Hace algunos días renuncié a mi empleo. Lo más difícil no fue entregar la carta ni dar el último paso fuera de la oficina, sino enfrentar el murmullo de opiniones que se levantaron alrededor de mi decisión. La primera fue la de mi madre, que con un tono fatalista me recordó que medio mundo hubiera matado por el privilegio que yo estaba dejando atrás.
Después vinieron mis amigos más cercanos, antiguos jefes y compañeros. Algunos coincidían en lo mismo: en lo atrevido de mi decisión, en lo imprudente de soltar la cuerda sin tener un as bajo la manga. Y tenían razón: no lo tenía. Pero tampoco lo buscaba. No quería disfrazar mi salida con el discurso gastado de quienes se van —o los van— diciendo que tienen otros proyectos entre brazos. Yo no tenía nada. Solo la certeza de que, a veces, nada es más honesto que admitir que no hay nada.
Resulta curiosa la entrevista de Cristian Castro en la que un periodista argentino, un tanto insistente, le pregunta qué hace cuando no hace nada. La pregunta, en sí misma, es una contradicción: si defines la nada, deja de ser nada. Yo me iba de igual manera, a enfrentarme con la nada, sin haber definido nada.
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El día anterior al Día D fue, incluso, más difícil que el Día D mismo. Sabía que, al terminar aquel viernes, estaría a punto de dar un salto al vacío. O un salto de fe, como dijo el profe Juan. Quizá no eran tan distintos entre sí.
La semana anterior al día D me encontré con una amiga en el McCarthys. Entre sorbos a mi Guinness me dijo que me relajara, que ya vería que no era tan complejo, que la vida se va en puro vivir. Yo, en ese momento, no tenía consciencia de lo valiosas que resultarían sus palabras en los días siguientes.
Así que me puse manos a la obra. Las actividades comenzaron a surgir: levantarse, preparar un licuado, ir al gimnasio, darle de comer al perro, cocinar, sacarlo a pasear, barrer el patio y los pelos que dejaba detrás, enviar CV’s a diestra y siniestra, mejorar mi inglés, revisar ofertas académicas de posgrado. Cada acción era un recordatorio de que la vida seguía su curso, y yo con ella. Pero tal vez, ingenuamente, pensé que sin la productividad —o sin su apariencia— la vida cesaba.
Aunado a ello, mi amiga Anabella me hizo plantearme una pregunta que jamás me había hecho, quizá porque siempre seguí el curso de la vida como un engranaje más de la maquinaria productiva de la sociedad. Me dijo: “Cada trabajo tiene un propósito, ¿para qué lo querés? De eso depende todo. Podés trabajar para pagar las cuentas, para buscar éxito, o simplemente para no freírte el cerebro”. Y ahí fue que me pregunté para qué estaba trabajando yo.
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Evidentemente no era para pagar las cuentas, tema que muchos consideran un privilegio de mi parte. El profe Juan me lo dejó claro en los últimos días, cuando con esa mezcla de ironía y sinceridad me dijo: “Anda de verguerillo porque ya se va, disfrútelo, porque pocos podemos darnos ese privilegio.”
Al inicio de la segunda semana siento que empiezo a recuperar algo de la atención que antes dedicaba, casi con devoción, al scrolling infinito. Escuchar música volvió a ser escuchar música, y no un simple pretexto para silenciar al mundo. Incluso respirar se transformó en una actividad mayormente consciente.
Y sí… la vida se va en puro vivir.
