El actor Chadwick Boseman murió de cáncer de colon sin hacer público su diagnóstico; esta decisión no suele ser la más frecuente. Muchas figuras públicas optan por manifestarlo, como Selma Blair o Christina Applegate, quienes desde jóvenes comunicaron sus enfermedades.
Hace algunos días murió el periodista cultural Huemanzin Rodríguez, también de cáncer. Por lo que vi, muy poca gente sabía de su enfermedad, él decidió no hacer público nada. Incluso un amigo mío compartió su testimonio: en abril de este año se vieron y lo notó muy delgado, pero Huemanzin decidió no hacer mención al cáncer, sino al cambio de dieta, a subir cerros, a haber dejado el alcohol.
¿Qué lleva a las personas a no informar sobre su estado de salud? Entiendo que al tratarse de figuras públicas es prácticamente imposible ocultar las cosas, pero bueno, Boseman lo logró. ¿Por qué ocultarla? Pienso mucho en eso, en cómo nos relacionamos con la muerte, esa única cosa certera en nuestras vidas. Qué nos hace guardar silencio, ¿no querer compasión? ¿No ver afectado nuestro día a día? En el caso de Boseman parece que la decisión respondió a una petición de su madre, además de que buscaba mantener su vida personal, en general, en privado; su familia llegó a afirmar que no deseaba que nadie se preocupara por él.
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Mi amigo Fernando, en cambio, decidió publicar en Facebook que le acababan de detectar cáncer. A partir de ahí estuvo documentando el progreso y/o las recaídas; se tomaba fotos en el hospital, contaba si se había sentido bien o mal después de cierto tratamiento o si había logrado dormir bien o no debido al dolor. Cada posteo venía acompañado de palabras lindas de sus amigos que se enfocaban en enviarle buenos deseos y ánimos frente a la enfermedad. (Spoiler alert: nada de esto logró salvarle la vida y murió en cosa de tres meses después del diagnóstico.)
Pienso que comunicar una noticia de esta magnitud sí puede mover muchas cosas en las personas, puede acercarlos si estaban lejanos, lo cual refuerza la idea de que no debemos dar nada por sentado; pero también pienso que las personas deben estar cerca porque te aprecian genuinamente en su día a día, no a partir de que les dices que te vas a morir en meses.
En El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibuleac, el joven Aleksy pasa, sin ningunas ganas, ese verano al lado de su madre: varios meses en un remoto pueblo francés, y todo el tiempo pensando en los planes que tenía de viajar a otro país con sus amigos. La relación con su madre es pésima, por decir lo menos: hay un odio genuino hacia ella desde la página uno, además, Aleksy ha pasado por muchísimo dolor, tiene rencor, recuerdos horribles de infancia y una soledad inmensa: un caldo de cultivo ideal para odiar a su madre sobre todas las cosas y para hablar de ella de maneras horrorosas. Pero su madre le pide pasar el verano juntos, ella acaba de cumplir 39 años y le confiesa que está enferma y que seguramente será el último verano en que puedan acompañarse. Poco a poco la relación se suaviza; este tiempo juntos les sirve para comprenderse y renace un poquito la esperanza de redención entre ellos. ¿Hubiera sido así si no hubiera confesado su enfermedad?
Me pregunto si a mí me gustaría que personas que no lo hacen en su día a día me quisieran y pusieran atención a partir de enterarse de que me quedan semanas en la tierra. “En vida, hermano, en vida”, dice ese poema medio cursi de Ana Maria Rabatte, que es lo mejor que puedo citar cuando pienso en esta situación. Creo que un poco por eso me quito la fecha de cumpleaños en el Facebook, para que me felicite quien realmente me tiene presente, no quien ve una notificación y escribe, aunque no sabe si vivo o muero.
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Desconozco las razones de Huemanzin, quizá sus muy cercanos las sepan y obviamente también sabían que estaba enfermo, pero no necesito entender para respetar e incluso para coincidir con el procedimiento. Vaya, yo ni siquiera deseo enterar a nadie de los medicamentos que tomo o por qué, no me gusta que sepan si voy al médico, si algo me duele, mucho menos me animaría a contarles algo más serio.
Y ya saben, pienso todo el tiempo en la muerte (me coquetea frecuentemente la idea de mi propia muerte), quizá porque en el fondo me causa fascinación, pero más me causa un respeto muy profundo. ¿Usted qué hubiera hecho?
