La cicatriz

La cicatriz
Foto: JacksonDavid/Pixabay.

—Sé que es por eso. Lo juro. Desde ese día, mi suerte en el amor se acabó —dijo señalando la cicatriz de su mano izquierda.

Lo decía con tal convencimiento que comencé a creerle. Aunque era cierto que ese día habíamos bebido en exceso y el alcohol a veces hace que uno exagere las cosas.

Pero lo veía tan convencido, que hasta yo empecé a buscar si no tenía una marca que fuera la responsable de mi presente.

Absorto en mis pensamientos, le di un trago más a esa cerveza, mientras él hacía lo mismo a su whisky. Ya éramos los últimos dos que estaban despiertos. Los demás dormían en el sillón o en sus sillas, solo él y yo seguíamos perdidos entre los recuerdos de la secundaria.

—Entonces, ¿cómo pasó? —le pregunté.

—Mira, me acuerdo que antes de este rasguño, siempre me decían que sí—, dijo, ufano. A quien miraba, se convertía en mi novia. Pero desde esa vez -señalando la cicatriz-, todo cambio.

—Bueno, —lo interrumpí—, y cómo fue que te lo hiciste.

Sus ojos se perdieron en el horizonte, como si en la pared azul que teníamos enfrente buscara extraer los recuerdos.

Me miró y empezó a relatar.

—Estábamos por salir de la escuela y ella me había pedido que la esperara para platicar. Andábamos mal, lo recuerdo.

Entonces, la esperé en la salida, ahí, frente a la tienda, ¿la recuerdas?,

—Bueno, nos vimos un día a la salida de la escuela. La vi y me dieron ganas de besarla, pero solo recibí un empujón y sus palabras duras se estrellaron en mi cara.

—Empezamos a discutir y en eso, sentí cómo clavó su uña en mi mano. Me ardió, pero me dolía más que me culpara de algo que, según recuerdo, no había hecho.

—Pero el ardor fue cosa de nada cuando me vio a los ojos y me dijo que hasta ahí quedábamos, —juraría que una lágrima le cruzo por la mejilla.

—Mi orgullo me impidió rogarle. Me di la vuelta y al llegar a mi casa vi que su rasguño se volvería una cicatriz que hasta hoy cargo, —dijo entre lamento.

Puso su mano frente a mi cara para que viera esa pequeña línea que jugaba con colores vinos y cafés.

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—Y, desde entonces, nada de nada —continuó—. No volví a tener una relación estable. Nadie me ha querido. Es como una maldición.

—¿Tanto así? —Le pregunté.

—Sí, créeme. Esas cosas pasan. A un tío le pasó igual, murió solo.

—¿Y no la has buscado, como para deshacerte de eso?, —le cuestioné.

—Uy, que si no la he buscado. Pero no he tenido suerte. Siempre que estoy a un paso de hallarla, se va. Es como un fantasma. No, no un fantasma, como una maldición. Esta cicatriz es una maldición.

Abrió una cerveza más. Le dio un trago profundo y empezó a llorar.

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