Henry Miller: visionario

Trópico de cáncer de Henry Miller. Foto: Especial.

A lo largo de la vida hay ciertos momentos cruciales que se convierten en parteaguas en nuestra existencia. Yo tengo los propios, pero en la lista no sólo incluyo instantes vividos sino libros leídos. Uno de ellos fue Trópico de cáncer de Henry Miller.

El libro me cautivó por la sinceridad, por lo auténtico, porque me dijo en ese momento las cosas que necesitaba escuchar y porque me perfiló, muy sutilmente, a mi posterior búsqueda del existencialismo. Hay quienes consideran que sus novelas son muy “adolescentes” y hay quienes lo ven como alguien básico y ordinario por la aparición de prostitutas a cada oportunidad. Pero hace falta leer entre líneas, descubrir que, entre el retrato de su realidad cotidiana, sí soez y vulgar, subyace una filosofía de vida y una manera de entender y vivir el mundo.

La obra de Henry Miller se sitúa a principios del siglo XX, sin embargo, sus ideas manifiestan un decadentismo conectado con la literatura de Charles Baudelaire, por una parte, y en las aportaciones del Naturalismo, por otra. Miller evoluciona a través de los escritores que lo anteceden y aporta una nueva idea para ver y vivir el decadentismo. Como resultado, tiene una pincelada de escritor maldito, de literatura decadente y, en mi propia concepción, posee algo de nihilista y bastante de existencialista antes de que se declarara como tal el existencialismo.

La publicación de Trópico de Cáncer sucede en 1934. El libro está caracterizado por ofrecer una perspectiva totalmente desoladora del mundo en general; Miller escribe desde París, lugar que no es retratado como el paraje ideal ni glorioso, sino como un espacio en el que sólo importa lo material, donde las relaciones humanas son causales y prácticas, donde nada es trascendente y donde frecuentemente todo huele mal y está sucio. En Trópico de Cáncer Miller decide usar la primera persona porque en gran parte el libro es autobiográfico, pero también porque en esta retahíla de la primera persona se deja ver el poco interés hacia los otros seres humanos, así como la soledad de todos y su falta de atención real a los demás. Casi todos los personajes son miserables, no tienen ningún objetivo en la vida y muchos de ellos se preguntan si acaso en otro lugar su situación estaría mejor.

El libro apela a la individualidad y la desesperanza; es cierto que las personas no conviven realmente, los lazos de amistad son bastante dudosos. Esto se ve, por ejemplo, en el inicio de la novela, cuando Miller habla de su amigo Boris, cuya amistad existe y es fuerte gracias a que le ayudó a quitarle los piojos. Todo es vulgar y casual, material, sólo existen las putas y los burdeles, sólo importa el dinero para pagarles y para mantenerse borracho la mayor parte del tiempo. Hay varias cosas que, dentro de las anécdotas que pasan en la novela, llevan a la conclusión de que la esperanza es inútil, que ésta es el problema, pues ayuda a alimentar los sueños del ser humano.

Miller contempla la idea de que el hombre es un ser para la muerte, aunque esto no tenga necesariamente una conexión con Heidegger; Miller ve la vida como una cosa accidental, efímera, un evento que sucede casualmente entre las arenas del tiempo eterno. Miller se asume como una entidad para la cual la única posibilidad es la muerte, pero sin olvidar que se llega a ella consciente y profundamente a través de la vida. Es quizá por esto que el autor se muestra pasivo y tranquilo frente a la existencia, que no le importa tanto la decadencia que lo retiene y por esto es que busca colocarse por encima de los que lo rodean al decir incluso que disfruta sus riñas y estupideces.

