En 2022 se estrenó el espectáculo ABBA Voyage, no era sólo una gira por un disco, sino un espectáculo que con la tecnología exacta ofrecía una experiencia inmersiva —tan de moda en estos años—, que permitía ver avatares digitales de alta tecnología para recrear a los cuatro miembros originales del grupo tal como lucían en su apogeo en 1979.
Este año el fenómeno se repitió a una escala enorme y con un giro interesante: los integrantes de Abba siguen vivos, pero con Ecos de Soda Stereo, una imagen en holograma de Gustavo Cerati, a más de diez años de su muerte, llega a cantar sus éxitos al lado de su banda original.
Nostalgia, dijeron algunos, y se animaron a pagar su entrada. Un despropósito, dijeron otros, una manera de verte la cara. La realidad es que el espectáculo ha traído muchas opiniones y dentro de ellas varios cuestionamientos sobre la validez de “revivir” a Cerati, o los argumentos a favor y en contra sobre este tipo de espectáculos que ofrecen un concierto, pero en realidad es una imitación, algo incompleto frente a lo que sabemos que es un concierto.
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En 1936, hace casi cien años, Walter Benjamin habló de la “perdida del aura” en su obra La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica. Él apela a un momento crucial en el que el cine y la fotografía irrumpen para posicionarse dentro de las bellas artes; Benjamin decía que la reproducción técnica en realidad eliminaba la unicidad y la autenticidad de la obra de arte en su sentido “tradicional”, por decirlo de alguna manera.
Lo que está pasando con los conciertos de Soda Stereo responde un poco a la tesis de Benjamin: en estricto sentido la imagen de Cerati está creada con la tecnología; imagino que día a día, concierto a concierto, reproduce no sólo las mismas canciones sino los mismos gestos, los mismos movimientos. Cerati es el mismo cada noche, no tiene esa aura de autenticidad, de la experiencia de lo irrepetible que defendía Benjamin para la obra de arte. Me parece curioso que tesis de hace casi cien años puedan seguir resonando hoy en día.
Fuera del cuestionamiento por lo tecnológico o por cómo debe ser o no el arte, me pongo a pensar en la obsesión por la vida eterna y por no poder asumir la muerte; y pienso en un capítulo de la segunda temporada de Black Mirror: “Be right back”: nos muestra la historia de Martha, quien recientemente perdió a su novio Ash en un accidente. En este mundo la tecnología analiza los mensajes del difunto, sus redes sociales, y todo lo que está disponible de él para crear un “sustituto” de Ash, que llega en una caja, es idéntico a él y se comporta como él.
Y no es una locura decir que como sociedad estamos obsesionados por burlar a la muerte, por alcanzar la vida eterna (no es casualidad que las religiones prometan esto y que las religiones sigan siendo consuelo para muchísimas personas).
Me acuerdo también de un cuento de Andrea Chapela que aparece en Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio: “La persona que busca no está disponible”, relato ambientado en un mundo tan perfecto y con tantos avances tecnológicos que la medicina ha logrado que nadie muera (y que nadie sufra de ninguna enfermedad); pero aquí, en un idilio maravilloso en el que no te tienes que preocupar por cuestiones que han quedado atrás, la madre de la protagonista decide rebelarse y dejar que la naturaleza haga lo que le corresponde. En el cuento atestiguamos a la madre evadiendo a los médicos y sus chequeos, porque desea morir con la dignidad que merece cualquier ser que ha vivido. Por supuesto que esta señora es tratada como una loca porque cómo va a actuar así cuando tiene la opción de no sufrir, no padecer, y sanar de inmediato de cualquier afectación que le llegue. ¿No es acaso esto la culminación de la obsesión por ser eternos? Pienso que el asunto de Cerati va por esta línea: si en el cuento se ha encontrado la manera de morir, ¿por qué vamos a dejarnos morir? Ya que se ha logrado que la tecnología reproduzca lo que sea, ¿por qué no traer de vuelta a Cerati para que dé unos conciertos?
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Para cerrar esta entrada, va una anécdota personal: hace algunos años murió un primo mío, y ahora con la inteligencia artificial otro primo lo “trajo a la vida” en un video, en el que lo vemos sonriendo y caminando. La verdad es que lo de Cerati se me hizo lindo, y pienso que me encantaría ver a Bob Marley actuar y cantar, sería cumplir un sueño pues yo no había ni nacido cuando él murió, pero ver a mi primo moverse me dio una suerte de aversión rara, me incomodó bastante y no lo quise seguir viendo.
Me quedo pensando si acaso, con estas “reproducciones técnicas”, como las llamara Benjamin, seguiremos forjando el camino hacia la eternidad. Es verdad que recurrimos al cine y a la fotografía para ver también a los muertos cuando vivían, que se quedan en escenas atrapadas en el tiempo. Es un hecho que la inteligencia artificial nos los puede traer a la vida con nuevas fotografías y videos, que puede crear un holograma que canta y baila para nosotros todo el tiempo que queramos. ¿Faltará mucho para que estas reproducciones también nos lleguen en una caja a nuestros hogares?
