El principito y la No-Cosa

El principito
El principito del mundo moderno sería un hombre de negocios que pagaría para que protejan a su rosa con tal de tener acceso a dicha experiencia. Foto: Pixabay.

Cuando uno oye acerca de El Principito, lo primero que se le viene a la mente es que se trata de una historia infantil; puede que así sea, pues sus protagonistas son niños; no obstante, el propio autor menciona lo siguiente: “pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una persona mayor […] A León Werth cuando era niño”.

León Werth, menciona De Saint-Exupéry, tiene mucha necesidad de consuelo. Durante, y al terminar la obra, me preguntaba por qué necesitaba consuelo y, habiendo leyendo a Byung Chul-Han recientemente, me formulé alguna respuesta. De hecho, esta obra me llevó a leer El Principito y no al contrario, hablo de No-Cosas: Quiebras del mundo de hoy.

Byung Chul-Han anota que las No-Cosas se encuentran en todo nuestro alrededor; a esas No-Cosas también se les denomina informaciones y están desplazando a las cosas de verdad.

En este punto, recordemos que el principito visitó varios planetas:

  1. El planeta de un rey que pensaba que todos eran sus súbditos
  2. El planeta de un vanidoso para el cual todos los demás hombres son admiradores
  3. El planeta de un bebedor avergonzado por beber
  4. El planeta de un hombre de negocios tan ocupado que no levantaba la cabeza y que pensaba que todas las estrellas eran suyas
  5. El planeta de un hombre cuyo trabajo era apagar y prender un farol, y cuyas puestas de sol sucedían sin cesar
  6. El planeta de un geógrafo que escribía libros enormes

El autor sentencia que hoy nuestra obsesión no son las cosas, sino la información y los datos. Siendo así, somos como el hombre de negocios, ya no nos interesan las cosas, sino los datos, y aunque creemos poseerlos no los poseemos. Nos encontramos contando estrellas que no vemos, números que no vemos. Los niveles de riqueza en manos de unos cuantos se ha vuelto así de ridícula, cuentan números que nunca llegan a ver materializados.

Somos individuos ansiosos de información, y debido a ello, a que una información ahuyenta a otra, las prácticas que requieren tiempo y observación atenta y detenida se encuentran delirando. El hombre de negocios estaba tan ocupado contando números y haciendo “cosas serias”, que no veía siquiera las estrellas que decía le pertenecían, no veía las puestas de sol que encantaban al principito, no procuraba sus volcanes, ¿los había?, ni siquiera se paraba a explorar su diminuto planeta.

Somos también como el hombre que apagaba y prendía el farol cada segundo, pero nuestro farol es obtener nueva información, nuevos datos, darle refresh a la página de Facebook por si acaso algún amigo ha publicado algo o algún personaje que nos interesa y, entre tanto apagar y prender el farol, las puestas de sol se desvanecen frente a nosotros, las rosas mueren sin que las protejamos. ¿Alguna vez contamos las espinas en una rosa? El principito sabía que la suya tenía cuatro.

Y de repente esa obsesión permea en la vida misma, no miramos con atención las necesidades ajenas, nos envolvemos en apatía, alegando que es un espacio privado del que todos tenemos derecho. Hoy corremos detrás de la información sin alcanzar un saber y ¿por qué?, pues porque cuando creemos haberla alcanzado apagamos el farol y lo volvemos a prender. Tomamos nota de todo sin obtener un conocimiento, una experiencia.


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¿Qué es la experiencia?, es un Erfahrung (traducido al alemán) cuya raíz, Fahren, significa conducir, viajar, es decir, que para experimentar hay que pasar a través de algo, ir y venir, entrar y salir siendo otro.

Los viajes de hoy son más al estilo del geógrafo, se viaja para tomar nota de todo, no en forma de prosa o poesía, sino a través de la cámara del smartphone. Nos encontramos en un limbo entre el geógrafo y el explorador, pues se viaja físicamente pero no espiritualmente. Lo digo porque las puestas de sol hoy se contemplan más (a través del lente) por el número de likes que pueden generar que por el placer que son capaces de producir a uno mismo.

Ese concepto de experiencia se ha descompuesto. Hoy experimentar es obtener información que se olvida, consumir productos acompañados de una storytelling, es decir, más información. Las cosas que poseemos, afirma el autor, son contenedores de sentimientos y recuerdos. El zorro acierta en explicarle que “domesticar” es crear lazos, pero también poseer, pues no se crean sentimientos ni recuerdos sin crear lazos de algún tipo. ¿Es casualidad que nos encontramos, quizá, en la época en que las relaciones rehúyen cada vez más a la posesión y sus variantes?

¿Es normal utilizar la palabra amigo como un apodo regular y universal, o es solo que forzamos su significado porque no tenemos ya tiempo para “domesticar”? Queremos que los amigos nazcan como nace la información, pero al igual que prendemos el farol, lo apagamos, ya no existe interés genuino. Conocer al otro cuesta un poco de trabajo. Los lazos creados por la amistad requieren tiempo y atención detenida, y una vez logrado, como dice el zorro, “será para ti única en el mundo”.

No encontramos ya no en un mundo de posesiones, sino de acceso. Hoy ya no se posee una película, se obtiene acceso mensual a alguna plataforma de streaming, ya no se compran cd’s, se obtiene acceso al Spotify. En eso pienso cuando veo a los paseadores de perros en la Ciudad de México. Ya no se posee al perro, se tiene acceso a la experiencia de tener un perro sin poseerlo realmente, el paseador es su poseedor, él los “domestica”.

El principito del mundo moderno sería un hombre de negocios que pagaría para que protejan a su rosa con tal de tener acceso a dicha experiencia. La rosa no le pertenecería, vería belleza igual en esa que en las cinco mil que encuentre en cualquier campo sobre la tierra.

¿Entiendes ahora por qué León Werth necesitaba consuelo?

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