¿Dejar ir o quedarse?

Dejar ir o quedarse
Foto: Juan Pedro Salazar / El Tecolote.

Supongo que es una cosa humana y ya, pero luego yo me clavo en estas nimiedades y le doy demasiadas vueltas: siempre he tenido un problema para decidir en qué momento quedarme y en qué momento salir corriendo. La cosa aplica para varios escenarios, desde los más burdos o ridículos hasta los más reales y determinantes.

Encuentro que hay información muy contradictoria sobre lo que es correcto hacer, pues cada caso es distinto y no hay forma de poder medir todo con la misma vara. Curiosamente, pese a la diferencia de criterios, frente a la evidente variedad de situaciones, pareciera que sí existe un manual, pero, o todos lo estamos siguiendo mal o cada uno lo entiende como quiere y lo eje ejecuta como puede.

Trataré de explicarme mejor. Es muy sencillo decir que si, por ejemplo, estás en un trabajo que no te gusta, que no te satisface, o que sientes que no te pagan bien o no te valoran, lo que te aconsejan es agarrar tus cosas y dejarlo. Si estás en una relación tóxica, lo que te sugieren es agarrar valor y salir corriendo. Asumimos que abandonar se hace en aras de la paz mental, de la salud y de buscar estar mejor, pero pocas veces al dar estas instrucciones la gente se puede perder de los grises y no tomar en cuenta los detalles de cada situación.

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A mí me pasa mucho que, en el día a día, no tengo claro hasta dónde insistir con algo y hasta dónde dejarlo ir. A veces no me parece tan evidente. Y no son asuntos de vida muerte, por fortuna, pero igual me mantienen ocupada. Por ejemplo, dentro de mis labores como directora de prensa de una editorial, sé que me toca buscar a los medios de comunicación y hallar que conecten con el contenido editorial que estoy promocionando. Sé lo que tengo que hacer y sigo los pasos, es decir, contacto a la prensa, les hablo del libro que estoy promocionando, les cuento cosas interesantes, les digo que el autor está disponible para entrevistas, presentaciones, visitas a sus programas o lo que sea, les hablo hermoso y le doy el seguimiento necesario.

A veces no me toca batallar mucho y logro lo que me proponía; otras veces, sin embargo, la cosa se complica, dejan de responder correos o mensajes de WhatsApp, no contestan llamadas, la comunicación es torpe, me dan largas… Y yo tengo que insistir, porque de eso se trata mi trabajo, pero en ocasiones, empiezo a sospechar que mayor insistencia no significa mejor resultado. A veces, por las razones que sean, ese medio o esa persona no está interesada en lo que yo le estoy ofreciendo.

Me pongo del otro lado del asunto con otro ejemplo: desde el año pasado llegó correo de un joven que ofrecía servicios de impresión, me llegó a mí de rebote, pero me tocó contestarle. La realidad es que a la editorial no le interesa buscar otras alternativas (las razones ahorita no vienen al caso); yo sé que por más que este joven insista, no se le va a tomar en cuenta porque usar otros servicios de impresión no está en los planes. Yo se lo llevo diciendo varias veces, de muchas formas, en el modo más amable que puedo, pero él sigue insistiendo. ¿Qué debo hacer para que entienda que no va a lograr nada? En el último correo que le respondí le dije que me daba mucha pena que siguiera perdiendo su tiempo, pues podía asegurarle que la respuesta que le di en septiembre de 2025 es la misma que tengo para julio de 2026. Me pregunto si él nunca se planteó la posibilidad de cortar la insistencia. 

Seguido se presentan situaciones así. Cuando me pasan a mí no puedo evitar preguntarme si ya he hecho lo suficiente y necesario, o debería insistir un poco más de otras formas, buscar otras maneras, llegar desde otros ángulos; o simplemente debería ver la realidad y entender que por más vueltas que le dé al asunto, no hay modo de que la respuesta sea otra; pienso en este joven con sus servicios de impresión, que ha insistido por casi un año, mandando de uno a dos correos al mes en espera de un cambio.

Con el tiempo me he hecho bastante experta en el arte de dejar ir. Sin embargo, a veces no dejo de preguntarme si la decisión de “soltar” que ya he tomado es efectivamente la correcta, y me quedo pensando si debí quizá insistir con un esfuerzo más, si tal vez me di por vencida demasiado pronto. Y es un pensamiento que he tratado de mantener al margen, pero de pronto vuelve y me deja en un estado de indefensión y duda que me causa mucho conflicto. Y ahí termina esta persona que se jactaba de haber aprendido a soltar y a dejar ir.

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Creo que en todos los aspectos de la vida se presentan estas disyuntivas (con cosas más serias, por supuesto), y que en cada decisión hay una gran gama de grises a considerar, pero que es imposible para cualquier persona apreciarlos por completo pues, de poderlos apreciar, la disyuntiva no existiría.

Me pregunto, a veces, si existe algún método infalible de verdad, un manual que nos explique cuál es la mejor manera de actuar, que nos quite el margen de error y de inicio nos muestre en qué situaciones toca insistir y en qué situaciones toca alejarse y que no exista duda de ello. Pero claro, saberlo le quita el chiste a la vida, supongo que enfrentarse a este tipo de situaciones es en buena parte lo que hace interesante la existencia.

Cómo saber, si, por ejemplo, debes salir corriendo de una relación o debes quedarte otro poco para dar otra oportunidad para quizá lograr que funcione; cómo saber si es momento de dejar un trabajo o si debes esperar un poco más para que tal vez pase algo que te dé mejor dirección, en qué momento dejar de mandar el mismo correo por meses. Lo curioso es que a veces insistir y quererse quedar puede ser la decisión correcta, pero en ese momento no podemos saber. Pero bueno, si todos lo pudiéramos saber, no tendría ninguna chispa despertarse todos los días y tener que tomar decisiones. Podríamos echarle la culpa a Dios y ya está, y dejar el destino en sus manos para poder cruzar las nuestras, sin pensar, alegremente.

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