un actor que la ejerce es incuestionable.

La infamia es la culminación de un largo camino que ha sobrepasado todo ser hasta consolidarse como una autoridad, alguien que refleja el respeto aunque esa característica no implica que por haberse transformado en una personalidad respetable, él se comporte de la misma forma.

Respecto a ésta perspectiva podríamos retomar al autor señalado al inicio de este texto: Marcel Proust, quien escribió una de las más colosales obras de la literatura del siglo XX y que a pesar de esa cualidad, no logró ser publicado por nadie. Producto de ese hecho, no puede evitar pensarse ¿Qué pasaría por la mente de Andre Gide, quien formaba parte de la Editorial Galimard, al rechazar el primer volumen de En Busca del Tiempo Perdido? ¿Qué sentirían sus entrañas y juicio al descubrir que le cerró la puerta a la novela francesa más importante de su siglo?

Lo cierto es que cuando Gide entró en razón de su error, no pudo negar que había fallado en aquel ideal bajo el cual fundó la Nouvelle Revue Française, que era el de abrir una ventana a nuevos autores desconocidos, donde pretendía enseñar la desconfianza en el éxito, la primacía del estilo literario y el total repudio a lo establecido. Frente a eso, Gide fracasó en su anhelo de convertirse en un padre generoso. La lectura arbitraria que realizó al manuscrito se convirtió en la más grande de sus deshonras al sobreestimar su juicio y su papel como autoridad. Inevitablemente, la infamia había terminado por presentarse.

Lo contrario de la infamia sería entonces la miseria, debido a que es su consecuencia. Sobre esto basta recordar que las decisiones derivadas de la infamia tienen resultados impredecibles, ya que que causan desgracia e infortunios en el alma de los hombres que reciben estos actos.

Para ejemplificar esto, podemos citar la reflexión con la que Jorge Luis Borges inicia su libro Historia Universal de la Infamia, al expresar que cuando Fray Bartolomé de las Casas propuso al emperador Carlos V la importación de esclavos negros a las colonias de las Indias, no premeditó en ningún aspecto su decisión.

Para el sacerdote, aquel hecho suponía un acto piadoso que disminuiría las cargas de trabajo y abusos que sufrían los indios americanos, y, en teoría, era más valioso para la católica corona española: procurar a estos nuevos fieles que se habían convertido al cristianismo, por encima de los nativos del continente africano, el cual estaba repleto de salvajes a quienes aún les era ambigua la noción de sociedad.

Bajo esta perspectiva, Bartolomé nunca alcanzó a entender las consecuencias de la recomendación que hizo a su rey. No conoció que por medio de esa resolución surgirían distintas formas de expresión artística que se derivarían en el continente americano, todas producto de su determinación, tales como el blues, el jazz y la samba en la música, el capoeira como disciplina física, o la increíble poesía de Nicolás Guillén.

El producto final de aquel consejo fue una renovación y transformación social que nutrió en distintos aspectos a las nacientes sociedades americanas, que desde Estados Unidos, hasta Brasil, se vieron transformados por los ecos de la miseria que los esclavos tuvieron que soportar por décadas en un continente al que no pertenecían y fueron llevados, despojados de su voluntad y libertad.

La miseria simboliza así la imposibilidad de ejercer nuestros deseos en situaciones de desventaja, donde una decisión ajena y tomada por alguien de una autoridad mayor a la nuestra nos impide encontrar la satisfacción de nuestros anhelos. En un punto en el que si el alma del individuo no logra ceder ante esos impactos, y a pesar de la desgracia y el dolor, con el tiempo nuevos caminos para expresar su sentir le serán revelados. Todos de carácter marginal, es decir, con cualidades, métodos, formas y estructuras que nunca antes habían sido vistos, con lo que finalmente se habrá abierto una nueva ventana de renovación por encima de la infamia y donde empezará a gestarse un nuevo momento del arte.

Los ejemplos sobre la renovación a través de la miseria son amplios en cualquier campo, sólo mencionar la sordera de Beethoven, producto de las golpizas que le propinó su padre, o la psicosis de Van Gogh, derivadas de la incomprensión de una sociedad a la que no comprendía pero no podía abandonar.

Por último, citaremos una tercera posibilidad más allá de las que se han mencionado, para la cual tendremos que retomar la dicotomía miseria e infamia, las cuales representan dos lados de una misma moneda.

Como ya se mencionó, el primer concepto señala a los nuevos e incomprendidos artistas, que en su afán de abrir paso a su vanguardia, se enfrentan a los viejos creadores, quienes por otra parte, se les asocia con la voz de la razón y la experiencia. Así, la juventud del arte simbolizaría la noción de lo intangible, de aquello que no ha sido y quiere nacer. Mientras los segundos harían el papel de lo realizado, lo que ha creado un espacio y ahora se le identifica como el status quo o el canon.

De esta forma, al referirnos al artista joven hablaríamos de un ser con una voz autentica pero débil, la cual tiene que buscar su fortaleza y madurar en cierto grado. Capacidad que detentan las vacas sagradas quienes hacen el papel de sus contrarios debido al largo trayecto que han recorrido.

Ante esto, una tercera posibilidad recaería en algún individuo que lograra representar ambas cualidades, la noción de una vanguardia legítima que desde sus inicios ostentara una fuerza colosal y bien formada. Un artista que ya en sus inicios posea una capacidad por encima de los viejos creadores, y dadas estas circunstancias, superara en todos los sentidos a los hombres caducos. Si lográramos ubicar el mejor ejemplo de este caso escogeríamos al del poeta simbolista Artur Rimbaud y esa explosión que fue su libro de prosa Una Temporada en el Infierno.

Rimbaud ejemplificó como nunca la noción del Enfant Terrible: el joven creador que despreció a sus maestros y les hizo explícito el hecho de que eran obsoletos por medio de su insolencia y a través de su alquimia del verbo. Sin embargo, una hecatombe de ese grado nunca es asimilada y aceptada en cualquier momento histórico, y a pesar de que Rimbaud logró materializar por sí solo a un artista que encarnara tanto la infamia como la miseria, la segunda triunfo durante el tiempo que estuvo vivo.

Esto debido a que a los viejos poetas lo sepultaron y olvidaron hasta su muerte y sólo el tiempo reivindicó su obra, mostrándola en una magnitud más terrible por el drama con el que culminó la vida del niño simbolista. Cimentando nuevamente ese eterno ciclo del arte, en el que independientemente del surgimiento de nuevas vanguardias, de los elementos de la creación o de cualquier nueva línea de estilo, aquel campo minado jamás logrará desprenderse de la deshonra y la desgracia. De lo eterno en el arte, que no es otra cosa, que lo mísero e infame.

El provincialismo literario de América Latina

I. Hace un par de días terminé de leer la novela El mal menor, del escritor argentino Carlos Eduardo Antonio Feiling. El libro pertenece a la colección El Recienvenido, editada por Ricardo Piglia y el Fondo de Cultura Económica (FCE), en 2013. La obra de Feiling brilla por algo inusual en la literatura latinoamericana de nuestro tiempo: su originalidad. No se parece a nada de la región. Está alejada de la tradición del boom en su ejecución y género – es una novela de terror, ¡una novela de terror de América Latina!- perfectamente escrita. El libro fue publicado en 1991, 16 años después, de la mano de una gran editorial como FCE, llega a un público ajeno a la literatura argentina.

II. ¿Cuántas novelas de terror podemos citar en la tradición literaria de América Latina? Si somos concisos, me atrevo a decir que me sobran dedos en la mano. La colección El Recienvenido fue una obra de edición que realizó Piglia en sus últimos años de vida. La idea que tuvo junto con el FCE fue noble: juntar una serie de grandes novelas de la literatura argentina de los últimos treinta años que oscilaban en el limbo del olvido; una serie de grandes obras maestras de esa literatura nacional que no había sobrepasado los límites de lo local, que estaban condenadas al provincianismo.

 

III. Un tema recurrente en la literatura latinoamericana es la falta de originalidad. En la tradición de América Latina hay dos grandes figuras: Gabriel García Márquez y Roberto Bolaño, y “Cien Años de Soledad” y “2666”, las dos grandes novelas con las que se minimiza la tradición entera de un continente. Para las editoriales comerciales el más grande gesto de mercado es publicar a los hijos del realismo mágico y a los bolañitos como estrategia segura de mercado. Sólo algunas grandes casas editoriales apuestan por autores más originales: Anagrama, Acantilado, entre otras. No obstante, la literatura latinoamericana parece muy homogénea, singular en temas y estructuras.

IV. ¿La literatura de América Latina es homogénea, repetitiva y poco inventiva? Si nos acercamos a ver lo editado por las grandes casas españolas encontraremos muchas similitudes. No obstante, ¿los autores de Anagrama, Alfaguara o Tusquets, representan lo que en verdad está pasando en la literatura local de cada país? De manera concisa diré que Iván Thays, Guadalupe Nettel, Juan Gabriel Vásquez, Andrés Neuman o Martin Kohan, no representan a sus países. Son casos aislados de éxito. Escritores que sobrepasaron los límites de lo nacional para ser leídos en todo el mundo hispanoparlante.

V. No le quito mérito a Nettel o Vázquez, son grandes escritores de sus respectivos países. Pero acercarme a Ceiling me ha hecho notar algo: hay una literatura indómita y desconocida ahora mismo en América Latina, una serie de narradores y obras que quizás brillan más por su originalidad que por ajustarse al canon. Eso les pasó a César Aira, a Rodrigo Rey Rosa, a varios escritores que innovaban las letras de la región pero que lo hacían desde las editoriales independientes, desde la marginalidad hasta que el peso de su prestigio los hizo ser publicados por grandes casas editoriales. En esta región del mundo, la cuestión comercial pesa mucho para abrir el paso a nuevos talentos.

Excepciones latinoamericanas. Especial.

VI. Ni el internet ni las redes sociales han dado proyección a los jóvenes de América Latina. Seamos sinceros, sólo hay una forma de que un argentino, peruano, uruguayo, mexicano o chileno sea leído en toda Hispanoamérica: ser editado por una casa editorial de Madrid o Barcelona. El poder de las casas editoriales de España, decidir que puede ser consumido, o no, por su público, condena a los autores al localismo.

VII. Pero, ¿qué hay de la literatura mexicana? ¿Quiénes son los jóvenes escritores de México? Desde hace años me he hecho esa pregunta al recorrer librerías de Donceles, al visitar la Casa del Lago, la Casa del Poeta o la Facultad de Filosofía o Letras. ¿Quién los publica? El camino más viable para los jóvenes talento son los fondos editoriales del gobierno: Tierra Adentro o ediciones de los ministerios locales de cultura de los estados, o las editoriales independientes. Hay poca cabida para ellos en las grandes editoriales, quizás, con los años, a la manera de Aira, llegué el reconocimiento tardío. Todo depende del mérito de lo que ahora mismo estén creando.

VIII. En diciembre del año pasado viaje a Hermosillo, Sonora. Visité el Centro Sonorense de la Cultura por una casualidad y compré un libro de un autor del Estado: “Kafka en Traje de Baño”, de Franco Félix. Contenía tres crónicas, una giraba en torno a la búsqueda de un familiar del famoso escritor checo en México, otra al relato de vida de un niño autista y la última a una estancia en argentina de un joven escritor. El libro era maravilloso, innovador, alejado del canon narrativo mexicano. Pero Félix sufre la maldición del provincianismo, quiénes que no visiten Sonora, ¿podrán leerlo?

IX. Después del viaje a Sonora fui hasta el otro lado del país: Mérida, Yucatán. Ahí compré otra novela: “Solo por ser mujer” de la escritora maya Sol Ceh Moo. La novela trata uno de los temas más tangibles de la vida mexicana, nuestro disfrazado racismo a las personas indígenas y el machismo imperante en nuestra sociedad. Es una novela desgarradora, editada por el Centro Cultural del Estado. La condena de Félix se aplica de nuevo.

X. En un viaje realizado a Uruguay, hace ya cinco años, compré un ejemplar de novelas de Felisberto Hernández; me encantó “Por los Tiempos de Clemente Colling”. Hernández es uno de los escritores más queridos y aclamados de Uruguay, sin embargo, a diferencia de Juan Carlos Onetti, es un desconocido en el continente. Es un autor de hace casi cien años que no supera las barrera física de las cataratas de Iguazú.

XI. ¿Qué hace que la literatura viva y naciente en Latinoamérica no llegué a todo el mundo hispanoparlante? La respuesta más concreta sería la cuestión comercial. La necesidad de las grandes casas editoriales de ver a la literatura como un negocio. Sin embargo, esa cuestión de dinero limita el flujo de las letras latinoamericanas. Desconocemos a nuestros contemporáneos. Somos incapaces de ver qué está pasando en el continente. El provincialismo es la norma de América Latina. Una región, que a pesar de la globalización, sigue incomunicada entre los países que la integran.

XII. Por ello, la labor de edición de Piglia ahora se muestra como un gesto humano y heroico. También, es una gran lección. Un acto de solidaridad entre nuestros contemporáneos, además de un gesto que pide espacios y justicia para los nuevos escritores de una región entera. Una invitación a abrirnos a leer a los nuevos escritores de un continente.

Yuri Gagarin: la utopía viva de la URSS

“La comisión gubernamental me ha elegido para ser el primer hombre en viajar al espacio. No sabes, querida Valiusha, lo feliz que estoy, y quiero que tú también lo estés. A una sola persona le han encargado una tarea tan enorme: ¡Allanar el camino al espacio!”. “¿Puedo soñar con algo mayor? ¡Esto es historia, es una nueva era! En un día despega mi vuelo”.

Carta de Yuri Gagarin a su esposa Valentina escrita el 11 de abril de 1961.

Uno de los proyectos nacionales que más ha sido rezagado en la historia del siglo XX es el que representó la Unión Soviética. Desde su fundación en 1922, hasta su derrumbe en 1991, la URSS fue un actor internacional marginado y hecho de lado por el discurso hegemónico de Occidente.

Consecuencia de esto es que no identifiquemos la estatua de la Madre Patria con la misma familiaridad que símbolos nacionales como la Estatua de la Libertad, la Torre Eiffel o el Cristo Redentor. Que el arte de Kandinsky sea sólo reconocido y apreciado por unos cuantos neófitos y no por una parte de la cultura popular como los nombres Dalí, Van Gogh o Picasso. Que la música de Igor Stravinsky y Dmitri Shostakóvich sea vista como una expresión sinfónica compleja y poco accesible, a diferencia de sus contemporáneos Maurice Ravel y Johan Strauss. Que el futurismo sea un movimiento artístico y poético poco conocido, al menos no como el surrealismo o cubismo.

En cambio, sobre la URRS tenemos más presenté la imagen de Yosef Stalin, uno de los genocidas más grandes de todos los tiempos; las prisiones Gulag, donde eran condenados los individuos contrarios a los ideales socialistas, o la KGB, la policía secreta que perseguía y limitaba las libertades de los soviéticos.

