Un cuarto propio (en pandemia)

Es muy conocido el ensayo que Virginia Woolf, Un cuarto propio, en torno a la necesidad de tener un espacio propio en el cual escribir.

Es muy conocido el ensayo que Virginia Woolf, Un cuarto propio, en torno a la necesidad de tener un espacio propio en el cual escribir. El texto fue fundamental para la historia de las mujeres en la literatura y ha sido fuente de consulta por el análisis social y político que la autora hace en torno a su época y desde una perspectiva de género. Aún ahora, es un ensayo que sirve para describir diversas situaciones de las mujeres en la cultura occidental.

Estuve pensando en el cuarto propio a partir de la pandemia y el encierro al que ésta nos ha orillado, y considero fundamental tomar en cuenta el tema del espacio de creación, de estudio o de trabajo, tanto para hombres como para mujeres. Por supuesto, el ensayo de Virginia es mucho más que esto, está enfocado en su época y en la importancia de la educación en las mujeres y la libertad que deberían tener para sí mismas. La tesis central de su ensayo me ha puesto a pensar en los espacios a partir de la realidad que ahora vivimos por el avance de la pandemia por la Covid-19.

Desde marzo de 2020 la reconfiguración de las actividades cotidianas se volvió obligatoria. Buena parte de la población dejó de asistir a laborar en oficinas, las aulas se trasladaron a las casas y fue necesario hacer una serie de ajustes a nuestros espacios del hogar para ejercer las tareas escolares y laborales. Los comedores y las cocinas se transformaron en oficinas y aulas. Las habitaciones también se hicieron salas de reuniones o espacios para fiestas virtuales.

Hace dos años mi pareja y yo buscamos un departamento para los dos, después de varios años de vivir cada uno de manera independiente. Estuvimos viendo muchos departamentos, algunos de ellos aún en proceso de construcción. En estos casos se nos mostraba un “departamento muestra”, maquetas o fotografías animadas ya con muebles, con una propuesta de distribución y demás detalles que los hicieran lo más real posible.

Nuestras aspiraciones eran bastante modestas, así que nos concentramos en lugares relativamente pequeños con dos recámaras nada más, si acaso tres. Todos los departamentos que vimos tenían más o menos las mismas características: recámara o recámaras, baño o baños, sala, comedor, cocina, zotehuela, algunos hasta estacionamiento. Me pareció curioso que la distribución estándar de los espacios no incluía un lugar específico para el estudio o trabajo. Vimos uno, aún en etapa de construcción, que tenía dos habitaciones con clósets, un baño, además de todo lo demás ya mencionado y común; contaba también con un espacio pequeño que, nos explicaron, podía emplearse como cuarto de juegos o cuarto de televisión. Al verlo pensé que, si ese sería el departamento elegido, podría funcionar como un estudio para ambos, lo curioso es que el vendedor no tenía en la mente ni remotamente esa opción de uso.

Muchas personas ya desde antes de la pandemia ya hacían home office, ¿entonces por qué las inmobiliarias no consideran espacios para sus trabajos? Es muy probable que las personas que trabajan desde casa no tuvieran de origen en sus hogares un lugar para ello, sino que tuvieron que crearlo. Mi pareja, en su departamento de soltero, designó una habitación con clóset para que fungiera de estudio. Por mi parte, el espacio en que habitaba era sumamente pequeño (apenas con una recámara), pero designé un lugar, prescindiendo de la sala, para instalar un escritorio y libreros.

Una vez que nos mudamos al lugar ideal (con dos recámaras) decidimos partir el área de sala/comedor para “construir” ahí un estudio. Realizamos una suerte de pared con libreros y dejamos una muy buena parte del espacio para acomodar escritorios para ambos con todo lo necesario para trabajar y estudiar. Este lugar fue fundamental en la concepción de nuestra vivienda incluso sin que supiéramos que pasaríamos casi todo el año aquí. No decidimos destinar una recámara al estudio y dormir juntos en la otra pues además consideramos que cada quien debería tener un cuarto propio para dormir, leer, escuchar música o lo que cada quien deseara hacer como individuo.

Me pregunto, pensando en nuestra pequeña subversión, ¿por qué se ha olvidado la reconfiguración de un espacio propio para el estudio y el trabajo? ¿Por qué las inmobiliarias consideran que es más importante tener un cuarto para la televisión que un cuarto para el estudio? ¿Por qué a nadie se le ocurre que una pareja también necesita tener espacios individuales?

Virginia Woolf tenía muy claras las carencias en la educación de las mujeres. En el siglo XIX el pensamiento de la época dictaba que sólo los varones de la familia debían ser enviados a la escuela. Afortunadamente, Virginia y su hermana Vanessa sí pudieron asistir a King’s College para tomar algunos cursos de griego y alemán. En el siglo XXI hemos avanzado muchísimo en estos temas, sin embargo, al estar en encierro por la pandemia, creo que ha vuelto el tema de los espacios y las funciones designadas a ellos. Sin mencionar siquiera aquellos hogares que por su tamaño y la cantidad de personas que los habitan, aunque se desee crearlos para el estudio o el trabajo, sería imposible.

El ensayo de Virginia Woolf me trae a la mente esta situación social y cómo la estamos sobrellevando. Sé de conocidos que han mudado la oficina a la cocina porque no hay otro espacio para ella, y de salas que se han tornado en salones de clases, de nuevo, porque no hay un lugar pensado para estas funciones. El tema es mucho más complejo, por supuesto —mucho se ha hablado del incremento de estrés por encierro o el aumento de la violencia doméstica—. Para esta entrada sólo rescato la llamada de atención que tuve ante los espacios y espero que en el futuro no se trate de reconfiguración sino de otros planteamientos de origen.

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