Sobre el colapso de las ciudades y la alternativa de la vida rural

El principio básico de futuro sustentable sólo es tangible en la realidad rural. Foto: Sader.
Por Andrés Martínez Guzmán

Enrique Dussel ha publicado un texto, donde asegura que la crisis actual del Covid-19, es un hecho nunca antes visto en la historia de la humanidad. “No hay ningún lugar del mundo, ni siquiera la más recóndita de las aldeas, a la que no haya llegado la pandemia”, dice el gran filósofo argentino.

Sin embargo, dicha afirmación peca de superficial. Si bien puede ser cierto que el virus se encuentra esparcido en todo el mundo (incluida la aldea más lejana), la pandemia, o mejor dicho, las medidas y sus repercusiones, no lo han hecho. La pandemia en la ciudad y la pandemia en el campo, como siempre, pertenecen a dos realidades ajenas. Y por tanto, sus consecuencias son distintas entre sí.

La cuarentena urbana es por principio aisladora, pero a la vez asfixiante. Ruidosa por la contaminación auditiva, pero silenciosa por sus habitantes, que de a poco han estado perdiendo la capacidad de establecer una comunicación real con sus pares. Es, en resumen, tal como siempre ha sido la vida citadina en estos espacios: una serie de contradicciones que sofocan al individuo.

Lo obvio, partiendo del hecho de que ciudad y campo son realidades distintas, es que la cuarentena rural sea más llevadera. Hay un principio de comunidad presente en cada uno de los pueblos, más fuerte que cualquiera por haber en la ciudad más cosmopolita existente. Y esto, no sólo a un nivel de interacción entre seres humanos. Hay en la vida rural una dinámica distinta en las relaciones que tienen los hombres con su entorno.

Este simple hecho, modifica radicalmente los escenarios a futuro. Ya que de alargarse la pandemia o sus consecuencias, tanto económicas como sociales, se irá viendo de a poco un colapso en las grandes urbes, mientras los pobladores del campo apenas si resentirán una fracción de dicho colapso. Se que es difícil imaginar esto, debido a la ilusión colectiva, tantos años alimentada, de que la ciudad es proveedora de todo. En realidad es todo lo contrario: La ciudad es devoradora de todo. Ninguna persona de la urbe produce la totalidad de sus alimentos, puede que produzca (ya sea como burgués o como proletario) el capital suficiente para adquirir dichos productos, ¿pero qué sucederá cuándo los proveedores comiencen a escasear?

La respuesta es simple, sucederá lo mismo que hace más de cinco siglos, cuando las tropas de Cortés sitiaron Tenochtitlán. Dentro de la ciudad el oro aún era abundante, por el contrario ni los alimentos ni el agua lo eran. Ni todo el tesoro de Moctezuma salvó al gran imperio de la pandemia y la escasez de recursos vitalicios.

La misma situación parece estar próxima a llegar a las grandes ciudades de nuestra época. Con esto no quiero decir que un sistema se derrumbará o que habrá grandes sublevaciones. No, simple y llanamente quiero señalar que la cada vez más cercana crisis económica y social no será tan fuerte en el campo, o al menos no se llegara a extremos que no se hayan visto antes.

Si bien en las ciudades pueden estar concentrados los ingresos de cientos de pueblos, también necesita forzosamente de otro par de cientos de pueblos para sostenerse. Y en el escenario planteado, de escasez de proveedores y por ende de alimentos y otros productos, es inevitable un colapso que haga ver, cada vez con más fuerza, la vida rural como una alternativa. Ya que, a menos que la crisis se origine por un suceso climático/ecológico, la gente rural tiene más probabilidades de seguir abasteciendo sus necesidades básicas con relativa facilidad.

Desde luego que las clases altas apenas si sentirán un desequilibrio en su calidad de vida, pero las clases bajas, y en cierta medida la clase media, verán sumamente trastocadas sus realidades. De suceder el peor de los escenarios posibles, se podría rozar la barbarie. Una lucha por la supervivencia que siempre ha estado latente en dichos espacios, pero que la pandemia no ha hecho más que acentuar.

Del otro lado del espejo, ante la ausencia de grandes sumas de dinero uno siempre puede recurrir al machete, a las hierbas y a los animales de corral o del monte. No hay necesidad alguna de quemar los pocos ahorros en productos vendidos a sobreprecio. Los pequeños poblados seguirán de pie aun cuando la última de las metrópolis caiga. Y no debido a una cuestión de densidad poblacional, sino más bien a una forma distinta de relacionarse con el ambiente: consumir en la misma medida que se genera. El principio básico de futuro sustentable sólo es tangible en la realidad rural.

De sobrellevar lo menos peor posible la pandemia, no debemos volver a la normalidad urbana. Hay que comenzar un ejercicio crítico de las formas en que nos estructuramos como sociedad. Cuestionar qué tan sostenible es nuestra relación con el ambiente y llevar acabo ejercicios prácticos, antes de que el colapso sea inevitable y nos hallemos, atrapados, en medio de la zona de desastre.

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