Pocos saben que la URSS fue la única nación que no sufrió altibajos durante la crisis económica de 1929, evento que puso en shock al mundo entero y fue el catalizador del surgimiento del fascismo en Europa. El papel crucial que desempeñó en la II Guerra Mundial,, en la que prácticamente venció a la Alemania Nazi. Su importante aportación a la literatura con poetas como Vladimir Maikosky; o al cine en la dirección de Sergei Eisenstein o Andrei Tarkosky. Sus aportes a la ciencia y tecnología, materializados en sus logros en la carrera espacial, y el hecho que fueron ellos quienes conquistaron el espacio antes que nadie, de la mano del primer cosmonauta: Yuri Gagarin.

Para entender la importancia de Gagarin en la ciencia y tecnología, y por ende en la historia de la humanidad, debemos sobrepasar el discurso de las sociedades capitalistas que siempre se han atribuido los grandes avances tecnológicos. También, entender el papel que jugó la Unión Soviética como proyecto de país que desafió al mundo entero.

Desde su génesis, la URSS materializó la idea de Karl Marx de transformar el mundo. Como proyecto de Estado-nación, durante más de setenta años, cargó sobre sus hombros la efigie de un país que trató de consolidar un régimen más allá del capitalismo. Aspiró a la destitución de las clases sociales y la posibilidad de crear una nueva sociedad. Su máximo anhelo era consolidar una utopía, un sueño ideal. Así, la URSS fue la máxima hazaña del pensamiento de la modernidad, de ese paradigma que profesaba que las sociedades del siglo XX se dirigían hacia el progreso y el bienestar generalizado de todos.

No obstante, este proyecto, al encarnar ese papel, se transformó en la decepción más grande de la historia. Para la década de los ochentas, la URSS era un país atrasado y con dificultades de sobrevivencia. La nación que había limitado las libertades de su población y no había consolidado el progreso prometido por el sueño socialista.

A pesar de su inminente final, de forma personal, debo decir que el máximo punto de gloria de la nación soviética radica en la conquista del espacio, realizado por Gargarin el 12 de abril de 1961. En esa jornada, la nave Vostok 1, producto de un largo proyecto de desarrollo tecnológico de la Unión Soviética, cruzó los cielos de Moscú hacia la estratosfera. La noticia fue anunciada a nivel mundial, países como Reino Unido, Francia y los mismos Estados Unidos se quedaron boquiabiertos, ¿era cierto que los socialistas conquistarían el espacio, que habían desarrollado una tecnología capaz de esa hazaña? También, el pueblo soviético estaba al tanto de la odisea.

Desde las calles de Leningrado hasta el más recóndito poblado de Siberia, se sabía de la proeza que estaba a punto de materializar su país, producto de la ardua labor de cientos de científicos soviéticos y la inversión del gobierno en la industria aeronáutica. El viaje de Gagarin lo llevó a observar, en pocas horas, el estrecho de Magallanes, los Andes latinoamericanos, la Antártida y el desierto del Sahara; ciudades del Medio Oriente como Bagdad y Beirut.

A pesar que la travesía maravilló al mundo, el vuelo de Gagarin no estuvo exento de complicaciones; cerca del continente africano, la aeronave sufrió fallas mecánicas que por diez minutos amenazaron con acabar con la vida del cosmonauta, sin embargo, factores meteorológicos no previstos y considerados por los soviéticos le salvaron la vida. El vuelo terminó por ser un completo éxito, hasta su aterrizaje en la provincia de Sarátov. La noticia se anunció a la población de la URSS y luego ante el mundo.

Las imágenes de los festejos en la Unión Soviética son bellas por la expresión del pueblo. Desde las universidades al Kremlin, hasta los campos de cultivo y las siderúrgicas, se ve a la gente sonreír, darse abrazos de fraternidad y camaradería, saltar al aire de emoción. No era en balde, el socialismo había transformado heroicamente la historia de la humanidad y una nación que había tratado de ser contenida y aislada, había logrado un hecho que ningún otro país en la historia. Quizás, en ese punto, el ciudadano soviético vivió en carne propia una emoción que nunca podemos experimentar muchos individuos en nuestra vida. La sensación de que somos testigos de un evento que ha cambiado la historia y que formamos parte de un proyecto, de un sueño, que puede gestar un mundo diferente.  

 

Miopía, astigmatismo y sistema capitalista

De entre los defectos físicos y genéticos que padecemos los seres humanos, pocos están en tan perfecta sincronía con el funcionamiento del sistema capitalista como la miopía y el astigmatismo.

Hoy por la mañana al tomar mis lentes e intentar ponérmelos, se desprendió la varilla izquierda de aquel tan necesario instrumento para mi vida cotidiana. El evento lo tomé con estoicismo y sabiduría. Me dije a mí mismo “no hay problema, iré a la optometría y lo arreglaran en un segundo”.

Nada más me vestí y bañé, me dirigí a ese recinto donde esperaba que aquel problema encontrará una solución rápida y efectiva. Saqué mis lentes rotos y se los mostré al oculista. Él frunció el ceño y los observó desde todos los ángulos. Dio media vuelta y se acercó a una caja con múltiples piezas y herramientas. Después de un par de minutos, regresó hacia donde yo estaba con un gesto serio y me dijo “no tiene reparación”. Pronto se sumió en una explicación de cómo el mecanismo de la bisagra se había rotó de tal forma que no se podía reparar, existía la posibilidad de soldarlo pero la varilla del lente quedaría inmóvil.

Mi primera reacción fue consultarle si podía embonar las micas con mi graduación en otro armazón, ante lo cual el oculista me dijo que era viable, pero hizo énfasis en lo rayadas que ya estaban éstas, y me recomendó comprar unas nuevas. Además, al ver mi expediente, él había notado que hacía ya dos años que no me hacía un examen de la vista, por lo que me reprendió y me dijo que se recomendaba hacer al menos uno al año dado mis padecimientos ópticos.

Tan sólo escucharlo, supe lo que se avecinaba: tener que comprar unos lentes nuevos, y hace dos años que mi graduación oscila en un precio muy elevado, incluso, por encima de lo que cuesta un armazón de una prestigiosa marca. Pronto me encontré sentado viendo la típica pantalla con letras, dictándole al doctor hasta qué línea podía ver.

Al terminar la prueba me dio los resultados. Mi ojo derecho estaba bien, un ligero aumento de .002 dioptrías. No obstante, mi ojo izquierdo había aumentado severamente hasta casi 1 dioptría. Lo que significaba que mi ya de por sí cara graduación sería un poco más costosa.

Al darme mi presupuesto para mis nuevos lentes, me quedé pasmado. De la noche a la mañana tenía un fuerte gasto no previsto.

Desde hace algunos años, la comprar de lentes se ha elevado a precios anonadantes; mi último armazón costó lo que gasté en un viaje vacacional a Sonora en diciembre pasado. Y parece ser que con el tiempo irá aumentando. Pronto usaré lentes de fondo de botella o tendré que conseguirme un lazarillo para que sea mis ojos ante el mundo, a razón de mis deficiencias ópticas. De mi cartera saqué mi tarjeta e hice el pago. Un poco afectado por lo vulnerable de mi economía y ahorros que había planificado para los próximos meses.

La tragedia no termina ahí, dado que los lentes tardarán una semana en estar listos; por ese tiempo iré por el mundo como un cuasi ciego o un ser que ve formas y colores borrosos donde hay letras, señales y rostros.

Uso lentes desde los diez años, jamás me molestó ser un cuatro ojos o tener que ponerme ese artefacto sobre mi nariz para observar el mundo como es, nunca antes había pensado en la posibilidad de la operación, pero al ver lo caros que son ahora los lentes que necesito, se abre la brecha para esa opción.

Al final, toda esta catarsis se reduce a la siguiente sentencia:

¡Me caga estar ciego! Benditos aquellos que tienen buenos ojos.

La poesía de Ruth Wolf-Rehfeldt: simetría, perfección y subversión

Hace algunos días ingresé al taller de poesía de un reconocido autor en México. El evento se dio por casualidad al darle like a un tweet una tarde de enero. Si cuento este taller, es la tercera ocasión que participo en un simulacro de este tipo, en la extraña y carente situación de reunirme con un grupo de personas cada semana a conversar sobre literatura y leer un poco de lo que escribimos.

 

Los primeros talleres en lo que participé fueron uno de narrativa creativa y otro de poesía en La Casa del Lago de Chapultepec, cuando tenía diecinueve años. Emocionado por comentarios de escritores como Roberto Bolaño, Daniel Sada o Juan Villoro, esperaba que esa experiencia fuera reveladora, que ahí conociera a los jóvenes escritores de México o a personas afines con quienes compartiera mi amor por la literatura. Pero, de forma contradictoria, la experiencia fue distinta. El taller se me presentó como un espacio donde se había inscrito chicos que deseaban ingresar a otros cursos de La Casa del Lago y que habían terminado ahí como premio de consolación. Para todos, la literatura era un divertimento o un pasatiempo, algo que molestaba severamente al poco tolerante joven que era yo, que me tomaba la escritura como una de las cosas más serias de mi vida.

 

A la par de eso, me decepcionó fuertemente el clasismo de los talleristas que nos impartían las sesiones. Si bien fueron magníficos en darnos lecturas pertenecientes al “canon” de la narrativa mexicana y universal, me asombro que tuvieran tan poca perspectiva para abrirse a nuevas propuestas o visiones experimentales de la escritura.

 

En una ocasión, al tallerista de poesía le hablé del verso libre, la poesía en prosa y el simbolismo francés, hecho de la lírica que él denominó como “simples modas” condenadas al olvido ante el peso inquebrantable de la poesía del siglo de oro español.

 

Nunca he sido un poeta. Me gusta la poesía y me considero un gran lector de ella. A la usanza de Hegel, considero a la poesía como la mayor de todas las artes. Para crear algo bello y de valor humano, no se necesita de un lienzo, de un instrumento musical o de un trozo de mármol, sino de algo más simple: la palabra escrita, oral o visual.

 

Mi nueva experiencia en los talleres ha sido gratificante por las lecturas que nos ha implementado el tallerista. Asimismo, me gusta su visión de enseñanza y crítica a la poesía.

 

En pocas semanas no ha proporcionado lecturas y visiones de la poesía totalmente ajenas a la corriente principal de la poesía. Lo sorprendente de esas lecturas ha sido reconocer que no son propuestas recientes, o de hace veinte o treinta años, sino ideas que se tejieron hace más de cien años, pero al estar dentro de lo aceptado por las vacas sagradas, autoridades o instituciones de su tiempo, fueron desdeñadas y condenadas casi al olvido.

 

Ante eso, la poesía, y toda expresión de la literatura, tienen siempre la posibilidad de tener una nueva apreciación en el futuro. Mi tallerista es un pequeño héroe y reivindicador de propuestas que quisieron ser eclipsadas y que hoy tienen mucho que decirnos.

 

Además de la lectura de estos autores condenados al olvido en su tiempo, otra cosa que admiro del taller es que quien lo imparte siempre nos cuestiona primero sobre las lecturas antes de dar su punto de vista. Nos deja decir la más grande idiotez que podamos imaginar para después exponer su visión. En ese proceso nos ha presentado una serie de preguntas que me han dejado marcado, que he tratado de responder y que transcribo a continuación:

¿Qué formas puede adquirir la materialidad del lenguaje?

¿Por qué en la era del internet sigue dominando el verso escrito en la poesía contemporánea?

¿Qué amenaza en la poesía una propuesta que es marginada por el canon?

¿Qué posición tenemos ante una tradición y nuestros contemporáneos escritores?

¿Qué hace un poeta hoy en día?

 

Ante esas interrogantes, una de las propuestas que más ha llamado mi atención es la lectura de la poeta Ruth Wolf-Rehfeldt. Escritora de la Republica Democrática de Alemania (RDA) que cambió la materialidad del lenguaje para crear una poesía visual a través de la palabra. Wolf era una amante de su máquina de escribir y de los tipos que ésta era capaz de hacer. Así, Ruth desarrolló un vínculo íntimo con su máquina de escribir que la llevó a crear obras de arte a través de los tipos y palabras que expresaba con ese aparato, donde se pueden observar un tipo de poesía visual de belleza y perfección simétrica.

Al leer un poco sobre la vida de Wolf, me interesó saber que era una trabajadora común de oficina que a una edad madura empezó a cimentar su visión de la poesía. Tenía fe en el género de las cartas o la escritura epistolar como forma de literatura o arte, por lo que utilizó su máquina de escribir para crear una idea que muchos han llamado el arte postal.

 

Una vez que conoció todas las posibilidades de su máquina de escribir, Wolf empezó a crear, en una hoja de papel, sus primeros trabajos de poesía visual. La subversión de su propuesta se ve en dos terrenos: político y literario. Respecto al político, me sorprendió saber que ella gustaba de mandar sus trabajos a sus amigos, a través del correo de la RDA -régimen de carácter dictatorial que abría toda la correspondencia de la población mediante el Ministerio para la Seguridad del Estado (STASI en alemán) para revisar si no existían mensajes de contestación o que promovieran los disturbios contra el gobierno-. En más de una ocasión los agentes de la STASI se sorprendieron al ver las cartas Wolf, y muchas veces creyeron que en ellas había códigos ocultos que tejían una insurgencia política.

Para el plano de la poesía, la subversión se teje en la supremacía de la poesía en verso que ha ninguneado la propuesta de Wolf. A pesar que Alemania siempre se presenta como uno de los países más tolerantes a nivel internacional, me sorprendió saber que Wolf es considerada más una artista visual que una poeta. En pocas palabras, el canon ha negado a su propuesta, y a ella como artista, el recibir ese adjetivo.

 

Ser consciente de ese hecho me ha puesto a pensar en el peso de las ideologías y las tradiciones; del clasismo que impera en todas las sociedades y que dicta que sólo existe una visión concreta de cómo son las cosas. La autoridad, al final, sólo es un instrumento de poder que dicta a las personas cómo es el mundo, según la visión del mundo de un grupo de individuos que con su poder limitan el pensamiento de las personas.

 

Sin embargo, siempre habrá personas que encarnen la subversión, que sean capaces de ver más allá de los que dicen los guardianes de la tradición, quienes han perdido el sentido de la autocrítica y la innovación. Seres que van contra la corriente para mostrar que la materialidad del mundo, y la poesía -en el caso de Wolf-, aún puede alcanzar otros horizontes.

De viajes y ladrones

Un evento a lo que está expuesto todo viajero durante su travesía es a sufrir un robo. En la estación de Lille, Francia, salté del susto al escuchar los gritos de una chica a quien le habían quitado su bolso con todos sus objetos personales. En Mendoza, Argentina, conocía a una chica portuguesa que le habían robado su mochila en Bolivia, y me platicó cómo tuvo que viajar hasta Santiago de Chile para que le expidieran un nuevo pasaporte y poder continuar su viaje. Durante un tiempo trabajé en la Cancillería mexicana y era común atender casos de connacionales en el extranjero que habían padecido un algún tipo de ilícito, el más común era el robo de pasaporte que los ponía en el entredicho de no poder moverse o salir del extranjero sin él y los dejaba en un limbo que amenazaba con truncar su viaje.

