Las promesas

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Después de los años que llevaban de casados y las promesas rotas que eran aún más; ya no sentía nada del amor que le juro en el altar cuando eran jóvenes. Foto: Pixabay.
Por Paulina Vera

Hacer las compras le resultaba satisfactorio. En el supermercado reproducían una música suave y relajante que la llenaba de paz, empujando el carrito analizaba el empaque de las pastas y subía abordo la marca de confianza, la misma que compraba su madre; realizaba el mismo ritual con los demás productos. Detuvo sus pasos en el área de cosméticos, tenía cuarenta años y desde hace diez compraba su crema para las arrugas; se miró en el espejo luminoso: su cabello rubio cenizo (según informaba la caja del tinte) estaba sujeto en un alborotado chongo, la frente amplia con un par de arrugas en el centro y los labios delgados un tanto resecos. En ocasiones se paseaba por los estantes de revistas y hojeaba con descaro las notas que le interesaban para el final devolverlas a su sitio, no le importaba que algún empleado la viera mal. Desde que nació su primer hijo se fue acostumbrando a las miradas de reproches que le lanzaban las señoras del maternal, las mujeres en el parque, las maestras del colegio y cualquier otro ser que cuestionaba su capacidad materna en los lugares públicos.

Lamentablemente, no podía quedarse a vivir en las mecedoras del área de hogar, además, su esposo no tardaría en llamarla desesperado porque algo o alguien se le estaba saliendo de control en casa. Su esposo, ese traidor que con cinismo le exigía acudir al hogar como superheroína volando por los cielos hacia la señal de auxilio. Sin embargo, cuando ella lo necesitaba se ausentaba del hogar, constantemente regresaba del trabajo tarde y cansado; llegó a sospechar de una infidelidad y lo comprobó una noche mientras él tenía una conversación telefónica con su amante en el baño, pero ella fingió no escuchar nada. Después de los años que llevaban de casados y las promesas rotas que eran aún más; ya no sentía nada del amor que le juro en el altar cuando eran jóvenes. Tampoco era una tonta sacrificada que le iba a dar el paso libre a su amante. Estaban locos si creían que se sometería a ese suplicio, ni que fuera Candy Candy como para andar velando por el bienestar de otros mientras derrama lágrimas. Ambos decidieron casarse, nunca lo obligó a nada y si quería estar con otras mujeres adelante, pero el dinero, la casa y las vacaciones en la playa durante el verano los tendría con ella, sus amantes que tomaran lo demás.

Caminaba en dirección a la caja cuando timbró el celular, como era de esperarse la fotografía de su esposo acaparaba la pantalla con un tintineo suplicante de luces. Ahí estaba mirándola con su rostro serio, los labios fruncidos rodeados por la recortada barba y unas ojeras que se instalaron en él desde su ascenso a jefe de departamento. Hasta en los retratos parecía mirarla con un aire de reproche, suspiró cansada antes de responder.

—¿Qué pasa Fernando?
—Oye se me olvidó comprar el regalo para la boda, ¿podrías ir a comprarlo de paso?
—¿Es en serio? Es lo único que te pedí y ni siquiera lo hiciste. Yo fui por la ropa de los niños, la mía, incluso por tu maldito traje y todavía me falta hacer la comida —respondió enfadada.
—Tranquila, yo me encargo de la comida. Ahorita pido una pizza y te guardamos un pedazo.

Finalizó la llamada, la saliva se evaporaba en su lengua y el calor subía desde sus brazos por el coraje. Debería regresar por una bolsa grande de basura donde pudiera meter al incompetente de su marido; no fue por el regalo y su maldita solución para la comida era una pizza, idiota holgazán. Estaba hastiada de su actitud, cada día le parecía más indiferente y eso le preocupaba. ¿Qué haría si le pedía el divorcio? Con el dinero de la pensión no alcanzaría para el nivel de vida al que estaban acostumbrados sus hijos, además ellos no la respetaban y probablemente la culparían por el abandono de su padre.

Para la boda arregló a los niños entre jaloneos y gritos. No querían usar traje, por lo que el cuarto se convirtió en un campo de batalla donde tuvo que dejar el alma para salir victoriosa. Después los colocó frente a la pantalla; no se arriesgaría a que salieran al jardín y regresaran con lodo en los zapatos, el pelo revuelto y los trajes hechos girones. Mientras se dirigía al baño se topó con Fernando, él enviaba mensajes por WhatsApp.

—Es del trabajo, nada importante —manifestó indiferente.

Nadia se metió en la ducha, cuando el agua resbaló por su cuerpo soltó una pequeña risa, “del trabajo, sí claro, cuando hablas en el trabajo envías emojis de corazones y diablitos”. Tardó en trazar la línea negra sobre sus ojos, por más que lo intentara jamás lograría domarla a la primera. Con una suave brocha iluminó sus ojos de un color dorado que se difuminaba con el gris torneándose negro en la punta; las pestañas quedaron curvas y largas, el rubor se expandió suave por sus mejillas, los labios se bañaron de rosa palo y finalmente se roció con su perfume floral favorito. Miró su reflejo en el espejo y se sintió hermosa, con la seguridad devuelta, aquella que habían secuestrado las estrías durante su primer embarazo.

Su marido hizo sonar el claxon del auto y ella caminó lo más rápido que los tacones de aguja negros le permitían, abrió la puerta del copiloto y se sentó. Apenas cerró la puerta y Fernando puso el coche en marcha. No le hizo ningún comentario sobre su atuendo, las únicas palabras que salieron de su boca fueron un par de advertencias a sus hijos para que permanecieran en su lugar. No le molestó, si Fernando no apreciaba su belleza había otro que sí lo haría. Él estaciono el auto en un lugar un poco retirado del edificio, Nadia salió y detrás de ella los pequeños, tomo sus manos antes de que arrancaran una carrera y espero a su esposo para entrar juntos a la Iglesia.

