A veces pienso que si he dejado de escribir mi columna no es por exceso de trabajo (que sí, sí hay y estrés y cosas raras), más bien es porque tengo un cansancio existencial acumulado que me lleva a ver series que ya vi, jugar juegos que ya me sé y entrar en la dinámica del scroll infinito que otorgan alegremente las redes sociales.
No es que haya dejado de importarme o interesarme, no es que no haya cosas en el mundo de las que sienta que tengo que hablar. Es sólo que estoy demasiado cansada, no sé de qué otra manera decirlo. Así que vengo con toda la sinceridad de la que soy capaz, en un intento enorme por no parecer sólo una persona que se queja y ya.
Porque claro que me pongo mis retos y le echo ganitas y trato de salirme del privilegio para ser objetiva y acomodar el asunto en perspectiva: tengo un trabajo, un lugar donde vivir, una familia, una pareja estable, en fin. Por supuesto que están las tragedias menores y la certeza de que todo podría ser mejor, pero entonces siento que, aunque todo podría, en efecto, perfeccionarse, existe (y debiera pesar más) todo lo demás que está bien y por lo tanto ya, deje usted de darle vueltas.
Y sin embargo no. Por ahí vi (en el infinito Instagram) que la adultez es tener montones de pequeños colapsos silenciados y explotar de pronto cuando, por ejemplo, se cae un tenedor al suelo. Y no puedo sino recordar a Rosario Castellanos, frustrada porque se le quema el arroz o se olvida de pagar el recibo predial, cuando en realidad está colapsando por una vida entera de ser ignorada, sobrepasada, deprimida; por días y semanas y meses y años de estar atrapada en su propio loop de insatisfacción y cansancio. Nada más cierto.
La realidad es que en este país todo funciona mal; de hecho, si algo sale bien es un milagro. No me refiero a todas esas cosas imposibles de resolver por un individuo: la falta de civilidad y respeto, los asesinatos diarios, la corrupción, las injusticias sociales… cosas de lo universal que de a poco afectan a lo particular.
Me refiero a lo que sea, a lo que sucede en lo cotidiano individual: el metro no funciona (hoy vi por primera vez en mi vida una escalera eléctrica encharcada en Tacubaya), la gente no hace lo que debe de hacer y toca perseguirla, no puedes hacer tu factura y toca pelearte con alguien que no sabe cómo resolver, pero debes estar ahí hasta que se resuelva, la gente estúpida que no responde las preguntas que se le hacen, tener que arreglar las cosas que no te tocan porque estás rodeada de gente nefasta y cínica. Tal vez sólo soy una gallina, pero de verdad ya estoy muy cansada (ojalá pudiera expresarlo de una manera más elocuente y hermosa).
Y por supuesto que me van a decir que son “nimiedades”, que así es la vida, que hay que apechugar, y no digo lo contrario, pero el día a día se llena de esas nimiedades al grado que se llena el frasquito de la paciencia y de la buena voluntad, y aquello se derrama. Sucede que llevo muchos años de apechugar y de aguantar vara, y no he encontrado la manera de que las cosas se me resbalen. Y lo peor: sé que no hará la diferencia si, por ejemplo, cambio de trabajo o algo así, porque el mundo está tan impregnado de lo mismo que en cualquier lugar encontraré las mismas cosas (de eso, de las mismas cosas, me gustaría ahondar en otro momento).
Entonces huyo momentáneamente y me enfrasco en lo que sea que me desconecte el cerebro; porque hay días en que voy en automático y si no hago al menos esa desconexión siento que me voy a volver loca.
Y me pasa que quiero escribir de cosas, pero no quiero sólo quejarme. Quiero dejar de pensar que el resto de la vida es un colapso constante. Ustedes disculparán, hay días en que no salen mejores argumentos.
