Crónicas de un país sin Tsurus

Toronto, para quienes no conocen y tienen ganas de visitar Canadá, es una ciudad con un modelo de transporte público muy interesante.

El costo del boleto para subir al bus (camión) es de 3 dólares; el del metro es de 3.25.

Sin embargo, al pagar, uno tienes derecho a subir al otro. El pasaje se realiza a través de tarjeta o monedas —también se puede hacer con billetes aunque si es así, el chofer no te devuelve tu cambio— y te dan un ticket como comprobante de que hiciste el pago.

Lo interesante viene justo en este punto ya que las estaciones de metro no tienen torniquetes; tampoco el chofer te obliga a pagar. Incluso en los camiones hay una campaña para evitar que la gente no pague, ya que prácticamente puedes ser un baquetón del transporte público y viajar gratis sin que nadie te diga nada ¿o no?

Resulta que de regreso al lugar de mi hospedaje, dos chicas afroamericas, de diferente edad pero de notorio parentesco, subieron en una de las estaciones de la avenida Spadina, muy cerca del barrio chino. Una de ellas hizo señas de que debían depositar a la alcancía y la otra, la más grande, respondió de la misma manera que no. Varios pasajeros nos percatamos de eso pero no dijimos nada. No nos corresponde.


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El tren, que en esa parte va por fuera y funciona más como un tranvía, siguió su curso y las pasajeras por consiguiente. Ya en la estación Kipling, donde se hace el transbordo hacia la línea subterránea del metro, y qué por cierto es la última parada de ese recorrido, dos policías de no menos de 1.80 de altura estaban en el andén para pedirnos nuestros tickets.

De inmediato todos empezamos a mostrar el comprobante, sin embargo, no éramos nosotros su prioridad sino su justificación, en realidad lo que querían era detener a ambas mujeres por no pagar.

La situación fue rápida: el tren llegó, los pasajeros bajamos, los policías pidieron, ellas no lo mostraron y quedaron detenidas.

Una de ellas preguntaba (fingiendo demencia) el porqué de la reacción, mientras uno de los oficiales le decía que no había pagado apuntando a una de las cámaras que había justo en el pasillo donde se encuentra el dispositivo para meter las monedas.

Quedé sorprendido. Aquí no puedes hacer lo que plazca. Hay reglas y se hacen respetar.

Entendí que definitivamente el transporte de primer mundo no sólo es el más tecnológico, el más rápido, ni el más limpio, sino aquel que también procura que los ciudadanos cumplan al pie de la letra las reglas porque, aunque pareciera que nadie lo nota, hay alguien que los vigila y que hacen que las sigan por mínima que sea.

Así ha sido un día, el primero, en una ciudad donde no hay ningún Tsuru.

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