Vida después de la muerte

Era sólo una despedida momentánea ya que sabían que tarde o temprano habrían de hallarse con ella después de la muerte. Foto: Pixabay.

Es famosa la respuesta de Ann Druyan, viuda de Carl Sagan, sobre la interrogante de si de verdad estaba tan convencida de que al morir no habría manera de reencontrarse con su difunto esposo, y si esto no le parecía una realidad terrible. La respuesta no deja de resultarme arrolladora por tan honesta y convincente: “Nunca he esperado volver a reunirme con Carl, pero lo más grandioso es que cuando estuvimos juntos, por casi veinte años, lo hicimos con una vívida apreciación de cuán corta y preciosa es la vida. Nunca trivializamos el significado de la muerte fingiendo que era otra cosa diferente a un último adiós.”

Ambos, científicos y ateos, tuvieron una vida plena el uno al lado del otro, en constante amor y compromiso, y eso es una de las cosas más difíciles de hallar y sobre todo de mantener. Es entendible que su mente científica no le dejara cabida a Dios ni a una idea de la vida después de la muerte; también puedo entender que en esa plenitud no vieran la necesidad de esperanzarse en una vida mejor cuando al morir tuvieran que separarse para siempre.

Es muy difícil llegar a esta certeza y no desmoronarse, es un reto lograr la tranquilidad de Ann Druyan, frente a la certeza de un fin definitivo. La religión católica, que es la dominante en la sociedad mexicana, promete vivencias increíbles en un futuro que no podemos siquiera entender, y la mayoría de la gente sigue creyendo en estos paraísos que se mantienen sólo por un acto de fe. Es común asistir a velatorios en los cuales los sacerdotes se concentran en dar consuelo a partir de la promesa del reencuentro en el más allá. Creo que todos hemos conocido a alguien que se anima a seguir adelante con su vida mientras se convence de que en un cielo sus seres queridos esperarán pacientes y alegres para la tan prometida reunión.

No voy a negar que la idea es verdaderamente hermosa. Quién no quisiera llegar a un punto en que la vida eterna y feliz, al lado de todos los muertos que nos dejaron en vida, fuese posible. Quién no se entusiasmaría pensando que la tortura de la vida actual será recompensada y que existe un cielo perfecto en el que las cosas son ideales y hermosas.

Hay un poema de John Donne que afirma con tanta convicción esta idea de la inmortalidad, que ha logrado conmoverme con su belleza, pero no ha logrado convencerme de lo que predica. La certeza con la que habla el poeta es tal que no admite refutación posible; Donne lo enuncia con una fuerza tan poderosa que la misma muerte resulta humillada, avasallada por la verdad de que al morir hay una vida real y segura, y que por lo tanto no debemos estar angustiados por la terrible muerte que por unos segundos nos posea. Cito el poema, que forma parte de las Poesías sacras, publicadas en 1633:

Muerte, no te enorgullezcas, aunque algunos te hayan llamado
poderosa y terrible, no lo eres;
porque aquellos a quienes crees poder derribar
no mueren, pobre Muerte; y tampoco puedes matarme a mí.
El reposo y el sueño, que podrían ser casi tu imagen,
brindan placer, y mayor placer debe provenir de ti,
y nuestros mejores hombres se van pronto contigo,
¡descanso de sus huesos y liberación de sus almas!
Eres esclava del destino, del azar, de los reyes y de los desesperados,
y moras con el veneno, la guerra y la enfermedad;
y la amapola o los hechizos pueden adormecernos tan bien
como tu golpe y mejor aún. ¿Por qué te muestras tan engreída, entonces?
Después de un breve sueño, despertaremos eternamente
y la Muerte ya no existirá. ¡Muerte, tú morirás!

La fe es necesaria para mantener estas convicciones, porque en realidad no existen pruebas de nada. La fe les funciona a muchos y estoy a favor de que las personas encuentren consuelo e ímpetu en las cosas que mejor les ayuden con sus vidas. Esos, los que creen, tienen una fuerza muy grande para existir, basada justamente en la certeza de que algo mejor los espera, que la reunión es posible, que hay un plano especial después de muertos en el que estarán bien. Pero también creo que la fuerza es todavía más grande y más necesaria para los que saben que no hay tal reencuentro, para los que aceptan que esto es todo lo que hay y tienen que aprender a vivir con eso, y deben encontrar la forma de hacer que aquello signifique lo máximo posible. Pienso en Jean Paul Sartre y en por qué él llamaba “humanismo” a su existencialismo: por la declaración categórica de que nada hay en la vida sino el hombre y sus acciones, el hombre y sus certezas, el hombre y sus oportunidades únicas, en la única vida que se conoce y que existe.

Coincido con el pensamiento científico, por más triste que sea la realidad, ya no tengo esperanzas en la vida eterna, ni siquiera supe en qué momento se me fue la fe. Pero vuelvo a las palabras de Ann Druyan y valoro la realidad con todas sus limitaciones, y trato de que ésta me sea suficiente: “Que hayamos podido estar juntos […] es algo que me sostiene y que es mucho más significativo. […] No creo que vuelva a ver a Carl nunca más. Pero lo vi. Nos vimos el uno al otro. Nos encontramos el uno al otro en el cosmos, y esto fue maravilloso.”

He sido testigo del impacto positivo que tiene la fe en las personas. Como anécdota para cerrar esa entrada, comparto una experiencia de ello. Hace unos años la mamá de una amiga murió después de muchas semanas de convalecencia; se podría decir que la muerte ya era algo que se veía venir, pero esto no es lo importante sino lo que vi en el funeral: ¿cómo es que casi toda la familia estaba en paz y tranquilidad en un momento así? Incluso podría decir que había en el ambiente un asomo de felicidad. Me tomó un rato entender que esto se debía a la convicción que tenían en que ese momento era sólo una despedida momentánea ya que sabían que tarde o temprano habrían de hallarse con ella después de la muerte. En ese momento envidié esa paz, sin embargo, no pude ceder al encanto ni pude retomar la creencia que alguna vez, quizá, tuve.

Tal vez es sólo una tortura elegida el pensar en los adioses definitivos, igual y es una necedad mía el no quebrarme ante la seducción de lo desconocido, quizá es una vida más difícil, por elección. Como sea, sigo pensando que vivir sin fe tiene sus retos, que algo de loable hay en existir con la conciencia del vacío y de la nada antes que con la promesa en las quimeras. Me consuelan Ann y Carl, que hayan vivido una vida plena y que esto les haya sido suficiente, que ella no haya flaqueado y necesitado la esperanza en un futuro sostenido por la fe.

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