El cuento de las comadrejas: de Argentina con humor

¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para defender algo que no es tuyo? Ese es el planteamiento de Juan José Campanella en El cuento de las comadrejas.

¿Hasta dónde estarías dispuesto a llegar para defender algo que no es tuyo sino que crees que es tuyo? Ese es el planteamiento que hace Juan José Campanella en El cuento de las comadrejas, su más reciente cinta.

El argentino, creador de joyas del cine argentino como El secreto de sus ojos, Luna de Avellaneda y El hijo de la novia, trae esta vez algo que podríamos llamar una comedia noir llena de diálogos repletos de ironía, humor ácido y sarcasmo al por mayor.

Adaptada de la cinta Los muchachos de antes no usaban arsénico (José Martínez Suárez, 1976), El cuento de las comadrejas cuenta la historia de Mara Ordaz (una ácida Graciela Borges), una actriz que ya vio pasar sus mejores años; su esposo, Pedro de Córdova (Luis Brandoni), un actor que nunca alcanzó las mismas alturas de talento de su mujer y que vive confinado a una silla de ruedas; junto a la pareja viven el director Norberto Imbert (Oscar Martínez) y el guionista Martin Saravia (un espectacular Marcos Mundstock), quienes huyendo de la dictadura militar, se refugian en la casa de la pareja.

Los cuatro excéntricos personajes que ya ven lejos sus días de gloria viven ahora en una vieja mansión en una aparente tranquilidad y armonía hasta que irrumpe en sus vidas una pareja dedicada al negocio inmobiliario que convence a Mara de vender la propiedad; ella lo ve como una oportunidad para rescatar su matrimonio con Pedro y deshacerse de Norberto y Martín, a quienes califica de intrusos y parásitos que se niegan a dejar la mansión después de décadas de vivir, como lo considera ella, a sus expensas.

A partir de aquí, la cinta no tendrá un minuto de desperdicio y se convertirá en un cínico, ingenioso e hilarante duelo entre Martín y Norberto contra Mara (y los vendedores, por supuesto) para saber quién será el amo absoluto de la mansión: la actriz afirma que ella la compró, pero el director y el guionista (los reales y los ficticios) irán develando las ocultas y relativamente “justificables” causas por las cuales ellos consideran que no deben ser echados de la vivienda.

El cuento de las comadrejas en un sofisticado divertimento de principio a fin en el que Campanella llena cada minuto de la cinta con actuaciones complejas y divertidas y diálogos repletos de fino sarcasmo y humor negro (como referencia, la escena del partido de billar con la vendedora) en la que Mundstock da una cátedra de la condición humana: los mejores jugadores son los malos, porque son reales. Y a malos, no habrá quién les gane a ellos cuatro.

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