Chicharito

Chicharito
Chicharito

Cuando lo conocimos fue imposible no encariñarnos con él. Nos había conquistado su fragilidad, la ternura en su mirada y su torpeza para caminar. Tenía dos meses de nacido y un pelaje café dominante. En principio, mis papás se mostraban renuentes a tenerlo, pero la insistencia de mi hermano los convenció.

El perrito ya era de la familia. El primer problema vino a la hora de ponerle nombre. La pasión por el futbol y las fechas en que llegó nos convenció de que debía llevar un nombre acorde a la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010. Así que escogimos el nombre que creímos el indicado: Zakumi.

¿Zakumi? Sí. Ese era el nombre de la mascota oficial de dicho mundial y pensamos que era lo más correcto. Así vivió los primeros días con nosotros, su primera cartilla del veterinario es prueba de ello.

Sin embargo, el tiempo y la curiosidad del nombre, y la insistencia de mi mamá de que ese nombre estaba muy feo, nos llevó a cambiárselo. Se llamaría Chicharito. Sí, como el delantero de la selección nacional.

Nadie objetó el nombre, ya sea porque estábamos de acuerdo en que era más sencillo o porque simplemente habíamos abandonado las ganas de buscar otra forma de nombrarlo.

Así Chicharito se fue apropiando de cada uno de los espacios de la casa, no sin antes sufrir algunos accidentes. Cierto día lo vimos a media escalera, asustado; no sabía cómo había llegado ahí ni tampoco tenía noción de cómo bajarse. Después de varios intentos logramos bajarlo y acomodarlo en la cajita que le habíamos adoptado como cama.

Con los años fue perdiendo el color café del pelo y se tornó en una combinación entre el gris y el negro. Su cara se fue haciendo más tierna y sus ojos nos recordaban a los de su mamá, una perrita que llegó al claustro y se ganó el cariño de todos los que ahí vivíamos.

Los años pasaron y Chicharito ya no sufría para bajar o subir las escaleras. Ahora temía a las aspas de un lámpara que ocasionalmente encendíamos cuando hacía demasiado calor. Por su bienestar dejamos de hacerlo. Era difícil decirle que no más cuando nos había acompañado, a cada uno de los miembros de mi familia, en momentos tristes.

Cuando te veía llorar, se abalanzaba hacia ti y tiraba lenguetazos. Minutos después se recostaba junto a ti, para que su calor corporal reconfortara. Creo que funcionaba, o al menos hacía que esos momentos difíciles se hicieran un poco más amenos.

Cierto día, mi papá nos contó, entre preocupación y risas, que lo había perdido por varios minutos y temió que nos enojáramos con él. Por fortuna, Chicharito se asustó tanto al ver a tanta gente en la calle que se fue a refugiar debajo de un carro y no fue tan difícil, para mi papá, rescatarlo.

A la fecha, su nombre ha sufrido varias modificaciones y nos divierte saber que pese a ellas, él nos entiende y corre, de ladito, a nuestro encuentro. Mi mamá luego lo llama “Perry”, sí como el ornitorrinco; mis hermanos y yo solemos llamarlo “Chicharrón”, “Chacharrón” o “Chascarrito”. Sólo mi papá no ha renunciado a nombrarlo como el otrora goleador de las Chivas.

Hace 122 días que no lo veo. Y como a muchos miembros de familia, lo extraño. Quizá por eso lo sueño reclamarme la larga ausencia, mientras posa sus patitas sobre mis rodillas.

Y es que tiene la capacidad de recordarme que la ternura en una mirada sí puede ser infinita.

Chicharito y su descanso.

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