Lo chido de ser chilango

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Foto: Diana Ramírez Luna.

Llevo algunos años exprimentando una profunda insatisfacción cada vez que vuelvo a la CDMX: una sensación permanente de impertenencia y, al mismo tiempo, un resentimiento porque creí que Cuernavaca me había ofrecido muchas de las cosas que la ciudad me negó siempre.

Becas, amistades, fiestas, libertad, reconocimiento, abundancia y una lista que podría sonar más o menos baladí. Cada reencuentro con la ciudad se resumía en quejas por el tráfico, las alergias que me provoca y el particular olor que una solo percibe cuando ha estado fuera de ella por algún tiempo. Vaya, mis quejas iban desde eso hasta la forma de ser de las personas que, viviendo aquí, nunca tienen tiempo para coincidir. Lo cierto es que yo, estando aquí, tampoco lo tengo.

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Este diciembre de 2025 me sorprendí añorando la ciudad, anhelando volver a sus calles grises y frías (¡con lo que odio el frío!), animándome a usar el transporte público y hasta divertida con el acento chilango que por fin puedo reconocer.

Siempre pensé que por no haber nacido en algún estado como Oaxaca, Chiapas o Guerrero, con tradiciones e identidades no solo muy fáciles de identificar sino hasta ovacionadas a nivel internacional, yo carecía de identidad. Es curioso que haya tenido que irme de la ciudad algunos años para reconocer que sí existe esa identidad que creí irreal, para darme cuenta del orgullo que siento al pedir una quesadilla de queso, querer meter comida dentro de un bolillo y saber usar el transporte público, aunque a menudo odie hacerlo.

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Foto: Diana Ramírez Luna.

Quizá la ciudad me ha negado un montón de cosas: becas, fiestas, encajar en ciertos círculos socioculturales. Pero, también, me ha dado una lista interminable de bendiciones que no podría numerar: amistades que, aunque pocas, genuinas, educación constante, familia, cosmovisión, cultura, y, por qué no mencionarlo, a los más grandes y memorables amores de mi vida.

Corrijo. Llevaba algunos años experimentando una profunda insatisfacción cada vez que volvía a la ciudad, pero esta vez, sin quererlo, me reencontré con ella y en ella desde nuevos lugares. Vine a hacer las paces con la gran urbe, a entender por qué gente de todo el mundo la visita, a recordar sabores, a vivir su clima horrible y transitar mis alergias sin queja; pero también a hacer las paces con la Diana que tenía guardado un resentimiento inútil con el pasado.

Esta vez, a diferencia de hace año y medio, me siento lista para volver a ella. Y para volverme a ir cuando haga falta para contarle al mundo lo chido que es ser chilango. 

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