Un reciclaje de lo real

Desde hace tiempo noté que al observar fotografías mías de cuando era niña experimento una falta de reconocimiento de mí misma.
“Sentí el retrato de mi madre guardado en la bolsa de la camisa, calentándome el corazón, como si ella también sudara.” Juan Rulfo en Pedro Páramo

Desde hace tiempo noté que al observar fotografías mías de cuando era niña experimento una falta de reconocimiento de mí misma que me intriga. Sé por supuesto que esa persona soy yo; sin embargo, no siento una conexión directa, en algún punto algo se atrofia, como si hubiese un puente caído que no me permite reingresar a mi yo de antes.

En Sobre la fotografía Susan Sontag escribe que las personas en las fotografías “se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse”. Creo que el extrañamiento que siento tiene que ver con esa declaración. Lo curioso es que la extrañeza sólo sucede conmigo misma, es decir, si veo una fotografía de mi mamá sé perfectamente que ésa, la que era entonces cuando tenía yo cinco años, es la auténtica. Su figura no se me desdibuja y puedo reconocerla sin dudar en cualquier momento de su vida.

Hay una fotografía en especial, de esa época de infancia, en la que encuentro todo absolutamente vivo y familiar, menos a mí misma. Era la Navidad de 1991, parece que yo me encontraba muy feliz, con una alegría radiante que imagino se debe a un regalo que la fotografía no alcanza a capturar. Sin mirar a la cámara mi mamá está sonriente, es curioso que ahora, treinta años después, sea ésa la imagen que más presente tengo de ella.

No puedo evitar pensar en La invención de Morel, en este artificio para mostrar una y otra vez los mismos episodios y escenarios, como en una fotografía eterna. Pienso que mi mamá habita en mi memoria como una cierta imagen del tiempo en que yo más necesitaba de ella, una invención de Morel a capricho, sobre las cosas que decido conservar. Y afortunadamente la memoria es lo suficientemente caprichosa como para querer guardar algunos momentos por encima de otros. Así ella permanece intacta a través del tiempo, pero simultáneamente se renueva con los años pasados y en mí no cabe duda de que es ella en cualquier momento, en cualquier fotografía de todos estos años.

Este hecho, en el que ya había yo reparado en relación con fotografías de mi infancia, sucedió de nueva cuenta cuando vi una imagen de mí, de hace nueve años, al lado de quien entonces era mi pareja. Me volvió a suceder esa falta de reconocimiento. Yo misma me siento desligada de mí misma. Lo más peculiar aquí fue que él, que me acompaña en la fotografía en una mueca que se parece a una sonrisa pero que su seriedad intrínseca no le permite esbozar con totalidad, él también tiene algo de borroso. A pesar de que pude ubicar el momento exacto de esa fotografía, había un halo de irrealidad inexplicable. Me pregunto por qué pasa esto. Por qué sucede con ciertas personas, con ciertos momentos, por qué mi propia identidad queda en jaque, qué factor juegan aquellos que me acompañan en las fotografías que logran la alienación.

No sé si suceda con todos, pero creo que es particularmente difícil recordarnos niños, recordar lo que sentíamos, lo que pensábamos, y los años vividos nos indican que nos hemos hecho tan otros que es complicado conciliar lo que somos con lo que éramos, porque en sentido estricto ya no lo somos. Ahora me queda claro que la extrañeza puede darse aun con algunos años de distancia. También pienso que en buena medida somos quienes somos por los que permitimos se acerquen a nuestras vidas, y tenerlos fuera invita a la duda, ¿de verdad era yo la que compartió con aquél que apenas reconozco? Y uno trata de reconciliarse con la persona que se era, para hallar que hay un abismo otra vez, que en realidad aún con un día de distancia, podemos ser muy muy distintos.

Vuelvo a Sontag: “El resultado más importante del empeño fotográfico es darnos la impresión de que podemos contener el mundo entero en la cabeza, como una antología de imágenes.” Pero qué pasa cuando el mundo contenido no es tal, cuando la antología se fragmenta y no podemos terminar de reconocernos, de sabernos en las imágenes. También vuelvo a la fotografía donde estoy con mi mamá. En la pared del fondo cuelgan retratos de mis abuelos en su boda, obviamente a ellos no los conocí en esa época (a mi abuela en ninguna), sin embargo, me parecen mucho más reales y elocuentes que yo misma. Quizá por el estatismo, porque no tengo manera de conocerlos desde otra perspectiva, tal vez con ellos, lejanos e impersonales es más fácil contener su mundo intacto en la cabeza.

Así las extrañezas y las evoluciones.

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