La pertinencia de existir

La pertinencia de existir
Foto: Diana Ramírez.

No sé si algún día terminaré de enumerar, agradecer y añorar todo lo que me dio la MPE (Maestría en Producción Editorial). Ya sé, suena a una ñoñería, pero además de darme la oportunidad de profesionalizar y monetizar una de las cosas que más amo hacer en la vida, editar libros, la MPE me regaló amigues que muy pronto se convirtieron en familia. Y eso apenas fue el principio.

La MPE también me llevó a vivir experiencias que, de otra manera, no sé si me habría atrevido a vivir: mudarme a otro estado, lejos de mi familia; descubrir cuánto disfruto la independencia y mi propia compañía; explorar rincones del mundo a los que probablemente jamás habría llegado por iniciativa propia. En pocas palabras, me obligó a ensanchar los límites de la vida que hasta entonces conocía.

Me acercó, además, a otro tipo de profesionales de la edición: los y las académicas que casi todos los días me hacían cuestionar mi manera de concebir y ejercer el oficio, pero que, sin proponérselo, también me hacían descubrir cualidades mías que ni yo sabía que tenía: capacidad de confrontación, tenacidad, valentía y muchas, muchas ganas de habitar el presente.

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De la MPE regresé más fuerte. O, por lo menos, distinta. Definitivamente la persona que llegó a Cuernavaca no era la misma que la que se marchó de ahí, hecha un mar de llanto, aquel verano del 24. Hace unas semanas alguien me preguntó: “¿Cómo se sobrevive después de la MPE?” Mi respuesta más honesta fue que ni yo misma sé si he conseguido recomponerme de aquel capítulo. Ni siquiera sé si quiero hacerlo del todo.

Una parte fundamental de lo que aprendí durante esos años se la debo a mi directora de tesis, quien me confrontaba prácticamente en cada asesoría y me llevaba constantemente a encarar de frente la frustración. Me costó muchísimo trabajo elaborar el marco teórico de mi proyecto: a ratos no creía en mí, a ratos sentía que ella no creía en mí y, como fuera, acababa por sentirme incapaz. Reescribí capítulos completos varias veces y hubo momentos en los que sentí que avanzaba únicamente para volver al mismo sitio. Y sí, pensé seriamente en declinar o en solicitar al comité un cambio de directora. Hoy le agradezco profundamente a la Diana del pasado por no haberlo hecho.

La pertinencia de existir
Foto: Diana Ramírez Luna.

Hace unos días, Irene Fenoglio, mi directora de tesis, falleció. Y en medio de ese frío que se instala en el cuerpo cuando una noticia así nos alcanza, mi memoria no acudió a las grandes lecciones académicas ni a las interminables correcciones del manuscrito. Recordé, en cambio, las veces que se preocupó por mis episodios de gastritis, las ocasiones en que su honestidad nos hizo reír de manera individual y grupal, y la generosidad con la que se empeñó en que me titulara pronto.

Recordé, pues, esa cotidianidad que termina por vincularnos con las personas sin que nos demos cuenta. Y, sobre todo, ese corazón docente que la llevaba a preocuparse genuinamente por aquella tesista que siempre le tuvo miedo a la tesis.

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Con su partida confirmo que quizá nunca se me apaguen esta melancolía y esta añoranza por los años maravillosos que viví en la MPE. También reafirmo que lo verdaderamente extraordinario de aquel programa no fueron los conocimientos ni las oportunidades laborales que llegaron después, sino descubrir, por primera vez en mi vida, que existía un lugar al que pertenecía sin tener que esforzarme por encajar. Un lugar que podía habitar sin imposturas, donde no necesitaba demostrar nada para sentirme parte de algo y donde, además, me sentía pertinente y parte de la unidad de sentido de ese libro llamado MPE 13, del que sin duda alguna, Irene fue parte fundamental.

Supongo que hay experiencias de las que una nunca termina de regresar, porque una parte de nosotras decide quedarse a vivir en ellas. O quizá son las personas que encontramos en el camino quienes, incluso después de marcharse, siguen enseñándonos a leer las páginas que vienen.

Foto: Diana Ramírez Luna.
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