De cómo no sufrir por “amor”

Los juegos de poder, los abusos, los chantajes, cualquiera que sea el origen, se perpetúan y se reproducen a través de los años. foto: Pixabay.

Hace unos días navegando en Facebook me topé con el blog de Coral Herrera Gómez; concretamente una entrada titulada “Ya no nos engañan más: técnicas masculinas para hacer sufrir a las mujeres”. La autora es doctora en Humanidades y comunicación y se ha dedicado a escribir e investigar sobre feminismo y la construcción socio cultural del amor romántico.

La entrada me pareció muy perturbadora, porque me vi reflejada en ella. Creo que mucho tiene que ver el patriarcado y creo que quizá ésa es la raíz de que este tipo de conductas no sucedan sólo en hombres. Cuántas veces hemos escuchado que las madres perpetúan el patriarcado, a veces sin darse cuenta.

Ella apunta, palabras más, palabras menos, que el patriarcado educa a los hombres para que tengan a varias mujeres a sus pies y que éstas siempre estén disponibles para ellos, sin pensar que hacer sufrir a una persona para tener poder sobre ella es maltrato, es violencia. Los hombres “usan las estrategias que les funcionan sin pararse a pensar en si hacen sufrir o no.” Creo que el patriarcado influye bastante en la construcción afectiva y en nuestras relaciones; también creo que ese tipo de conductas no suceden sólo en hombres hacia mujeres sino al revés y también en relaciones homosexuales. He visto que mujeres aplican estas mismas conductas, que han sido aprendidas irónicamente por sus madres, porque las mujeres hemos deseado entrar a ese juego también, no queremos ser sumisas ni sufridas, pero en el camino hemos logrado reproducir conductas y patrones que no sólo no nos benefician, sino que siguen perpetuando la dinámica de sufrimiento dentro de las relaciones de pareja.

Estoy segura de que los juegos de poder, los abusos, los chantajes, cualquiera que sea el origen, se perpetúan y se reproducen a través de los años. Por eso voy a contarles una historia que a la distancia me da coraje de tan tonta que fui, pero que sirve para ilustrar muchas cosas en torno a la dependencia, al amor romántico (el falso amor) y la sufridera como método infalible para establecer lazos de afecto.

Cuando yo cursaba la secundaria, me enamoré perdida y auténticamente de mi profesor de historia. Para mí, en escuela de monjas y con toda mi vida rodeada de puras niñas, encontré en él un ser a quien admirar. Y aquí van algunos puntos de la historia a los que intercalo entre comillas algunas de las frases fulminantes de Coral Herrera.

Él siempre supo lo que yo sentía, yo no se lo oculté, “una mujer enamorada irá corriendo a cualquier hora a sus brazos”; ahora, en perspectiva, creo que al menos por la diferencia de edad, por el hecho de ser él un adulto (casi 40 cuando yo tenía alrededor de 15), porque estaba casado, o por todas las anteriores debió haber tomado la actitud madura y alejarse. “No se responsabilizan de las estrategias que utilizan para conseguir lo que quieren”. Pero permaneció ahí, en la medida exacta en que me tenía a sus pies, pero no mucho más, para que él no cediera demasiado frente a lo que recibía.

Hablábamos de cosas intrascendentes entre clases, ¿qué podrían compartir realmente una puberta y un señor?; a veces creo que le causó sorpresa que una niña de secundaria se supiera el monólogo de Molly Bloom. Lo que recuerdo bien es que dentro de nuestras pláticas él mencionaba a otras alumnas que le parecían bonitas. “Te imponen su modelo de pareja”; cuántas veces me hablaba de lo bonitas que eran Claudia Hernández o Angélica Nájera, y yo siempre pensaba que necesitaba ser lo que ellas, perder el peso que me sobraba para tener el cuerpo de Claudia y lograr que el fleco me quedara como a ella; o aprender a peinarme y pintarme las pestañas como Angélica. Hasta el uniforme escolar parecía verse mejor en ellas. Sin duda, él disfrutaba la adulación, que yo aguantara de manera estoica si me hablaba de las demás; sin embargo, no dejaba de darme entrada, de darme a entender que a pesar de eso yo era especial.

Lo que sea que haya buscado, él me daba pauta para que yo actuara: me aceptaba los regalos, las cartas, las llamadas; sabía perfectamente que me tenía de un hilo y esto continuó de una manera tortuosa cuando entré a la preparatoria. Aún lo veía a la distancia pues sólo estaba en otro edificio, sólo me separaba un patio de él y sin embargo la distancia me parecía un abismo. “Te dan una de cal y otra de arena, para que primero goces, te enganches, y luego sufras por ellos.” En este punto fue cuando el juego del desprecio se acentuó: había veces en que me daba todo y veces en que me trataba como si no me conociera. Y yo vivía para experimentar esos escasos minutos en los recesos, pero me angustiaba no saber qué era lo que me iba a tocar, me tronaba los dedos pensando en las frases exactas, sólo tenía muy poco tiempo para retenerlo o para hacerlo marchar: “usan las estrategias que les funcionan sin pararse a pensar en si hacen sufrir o no”.