 

Pero, ¿por qué un viajero es presa fácil de los ladrones? La cuestión es simple, en un país extranjero uno brilla por su aspecto, por su forma de caminar y observar los lugares que no conocemos. Para los nativos de Londres, Paris, Lisboa, Buenos Aires o Montevideo es fácil identificar a un viajero. Se ve su caminar, se nota inmediatamente cómo observa con fascinación lo que para los demás forma parte ya de lo cotidiano. Y quienes son los primeros en detectar esa condición son los ladrones.

 

En el peor de los casos, al sufrir un robo, las personas se ven limitadas por la barrera del idioma. Recuerdo a una chica asustada que estaba de paso por Bucarest y me pidió que auxiliará, por teléfono, desde la Cancillería. Con su voz nerviosa me dijo “ya necesitaba a alguien que hablara español”.

 

También, a veces el mal trago del robo puede minar los nervios de la gente. En otra ocasión, un señor mayor sufrió un robo en el metro de Paris y le dio un ataque nervios por lo que tuve que contactar a alguien del Consulado de México en esa ciudad para que fuera a ayudarlo. Tiempo después, cuando hablamos con la persona que atendió el caso, externó cómo nuestro connacional agradeció que fueran a verlo personalmente al hospital.

 

Ante la posibilidad de un robo, el viajero debe ser astuto. Mi primer guía de viaje, uno de mis maestros de alemán de nombre Lars, me indicó que comprara una cangurera pequeña que se atara al torso del cuerpo y no es visible en caso de un asalto. Al iniciar nuestro viaje de mochileros me dijo “mete ahí tu pasaporte y 50 euros, si algo malo pasa, con eso será suficiente”.

 

En Barcelona, la única ciudad en la que me han asaltado al viajar, platiqué con el suegro de una amiga sobre el robo que acababa de sufrir el día anterior y me dijo lo siguiente: “la ciudades siempre se conocen por cómo operan sus ladrones, algunos son sutiles, cuando menos te das cuenta ya no tienes tu cartera o maleta. A otros les gusta la emoción, buscan que el robo sea aparatoso y todos los vean. Si quieres conocer cómo son los ladrones de una ciudad siéntate por un par de horas en el casco antiguo de ella y observa a la gente, pronto identificarás quién está ahí para robar”.

 

Su idea la materialicé tiempo después en tres lugares y ciudades: la Plaza de Armas de Lisboa, Trafalgar Square en Londrés y la Plaza de Mayo de Buenos Aires. Si uno se da el tiempo necesario, la sentencia del suegro de mi amiga se hace real. Pronto se ven sujetos que sólo observan lo que la gente hace, y si regresas días después, terminas por notar a ese mismo individuo ahí, listo para buscar una víctima.

 

De todos los ladrones que he visto en mis viajes el que más me asombró fue uno muy ingenioso en Londres, su forma de robar operaba de la siguiente manera: caminaba por Trafalgar Square con una enorme mochila de ruedas – en ese sentido, muchos le daban el beneficio de la duda de ser un turista más- por lo que se acercaba a las personas a consultar direcciones. Cuando la gente le respondía, de forma hábil él alzaba la mochila (¡la cual tenía un hoyo debajo!) y la ponía encima de las pertenencias del inocente con el que hablaba. Con un mecanismo no visible su maleta agarraba la bolsa, cámara o petaca de la persona elegida para que luego el ladrón se alejará, no sin antes, dar las gracias (¡era educado! Hecho que me sorprendió más).

 

No obstante, toda esta reflexión sobre viajes y ladrones me lleva inevitablemente a contar el robo que sufrí en Barcelona. La historia empieza por la tarde, cuando desde el municipio catalán de Blanes me dirigía de nuevo a la ciudad para reunirme con una amiga que me daría asilo en su piso esa noche. Nuestro punto de encuentro era la Sagrada Familia, ahí nada podía salir mal, un lugar fácil de encontrar y siempre lleno de gente. Ella me pidió que llegará ahí a las 8 de la noche, a esa hora le daría el tiempo suficiente de salir de su trabajo y me alcanzaría con su esposo.

 

Llegué a la hora en punto, era un día entre semana, un miércoles o jueves. Me sorprendió ver poca gente. Después de quince minutos de espera, decidí pararme en una plazuela frente a la Sagrada Familia para esperar, dado que ahí había mucha luz y personas caminando.

 

Pronto me que ensimisme viendo la obra arquitectónica de Gaudi, aquella hermosa edificación del modernismo catalán. En este punto del relato, debo decir que ese día llevaba una mochila en la espalda – llena de libros de literatura de ediciones españolas difíciles de conseguir en México y que contenía también mi diario personal- y una mochila de ruedas donde iba todo mi equipaje. De repente, mis ojos dejaron de ver la iglesia de Gaudi y sentí como mi cuerpo se iba contra el piso para ver el cielo nocturno de Barcelona.

 

Me levanté enseguida y por fin fui consciente de lo que había pasado. Un ciclista había pasado atrás de mí y con su brazo había jalado mi mochila; ahora mis ojos lo veían pedalear y alejarse a toda a velocidad.

 

Con todas mis fuerzas tomé mi maleta y empecé a correr tras él, debí perseguirlo por unas dos calles gritándole maldiciones pero pronto entendí que no podría alcanzarlo. Me detuve para agacharme mientras jadeaba por el cansancio. Cuando alcé la vista, varias personas estaban a mi alrededor, eran varios barceloneses que me empezaron a preguntar si estaba bien, si necesitaba dinero o un poco de ayuda. Les contesté que no y al final un señor de unos cincuenta años me puso el brazo en el hombro y me dijo “ten cuidado chaval, en esta ciudad a mí me han robado hasta un árbol de navidad”.

 

Una vez que todos se fueron, regresé a la Sagrada Familia muy molesto. Estaba enojado porque los libros que había comprado eran obras que deseaba leer desde hace ya bastante tiempo; sin embargo, lo que más me abrumaba era la pérdida de mi diario. Era el año 2013 y ese cuaderno lo había comenzado más o menos en el 2000. Con él se perdía una cantidad tremenda de momentos e ideas que había escrito. Mientras pensaba eso, vi mi reloj y noté que ya eran más de las nueve de la noche. La calle se vaciaba y la noche era cada vez más profunda en Barcelona.

 

En un momento, noté que estaba solo en la plaza frente a la Sagrada Familia una vez más, cuando de repente, vi salir a otro ciclista que se acercaba a donde me encontraba. Mientras avanzaba, pude notar que era el ladrón de hace unos minutos, que venía hacía mi con mi mochila. Se detuvo frente a mí.

 

En ese momento me quedé petrificado. Ni siquiera se me ocurrió moverme para correr cuando lo vi. Con su brazo me extendió mi mochila y me dijo “Ten”. Aterrado la tomé con mi dos manos y me dijo “soy un inmigrante marroquí, hace dos semanas perdí mi trabajo y no tenía dinero para comer, disculpa”. Inmediatamente abrí la mochila y vi mi diario y los libros y la cerré, estaba muy asustado para hacer algo más. “¿Cómo te llamas?” me dijo una vez más el ladrón marroquí. “Manuel” le respondí asustado. “Yo soy Malik” y me extendió su mano, que estreche. Luego se fue.

 

Después de tantas emociones y sentir mi corazón latiendo a golpe, decidí meterme a un bar cercano para esperar a mi amiga. Ella llegó unos quince minutos después. Al contarle todo lo que había sucedido de forma insólita se empezó a reír a carcajadas. Me dijo “¡Ay, Juanito! ¡Qué ladrón más raro! Yo si me robo tu mochila y me doy cuenta que está llena de libros, la agarró y la tiro en un bote de basura, no te la regreso.”

 

Al verla reírse, me sentí molesto. Mas al oír su comentario le dije “tienes razón”. Le sonreí y también empecé a carcajearme.

 

Epilogo

Muchos se preguntarán que obligó al ladrón Malik a regresarme mi mochila. Tiempo después, al leer mi diario y leer la anotación referente a ese día, empecé a teorizar sobre el porqué de su acción. Si bien, quizá él no podía o le interesaba leer los libros, podía tratar de venderlos para obtener un poco de dinero. Otra opción era quedarse con la mochila, a nadie nunca le viene mal tener una mochila de más.

 

Durante mucho tiempo pensé y traté de idear la razón por la cual regresó. Con el tiempo recordé que en la mochila iba mi itinerario de vuelo, tal vez lo vio y pensó que me había metido en un lío para regresar a México. Esa idea era incorrecta, yo podía reimprimir el itinerario de vuelo en el aeropuerto el día de mi viaje, pero existe la posibilidad que él no sabía eso. Otra teoría fue que quizá se sorprendió al ver la mochila llena de libros y una libreta con anotaciones de temas personales. Ante eso, pensó que lo mejor era regresarme ese cuaderno que aún está conmigo.

 

La razón por la que decidió regresarme mis cosas siempre será un misterio. No obstante, el ladrón Malik no era un santo y eso lo descubrí hasta el día siguiente que organizaba mis cosas para viajar hacía la Rioja. En mi mochila también estaba una camisa del Barça miniatura que había comprado para mi primo. Era la camisa del odioso y aclamado Leonel Messi, muy en boga en esos años que el Barça había ganado todos los campeonatos en los que había participado. La camisa la había comprado en la tienda oficial del equipo, en el Camp Nou, hacía dos días en la exorbitante cantidad de 88 euros, pero al ser un regalo para mi primo, el gasto me había parecido anodino.

 

¡Malik me regresó todo menos la camisa de Messi! Mi amiga me dijo “de seguro la venderá, al ser la nueva del Barça le darán a lo mucho unos 60 euros, si lo que dijo es cierto, con eso tendrá para comer dos semanas”.

 

A pesar de la existencia de un crimen, Malik me sigue pareciendo un ladrón peculiar. Me agrado el hecho de que me regresará la mochila y mi diario, objetos que aún tengo conmigo. Y me agrada pensar que pudo vender esa camisa para comprar comida, o que quizá, se la regalo a su hijo, a un niño aficionado del Barça.

La Biblioteca Mario Moreno de Buenos Aires, “la vida, no tiene límites”

Si me pidieran nombrar algún lugar o sitio donde puedo ser feliz, escogería una biblioteca. Jorge Luis Borges expresó que siempre imaginó el paraíso como una biblioteca gigante. Para mí, que asocio un edén con lo infinito, de manera personal, puedo expresar que no hay calificativo más acertado para estos recintos.

 

Por su condición y naturaleza, las bibliotecas se revelan como espacios donde los límites no existen, pues su objetivo es albergar el único instrumento que el hombre ha ideado como una extensión de su mente: los libros. Bloques de papel que resguardan las ideas, emociones y reflexiones de sus autores, que a pesar de permanecer estáticas, son capaces de reinventarse con cada lectura y generar nuevas apreciaciones en cada lector que se acerque a ellas.

 

En toda travesía, visitar una biblioteca es uno de los elementos clave que debo realizar, ya que me llenan de paz y me maravilla conocer a los lectores que forman parte de su interior. Y una de las que más afortunado me he sentido de conocer es la Biblioteca Nacional de la República de Argentina Mario Moreno.

La idea comenzó tras detenerme a preguntarle una dirección a un vendedor de diarios en Buenos Aires. Después de indicar que no identificaba el lugar, con su acento porteño me dijo “¿Pero de dónde sos vos? No eres de Colombia, ¿verdad?”. Pronto nos sumimos en una conversación sobre cómo era visto México desde Argentina y me interrogó sobre el libro que llevaba bajo el brazo, Los días de la noche de Silvina Ocampo.

 

“Parece que vos sos un animal lector, debes ir a la Mario Moreno.” Me indicó a través de un mapa que tenía la calle de la biblioteca y me dijo que después de diez manzanas llegaría a ella, nuestro dialogo terminó con la frase “no necesitas más, la reconocerás al instante”. La sentencia me resultó divertida a razón que la Mario Moreno se alza sobre el nivel del piso y la edificación puede observarse a varios metros de distancia.

 


Lee: El diario como género narrativo


 

La primera sorpresa que encontré fue que para ingresar a ella se debe atravesar la pequeña plaza Rayuela. Una explanada que en su entrada alberga una cabina telefónica de procedencia parisina y que representa un homenaje a Julio Cortázar. En los días que estuve en Buenos Aires, una serie de carteles con retratos hechos a base de objetos de diversos autores literarios decoraban el lugar; frases de Poe, Proust, Cortázar, Paz y García Márquez podían leerse en cada uno de ellos. Jamás he sido un fan de García Márquez, pero la frase que leí me dejó helado y ha sido una de mis filosofías de vida hasta estos días, es un pequeño fragmento de El amor en los tiempos de cólera que dice:
“… lo asusto la sospecha tardía de que es la vida, más que la muerte, la que no tiene límites”.

Una vez terminado mí recorrido por el parque, me dirigí a la entrada del edificio, no sin antes encontrarme con un viejo conocido, – al menos en forma de estatua- era Alfonso Reyes, reconocido hombre de letras mexicano y primer embajador de México ante Argentina. Reyes es de mis escritores favoritos y uno de los mexicanos que consideró más ha encarnado la noción de lo universal; la estatua es un afortunado halago de los argentinos para ese personaje.

Al ingresar al interior de la Mario Moreno más cosas respecto a México se encontraban en el recinto: una exposición dedicada al 80° Aniversario del Fondo de Cultura Económica, reconocida editorial e institución cultural mexicana que se ha dedicado desde su creación a la divulgación de múltiples textos de historia y economía, así como a la promoción de literatura universal, mexicana y latinoamericana, que en su décimo aniversario de existencia, inició un proceso de expansión para instalarse en la región, donde escogió a Argentina como la primera nación de Sudamérica para crear su primera filial en el extranjero.

 

Sin embargo, lo que más me hipnotizo fue una muestra de múltiples ejemplares de las primeras publicaciones de la editorial, siempre he sido un poco fetichista respecto a los libros y ver primeras ediciones de Octavio Paz, Jorge Luis Borges, Juan Rulfo y Carlos Fuentes me dejó como un bobo por varios minutos.

No obstante, quería conocer a los lectores de la Mario Moreno y solo los encontraría en la sala de lectura. Al entrar vi a cientos de estudiantes argentinos, la mayoría de ellos provenientes de la Universidad de Buenos Aires, que en sus gestos y actos evidenciaban la alegría y condición de la vida universitaria. Me sentía feliz de verlos reír, tomar apuntes, sacar notas para sus tareas o labores académicas.

 

En un segundo me vi a mí mismo sentado, realizando la misma actividad durante mi paso en la universidad. Recordé que yo también tengo mi propia biblioteca, aquella donde he descubierto a mis autores favoritos y donde mi curiosidad ha encontrado saciedad: la Biblioteca José Vasconcelos, a la que le debo un texto como este y que pronto escribiré.

 

Pronto llamó mi atención unas pequeñas cajas de colores que llevaban varios chicos. Al acercarse les interrogué sobre qué contenían y me expresaron que eran cajetillas de cigarros recicladas con ediciones conmemorativas de los 200 años de la biblioteca. En ellas había miniaturas de libros de Borges, Roberto Artl, David Viñas, César Aira, Fogwill y Alfonsina Storni. Además de pensadores y representantes del pensamiento político latinoamericano como Simón Bolívar, José de San Martín, José Artigas y Luis Perú de Lacroix. La idea me pareció fascinante y los chicos me señalaron una vieja máquina expendedora donde había que meter una moneda para obtener los libros. Vacíe mis bolsillos y compré todos.

