Cuauh
Foto: Pixabay.

Era un pez muy particular, de tonos azules, con las aletas doradas cuando estaba en el agua. Su colorada combinación nos ganó y, para ser justos, debimos ponerle un nombre mejor. Pero, siempre le vimos cara de Cuauh.

Llegó en un momento extraño de nuestra vida familiar. Nos rompimos en varias líneas, en medio de la preocupación sobre si el dinero nos alcanzaría para comer. Quizá por eso nos aferramos tanto a él y a su magnífica combinación de color.

Su pecera era redonda, con piedritas que papá tenía guardadas desde hace quién sabe cuánto tiempo, y con una bomba para el agua que compramos en el tianguis de los martes.

Cuauh fue nuestra primera mascota. Y llegó por capricho de mi hermano Roberto, que se empeñó en tener un pez y logró que mamá y papá se lo compraran, a pesar de las dudas sobre el dinero familiar.

Y así, un buen martes, Roberto llegó con el pez adentro de una bolsa, que parecía una bola para evitar que el animalito se muriera en el camino.

Lo pusimos en la pecera y pasamos rato admirando qué hacía y qué no. Vaya que la novedad siempre es atractiva.

Nos turnábamos para cambiar el agua de Cuauh, para darle de comer y prender la bomba de su agua.

Lo queríamos. Nos habíamos encariñado con él. Y eso significaba que su partida nos iba a doler.

Por aquellos meses, me llegó la fantasía de que podríamos tener una pecera muy grande y al menos unos 20 pesos adentro. Ya saben, de todos los colores y las formas posibles y que eso sería el inicio de una gran época para la familia.

Pero, no fue así.

Un martes, Cuauh saltó de su pecera y cayó al piso. Nos espantamos y corrimos a su rescate y a regresarlo a donde iba. Pero algo nos decía que el fin estaba cerca.

Y lo peor era que no estábamos todos para despedirlo. Faltaba uno de mis hermanos y mi papá.

Poco después de las 6 de la tarde, papá llegó a casa. Ahora sí estábamos todos.

Nuestros ojos se quedaron fijos en la pecera. Cuauh se ladeaba y juro que por segundos nos miraba. Sentíamos dolor de ver así, pero no nos atrevíamos a sacarlo de la pecera para que terminara su sufrimiento.

Y creo que él fue más valiente que nosotros.

De un momento a otro, nos vio a todos. Pegó un salto y cayó al piso, a pesar del esfuerzo de mi hermano por querer cacharlo.

No había más qué hacer. Dejó de moverse. Su cuerpo se contrajo y supimos que era el fin.

Las lágrimas se nos escurrieron, aunque no fuimos capaces de decir algo.

Mi hermano lo tomó y pidió permiso para enterrarlo afuera.

Hicimos un hoyo en el jardín y ahí dejamos a Cuauh, descansando y agradeciéndole que, por unos meses, nos hiciera felices.

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