Durante la ceremonia se percató del constante coqueteo que la joven morena en la banca del otro lado mantenía con su esposo; supo que no era la única del lugar en notarlo cuando un par de miradas se dirigieron a ella con lástima. Quería gritarles que le daba igual, siempre y cuando la casa y las tarjetas siguieran a su nombre, ya no le quitaba el sueño a qué hora llegaba su esposo.

Al terminar la misa Fernando se excusó un momento y fue a intercambiar un par de palabras con la morena de vestido corto. Ella mantuvo la calma y se paró junto a una columna adornada con rosas blancas. Buscó su mejor ángulo para tomarse una fotografía que inmediatamente subió a Facebook; minutos después recibió un mensaje lleno de halagos; sonrió triunfante y agradeció el cumplido.

Fernando regresó nervioso, ella lo miró y con su dedo pulgar limpió los restos del pegajoso labial rojo que permanecían en el rostro de su marido.

—Deberías tener más cuidado, tus hijos se pueden dar cuenta de cómo hablas con esa mujer y no sé cómo piensas explicarles que es tu amante.

Él la observo sorprendido, las palabras se atoraban en su garganta.

—¿Desde cuándo lo sabes? —preguntó temeroso.
—¿Desde cuándo? Mejor te digo desde hace cuántas.
—¿Por qué nunca me has reclamado?
—¿Y yo qué ganaba enfrentándote? ¿Qué iba a hacer, pedirte el divorcio para que te fueras corriendo a los brazos de una de ellas y abandonaras aún más tus obligaciones de padre? Por favor Fernando, soy consciente de que las pensiones son una miseria. Además mientras la culpa iba creciendo en ti, me dejabas gastar dinero con mayor frecuencia.
—Entonces yo no te importo, me has dejado de querer y solo te importa el dinero —comentó con resentimiento.
—Fernando, no vengas a hacerte el mártir que no te queda. Lo nuestro se ha desgastado demasiado, pero espero que te quedes a mi lado, y no por los niños sino por el compromiso que un día adquiriste conmigo. Me pediste que dejara de trabajar para cuidar de los bebés y lo hice, tú aceptaste mantenernos y lo haces. Sigamos con nuestro acuerdo, las aventuras están bien por un tiempo, sin embargo, sabemos que son temporales. Ninguna de esas mujeres va a cuidarte cuando seas viejo, tampoco ningún otro hombre lo hará conmigo.
—¿Otro hombre? Por favor Nadia, te puedo asegurar que ningún hombre tendría una aventura con una mujer casada y con hijos.

Nadia no pudo evitar reírse, una de las cosas que más le atraían de su esposo cuando eran novios era su sentido del humor.

—Ay Fernando. Yo podría darte la lista de amigos y compañeros tuyos que me han coqueteado desde que tenemos hijos, por ahora confórmate con saber que a ninguno le hice caso. No haría eso con un conocido tuyo.
—¿Qué me tratas de decir? ¿Que con alguien de nuestro círculo no lo harías pero con un completo extraño sí?
—Tengo un amante.
—No digas estupideces, Nadia —respondió tratando de contener la ira.
—Lo conocí en las clases de karate de los niños, él enviudó joven y se hace cargo de su hijo.
Descuida, somos discretos; aprovechamos las horas de karate de los niños para ir a un motel, así que tranquilo, nuestros hijos no se quedan sin supervisión.
—Eres una maldita zorra. ¿Cómo te atreviste a tomar las clases de los niños como tu hora de motel?
—Yo no soy la que coquetea con su amante frente a nuestros hijos. Sólo te he sido infiel con él, no como tú que te acuestas con cuanta practicante se te atraviesa y todavía te preguntas por qué no puedes salir de ese patético puesto desde hace cinco años, ¿en serio crees que tus jefes se toman en serio al viejo caliente que seduce jovencitas?
—Ya me tienes harto, cuando lleguemos a la casa se termina esta farsa. Te voy a dejar por Amanda.
—Seguro cariño, ¿por qué no la miras? Al parecer ya llegó su novio.
Fernando miró sobre su hombro, Amanda besaba con ímpetu a un joven fornido. Soltó un suspiro resignando y miró a su esposa, ella le sostenía la mirada.
—Como dije, los amantes son pasajeros. Vete con ella o con otra, al final cuando seamos viejos sólo nos tendremos a nosotros para cuidarnos; así lo prometimos y así será.
—Entonces no lo dejarás, ni siquiera por tus hijos.
—Por mis hijos me levanto temprano y hago la comida. No dejo de tener relaciones porque eso a ellos no les afecta y para ser honesta a ti tampoco, sólo te lastima el orgullo.
—Estás siendo muy injusta.
—Injusto es que me pidas dejar mi aventura cuando yo te dejo el camino libre para tener las tuyas. Ese es el trato cariño, lo tomas o te vas con tu novia, aunque dudo que ella acceda.

Las campanas de la Iglesia retumbaron en lo alto, Nadia bajó los escalones decidida y sus pasos crearon una vibrante melodía. Al llegar con sus hijos que correteaban a las palomas los llamó y volteó la mirada hacia su esposo. Él caminó a su lado resignando, con una mano la tomó a ella, con la otra sostuvo la promesa que se hicieron cuando contrajeron nupcias.


*Este relato fue resultado del taller de narrativa impartido por la poeta y escritora Jazmín García

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