Al grito de Presidente, AMLO retornó al Zócalo capitalino

“¡Presidente, Presidente, Presidente!”, retumbaba el Zócalo de la Ciudad de México a las 23:55 horas del pasado domingo. Andrés Manuel López Obrador hacía su entrada a la plancha capitalina, mientras miles de personas agitaban banderas, tomaban fotografías y sonreían con la felicidad del triunfo electoral.

Las del domingo, fueron largas horas de espera. Las casillas cerraron a las 18:00 horas y desde ese momento, hasta la media noche, un tsunami se abalanzó sobre el sistema político mexicano: los sondeos de salida confirmaban una victoria y los candidatos priista y panista reconocían su derrota…

El ganador esperaba. Sus simpatizantes no. Habían sido 18 años de espera, frustraciones y reveses pasados por fraudes electorales y dispendio de dinero. Por ello comenzaron su éxodo a la plaza pública que hicieron suya desde el 2005.

Mientras se esperaba el anuncio del Conteo Rápido del Instituto Nacional Electoral (INE), la gente tomaba camino al Zócalo capitalino, sitio que había sido vedado para los seguidores de López Obrador desde que Miguel Ángel Mancera se sentó en la silla de la Ciudad de México.

El metro comenzó a llenarse de personas con gorras, playeras y banderas del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena); otros gritaban “¡Presidente, Presidente, Presidente!”; había quienes alzaban peluches, globos y carteles con la foto de López Obrador, y otros miraban con escepticismo al horizonte.

Sobre las calles cercanas al Zócalo, grupos de policías realizaban cortes a la circulación. La gente caminaba hacia la plaza prometida. Gritos, vítores, abrazos, llenaban el panorama, que era completado por el sonido de cláxones alegres y luces de helicópteros, cámaras fotográficas y drones.

Foto: lopezobrador.org.

La música de mariachi irrumpía en los oídos. “México lindo y querido”, se cantaba mientras la bandera mexicana se mezclaba con la de Morena y del movimiento LGBTTTI. La gente, absorta en su sorpresa y felicidad, se tomaba fotos, se abrazaba, gritaba, lloraba…

Entonces llegó el anuncio de Lorenzo Córdova, presidente del INE. Algunos lo seguían por la radio, otros no se despegaban de sus celulares, tratando de cachar un poco de señal de datos para celular

A kilómetros de distancia, Córdova daba cifras sobre la participación ciudadana y el sentido científico del Conteo Rápido y el Programa de Resultados Electorales Preliminares (PREP). Dos minutos y 31 segundos después, por fin comenzaba con las cifras. Primero, Ricardo Anaya, después José Antonio Meade. Por fin López Obrador.


El día después


El ejercicio estadístico le daba un intervalo de entre 52 y 52.8 por ciento de votos al candidato de “Juntos Haremos Historia”. Aún faltaban los datos que arrojara el PREP y los conteos distritales, pero la diferencia entre candidatos era significativa. México viraba a la izquierda.

En el Zócalo, Juan Gabriel reencarnó en la música del mariachi. En el Hotel Hilton, cuarto de guerra y espera de López Obrador desde 2006, medios de comunicación y simpatizantes del candidato puntero esperaban su mensaje.

“Gracias, no les voy a fallar”, era el mensaje con el que el equipo del ex Jefe de Gobierno decidió vestir el fondo del escenario. Dos banderas de México y de Morena flanqueaban el atril.

El silencio se hizo. Los flashes se apropiaron de la escena. Andrés Manuel salía acompañado de su familia. Se paró frente al atril y comenzó a hablar. Quienes analizan los discursos dicen que fue un auténtico mensaje como Presidente electo.

Aseguró respeto para todos, autonomías, democracia y agradecimiento a los poco más de 24 millones que le dieron su voto.

Entonces llegó uno de los momentos más recordados. Con visible emoción recordó su bandera de la campaña presidencial de 2006, esa que encierra la necesidad de justicia social y sintetiza sus años de activismo político: “Por el bien de México, primero los pobres”.

Foto: lopezobrador.org.

En el Zócalo un grito dominaba la escena por encima de la música. “Conferencia, conferencia, conferencia” rugía el tigre capitalino mientras el mariachi buscaba continuar con la celebración. “Ahorita se las ponemos”, dijo uno de los músicos para apaciguar a una multitud que quería escuchar a su líder.

La emoción alcanzó su punto más alto desde el momento en que las pantallas mostraron el traslado del tabasqueño a la plaza capitalina. En las bocinas sonaba el himno de Morena. Andrés Manuel López Obrador descendía de su vehículo.

“¡Presidente, Presidente, Presidente!”, tronaba el Zócalo como si fuera 2005 y el desafuero, 2006 y el fraude, 2012 y la campaña contra Enrique Peña Nieto.

Subió al escenario. Los papeles verde blanco y rojo cayeron sobre él y las miles de personas que se dieron cita para celebrar su triunfo. El candidato saludó, cruzó sus manos y simuló un abrazo. La gente estalló.

“AMLO es amor”, presumía un niño de cinco años sobre los hombres de su padre. “Amor con amor se paga”, decían algunos de los simpatizantes que para entonces ya habían llegado a las lágrimas.

El discurso fue breve pero emocional. Un compendio de agradecimiento, reiteración de promesas de campaña y recordatorio de una relación de cariño entre candidato y seguidores.

“No les voy a fallar”, prometio con la voz, otra vez, entrecortada. Y así comenzó su despedida: “Ya no sé qué decirles, sólo que como me quieren, los quiero”.

López Obrador se despidió. Giró y se marchó. La gente hizo lo propio. Algunos cantaban el himno nacional con el puño izquierdo en todo lo alto, recuerdo de los finales de cientos de mítines en los que la rabia y la esperanza eran expresadas en el cantar de las notas musicales.

Y en la plaza donde el águila devoró a una serpiente, mientras posaba sobre un nopal, el grito se extendió para la posteridad: “¡Presidente, Presidente!”.

Foto: lopezobrador.org.

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