La dinámica ya era consistente: me daba pequeñas señales de interés bajo la promesa de que las cosas serían diferentes en cuanto yo cumpliera dieciocho años. “Te hacen sentir muy especial y te hablan del futuro.” Y en mi primer año de preparatoria experimenté tanto cariño como desprecio, y los días pasaban sin que yo supiera qué me tocaría, si la atención o la indiferencia de caminar de largo sin apenas voltear a verme. “Primero las hacen reír, luego las colman de orgasmos y atenciones, y después se alejan para que no se crean que han conseguido enamorarlos al cien por cien”.

Una vez me pidió que nos encontráramos en la esquina de la calle donde estaba la escuela; nos subimos a un taxi y me llevó a mi casa. Se portó como un ángel en la intimidad de un auto para el que las miradas de las monjas y las demás alumnas no existían. Me dejó muy cerca de mi casa. Después de ese día pasó semanas sin bajar al receso, sin mirarme siquiera. “No expresan sus sentimientos con claridad, se muestran confusos, a veces dicen una cosa y luego la otra, a veces te avivan la esperanza y otras te la quitan”. El encuentro en recesos disminuyó hasta que paró por completo. En sus ratos de ausencia escribí en mis diarios que no entendía qué era lo que estaba pasando, la incertidumbre me llevó a pensar que había algo mal en mí, “te dejan de hablar y te muestran una indiferencia total para que sufras remordimientos y te sientas culpable”.

Hubo un último encuentro después de la preparatoria, en el que no sé cómo, entendí con mucho dolor que él en realidad no me quería ni mucho menos le importaba. Sin embargo, yo le seguí escribiendo cartas, muchas ya no las entregué. Le decía que lo amaba, como se lo había comunicado siempre. “Gastamos mucha energía y tiempo tratando de ser amadas, y luego nos cuesta años desengancharnos.” En las cartas me entregaba completa en espíritu, y lo hubiera hecho de todas las formas posibles de no haber entendido que él no iba a respetar mi entrega y que sería una más en su lista. Una luz me abrió los ojos; cuando me besó en el metro e insinuó que quería acostarse conmigo supe que todo había sido un gran juego y que yo, a esa edad, no tenía manera de salir triunfante. Dolió, aún ahora sigue doliendo. “Les da igual que llores por ellos. Piensan que es tu problema”. Se alejó diciendo, varios meses después, por teléfono, que se iría a vivir a otro país.

Pareciera que el amor es un juego, para él era muy cómodo mi sufrimiento, porque en la medida en que lo necesitaba, él me tenía ahí para su diversión. Me ha costado tiempo entender que aquello fue una manipulación emocional completamente descarada de un hombre que se aprovechó de su sabiduría y su edad frente a una niña que no sabía nada del mundo, y que creyó que así era el amor.

Afortunadamente una sana y entiende y pone las cosas en perspectiva. Sea cual sea la relación que se establezca con alguien siempre tiene que estar basada en el cuidado, no en el dolor, no en el sufrimiento. Y es urgente que esto se entienda de una buena vez.

Algo curioso sucedió en Facebook cuando una amiga compartió este artículo: su publicación fue reportada porque “infringía normas comunitarias” y al parecer no fue la única ocasión en que dicho artículo pasó por la censura de Facebook. ¿Por?


Referencias:
Blog de Coral Herrera: https://haikita.blogspot.com/2021/01/tecnicas-masculinas-para-hacer-sufrir.html
Grupo de Facebook “Colectiva Círculo de Mujeres Agua Lunar”: https://www.facebook.com/circulodemujeres.agualunar/posts/2803718979944482

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    By: Adriana Dorantes

    Es maestra en Literatura Hispanoamericana. Primer lugar del Certamen Relámpago Internacional de Poesía Bernardo Ruiz, 2009. Ha colaborado en algunas revistas impresas y digitales y suplementos culturales con poesía y artículos sobre literatura, como: Destiempos, Dos Disparos, Valenciana, Mexicanísimo, Casa del Tiempo, Moria, Revarena, entre otras. Autora de los libros de poemas Quién Vive (UAM, México, 2012) y Entre mares alados (Ediciones y punto, México 2014) y del libro de cuentos Vendrá la muerte y tendrá tus ojos (Sediento, México, 2014). Segundo lugar del Torneo de Poesía Adversario en el Cuadrilátero 2015.

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