Estamos viejitos, lo sé. Todos nos vamos a ir de aquí, es cierto. Pero tener conciencia de ello no evita que me aterre la idea de ya no verte, que me asuste saber que un día cerrarás tus ojitos y que 16 años de tu vida se esfumen en un suspiro.
No debería pensar en esto, lo sé. Pero de unos años a acá, así me preparo para los momentos finales. Es el paracaídas que me dejó para que la caída no duela tanto, o para que, al menos, tenga cierta tranquilidad el día en que te vayas.
Te veo, cansado, con tus pasos lentos, tus ojos a veces tristes y la dificultad que luego tienes para caminar, que quisiera regalarte unos años de mi vida para que siguieras aquí.
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Es egoísta, lo sé. Pero es que me duele la idea de que un día ya no me saques la sonrisa mas sincera del mundo; no puedo concebir la idea de ya no pasear contigo o sentarnos en el paso a ver pasar la vida.
Me saltan las lágrimas apenas pienso en que ya no escucharé tus patitas recorrer la casa o verte tirado en alguna de las camas que te regalé.
Quisiera no pensar en el día en que ya no te pueda tomar fotos o que ya no serás el remanso de mis domingos de bajón.
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No debería estar pensando en esto, lo sé. Y te prometo que mientras estés aquí, de mi siempre encontrarás una sonrisa, unas cosquillas sobre tus orejitas y un beso de agradecimiento por todo lo que hiciste y haces por mí.
Ya estamos viejitos, pero ojalá sigamos envejeciendo otros años, Chicha de mi vida.
