La islamofobia como producto sociocultural (última parte)

Cuando se piensa en el musulmán, en realidad se objetiva, por ejemplo, la narrativa y las metas de los Hermanos Musulmanes. Foto: Pixabay.

Cuando se piensa en el musulmán, en realidad se objetiva, por ejemplo, la narrativa y las metas de los Hermanos Musulmanes, que nada tienen que ver con el espíritu, virtud y valores de la sociedad musulmana, que cabe señalar, no fundamentan todos sus actos en la religión. Esta creencia de que el musulmán depende en su totalidad del islam para configurar su hacer diario, tanto individual como colectivo, deriva de una inferiorización sociocultural que sirve para legitimar actos de exclusión, pero ya lo veremos en su momento.

Retomando brevemente la cuestión del pensamiento de los Hermanos Musulmanes, podemos decir, apoyados nuevamente de Todorov, que es un movimiento que “rechaza al islam popular y aspira a recuperar la pureza original de la doctrina dejando atrás las sucesivas concesiones al espíritu de los tiempos y del lugar.”(1)

Si, bajo esta perspectiva dogmática y selectiva que tiende a ser vista como generalidad del musulmán, se construyen lazos sociales, es evidente que el acto predominante será el temor, el rechazo y la necesidad de una pronta asimilación del Otro (el musulmán) a los cánones y directrices normativas de la sociedad en la que se encurta, con la finalidad de que esta nueva imposición sociocultural lo civilice, cuando es por demás evidente que lo único que debería modificarse es la carga subjetiva negativizada de la imagen del otro en el inconsciente colectivo europeo, pues hoy día es risible que se presenten como sinónimos los conceptos musulmán e islamista. El musulmán es aquella persona que predica la religión del islam sin ninguna inclinación política, el islamista (que ya se estadio su devenir histórico) es la radicalización e interpretación selectiva de las suras para estructurar un proyecto político disfrazado de religioso. Sin embargo, el único conceto cuya extensa sombra abarca las dos áreas es el de la islamofobia, pues no solo es un repudio al islamista sino a cualquier sujeto que practica el islam.

El identificar al musulmán bajo una noción general de peligro es consecuencia de la homogeneización del ala radical del islam (provocada y alimentada por occidente) con la tradición religiosa musulmana. Con esto no queremos hacer apología del islam como religión, pues al fin y al cabo las religiones fungen un rol de dispositivo ordenador de los vínculos sociales y por tanto necesitan de un sistema impositivo y coercitivo. No obstante, nuestra lucha es contra la visualización unidimensional que occidente pretende dar del islam, haciéndolo ver como un salvajismo que necesita ser doblegado, pues recordemos: “el islam es una religión, y el islamismo un partido político”(2). Esta interpretación que se pretende global legitima muchos de los actos de segregación, vejación y fortalecimiento de las defensas contra el musulmán, sin pensar que la aparición del ala radical que ya hemos estudiado debe su orden en gran parte al “consumo desenfrenado de energía, característico de los países occidentales, lo que refuerza a los que se declararán enemigos mortales de occidente”. Sin embargo, este círculo, en lugar de teñirse como vicioso para occidente parece transformase en virtuoso debido a que “la condena al islam funciona a menudo como fachada para rechazar a los inmigrantes… con la excusa de rechazar una religión se estigmatiza a sus fieles” (3). 

No resulta nueva la consideración de que los fundamentos de la creación y visualización de un grupo social como un sector de riesgo descansa, no sobre la dinámica propia de ese grupo ya categorizado, sino sobre la configuración simbólica, es decir social y cultural, que se va hilando y estructurando en el imaginario colectivo. Por lo tanto, si ese sector social segregado, por considerarlo un foco latente de peligro, se nos muestra solo en su naturaleza de violencia y choque social no es porque tal comportamiento sea conditio sine qua non, sino más bien porque vemos en el Otro la imagen estereotipada que se le ha configurado como propia y que emana desde el epicentro de las fracturas actuales que viven las sociedades democráticas capitalistas avanzadas.

