Más allá del 8M

Mujeres protestan contra la violencia machista en la Ciudad de México, el 8 de marzo de 2020. Foto: Diana Ramírez Luna/El Tecolote.

Les voy a contar una historia, ahorita que seguimos encarriladas por el 8M, y con la intención de que este tipo de cosas no se olviden, sino que trasciendan más allá de un día al año. Lo escribo también desde mi posición de mujer, personalísima, que no excluye por supuesto los abusos que suceden a hombres o niños.

No lo traigo a cuento porque “esté de moda” platicar los abusos cometidos hace años; más bien porque es muy importante resaltar que si entonces una no se da cuenta de que algo está mal —parece tan normal que no nos hace ruido— no significa que esté bien o que deba ser así. Años después una aprende, entiende, sabe que aquello no debió suceder. Y es después de mucho que una se anima a decir, se valentona porque ve que no es la única, que es fundamental hablar, que en este caso, como dice Clarice Lispector, hablar salva. Y hay que hablar para que no se siga cometiendo el error.

Cuando yo era una niña, me besuqueó un muchacho, ya mayor de edad. Él trabajaba en el negocio de mi mamá y se escabullía a ratos para darme besos mientras yo hacía la tarea. Me decía que no dijera nada, que era un secreto. No sé qué fue lo peor del asunto, si el hecho de no saber que aquello no estaba bien, o pensar que estaba bien y emocionarme por lo que acababa de pasar. A pesar de que él me pidió silencio, yo le conté a mi mamá y lo hice no desde la vergüenza o la culpa, para mí lo que había pasado había sido bonito. Qué extraordinario me había parecido, tan chiquilla, experimentar lo que veía en las películas: los besos, los secretos. Cuando mi madre lo supo se escandalizó, y yo no entendí nada. Cómo iba a entender, yo tenía si acaso nueve años. Pero él me preguntó, pensaba yo, lo único que hice fue decir que sí. Entonces no entendía que él no debió siquiera considerar preguntarme, convencerme, ya no digamos hacer lo que hizo. Ésta es la primera vez que cuento esto.

También de niña, no recuerdo a qué edad, un señor bastante cercano a la familia me enseñó su cuerpo, concretamente sus órganos sexuales, sin que yo se lo hubiera pedido, y con ello, intuyo que me invitaba a tocarlo: se acostó en traje de baño y discretamente se acomodó para que aquello colgara por afuera del traje y yo pudiera verlo, para que en esa vista quizá llegara a mí el deseo de explorarlo. Ese mismo señor, en otra ocasión, me dejó como una trampa una baraja pornográfica de póker en la cama, y me observaba a la distancia, pero cercano, a ver cuál era mi reacción, si hacía algo para tal vez él actuar. Ya era yo un poco mayor de los doce; ese día sí comencé a pensar que estar ahí y no saber qué hacer era mi culpa. Entonces no dije nada a nadie.

En la secundaria experimenté lo que era que un señor te metiera la mano en el bolsillo cuando no se lo habías pedido. Un sacerdote en la escuela estaba jugando quién sabe qué cosa con un grupo de niñas; yo no estaba en ese grupo siquiera, solamente caminaba y casualmente estaba buscando un billete o algo en la bolsa trasera de mi pants, cuando de pronto el señor metió la mano ahí, rápida y salvajemente, porque argumentó que en mi bolsillo yo estaba escondiendo un papelito que era parte de su juego. Sentí una afrenta seguida de unas ganas de llorar; y también creí que por alguna razón incomprensible había sido mi culpa. Entonces no dije nada a nadie.

Ya después de los veinte, en el metro, un señor me restregó su pene erecto en el brazo; me traté de voltear pero continuó empujándose sobre mi espalda. No sabía cómo hacerlo a un lado, y también sentí que estar en esa situación y sin poderme zafar era mi culpa. Cuando me levanté del asiento para bajar discretamente me tocó un seno, y ni se notaba siquiera porque tenía sobre la mano unos papeles que cubrían lo que hacía con los dedos. Al parecer sólo yo lo había notado. Ese día a mi lado estaba mi tía, la estaba acompañando al Hospital Siglo XXI a tomar sus sesiones de radioterapia. Entonces no dije nada a nadie.

