Número siete

El número siete estaba de regreso y como si se tratara de una revelación divina, comprendí mi propósito en la vida. Foto: Pixabay.
Por Beatriz Salvador

Me gusta ver correr la sangre de mis víctimas y sentir esa calidez líquida abandonar los cuerpos inertes. Algunas personas podrían juzgarme severamente por lo que hago, otras de inmediato lo aprobarían. Se trata, sin duda, de una cuestión moral. ¿Quién soy? ¿Por qué lo hago? Para contestar estas preguntas primero te contaré algo sobre mí.

Nací un día siete del mes siete. Son siete los días de la semana y las maravillas del mundo: siete es el número de la perfección. En mi séptimo cumpleaños, mis abuelos ofrecieron su finca para llevar a cabo la celebración; era su primer nieto y por ello querían organizar una carne asada a la cual invitaría a toda la familia. Así que mis padres emprendieron el viaje hacia la casa de los abuelos. Al siguiente día por la mañana, me despertaron unas voces escandalosas, mis padres no estaban en la habitación, así que fui a buscarlos. Me dirigí al corral donde mi abuelo tenía sus animales y al acercarme, sin previo aviso, vi cómo se desangraba una res. Permanecí varios minutos observando cómo al animal se le iba la vida, de poco a poco, inerte e indefenso, aceptaba sin reparo su triste final.

—¿Abuelo por qué mataste a ese animal? —indagué.

—Para la carne asada, hijo —contestó.

—Pero abuelito, puedes comprar carne en el supermercado y así no matas a ningún animal.

—Mijo, primero tienes que matar a la res para podértela comer, ¿de dónde crees que viene la carne que tu mamá compra? —exclamó riéndose.

A partir de ese día la conversación que tuvimos fue una anécdota que se contaría en las próximas reuniones familiares como algo chistoso.

Hoy soy un médico reconocido en mi comunidad, el orgullo de mi familia. Tras la muerte de mis abuelos, y a petición de mi tía Enedina, comencé a asistir a la misa de los domingos. En su sermón, el padre Juan siempre hablaba sobre los siete pecados capitales: pereza, soberbia, gula, lujuria, avaricia, ira y envidia. El número siete estaba de regreso y como si se tratara de una revelación divina, comprendí mi propósito en la vida.

Busqué a alguien que representara la pereza. Tuve varios candidatos, pero sin duda Carlitos (como lo llamaba su madre) encajaba en el perfil: varón, veintisiete años, flaco, alto, de aspecto desenfadado y ojos expresivos. Nunca hizo algo de provecho en su vida; aunque sus padres se esforzaban por brindarle estudio y bienestar, él prefería pasar el tiempo pintando bardas y jugando a la pelota. En pocas palabras era “un bueno para nada”. Fue fácil ganar su confianza, pues su madre era una de mis pacientes. Una tarde lluviosa él regresaba de un partido de futbol llanero, me pidió un aventón y el resto es historia.

Después de un tiempo prudente, empecé a buscar a quien representaría la gula. Fémina, más de 90 kilos de peso, mayor de cuarenta años. Doña Epifanía se presentó en mi consultorio con algunos problemas de salud debido a su peso. Era la séptima hija del matrimonio González, familia muy respetada por los alrededores; cuentan las malas lenguas que el día de su boda la dejó plantada en el altar su novio Gabino, y tras ese fatal suceso ella no pronunció palabra, ni siquiera lloró, sólo se limitó a comer el gran festín con su vestido de novia. Desde entonces cada que se celebraba una fiesta en el pueblo, algunos vecinos la invitaban sólo para verla comer con singular alegría. Fue un reto para mí. Creo que en su interior ella quería acabar con su sufrimiento, no puso resistencia; me recordó a la res que mi abuelo había matado tiempo atrás.

No tardé mucho en encontrar a la lujuria, personificada en Don Rutilio. Lo conocía desde que yo iba a la escuela primaria; tenía fama de parrandero, borracho y mujeriego. Su esposa doña Delfina lo aguantaba porque según ella nunca le faltó el gasto. El señor era dueño de un congal llamado “El templo del placer” y dicen las malas lenguas que pagaba sus impuestos a altos funcionarios con los favores de las muchachas. Un jueves por la tarde fue la última vez que lo vieron, pretendiendo a una chamaca en el quiosco. Algunas vecinas como doña Chole y doña Gertrudis comentaban a discreción que dejó a su mujer por otra, otros simplemente lo dieron por muerto. Su mujer no tuvo más remedio que hacerse cargo de sus asuntos, así que mandó a llamar al cura del pueblo para bendecir el negocio que ahora estaba en sus manos.

Guillermina era una paciente que con regularidad visitaba mi consultorio, en una exploración de rutina descubrí que algo no estaba bien con su ritmo cardiaco:

—Doña Guillermina, ¿tiene algún problema que le aqueje? —le pregunté intentando descifrar sus gestos.

Me contestó que sí y comenzó a llorar. Cuando se calmó, me confesó que desde la muerte de su esposo, sus dos hijos —Epifanio y Eleuterio— se estaban disputando las tierras y les escuchó decir en algunas de sus borracheras que su madre les estorbaba para poder cobrar la herencia. Yo no lo busqué, sólo se me presentó la ocasión para poder seguir con esta noble causa y encontrar a los representantes de la avaricia. Un día los dos jóvenes desaparecieron. Al principio su madre no se inquietó, pues los muchachos agarraban por días la parranda, pero los días pasaron y la mujer no pudo evitar angustiarse. No creo que su corazón siga resistiendo por mucho tiempo.

Identificar a la envidia resultó complicado, pues suele disfrazarse de buenas intenciones. Tuve que ser más observador para detectar esas miradas que se fingen leales y cariñosas, pero en realidad acumulan la frustración de desear algo que otros poseen. La señora Jovita lo tenía todo: un negocio cafetero próspero, un esposo cariñoso, hijos educados, y “buenas” amistades. Una tarde, después de haberse reunido con su amiga Silvia, sólo se desvaneció y no volvió a despertar. A las siete semanas (sí, las conté) de haber quedado viudo Don Cipriano, contrajo nupcias con la señora Silvia. ¡No podía ser una coincidencia! Así que hice lo propio: una tarde doña Silvia salió de compras y jamás regresó a casa.

Me siento estancado en el número cinco, el saber que mi misión está incompleta se traduce como un gran vacío en mi corazón. La gente que dice conocerme asegura que lo tengo todo, pero no lo entienden: mientras la ira y la soberbia sigan sueltas en el mundo, no puedo estar en paz. Así que cuida el ego y tu carácter cuando vayas a consulta médica, pues el próximo podrías ser tú.


*Este relato fue resultado del taller de narrativa impartido por la poeta y escritora Jazmín García

1 comentario

  • Uff escalofrío lo que sentí…no es terror, es psicopatía, no es misión es distorsión de la realidad, esa con la que desde el ego a veces nos relacionamos y desde la extrema arrogancia se tocan las puertas de lo que antiguamente llamaban locura…dolorosa e imperante y cada vez más creciente…

    Excelente narrativa que atrapa y puedes dejar de leer hasta el final lleno de ironía, la madre del terror.

    Gracias Beatriz Salvador por tu creación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *