La “salvación” del olvido

La vida tiene sus dolores y no hay forma de escaparlos. El olvido de este dolor no es una salida. Foto: Pixabay.

“Quizá sobreestimamos la memoria. Quizá es mejor olvidar. Denme el Proust del olvido y lo leeré mañana”, escribió Francisco Goldman al rememorar a Aura Estrada y el dolor que le causaba su muerte. Creo que todos hemos coqueteado con la idea de que el olvido nos salvará del dolor, pero el dolor ¿no es acaso parte de la vida?

Hace unos días volví a la película Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, de Michel Gondry. Volví y reconfirmé que el final no es un final feliz. Quizá en 2004, cuando salió por primera vez, en mi ingenuidad sí me pareció la alternativa perfecta, romanticé las segundas oportunidades y me pareció hermosa la posibilidad de deshacerse de aquello que lastima. En aquel año tenía varias cosas que quería borrar y obviamente una perspectiva bastante cerrada al respecto. Hoy afirmo sin miedo que el olvido es más doloroso que todo recuerdo.

La premisa de la película es muy coherente y universal, ¿a quién no le ha sucedido que después de una experiencia devastadora, lo único que quisiera es no haber tenido que pasar por ahí? Y, además, ¿cuánto tiempo nos atormenta terriblemente un recuerdo que se clava en la memoria y por más que queramos no lo podemos sacar? ¿No incluso pensamos que seríamos felices, muy felices de no tener ningún registro al respecto? En la película se obtiene esa posibilidad mediante un método que más o menos resulta convincente y, entrados en el pacto de ficción con Gondry, lo compramos sin problemas a pesar de las nebulosas bases científicas que nos presenta.

Joel y Clementine mantienen una relación que se podría tildar actualmente como “tóxica”. Se aman, sí, pero es tan intenso el asunto y ambos son tan apasionados en sus propias formas que terminan haciéndose daño (esto es tan asquerosamente real y en otro momento habría que hablar de si eso es o no amor). De modo que se separan de manera dolorosa y su forma de aliviar ese dolor es el olvido de la existencia del otro. Clementine acude a una suerte de clínica en la que se encargan de borrar todo recuerdo relacionado con Joel. Joel eventualmente termina en la misma clínica rogando por el mismo “tratamiento”. Pero Joel tiene una serie de revelaciones en el proceso y ante ciertos episodios (que pasan frente a sus ojos mientras sucede el proceso de eliminación) siente arrepentimiento.

El hecho es que, aunque su relación estaba llena de cosas horrorosas, también tuvo sus luces y sus alegrías. Es clásica la escena de ambos acostados sobre el río congelado en una burbuja de perfección del instante. “Podría morir ahora mismo, estoy exactamente donde quiero estar”, dice Joel. Ahí está la evidencia más grande de la luz y belleza de sus encuentros, de la felicidad, y de esa sensación de perfección que lo hizo sentir que ya ha terminado de vivir y puede morir en completa paz.

Tiempo después de la ruptura, mientras el cerebro de Joel está siendo analizado y los técnicos focalizan los recuerdos que debe borrar, él, desesperado, busca comunicarse con ellos: “Déjame conservar este recuerdo”, les implora, pero el sedante no le permite moverse ni hablarles. Joel quiere resistirse al proceso y tiene un leve grado de éxito porque algunos recuerdos de Clementine permanecen. Y es por esos recuerdos que eventualmente da con ella y le hace ver y recordar lo que fueron.

Después de muchas vueltas y escenarios de locura ingeniados por Gondry, que remiten bastante bien a lo que suelen ser los sueños, Joel y Clementine se encuentran de nuevo en la realidad, aún a pesar de que ambos han sido “borrados” de la mente del otro. En su momento me pareció hermoso que pudieran hacer las cosas bien, pero luego pensé ¿cómo lo van a hacer bien si no tienen registro de lo que hicieron mal? Jamás van a aprender de sus errores y si uno no puede aprender de ellos es casi un hecho que la inercia de la propia personalidad bajo las mismas circunstancias va a desembocar en los mismos resultados.

El momento en que coinciden y deciden recomenzar es una epifanía, y, aunque se dan cuenta —mediante las grabaciones de sí mismos que rescataron (o robaron) de la clínica— de lo que les ha sucedido deciden retomar y tratar de no romperlo todo otra vez. Su decisión es tal porque no tienen real registro en la memoria al respecto, ¿acaso unas grabaciones serán suficientes para ayudarles? Les ha faltado la experiencia, el recuerdo, la verdadera catarsis. Podríamos pensar, y quizá yo lo hice en su momento, que el amor lo puede todo y que, como ambos se amaban intensamente era imposible que no volvieran a estar juntos; incluso podríamos refugiarnos en el pensamiento de que estaban hechos el uno para el otro o algo así. Sin embargo, existe algo terriblemente triste en su situación: lo que se esconde bajo ese final “esperanzador” es la lección de que el olvido nunca es una opción para ser más felices, en este caso les funciona como un placebo, pero no es difícil vislumbrar que al final terminarán odiándose y sufriendo, exactamente como la primera vez antes de olvidarse.

Gondry, además de la historia principal, enfoca el tema del recuerdo dañino a otros de sus personajes. El doctor líder del maravilloso olvido se ha valido de su invento para fines propios y repulsivos. Ha borrado la memoria de su asistente tantas veces por su propia cobardía y para “no lastimarla”. Así, es incapaz de asumir el sinnúmero de aventuras sexuales que ha mantenido con ella y que no conviene que ella tenga presente. Esto es terrible. El olvido no debería ser jamás una solución.

La vida tiene sus dolores y no hay forma de escaparlos. El olvido de este dolor no es una salida, al contrario, es una condena que nos llevará a andar los mismos pasos. Sólo el recuerdo y por supuesto el aprendizaje podrá salvarnos. Gracias a esa lucidez, de repetirnos hasta el hartazgo todas esas cosas que incrementan el dolor, acaso podremos aprender para no repetir. El recuerdo forja lo que somos y en este hipotético planteamiento, al ser como nuestros ingenuos personajes, estaríamos optando por un olvido que irremediablemente nos llevaría a cometer los mismos errores de nueva cuenta.

¿Qué deberíamos elegir, si pudiéramos? Yo, aunque me lastimen, prefiero una buena carpeta de recuerdos antes que el olvido que, de paso, me estará perdiendo también a mí misma y a la que seré a partir de la experiencia.

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    By: Adriana Dorantes

    Es maestra en Literatura Hispanoamericana. Primer lugar del Certamen Relámpago Internacional de Poesía Bernardo Ruiz, 2009. Ha colaborado en algunas revistas impresas y digitales y suplementos culturales con poesía y artículos sobre literatura, como: Destiempos, Dos Disparos, Valenciana, Mexicanísimo, Casa del Tiempo, Moria, Revarena, entre otras. Autora de los libros de poemas Quién Vive (UAM, México, 2012) y Entre mares alados (Ediciones y punto, México 2014) y del libro de cuentos Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Sediento, México, 2014). Segundo lugar del Torneo de Poesía Adversario en el Cuadrilátero 2015.

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