El crimen y el ennui sin límites

Ennui
El ennui no se ha quedado en el siglo XIX, ese aburrimiento que ya ha trascendido me hace pensar en los alcances de una sociedad que parece estar inmersa en un aburrimiento eterno. Foto: Pixabay.

Uno de los precedentes ideológicos del movimiento decadentista es Charles Baudelaire quien logra explicar en un término el hastío específico que invade el pensamiento de los artistas finiseculares: el ennui. Se puede entender como un hartazgo de un mundo que no es para nada satisfactorio; es una suerte de malestar, una impresión de vacío, que se convierte en el decaimiento general del desocupado y ocioso desencantado que intenta en vano matar el tiempo.

A muy grandes rasgos, la estética decadentista sostiene que el presente es horrible, que el futuro no traerá nada mejor y que es sólo el pasado lo que puede tener alguna validez. Los artistas decadentes están convencidos de la condena del mundo moderno, parece que ya se ha experimentado todo y necesitan buscar alguna manera de combatir el ennui. Una forma de hacerlo es a través de la experiencia de cosas nuevas y siempre en el extremo (experimentos de todo tipo, sexuales, de carácter violento, con drogas, etc.), en principio sólo con miras artísticas.

El ennui no se ha quedado en el siglo XIX, ese aburrimiento que ya ha trascendido me hace pensar en los alcances de una sociedad que parece estar inmersa en un aburrimiento eterno. ¿Qué sucede cuando la experimentación es tan extrema, sin mayor justificación que el placer de una nueva sensación, que no se reconocen límites y se llega a acciones como el crimen? ¿Es verdaderamente posible justificar tales acciones? Y además: ¿qué sucede cuando el ennui traspasa los límites artísticos y es llevado a su ejecución en la realidad?

Hay una obra que no es de las más conocidas, pero que resultó fundamental para el movimiento y que explica muy bien este espíritu de aburrimiento. Joris Karl Huysmans publica en 1884 la novela À rebours (algo así como A contrapelo o Contranatura en español). Su personaje principal, Des Esseintes, es un excéntrico adinerado y totalmente ocioso que vive buscando formas “extremas” de salir del aburrimiento (una de ellas consiste en incrustar pedazos de piedras preciosas a una tortuga enorme, sólo para su diversión). Dentro de su ennui Des Esseintes experimenta con un muchacho y trata de convertirlo en asesino, de nuevo, sólo para entretenerse.

En América Latina el decadentismo llega a aquellos jóvenes modernistas que pretendían recrear Europa, vivir en la bohemia, experimentar y buscar sus propios medios de combatir el ennui. Uno de esos jóvenes entusiastas es Bernardo Couto Castillo, aristócrata adinerado y autor de un volumen de cuentos totalmente grotescos y decadentes: Asfódelos, publicado en 1897. En este libro hay un relato que me parece particularmente perturbador: “Blanco y rojo” tiene como protagonista a un esteta semejante a Des Esseintes.

Es entusiasta, pero muy pronto le llega el aburrimiento y se da cuenta de que nada lo puede satisfacer del todo y por ello va detrás de las cosas más excéntricas y las emociones más únicas; también es seducido por la idea del crimen como una forma de apaciguar su ennui, pero en su caso no se queda en un experimento, sino que se ejecuta y se justifica con pretensiones artísticas. El protagonista asesina a una muchacha en su hogar, y se entusiasma con la sola visión de ella, de piel blanquísima, sobre un diván con la sangre como listones rojos sobre sus muñecas. El protagonista ansía capturar la belleza que existe en el contraste de la piel con el vestido blanco de su amada junto con el brillante rojo que poco a poco tiñe la estancia en el instante en que los ojos de la mujer lo miran. Es claro que el asesino siempre se muestra consciente de su actuar y sabe que fue resultado de una experiencia artística producto de un insoportable aburrimiento. El acto le causa un placer tan pleno que nos invita a pensar que es justificable, es decir, quiere demostrarnos que el crimen cometido ha sido por una experiencia estética.

Al inicio de este texto me preguntaba sobre las consecuencias del pensamiento decadentista aplicadas en la realidad, no al arte. ¿Qué pasa si las justificaciones dejan el terreno de la ficción o la literatura? En 2007 fue noticia internacional la exposición hecha por el costarricense Guillermo Vargas, alias, Habacuc, quien en una galería en Managua colocó a un perro atado en una esquina y lo dejó expuesto sin alimento mientras la gente lo veía, como parte de su proyecto artístico. La instalación también consistía en un audio con el himno sandinista al revés y un incensario que quemaba crack y mariguana. El perro, horas más tarde, murió de inanición. Muchos se preguntaron si eso se podía justificar como arte, le gente pedía la libertad del perro y el artista se rehusó. Yo me pregunto cuál es la distancia ideológica entre el protagonista de Couto Castillo que prepara una instalación para desangrar a una muchacha, y Habacuc que amarra a un perro para apreciar cómo poco a poco muere de hambre. Pienso que las aburriciones del decadentismo de finales del siglo XIX nos han perseguido y se han transformado en cosas aún más horribles. ¿El asesinato puede ser justificado por preceptos estéticos?

Cierto que la literatura de Couto era conscientemente referida a la literatura misma y que él escribía ficciones como parte de la evasión que caracterizaba a los modernistas y decadentistas. Pero esto a ellos ya no les corresponde explicarlo. Lo que salta a la vista ante la comparación es que los efectos del decadentismo y de quizá una forma nueva de ennui llevados a la realidad tienen resultados monstruosos.

Regreso un poco a Huysmans; después de À rebours publicó Là-bas (1891) una novela en la que habla de la investigación sobre la historia del criminal Gilles de Rais, o Barba Azul, un conde que vivió en el siglo XV y cuyos asesinatos se caracterizaban por la crueldad y a veces por la necrofilia. Huysmans cuenta que este peculiar personaje asesinó a su hermana pues tenía las piernas demasiado gordas y esto le bastó para matarla. El pensamiento criminal de este sujeto no sabía de asideros espirituales y parece que por ello creó sus propios códigos de acción. A partir de aquí podemos entrar tranquilamente en otros terrenos sociales, morales, de comportamiento. Por ejemplo, decir que las malas interpretaciones del übermensch de Friedrich Nietzsche llevaron a la creación de políticas fascistas y crímenes espantosos. Adolf Hitler decidió que podía justificar el asesinato de millones para alcanzar su ideal de “raza pura” y tuvo la aprobación suficiente para que lo lograra “justificadamente”.

El decadentismo ha escapado de la literatura y hasta la ha superado. Es muy probable que ni Hitler ni Habacuc hayan leído ninguna de las obras aquí comentadas, pero es interesante y hasta aterrador que las ideas que éstas proponen trascienden el texto literario y eso ha desembocado en prácticas bestiales que de alguna forma han encontrado la forma de justificarse. Y sobre esto, de nuevo, hay mucha tela de dónde cortar.

Cuántas veces nos hemos enterado de crímenes bestiales que se justifican con ideas que parecen “buenas”, y no cuesta trabajo enumerar en esta lista atrocidades cometidas a seres humanos, comunidades y países enteros. Los problemas que nos plantea la literatura a través de estos ejemplos ya han salido de la literatura, y ya no tienen nada que ver con el arte.

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