Sé que mis historias son muy light, pero tienen en común el traspaso de los límites, la inocencia de mi parte, primero y luego la vergüenza, la culpa. Estoy segura de que si todas las mujeres del mundo contaran sus propias historias, que se parecen a éstas —aunque sean así de light son alarmantes— los hombres se sorprenderían de lo cercanos que tienen estos testimonios, porque no son cosas que pasan de manera aislada, en pueblitos llenos de gente ignorante o a mujeres con las que no tienen relación alguna. Esto sucede a la vuelta de la esquina, sucede en la escuela, en la misma casa. Me pasó a mí y mi mamá estaba siempre pendiente; me pasó a mí que fui a una escuela de monjitas en donde no debía haber ningún peligro. El común denominador de mis historias es el silencio. No sabría decir por qué, pero creí que lo mejor era no decir nada nunca. Y así nos la vamos llevando, pensando que si no se dice no existe, que si no se habla, desaparece.

Y creo que mucho de este silencio yace debajo de lo que nos enseñan nuestros padres, que lejos de ayudar, nos sitúa en una posición de desventaja. Por ejemplo, cuando era niña usaba licras debajo de la falda, no me fueran a ver. Cuando entré a la adolescencia me dijeron que como mujer tenía que aprender a darme a respetar; también me dijeron que hombres y mujeres no éramos iguales, que lo que hacía un hombre no lo podía imitar una mujer, porque se veía mal. Y es hasta mucho tiempo después que todo aquello cae como las piezas del rompecabezas y entiendes qué tan equivocado estaba todo y lo que pudiste haber cambiado de no haber aceptado esas sentencias.

Y todo esto es mínimo frente a lo que pasan muchísimas mujeres todo el tiempo. Seguir perpetuando estas conductas, seguir “educando” de esta manera, sólo demuestra que hace falta mucha conciencia y conocimiento y que no es cosa de las mujeres “defenderse” sino de todos aprender, de dejar de reproducir conductas sin ser críticos. No hace mucho tiempo yo misma decía: “Ya te puedes casar” como “cumplido” a alguien que aprendió a cocinar. ¿Por? ¿Cómo no vemos lo torcido que está eso? Pero es de esas cosas que tenemos en el chip, como muchas otras que reproducimos sin pensar realmente.

Las historias no siempre son light, muchas desembocan en violaciones, feminicidios, desapariciones. Y es sorprendente la presencia de la culpa por haber permitido que nos hagan o digan cosas. Más sorprendente aún es el discurso que sigue reproduciendo el hecho de que si nos sucede algo es porque nosotras dimos permiso, lo incitamos, de alguna manera lo pedimos. ¿Qué noción de permiso puede tener una niña? ¿Permiso para que te toquen? Un hombre llega hasta donde la mujer quiere, dicen; yo me pregunto ¿no puede el hombre, mejor, detenerse porque sabe, bien sabe, que la mujer no quiere?

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    By: Adriana Dorantes

    Es maestra en Literatura Hispanoamericana. Primer lugar del Certamen Relámpago Internacional de Poesía Bernardo Ruiz, 2009. Ha colaborado en algunas revistas impresas y digitales y suplementos culturales con poesía y artículos sobre literatura, como: Destiempos, Dos Disparos, Valenciana, Mexicanísimo, Casa del Tiempo, Moria, Revarena, entre otras. Autora de los libros de poemas Quién Vive (UAM, México, 2012) y Entre mares alados (Ediciones y punto, México 2014) y del libro de cuentos Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Sediento, México, 2014). Segundo lugar del Torneo de Poesía Adversario en el Cuadrilátero 2015.

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