Trigal con cuervos

Trigal de cuervos
Los cuervos, como cada tarde, atravesaron de este a oeste, oscurecieron el cielo por un momento, como el anuncio de un mal presagio y se posaron en los cipreses, que los cobijaban de la resolana. Foto: Pixabay.

Aquella tarde, de ese caluroso verano te despojaste de todo, te cambiaste de atuendo, dejaste la hoz y la pala para tomar los pinceles, tu estuche de pinturas y el bastidor; sin siquiera tomar un descanso, te dispusiste a regresar al trigal para comenzar a pintar.

Los cuervos, como cada tarde, atravesaron de este a oeste, oscurecieron el cielo por un momento, como el anuncio de un mal presagio y se posaron en los cipreses, que los cobijaban de la resolana.

Viste la escena e inmediatamente hiciste la composición y supiste cuáles eran los matices exactos que necesitabas emplear; no pasó mucho tiempo y antes de que las estrellas empezaran al palpitar, ya me habías terminado.

Así como esta escena, retrataste muchas otras, con tal maestría y frenesí que con el tiempo se volvieron muy famosas, a tal grado que coleccionistas y galerías distinguidas han llegado a pagar cantidades exorbitantes con tal de hacerse de alguna.

Cuando aún vivías estuve guardado, olvidado junto a cientos de cuadros que, como a mí, pintaste con vehemencia y con tal ímpetu, que sentías que la vida no te alcanzaba para pintar todo lo que tus ojos veían.

Llegada tu solitaria y dolorosa partida, dejaste una cantidad inmensa de pinturas de diferentes temas, desde retratos, autoretratos, paisajes, naturalezas muertas, escenas de campo, trabajadores, todo lo que te conmovió en vida, y toda tu obra llegó a las manos adecuadas, ya que éstas se encargaron de difundirla, de darla a conocer en otras partes, llegando hasta los rincones más insospechados y se enamoraron de tus colores y de tus trazos.

La entrega y pasión que imprimiste en cada pincelada, sacrificándo siempre todo, incluso por encima de tu integridad física, hicieron que te convirtieras en el mayor referente del movimiento impresionista. Nunca olvidaré esa tarde calurosa de verano ni a los cuervos sobrevolando aquel trigal.


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