Hace algunos días aterricé en la Ciudad de México después de un viaje de doce días por el país del sol naciente, y tras soportar doce horas de un vuelo donde la propia existencia llega a sentirse incómoda por la ergonomía despiadada de los asientos de la “Economy Class”.
Cuando partí hacia Japón no imaginaba que regresaría tan profundamente enamorado de esa cultura. Sin embargo, desde que puse el primer pie en el Aeropuerto de Narita y observé el paisaje durante el trayecto en el Narita Express, supe que había algo en ese país que conectaba de manera directa con el minimalismo que siempre ha predominado en mi forma de ser. Incluso antes de aterrizar, mientras el Boeing descendía lentamente y los primeros atisbos de Japón aparecían bajo las nubes, pude percibir el orden casi silencioso con el que todo parecía existir.
Como queríamos vivir la experiencia completa, los primeros cinco días nos alojamos en un Ryokan, donde es obligatorio despojarse de los zapatos antes de tocar la madera del lugar y, posteriormente, el tatami de la habitación. Había una advertencia sencilla pero reveladora: estaba prohibido beber vino dentro de las habitaciones, pues una sola mancha podría teñir el tatami y generar costos adicionales a los huéspedes. En un pequeño aviso cabía toda una filosofía: el cuidado de lo compartido, el respeto por aquello que otros habrán de habitar después de ti.
Te invitamos a leer: Días perfectos y la belleza escondida en la simpleza
El primer día paseamos por Nakamise Street, donde probamos nuestra primera Sapporo en territorio japonés y nuestros primeros fideos acompañados de cortes de carne. La tarde terminó recorriendo Senso-ji Temple, entre el murmullo constante de la gente, para después emprender un viaje de último momento a Shibuya. Ahí conocimos a Hachiko y terminamos entrando en un pequeño bar al que acudían tanto locales como extranjeros para conversar en inglés. Después de años sin practicarlo, pude volver a usar el idioma mientras la noche avanzaba entre vasos, conversaciones improvisadas y esa extraña sensación de sentirse extranjero y, al mismo tiempo, inesperadamente cómodo.
Los días siguientes terminaron siendo más improvisados que el itinerario que habíamos planeado y que poco a poco se fue haciendo añicos conforme nos adentrábamos más en Japón. Acostumbrados al caos de la CDMX, donde Google Maps es apenas una sugerencia optimista incapaz de predecir temporalidades reales, nos sorprendió descubrir cómo los trenes arribaban exactamente en el momento en que debían hacerlo. La impresionante conexión de Tokio a través del metro y el tren nos permitía desplazarnos de Asakusa a Shibuya en cuestión de minutos, de modo que trayectos que imaginábamos consumirían medio día terminaban resolviéndose en unas cuantas horas. Gracias a ello, el viaje comenzó a expandirse por sí solo, como si la ciudad constantemente nos regalara tiempo adicional para seguir descubriéndola.
Durante algunos trayectos solía recordar aquella frase atribuida a Carlomagno que dice que “tener otro idioma es poseer una segunda alma”. No en vano los idiomas y la cultura se encuentran tan íntimamente ligados; incluso me atrevería a decir que ambos son parte esencial de la composición del otro. Cada lengua parece contener una manera distinta de mirar el mundo, de habitarlo y de nombrar aquello que sentimos, como el Waldeinsamkeit en alemán.
Cada oportunidad que se me presentaba me alegraba de poder decir “arigato gozaimasu”, y poco después caí en cuenta de que nuestro “gracias” posee una belleza de magnitud similar. Ambas palabras, aunque nacidas en extremos distintos del mundo, parecen llevar consigo la misma calidez silenciosa y la misma sonrisa involuntaria de quien las pronuncia.
Cada día me alegraba iniciarlo en Mr. Donut cuando estábamos en Tokio y terminarlo en el British Pub durante nuestra estancia en Kioto. Durante el día, la cerveza Asahi Super Dry era predominante y, por la noche, una Guinness nos hacía buena compañía mientras observábamos la Kyoto Tower que, pese a ser más pequeña que el Skytree de Sumida, iluminaba la ciudad con una fuerza similar.
