La peor elección

a peor elección no han sido Barbosa ni Jaime Bonilla, ellos caerán mucho antes de lo esperado, en buena medida por los problemas de Puebla y Baja California.

El 4 de marzo de 1929 se convirtió en un antes y después para México. Se configuró una estructura política tan robusta que quienes no se unieron a ella desaparecieron o claudicaron en sus intentos por conquistar el poder. Ese cuerpo se llamó Partido Nacional Revolucionario (PNR), transformado poco después en el Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y finalmente alcanzó su clímax al convertirse en el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Al igual que ese partido —que ahora ya no es capaz de figurar en ninguna elección— el Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) sigue la misma línea, la de conglomerar diferentes ideologías y grupos de poder a partir de una sola imagen: la de Andrés Manuel López Obrador.

Él, tal y como lo hizo el ex presidente Plutarco Elías Calles en 1929, ha juntado diversos sectores para convertir su partido en una institución con distintas corrientes de pensamiento que, sin importar las grandes diferencias entre ellas, le aseguren la llegada y permanencia de su régimen. Así se fundó el PRI, de acuerdo con la investigación de Rogelio Hernández Rodriguez titulada “Historia mínima del Partido Revolucionario” publicada por el Colegio de México; historia que parece repetirse.

El Movimiento de Regeneración Nacional (curioso que su segunda y tercera inicial sean las mismas que las del PNR) ha unido fuerzas antagónicas —sin importar el costo ni todo lo que eso implica— para conquistar lo que tiene. No es poca cosa, pues que un partido tan joven obtenga siete gubernaturas en dos años habla de que la eficacia de sus operadores (muchos de ellos ex priistas) y de la inapelable fuerza que ha adquirido el partido.

También demuestra que este Morena vino para quedarse. Que no piensa dejar la silla grande y, por lo contrario, quiere más de lo que ya posee, cueste lo que cueste. Lo demuestra a partir de su relación con otras instituciones como el Partido del Trabajo (PT), Encuentro Social (PES) y ahora el Partido Verde —amigo incondicional del PRI hasta hace unos meses— y también con organismos magisteriales como la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) o personajes como Napoleón Gómez Urrutia e incluso la propia Elba Esther Gordillo.

Por eso su estructura se da el lujo de candidatear a seres cuestionables e impresentables como Miguel Barbosa, hombre tan pragmático como ambicioso y cuya sed de poder parece estar saciada, por el momento, con la gubernatura de Puebla. El hombre se siente fuerte y cómodo en una institución que mantiene la cara del presidente como estandarte pero que enarbola y practica muy pocos de los valores utilizados en el discurso de López Obrador.

Para ellos, los de Morena, la compra de votos, la descalificación, el acarreo y la selección de candidatos por dedazo, son prácticas recurrentes en su quehacer político. Probablemente es por el ADN priista que también tiene.

Por esas y otras razones es que la peor elección no han sido Barbosa ni Jaime Bonilla, ellos caerán mucho antes de lo esperado, en buena medida por los problemas de Puebla y Baja California y la poca legitimidad que significaron sus triunfos debido al alto abstencionismo. La peor elección es la que hace ese partido desde su interior, la de querer seguir un estilo político obsoleto, desgastado y corrupto de un partido que ahora no es siquiera ser capaz de mostrarse como un maltrecho contendiente en elecciones municipales. De seguir por esa vía, todo lo que se creía acabado con la derrota del PRI, habrá mutado y resurgido en prácticas más deshonestas y mucho más autoritarias. Deseo equivocarme.

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