El asa cedió apenas salí de la estación San Stae. Sentí un crujir seco en la mano y me quedé inmóvil; no quise volver la mirada, como si con ello pudiera convencerla de resistir un poco más. Intenté jalarla con cuidado, pero la maleta ya no quiso seguirme. Los últimos metros hasta el hostel tuve que arrastrarla convaleciente entre puentes, escalones y el inclemente empedrado veneciano. Quince años de viajes juntas terminaron ahí, a la orilla del Canal Grande.La maleta llegó a mí cuando yo atravesaba una de las épocas más devastadoras de mi vida. Me habían puesto unos cuernos enormes, de esos que además solo quien los trae los ignora, y una criatura venía en camino a consecuencia de ello. Era, más o menos, la misma temporada de la que les hablé en mi columna anterior.
Para paliar la tristeza, Edson, uno de mis mejores amigos, me invitó a pasar unos días en Morelos con un grupo de amigos suyos. Aunque una parte de mí quería ir a aquel viaje, me daba vergüenza ir sin tener una maleta, así que inventé cualquier pretexto para decir que no.
Mi madre, que acababa de conseguir un mejor empleo y preocupada por aquella tristeza que se me había instalado en el cuerpo, me dijo que fuéramos en busca de una maleta que me gustara para que fuera al viaje, ella me la compraría. Aquello me parecía tremendo lujo.
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No tardamos en ir por ella, desde hace meses yo había visto a mi prospecto en una agencia de viajes en Avenida Montevideo: era una maleta de tela rosa que incluía un neceser precioso. Fue amor a primera vista y mi mamá se encargó de sellar ese amor cuando pagó mil doscientos pesos mexicanos por ella; sin saberlo, aquella tarde de octubre me obsequió mucho más que una maleta: me regaló la libertad de empezar a explorar y habitar el mundo más allá de lo que mis ojos habían visto hasta entonces. Desde entonces nos convertimos en inseparables. La rosita viajó de punta a punta de México, recorrimos juntas desde Tijuana hasta Yucatán; esperó conmigo en terminales de autobús a horas insospechadas, enferma, con hambre y a la expectativa de vuelos o buses con retraso; recorrió conmigo pasillos interminables de aeropuertos, estuvo en cada FIL Guadalajara a la que he asistido, pero además lo hizo desde la primera Feria a la que fui allá en 2011, donde sufrió raspones y daños irreparables. La rosita acompañó las primeras ferias de LibrObjeto cuando todo era incertidumbre y, sobre todo, pura ilusión; ilusión que también formó parte de mis dos mudanzas a Cuernavaca y en las cuales ella fue y vino varias decenas de veces. Hace algunos meses cruzamos juntas el Atlántico para recorrer Europa.

Aunque hoy tengo otras maletas, nunca pensé en dejarla fuera de esta travesía. Antes de viajar la limpié con paciencia; tenía marcas de tantos trayectos que ya era imposible distinguir cuáles pertenecían a qué viaje. Un tornillo se le había zafado, ¿coincidencia?, y mi tío lo recolocó. La dejé reluciente, como quien se prepara con una amiga para una ocasión importante.
Pero la vida de una maleta en aeropuerto no es amable. Las lanzan, las arrastran, las golpean contra bandas transportadoras y pisos de concreto. Incluso soportan el peso de recuerdos ajenos sin que nadie se detenga a pensar si fueron hechas para tal empresa. Esta vez, mi rosita no pudo más.
Mientras escribo esto, lloro y mientras lo corrijo también. Me cuesta trabajo identificar por qué, pero me invade una sensación extraña de haber llegado más lejos de lo que aquella muchacha de veinte años podía imaginar el día que salió de la tienda abrazando una maleta rosa. Llamé a mamá para contarle.
—No te preocupes, amor, no llores —me dijo—. Yo te compro otra.
Durante años pensé que conservar esa maleta era una forma de no soltar la mano de mi madre. La sola idea de reemplazarla me hacía sentir desleal, mal agradecida, como si abandonarla implicara desvalorizar el esfuerzo que ella hizo para comprarla en aquel entonces. Me ha costado asentar la idea de que el amor no vive en los objetos, sino que los atraviesa. Porque la maleta podrá quedarse en cualquier parte del camino, pero lo que mi mamá puso dentro de ella hace quince años sigue intacto: aquella tarde no me regaló una valija, sino las alas para poder irme cuando quisiera. Creo que ese es uno de los más grandes actos de amor de una madre.
Quizá por eso duele verla romperse justo aquí, junto con esa versión de la mujer que la usó por primera vez en 2011 y que ya no existe. Soltar la maleta en Venecia fue aceptar que aquella mujer que la estrenó también se había quedado atrás.
No paro de llorar.

Vi a la rosita por última vez en la recepción del hostel, la tela conservaba cicatrices de viajes que ya no recordaba, como si el poliéster también tuviera memoria. Me despedí de ella con esa certeza terrible de las últimas veces y no pude evitar hacerle una última foto; es duro pensar que salí de México con ella, pero ella ya no vuelve conmigo.
Claro que dejaré que mi mamá me compre una nueva maleta, sé que seguiré dándole vueltas al mundo y que, de algún modo, ella seguirá acompañándome en la conquista de cada una de las cosas imposibles que siempre he soñado hacer.