El autor, hasta cierto punto, se concibe como un ser superior porque ha entendido la forma de vivir, porque sabe que la opción única es la muerte, pero antes que ésta, existe el disfrute de la vida. Miller tiene una catarsis semejante al descubrimiento de la náusea por el Roquentin de Jean Paul Sartre. El autor afirma que la felicidad se encuentra cuando se ha deshecho de todo lo que le pudiera importar, se despoja de la necesidad de tener cerca a su esposa, se arranca lo que le recuerda a ella, se desprende de sus sueños e ilusiones, desaparece la esperanza, sólo es feliz cuando no tiene ni quiere nada: “No tengo dinero, ni recursos ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo.” Esta frase fue una de mis líneas de vida por años.

La conclusión a la que llega Miller es que no se tiene que buscar un lugar fuera del mundo, como lo pensara Baudelaire en su famoso poema “Anywhere out of the world”, sino que el mundo presente es el único remedio, la vida ahí es la única forma de continuar. Y es aquí donde se conecta indirectamente con Albert Camus. En Miller no hay posibilidad de nada mejor ni ahí ni fuera del mundo; la realidad es ésta, sin remedio: el presente constante y doloroso y no hay miras hacia otras cosas. Y es en esto en lo que se distingue Miller principalmente del resto de sus contemporáneos, no sólo los ya mencionados, pues a la lista se sumarían Fitzgerald o incluso Hemingway, quienes buscan la ilusión todavía. Y es en esa reflexión en donde él coquetea fuertemente con el existencialismo y el asumir que la vida es un absurdo total, al cual no se debe renunciar nunca.

El mundo para Miller es decadente y sabe que no hay vuelta de hoja ni modo de volver la vista a otros amaneceres. En la novela, algunos de sus amigos desean volver a América, también Miller se siente momentáneamente seducido por esa idea, pero todos saben que no lo pueden hacer, que no tiene sentido, porque América no les ofrece nada más que lo que tienen ahí en París o lo que tendrían en algún otro lugar.

El pensamiento de Miller resulta muy real y sobre todo bastante vigente, pues el mundo sigue en decadencia. Podemos ver cómo todas las ciudades van cayendo (real u metafóricamente). El mundo no tiene remedio, sin embargo, lo que es importante es no negar este hecho, sino asumirlo y encontrar la felicidad dentro de la decadencia. En Trópico de Cáncer, el discurso que subyace a las acciones de los personajes y lo que sucede en la novela en sí se sostiene por la declaración de la vida, por la afirmación vital en una realidad que se está desmoronando.

Ciertamente, la vida de Henry Miller en la novela no es para nada ejemplar, ni mucho menos el modelo que todo hombre quisiera seguir, pero su valor está en la conciencia de la felicidad dentro de lo que se está pudiendo irremediablemente. Miller quiere seguir siendo feliz con lo poco que tenga.

Esta declaración vital, con la vacuidad o mediocridad con que se le podría calificar, admite la posibilidad de felicidad. De nuevo recuerdo la sentencia del gran Albert Camus: hay que imaginarnos a Sísifo feliz a pesar de su castigo. Henry Miller es así de feliz a pesar de lo horrible del mundo. Parece poco, pero ¿quién no quisiera bastarse con tan poco? La literatura de Henry Miller continúa en gran medida en la línea que dicta el resurgimiento del hombre en medio de la pudrición, que hace que las cosas mínimas tengan valores inconmensurables aún adentro del pozo de la decadencia.

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    By: Adriana Dorantes

    Es maestra en Literatura Hispanoamericana. Primer lugar del Certamen Relámpago Internacional de Poesía Bernardo Ruiz, 2009. Ha colaborado en algunas revistas impresas y digitales y suplementos culturales con poesía y artículos sobre literatura, como: Destiempos, Dos Disparos, Valenciana, Mexicanísimo, Casa del Tiempo, Moria, Revarena, entre otras. Autora de los libros de poemas Quién Vive (UAM, México, 2012) y Entre mares alados (Ediciones y punto, México 2014) y del libro de cuentos Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Sediento, México, 2014). Segundo lugar del Torneo de Poesía Adversario en el Cuadrilátero 2015.

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