Además del tradicional arbolito, los regalos y el nacimiento, para mí, Navidad era usar la mesa grande, una diferente a la de la cocina donde comíamos diario. Esa mesa, la de la cocina, tenía otro uso: se pegaba a la pared para hacer espacio en el pasillo y que fuera más fácil abrir el horno; sobre ella se acomodaban todas cazuelas con comida, el pan, los panqués, los platos, que también eran diferentes a los que siempre usábamos. Para mí, el hecho de pegar la mesa de la cocina a la pared es un acto asociado directamente con la Navidad y todo lo que esa noche trae consigo.
En casa de mi mamá, y para mi familia más cercana, Navidad es muy importante. Gente que conozco se sorprende al ver o saber cuánta producción hay alrededor de este día; mientras yo iba creciendo más bien me preguntaba por qué todas las demás personas no se lo tomaban tan en serio. Mi mamá se esmera en adornar cada espacio de la casa y cada año los colores para la decoración son diferentes: hay muchas series de luces, cortinas, vajillas, vasos, cojines y manteles con motivos navideños, botas con nuestros nombres bordados, múltiples figuras por todos lados —renos, gnomos, muñecos de nieve, etc.— y por supuesto la comida y las montañas de regalos que todos nos procuramos y que abrimos el día 24, después de cenar.
Navidad es regresar al hogar, a esa casa en la que crecí y en la que han crecido todos, la casa que mandó construir mi abuelo hace poco más de setenta años. Para mí, mantener el ritual intacto de la Navidad tal como ha sido desde hace años es anclarse a una realidad específica que nos contiene: el momento en que podemos seguir conservando una suerte de existencia encapsulada a pesar de que el tiempo pase.
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No tenemos muchas tradiciones, pero Navidad ha sido siempre un punto de encuentro no negociable y no es que lo hayamos discutido formalmente, creo que es de esas cosas que sólo son así, sin cuestionarlas, y no hay más. Yo misma, que no soy dada a las tradiciones casi de ningún tipo, no he dejado de pasar una Navidad con mi mamá (y proyecto no dejar de hacerlo mientras ella siga viva); sólo una vez no me fue posible porque un par de días antes mi pareja se enfermó de Covid y me pareció demasiado riesgoso ver a mi mamá si yo podía estar también contagiada. Además de esa ocasión, no he faltado nunca.
Cosa curiosa: nunca creí en Santa Claus; y no porque fuera una rebelde desde chiquilla o porque me hubiera sentido muy inteligente como para caer en trampas; en mi familia estaba claro que quienes traían los regalos éramos nosotros mismos y desde niña me hicieron saber que los montones que yo recibía venían de mi familia. No era evidente de quién exactamente venía cada regalo —había un bonito factor sorpresa— pero siempre quedó establecido que no existía un ser barbón que se metía por la chimenea y que además sabía qué regalar porque había recibido una carta. Acá mi familia pone suficiente atención a gustos y necesidades de todos y en función de eso prepara regalos. Saber que el amor y la entrega viene de nosotros mismos me parece una cosa hermosa.
El tiempo pasa, no somos una familia numerosa y la realidad es que la casa (esa casa en la que, en algún punto, vivieron hasta diez personas) ya queda grande para los que seguimos. Un día esto se acabará, pero mientras, empleo tiempo y dinero para seguir procurando regalos, para seguir ayudando en la planeación de la cena, los arreglos, y lo que se ofrezca. Hoy, 25 de diciembre, espero que la vida me siga dando la oportunidad de tener más Navidades de estas.
