Nanette: la necesidad de que las mujeres cuenten sus historias

Nanette, Hannah Gadsby,
Hannah Gadsby me partió el alma con su stand-up, Nanette.
Hannah Gadsby me partió el alma con su stand-up, Nanette.

“There is nothing stronger than a broken woman
who has rebuilt herself”

Hannah Gadsby me partió el alma con su stand-up, Nanette, y me costó al menos dos días recuperarme. Apenas hace un par de semanas vi su especial de comedia para Netflix sobre el que tanto había leído y que una amiga me dijo “le cambió la vida”. Y no fue una exageración decirlo, yo sentí lo mismo. Las palabras que escuché durante poco más de una hora que dura el especial resonaban en mi cabeza por lo duras y necesarias que fueron.

Yo no conocía a Hannah Gadsby antes de ver su show. Buscando información para escribir esta pieza supe que lleva más de una década dedicándose a la comedia, aunque al principio de su carrera su fama se concentró en Australia, de donde es originaria; es abiertamente lesbiana, lo cual es un punto focal de este show.

Entrando de lleno a su especial de Netflix, que ha presentado en vivo en muchas ocasiones, les diré, desde ya, que es visceral, pero más que nada, es NECESARIO. En estos tiempos de #MeToo, en el que muchos hombres famosos y/o en posiciones de poder se encuentran bajo escrutinio por sus conductas abusivas hacia mujeres, voces como la de Gadsby tienen que escucharse con atención.

¿Por qué la historia sigue siendo contada casi exclusivamente por los hombres? Hannah se lo pregunta y aborda las razones culturales de manera magistral a partir de lo que aprendió al graduarse en Historia del Arte y, más importante, de su historia de vida, a la que probablemente muchas personas no lograrían sobrevivir.

Hannah está enojada, está cansada de justificar a los hombres y sus abusos y nos obliga a cuestionarnos por qué carajos tendríamos que seguir buscando justificaciones. Ese “argumento” de “separar al artista de su obra” debe terminar porque ya entregamos demasiados pases libres y Hannah no está dispuesta a conceder ninguno más, porque esos hombres no son la excepción, son la regla.

“Construí mi carrera a partir del humor autocrítico y, simplemente, ya no puedo hacerlo, porque la autocrítica, cuando viene de alguien que ya está marginado, no es humildad. Es humillación”, dice Hannah y es brutal.

Ella ha vivido con esa humillación, sufrió abusos, aislamiento y ha cargado con su historia por mucho tiempo. “Ayúdenme a cargar mi historia”, nos pide Gadsby en el show, pero no como una víctima. Se niega a serlo y eso, para mí, la hace indestructible. Pero necesita ayuda para sentirse acompañada, para que estas historias sean escuchadas y entendidas no como excepciones, sino como la retorcida realidad en la que vivimos.

“Necesito contar mi historia como se debe, porque pagué mucho por una lección que nadie parece querer aprender”.

Puede resultar muy duro y hasta incómodo ver el stand-up, porque, paradójicamente, la mayor parte del show no es posible reír. Especialmente siendo hombre. Pero eso es bueno, es –nuevamente- necesario. Todo lo dicho por Gadsby lleva a la reflexión. Que los hombres cuestionen su privilegio, que las mujeres escuchemos y nos sintamos acompañadas.

Hablemos de la misoginia, del abuso, de la homofobia, de las enfermedades mentales sin romantizarlas. Hablemos de esas conductas destructivas que nos dividen, cuando deberíamos unirnos, escucharnos y tratar de entendernos. Hablemos.

Y que quede claro algo: no se trata de odiar a los hombres, se trata de cambiar el status quo, de acabar con la masculinidad tóxica. Tenemos que ser mejores.

Curiosamente titulé este texto como la necesidad de que las mujeres cuenten sus historias. Pero las historias las hemos contado por mucho tiempo y las seguimos contando. Es tiempo de ser escuchadas.

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