 

Después, observé el reloj, empezaba a anochecer y debía regresar a mi hostal. Las calles de Buenos Aires me esperaban, las mismas calles que Borges, Piglia, Ocampo y Pizarnik habían amado.

 

Salí de la Mario Moreno y el aire invernal de Buenos Aires me pegó en la cara. De repente, pensé en García Márquez y me dije a mí mismo: tiene razón el viejo ‘Gabo’, la vida, no tiene límites.

 


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El fin del TLCAN

El TLCAN marcó el aumentó la dependecia de México a Estados Unidos y el aumento de la pobreza y migración del lado mexicano. Especial.

El 1 de enero de 1994 parecía que la historia de México se sellaba en un destino sin retorno. A las 00:00 horas del primer sábado de ese año, las mercancías entre los tres países que integran América del Norte (Canadá, Estados Unidos y México) empezaban a circular libres de aranceles y sin restricciones aduaneras. Ese sería el inicio de los años dramáticos de la historia actual de México y del sexenio de Carlos Salinas de Gortari, presidente que había llegado al poder ejecutivo hacía cinco años en uno de los procesos electorales más escandalosos de la historia nacional.

 

Más allá de rememorar el levantamiento armado del EZLN, la muerte de Luis Donado Colosio y el error de diciembre, que fueron eventos que sacudieron al país en esos 365 días, debemos preguntarnos: ¿qué significó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en su momento? ¿Qué implicaciones comerciales y diplomáticas tuvo para nuestro país? ¿Qué resultados económicos, sociales y políticos generó en la nación mexicana?

 

El primer cuestionamiento se responde como una hazaña. En 1988, Canadá y Estados Unidos habían creado un Tratado de Libre Comercio para potencializar su comercio bilateral; en ese punto, a manera de epopeya, Carlos Salinas de Gortari iniciaría un dialogo diplomático con las dos naciones para incluir a México en su acuerdo comercial.

 

Aquello causó una fuerte controversia en el ideario diplomático de nuestro país, porque si bien siempre se había tenido como prioridad la relación con Estados Unidos, nuestra tradición diplomática, valores y doctrinas de política exterior, se habían estructurado para salvaguardar la soberanía de México como nación ante las potencias extranjeras, con un especial énfasis para el vecino del Norte, al que siempre se había visto como un socio, pero un socio con recelo derivado de la difícil historia que compartimos.

Carlos Salinas hizo un quiebre completo a esa idea. ¿Por qué desconfiar de Washington si es el mercado más grande a nivel internacional y compartimos con ellos una frontera física- estratégica que ningún otro país del mundo posee? El ahora ex presidente reorientó el interés nacional de nuestro país a la relación comercial con ese actor. De manera hábil convenció al Presidente George Bush y el Premier Brian Mulroney, quienes vieron con beneplácito la idea del mexicano. En poco tiempo, Salinas logró sellar el pacto que, en su momento, generaría la zona de libre comercio más grande del mundo, al agrupar a más de 300 millones de personas y una superficie de 21 millones de kilómetros cuadrados. Ésta sólo sería superada por la ampliación de la Unión Europea a las naciones ex soviéticas de ese continente, diez años después.

 

En un segundo, Salinas se convirtió en uno de los más grandes paladines del neoliberalismo y el libre comercio a nivel global. Sería alabado como negociador en todos los rincones del mundo, se promovería la idea de la viabilidad de que un líder como él -del mundo en desarrollo- presidiera un organismo económico internacional como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial de Comercio -que se crearía un año después-. Incluso, todos los mandatarios de Latinoamérica lo observaron con admiración y envidia al lograr ese acuerdo comercial en un contexto internacional que se veía completamente permeado por la lógica del libre mercado.

 

Sin embargo, esa efigie de estadista le duraría poco. Los hechos y las terribles asimetrías económicas que existían entre México y Estados Unidos tendrían graves consecuencias en su contexto nacional e internacional. A nivel local, los productores mexicanos, pequeños y arcaicos, de la noche a la mañana, se verían obligados a competir con una de las economías más competitivas e innovadoras del mundo. En un abrir y cerrar de ojos, cientos de industrias nacionales, que van desde el calzado, ropa, agricultura, ganadería quebraron y fueron absorbidas por consorcios extranjeros.

 

Ese escenario implicaría una inestabilidad laboral y social que encontró su punto máximo en la crisis de diciembre de 1994, cuando se presentó la crisis económica más grave que ha vivido el país. El desempleo subiría a cifras nunca antes alcanzadas y los nexos de México y Estados Unidos se estrecharían en una esfera no contemplada en el TLCAN: la migración.

El error de diciembre…. Desataría una de las mayores crisis económicas del país. Especial.

Las cifras oficiales dicen que durante el periodo 1995-2000, en promedio 300 mil mexicanos migraron a EE.UU. Algunos autores expresan que las cifras pudieron llegar a ser más de 500 mil personas por año y ese fenómeno laboral potencializaría las remesas como ingreso nacional de nuestro país -hasta estos días, las remesas es una de nuestras principales fuentes de ingreso-.

 

Asimismo, en el plano económico, la industria nacional dejaría de existir con ligeras excepciones. El modelo de desarrollo se centraría netamente en la inversión extranjera como motor del crecimiento. La lógica de Salinas era simple, las empresas internacionales podrían instalar sus plantas de producción en México, maquilar su producto con una mano de obra barata y competitiva, y pasar su mercancía libre de impuestos al mayor consumidor a nivel global. Sólo por esa vía, nuestro país logró ser una economía industrializada, a través de la instalación y producción de marcas de naciones extranjeras.

 

Esa visión de “desarrollo”, promovería la pobreza y consolidaría en el poder a una clase política afín al neoliberalismo, la cual ha gobernado los últimos 23 años, ha perdido mucho de su sentido social y que se ha atado al dogma sin considerar otra opción para el crecimiento de México, más allá de su comercio con EE.UU.

 

Ese hecho dañaría la efigie de México como actor internacional, ya que pronto los costos sociales del TLCAN dejarían de mostrar al país como un negociador que se postraba de frente a la máxima potencia militar y económica del mundo para ser su simple subordinado. En ese punto, la región latinoamericana vería a México como la nación que renunció a ser el líder diplomático del sur, para convertirse en un Estado de segunda en el norte de América.

 

Serían los sexenios panistas de Vicente Fox y Felipe Calderón, quienes más dañarían nuestra relación con una zona del continente que siempre nos había visto con respeto, igualdad, y en múltiples ocasiones, admiración.

 

¿Cuál es el balance entonces del TLCAN en nuestros días? Hasta inicios del 2017 podemos decir que el TLCAN era el tratado internacional más decisivo de nuestra historia. Aquel que había delimitado nuestro modelo de crecimiento en las últimas décadas y lo seguiría promoviendo en el futuro. Era el dogma neoliberal que la tecnocracia gobernante había abrazado, que ha venido en detrimento en todas sus facultades con el tiempo y que se ha negado a contemplar otra vía ajena a este acuerdo. También, era el promotor de las principales debilidades de México, su obscena dependencia a su vecino del norte, la raíz del incremento acelerado de la pobreza -que ha alcanzado a casi la mitad de la población-. Era el acuerdo político que más familias mexicanas ha divido en la historia. El responsable de la inexistencia de una industria nacional. En pocas palabras, es el demiurgo del México actual, en el que se identifica a Carlos Salinas de Gortari como el artífice del país en el que hoy vivimos.

Sin embargo, el arribo de Donald Trump ha puesto ese modelo en jaque. Aquel instrumento en el que se ha sostenido el desarrollo de México, por casi veinticinco años, está destinado a desmoronarse, al menos como lo conocemos, a razón de un mandatario de ideas nacionalistas y un contexto internacional que empieza a dejar de lado el paradigma neoliberal como se adoptó en la década de los noventas.

 

El México de Salinas, del TLCAN, y de la actual clase política, está a punto de venirse abajo. Todo por factores ajenos a ellos y que los superan. Y lo más severo es que en estos veinticinco años ninguno de nuestros representantes políticos tuvo la convicción, decisión, sangre fría o al menos sentido común, de notar que apostar el destino de toda la nación a la relación bilateral, con un solo país, era casi un suicidio, una torpeza que implica y avecina una reestructuración económica que será severa y que padecerá toda la población, incluida por primera vez en mucho tiempo, la clase dirigente nacional, quien por años se negó a buscar otra vía de desarrollo para el país y que ahora ha sido alcanzada por la historia.

 

Lo único que queda pensar ahora es ver las posibilidades y visiones que nos obligará a ver el fin del TLCAN.

¿Es posible un México más allá del TLCAN?

Si lo es, será adverso, difícil y, como nunca, se necesitará de un hábil líder político para promover el desarrollo y sobrevivencia del país. El destino nos ha alcanzado. Y ahora más que nunca, se nos revela la necesidad de reinventar nuestra visión como país y actor global.

Morirse de hambre en Bruselas

A los diecinueve años realicé mi primer viaje de mochilero. Fue una incursión que me llevó por seis países de Europa en un total de veinte días. De aquel viaje se desprenderían muchos descubrimientos prácticos para realizar una travesía por el viejo continente, como el aprender a viajar en tren, dormir en hostales y entender el funcionamiento del transporte colectivo de las urbes europeas.

 

Además, de que experimente emociones y me conecté con ideas de otras latitudes, con la forma en que los extranjeros veían mi país, así como la visión que yo tenía de otras sociedades, su comportamiento, costumbres y formas de entender el mundo que pude adquirir a través de la conversación con los habitantes de cada lugar que visité.

 

No obstante, una de las cosas que más recuerdo -con diversión y cariño- es una de las particularidades que sufre un viajero joven dadas las limitantes de su bajo presupuesto -y las delicias culinarias con la cuales nos podemos atravesar en nuestro peregrinaje- que no es otra cosa que el hambre.

 

La historia comienza una noche antes de que yo y el grupo de mochileros saliéramos rumbo a Bruselas, capital de Bélgica. En el que yo y otros dos miembros del grupo, emocionados por la vida nocturna que se presentaba en Luxemburgo, yo y otros dos miembros del grupo decidimos salir a tomar unos tragos por la ciudad. La idea era tomar a lo máximo un par de cervezas, pero después de algunas Guinnes, Erdinger y Leffe, los tres noctámbulos estábamos demasiado enardecidos como para volver al hostal, dormir como simples mortales y descansar lo suficiente para emprender una nueva caminata al día siguiente. Por lo que el recorrido por los bares se prolongó hasta las seis de la mañana, hora en la que volvimos arrastrándonos al hostal sólo para bañarnos y encontrarnos con el grupo para el desayuno.

 

Con un semblante digno de Drácula, y unas ojeras semejantes a las de un panda, los tres nos presentamos al comedor alrededor de las nueve de la mañana. Nuestro tren saldría a las once de la mañana a Bruselas y todos estaban por terminar de comer para evitar cualquier inconveniente que afectará el itinerario del viaje. Para ese entonces, los efectos de la cerveza ya había pasado por mi organismo hacía la fase de la resaca en mi organismo y sentía unas tremendas nauseas, dado el sabor fuerte de que tiene la bebida europea a diferencia de las cervezas de México.

 

Así, sólo al postrarme frente a los embutidos, cereales y frutas que dan siempre de desayunar en los hostales, me di cuenta que no podría comer nada a razón de las ganas de volver el estómago.

 

Sin embargo, encontré consuelo en tomarme varias tazas de café que me hacían sentir menos el dolor de cabeza y me ayudaban a estar más consiente; a razón del desvelo de la noche anterior, terminé por tomarme unas seis o siete tazas.

 

Gracias a los efectos de la cafeína, logré sentirme lucido, activo, genial, como si hubiera dormido toda la noche, por un lapso de unos cuarenta minutos. Tiempo durante el cual nos trasladamos a la estación de tren y tomamos nuestros asientos rumbo a nuestro siguiente destino. Pero sólo diez minutos en el tren, y empezado el recorrido en el tren, volvió a mí la sensación de cansancio y resaca. Por lo que caí dormido profundamente, a tal grado que el trayecto Luxemburgo-Bruselas pasó en un simple parpadeó.

 

Al llegar a Bruselas uno de los miembros del grupo me despertó y descubrí que mi cansancio se había exacerbado, además del que un hambre terrible que hacía sonar mi estómago, dada la gran cantidad de café que había ingerido como desayuno. Mis ojos parpadeaban y sentía cómo mis piernas franqueaban mientras cabeceaba de sueño a cada paso que daba.

 

De la estación de tren caminamos a nuestro nuevo hostal, el trayecto no debió de ser muy largo, unos treinta y cinco o cuarenta minutos, más a mí me parecieron una eternidad. Al llegar al hostal tardaron media hora más en darnos nuestras habitaciones;, y cada segundo que pasaba, mi hambre se acrecentaba. Sólo hasta que pude dejar la mochila en mi cuarto supe que debía salir a comer.

 

Quizá era la resaca, el cansancio, el hambre, pero mientras deambulaba por las calles de la ciudad como un famélico vagabundo no quedé pasmado por la “belleza” de la ciudad, como lo expresaron otras personas que me acompañaron durante el viaje. Lo único que yo deseaba era comer mientras todos admiraban los edificios, las galerías, la ropa de los transeúntes. Y es que Bruselas es de una belleza tan particular, una belleza tan pomposa, tan exagerada.… No por nada la Unión Europea la ha escogido como su capital, dado el carácter y grandeza imperial que detenta cada uno de sus rincones y que hacía que mis acompañantes se quedaran a contemplar por bastante tiempo cada uno de sus detalles, monumentos, arquitectura, mientras yo empezaba a ponerme de mal genio y asociaba cada uno de esos grandilocuentes artificios con la explotación y venta de esclavos de Leopoldo II en el Congo, uno de los genocidas más famosos de todos los tiempos.

 

Pero…, siempre es más fuerte la necesidad de comer que la de pensar. Y antes de empezar mis cavilaciones sobre la belleza imperial de Bruselas, mi olfato reaccionó a los olores de la ciudad. Sentía de cerca el aroma de los cientos de carritos de papas fritas, el olor a canela y especies de los waffles que comían cientos de personas que caminaban por las calles. Incluso, sentía profundamente el olor de los chocolates, lo que me puso a babear y a rugir con mayor potencia a mi estómago. Necesitaba comer algo pronto…, no obstante, mi hambre estaba a punto de llegar a su cúspide. Mientras avanzaba percibí un olor a carne y mariscos con mantequilla, una combinación de sabores que jamás había notado y los seguí como un sabueso.

 

Caminé por un par de calles hasta encontrar el lugar de donde provenía aquel tan singular aroma, era de una estrecha calle peatonal llena de restaurantes. Al avanzar sobre ella lo primero que noté fue una enorme olla llena de ostras con queso, la cual era devorada con decoro por una pareja. Aquel olor era delicioso, pero no era aún la cúspide de mi hambre, tendría que voltear la vista para encontrarla.

