Para unos la señal de que la primavera se acerca; con el color de las jacarandas, otros vaticinan el inicio del rito religioso.
Ellas dignifican su lucha, resignifican el miedo y lo convierten en fuerza.
Las más valientes gritan por las que ya no están, porque están hartas, porque duele, porque indigna, porque aún pueden.
Otras quieren quemarlo todo.
Y lo queman: con su voz que pide justicia, con los aplausos que resuenan en las paredes, ésas que todo lo pintan.
Porque las paredes no hablan, no sangran no sienten, no desaparecen.
Luchan por su libertad, porque han pasado algún tiempo en silencio, porque cuando gritan los demás enmudecen.
Y el morado se vuelve verde. Es su cuerpo y sólo ellas deciden.
Porque si prefieren se convierten en madres, sin dejar de ser hermanas, hijas o mujeres y revedecen con luz propia.
La brillantina las envuelve, en el cuello llevan trapos, que convierten en la bandera de la ola morada.
Convergen todas las historias de años desiguales, de amores eternos, aquellas que ya no están.
Y las letras, que expresan rabia, que exigen que ni una falte, están contorneadas de colores, llegan a la cima sujetas de un puño en lo alto.
Se toman de la mano, se entrelazan de lo brazos, se cuidan entre ellas para que todos las escuchen fuerte y claro.
Ellos, en la orillas, sólo miran. Sin permiso vigilan, como sorprendidos, expectantes a lo que pasa.
Y pasa, resuena “el violador es el estado y el sistema patriarcal”, que nos debe tanto y no nos deja pasar.
“No se va a caer, lo vamos a tirar” y pasarán sobre él y podrán continuar.
Que el morado signifique la lucha que pintó las calles.
Que se desborde en marea, lo que agita el edificio, que explote, que terminen las pérdidas sin sentido.
