Escritura fuera del cuarto propio

Escritura fuera del cuarto propio

En 1929 Virginia Wolf publicó Un cuarto propio, texto que por muchos años se convirtió en referente para el feminismo. El eje de este escrito está en resaltar la importancia de las condiciones materiales y económicas que una mujer necesita para poderse dedicar a escribir libremente. Es un hecho que, desde siglos atrás, las mujeres ya escribían, pero el número de mujeres que lo hacían era muy reducido; la crítica de Woolf al respecto apuntaba a que frecuentemente eran distraídas por múltiples asuntos cotidianos a los que tenían que atender por sus roles sociales como mujeres.

Ciertamente, después de varios años de teoría feminista, luchas, discursos, estudios, agendas y reivindicaciones se ha logrado que buena parte de las mujeres tengan independencia financiera; que puedan disponer de su tiempo y su dinero para hacer lo que les parezca mejor; sin embargo existen todavía estructuras que no permiten que estas condiciones materiales se den, mujeres que a pesar de carecer de su cuarto propio siguen escribiendo; y ahí es donde Virginia Woolf nos debe la mirada hacia las mujeres que además sufren de racismo y clasismo, mujeres de la resistencia que escriben sin cuarto propio o que tienen que construirlo de otras maneras.

En el ensayo “Feminismo sin cuarto propio” Dahlia de la Cerda busca precisamente establecer una resistencia sistemática que si bien no ataca la importancia del icónico cuarto, sí defiende las condiciones adversas como igualmente válidas para teorizar y escribir desde una posición poco privilegiada. De la Cerda no demerita la gran meta que suponen la independencia y el espacio para una misma, pero sí afirma que llegar a ese ideal no sólo implica dinero y tiempo, sino también privilegio de clase y raza. Bajo esta línea, entonces, trata de abrir los sesgos que las clases medias y altas han utilizado para ejercer sus teorías.


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Sin duda, la idea de las condiciones materiales era válida y aspiracional, pero seguía viniendo de una burguesa blanca de clase acomodada. La idea del cuarto era importante para que las mujeres asumieran una parte de su resistencia, pero para muchas siguió siendo un imposible. Dahlia de la Cerda escribe para “las de abajo”, elige mirar desde las periferias y la precarización impuesta por condiciones sociales. Para Dahlia es fundamental escribir desde las orillas, desde las trincheras de los que han perdido, desde la visión de los que no suelen ser tomados en cuenta.

Antes de Dahlia de la Cerda, hay otras feministas que se instalan en esta suerte de “resistencia”, o lo que llama Dahlia: “feminismo de los zulos”, como Gloria Anzaldúa, quien apuesta por situar la escritura desde cualquier lado, porque la precarización y las condiciones de vida no les darían la habitación tan soñada. Porque un cuarto propio también es algo inmaterial. Un cuarto propio puede ser un privilegio de clase, o simplemente una jornada laboral de menos de ocho horas.

Existen diferencias a la hora de teorizar, porque existen diferencias a la hora de existir. Hay una agenda feminista que de una u otra forma nos concierne a todas, pero hay enfoques muy diferentes a partir de las condiciones de vida de cada una y en el detalle es donde afloran las discrepancias.

La periodista y escritora británica Caitlin Moran reúne en su libro Cómo ser mujer una serie de crónicas de su vida personal en las cuales ejemplifica las dificultades y vericuetos a los que se enfrentan las mujeres en el siglo XXI. Moran escribe con mucha soltura y sinceridad, es audaz y no tiene miedo de profundizar en temas polémicos como la abierta relación frente a su propio cuerpo; también explora asuntos relacionados con la sociedad, la comida, el trabajo, los hombres, la sexualidad, el aborto y la maternidad, al lado de menciones a artistas, actrices y elementos de la cultura actual.

El capítulo 15, dedicado al aborto, lleva a pensar de nuevo en el privilegio. En la cultura occidental, sobre todo cuando hay religión de por medio, el aborto continúa siendo un tema complicado de abordar, especialmente por el asunto moral y ético que implica; pero dejando esto a un lado, la realidad que nos muestra Caitlin Moran es muy distinta a la que retrata Dahlia de la Cerda en uno de los cuentos de Perras de reserva, que al igual que las crónicas de Caitlin Moran está basado en experiencias reales.


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Si en algo coinciden ambas es en el hecho de que una mujer no debe presentar dilema alguno en la decisión y que ésta no es terrible, pues parte sencillamente de la certeza de no desear tener un hijo. Sin embargo, hay dos diferencias de peso y muy fundamentales que no pueden ser disociadas. En principio está la legalidad. La legislación británica sobre el aborto es una de las más abiertas de Europa, incluso ha convertido a Londres en el lugar de peregrinaje de mujeres europeas que no pueden interrumpir legalmente su embarazo en su país. En Inglaterra el aborto inducido es legal desde 1967, sólo tuvo una enmienda en 1990 que modificaba el número de semanas mínimas para entrar en esta legalidad: 24. En México, en cambio, actualmente de los 32 estados del país, sólo nueve tienen una ley que que permite interrumpir el embarazo libremente antes de las 12 semanas. La Ciudad de México fue la primera en despenalizar el aborto, apenas en 2007.