 

Frente a mí observe a una familia sentada con una olla aún más grande de paella. El arroz, la carne, las ostras, el cerdo, las salchichas, los camarones, todo se conjuntaba de manera perfecta para dar un olor delicioso que me tenía por completo seducido. Al encontrarme con tal platillo de tan increíble aroma, me quedé pasmado. No sé si fue por unos segundos o por varios minutos, pero con toda mi atención, devoción y una ansiedad terrible, observé cómo cada miembro de esa familia disfrutaba la paella mientras mi estómago crujía cada vez más.

 

“Tengo que probarla”, fue lo que pensé. No obstante, la decepción vendría pronto. Al acércame a la entrada del restaurante un enorme cártel anunciaba el precio del platillo. ¡400 EUROS! Me quedé atónito. Esa cantidad, era un poco más del dinero que llevaba en mi bolsillo para cubrir mi alimentación de todo el viaje. Jamás comería esa paella. Resignado y, movido más por el hambre que por la decepción, caminé para encontrar algo acordé a mi presupuesto. Un kebab, más bien dos, que le dieron paz a mi estómago.

 

 

Epilogo

Otra de las emociones que experimenté en ese primer viaje, es una de las más inocentes que se puede tener cuando se es joven:, que es el hecho de creer que aquello que estamos haciendo, aquel lugar que visitamos, o lo que vivimos, no volverá a repetirse nunca más en el futuro. A cada paso que di por los seis países que recorrí durante ese viaje, inevitablemente, pensé que esa vez sería, quizá, la única ocasión que podría experimentar lo que vivía en esos momentos. Con el paso del tiempo, la vida me ha hecho reconocer que las cosas no son así. En los últimos años he tenido la oportunidad de volver a varios de los lugares en los que más he sido feliz viajando.

 

Lo anterior lo relacionó con la famosa estatua de Charles Everad que está en el centro de Bruselas. Al estar frente a ella mi guía de viaje me dijo “cuenta la leyenda que toda persona que toca esta estatua volverá algún día a esta ciudad”. Las posibilidades de la vida, de los viajes, son infinitas y comer esa paella, algún día, es una ocasión pendiente para mí.

Requiem por Piglia: la gran novela latinoamericana

El pasado 6 de enero murió el escritor argentino Ricardo Piglia, este texto es un homenaje a su obra literaria.

 

La narrativa de Ricardo Piglia, junto con la obra de Roberto Bolaño, es la aventura más alucinante de la literatura latinoamericana de los últimos treinta años. En Piglia se condensa todo lo necesario para producir una revolución literaria, para sobrepasar los límites del pasado, exaltar el presente y abrir un camino hacia el futuro. La obra del escritor argentino se condensa en apenas cinco novelas, dos tomos publicados que contienen sus diarios, y una gran serie de artículos de crítica literaria; a pesar de la brevedad de la presente obra, en ella se encuentra una de las prosas más lúcidas y brillantes que ha generado esta región del continente americano.

 

Pero ¿qué es lo que hace a la obra de Piglia tan fascinante? La primera aseveración es que Piglia fue todo: un fiel heredero de una tradición literaria, nacional e internacional; el hijo parricida que cuestiona el legado de sus antecesores pero toma lo mejor de ellos, y, finalmente, un escritor que deja en cada línea de sus novelas y reflexiones literarias el germen para sus precursores.

 

Piglia es un fiel heredero de Borges, de la lucidez intelectual y de la capacidad de hacer reflexiones brillantes sobre la literatura y la estructura de la narrativa. Asimismo, es un genial ensayista, particularidad que toma de filósofos tan trascendentes para el pensamiento actual como Rene Descartes. A la par, en su literatura hay atisbos de los tres grandes novelistas del siglo XX: James Joyce, Marcel Proust y Franz Kafka, de quienes toma lo mejor para cuestionar a la novela contemporánea.

 

Su carácter parricida se observa en sus diarios de juventud, donde se ve un espíritu crítico pocas veces alcanzado en los jóvenes, donde a mediados de la década de los sesenta, en una Argentina enamorada y ensimismada por una novela como Rayuela, de Julio Cortázar, el joven Piglia es una de las pocas voces que cuestiona la calidad de ese libro, cita que lo aborrece y no entiende el porqué de su éxito entre los lectores. En vez de interesarse en el protagonista argentino del boom, Piglia se centra en sus iguales, en sus contemporáneos, en todos aquellos escritores argentinos que no viven en Paris y que no venden sus libros en las calles de Barcelona como Cortázar.

 

 

Piglia es un callado observador de la literatura argentina, -por sus ojos pasaron todas las novelas valiosas de los escritores de su país para, en unos años, ser él quien rescate esas obras para una colección de narrativa argentina que publicara con el Fondo de Cultura Económica en 2014-, lee a los clásicos, filosofía, y toda aquella labor tiene un sentido que va de la mano con su amor por las letras y la ficción. Por su fe en el poder de la palabra, que no es otra cosa que su aspiración de convertirse en “el mejor escritor de Argentina”.

 

Aquel destino empezará a tejerse con la publicación de su primera novela en 1980, “Respiración Artificial”, un ejercicio novelístico que tiene característica de contra-novela o novela posmoderna, término que siempre criticó y no aceptó, pero que aplica a razón que en ella sobrepasa los límites narrativos de la novela tradicional del siglo XIX y XX.

 

“Respiración Artificial” no es una novela de lectura fácil, sino salta todas las estructuras básicas de la novela clásica. Tan sólo ésta empieza, Piglia nos advierte que “hay una historia”, pero pronto entenderemos que eso no es lo que dará sentido a la novela y lanza esa frase sólo para externarnos que las próximas doscientas páginas del libro serán una nueva forma de entender el género novelístico, la forma de narrar, además de que seremos testigos de un sinfín de pensamientos deslumbrantes y una variación de formas para presentar una historia que se reinventa cada veinte o treinta páginas.

 

Al final de la lectura pareciera que Piglia se burla de lector con el desenlace del libro, ya que la trama, el hilo conductor que al inicio pareció dar sentido a la novela no tiene una resolución. Pero eso tiene poca importancia, la ejecución narrativa que hemos visto en la mano del argentino deja pasmado, un poco aturdido, para unos minutos después comprender que hemos leído la novela más excepcional de argentina de los últimos cuarenta años.

 

Para un lector como yo, la obra de Piglia representa lo que Carlos Fuentes llamó “La Gran Novela Latinoamericana”. La última fase de una literatura que nació con Borges, Onetti, Asturias y Rulfo, tomó forma y se consolidó con Cortázar, Vargas Llosa y Márquez, y que es asimilada y reinventada por uno de sus más soberbios herederos: Piglia.

 

A la publicación de “Respiración Artificial” anteceden veinticinco años de escritura, de obstinación, de fe en las letras y amor por contar historias. Ahí empieza la grandeza de Piglia y su obra. Ahí empieza la aventura que hoy nos deja uno de los artífices de la gran novela latinoamericana.

 


Ricardo Piglia nació el 24 de noviembre de 1941. Falleció el pasado a causa de. Formado en la Universidad Nacional de La Plata, fue historiador y uno de los escritores más reconocidos de Latinoamérica. Trabajó en distintas editoriales, entre ellas Serie Negra, la cual dirigió. Ganador de diversos premios como el Iberoamericano de Letras José Donoso, Fomentor de las Letras, Premio Planeta, entre otros.


 

4 de enero de 2017: el miedo como factor de la vida cotidiana en México

¿Qué demonios pasó ayer en México? Responder esta pregunta nos lleva a una reflexión dolorosa y cruda sobre nuestro país. Vivimos en una nación donde la clase política ha renunciado a sus responsabilidades, en el que la población es ignorante, por no decir idiota, o una palabra más fuerte, y utilizan el oportunismo para difundir miedo y promover la violencia. Somos residentes de un país en el que tenemos miedo de salir a la calle, en el que no confiamos en nuestros dirigentes, en el que estamos a la expectativa de una crisis, ya sea económica o social, y lo más denigrante, en el que no podemos confiar ni siquiera en nosotros.

 

La jornada de ayer se vio permeada por un miedo social pocas veces visto en nuestro país. La gente temía salir de sus casas, los negocios y comerciantes tuvieron que cerrar sus tiendas a razón del peligro de saqueo, la gente común, los supuestos “ciudadanos de pie”, que no merecen esa etiqueta por su comportamiento, incitaron a la violencia, al oportunismo, la quema de gasolineras, al daño y robo de la propiedad de sus semejantes. Y ante todo esto, el gobierno de Enrique Peña Nieto se cruzó de brazos, denotó una insensibilidad enorme ante las inquietudes y terror que siente la mayoría de la población y, para variar, regresó a uno de los hombres más ineptos de la administración pública de los últimos años a un cargo de trascendencia internacional para nuestra nación.

 

¿Eso es lo que somos? ¿Eso es México? Si soy crudo conmigo mismo contestaría que sí. Y esta respuesta me lleva a recordar una conversación que tuve con una chica de Alemania, la primera vez que visité Europa. Después de un dialogo de múltiples temas, ella me empezó a consultar sobre la situación de mi país y la violencia social que se vivía a causa del narcotráfico.

 

En un punto, se me ocurrió preguntarle “¿Tú cuando te sientes segura en tu país?”. Y ella contestó: “Cuando veo a un policía cerca”.

 

Aquella respuesta me sobrecogió el corazón por un hecho que es desconocido para mí como mexicano, que es la capacidad de sentirme seguro en mi país. De inmediato pensé que en México, cuando vemos a un policía caminar por la calle, en vez de sentir seguridad nos aborda el sobresalto, la inseguridad, el miedo y tratamos de no lidiar con él. Cuando tenemos que hacer un trámite gubernamental nos estresamos por lo engorroso, difícil o pesado que pueda ser éste, cuando no es otra cosa que nuestro derecho. Cuando vemos a nuestros gobernantes en televisión pensamos que somos gobernados por unos descerebrados, por unos idiotas que no tienen el más mínimo tacto para los retos sociales de este país.

 

Lo que más me abruma es que cuando estamos con nuestros semejantes pocas veces tenemos la capacidad de confiar en ellos. En México hay una realidad desde 1968, que pasa por 1971, 1988, 1994, toda la guerra contra el narcotráfico y el 4 de enero de 2017. El hecho que los mexicanos vivimos con miedo, no confiamos en nuestra policía, no confiamos en nuestro gobierno y, para variar, no confiamos en nosotros mismos. ¿Son el PRI y nuestra clase política los culpables de este hecho? En parte sí, pero también lo son todos los mexicanos que el día de ayer se comportaron como ladrones y oportunistas.

 

Todos aquellos que promueven la violencia, el miedo, la corrupción y la permanencia de este sistema político y social que existe en México. Ellos son los que generan la fórmula de nuestro país, que es la siguiente:
Ciudadanos idiotas, violentos e oportunistas + gobierno mediocre y sin sentido de responsabilidad social.

 

¿Qué da como resultado?

 

La tormenta perfecta.

El sitio de Alepo: la defenestración de lo humano por el poder político

Estamos a merced de una clase política que no nos conoce, que no entiende nuestras necesidades y nuestras aspiraciones y para los cuales podemos ser eliminados. Especial.

Dos acontecimientos recientes muestran el horror político y humano que se vive en la segunda década del siglo XXI.
El primero corresponde a los vídeos que circulan en red respecto al sitio de Alepo. Al genocidio que se vive en estos momentos en el Levante y al fin de la revolución siria que no llegó a ningún sitio.

 

La cuestión de la revolución siria es una lucha social que surge con la primavera árabe en 2011, motivada por los derrocamientos de Ben Ali en Túnez, Hosni Mubarak en Egipto y Muammar Gadafi en Libia. Para el caso de los dos primeros casos, los rebeldes se enfrentaron a dos dictadores viejos y cansados, a dos anacronismos de nuestro tiempo que franqueaban en el poder y fueron derrotados por la contestación ciudadana. Para el caso de Gadafi, la intervención de occidente fue vital, con el apoyo de potencias como Francia, y marcó la diferencia.

 

¿Qué es diferente en el caso sirio? La complejidad geopolítica, derivada de un estado creado al azar por Reino Unido en el tratado Sykes Picot, en el siglo XX. El problema kurdo, que dejó a un pueblo entero sin un territorio y nación, los aliados de Bashar Al-Asad, quien supo tejer una red de acuerdos internacionales que posiblemente lo hagan retomar el poder al frente de Damasco. El factor Estado Islámico que en un escenario brumoso viene a complicar y hacer más difícil la resolución del conflicto. La noción de las potencias políticas y militares internacionales, de organismos internacionales como Naciones Unidas, es cruda y tajante. En Siria no valía la pena una intervención humanitaria porque no se obtendría un botín y porque las posibilidades de éxito son nulas.

 

En el discurso frío de la política existe una solución viable frente a las catástrofes y a las crisis sociales que muchas veces toman las personas frente al poder: no hacer nada ni intervenir. Dejar que las cosas sigan su flujo y alcancen un estado de paz por sí mismas dado que los recursos a perder involucran un golpe mayor que el beneficio político a obtener. Esa ha sido la solución que han tomado todos los grandes poderes políticos internacionales ante este hecho.

 

Ante esto, la población masacrada manda mensajes de auxilio por las redes sociales. Gritos desesperados que muestran a una sociedad entera que ha sido abandonada por todas las instituciones y autoridades capaces de intervenir por ellos. Piden clemencia y compasión. En otros casos, sólo se muestran ante las cámaras con dignidad, como seres humanos que murieron por una lucha de libertad, es decir, que mueren de pie. ¿Qué hacemos todos nosotros? Vemos aterrados esto desde el otro lado del computador o smartphone. ¿Qué representa este hecho?

 

 

El segundo hecho es el asesinato del Embajador ruso Andrei Karlov a manos de un joven policía turco. El nombre del atacante: Mevlut Altintas, joven de veintidós años que gritó la consigna “¡No olvidéis Alepo! ¡No olvidéis Siria! ¡Esto es una venganza!”. Para segundos después, morir acribillado. ¿Quién es ese joven? Una visión conspiracionista dictaría que es un agente de un gobierno extranjero, un enviado de Estados Unidos o alguna otra nación, que pretende causar una crisis diplomática entre Turquía y Rusia. Pero ¿si vamos más allá y aceptamos que en verdad ese joven es un ciudadano harto de la negligencia de las autoridades, del egoísmo de los poderes políticos internacionales y su falta de humanidad al ver morir a una nación entera, qué respuesta encontraríamos ante su acto?

 

La hazaña de Altintas parece nimia, asesinar a un burócrata para compensar un genocidio. Un acto de terrorismo que toma la vida de un peón de los causantes de la tragedia de una nación vecina. ¿Cómo juzgar su acto? ¿Un hecho de valentía? ¿Un grito desesperado? ¿Un caso de terrorismo idiota? ¿Qué ha pasado después de que las imágenes del asesinato atravesaran el mundo entero? A lo mucho, los espectadores, los lectores de política internacional, hemos sentido un sobresalto. Nada ha cambiado.

 

Después de la revisión de ambos casos ¿qué conclusión obtenemos? La más cercana a mi vista es la siguiente. Somos espectadores de un juego de política internacional. El caso del genocidio del pueblo sirio representa el hecho que la contestación ciudadana y la lucha por el poder están al margen de otros poderes que están por encima de cualquier pueblo o nación. Una rebelión que buscó la libertad política fue desecha y derrotada. Situación que refleja también la acción desesperada del joven Altintas, quien quiso enfrentar desde otro ángulo a los poderes hegemónicos y murió sin más. En dos semanas, es probable que se haya olvidado su muerte, como la del niño Aylan Kurdi en las costas de Turquía que indignó al mundo entero para después ser enterrada por otros hechos en la red.

 

¿Qué es esto que vivimos? ¿Qué representa? Para mí un mundo donde la vida es un hecho desechable, una cifra que no importa a las élites políticas y gobernantes del mundo. Y esa noción se extiende a todo el orbe, con la excepción que en otras naciones la catástrofe no ha sido tan grande. Unas vez más me pregunto ¿qué representa? El hecho que la gente común, el ciudadano de a pie, hemos perdido la posibilidad de acceder a la política como medio de cambio para mejorar nuestra vida y condición humana. Estamos a merced de una clase política que no nos conoce, que no entiende nuestras necesidades y nuestras aspiraciones y para los cuales podemos ser eliminados. Debemos buscar nuevas vías de consolidar un poder social que confronte esta situación.

 

Por desgracia, poca gente parece interesada en esto, y más aún, ignora este contexto.

Mandela: el coloso del siglo XX

El pasado cinco de diciembre se cumplieron tres años de la muerte de Nelson Mandela, uno de los líderes más grandes del siglo pasado.

 

Retomo este texto, escrito un día después de su muerte, como homenaje:

Mandela, el coloso del siglo XX. Especial.

De los colosos que el siglo XX nos permitió conocer en carne propia, ninguno se equipara a Nelson Mandela. Nacido en 1918, el gran sudafricano fue de los primeros en sentir en carne propia cómo el régimen de segregación racial del Apartheid se institucionalizó en su país poco después de 1910, cuando Sudáfrica alcanzó su independencia relativa dentro de la Commomwealth a causa del conflicto con los Boers que la Corona Británica venía acarreando por casi más de una década; y que terminó por expulsar a los ingleses para dejar en manos de los Afrikaneers el control de la nación.

 

Político e inquieto desde su juventud, Mandela se enfrentó al racismo desde su estancia en la Universidad de Witwatersrand, donde era el único estudiante de color entre una masa de blancos que profesaban una política de odio y despreció para aquellos que representaban el grueso de la población y que carecían de derechos frente a un nimia minoría de hombres que controlaban las riendas de sus destinos.

 

Animado por la revolución cubana y por personajes como Fidel Castro, Ernesto “Che” Guevara y Mao Zedong, Mandela profesó un ideario alimentado por la revolución armada y la guerrilla como medios de renovación nacional. Motor que lo llevó a recorrer Sudáfrica como fugitivo en primer momento, para más tarde realizar un gira por África en la que se entrevistó con importantes personajes del continente como Nasser y Haile Selassie I, de quienes obtuvo importantes apoyos para la lucha armada que el joven revolucionario organizaba en contra del Apartheid. Lo cual le haría acreedor del adjetivo de “terrorista” en su país, en aquel tiempo hasta su arrestó en 1962.

 

Respecto a esa época, Mandela se expresó con frases como la de “No quiero ser presentado de forma que se omitan los puntos negros de mi vida…” Una sabia reflexión para el hombre que pasaría veintisiete años en prisión y maduraría sus puntos de vista hasta alcanzar reflexiones que lo llevarían a expresar opiniones como las siguientes: “El arma más potente no es la violencia, sino hablar con la gente” o “Una de las cosas más difíciles no es cambiar la sociedad sino cambiarse a uno mismo. Si esperas las condiciones ideales, nunca se darán”.

 

En efecto, la misión de Mandela era más grande para reducirse a una simple revolución armada, la cual no habría solucionado en ningún sentido los rencores entre los dos bandos que el Apartheid había institucionalizado. Al contrario, el destino de Madiba era el de la paciencia y la perseverancia. La del dialogo por encima del conflicto. Efigie que construyó paso a paso durante sus años de recluso y que lo transformaron en un héroe y modelo admirable de ser humano, todo derivado de sus convicciones de demócrata, respeto a la igualdad y fidelidad a sus ideales profesados con fervor desde su alma.

 

Así, en poco tiempo, Madiba se convirtió en un símbolo de estoicismo, lucha y fortaleza. Fue aclamado desde todos los rincones del mundo hasta volver insostenible la continuidad del Apartheid y hacer más peligroso que reconfortante su permanencia en prisión para los líderes del régimen segregacionista; circunstancias que terminaron por darle la libertad que la comunidad internacional exigía en 1989.

 

Al salir de prisión poco quedaba de aquel hombre impulsivo y con fe en la violencia. El nuevo Mandela se reveló al mundo como un individuo de una calidad moral incuestionable, un encanto inusual e irresistible y un político capaz de actuar en el mejor de lo sentidos, así como emitir los juicios más certeros para un país que necesitaba reconciliar a su sociedad.

 

Las consecuencias no se hicieron esperar, inmediatamente sus más acérrimos enemigos cayeron rendidos a sus pies y lo admiraron como un santo. Al mismo tiempo, su pueblo lo llevó a la Presidencia de Sudáfrica para consolidar una de las transacciones democráticas más admirables de finales del Siglo XX, honor que comparte con otros grandes líderes de aquellos años como Vaclav Havel y Lech Walesa.

 

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Como presidente, Mandela utilizó aspectos tan naturales como el deporte para unificar los ánimos de su pueblo, por ejemplo el Mundial de Rugby de 1995. Todo con el objetivo de enseñarle a su gente algo que él mismo había aprendido en carne propia: tu enemigo puede convertirse en un compañero y, finalmente, en tu amigo. Que no importa un pasado de odio, violencia e intolerancia, si te das el valor de perdonar por la posibilidad de un mejor futuro.

De la misma forma que el poema “Invictus” del poeta William Ernest Henley que tanto le gustaba leer en su encierro en Robben Island, Mandela se fue invicto en todas las batallas que peleó. No porque haya salido victorioso siempre en ellas, sino porque en la derrota encontró la fuerza y sabiduría que necesitaba. En el perdón, la justicia para su gente que siempre deseo. Y por último, en el dominio de sus miedos, el reflejo más fiel de su alma inconquistable.

 

Por siempre presente, por siempre amado, para un hombre como Nelson Mandela nunca existirá la muerte.

 

En paz descanse.

 


Nota del editor: Nelson Mandela falleció el 5 de diciembre de 2013, luego de una infección pulmonar que lo mantuvo internado en el hospital de Pretoria desde el 8 de junio. Tenía 95 años. Fue presidente de Sudáfrica de 1994 a 1999. En 1993 obtuvo el Premio Nobel de la Paz.


 

Puntos de quiebre: 1848, 1968, ¿2016?

1848 7 1968 representaron años de quiebre para el mundo, ¿qué pensaban aquellos jóvenes? Especial.
1848 7 1968 representaron años de quiebre para el mundo, ¿qué pensaban aquellos jóvenes? Especial.

Me pregunto, ¿qué pasaba por la mente de los sobrevivientes de la comuna de París, el 31 de diciembre de 1848? ¿Qué pasaba por la cabeza de los jóvenes alemanes que habían participado en las protesta de Leipzig? ¿Qué opinión tenían los habitantes respecto a los hechos políticos y la protesta social recién vivida en las calles de Milán, Bucarest, Viena, una vez que finalizó el año?

 

También, me pregunto qué sentía el general Charle de Gaulle en su residencia, ese mismo día pero del año 1968. El máximo héroe de la República Francesa durante la Segunda Guerra Mundial, el rostro de la resistencia ante los Nazis y la imposición de la República de Vichy, y quien había tenido que enfrentar las protestas de las revueltas estudiantiles de mayo en París ante una generación para la cual él no significaba nada más que el pasado.

 

¿Qué pensaban los jóvenes que participaron en la primavera de Praga dispersos en gran parte de la Europa occidental y quienes enfrentaron a los terribles tanques soviéticos en la lucha por la libertad de expresión? ¿Qué pensaba Luis Gonzáles de Alba, José Revueltas y todos los familiares que perdieron alguno de sus hijos o hijas en las protestas estudiantiles de la Plaza de las Tres Culturas en México? ¿Sobre qué reflexionaban los jóvenes que participaron en las protestas de Londres, Manchester, Milán y Rio de Janeiro?

 

Los años de 1848 y 1968 son diferentes en su abordaje como hechos históricos, sin embargo, tienen una característica en común: fueron puntos precisos de la historia en los que se vivió un fenómeno social que involucró a una civilización entera. En 1848 las protestas sociales marcaron el fin de una tendencia política en Europa: el absolutismo. El arribó de la democracia se hizo inevitable y se creó el papel del ciudadano. Poco a poco, sin excepción, todos los regímenes políticos de occidente abrieron pasó al sistema democrático y a la participación del electorado en las cuestiones de interés público. Se había vivido una revolución, es decir, la desmantelación de un viejo régimen para la edificación de uno nuevo, donde el papel de la gente había sido crucial.

 

En 1968 las protestas alrededor del mundo de la juventud mostraron el descontento con el status quo, con las viejas tradiciones, ideas políticas y económicas. Se empezaron a cuestionar las utopías y su fracaso, así como todas las promesas de la modernidad. Surgió la contracultura: un desafío a lo establecido. Se abrió la mente para la estructuración de una nueva forma de pensar, aunque en ese momento no sé sabía cuál era esa forma, y para muchos filósofos y políticos, ese año marca el inicio de la posmodernidad. Sin embargo, una puerta se abría, una puerta a una nueva forma de entender el mundo y a una promoción de la tolerancia.

 

¿Qué hemos vivido este 2016? Hechos como el Brexit, el referéndum del NO en Colombia, la elección de Donald Trump y la muerte de Fidel Castro nos muestran una realidad: este año es el inicio de algo nuevo, una realidad internacional que parece tener más desesperanza que venturas. No obstante, resaltan las particularidades y contrastes de lo acontecido en este año.

Los años de 1848 y 1968 representaron un cambio de época; 2016 apunta para ello,¿ pero es un retroceso? Especial.
Los años de 1848 y 1968 representaron un cambio de época; 2016 apunta para ello,¿ pero es un retroceso? Especial.

En 1848 la gente salió a protestar en las calles por su deseo y convicción de participar en los temas de interés público. En 2016 la gente utiliza el voto como un elemento para promover la confrontación y disgregación social. En 1968 los jóvenes protestaron en las calles para cuestionar lo establecido y abrir la mente a nuevos horizontes de pensamiento, a nuevas formas de entender el mundo. En 2016 la gente desea regresar a lo tradicional, desean refugiarse en el odio, el racismo, la xenofobia como modo de protección más allá de abrir su mente.

 

Si en 1848 se vivió una revolución y en 1968 la contracultura. ¿Qué podemos decir que surgió en 2016? ¿El proto-fascismo? ¿El neonacionalismo? ¿El fracaso de la política y el consenso? ¿El triunfo de la intolerancia? ¿Una contrarrevolución social? ¿Un periodo de neo oscurantismo? Sólo el tiempo y la comprensión de la historia, en su lejanía, una vez que nos hayamos alejado de esta fecha, nos dirán qué es lo que estamos viviendo. De momento, sólo tenemos la certeza de algo. Los acontecimientos vividos en este año involucran a todo Occidente como sociedad y la forma en que la sociedad contemporánea comprende la política y la justica se transforman. Y a razón de esto, hará falta mucha fortaleza y temple para enfrentar el futuro.

¿Por qué amamos tanto a Hemingway?

Me atrevo a decir que Ernest Hemingway es el escritor más querido y reconocido de la literatura de Estados Unidos. Con esto me refiero a que tengo la certeza que el alumno promedio de esa nación, que cursó la educación básica, debió toparse con algún libro suyo como lectura obligada en sus clases de inglés y es capaz de reconocer al anciano fuerte de barba blanca que siempre se utiliza para representar al escritor de la generación perdida. También, siento que muchos estadounidenses dirían que Hemingway es aquel escritor que más ejemplifica el espíritu y temple del estadounidense promedio, aquella efigie romántica que trata de presentar a la gente de ese país como amantes de la libertad.

 

Mi primer acercamiento con Hemingway se dio en la adolescencia. En un punto que supe que si en algún momento aspiraba a escribir relatos debía leer a los mejores. ¿Cómo empezar? Fue la pegunta inmediata. Simple, entré a Wikipedia y descargué la lista de todos los premios nobel de literatura. Esa lista me acompañó en mis visitas a librerías y tiendas de segunda mano por años y me permitió acércame a los escritores de la generación perdida de Estados Unidos. El ya citado Hemingway y después otros autores de trascendencia como William Faulkner y John Steinbeck. Más tarde, por añaduría, vinieron a mí lecturas de Scott Fitzgerald y John Dos Passos, al final, un poco de la poesía de Ezra Pound. Y de todos esos autores el que menos me gustó en mi juventud fue el viejo Ernest.

 

Con la excepción del Viejo y el mar, su libro más reconocido, que es breve y de muy fácil lectura, sus novelas se me hacían planas. Había un abuso extremo de las conversaciones, la prosa era llama, simple, además que su estructura novelística era la de la novela clásica del siglo XVIII. Para mí, Hemingway se parecía mucho a los autores planos como Stendhal, Dumas o Víctor Hugo, no se arriesgaba en nada y sólo contaba una historia. Sus obras no tenían nada que ver con el compromiso social de otras como Las Uvas de la Ira de Steinbeck, que me dejó prendado. Con la innovación novelística de Mientras Agonizo o el Ruido y la Furia, de William Faulkner, obras que reinventaron la novela del siglo XX. No sé acercaba ni un centímetro a la precisión y genialidad de los cuentos Fitzgerald, incluso, el hoy olvidado John Dos Pasos creaba tramas más interesantes.

 

Y a pesar de todo eso, me aferraba mucho a la lectura de sus obras. Primero fue Adiós a las Armas, obra que se sitúa en la Primera Guerra Mundial, y más que una reflexión sobre la guerra, es una historia de amor. Luego leí ¿Por quién doblan las campanas? Novela que tiene como trasfondo la Guerra Civil Española. De ahí pasé a Las Nieves del Kilimanjaro y su novela The Sun also Rises -horriblemente traducida al español con el título de Fiesta-. Finalmente, me adentré en sus cuentos. Y en ninguno encontré esa fuerza y admiración que todos profesaban por él.

 

Chuck Palaniuk, autor del Club de la Pelea adora a Hemingway, es trascendente para mí cuando Tyler Durden, personaje central de esa obra, dice en un dialogo del libro que le encantaría pelear con él, que no conoce a nadie más rudo que el viejo Ernest. Bukowski también lo consideraba un maestro, a pesar que las obras del viejo Hank sólo hablen de ebriedad y mujeres. Incluso autores como Jonathan Frazen, el escritor vivo más reconocido de Estados Unidos en nuestros días, profesaban su admiración. Algo escapaba a mi lente y no alcanzaba a verlo.

