La libertad, esa utopía

“Para qué quieres la libertad si no sabes qué hacer con ella”. Foto: Especial.

En algún momento del 2016 me invitaron a compartir literatura en el Anexo del Reclusorio Oriente. Esa actividad era parte del programa Visitando a los lectores, que organiza la Coordinación Nacional de Literatura, del INBA. Se suponía que tenía que hablar de mi obra, pero por supuesto me fui por las ramas y les hablé de algo que yo consideraba más importante y trascendente que mis poemitas.

Traigo ahora la anécdota por dos cosas, primero porque el texto que les mostré entonces fue mencionado con mis compañeritos del club de lectura y cine, y segundo porque no había reparado en la paradoja de la libertad estando ahora a casi un año de iniciadas las diversas estrategias de confinamiento en el mundo, y de ver que en algunos países el esfuerzo por la contención del virus y su propagación resultó en violaciones de derechos humanos.

El cuento era La casa de Asterión, de Jorge Luis Borges. Me encanta por la afición que tengo hacia los mitos griegos y la creencia de que en ellos está la explicación de muchas de nuestras interrogantes; y por supuesto por la maestría con que Borges logra lo que logra.

El texto, mucho más allá de mis filiaciones y de lo que me decía a mí, es un relato sobre el encierro, la privación de la libertad y la soledad, quizá por esto no era la mejor elección, pero lo noté demasiado tarde. Recuerdo que me enfoqué en hablar de los recursos literarios, de la apropiación de los mitos y de la nueva interpretación de Borges al dar otra imagen del Minotauro, no como la bestia despiadada que nos cuenta el mito, sino como un ser alienado e ignorante de su castigo; un ser que busca entretenerse de mil maneras para tratar de evadir la soledad.

Uno de los muchachos que asistieron a escucharme, sin pelar en absoluto mis rollos sobre literatura, tema, forma, etc., me preguntó mi opinión de “libertad”, y comentó que a ellos les habían repetido varias veces que para qué querían la libertad si no habían sabido utilizarla de manera correcta. Dije, para no entrar en polémicas, que la libertad era una utopía, que yo misma, afuera, era esclava de un montón de cosas. La libertad está coartada, a veces es algo que debemos entregar a cambio de un inestable e incomprensible “bien mayor”.

Y no creo haberme equivocado del todo: el sistema nos ha hecho creer que ciertas situaciones están bien; así, actuamos conforme a ciertas líneas, y entre acatar y moldearse a lo que debe ser. Las reglas del mundo nos tienen domesticados en muchos aspectos. Y frente a una pandemia ante la cual nadie sabía qué hacer ni cómo comportarse, esta libertad se tuvo que coartar más todavía. Sabemos que China ya está del otro lado en contagios, pero aplicó mecanismos que algunos argumentaban como coercitivos. Uno de los primeros videos que circularon en los picos de la pandemia en Europa mostraba patrullas y policías en las calles de España con la amenaza de multas a los que violaran el encierro. En la India agarraban a palazos a los que desobedecían las reglas de aislamiento. Y eso que la crisis apenas comenzaba. Parece que, ante lo desconocido, la libertad personal debe sacrificarse para el bien de los demás.

Asterión, en su casa, juega consigo mismo, se imagina que alguien va a visitarlo, pero siempre es él mismo quien hace la visita, juega consigo porque no hay nadie. Narra con una esperanza desgarradora, y al final, cuando alguien por fin va a “salvarlo” resulta que ese alguien lo que busca es matarlo: le han dicho que es un monstruo. Y sí, Asterión muere a manos de quien creyó vendría a sacarlo de la soledad.

A veces creo que en medio de esta pandemia todos estamos un poco como Asterión, esperando que se nos rescate, temiendo que el héroe sea también nuestro verdugo. Llevamos muchos meses sin retomar nuestras vidas, al menos yo no la he retomado; al contrario, he ideado nuevas actividades para reemplazar lo que antes hacía; he renunciado a muchísimas cosas, a cambio del bien de los otros. Con todo, he sido muy afortunada pues no todos tienen la paz necesaria para encerrarse, muchos no tienen de otra más que convivir en el mismo lugar con agresores, muchos sufren verdaderamente el aislamiento, muchos tienen que salir a ganar su dinero.

Aquí me resuena la frase: “para qué quieres la libertad si no sabes qué hacer con ella”, que dijo el muchacho en el anexo. Se nos ha dado la opción libre de no salir a las calles y es un hecho que una gran mayoría no necesita hacerlo, aquí a nadie han torturado por tomar la otra decisión (el tema es muy muy complejo y no da para este ensayito) y sí muchos estamos convencidos de que este encierro será por un bien mayor, para no contagiar a otros, para que la pandemia cese. ¿Cuándo llegará el bien mayor? No podemos saberlo realmente. ¿Ese bien llegará antes si se nos amenaza, amedrenta y agrede por no acatar las reglas? Probablemente sí, y así nos instalaríamos en un escenario en que no importa el medio sino el fin.

Todavía nos falta mucho así. Esperemos con ansia a nuestro redentor, en sacrificio, apartándonos con sueños del delirio y la muerte, esperemos que no llegue para asesinarnos.

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