Hace algunos días vi un post em Instagram de la cuenta de LibrosB4Tipos, el colectivo de lectoras que desde hace muchos años se encargan de difundir y gestionar actividades relacionadas con la lectura. El post refería a un libro que ellas escribieron: Tribu de lectoras, pero no propiamente era sobre el libro, sino sobre la noticia que recibieron por parte de la editorial: el título entró a un proceso de descatalogación debido a que no alcanzó las ventas deseadas, y la acción que tomará la editorial al respecto es agarrar los ejemplares restantes para destruirlos.
El colectivo subió esta noticia a Instagram para pedir solidaridad de los lectores y juntar el dinero suficiente para que ellas mismas puedan comprar lo que resta del tiraje (casi 2,300 libros).
Me gustaría decir que leer este tipo de noticias me sorprende. Pero no es así. Desde hace tiempo sé que las editoriales grandes (y a veces las medianas) recurren a esta práctica porque logísticamente no les conviene tener almacenado, en cantidades, un título que ya no vende, y porque deshacerse de inventario representa un beneficio fiscal. Es perfectamente legal en México que las empresas se deshagan de inventario obsoleto o caduco pues de esta manera deducen el 100% del costo de esa mercancía, lo que lleva a la disminución del Impuesto Sobre la Renta.
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El libro en cuestión está en el sello Ediciones B, que pertenece al gigante Penguin Random House. Sé desde hace tiempo que este tipo de prácticas son de lo más normal y apela simplemente a una cuestión capitalista y para beneficio de la empresa. Si esto afecta a los autores, en realidad parece que les da lo mismo. Para estas empresas lo importante es contar con una cantidad tal de novedades que puedan vender el mayor volumen de ejemplares en el menor tiempo posible; cuando este periodo efímero pasa, los títulos se empiezan a ir hacia atrás, pues llegan nuevos libros, y después de un tiempo, si dejan de venderse ya se convierten en un problema (una de las chicas comentó que incluso habían notado que en ferias ya no los llevaban, claro, pues ya habían sido desplazados por las novedades del momento).

Hace varios años un autor también de un grupo de estos enormes se mostraba indignado en redes porque recibió la misma noticia: su libro no vendía lo que la editorial consideraba suficiente, por lo cual pasaría a la destrucción. El autor puede comprar los ejemplares que quiera antes de que sean “picados”, como suele llamarse a la práctica, a un precio preferencial; pero es verdaderamente difícil que un autor medio pelo tenga suficiente dinero para adquirir, como en el caso de Librosb4Tipos, cerca de 2,300 ejemplares, aunque se vendan con un descuento alto sobre el Precio de Venta al Público.
Me parece importante que este tipo de cositas sobre las prácticas editoriales salgan a la luz. El post de estas chicas dejó ver en los comentarios el desconocimiento general de las maneras en que se llevan las cosas (claro que también llegaron los comentarios de las personas que creen que saben muchísimo y dan opiniones y sugerencias sobre acciones verdaderamente inviables, pero eso es otro rollo). Considero importante que cuestiones así se comuniquen. El público común que va a una librería no sabe un montón de cosas, y esa falta de conocimiento hace que se tengan ideas muy románticas del mundo editorial y sobre todo de la vida de escritor.
Pienso en, por ejemplo, lo importante que es que exista la ley del libro que hace que todas las librerías respeten el precio que la editorial dice que es, y que en un periodo de 18 meses no lo bajen, pues esto motiva la sana competencia. La gente ignora esto y tranquilamente se va con la librería que incumple y da un precio más accesible; el comprador no se pone a pensar en el daño a los otros, sólo piensa que está comprando un libro unos pesos más barato y ya.
Años de estar en una editorial y de tratar con personas que se aparecen en ferias para comprar un libro específico, pero desconocen que existe una oferta enorme de editoriales, me ha llevado a darme cuenta de la terrible falta de información.
El post de las “beforas”, como ellas suelen llamarse, abrió en los comentarios una conversación necesaria: no sólo qué tanto en realidad ganan los autores por sus libros, sino qué tanto les importa a las editoriales que ganen ellos, cuando los libros no cubren expectativas de mercado y sólo hacen bulto en un almacén.
Ojalá que estos temas se pusieran en las conversaciones cotidianas más seguido, para aprender más de las entrañas de esta industria, que parece muy romántica y muy hermosa pero que sinceramente también responde a las leyes básicas del capitalismo.
Ahora, ¿qué hacer para salvar estos libros? Ayudar a comprarlos y de paso ayudar a que estas chicas reciban sus regalías correspondientes (10% del PVP quizá), pero eso, también, ya es harina de otro costal.