 

¿Qué tenían en común el viejo marinero Santiago, el soldado Frederick Henry, el profesor republicano Roberto Jordan, el agonizante escritor herido Harry Street y el joven y prometedor torero Pedro Romero? ¿Qué tenían los personajes de Hemingway que, a pesar que sus novelas me dejaban insatisfecho, no podía evitar sentir una gran simpatía por ellos?

 

La respuesta llegó hasta que leí el que para mí es su más grande libro París no se acaba nunca, escrito autobiográfico y que trata de la primera juventud de Hemingway en París, cuando era corresponsal de guerra y que tiene como trasfondo anécdotas con Scott Fitzgerald, James Joyce, Picasso, Gertrude Stein y Ezra Pound, durante los años veinte, época donde todos eran jóvenes, locos y soñadores.

 

Acercarme a esa obra me permitió ver que varios rasgos de los libros y protagonistas de Hemingway tenían origen en las experiencias de su vida. Noté que todos sus protagonistas eran unos grandes bebedores, amantes de la ebriedad y un fiel reflejo del mismo Hemingway y su grupo de secuaces de la generación perdida. Otro fue la inevitable presencia de una mujer en sus novelas, una dama de la cual caen prendados los protagonistas y que aman con pasión y locura. Me encantó leer la burla que describe en París era una fiesta, donde Fitzgerald le dice que él siempre necesitaba enamorarse de una nueva mujer para poder escribir su siguiente novela. Por lo que descubrí que esas protagonistas de todas sus obras habían sido mujeres reales, esposas y amantes que él había tenido durante su vida, a quienes plasmó para la eternidad y para que trascendieran en sus novelas.

 

En ese punto empecé a notar que yo tenía muchos vicios de Hemingway. En un primer instante no encontraba respuesta al hecho de por qué no me agradaba leer esos elementos en sus obras si en mis años universitarios yo me comportaba de esa forma. En ese tiempo yo abusaba mucho del alcohol, hacía tonterías con mis amigos, me pasaba horas en la edificación de sueños, tenía conversaciones sin sentido que podían prologarse por horas y me enamoraba a la menor provocación de cualquier chica y trataba de plasmarla en mis letras. ¿Qué no me gustaba de leer eso si era un fiel reflejo de mi comportamiento cotidiano?

 

Pero…, ¿qué fue lo que más me gustó del joven Hemingway en sus años parisinos? Encontré aquellos dos elementos que me hicieron entender qué es lo valioso de su obra: su pasión por la vida y su valentía. Estos elementos los representa el soldado Frederick Henry, quien escapa de una ciudad tomada por los enemigos a través de un río con su amada Catherine Barkley, con la que tendrá un hijo y que, lamentablemente, ambos morirán durante el parto, una vez que han enfrentado todos los peligros de la guerra. Eso es el reflejo de profesor Robert Jordan, que cumple su misión de volar el puente donde pasarán los fascistas franquistas para llevar provisiones a sus tropas, pero que es emboscado por ellos una vez terminada la misión, para enfrentar la muerte con los ojos en alto. Eso hace el joven torero Pedro Romero, quien se enfrenta a una bestia que ama (a pesar de mi total desaprobación hacia la tauromaquia, no puedo negar que Hemingway describe ese infame arte con una fuerte belleza).

 

Lo mismo representa el esqueleto de ese leopardo muerto en la cima del Kilimanjaro, en África, ¿qué hacía ahí ese pobre animal, a miles de metros sobre la tierra? Es lo que se pregunta en su viaje Harry Street para ser atendido medicamente mientras reflexiona sobre todo lo que ha perdido en su vida ante la cercanía de la muerte. Eso simboliza la lucha del viejo marinero Santiago en el golfo de México, a quien se le aparece el pez espada más hermoso que jamás ha visto en su vida y sabe, inmediatamente, que ese encuentro es un regalo del mar, ente al que ha dedicado su vida. Por lo que comprende que esa será su última pesca, con una bestia noble y joven, que sólo puede ser atrapada por una tripulación de al menos tres pescadores, pero que es concretada por un anciano que está solo.

 

Las novelas de Hemingway son un reflejo de la vida, que no es otra cosa que una sucesión interminable de batallas que emprendemos día a día, y en las cuales, casi siempre, somos apaleados. Hecho ante el cual tenemos dos alternativas: rendirnos y entregarnos a la desilusión y el abandono, o negarnos a aceptar la derrota, ponernos de pie y caminar con el rostro en alto. Para mí, una frase del El Viejo y el mar resume toda la obra de Hemingway: “el hombre no está hecho para la derrota, un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”.

 

Y en esa frase he encontrado uno de los elementos más poderosos y hermosos de la literatura, que es el hecho que las palabras y la ficción son dos instrumentos que nos dan fe. Fe que nos da fuerza para vivir. La vida se mide en relación a la pasión con la que se realizan las cosas y el valor con el que se enfrentan las batallas, desde la más cotidiana, hasta la más épica. He ahí mi respuesta a la pregunta ¿Por qué amamos tanto a Hemingway?

Algunas de las obras más significativas de Ernest Hemingway. Imagen Especial.

Anatomía del Godínez (La posibilidad de los viajes)

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las opciones de descanso u ocio muchas veces se escapan y normalmente se vinculan a vacaciones semestrales, anuales o días de asueto, lo que representa un daño severo para los niveles de bienestar del Godínez. Imagen: Youtube / La vuelta al mundo.

Cuando el locutor de radio Javier Aceves decidió utilizar el apellido Godínez para nombrar al oficinista promedio de la Ciudad de México, difícilmente consideró que aquel adjetivo tendría los alcances y ecos que mantiene en la actualidad.

 

Con esa simple palabra Aceves creó un símbolo de identidad y una mitología con la cual son capaces de identificarse el grueso de los trabajadores de la Ciudad de México; al mismo tiempo que la conceptualización y definición del Godínez revela varios rasgos latentes en nuestra sociedad, donde se refleja cómo la satirización de los mexicanos respecto a nuestro entorno está por encima de nuestra vocación de reflexión, participación o cambio.

 

¿Quiénes son los Godínez?

Por Godínez se puede denominar a cualquier persona, hombre o mujer, que laboré en horarios de oficina en la Ciudad de México. De esta forma, delimitar a un Godínez en términos concretos puede ser una tarea ambigua, más existen ciertos parámetros que pueden acercarse a su perfil.

 

Así podemos decir que el Godínez es aquella persona que pertenece a la clase media, es decir, al grueso de la población que, a través de su trabajo y pago de impuestos, es el principal soporte de la economía nacional. En ese sentido, el Godínez es aquel ciudadano que pudo gozar de una educación media o superior, ya sea pública o privada, que es el pase mínimo para laborar en instituciones burocráticas, gubernamentales, empresas trasnacionales o consorcios financieros.

 

Ante esto, el Godínez es el primero que reconoce todas las carencias y limitantes del transporte, que en épocas recientes ha sido definida como la ciudad más dolorosa del mundo para transportarse. Vive a diario los embotellamientos y fallas de infraestructura que presentan, a todas horas, las vialidades, rutas de colectivo o líneas del metro.

 

Por otra parte, es importante destacar que los Godínez, por código burocrático, ostentan una vestimenta que los hace ubicables en cualquier punto de la ciudad: traje y corbata para los hombres, traje de sastre o vestido para las damas. En algunas ocasiones, el viernes puede ser el día para relajar los protocolos de la ropa, mas en esas jornadas se exige seriedad a los residentes de las oficinas, un estilo casual que no pierda la mesura y cordura que su posición les exige.

 

Inevitablemente nos acercamos al punto central del Godínez: su trabajo y horario, el cual puede oscilar de las ocho a las catorce horas. En lo que se devela que para un trabajador de oficina de la Ciudad de México los horarios son un esquema ambiguo, pues nunca se cumplen al término de la jornada, ya que pueden extenderse por varias horas que, cabe destacar, casi nunca son pagadas. Este hecho contrasta con la noción de puntualidad que exigen las empresas: un retraso de más de veinte minutos al espacio laboral puede culminar en un doloroso descuento de sueldo.

 

Bajo esta consigna se señala que el sueldo del Godínez muchas veces es insuficiente para cubrir los gastos que se requieren, a pesar que el sueldo entra en los parámetros de los trabajos bien pagados. Con certeza, aquella cifra durará sin causar molestias unos diez días, después, el dinero empezará a esfumarse de forma desconcertante, hasta que se añoré la próxima quincena.

 

Un punto de interés frente a este argumento sería ¿En dónde se esfuma todo el efectivo producto del trabajo del Godínez? La respuesta señalaría a la ropa que debe adquirir para laborar, a los gastos en transporte que debe hacer, a la comida que se ve obligado a comprar, a la renta de un inmueble que debe pagar y a los lugares de esparcimiento que están delimitados en su campo social. Por lo que se puede deducir que al final, si el sueldo de un Godínez está calificado como digno, la mayor de las veces éste desaparece sin dejar rastro alguno.

 

El orgullo Godínez

Las descripciones anteriores pueden presentar un entorno en el que ser un Godínez más que un acto idílico parece una emoción extrema. No obstante, este fenómeno puede asociarse a los ritmos acelerados de vida que detentan las grandes urbes, como el que representa la caótica y paranoica Ciudad de México.

 

Bajo esta perspectiva se puede argumentar que las macro ciudades requieren de una gran cantidad de capital humano para mantenerse en pie y conservar un ritmo de crecimiento que es asociado principalmente al sector de los servicios. Mas el entorno de vida de la capital revela serias carencias para proporcionar esquemas de vida dignos a sus habitantes.

 

Esto se refleja en las opciones de movilidad para sus trabajadores, los cuales deben perder una considerable cantidad de horas libres para transportarse de su lugar de trabajo al hogar y viceversa. De ellos se exige un compromiso total para la corporación o institución de la que son parte, que, con certeza, pocas veces se ve retribuido con el sueldo que los Godínez reciben, que está fuertemente asociado a los míseros tabuladores de salario que detenta el país.

 

En ese sentido, el trabajador de oficina de la Ciudad de México se define como un ente que está envuelto en una dinámica de trabajo-hogar, que pocas veces le ofrece espacios de bienestar. Así, las opciones de descanso u ocio muchas veces se escapan y normalmente se vinculan a vacaciones semestrales, anuales o días de asueto, lo que representa un daño severo para los niveles de bienestar del Godínez.

 

Asimismo, este escenario revela otra condición crítica de nuestro país: poseer una educación universitaria no está asociado a niveles altos de ingreso. Noción que puede ser abrumadora y se vincula al hecho que son precisamente los oficinistas quienes detentan un salario de nivel medio, que para mantener un nivel de vida en múltiples ocasiones es insuficiente, y que pone en entredicho la pregunta ¿cómo se las arreglan aquellas personas que no forman parte del campo de los Godínez para sobrevivir?

 

Desde esta perspectiva, lo que más resalta de este análisis es que la totalidad de los habitantes de la ciudad asuman estos escenarios como condiciones naturales de la vida. Como si el hecho de tener que desperdiciar de tres a cinco horas del día en transporte fuera algo normal, o que el poseer un grado en educación se vea materializado en trabajos de horarios extensos que no son bien pagados.

 

La dinámica del trabajo de los oficinistas se devela así como una empresa ardua y de nulo bienestar. Contexto en el que los Godínez han creado una mitología de vida en torno a este sistema. Como si los niveles de satisfacción laboral de Europa, o incluso de varios países de América Latina, fueran algo inaccesible para los mexicanos.

 

En este contexto, a pesar que se pueda argumentar que, en efecto, los Godínez son quienes mantienen funcionando esa maquinaria que es la Ciudad de México, al final cabría una reflexión: el trabajo que ellos realizan por esta urbe está infravalorado respecto a los ingresos y calidad de vida que reciben, aspecto que muchas veces escapa de sus ojos y que es vedado por la satirización de su ritmo de vida.

 

Por otra parte, un aspecto interesante para el estudio de la antropología del mexicano sería la relación que éste tiene con el trabajo. Si bien escritores como Paz, Vasconcelos, Usigli o Portilla, han estudiado aspectos de nuestra identidad como la relación que ostentan los mexicanos con la muerte, la fiesta, la hipocresía, el relajo o la cultura, pocos se han centrado en la relación que éste mantiene con el trabajo y cómo se desempeña al interior de esta actividad.

 

Así, sale a la luz la pregunta: ¿el mexicano es un trabajador perezoso o esa es una imagen social que contrasta con la realidad de vida de los habitantes de este país?

 

Ante esto, puedo decir que más de un Godínez estaría dispuesto a contradecir esa acepción.

Alphonse Mucha, sueños y ojos de mujeres

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De entre todas, hubo una que causó en mí un enorme sobresalto: la representación de una bella eslava de penetrante mirada verde que parece verte directamente a los ojos. Imagen: Especial.

Hace algunos meses tuve la oportunidad de visitar Praga. Uno de los aspectos que más me gustó fue el culto y honor que rinde la ciudad de los castillos a uno de sus hijos predilectos: el pintor y artista decorativo checo Alphonse Mucha. En el Casco Antiguo de la ciudad, en las tiendas de souvernirs, en los muros de las calles, o en las paredes de los cafés y restaurantes hay cientos de las famosas litografías de uno de los máximos representantes del art noveau europeo de la primera mitad del siglo XX.

 

El arte de Mucha tiene la finalidad de representar la belleza femenina, donde destacan sus representaciones de la estaciones con diferentes retratos de hermosas mujeres. En más de una ocasión, al observar esos cuadros, no pude evitar pensar en las modelos que habían inspirado al artista checo para hacer las hermosas representaciones que hoy decoran cientos de recintos de Praga.

 

De entre todas, hubo una que causó en mí un enorme sobresalto: la representación de una bella eslava de penetrante mirada verde que parece verte directamente a los ojos. Al presenciarla, en mi mente traté de recrear a esa mujer de piel y hueso. Imaginé el momento en que Mucha la observó por primera vez y sintió dentro de sí el inmenso deseo de plasmar sus ojos para la posteridad, para que setenta años después, un joven viajero como yo, que estaba de paso por Praga, recreara ese momento en su mente.

 

Lo que siguió después de eso fue una larga caminata. Por azares del destino llegué al Café Louvre, lugar visitado por otro hijo predilecto de Praga, el escritor Franz Kafka, lugar donde comí y después dejé para ir escuchar un concierto de jazz en un bar que se encontraba al lado.

 

El recital de la noche consistía en una serie de interpretaciones por artistas locales de canciones de la época de oro del jazz de Estados Unidos de los cuarenta. La noche fue maravillosa, y mientras oía canciones como Fly me to the Moon o It´s only a paper moon, en mi mente seguían los penetrantes ojos verdes de la litografía de Mucha. Eso me hizo reflexionar en la importancia que para mí tienen los ojos desde que era un adolescente: siempre fue común que me enamorara al menor gesto de las niñas de ojos grandes con gruesas pestañas que decoraban su rostro. A menudo, aún hoy en día, es común que me quede anonadado, con una mirada de bobo, al ver a las niñas que tiene grandes y bonitos ojos.

