¿Te acuerdas cómo nos conocimos?

Te acuerdas cómo nos conocimos
Foto: Pixabay.

Hace unos días, una de mis mejores amigas cumplió años y viajé unas cuantas horas al norte del país para celebrarlo. Entre las conversaciones recurrentes de la fiesta estaba la de contar cómo habíamos conocido a fulanito y a zutanito. Me descubrí alegre, esperando mi turno para contar nuestra historia. Ahí noté que encuentro un placer inmenso en recordar cómo conocí a las personas que hoy son importantes en mi vida o que han trastocado su curso.

Toda historia necesita un origen para narrarse, no importa si fue torpe o casual: la memoria lo vuelve fundacional. Recordamos cómo conocimos a quienes amamos, porque ahí el vínculo era solo una posibilidad, un giro inesperado del destino, una forma primitiva de la incertidumbre.

Volver al origen no es mera nostalgia: es una forma de dialogar con el presente y, al mismo tiempo, mantener a salvo una parte de la historia que solo le pertenece a dos personas. Una suerte de complicidad inmarcesible que aboga por el vínculo cuando quizá la distancia, el tiempo o las circunstancias se convierten en obstáculos más que en aliados.

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Me descubro constantemente volviendo a aquella noche en la Rosario Castellanos, en la Condesa. Todavía estudiante de licenciatura, anhelando la amistad de una editora a la que admiraba y que, ahora, se ha convertido en una de mis mejores amigas. Vuelvo a mis días en la prepa 9 de la UNAM, en clase de inglés, cuando noté que la morra de los plumones me miraba con recelo y, al cabo de unos meses, se hizo novia de un amigo mío; muy poco tiempo después, ya éramos como hermanas. Diecinueve años después, en vez de hacerle regalos a ella, se los hago a su cría.

Mirar hacia el origen conlleva algo de duelo, porque nos permite mirar lo que ya no es y, sin embargo, fue tan real que alguien más puede dar fe de ello; es la postal de tiempos en los que la convivencia cotidiana no implicaba las dificultades ni los retos del presente. Esa mirada nos permite aferrarnos a la idea de que, si bien el pasado fue bueno, el futuro puede ser mejor, y que, si la vida nos puso en el camino a personas entrañables, nos toca honrar ese golpe de suerte a través de la voluntad de mantener el vínculo vivo.

Me pienso en el primer día de clases de la maestría, cuando le pasé un papelito con mi número de teléfono a todos mis desconocidos compañeros para hacer un grupo de WhatsApp. Esa semana tuvimos nuestra primera reunión extraescolar en un bar de la avenida; en menos de un mes, ya éramos los muéganos que seguimos siendo cuatro años después.

Tengo la certeza de que los vínculos que tengo, hoy en día, son una suma de voluntades. También sé que en ocasiones es cansado nutrirlos: a veces no apetece ir a presentaciones ni a reuniones ni a eventos y hasta a funerales, pero hacerlo significa dejarle saber al otro que estamos presentes. Esos gestos son los que honran a cada una de esas historias de orígenes.

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Me pienso en una date en un bar que ya no existe, riendo por el baile de TikTok de un desconocido que luego me cambiaría la manera de ver el presente y hasta de cuestionarme la idea de maternar. Pienso en las historias que prometían serlo todo y, al pasar el tiempo, se convirtieron en un recuerdo que, al igual que muchos de los lugares donde sucedieron, ya no existen. Pero de eso les escribo otro día.

Escribo esto en un aeropuerto, donde uno se siente tan solo y lejos de casa que es imposible dejar de pensar en la vulnerabilidad como parte inherente de nosotros. No sé a ustedes, pero estoy casi segura de que cuando amamos a alguien, volver al lugar del génesis, no solo nos da un placer inconmensurable, también nos quita esa sensación de responsabilidad de alimentar el vínculo y nos deja creer por un momento que estábamos predestinados, que el autor de la novela lo tenía escrito para nosotros, que no hay posibilidad de que hubiera sido distinto. Disfrutemos, pues, de regresar las veces que haga falta a una noche cualquiera en un bar, a un aula, a una librería: a los lugares donde todo empezó.

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