Quedé admirado por lo inteligente que resulta tener “smoking zones”, no solamente porque de esa manera terminas concentrando todas las colillas en un solo espacio en lugar de verlas desperdigadas por toda la ciudad, sino porque también parecían otorgarle a los fumadores un lugar donde, en cierto sentido, uno terminaba sintiéndose parte de una pequeña comunidad.
Te invitamos a leer: Sobre la inteligencia emocional
Durante el trayecto también aprendimos a distinguir entre templos y santuarios: los primeros asociados al budismo y los segundos al sintoísmo. De este último deviene una profunda devoción por la naturaleza, de manera que, si a un tronco se le antoja crecer al lado del techo de una casa, no rebanas el tronco: modificas la casa, tal como ejemplifica el Kasuga Taisha Shrine.
Aunado a ello, en el Todai-ji Temple encontramos respuesta a una pregunta que nos había acompañado desde que vimos los primeros templos y que giraba en torno a su imponente altura. Fue ahí donde el Gran Buda pareció confirmarnos que aquella monumentalidad no respondía a una necesidad humana, sino a una concepción de la grandeza de sus deidades.
De pronto, la altura dejaba de sentirse arquitectónica y comenzaba a adquirir un sentido espiritual. Como si aquellos espacios hubiesen sido construidos no para albergar personas, sino para recordarle al ser humano la diminuta escala de su propia existencia frente a lo sagrado.
Sorprende además la cantidad de sanitarios que hay y que, en términos generales, nunca te dejan a la deriva, por lo cual jamás llegaron a asustarme realmente los condimentos del riquísimo curry japonés. Hay cierta tranquilidad difícil de explicar en saber que una ciudad entera parece haber previsto incluso las necesidades más humanas y menos elegantes.
Al viajar a Nara, nos maravillamos con los más de 1,400 ciervos que resuelven su vida diariamente relacionándose de manera constante tanto con las juventudes japonesas que acuden al Todai-ji Temple como con los turistas en busca de las galletas de arroz para ciervos denominadas “Shika Senbei”. A través de una reverencia, parecían concederte la entrada a un hogar que, en el fondo, pertenece más a ellos que a cualquier otro.
Hiroshima nos regaló la imagen perfecta de cómo luce la reconstrucción de una ciudad que, hace décadas, sufrió el horror de una bomba atómica. Ahí se alza el Atomic Bomb Dome que, en palabras del propio lugar, busca generar reflexión para que no exista “otro Hiroshima”. Su sola presencia termina convirtiéndose en un magnífico ejemplo de la resiliencia de una sociedad como la japonesa, que sorprende con su pulcritud, sorprende con su amabilidad y sorprende también con un símbolo nacional como el Shinkansen.
Te invitamos a leer: La Administración Pública: El elefante blanco en la habitación
Desde 1964, con el regreso de Japón a la comunidad internacional después de la Segunda Guerra Mundial, el Shinkansen se convirtió en un ícono para los extranjeros. Y no es para menos: basta con abordar uno para comprender que no solamente transporta personas, sino también una idea de modernidad cuidadosamente construida sobre las ruinas de un pasado doloroso.
Existe incluso un pequeño ritual entre viajeros: si no alcanzas a ver el Fuji desde Hakone, otra opción es el asiento “E” del Shinkansen que va de Tokio a Kioto. Y conviene no olvidar que los asientos se giran, por lo que, si haces el trayecto de Kioto a Tokio, el asiento “E” seguirá siendo el que te permita contemplarlo.
Después de probar el último curry y el último Wagyu en una calle solitaria de Jimbocho, nos preparamos para regresar a la CDMX. Nos resistíamos a partir entre una última Asahi en el Aeropuerto de Narita y algunas compras de último momento en el Duty Free, como si prolongar unos minutos más la espera pudiera retrasar también el inevitable regreso a la rutina.
Al tocar tierra en la Ciudad de México y reincorporarme a un día laboral apenas unas horas después, sentía que Japón había sido un sueño. Uno particularmente silencioso, ordenado y luminoso, de esos que parecen demasiado perfectos para haber ocurrido realmente.
Aún hoy, cuando camino por Santa Fe, sigo buscando rastros de Japón en algún lugar: en los edificios, en los árboles, en el transporte público. Como si una parte de mí todavía esperara encontrar, entre el concreto y el ruido cotidiano, algún pequeño fragmento de aquel país que terminó instalándose silenciosamente en mi memoria.