 

Mientras avanzaba la música, más me perdía en la reflexiones sobre los ojos, a la par que me invadía el gusto y placer relajante del ambiente que empezaba a sentirse dentro de ese bar, a razón de la música.

 

En un punto recordé que hacía unas noches había soñado con varias personas que no había conocido jamás, no obstante, en mi sueño, convivía con ellos de una forma natural e íntima, como si los hubiera conocido de toda la vida. ¿De dónde habían salido esos rostros, esos individuos que en mis sueños se recreaban de forma tan natural? Esa pregunta no la pude responder esa noche, pero hace apenas unos días, un artículo científico de una conocida revista de psicología respondió mi pregunta. En él se expresaba que no es posible para nuestra mente soñar con algo que no hemos visto o no conocemos, siempre, nuestra mente, nos da representaciones de imágenes que ya hemos observado en algún lugar.

 

Cuando soñamos con alguien que desconocemos es a razón de que su rostro lo vimos en algún punto de nuestra vida y nuestro cerebro, como un increíble disco duro, guardó esa imagen para luego presentárnosla de nuevo en nuestros sueños.

 

Es común para mí soñar con personas que no son parte de mi vida diaria, en unos inicios, eso me causó curiosidad. Luego, pensaba que tal vez en algún momento futuro de mi vida quizá encontraría a alguno de esos seres y deambulaba por la vida para buscar sus rostros en la multitud de gente que veo día a día.

 

Hoy sé de donde vienen esas personas, del pasado, de lo que ya he vivido, y como todo lo que forma parte del pasado, sé que no volveré a ver a muchas de esas personas en el futuro, que me será inaccesible. Muchas de ellas son mujeres, mujeres de ojos grandes que vi como en la litografía de Mucha y que a veces vienen a hablarme y pasar un tiempo conmigo en mis sueños, ante eso, creo que quizá no pueda dibujarlas para que otros las observen como el gran artista checo. Sin embargo, me queda un último recurso para hacer honor a esos rostros y ojos, que no es nada más que éste: escribir sobre ellos, querido lector, y que tú trates de recrear los ojos más bellos que hoy recuerdes.

Diciembre de 2011: mi itinerancia en el universo del Centro Histórico

Diciembre de 2011. Me encontraba en el penúltimo semestre de la licenciatura y realizaba mi servicio social en una Secretaría de Estado ubicada frente a la Alameda Central, entre las calles Juárez e Independencia del Centro Histórico. En esos días, mi ánimo era extraño, daba los últimos pasos en mi formación universitaria y eso me emocionaba a la par que me causaba un tremendo desconsuelo al saber que esa etapa de mi vida finalizaría, así como todos los retos de la madurez que implicaba abandonar la escuela e incorporarme a las filas de los profesionistas de México.

 

Sin embargo, este texto no abordará los temores del joven universitario que una vez fui, sino una serie de días en las que fui profundamente feliz al vagar por las calles del Centro Histórico de la Ciudad de México.

 

Todo empezó a inicios del mes de diciembre del año citado, cuando las oficinas donde realizaba mi servicio social se vaciaron de todo el personal que normalmente ocupaba sus pasillos y el ritmo de trabajo desaceleró de forma sorprendente. Bastó el cambio del 30 de noviembre al 1 de diciembre para que aquel espacio laboral entrara en letargo. No había ningún compromiso que cumplir, nada que entregar, nada por finalizar. Solamente había que asistir a cuidar las instalaciones de las oficinas y encontrar una forma de perder el tiempo; de forma astuta, la mayor parte de los Godínez ocupan esos meses para abandonar su prisión y salir de vacaciones. Por lo que las oficinas de gobierno terminan por transformarse en una especie de “edificio fantasma”.

 

En esos días iba por el cuarto mes de mi servicio social. Tenía que cumplir 480 horas que eran medidas de forma milimétrica por un lector de dedo colocado en la entrada de ese edificio de gobierno que, cabe destacar, sólo contaba horas completas, por lo que debíamos esperar siempre más de cuatro horas para cumplir nuestra cuota diaria de trabajo. Esta situación contrastó con el tiempo que ocupaba en ese mes para cumplir con el trabajo asignado por mi jefa directa que, al no tener nada que hacer incluso para ella, me ponía pequeñas tareas que a lo mucho terminaba en una hora. Después de eso, ella me veía con desconsuelo, ¡no tenía ninguna otra tarea para mí! Y después de tres días, al terminar las labores que me había asignado tajantemente y con una sonrisa en el rostro, me dijo “puedes irte ya a casa”.

 

Sorprendido, tome mis cosas y baje a la recepción. Al estar frente al medidor de tiempo donde tendría que poner la huella de mi pulgar, miré el reloj. Sólo había pasado una hora y veinte minutos desde mí llegada. Si en ese momento marcaba mi salida, el lector registraría sólo una hora de trabajo. No había venido de tan lejos sólo por eso, ante lo cual se me ocurrió una idea: salir a caminar, ir a pasear, y después regresar a marcar mi salida una vez que hubieran pasado las cuatro horas.

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Así empezó todo. Y ese día fui directamente a la librería del Sótano y compre una novela que desde hace meses quería leer. Para los que conozcan este lugar, sabrán que enfrente hay una banca donde me senté con mi libro recién adquirido. Devoré cientos de hojas, y cada diez o cinco, levantaba la vista para observar la gente que caminaba por avenida Juárez. En un punto a lo lejos vi a una joven, aproximadamente de mi edad, que avanzaba por la calle con una cámara Nikon con la que fotografiaba cientos de aspectos de esa mañana urbana.

 

Me causó simpatía y la observé durante unos segundos para luego continuar con mi lectura. Minutos después, alcé la vista y noté que me enfocaba con su cámara. Al verla directamente me sonrojé y ella me dijo: “no, no, actúa natural”, después me regaló una sonrisa, mientras, con un gesto de su cara, me indicaba que deseaba tomarme una foto mientras leía. Con mucha pena intenté leer como lo había hecho hasta ese momento, pero creo que la pobre chica no logró la toma que en un inicio ella deseaba. Después de tomarme varias fotos, conversó conmigo por unos minutos y me enseñó sus mejores tomas, luego continuó con su viaje.

 

Al momento que se fue, sentí una alegría extraña. Jamás me había pasado nada así y había sido una experiencia gratificante. Las calles guardan muchas posibilidades curiosas y afortunadas que terminan por dibujar una sonrisa en nuestro rostro, y ese evento, era una de ellas. La primera que viviría en ese mes. Después de un par de horas de leer, decidí entrar a la exposición permanente de murales del Palacio de Bellas Artes, que he visto cientos de veces, pero en la que percibí podría perder el tiempo. Después me senté en la plancha frente al palacio y me dediqué a observar a la gente, cuando de repente miré mi reloj, “¡caramba! Han pasado seis horas desde que marqué mi entrada, será mejor que regresé para mi salida”.

 

Desde esa vivencia, todos los días de diciembre serían así: a lo máximo una hora y media de servicio social y cinco o seis horas dedicadas a vagar por las calles del Centro Histórico. He perdido la cuenta de las veces que lo recorrí, pero quedan en mi memoria varias cosas que realicé: conocer la casa del cine en la calle de Uruguay, donde vi la película “El árbol de la vida”, de Terrence Malick; entrar al bar “La Opera” para observar el famoso balazo que Pancho Villa dio al techo durante la Revolución Mexicana; encontrar la tabaquería “El paraíso del fumador”, donde venden el mejor tabaco de Veracruz que he conocido; entrar a la cantina el “Gallo de Oro”, la más vieja del centro y probar su buffet de comida mexicana; escuchar conciertos de Blues o ver exposiciones de arte urbano en el Centro Cultural José Martí; quedarme a leer por horas en las bancas de la Catedral metropolitana, que por las mañanas está completamente vacía, y en la que ronda una paz y tranquilidad avasallantes; tomar el tremendo café turco del café Sheik; visitar las librerías de Donceles; platicar con camareros, vendedores de revistas, o los libreros del Callejón Condesa.

 

Pero lo que más me fascinaba era observar a la gente que formaba parte de la vida diaria de las calles del Centro Histórico. Tuve tres sitios para eso: la plancha del palacio de Bellas Artes; una banca de acero de estilo surrealista, del callejón Condesa, y las vistas hacia la acera de varios pequeños cafés a los que entraba para pedir lo más barato de la carta con el pretexto de poderme quedar ahí un par de horas.

 

Me encantaba ver a los ancianos caminar, a los típicos Godínez atareados con su corbata o vestido que avanzaban a toda velocidad, a las parejas que podían ir abrazadas o se paraban a media calle para iniciar una discusión. A todas ellas, que desfilaban frente a mis ojos y probablemente nunca más vuelva a ver en la vida, me gustaba inventarles historias. Pensar cómo había sido su vida, imaginar sus más grandes miedos o aquello que era lo más valioso para sí mismos.

 

Mi itinerancia por el Centro Histórico, en el mes de diciembre, debió durar unas veinte jornadas llenas de conversaciones geniales, sabores y olores que probé, los cuales jamás olvidaré. De esos días aprendí tres cosas sobre esa zona de la ciudad y sobre mí:

 

1) Que las calles están vivas. Llenas de posibilidades para vivir un momento fugaz pero sumamente agradable. Y es precisamente cuando nos topamos frente a uno de estos eventos tan cotidianos, pero llenos de magia, que deseamos con el corazón estar con alguien más para compartir esa dicha; sin embargo, estamos solos. A pesar que he relatado cientos de veces anécdotas de esos días a mis amigos y familiares, no puedo evitar entristecerme al ver cómo los demás no pueden entenderlas en la forma que yo las viví. Hay eventos que nos acontecen que brillan por su seducción cotidiana y que solamente nos pertenecen a nosotros.

 

2) Que me gustaba observar a los transeúntes, y a veces escuchar sus conversaciones, porque algo me hacía sentir que el Centro Histórico, esa parte principal y más antigua de la Ciudad de México, quería decirme o trataba de decirme algo que aún no logro entender. De ahí que recorriera sin cansancio sus calles, observara a las personas que desfilaban por sus avenidas y conversara con las personas que habitaban ese espacio todo los días.

 

3) Que a pesar de que en esos días no lo sabía, fui muy feliz al caminar solo por esas calles. Imaginar historias y ver la belleza de la zona más antigua de la ciudad. Y que todos esos momentos y anécdotas son el material para algo que quiero escribir a futuro. De hecho, estas líneas no son más que un pequeño ensayo para el relato que planeo escribir sobre esos días.

 

Después del seis de enero esa dinámica se acabó. La ciudad se inundó de gente. La oficina de trabajo y no pude volver a realizar esas jornadas de caminatas por el centro. No obstante, hasta la fecha, quedan en mí reminiscencias de esos días. A tal grado de que tengo que visitar la Ciudad de México al menos una vez por semana porque sigo en mi búsqueda por entender qué quiere decirme la ciudad. Siempre con mis ojos y oídos atentos para captar el mensaje.

 

Producto de esto son cumplidos como el que me hizo una amiga al decirme “conoces todos los lugares del centro”. O una pareja de amigos, que quiero mucho, que una vez expresaron “nadie conoce el centro como tú”. Aquello me llenó de orgullo y felicidad. Pero debo decir que siempre volveré a ser feliz al tener la oportunidad de caminar por ese microcosmos que es el Centro Histórico, que para mí, siempre será un infinito de posibilidades por vivir.

El diario como género narrativo (La posibilidad de los viajes)

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El diario, registro de memorias e instantes de vida. Imagen: Especial.

Siempre he creído en el diario como género narrativo. Esta conclusión llegó a mí por los hechos y más tarde por la lectura. A los diecisiete años, después de varias lecturas de Hesse, Bécquer y Bukowski, había nacido en mí el germen de la escritura. De un día para otro, uno de mis grandes sueños se materializó: convertirme en un contador de historias, de relatos, reales o de ficción, todo como efecto de una sobredosis de literatura que invadió mi sangre y que sigue vigente hasta estos días.

 

Mi primera pregunta fue: ¿cómo empiezo a contar una historia? ¿Cuál es el método más preciso? ¿Qué debo contar? O más bien, ¿qué es valioso de contar? No tenía la más mínima idea de cómo escribir, y nos vislumbraba la mejor vía para iniciar el proceso. En mis inicios intenté escribir relatos, pero todos salían de forma desorganizada y ambigua, al final terminaba odiándolos.

 

Después, cimenté la idea de escribir una novela, pero…, esa tarea se me mostró tan titánica que al poco tiempo la abandoné. Lo único que tomaba un poco de cohesión en mis letras era la poesía; entonces, me consideraba todo un Virgilio o Dante cuando escribía mis poemas, para luego sentir una inmensa pena y vergüenza por mí mismo al momento de revisarlos, entendía lo malos que eran.

 

En ese punto me di cuenta que era bastante malo a la hora de escribir y esa situación sólo sería superaba al realizar una y otra vez ese acto. Tenía que escribir de forma constante, lo que fuera, todos los días si era preciso, para mejorar poco a poco mi estilo. En ese punto la idea llegó. Un diario. Una forma de escritura que relata los pormenores de mi vida diaria, como los hechos que en ella acontecen, pensamientos que llegan a mi mente, emociones, lugares que dejan una huella en mí. Un día salí la calle y compré el primer cuaderno que se cruzó en mí para iniciar el ejercicio.

 

Tarde aproximadamente tres años en llenar esa primera libreta. Y en ese tiempo, me acerqué a la literatura de los diarios. Mis primeras experiencias fueron con los textos de Franz Kafka, de Cesare Pavese, nombrados “el Oficio de Vivir”, y la simulación del diario ficticio de Fernando Pessoa de su heterónimo Bernardo Soares, publicados bajo el nombre de “El libro de Desasosiego”.

 

La lectura de aquellos libros y mi escritura paralela me hicieron descubrir una magia que no conocía. La magia de saber que día a día, los hechos que circulan ante nuestros ojos y de los que somos testigos, las emociones que nacen de nuestro corazón, los lugares que vemos, la comida que probamos, los momentos que compartimos con nuestros seres queridos, son valiosos por una simple razón, porque nos pasan a nosotros, y el hecho de que no tengamos otra vida, y de reconocer que cada día que nos acontece es único e irrepetible, a veces escapa de nuestra cotidianidad. Y la mayor de las veces, de forma díscola, terminamos por caer en ese juego.

 

Entonces, terminamos por olvidar momentos que nos hicieron felices, gente que pasó por nuestras vidas, y que quizá fue tan fugaz, que pocas reminiscencias de ellos quedan en nuestra memoria. Sin embargo, su pasó por nosotros dejó una huella palpable que aún existe. A veces, también se pierde las personas que fuimos, la forma en que pensábamos, las cosas que nos gustaban, y hoy somos tan diferentes que al leer nuestros diarios pensamos en cuanto hemos cambiado, crecido, y ¿por qué no?, involucionado en algún aspecto.

 

Para mí, los diarios son testimonios de mi vida, solo tengo una, y sobre ella he vivido, y, posteriormente, contado miles de historias que son valiosas por un simple hecho, me pasaron a mí, yo soy su protagonista, de ahí la grandeza de ese género literario que nunca me cansó practicar y recomendar a mis amigos, alumnos y gente cercana.