Vivir para trabajar o trabajar para vivir

Vivir para trabajar o trabajar para vivir
Foto: Pixabay.

Como si no fuera suficiente tener, de por sí, una crisis a los cuarenta y pocos, llega la vida adulta a cambiarte la jugada y a decirte que la empresa en la que trabajas (y en la que llevas diez años ya) va a cerrar.

No me asusta quedarme sin trabajo porque al menos tendré la liquidación y la certeza de que, contrario a muchos, caeré en blandito. Es decir, tengo la fortuna de no pagar renta y de que nadie depende económicamente de mí, entonces creo que la cosa va a ir fluyendo con algo de tranquilidad.

Pero en algún punto se acabará el dinero y en algún punto voy a tener que trabajar como toda la gente común lo hace. Y ahí es donde me pregunto qué es lo que en realidad quiero seguir haciendo. ¿Quiero seguir llevando una agenda de prensa en una editorial? ¿Quiero seguir revisando el copy que se sube a las redes sociales y responder comentarios y vender por Instagram? ¿Quiero volverme loca cuando los autores cancelan eventos y me toca regaendar y rearmar todo? No lo sé.

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Hace unos años vi una historia de Dulce Barrera, a quien conocí cuando era la encargada de prensa y MKT en Sexto Piso, y que desde hace un par de años se encarga de prensa de múltiples autores y MKT para libros varios en Planeta. En la historia mostraba su registro de prensa, muy hermoso, con las ligas a las entrevistas, las fotos, resúmenes de las notas, todo muy lindo en verdad. Eso, aunque no tan lindo, lo hago ya en mi chamba y considero que no lo hago mal. Lo que me impactó no fue el contenido en sí, sino cuando Dulce dijo que se había dado hasta las 12 de la noche para trabajar y, cuando dieron las 12, paró y decidió hacer esta historia. Y ahí es donde yo me pregunto, ¿se me antoja trabajar hasta las 12 de la noche? ¿Quiero dedicar tanto de mi vida a un trabajo? La respuesta acá ya no es: no lo sé. La respuesta es: no, definitivamente no.

Sé que hay una cultura del trabajo arduo, o del “ponerse la camiseta”, aunque eso implique no tener horarios de salida ni de comida ni tiempo de ir al baño; yo no he pertenecido a esa cultura del trabajo; porque claro que sé trabajar y sé dedicarme y sé hacer las cosas bien, pero algo se me atraviesa cuando se meten con mi tiempo libre. 

Hace varios años, antes de entrar a Era, trabajé en la editorial del SNTE. Ahí la costumbre era que, si la jefa estaba ahí, no te podías ir. Era algo que obviamente no estaba en tu contrato (que, por cierto, jamás me dieron una copia de mi contrato), pero “se sabía” y todos se alineaban con eso. Y sí sucedía que ella se quedaba en su oficina hasta las diez u once de la noche, por lo tanto, nosotros debíamos estar ahí hasta que ella decidiera ya irse. No pasó muchísimas veces, pero sí pasó. Y también pasó que de pronto el contador se invitaba las pizzas o las tortas, lo que significaba que no te ibas a ir hasta quién sabe qué hora. 

En ese trabajo me veían raro cuando daban las seis de la tarde y me iba; también me veían raro cuando la jefa nos invitaba a comer y yo le decía que no. Pero a mí me parecía importante marcar ciertos límites. 

Más allá de mi experiencia personal, sé de trabajos que exigen demasiado, y desafortunadamente para ellos, yo pienso que mi vida no es mi trabajo; es decir, yo trato de desconectarme a mi hora de salida, de no ver correos, de no responder mensajes. A veces, hay que ser realistas también, es imposible aislarse porque para llevar redes sociales (responder, repostear, compartir historias) hay que estar trabajando un poco todo el día, todos los días. Sin embargo, en medida de lo posible sí me desafano y dejo de atender pendientes.

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Entonces me pregunto otra vez, aunque quisiera seguirme dedicando a hacer agendas de prensa, ¿quiero trabajar cualquier día hasta las 12 de la noche? Híjole, no, no gracias.

¿Qué va a pasar conmigo en unos meses cuando me quede sin trabajo? No lo sé. Honestamente no tengo muy claro a qué quiero dedicarme (y qué mala pata que esto llegara con la crisis de la mediana edad porque todo lo complica). Sin embargo, creo que tengo claro lo que no quiero, y bueno, considero que eso es un buen paso hacia adelante. 

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    By: Adriana Dorantes

    Es maestra en Literatura Hispanoamericana. Primer lugar del Certamen Relámpago Internacional de Poesía Bernardo Ruiz, 2009. Ha colaborado en algunas revistas impresas y digitales y suplementos culturales con poesía y artículos sobre literatura, como: Destiempos, Dos Disparos, Valenciana, Mexicanísimo, Casa del Tiempo, Moria, Revarena, entre otras. Autora de los libros de poemas Quién Vive (UAM, México, 2012) y Entre mares alados (Ediciones y punto, México 2014) y del libro de cuentos Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Sediento, México, 2014). Segundo lugar del Torneo de Poesía Adversario en el Cuadrilátero 2015.

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