La otra diferencia tremenda entre ambas experiencias es la forma, y ligada a la forma están las opciones que en ambos casos tienen a la mano. Por un lado, Caitlin Moran contempla dos alternativas, ambas ejecutadas en un hospital, con la diferencia de que en una la mujer está consciente y en la otra no. La tercera opción, en la que la mujer puede abortar en casa después de tomar pastillas, fue la menos atrayente para ella pues, luego de investigar un poco, se topó con un testimonio que resultó determinante en su decisión: “Pasas un miedo horrible, vas sangrando por la casa durante días. Y existe la posibilidad de que no funcione, y acabas tendiendo que pasar por el legrado de todas formas. Vete al hospital y resuélvelo de manera expeditiva.” Caitlin opta por hacer el procedimiento en una clínica.

El testimonio hecho cuento y recogido por Dahlia de la Cerda en el relato “Perejil y Coca-Cola” trata de una mujer que realiza un aborto casero con medicamento, pues en un estado en que el aborto es penalizado no es tan sencillo solicitarlo en una clínica, no es tan sencillo tener opciones: “Investigué cuáles eran mis opciones para abortar. Busqué en internet «aborto» y encontré varias clínicas, todas en la Ciudad de México. No estaban a mi alcance.” En México es posible adquirir Misoprostol sin receta médica, pero no en todas las farmacias, ni tampoco es económico como una aspirina.

El aborto, en cualquier caso, es tremendo, sea en una clínica con personal, tiempo e instrumentos dedicados exclusivamente a eso, o sea mientras se cubre una jornada laboral y se acompaña con Ibuprofeno de 800 mg para el dolor.


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A partir de estas diferencias es posible ver qué tanto puede instalarse el feminismo dentro del privilegio y cuánto se puede hacer a un lado todo lo demás. Por supuesto que se han generado aportes interesantes y sobre todo significativos desde Virginia Woolf, aportes para la liberación y los derechos. Pero es importante también poner atención en la manera de teorizar, para no proponer agendas con sesgo que al final no necesariamente aplican a todas las mujeres, porque no todas tenemos las mismas necesidades y demandas. Por ejemplo, una mujer de clase alta, con estudios universitarios que jamás ha vivido el racismo, estará preocupada por su ingreso a puestos de mando y por conservar el derecho al voto. Mientras que una mujer pobre que ha tenido que trabajar desde muy joven para llevar comida a la mesa, tendrá como preocupación lograr un mejor salario y proteger a sus hijos del racismo de la sociedad.

Las mujeres de la periferia han logrado sobresalir a pesar de todo lo que tienen en contra. Son mujeres que están a la sombra, luchando desde su trinchera, pero al mismo tiempo limpiando las paredes rayadas después de las marchas de otras mujeres que reclaman por la impunidad y la violación de sus derechos. Cuando pensamos en esto, nos damos cuenta de que la aspiración al cuarto propio no representa a todas aquellas que tienen la inquietud de escribir y, aunque hasta la misma Virginia Woolf reconoce que el dinero constante y seguro es mucho más importante que votar, sigue mostrando que sus demandas están dirigidas a cierto grupo social al que ella pertenece.

En el libro Todos deberíamos ser feministas, Chimamanda Gnozi Adichie escribe que: “El género y la clase social son cosas distintas. Los hombres pobres siguen disfrutando de los privilegios de ser hombres, por mucho que no disfruten de los privilegios de ser ricos.” ¿En dónde coloca esa idea a las mujeres pobres?


Referencias:
De la Cerda, Dahlia, “Feminismo sin cuarto propio”, en Tsunami 2, Sexto Piso, México, 2020, pp. 59-98.
De la Cerda, Dahlia, “Perejil y Coca-Cola” en Perras de reserva, Sexto Piso, México, 2022, pp. 7-14.
Gnozie Adichie, Chimamanda, Todos deberíamos ser feministas, Random House, México, 2015, 64 pp.
Moran, Caitlin, Cómo ser mujer, Anagrama, 2011, 383pp.
Woolf, Virginia, Una habitación propia, Seix Barral, 1983, 158pp.

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    By: Adriana Dorantes

    Es maestra en Literatura Hispanoamericana. Primer lugar del Certamen Relámpago Internacional de Poesía Bernardo Ruiz, 2009. Ha colaborado en algunas revistas impresas y digitales y suplementos culturales con poesía y artículos sobre literatura, como: Destiempos, Dos Disparos, Valenciana, Mexicanísimo, Casa del Tiempo, Moria, Revarena, entre otras. Autora de los libros de poemas Quién Vive (UAM, México, 2012) y Entre mares alados (Ediciones y punto, México 2014) y del libro de cuentos Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Sediento, México, 2014). Segundo lugar del Torneo de Poesía Adversario en el Cuadrilátero 2015.

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