La condena de respirar: notas sobre Casas vacías de Brenda Navarro

Casas vacías, de Brenda Navarro, y su sacudida. Foto: Pixabay.

Tengo 35 años y a menudo, cada vez más a menudo, me pregunto si deseo ser madre. Me lo pregunto porque incluso en este siglo es algo que se espera de las mujeres. Un día supe que quería vivir sola, y lo hice. Un día supe que me quería casar, ni siquiera sé muy bien cómo, pero lo supe. Cada que me pregunto si quiero tener hijos, la respuesta sigue siendo que no lo sé, y más bien se inclina a que no, sobre todo después de la sacudida que fue para mí Casas vacías de Brenda Navarro.

No puedo recordar otra novela en la que los personajes principales no tengan nombre. Es muy significativo en cuanto a la estructura narrativa y la construcción de las historias que los ejes de la novela, dos mujeres, funcionen así (porque funcionan, de manera magistral); los personajes que las rodean tienen nombres e historia, características propias delimitadas siempre desde la voz de las protagonistas, y a ratos por esto pareciera que son más importantes que ellas, pero curiosamente no. Pienso que tal vez se debe a que Brenda busca ser universal y no dar nombre a quienes representan a las mujeres como género.

En los últimos meses he leído algunos libros en torno a la maternidad, como Linea nigra de Jazmina Barrera y La hija única de Guadalupe Nettel. Aunque ambos me gustaron bastante por su sinceridad y su apuesta de mostrar esa parte oscura que hay en la maternidad y de la que no se habla a menudo, la novela de Brenda me conmovió a un nivel más profundo en cuanto a muchos aspectos: técnica narrativa; creación de personajes con sumo detalle, voces bien definidas y verosímiles; perspectiva sobre el tema en sí; muy sabia elección de epígrafes, entre otras cosas.

La novela cuenta la vida de dos mujeres que son madres de diferente manera. La primera historia parte del robo de Daniel, la segunda, de una suerte de adopción de éste, a quien en esta historia se le llama Leonel. Las historias se van alternando en la novela y es poco a poco que el lector se entera de cómo es que Daniel se transforma en Leonel. En algún momento de la lectura llegué a pensar que Daniel/Leonel sería lo más importante de la narración. Pero lo cierto es que la novela está construida de tal manera que lo que menos importa es el niño. El hijo es un símbolo, una suerte de receptáculo de las ideas, frustraciones, esperanzas y miedos de las madres; es un vehículo, una semilla de muchas discordias. Pero de él apenas sabemos unas dos o tres cosas: que es autista y que hace los mismos sonidos siempre, que tiene la mirada perdida y que es muy bonito. Aquí lo que importan son las mujeres, sí, sobre todas las cosas, aunque no tengan nombre.

Las afirmaciones que hace Brenda en la voz de sus protagonistas son verdaderamente desgarradoras. Al terminar el libro decidí compartir algunos fragmentos que me habían volado la cabeza en mi Facebook, no eran demasiados, pero muy significativos. Me pareció súper interesante cómo recibí comentarios de algunas amigas, que son madres, uno decía: “Qué fuerte, tiene mucha razón”. Y yo pensé que era terrible que en efecto así fuera. Qué dolor.

Comparto unos breves fragmentos del libro de Brenda. La maternidad es el centro, sí, desde un lado deseada y desde otro repudiada, y en ambos igualmente terrible y dura. Mas a su alrededor se asoman múltiples temas como las relaciones de pareja, las concepciones del amor, los deseos, los arrepentimientos, las tristezas, los dolores, la ignorancia:
“Nunca quise ser madre, ser madre es el peor capricho que una mujer puede tener.”
“Soy de esas mujeres que prefieren estar con el hombre aunque no las quieran y que siempre dice pues mañana será otro día.”
“Es mejor mamar del marido, mamar de los papás y ser mantenidas a que te vean en la calle como la que aborta.”
“Pues si ya no lo quieres, déjalo, luego es una chinga vivir con ellos y cuidar a sus pinches hijos”
“Nomás tú le pides permiso a un pendejo para embarazarte”
Ser las casas vacías para albergar la vida o la muerte, pero al fin y al cabo, vacías
“Daniel lloraba como el hombre que sabía que podía comer, dormir y llorar a la hora que se le antojara porque nosotras, aunque cansadas y somnolientas, estaríamos a sus pies.”
“Pensé en abortar, lo pensé, por eso es que si alguien fue culpable de lo que pasó después fui yo.”
“Todo embarazo es de alto riesgo […], riesgo de matarte porque no puedes más, riesgo de sacarlo con las manos, con un cuchillo o con un gancho y morir de culpa y de tristeza.”
“Hay que ser demasiado inconsciente para no tenerle miedo a una nueva vida”.

Son impactantes, pero ya Rosario Castellanos se había dado cuenta de algunas de estas cosas, sobre todo las que tratan de la repulsión al hijo. Su poema “Se habla de Gabriel” lo demuestra abiertamente, y considero pertinente compartirlo:

Como todos los huéspedes mi hijo me estorbaba
ocupando un lugar que era mi lugar,
existiendo a deshora,
haciéndome partir en dos cada bocado.
Fea, enferma, aburrida
lo sentía crecer a mis expensas,
robarle su color a mi sangre, añadir
un peso y un volumen clandestinos
a mi modo de estar sobre la tierra.
Su cuerpo me pidió nacer, cederle el paso;
darle un sitio en el mundo,
la provisión de tiempo necesaria a su historia.
Consentí. Y por la herida en que partió, por esa
hemorragia de su desprendimiento
se fue también lo último que tuve
de soledad, de yo mirando tras de un vidrio.
Quedé abierta, ofrecida
a las visitaciones, al viento, a la presencia.

Quizá deberíamos dejar de romantizar la maternidad. O quizá yo he estado muy alejada de la gente que no la romantiza, y cerca de la que sí.

Personalmente pienso en la maternidad y se me hace lo más difícil del mundo, lo más solitario también. Me parece terrorífico pasar por ahí, ese desgarre para dar vida. Y qué horror tener que darlo todo cuando no estás ni siquiera bien tú misma; cuando una está ya lo bastante dañada, cómo hacer que alguien más crezca bajo nuestra responsabilidad con la mínima cordura.

Estoy convencida de que no hay preparación para ser madre. Sé que hay quienes lo saben, lo desean y lo asumen, pero tampoco para ellas es fácil. Y creo que es indispensable que se escriban más cosas sobre esa dificultad y sobre la oscuridad, el dolor y la tristeza.


Referencias:
Navarro, Brenda, Casas vacías, Sexto Piso, 2020

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    By: Adriana Dorantes

    Es maestra en Literatura Hispanoamericana. Primer lugar del Certamen Relámpago Internacional de Poesía Bernardo Ruiz, 2009. Ha colaborado en algunas revistas impresas y digitales y suplementos culturales con poesía y artículos sobre literatura, como: Destiempos, Dos Disparos, Valenciana, Mexicanísimo, Casa del Tiempo, Moria, Revarena, entre otras. Autora de los libros de poemas Quién Vive (UAM, México, 2012) y Entre mares alados (Ediciones y punto, México 2014) y del libro de cuentos Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Sediento, México, 2014). Segundo lugar del Torneo de Poesía Adversario en el Cuadrilátero 2015.

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