Carta a destiempo

Carta a destiempo: El día de tu muerte me despedí y tus ojos, canicas vidriosas y desgastadas, miraban fijos a un lugar que no estaba en ese cuarto.

El día de tu muerte me despedí

y tus ojos, canicas vidriosas y desgastadas,

miraban fijos a un lugar que no estaba en ese cuarto.

“No me importa que me los quiten porque no hay quien los toque”,

dijiste días antes de la cirugía.

Pero yo sabía que oculto en esa sentencia

había solamente una muchacha

de senos enfermos

que por las noches veía pornografía lésbica por cablevisión;

solamente una muchacha virgen a sus cincuenta años

con tumores malignos escondidos.

 

“Ya sé que me voy a morir, me mandan a la casa a eso”.

Pasaste meses en la cama de hospital vomitando todo lo que comías,

no supe si sentías dolor,

porque el silencio era una planta que ya envolvía tu anatomía.

En las horas en que mirabas al techo tus lágrimas caían hacia adentro

regando esa maleza que te engullía poco a poco.

 

Nunca fui buena como tú para el silencio,

Ignoraba qué decir porque ya era inútil ayudarte.

Cuando fui a verte, perdón por eso, de mi boca brotaban tonterías

que llenaban el aire para ahuyentar el vacío por tu inminente deceso.

Decías no tener miedo a la verdad pero la estuviste negando por mucho tiempo.

Eras alegre; “ser alegre no significa ser idiota”, decías.

Y en esa convicción tampoco esperabas que Dios te recibiera en su regazo

ni que la oración colectiva ayudara a sanarte.

 

Una tarde el cansancio te arrebató la última sonrisa,

meses de recuperación fracasada acabaron con los ímpetus:

la última vez que te miré fue cuando yacías en paz, por fin, adentro del féretro,

¿quién mandó que te pusieran el traje negro?

El mismo que usaste para mi fiesta de quince años,

¿quién dio las herramientas equivocadas al maquillista para que arruinara tus trazos?

Nadie le dijo que nunca usaste labiales ni máscaras de pestañas,

que tu piel reseca no conoció jamás el rubor ni los polvos para cubrir las arrugas.

Tu cabeza estaba limpia, con apenas un poco de cabello que comenzaba a crecer.

 

Entre sueños veo tu rostro amarillento

y tus ojos posados en la pared, sin encontrarme.

Lamento que tus silencios se quedaran atrapados en la pena;

que hayas rehuido a tocarte porque sabías lo que hallarías.

Más lo lamento porque igual que tú,

también me quedé al ras de la línea de la sospecha;

tenía que haberte visto de fijo en tus cuencas perdidas

y arrancado la enredadera de tu pecho

porque igual que tú

tampoco creo en la voluntad divina,

y aunque no supiera que así era,

sí quería comprarte más tiempo.

 


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