Mi libreta: porque el silencio no es opción, aprendamos a decir basta

El pasado jueves nos despertamos con una terrible noticia: Miroslava Breach había sido asesinada afuera de su casa. Ocho disparos acabaron con su vida y el nombre de la otrora corresponsal de La Jornada en Chihuahua, se sumaba a una lista interminable y dolorosa de periodistas ultimados en los últimos años.

Solamente en las primeras tres semanas de marzo, dos periodistas más fueron asesinados en Guerrero (Cecilio Pineda Brito) y Veracruz (Ricardo Monlui). La profesión no sólo atraviesa una crisis económica generada por el cambio en el modelo de negocio, también sufre porque los encargados de elaborar la información son silenciados.

Hace 11 años, Felipe Calderón inició la llamada Guerra contra el Narcotráfico. Desde entonces, México transita por caminos sangrientos. Se estima que la violencia ha cobrado la vida de más de 186 mil 682 personas de 2006 a la fecha, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Y no hemos sumado la cantidad de personas desaparecidas, que ascienden, según el Registro Nacional de Datos de Personas Extraviadas o Desaparecidas, a 28 mil 937, las y desplazadas tras el inicio de la cruzada contra los cárteles de las drogas.

Del 2000 a la fecha, 103 periodistas han caído, la mayoría por ejercer su profesión, según estadísticas dela organización Artículo 19. ¿Quién ha fallado? ¿Los gobiernos, la sociedad, el periodismo, el Estado?

¿Nos hemos acostumbrado a la violencia? ¿Acaso hemos perdido la capacidad de asombro? ¿Por qué un asesinato, la desaparición de personas o el descubrimiento de fosas no nos mueve para modificar el entorno en el cual nos desarrollamos? ¿Hemos perdido la batalla?

El Estado y sus gobiernos han fallado, sus mecanismos no funcionan y su compromiso por resolver los crímenes contra la prensa, se vuelven promesas. Para muestra un botón: existen 798 denuncias por agresiones a periodistas -50 por asesinato-, y sólo tres han sido castigadas.

Como sociedad, quizá hemos fallado en el compromiso y exigencia con la profesión: compromiso para exigir la protección de los comunicadores y la libertad de prensa; exigencia en el rigor de los contenidos.

A pesar de todas sus aristas, el periodismo es una de las profesiones más nobles y de las más necesarias en países como el nuestro donde la corrupción, el cinismo gubernamental-empresarial y la falta de empatía abundan.

Por ello, debemos aprender a decir basta, a exigir castigo para los responsables, a dar seguimiento a estos casos y evitar que la violencia se normalice. Debemos evitar que los nombres de Miroslava Breach, Rubén Espinosa, Moisés Sánchez, y tantos más, queden en el olvido. Porque el silencio no es opción.

Por hoy, con dolor, la libreta se cierra.

 

Mi libreta: Los volcanes y mi afición por los guardianes del Valle de México

Desde niño he tenido una fijación muy extraña con los volcanes. Les temo, pero los admiro. Tal vez por eso, en algún momento dije que cuando me muera, me gustaría que mis cenizas fueran esparcidas por un volcán.

Cuando tenía seis años, subía a la azotea de la casa de mis abuelos para mirar a “La mujer dormida” y al “Popo”. Ahí perdía el tiempo, admirando el vestido blanco de ambos y la fumarola que “Don Goyo” expulsaba. La acción la repetí por años, hasta que el crecimiento de las casas vecinas me lo impidieron.

Años más tarde, me asusté cuando por la televisión vi cómo el Popocatépelt expulsaba “material incandescente”, mientras recordaba (gracias a una enciclopedia Disney que mi papá me había regalado) qué tipo de volcán era y qué tan rápido podría viajar su lava o las piedras que emanaba de su interior.

Por fortuna no pasó a mayores. Mientras digería mis miedos, me enteraba que había gente que no les temía, que los veía como protectores o que incluso les danzaba para disminuir su furia.

El “Popo”, uno de los imponentes guardianes del Valle de México. Foto: Pixbay.

Tiempo después, mientras platicaba con mis papás sobre la leyenda que explica el origen de los volcanes, ellos me contarían que los visitaron cuando no eran tan peligrosos y la actividad de “Don Goyo” era menor. Los envidié un poco, pues a mí me gustaría estar al pie de ellos, para admirar su grandeza y palpar su eternidad.

Hace unos días, entre la revolución que significó cumplir 27 años y cerrar un ciclo laboral, volvía a casa de mis papás con el ánimo a medio vuelo. Por un momento me detuve para mirar el horizonte y vi a ese par de volcanes. Entonces, tuve una regresión a los años donde todo era más sencillo, donde todo se resolvía en sueños, donde quería ser vulcanólogo, donde subía a la azotea para admirar a los guardianes del Valle de México.

Quizá, aquella imagen de los volcanes imponentes y vestidos de blanco, me dio el valor suficiente para tomar una decisión y dar un paso más a lo que deseo hacer: reencontrarme con la escritura. 

Por hoy, la libreta cierra su segunda página.

 

Mi libreta: reencontrarse con la escritura

Hace unos días le comenté a alguien que al escribir expresaba lo que mi boca callaba. Quienes me conocen, saben que muchas veces soy una colección de silencios, que tardo en abrir el cofre de mi confianza para dejar que las palabras fluyan; por eso escribo, para darle vida a mi falta de voz y evitar que todo aquello que guardo explote dentro de mí.

Sin embargo, en los últimos años dije una y otra vez que no escribía por falta de tiempo. Esa excusa se convirtió en mi refugio, en uno que evitaba que mirara el verdadero problema: la falta de disciplina y un olvido que me ha llevado a encarcelar el lápiz que tengo en la cabeza y que, antes, me llevaba a escribir sobre cualquier cosa, en casi cualquier sitio y casi a cualquier hora.

Entre las responsabilidades de crecer, fui abandonando una de las prácticas que más me llenaban: escribir. Por momentos, mi cabeza recobraba la memoria e intentaba retomarlo, pero bastaban unos instantes para abandonarlo. Me abrumaba y eso era el inicio de mi huida.

Quizá por eso me refugié en leer a los otros, en mirar lo que otras y otros querían contar. Quizá por eso disfrutaba de revisar textos de otras personas. Cuando emprendía esa tarea, sentía que esa persona me contaba una experiencia de su vida o algún aprendizaje con el que se topó y que le pareció digno de materializarse –e inmortalizarse- en papel, en un documento de Word, o en una página de internet.


Conoce: El diario como género narrativo


Pero había algo que me llamaba a imitar su acción, a escribir otra vez, como antes, como cuando cualquier momento de la vida se prestaba para rayonear una hoja, o teclear algunas palabras en Word o en los blogs que todavía deambulan por ahí. Por eso me sentía derrotado cuando dos o tres líneas después, abandonaba la tarea. Me preguntaba si aquello que antes me gustaba tanto, ahora me desagradaba o si sencillamente no tenía vocación para ello.

Hallé la respuesta hace unas horas. Al abrir la puerta, descubrí un silencio que tomó mi alma. Quizás no era para tanto, pero la víspera de mi cumpleaños me pone sensible. Suelo sumergirme en una suerte de pozo donde miro lo que he y no he realizado.

Entonces miré que le había fallado a mi libreta, a esa vieja amiga que en otros tiempos me recibía gustosa, aunque tuviera un hoyo en el centro de mi pecho. Hoy quiero reencontrarme, porque no hay mejor manera de enfrentar los miedos, retos e incertidumbre, que haciendo lo que uno quiere. Y lo que quiero es simple, escribir.

 

Así que, bienvenidos a mi libreta.