Vayamos por partes: ¿De dónde brota esta representación cognitiva con matices negativos del Otro que llega a nosotros como una objetividad irrefutable? Un primer acercamiento a esta cuestión lo podemos dar bajo las premisas de Bauman y su análisis del miedo como estructurador de la vida política de los estados desarrollados.

En este análisis, Bauman plantea lo siguiente: “Podemos afirmar que la variante moderna de la inseguridad se caracteriza claramente por el miedo a la maldad humana y a los malhechores humanos. Está atravesada por la desconfianza hacia los demás…”(4) Esta administración del miedo que plantea el sociólogo polaco se fundamenta en que el Estado, para legitimar su presencia como ente regulador y estructurador de la vida social, utiliza, mediante la desvirtualización, la imagen del Otro (frecuentemente el migrante, refugiado o ente que plantea un supuesto peligro mayúsculo) para demostrar que su presencia pone en riesgo la dinámica natural de sus sociedades y que si existe un problemas internos, a nivel económico, político o social, estos se deben, más que a cualquier otro factor, a la presencia de estos entes.

La mediatización juega un rol relevante en todo este juego de descalificaciones, pues es el principal apoyo interpretativo del grueso poblacional, es, por decirlo de una forma, el momento en donde se digiere la realidad para que el espectador simplemente la reciba resumida y lista para su consumo diezmado en critica.

La otra variante con la cual podemos dar respuesta a la cuestión que se ha planteado se suma a esta primera, sin embargo, va más de la mano con el espectro ideológico que con el político, pues dirime la cuestión de la creación del Otro como un elemento social peligroso desde el enfoque ontológico, pero precisemos. Durante el desarrollo de “Piel negra, máscaras blancas”, Frantz Fanon cita en repetidas ocasiones al Jean-Paul Sartre de “La cuestión judía”, y es en esta obra donde vemos a detalle cómo es la creación de ese Otro desde la relación ontológica que guarda con el superior, es decir, cómo el alemán crea al judío y, además, como el judío se identifica consigo mismo desde el espectro categórico creado por el alemán, hay un abandono del judío se su propia condición de existencia judía al ya no identificarse con esta sino con la percepción que el superior crea ontológicamente (a base de conceptos) de esa condición. Por tal razón, no existía necesidad alguna de un judío malévolo para poder erradicarlo, simplemente bastaba con que se creara ontológicamente al judío merecedor de un exterminio.

De esta forma, Fanon reinterpreta al filósofo existencialista francés para llevar su análisis de la cuestión judía a la cuestión negra para demostrar que el negro ya no es un negro, sino que es frente al blanco. Tal análisis lo podemos trasladar de nuevo a una cuestión religiosa, pues el musulmán no es sino lo que ontológicamente representa la musulmaneidad para occidente, y si esa musulmaneidad creada desde el látigo categorizador occidental es negativa ergo el musulmán será ese ser negativo del cual hay que cuidarse y sobre el cual deben edificarse políticas de protección (segregación) social.

Al lograr que el grueso poblacional perciba al musulmán desde la categorización que se la ha impuesto es por demás evidente que comenzará a emanar un rechazo hacia la imagen de ese Otro que no se comprende ni percibe más que desde el espectro estereotipado que se le ha impuesto política y simbólicamente. Es por ello por lo que el concepto musulmán se logra asociar más directamente con violencia, atentados y guerras que con un grupo social practicante de una religión que estructura su vida más allá de la misma religión.

No obstante, uno de los peligros más fuertes que esta visualización negativa del musulmán acarrea es que el propio musulmán se vea arrastrado hacia la necesidad de integración total a los usos y costumbres del europeo mediante la asimilación social vía políticas públicas de integración. El daño que este genera es la perdida de autenticidad y el desagarre de la propia cultura musulmana o, palabras de Fanon, la interiorización de la inferiorización vía estructuras de dominio ideológicas, es decir, un blanqueamiento cognitivo.


Consulta la Primera y Segunda.


1 Op. Cit 190
2 Ibidem 139
3 Ibidem 190-213
4 Bauman, Zygmunt Tiempos Líquidos (Buenos Aires: Tusquets, 2008) 84

 

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